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martes, 17 de enero de 2012

La Bestia (continuación)

Sigo de pie, agarrado a una pequeña barandilla metálica roñosa que es mi único asidero entre estos dos vagones cargados de cemento. No quiero sentarme para que no me venza el cansancio y el sueño. No me fio de La Bestia. Son poco mas de las cinco de la mañana. Miro hacia abajo y alumbro con una pequeña linterna las ruedas de La Bestia. Tengo la impresión de estar subido en una especie de cuchilla gigantesca, que chirría constantemente. Un tropezón, un empujón, un descuido y se acabó. Acabamos de pasar por el apeadero de Matías Romero, una pequeña localidad de Oaxaca, México. Mis compañeros de viaje, los ilegales que cuelgan conmigo en este tren de mercancías, me dicen que ahora empieza lo bueno. "Entramos en territorio de los Zetas", me suelta un guatemalteco. ¡Los Zetas! Probablemente el cártel mas sanguinario de los narcos de este país. Los que se dedican a subir a Internet vídeos decapitando a sus víctimas. Los autores de la masacre de San Fernando, donde asesinaron a 72 migrantes ilegales como estos, como nosotros, después de secuestrarlos. "Si el tren se para de repente, como sin justificación, salte varón, porque van a subirse las Maras o los Zetas. Salte y corra hacia el bosque si quiere seguir vivo", me dice otro de los migrantes.

Aquellos 72 migrantes fusilados a bocajarro tomaron una decisión muy valiente que les costó la vida, me había dicho el Padre Alejandro Solalinde en su albergue de Ixtepec: "Al no poder pagar su rescate debían trabajar para los Zetas como sicarios, asesinando a otros migrantes. Y al negarse masacraron a los 72". Solalinde es uno de los activistas pro derechos humanos más conocido de México. Lleva años denunciando los abusos de las autoridades y de los narcos contra los migrantes, y ofreciéndoles cama, comida y consejos para seguir el camino. Cuando le dije que me iba a subir al tren, a La Bestia, me dijo que era muy necesario que se mostrarán las condiciones del viaje de todos estos desheredados, pero que tuviera mucho cuidado. Que su propio albergue había documentado el año pasado 362 secuestros de migrantes. "Y no sabemos cuantas personas han sido asesinadas o desaparecidas, y yacen por ahí, en fosas clandestinas", me contaba con pesar.

Solalinde es de esas personas que destilan bondad. Casi todos los migrantes con los que viajo en este convoy de mercancías han pasado por su casa, pegada a la vía del tren. Vestido de un blanco inmaculado le he visto recibir a todos los ilegales que llegan a lomos de La Bestia, sabiendo que muchos de ellos viajan con un guía, un pollero, un traficante que les esconderá en casas de seguridad y que les cobrará 2.000 dólares por llevarles a los Estados Unidos. Muchos de esos serán secuestrados por los propios traficantes de personas. "Hay que investigar y rastrear las trasferencias de dinero de Western Union, porque muchas de ellas no son remesas de dinero de los emigrantes que trabajan, sino pagos del rescate por un familiar secuestrado en La Bestia", me cuenta muy serio.

Siete de cada diez mujeres son violadas

Pero si algo le enerva de verdad es hablar de las mujer migrantes, las mas vulnerables, las mas desprotegidas: "Es rara la que se salva de ser violada", dice circunspecto. Le pregunto que datos tiene. Me mira y reflexiona. Cuenta que es difícil tener estadísticas fiables porque las mujeres tienden a ocultar la violación. Que los estigmas sociales, el peligro de expulsión si lo denuncian, o el deseo de llegar como sea al norte, a Estados Unidos, les lleva a ocultar y callar los asaltos, pero que son muchas: "Siete de cada diez mujeres migrantes que pasan por México son violadas en algún punto del recorrido."

¡La violación como parte del precio del pasaje!. Antes de subirme a La Bestia había preguntado a algunas mujeres migrantes por el peligro de ser abusadas sexualmente. Todas encogían los hombros y bajaban la mirada, como dando por hecho que suele pasar y que les puede pasar. Una suerte de derrotismo vital. Muchas de estas jóvenes, guatemaltecas, salvadoreñas, hondureñas, se inyectan antes de subirse al tren un anticonceptivo conocido como Depo-Provera. Le llaman "la inyección anti-México". Impide la ovulación durante tres meses y de esa manera, si son violadas, evitan al menos quedarse embarazadas.

"Aquí, en La Bestia, se pierde la vida y la dignidad. Aquí si un puñado de hombres dicen 'te vamos a agarrar y te vamos a violar', lo hacen... Enfrente de todos... Y nadie dice nada...". Me lo contó Morena Alfaro, una salvadoreña de 32 años de mirada vivaracha. Ella se libró por los pelos. O según ella, por la intercesión de la Virgen de Guadalupe, de la imagen que lleva colgando del cuello. Ocurrió en una de las paradas del tren. Eran varios. A ella se la llevaron lejos de las vías y le pusieron una pistola en la cabeza. Lloró, suplicó y le pidió al asaltante que se acordara de su propia madre. "Le dije que el también era hijo de mujer, como yo..". Finalmente le dió una fuerte patada y le robó todo lo que llevaba. Su prima tuvo menos suerte y fue violada por varios tipos.

Es tan escandalosa la certeza de esas mujeres de que serán abusadas sexualmente que algunas de ellas optan por vestirse de manera sexy y aprovecharse de su cuerpo para seguir avanzando en los controles de migración. Otras, como Morena, deciden buscarse maridos de conveniencia. El trato es ofrecer a ese hombre favores sexuales a cambio de protección. Que se haga pasar por su marido y la defienda. "Yo no lo considero prostitución -me dice Morena-, sino supervivencia. Lo hago para sobrevivir. La prostitución se hace por dinero y esto es por necesidad. O lo hago o no avanzo en la ruta".

Morena no cogió el tren ésta noche. Se quedó en la estación esperando al siguiente porque estaba, decía, justita de fuerzas. Hay que tener muchas agallas para subirse a un vagón como éste en el que estoy. Para pasarse toda la noche a oscuras, rodeada de tipos que no conoces, expuesta al asalto de los bandas organizadas que buscan mujeres como ella para violarlas u obligarlas a prostituirse en garitos de mala muerte en Tapachula o Ixtepec. Son las seis de la mañana. Empieza a amanecer. Ahora por fin puedo ver algo del paisaje que atravesamos. Sigo en territorio de los Zetas, los de la última letra, como les dicen. El tren ha frenado un momento, casi se ha parado, y me subido al techo del vagón para ver qué pasa. Veo las caras de miedo de otros migrantes. Todos pensamos lo mismo: "Nos van a asaltar"...

domingo, 15 de enero de 2012

La Bestia

El periodista Jon Sistiaga, responsable del excelente programa de reportajes Rec, se sube a lomos de La Bestia, el tren que cruza de sur a norte el territorio de México hacia los Estados Unidos. Un viaje al centro del dolor.

"Usted no parece un indocumentado", me dice altivo el jefe de la estación de tren de Ixtepex, en Oaxaca, México. "No lo soy", le respondo. "¿Entonces por qué se va a subir a la Bestia y jugarse la vida?", me pregunta. Cuando le digo que estoy haciendo un documental sobre los emigrantes ilegales que se suben a ese tren de carga para llegar a Estados Unidos me vuelve a mirar con recelo. "La Bestia", "El tren de la muerte", "El devoramigrantes", son muchos los nombres que le han puesto a ese tren que cruza México y en el que los migrantes son robados, violados, secuestrados o asesinados. Y son muchos los que creen que maquinistas y encargados de los cambios de vías están compinchados con las Maras y los narcos que los asaltan. Que ellos son los que bajan la velocidad del tren en determinados tramos o avisan de los horarios de salida de los convoyes.

Llevo varios días esperando a que salga la Bestia y visitando albergues católicos que hospedan gratuitamente a esos hombres y mujeres que no tienen ni para pagarse un billete de autobús con el que atravesar México. Son vulnerables, débiles, y tienen miedo. Para los narcos y las mafias son un objetivo fácil. Ilegales en un tren de carga, es decir, mercancía a la que robar o secuestrar para extorsionar a las familias. ¿Quién los va a reclamar si los matan y los tiran del tren en marcha? ¡Si la mayoría de ellos no lleva ni documentación para evitar ser deportados si los detienen!. Serían un cadáver más en una fosa común más, como las muchas que hay en México. Sin embargo le caigo bien al jefe de estación: "Súbete en los remolques de cemento, que tienen un pequeño espacio entre vagón y vagón que te protege del viento" —me sugiere—, "¡ah!, y toma esto por si acaso...", y me da dos garrotes de madera. "Para que tengas algo para defenderte por si las Maras suben esta noche a la Bestia".

Suenan dos silbidos largos y agónicos. Son las tres de la mañana. El tren de carga que hace la ruta hasta Medias Aguas inicia su camino. Corremos con nuestras cámaras y nuestros garrotes porque hay que subirse en marcha. Correr un poco hasta ponerte a la misma velocidad que el tren y entonces saltar a la escalerilla del vagón procurando que la inercia que provocan las ruedas de acero no te succione. Decenas de migrantes han fallecido o han sido amputados de esa manera. He visto a algunos de ellos. Me han contado como se cayeron, o se resbalaron, o fueron empujados durante un asalto. Es el tributo que se cobra la Bestia. Para que pasen muchos de ellos, se tiene que quedar con alguno. Y lo que mas me sorprende es que, efectivamente, a pesar del peligro no dejan de subirse a ese tren que les lleva hacia el sueño americano. El corredor México - EE UU es el más importante del mundo según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

Elijo un vagón de la compañía cementera Cemex. Mala suerte. El hueco está lleno. Hay tres hombres jóvenes cubiertos con gorras de béisbol y vestidos con sudaderas. No hay demasiado sitio. El espacio del centro es el mas codiciado porque es el mas protegido del viento y el frío. Les saludo y encendemos el foco de la cámara. Se sorprenden. Si son emigrantes seremos compañeros de un viaje incierto, si son halcones, emigrantes que trabajan para los narcos localizando a las víctimas mas débiles, se sentirán cohibidos. "Somos de Guatemala", me dicen los jóvenes.

Los tres han cruzado a México ilegalmente a través del río Suchiate. Estuve allí hace un par de días. Es una de las fronteras mas porosas del mundo. Frente al puente internacional que delimita las aduanas de ambos países, decenas de pequeñas balsas hechas con neumáticos de camión pasan todos los días, a todas horas, todo tipo de mercancía. Refrescos, tabaco, azúcar, tuercas, ordenadores, droga, armas, personas... Es un río de apenas doscientos metros de ancho que no tiene profundidad. Un cartel gigante en en lado mexicano dice que esa ruta ilegal de contrabandistas se llama "Paso del coyote". Un nombre muy apropiado, porque así es como se les llama aquí a los traficantes de personas.

"Este es un mal necesario porque los impuestos de las aduanas son muy caros y así hacemos un favor a la gente", me explica Milton Aguilar, uno de los balseros. Tiene una extraña filosofía existencial construida durante toda una vida viviendo en los márgenes de la ley. Cuando le pregunto si le puedo llamar traficante o contrabandista me responde que no, que él es "una persona legal que se gana la vida honradamente haciendo un contrabando ilegal". Una curiosa distorsión de su trabajo, le digo, y le pregunto si me pasaría ilegalmente a Guatemala y después me devolvería a México. "Son 20 pesos" (poco más de un euro), me dice... Y me monto en su balsa.

Cada año 140.000 ilegales cruzan los casi 600 kilómetros de frontera con Guatemala para entrar en el país azteca y se estima que unos 50.000 de ellos pasan por aquí. Miro a mi alrededor. Se les distingue perfectamente. Llevan una mochila con algo de ropa y comida, una mochila pequeña, por si tienen que salir huyendo de los controles de migración. Pero sobre todo llevan en el rostro la incertidumbre de un viaje largo, peligroso e incierto. Van cabizbajos, como queriendo pasar desapercibidos. O quizás están perdidos en sus propias dudas. Muchos de ellos no llegarán a su destino. Se los tragará la Bestia, o acabarán trabajando a las órdenes de los narcos, o serán explotadas por las redes de tratas de blancas que las moverán de prostíbulo en prostíbulo. Ninguno sonríe. Están serios. Más bien tristes. Es lo que los psicólogos llaman el "Síndrome de Ulises", el estrés crónico y múltiple que sufren casi todos los emigrantes.

Cuando estoy a mitad de río, mirándoles, me doy cuenta de que me he olvidado el pasaporte en el coche. Que realmente estoy cruzando como un ilegal. En la playa que hay en el lado guatemalteco, junto a la ciudad de Tecun Umán, en un improvisado mercado, los mayoristas alquilan las barcas para pasar su mercancía sin pagar impuestos. "Si me cogen los federales mexicanos me quedo sin nada, pero si no paso la aduana me ahorro mucha plata en tasas", se justifica uno de los dueños de la carga. Un coche de Policía se pasea por la zona saludando a todo el mundo. Milton me dice que no me inquiete, que son amigos, pero por si acaso le pido que volvamos a la balsa y regresemos a México.

Cuando vuelvo a pisar Chiapas alguien me dice: "Bienvenido a México, ahorita le toca subirse a la Bestia". Y aquí estoy. En la Bestia. En ese tren que es una picadora de migrantes. Con estos compañeros de vagón que me han ofrecido un plátano y que yo he comido cortándolo en rodajas con mi navaja para que vean que, si no son lo que parecen e intentan asaltarnos, lo van a tener difícil. Todavía no me fío. Las sacudidas de los vagones nos mueven de un lado a otro. Hay que agarrarse a cualquier manivela, tuerca o saliente que encuentres. El tren aúlla y coge velocidad. Saltar o caerte es morir. Muchos migrantes han fallecido al quedarse dormidos. Son las cuatro de la mañana. Nos quedan cinco horas de viaje hasta la siguiente estación y anoto en mi cuaderno "No te duermas, Jon, sobre todo no te duermas..."

Fin de la primera parte