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martes, 20 de octubre de 2020

Acerca del arte

Vivimos en tiempos tan miserables que el común de las gentes piensa que el arte sobra. A nadie interesa. Nadie está dispuesto a pagar por ello si puede evitarlo. Está en la parte más baja de lo que en nuestro mundo se entiende por "objeto de valor".

No siempre fue así. En "El mundo de ayer", Stefan Zweig describe una Viena imperial en el que la gente discutía a voz en grito en los cafés por la última sinfonía de Mahler o los nuevos lieder de Strauss. Hasta llegaban a las manos. Y los tenores y las sopranos de mayor prestigio de Europa tenían pánico a actuar en Viena o Budapest porque el nivel del público era tan elevado que preferían someterse a un tribunal del Conservatorio.

El arte de verdad, el que está realizado por artistas que son auténticos gigantes, es degustado por un porcentaje muy pequeño de la población. Las razones son muchas: a nadie interesa un pueblo formado, culto y con criterio propio. El 99 por ciento de los políticos se volatilizaría.

Cuando era estudiante se realizó una encuesta y se determinó que los oyentes de Radio 2 (hoy Radio Clásica) eran 200.000 en toda España. No sé cuántos son hoy, pero no creo que el porcentaje sobre la población haya variado demasiado.

Más allá del hecho de que pasar por la vida sin haber disfrutado de Brahms, de Mahler o de Albéniz es triste hay otro elemento que incluso beneficiaría al poder pero, como tantas cosas, le pasa absolutamente desapercibido.

La literatura juega ahí un papel crucial. La conciencia de la grandeza de un pueblo está directamente relacionada con sus escritores. El Siglo de Oro español no se llama así por el hecho de que el oro expoliado en América fluyera por Sevilla y de ahí a los Países Bajos, sino porque en esa época florecieron los ingenios más importantes de toda la historia de España. Cervantes, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León... un plantel de auténticos genios de las letras universales.

Estando en Greenwich visité una iglesia anglicana cuyas paredes estaban tapizadas de placas funerarias de un delicado mármol blanco. En ellas estaban grabados los nombres de los barcos y las tripulaciones que perecieron en el mar o en combate en las cuatro esquinas del mundo a mayor gloria de Su Majestad. Recordé entonces la capacidad de la literatura inglesa para crear una imagen de grandeza y arquetipos reconocibles con el paso de las generaciones. Desde el Rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda pasando por Robin Hood, el Rey Ricardo y las Cruzadas hasta Dickens y su Guerra en dos ciudades o Stevenson y su Isla del tesoro. ¡Doblones de a ocho! ¡Todo a estribor, avante a toda...!

Excálibur ni siquiera existió, pero sí la espada en la piedra de San Galgano, que puede verse en lo más profundo de la Toscana. Sin embargo, todo el mundo conoce la leyenda de Excálibur y nadie ha oído hablar de la historia de San Galgano, el cruzado de vida licenciosa que oyó la voz del Arcángel San Miguel y se hizo santo clavando su espada en una piedra para orar junto a ella el resto de sus días. Es un lugar que realmente inspira, pleno de luz.

Es el Arte el que crea la imagen de un país, de un pueblo. No otra cosa. Nadie puede ser mejor que sus propias palabras. Nada es más poderoso que una idea.

lunes, 3 de agosto de 2020

Debilidad

La debilidad está en todas partes. Rimsky-Korsakov desembarcaba en el norte de España sin conocer el idioma ni la cultura hispánica, compraba un cancionero (un libro!) y componía Capricho español. Hoy el ¿compositor? tiene Sibelius, Pro Tools y la Biblia en verso y el resultado es una nanocreación para pegarse un tiro en las bolas. Realmente conmueve que la gente reclame el título de compositor cuando esa profesión la ejercían Bach, Brahms o Mahler. Hay que tener valor para decir "soy compositor".

En algún momento, probablemente comenzó en 1914 y se acentuó a partir de 1945, la humanidad entró en un camino de desnaturalización. De cobardía y autoconmiseración. De eliminación de lo heroico.

Así lo vivió Mishima -tuve el honor de traducir sus Lecciones espirituales para jóvenes samurais. La destrucción de Japón. De su cultura milenaria. Acabó haciéndose el sepuku.

Las crisis son una gran oportunidad para abrir los ojos y empezar a eliminar todo lo que sobra: prácticamente todo. Asesinar a ese burgués o proyecto de burgués en que nos hemos convertido. Ese ser egoísta, miserable y ridículo a más no poder.

Ese ser incapaz de hacer nada por nadie.

sábado, 6 de junio de 2020

Viena, 1913

No suele hablarse mucho de este tema, pero hubo un momento y un café en el que se cruzaron las vidas de cinco personajes que marcaron a fuego el devenir histórico del siglo XX.

La ciudad, Viena. El año, 1913. El mes de enero para ser más precisos. El Café Central de la ciudad imperial acogió entre sus mesas nada menos que a Freud, Trotski, Stalin, Tito y Hitler. Freud era médico y tenía una vida ordenada. Tito, el croata que se convertiría en líder de la Yugoslavia socialista, trabajaba como mecánico de coches, es decir, podía pagar sus facturas. Trotski -cuyo nombre real era Bronstein, "Trotski" se lo robó a un carcelero- sobrevivía como periodista y no paraba de escribir. Quedan dos...

Sí. Hitler y Stalin. Es alucinante pero estuvieron sentados en el mismo café del centro de la capital austrohúngara, un elegante local que había sido sede de la bolsa.

La vida personal de ambos era un auténtico desastre. Que se sepa, Hitler estuvo cinco años en Viena (las cosas que cuenta en Mein Kampf están muy edulcoradas siendo ya líder de un movimiento). Stalin algo más. Unos nueve y habitualmente se hacía pasar por griego.

Stalin, al que sus escasos amigos llamaban "Koba", era un prodigio de valor físico. Un hombre de acción. Es como si le hubieran extirpado el miedo. Se dedicaba fundamentalmente a robar bancos para la Revolución. Cada vez que surgía un trabajo casi suicida que nadie quería hacer llamaban a Stalin. "Este es un trabajo para Koba". Todo en él inspiraba desamor. Su aspecto, su rostro picado de viruela, su mirada huidiza...

En cuanto a Hitler, durante sus años en Viena fue el más miserable de los cinco. Cuando podía pagarla, vivía en una pensión de mala muerte. En caso contrario, daba con sus huesos en un establecimiento para indigentes. Allí se forjó su carácter hecho de resentimiento y odio hacia los extranjeros, hacia todo lo que no fuera germánico. Sus intentos de ingresar en la escuela de arquitectura fracasaron, así como sus proyectos de convertirse en pintor.

Años más tarde, se cuenta que Hitler solo llegó a sentir algo semejante al cariño por Albert Speer, el arquitecto Wunderkind del régimen. Speer, de 38 años, fue el alter ego de Hitler y se convirtió en algo parecido al hijo que nunca tuvo.

Abril de 1945. Búnker de la Cancillería del Reich. Speer desafía las bombas rusas y viene a despedirse de su mentor. Fue la única vez que Adolf dio un abrazo en público a alguien. Un precursor de la distancia social.

Stalin, Hitler... sueltos por las calles de Viena. Alimentando el odio y el resentimiento contra todo y contra todos.

Mahler, el divino Gustav, había muerto dos años antes en esa misma ciudad imperial. En el comienzo de su Quinta Sinfonía, la Trauermarsch, está en ciernes toda la larga noche que habría de caer sobre Europa. La noche de los cuchillos largos. La noche de los cristales rotos. La noche infinita.

Por cierto, Stalin le ganó siete partidas de ajedrez seguidas a Lenin en Cracovia. Y Lenin no era precisamente torpe, antes al contrario. ¿Líderes políticos que saben jugar al ajedrez? Has vuelto a beber, Martín...