sábado, 5 de mayo de 2018
miércoles, 2 de mayo de 2018
Decidme cómo es un árbol
Decidme cómo es un árbol,
contadme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros,
habladme del mar,
habladme del olor ancho del campo
de las estrellas, del aire
recítame un horizonte
sin cerradura y sin llave
como la choza de un pobre
decidme como es el beso de una mujer
dadme el nombre del amor
no lo recuerdo
Aún las noches se perfuman de enamorados
que tiemblan de pasión bajo la luna
o solo queda esta fosa?
la luz de una cerradura
y la canción de mi rosa
22 años, ya olvido
la dimensión de las cosas
su olor, su aroma
escribo a tientas el mar,
el campo, el bosque,
digo bosque
y he perdido la geometría del árbol.
Hablo por hablar asuntos
que los años me olvidaron,
no puedo seguir
escucho los pasos del funcionario.
Marcos Ana
contadme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros,
habladme del mar,
habladme del olor ancho del campo
de las estrellas, del aire
recítame un horizonte
sin cerradura y sin llave
como la choza de un pobre
decidme como es el beso de una mujer
dadme el nombre del amor
no lo recuerdo
Aún las noches se perfuman de enamorados
que tiemblan de pasión bajo la luna
o solo queda esta fosa?
la luz de una cerradura
y la canción de mi rosa
22 años, ya olvido
la dimensión de las cosas
su olor, su aroma
escribo a tientas el mar,
el campo, el bosque,
digo bosque
y he perdido la geometría del árbol.
Hablo por hablar asuntos
que los años me olvidaron,
no puedo seguir
escucho los pasos del funcionario.
Marcos Ana
domingo, 29 de abril de 2018
David Mamet
Muchos de quienes sueñan con una carrera artística, quizá casi todos, se retirarán no por los muy previsibles y muy encomiados inconvenientes -la crítica, la inseguridad en el empleo, los rigores del oficio, la volubilidad del público, la posible falta de talento-, sino porque no están capacitados para una vida de autodirección. La pregunta terrorífica, para ellos, no es “¿Cómo puedo servir a mi oficio?”, ni siquiera “¿Cómo me voy a ganar la vida”, sino “¿Qué se supone que voy a hacer hoy?”.
Linda, Linda Fiorentino
Paul Newman y Linda Fiorentino. Él es un ladrón de bancos añoso -pero es Paul- que se hace pasar por víctima de una embolia para escapar de la cárcel y ella es enfermera.
Ella lo peina, lo lava, le da conversación... y es un poco bicho. No, en realidad es un prodigio de sensualidad.
Linda está con la mosca detrás de la oreja: no se cree la embolia de Paul. Se sienta encima suyo y mueve las caderas cadenciosamente, le acaricia los labios, le habla con dulzura. Lo que sea con tal de despertarlo.
Pero Paul es un profesional y en prisión ha hecho los deberes. Un buen día, Linda y su novio sacan a Paul de paseo. El joven galán siente celos ante la obsesión de la enfermera y termina por decirle:
"Pero es que no se puede ni tener una embolia sin que alguna tía se lo tome a pecho..."
La escena del baile entre Paul (él conserva esa mirada que causó estragos) y Linda en un bar de carretera, impagable.
Tengo que trabajar y ponen una con Linda Fiorentino. Así no se puede.
Ella lo peina, lo lava, le da conversación... y es un poco bicho. No, en realidad es un prodigio de sensualidad.
Linda está con la mosca detrás de la oreja: no se cree la embolia de Paul. Se sienta encima suyo y mueve las caderas cadenciosamente, le acaricia los labios, le habla con dulzura. Lo que sea con tal de despertarlo.
Pero Paul es un profesional y en prisión ha hecho los deberes. Un buen día, Linda y su novio sacan a Paul de paseo. El joven galán siente celos ante la obsesión de la enfermera y termina por decirle:
"Pero es que no se puede ni tener una embolia sin que alguna tía se lo tome a pecho..."
La escena del baile entre Paul (él conserva esa mirada que causó estragos) y Linda en un bar de carretera, impagable.
Tengo que trabajar y ponen una con Linda Fiorentino. Así no se puede.
sábado, 28 de abril de 2018
Lledó
Emilio Lledó pertenece a una generación en la que la Universidad gozaba de prestigio. Allí se cocían las grandes cosas. Lledó, Carlos París, Aranguren, Julián Marías, García Calvo... Gente que enlazaba directamente con Unamuno y las glorias patrias del 98.
Otros tiempos. Hoy tenemos el caso Cifuentes. En general todo es un poco así: Hesíodo tenía toda la razón. A la edad de oro sigue una de plata, luego de bronce y finalmente, de caca.
Ya nadie lee, no hay debate, no hay nada. Hay Facebook e Instagram.
Gaudeamus igitur!
Otros tiempos. Hoy tenemos el caso Cifuentes. En general todo es un poco así: Hesíodo tenía toda la razón. A la edad de oro sigue una de plata, luego de bronce y finalmente, de caca.
Ya nadie lee, no hay debate, no hay nada. Hay Facebook e Instagram.
Gaudeamus igitur!
viernes, 27 de abril de 2018
martes, 24 de abril de 2018
lunes, 23 de abril de 2018
Cantando al sol
María quería saber, aunque doliera. Oficialmente no le dijeron nada. Su hermano había sido destinado a Malvinas.
Llamó a todos los compañeros de la clase 62 y trató de localizar a alguien que supiera qué había sido de él.
"No tengo un cinco, hermana querida. No sé si vamos a volver...", decía en una carta que guardaba como un tesoro. La letra irregular, con borrones. No le gustaba el colegio: prefería montar a caballo y nadar en el mar. Y siempre estaba sonriendo. Carajo, cómo te extraño, corriendo por los médanos, remontando un barrilete rojo.
A finales de 1985 alguien le escribió. Anónimo. Habían pasado tres años largos del final de la guerra.
"Tu hermano ardió junto a otros dos compañeros en una caseta que recibió el impacto de un proyectil disparado desde el mar. Lo enterramos en un lugar que se llama Playa Bonita, un lugar hermoso. No sé si eso te sirve de algo".
El mar. La playa. Algo de todo lo que te quitaron.
María lloró sonriendo.
Llamó a todos los compañeros de la clase 62 y trató de localizar a alguien que supiera qué había sido de él.
"No tengo un cinco, hermana querida. No sé si vamos a volver...", decía en una carta que guardaba como un tesoro. La letra irregular, con borrones. No le gustaba el colegio: prefería montar a caballo y nadar en el mar. Y siempre estaba sonriendo. Carajo, cómo te extraño, corriendo por los médanos, remontando un barrilete rojo.
A finales de 1985 alguien le escribió. Anónimo. Habían pasado tres años largos del final de la guerra.
"Tu hermano ardió junto a otros dos compañeros en una caseta que recibió el impacto de un proyectil disparado desde el mar. Lo enterramos en un lugar que se llama Playa Bonita, un lugar hermoso. No sé si eso te sirve de algo".
El mar. La playa. Algo de todo lo que te quitaron.
María lloró sonriendo.
domingo, 15 de abril de 2018
María Celeste
Galileo Galilei, además de ser un científico extraordinario, tuvo la fortuna de mantener una relación maravillosa con una de sus hijas, conocida con el nombre de María Celeste.
Resulta admirable comprobar el grado de afecto que se profesaban mutuamente. María vivió recluida en un convento de clausura pero nunca dejó de preocuparse por su padre. Una relación exquisita. Modos y usos fenecidos, sustituidos por el vacío.
Resulta admirable comprobar el grado de afecto que se profesaban mutuamente. María vivió recluida en un convento de clausura pero nunca dejó de preocuparse por su padre. Una relación exquisita. Modos y usos fenecidos, sustituidos por el vacío.
La modernidad ha dinamitado cualquier vestigio de respeto, mérito o ideales. De vivir hoy, alguien como Garcilaso de la Vega saltaría desde la fortaleza motu proprio.
El egoísmo más estéril se ha instalado en los corazones. "Mi proyecto", "mis urgencias", "mis problemas".
A partir de una cierta edad, los síntomas se repiten: la gente empieza a tener dificultades para conciliar el sueño, se encuentra sola (aunque esté en pareja o precisamente por ello), tiene delirios con aventuras imposibles y se vuelve una carga para todo el mundo. Importuna a los amigos hablando de sí misma hasta la saciedad. Cuando el signo distintivo de la época es uno y el mismo: a nadie le ha sucedido nada digno de ser contado.
Por eso reconforta conocer relaciones de genuino afecto, donde ambas partes se interesan igualitariamente por la suerte del otro. Existen. Las hay.
Tal vez nos haga falta un telescopio con lentes pulidas por el mismísimo Galileo, martillo de imbéciles.
* Dava Sobel escribió un interesante libro sobre María Celeste titulado precisamente "La hija de Galileo".
Necrológica colectiva
Se nos van los amigos.
Su obra de escritor quedó olvidada y perdida en las mesas de los cafés, en las tertulias literarias, en los sueños de gloria y en gozar con lo que publicábamos sus amigos.
Llegó a ser multado, caso insólito, por un libro inédito de poemas, que la policía secuestró en su casa y que nunca llegó a recuperar.
Valle, Julián Marcos, Manuel Picón, Pepe Medrano. Todos ellos.
Existe una España luminosa.
Su obra de escritor quedó olvidada y perdida en las mesas de los cafés, en las tertulias literarias, en los sueños de gloria y en gozar con lo que publicábamos sus amigos.
Llegó a ser multado, caso insólito, por un libro inédito de poemas, que la policía secuestró en su casa y que nunca llegó a recuperar.
Valle, Julián Marcos, Manuel Picón, Pepe Medrano. Todos ellos.
Existe una España luminosa.
Ciorán
Aquel que teme al ridículo no irá nunca muy lejos ni para bien ni para mal, permanecerá más acá de sus talentos y, aunque tenga genio, estará condenado a la mediocridad.
No merece la pena matarse: siempre lo hace uno demasiado tarde.
No merece la pena matarse: siempre lo hace uno demasiado tarde.
miércoles, 11 de abril de 2018
Siesta
En la litera de arriba descansa mi hermano. Contemplo cómo cuelga su mano. La tarde es muy espesa, húmeda. Respira pesadamente sobre el viscoso aire del Plata.
Iremos juntos al otro lado del mar. Seremos soldados de fortuna en Sicilia, besaremos las arenas rosadas de Creta. Los dos. Compartiremos amores y trenes de carga.
Doy vueltas en mi cama. No puedo dormir la siesta, nunca he podido. Algo se agita en mí más allá de las palabras, porque las palabras tienen peso propio, color, claridad.
Mi hermano retira la mano, intenta acomodarse. Hace calor.
Aún no sabe que su extraña vida llegará a su fin antes de que cumpla los treinta.
Iremos juntos al otro lado del mar. Seremos soldados de fortuna en Sicilia, besaremos las arenas rosadas de Creta. Los dos. Compartiremos amores y trenes de carga.
Doy vueltas en mi cama. No puedo dormir la siesta, nunca he podido. Algo se agita en mí más allá de las palabras, porque las palabras tienen peso propio, color, claridad.
Mi hermano retira la mano, intenta acomodarse. Hace calor.
Aún no sabe que su extraña vida llegará a su fin antes de que cumpla los treinta.
sábado, 7 de abril de 2018
Franz
Fue en Praga, una tarde gris de cuya luz ya tenía el recuerdo. Un mundo estaba a punto de desaparecer. Maestro de sí mismo, se sentó a descansar.
El Mesías llegará cuando ya no lo necesitemos.
Fue el día de la muerte de Cortázar.
El Mesías llegará cuando ya no lo necesitemos.
Fue el día de la muerte de Cortázar.
sábado, 31 de marzo de 2018
El discurso
Todo arte es una forma de literatura. Álvaro de Campos, que nunca sintió el dolor de cargar con las cadenas de la existencia, estaba en lo cierto.
Nunca amó en Lisboa, porque era Lisboa.
Las palabras, los sonidos, la memoria del viento.
Todos nuestros barcos.
Nunca amó en Lisboa, porque era Lisboa.
Las palabras, los sonidos, la memoria del viento.
Todos nuestros barcos.
miércoles, 21 de marzo de 2018
Astor
El verano de 1981 fue maravilloso. Un verano de libertad y de experimentación, en compañía de amigos gloriosos e innolvidables.
Ya en Buenos Aires había escuchado Adiós, Nonino. En casa estaba el disco "fundacional". Pero fue en aquel verano cuando la música de Piazzolla me impactó profundamente.
No recuerdo cómo fue la cosa, pero un matrimonio amigo aterrizó en casa de mis padres. Se acababan de conocer, pero ya se habían hecho íntimos. Esa facilidad que da el exilio y los códigos compartidos. Se trataba de Teófilo Larriera y su compañera.
Con nombre de personaje de tango, Don Teófilo, que era bastante mayor que mi padre y había vivido toda clase de aventuras, me prestó un disco de Piazzolla.
—Escuchate esto, pibe.
Y no pude parar de oírlo. Hasta hoy. Piazzolla es tango, es Buenos Aires, pero también es Béla Bartók, París, Nueva York, el mundo.
Alguien que universalizó una música que quería volar más allá, de la mano de un instrumento mágico y evocador. Bandoneón, hoy es noche de fandango.
Bandoneón,
¿Para qué nombrarla tanto?
¿No ves que está de olvido el corazón
y ella vuelve noche a noche como un canto
en las notas de tu llanto,
che, bandoneón...?
Actualmente, Piazzolla resulta incontestable, pero no siempre fue así.
He aquí una entrevista, tierna y sabrosa, realizada a Oscar López Ruiz, guitarrista del quinteto Nuevo Tango que compartió años de vida y trabajo con el músico.
Fue publicada en "Página 12" y la firma Cristian Vitale.
“Astor Piazzolla era un tipo único en todo sentido”
El guitarrista, que acompañó al autor de “Adiós, Nonino” durante veinticinco años, repasa en su libro cientos de anécdotas desopilantes con el bandoneonista como protagonistas, además de reafirmar su admiración por su música “cincuenta años adelantada”.
Por Cristian Vitale
Primer acto: Astor Piazzolla se levanta a las siete de la mañana, sale a caminar por Río Hondo (Santiago del Estero) y le alquila un mono bravito a un vendedor ambulante, luego va hacia el hotel y, sin dudar, lo arroja dentro de la habitación del pobre Elvino Vardaro. El violinista se despierta cuando el mono empieza a chillar hasta que ambos, el mono y Vardaro, se largan a correr por los pasillos. Tienen que venir los bomberos para llevarse al primate, porque nadie puede parar.
Segundo acto: Astor le pide a su guitarrista, Oscar López Ruiz, que le tenga el volante del auto mientras maneja por las rutas de Córdoba; saca un rifle de caza, asoma medio cuerpo por la ventanilla y le apunta a un ciclista que, del tremendo susto, va a parar a un zanjón en medio de la banquina.
Tercer acto: Astor opinaba que el director de orquesta Francisco Lauro era un farsante. Durante un baile de carnaval, ve un gato al lado suyo, lo agarra, lo mete en el estuche del bandoneón del tipo y cuando éste lo abre para guardar su instrumento, el gato le salta en la cara. Y casi lo desfigura...
¿Cómo se llama la obra? “Yo le quería poner algo así como ‘!Este tipo es un marciano!’”, confiesa López Ruiz, quien recrea tal cantera de anécdotas bizarras “y muchas más”, protagonizadas por uno de los genios que ha dado la música argentina, en un libro que finalmente no cumplió su deseo. Terminó saliendo bajo el nombre de Loco, loco, loco.
Justo tres locos. Uno, se intuye, porque había que estarlo para hacer semejante música. Otro loco, obvio, por la última frase de la balada y el tercero, va justo con la seguidilla de hechos desopilantes que López Ruiz cuenta en varias de las casi trescientas páginas del trabajo, cuya tercera edición acaba de publicar Gourmet Musical. “Le quité algunas cosas de la original y le agregué otras, pero en general el libro es el mismo. Podría contar millones de anécdotas más con Astor, pero no voy a hacerlo porque vamos todos presos”, se ríe. “Era un tipo bravo, un atorrante, con el que he tenido el enorme placer de tocar gran parte de mi vida. La primera vez que lo escuché fue tocando ‘Tres minutos con la realidad’, en radio El Mundo y, mamita, ¡me morí! Por eso digo que era un marciano”, se explaya López Ruiz, que reeditó el volumen tras veinte años de ausencia en las librerías. “Era un marciano porque es verdad que Piazzolla estaba cincuenta años adelantado al resto de los músicos. Tocando a su lado, me di cuenta de que, modestamente, estaba contribuyendo a una historia cultural nueva”, evoca el guitarrista, que –proveniente del universo de jazz de los ‘50– se incorporó al quinteto Nuevo Tango, que completaban el citado Vardaro en violín, Kicho Díaz en contrabajo y Jaime Gosis al piano. Y persistió junto al maestro, con ciertas idas y vueltas, durante veinticinco años, y en diferentes formaciones.
–Mucho tiempo estuvieron juntos. Es raro que no lo tuteara a Piazzolla. Al menos, cuando reproduce los diálogos en el libro lo trata de usted.
–Es que yo tenía 22, 23 años cuando arranqué con él, y en esa época los pibes no tuteábamos a nuestros mayores. Y él me llevaba diecisiete. Incluso Astor solía preguntarme por qué no lo tuteaba y le respondía que no tenía importancia. La cosa daba porque al principio éramos muy amigos, pero no me salía tutearlo, la verdad.
–¿Pese al tenor y la complicidad de las travesuras que cuenta?
–(Risas.) Qué loco Astor... era una dínamo. No podía quedarse quieto un segundo. Componía y tocaba todo el tiempo, pero además hacía todas esas bromas pesadas. Por suerte no se metía conmigo porque yo no me enojaba. ¿Cuál es la gracia de meterse con alguien que no se enoja? Pero tampoco se metía con los que le paraban el carro. No era zonzo. Con Antonio Agri, por ejemplo. Recuerdo que cuando el violinista entró al grupo, su padre, que era zapatero, le había hecho unos zapatos color tomate que eran un espanto. Entonces Astor me dijo “vamos a quemarle los zapatos a Antonio”... y por supuesto me prendí. Nos hicimos una capucha como los del Ku Klux Klan, nos metimos en su habitación, y cuando nos vio, le dijo a Astor “a mí no me haga ninguna de esas joditas que suele hacer usted, porque me vuelvo de inmediato a Rosario”. Se terminaron las jodas (risas).
–Vardaro también fue violinista de Piazzolla pero, por lo que narra usted, no tuvo ni la misma suerte ni la misma actitud que Agri.
–Pobre Vardarito, no, no tuvo la misma suerte que Agri, porque tenía otro carácter. Cuando yo entré, él ya estaba viejo y enfermo, y casi no tenía ganas de tocar. Yo, por mi juventud, era un pedante jodido, y él me tenía que bancar. Cuando Piazzolla le metió el monito en habitación casi me muero de risa en serio... ¡nadie podía sacarlo! Tuvieron que llamar a los bomberos, y la pinta de Vardaro, que era delgado, bajito y medio pelado, cuando salió corriendo de la habitación en calzoncillos y se paró en el pasillo sin entender nada, fue algo indescriptible. Igual que cuando le apuntaba con el arma a los ciclistas, en la ruta. Si lo hiciera hoy, iría en cana cincuenta años, seguro.
Y así, miles de bardos. De ahí que el subtítulo del libro sea 25 años de laburo y jodas conviviendo con un genio. De laburo, porque el guitarrista también memora sobre la admiración que surgía espontánea cada vez que Astor pisaba cualquier escenario del mundo, sobre todo por parte de grandes músicos como Stan Getz, Vinicius de Moraes o Milton Nascimento. “Los músicos se morían por él en todo el mundo. Yo lo vi y lo viví”, refrenda López Ruiz. También lo vio componer gemas universales y hasta alguna vez se encontró con la sorpresa de que el marplatense criado en Nueva York le pidiera consejos. “Una vez me llamó porque estaba escribiendo un arreglo para un concurso en Venezuela y todos los temas tenían que estar compuestos con el número 3... No sé, en 3 x 8, y así. Teníamos que grabarlo, entonces llegué a la casa, y me hizo revisar la partitura para ver si estaba bien. La verdad fue que me dio una vergüenza terrible... ¡cómo le iba a revisar yo un arreglo a Piazzolla! Pero como era para instrumentos de metal, para brass, lo hice, y por supuesto me pareció precioso el arreglo”, evoca.
Sobre los veinticinco años de joda también hay mucho más. Por caso, la que sigue en boca del testigo ideal: “Una vez, estando de gira, Astor me despertó bien temprano para ir a cazar. Fuimos. Llegamos. Le pegó un tiro a un lagarto en el medio de la frente, lo subió al baúl del auto lleno de sangre, lo limpió cuando llegamos a los bungalows donde parábamos en Villa Allende, y se lo puso al lado de la cama a Héctor de Rosas, cantante del quinteto. Eso fue de antología. De Rosas, que era bastante ingenuo, se encontró con ese animal frío al lado, en su cama, y escapó gritando como un loco”, se desternilla López Ruiz, ante otra de las secuencias inolvidables. “Esa fue Córdoba, donde pasó otra también de novela: estábamos buscando la casa que tenía Vardaro en un pueblo que se llamaba Las Rosas y, como ninguno de los dos tenía ni la más mínima idea de dónde quedaba, Astor sacó una carabina a las dos de la mañana y empezó a gritar “¡Varadarooo, Vardarooooo!”, mientras tiraba tiros al aire. Empezaron a sonar las sirenas, vino la cana... Bueno, fue un infierno eso”.
–Menos gracioso tal vez fue cuando Piazzolla se peleó con Troilo, porque éste había dicho en un reportaje que lo que hacía Astor no era tango.
–Fue terrible, sí. En el libro cuento que días antes el Gordo nos había ido a ver a Tucumán 676, y no solo nos pidió que tocáramos dos veces “Adiós Nonino” sino que había llorado de emoción con la versión que habíamos hecho de “Responso”. Astor no solo lo llamó al Gordo para putearlo sino que después, en un reportaje, le preguntaron si podía tocar como Troilo y él, que era terrible, respondió que sí. Que si le enyesaban un brazo y le rompían tres dedos, podía tocar igual que Pichuco. Bravo el tipo, tanto que por eso yo le digo Luzbelito en el libro. Igual, hay que decir que se querían y se respetaban mucho. El Gordo era impresionante y Astor solía decirme que había aprendido un montón con él.
–Otra instancia picante del libro es cuando habla de la cocaína que tomaban varios tangueros, entre ellos el mismo Troilo o el pianista Osvaldo Manzi.
–Es que Pichuco lo dijo en vivo y ante todo el mundo. Eso fue en 676, sí. Recuerdo patente cuando le dijo a Astor “Gato, no sabés lo que me pasó en el biorsi... Me estaba pegando un saque, entro un punto y me vio, y le entramos a dar juntos”. Lo dijo gritando, delante de todo el mundo. Cuando lo revelé, muchos tangueros se me vinieron encima para putearme, pero eso lo sabía hasta mi nieta. ¿Quién no sabía que el Gordo se daba con un fierro y que tomaba mucho? Vamos che, era vox populi.
López Ruiz roza los 80 años. Hace cincuenta que convive con la cantante Donna Caroll, su mujer, que está sentada y callada al lado suyo. “Yo no estoy. ¿eh?”, dice y repite. Pero está y de vez en cuando le recuerda algún dato a su compañero. Por ejemplo, haber conocido a la enfermera que atendió a Evita hasta el día de su muerte y cosas por el estilo. “A Astor le importaba un carajo la política”, asocia libremente el músico. “A él lo único que le interesaba era su obra, por ella se rompía el alma, se inmolaba. No hay nada más importante que eso. Los genios tienen una cosa mesiánica con su obra, es una misión que tienen que cumplir contra viento y marea. Y en el caso de Astor era terrible, cuando me integré al quinteto era una locura, porque la mayoría de los músicos de tango se le tiraban en contra, diciendo las cosas más absurdas sobre su música. Pero a él le encantaba”.
–¿Le gustaba que lo putearan?
–Sí, porque decía que esos giles lo estaban haciendo famoso en todo el mundo (risas). Nos pasaban cosas surrealistas, en este sentido. Una vez aparecimos tocando “Contrabajeando” en la plaza de Río Hondo, para el festival de cine, y yo dije “acá nos matan”. Sin embargo, la gente humilde, esto es algo que hay que resaltar, sabe cuando alguien es auténtico y eso lo respeta. No le gustará, pero lo respeta. A Astor, la gente de las clases bajas tal vez no lo entendía pero lo respetaban. Y lo de no entenderlo, tal vez tenga que ver en cierto sentido con que los genios ven una realidad que muchos no ven, ¿no? O la ven de otra forma. Retomando su pregunta, si, le encantaba tener tantos detractores y de vez en cuando tenía un poco de nafta para agrandar el lío.
–Como el gato en el estuche del Tano Lauro.
–¡¡¡Cuando el tipo lo abrió!!! El gato se le clavó en la cara y no se lo podía sacar. Increíble. Astor fue único en todo sentido.
Ya en Buenos Aires había escuchado Adiós, Nonino. En casa estaba el disco "fundacional". Pero fue en aquel verano cuando la música de Piazzolla me impactó profundamente.
No recuerdo cómo fue la cosa, pero un matrimonio amigo aterrizó en casa de mis padres. Se acababan de conocer, pero ya se habían hecho íntimos. Esa facilidad que da el exilio y los códigos compartidos. Se trataba de Teófilo Larriera y su compañera.
Con nombre de personaje de tango, Don Teófilo, que era bastante mayor que mi padre y había vivido toda clase de aventuras, me prestó un disco de Piazzolla.
—Escuchate esto, pibe.
Y no pude parar de oírlo. Hasta hoy. Piazzolla es tango, es Buenos Aires, pero también es Béla Bartók, París, Nueva York, el mundo.
Alguien que universalizó una música que quería volar más allá, de la mano de un instrumento mágico y evocador. Bandoneón, hoy es noche de fandango.
Bandoneón,
¿Para qué nombrarla tanto?
¿No ves que está de olvido el corazón
y ella vuelve noche a noche como un canto
en las notas de tu llanto,
che, bandoneón...?
Actualmente, Piazzolla resulta incontestable, pero no siempre fue así.
He aquí una entrevista, tierna y sabrosa, realizada a Oscar López Ruiz, guitarrista del quinteto Nuevo Tango que compartió años de vida y trabajo con el músico.
Fue publicada en "Página 12" y la firma Cristian Vitale.
“Astor Piazzolla era un tipo único en todo sentido”
El guitarrista, que acompañó al autor de “Adiós, Nonino” durante veinticinco años, repasa en su libro cientos de anécdotas desopilantes con el bandoneonista como protagonistas, además de reafirmar su admiración por su música “cincuenta años adelantada”.
Por Cristian Vitale
Primer acto: Astor Piazzolla se levanta a las siete de la mañana, sale a caminar por Río Hondo (Santiago del Estero) y le alquila un mono bravito a un vendedor ambulante, luego va hacia el hotel y, sin dudar, lo arroja dentro de la habitación del pobre Elvino Vardaro. El violinista se despierta cuando el mono empieza a chillar hasta que ambos, el mono y Vardaro, se largan a correr por los pasillos. Tienen que venir los bomberos para llevarse al primate, porque nadie puede parar.
Segundo acto: Astor le pide a su guitarrista, Oscar López Ruiz, que le tenga el volante del auto mientras maneja por las rutas de Córdoba; saca un rifle de caza, asoma medio cuerpo por la ventanilla y le apunta a un ciclista que, del tremendo susto, va a parar a un zanjón en medio de la banquina.
Tercer acto: Astor opinaba que el director de orquesta Francisco Lauro era un farsante. Durante un baile de carnaval, ve un gato al lado suyo, lo agarra, lo mete en el estuche del bandoneón del tipo y cuando éste lo abre para guardar su instrumento, el gato le salta en la cara. Y casi lo desfigura...
¿Cómo se llama la obra? “Yo le quería poner algo así como ‘!Este tipo es un marciano!’”, confiesa López Ruiz, quien recrea tal cantera de anécdotas bizarras “y muchas más”, protagonizadas por uno de los genios que ha dado la música argentina, en un libro que finalmente no cumplió su deseo. Terminó saliendo bajo el nombre de Loco, loco, loco.
Justo tres locos. Uno, se intuye, porque había que estarlo para hacer semejante música. Otro loco, obvio, por la última frase de la balada y el tercero, va justo con la seguidilla de hechos desopilantes que López Ruiz cuenta en varias de las casi trescientas páginas del trabajo, cuya tercera edición acaba de publicar Gourmet Musical. “Le quité algunas cosas de la original y le agregué otras, pero en general el libro es el mismo. Podría contar millones de anécdotas más con Astor, pero no voy a hacerlo porque vamos todos presos”, se ríe. “Era un tipo bravo, un atorrante, con el que he tenido el enorme placer de tocar gran parte de mi vida. La primera vez que lo escuché fue tocando ‘Tres minutos con la realidad’, en radio El Mundo y, mamita, ¡me morí! Por eso digo que era un marciano”, se explaya López Ruiz, que reeditó el volumen tras veinte años de ausencia en las librerías. “Era un marciano porque es verdad que Piazzolla estaba cincuenta años adelantado al resto de los músicos. Tocando a su lado, me di cuenta de que, modestamente, estaba contribuyendo a una historia cultural nueva”, evoca el guitarrista, que –proveniente del universo de jazz de los ‘50– se incorporó al quinteto Nuevo Tango, que completaban el citado Vardaro en violín, Kicho Díaz en contrabajo y Jaime Gosis al piano. Y persistió junto al maestro, con ciertas idas y vueltas, durante veinticinco años, y en diferentes formaciones.
–Mucho tiempo estuvieron juntos. Es raro que no lo tuteara a Piazzolla. Al menos, cuando reproduce los diálogos en el libro lo trata de usted.
–Es que yo tenía 22, 23 años cuando arranqué con él, y en esa época los pibes no tuteábamos a nuestros mayores. Y él me llevaba diecisiete. Incluso Astor solía preguntarme por qué no lo tuteaba y le respondía que no tenía importancia. La cosa daba porque al principio éramos muy amigos, pero no me salía tutearlo, la verdad.
–¿Pese al tenor y la complicidad de las travesuras que cuenta?
–(Risas.) Qué loco Astor... era una dínamo. No podía quedarse quieto un segundo. Componía y tocaba todo el tiempo, pero además hacía todas esas bromas pesadas. Por suerte no se metía conmigo porque yo no me enojaba. ¿Cuál es la gracia de meterse con alguien que no se enoja? Pero tampoco se metía con los que le paraban el carro. No era zonzo. Con Antonio Agri, por ejemplo. Recuerdo que cuando el violinista entró al grupo, su padre, que era zapatero, le había hecho unos zapatos color tomate que eran un espanto. Entonces Astor me dijo “vamos a quemarle los zapatos a Antonio”... y por supuesto me prendí. Nos hicimos una capucha como los del Ku Klux Klan, nos metimos en su habitación, y cuando nos vio, le dijo a Astor “a mí no me haga ninguna de esas joditas que suele hacer usted, porque me vuelvo de inmediato a Rosario”. Se terminaron las jodas (risas).
–Vardaro también fue violinista de Piazzolla pero, por lo que narra usted, no tuvo ni la misma suerte ni la misma actitud que Agri.
–Pobre Vardarito, no, no tuvo la misma suerte que Agri, porque tenía otro carácter. Cuando yo entré, él ya estaba viejo y enfermo, y casi no tenía ganas de tocar. Yo, por mi juventud, era un pedante jodido, y él me tenía que bancar. Cuando Piazzolla le metió el monito en habitación casi me muero de risa en serio... ¡nadie podía sacarlo! Tuvieron que llamar a los bomberos, y la pinta de Vardaro, que era delgado, bajito y medio pelado, cuando salió corriendo de la habitación en calzoncillos y se paró en el pasillo sin entender nada, fue algo indescriptible. Igual que cuando le apuntaba con el arma a los ciclistas, en la ruta. Si lo hiciera hoy, iría en cana cincuenta años, seguro.
Y así, miles de bardos. De ahí que el subtítulo del libro sea 25 años de laburo y jodas conviviendo con un genio. De laburo, porque el guitarrista también memora sobre la admiración que surgía espontánea cada vez que Astor pisaba cualquier escenario del mundo, sobre todo por parte de grandes músicos como Stan Getz, Vinicius de Moraes o Milton Nascimento. “Los músicos se morían por él en todo el mundo. Yo lo vi y lo viví”, refrenda López Ruiz. También lo vio componer gemas universales y hasta alguna vez se encontró con la sorpresa de que el marplatense criado en Nueva York le pidiera consejos. “Una vez me llamó porque estaba escribiendo un arreglo para un concurso en Venezuela y todos los temas tenían que estar compuestos con el número 3... No sé, en 3 x 8, y así. Teníamos que grabarlo, entonces llegué a la casa, y me hizo revisar la partitura para ver si estaba bien. La verdad fue que me dio una vergüenza terrible... ¡cómo le iba a revisar yo un arreglo a Piazzolla! Pero como era para instrumentos de metal, para brass, lo hice, y por supuesto me pareció precioso el arreglo”, evoca.
Sobre los veinticinco años de joda también hay mucho más. Por caso, la que sigue en boca del testigo ideal: “Una vez, estando de gira, Astor me despertó bien temprano para ir a cazar. Fuimos. Llegamos. Le pegó un tiro a un lagarto en el medio de la frente, lo subió al baúl del auto lleno de sangre, lo limpió cuando llegamos a los bungalows donde parábamos en Villa Allende, y se lo puso al lado de la cama a Héctor de Rosas, cantante del quinteto. Eso fue de antología. De Rosas, que era bastante ingenuo, se encontró con ese animal frío al lado, en su cama, y escapó gritando como un loco”, se desternilla López Ruiz, ante otra de las secuencias inolvidables. “Esa fue Córdoba, donde pasó otra también de novela: estábamos buscando la casa que tenía Vardaro en un pueblo que se llamaba Las Rosas y, como ninguno de los dos tenía ni la más mínima idea de dónde quedaba, Astor sacó una carabina a las dos de la mañana y empezó a gritar “¡Varadarooo, Vardarooooo!”, mientras tiraba tiros al aire. Empezaron a sonar las sirenas, vino la cana... Bueno, fue un infierno eso”.
–Menos gracioso tal vez fue cuando Piazzolla se peleó con Troilo, porque éste había dicho en un reportaje que lo que hacía Astor no era tango.
–Fue terrible, sí. En el libro cuento que días antes el Gordo nos había ido a ver a Tucumán 676, y no solo nos pidió que tocáramos dos veces “Adiós Nonino” sino que había llorado de emoción con la versión que habíamos hecho de “Responso”. Astor no solo lo llamó al Gordo para putearlo sino que después, en un reportaje, le preguntaron si podía tocar como Troilo y él, que era terrible, respondió que sí. Que si le enyesaban un brazo y le rompían tres dedos, podía tocar igual que Pichuco. Bravo el tipo, tanto que por eso yo le digo Luzbelito en el libro. Igual, hay que decir que se querían y se respetaban mucho. El Gordo era impresionante y Astor solía decirme que había aprendido un montón con él.
–Otra instancia picante del libro es cuando habla de la cocaína que tomaban varios tangueros, entre ellos el mismo Troilo o el pianista Osvaldo Manzi.
–Es que Pichuco lo dijo en vivo y ante todo el mundo. Eso fue en 676, sí. Recuerdo patente cuando le dijo a Astor “Gato, no sabés lo que me pasó en el biorsi... Me estaba pegando un saque, entro un punto y me vio, y le entramos a dar juntos”. Lo dijo gritando, delante de todo el mundo. Cuando lo revelé, muchos tangueros se me vinieron encima para putearme, pero eso lo sabía hasta mi nieta. ¿Quién no sabía que el Gordo se daba con un fierro y que tomaba mucho? Vamos che, era vox populi.
López Ruiz roza los 80 años. Hace cincuenta que convive con la cantante Donna Caroll, su mujer, que está sentada y callada al lado suyo. “Yo no estoy. ¿eh?”, dice y repite. Pero está y de vez en cuando le recuerda algún dato a su compañero. Por ejemplo, haber conocido a la enfermera que atendió a Evita hasta el día de su muerte y cosas por el estilo. “A Astor le importaba un carajo la política”, asocia libremente el músico. “A él lo único que le interesaba era su obra, por ella se rompía el alma, se inmolaba. No hay nada más importante que eso. Los genios tienen una cosa mesiánica con su obra, es una misión que tienen que cumplir contra viento y marea. Y en el caso de Astor era terrible, cuando me integré al quinteto era una locura, porque la mayoría de los músicos de tango se le tiraban en contra, diciendo las cosas más absurdas sobre su música. Pero a él le encantaba”.
–¿Le gustaba que lo putearan?
–Sí, porque decía que esos giles lo estaban haciendo famoso en todo el mundo (risas). Nos pasaban cosas surrealistas, en este sentido. Una vez aparecimos tocando “Contrabajeando” en la plaza de Río Hondo, para el festival de cine, y yo dije “acá nos matan”. Sin embargo, la gente humilde, esto es algo que hay que resaltar, sabe cuando alguien es auténtico y eso lo respeta. No le gustará, pero lo respeta. A Astor, la gente de las clases bajas tal vez no lo entendía pero lo respetaban. Y lo de no entenderlo, tal vez tenga que ver en cierto sentido con que los genios ven una realidad que muchos no ven, ¿no? O la ven de otra forma. Retomando su pregunta, si, le encantaba tener tantos detractores y de vez en cuando tenía un poco de nafta para agrandar el lío.
–Como el gato en el estuche del Tano Lauro.
–¡¡¡Cuando el tipo lo abrió!!! El gato se le clavó en la cara y no se lo podía sacar. Increíble. Astor fue único en todo sentido.
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Teófilo Larriera
El galeón de Manila
Un amanecer resuelto. Mar en calma tras semanas de tormentas y travesías. La primavera quiere llegar.
Camino a los trópicos. De tu mano.
Camino a los trópicos. De tu mano.
viernes, 16 de marzo de 2018
Hawking
Quitando el mundo real -el de la gente que tiene que trabajar muy duro para salir adelante-, el signo distintivo de nuestro tiempo es la tolerancia cero a la frustración.
Eso ha generado gente que no podría haber soportado las guerras mundiales, la Guerra Civil española o la posguerra. La queja está a la orden del día. No puedo esto, no me dan aquello. Una temporadita en África o en Siria y ¡como nuevos!.
A Stephen Hawking le diagnosticaron ELA con 21 años. Los médicos apenas le daban esperanzas, pero Hawking vivió hasta hace unos días y se convirtió en un científico de primera clase. Soportando una enfermedad extremadamente cruel.
Además de ser un genio en lo suyo y un gran divulgador científico, el físico británico tenía un agudísimo sentido del humor, lo que engrandece aún más su figura.
Así, por ejemplo, cuando trataba del efecto relativista de la dilatación temporal, Hawking explicaba que un pasajero que diese la vuelta al mundo en un avión envejecería unas fracciones de segundo menos que sus amigos que se hubieran quedado en tierra. “Naturalmente”, añadía, "este efecto rejuvenecedor quedaría anulado con creces por la comida que sirven en los aviones”.
Thank you very much indeed, Mr. Hawking!
Eso ha generado gente que no podría haber soportado las guerras mundiales, la Guerra Civil española o la posguerra. La queja está a la orden del día. No puedo esto, no me dan aquello. Una temporadita en África o en Siria y ¡como nuevos!.
A Stephen Hawking le diagnosticaron ELA con 21 años. Los médicos apenas le daban esperanzas, pero Hawking vivió hasta hace unos días y se convirtió en un científico de primera clase. Soportando una enfermedad extremadamente cruel.
Además de ser un genio en lo suyo y un gran divulgador científico, el físico británico tenía un agudísimo sentido del humor, lo que engrandece aún más su figura.
Así, por ejemplo, cuando trataba del efecto relativista de la dilatación temporal, Hawking explicaba que un pasajero que diese la vuelta al mundo en un avión envejecería unas fracciones de segundo menos que sus amigos que se hubieran quedado en tierra. “Naturalmente”, añadía, "este efecto rejuvenecedor quedaría anulado con creces por la comida que sirven en los aviones”.
Thank you very much indeed, Mr. Hawking!
martes, 13 de marzo de 2018
Barney Kessel
Barney Kessel es uno de mis músicos de jazz favoritos. Hizo sus primeras armas en la época dorada del be-bop y se convirtió en el guitarrista de sesión que todo el mundo quería contratar.
Como solista es extremadamente fino y sensible. El dominio que tiene de la guitarra es absoluto: no en vano llegaba a estudiar hasta 16 horas diarias. Su forma de improvisar es magistral, alternando líneas melódicas frescas e imaginativas con armonizaciones por sextas, terceras, progresiones de acordes, cuartas, blue notes que quitan el sentío, un manejo fascinante de la disonancia... todo ello con un nivel de contención de la destreza técnica propio de los caballeros de antaño y una naturalidad apabullante.
Como pedagogo es claro e infinitamente didáctico.
Here's that Rainy Day... para un tiempo de lluvias que no cesan. Con ustedes, Mr. Kessel!
Como solista es extremadamente fino y sensible. El dominio que tiene de la guitarra es absoluto: no en vano llegaba a estudiar hasta 16 horas diarias. Su forma de improvisar es magistral, alternando líneas melódicas frescas e imaginativas con armonizaciones por sextas, terceras, progresiones de acordes, cuartas, blue notes que quitan el sentío, un manejo fascinante de la disonancia... todo ello con un nivel de contención de la destreza técnica propio de los caballeros de antaño y una naturalidad apabullante.
Como pedagogo es claro e infinitamente didáctico.
Here's that Rainy Day... para un tiempo de lluvias que no cesan. Con ustedes, Mr. Kessel!
jueves, 8 de marzo de 2018
Norte
Estoy tomando un café en el Aeroparque, mirando el río. El día es extraño, cambiante. Aunque retiren el puente y también la pasarela me verás cruzar el Ebro, mi amor, en un barquito de vela.
La chica que me atiende quiere entablar conversación. Sabe que vengo del extranjero y en la mirada tiene ese brillo, esas ganas de escapar al otro lado del mundo, de vagar por el planeta.
Salir para extrañar lo de uno, el dulce de leche, el mate, las voces, el río. Para regresar algún día siendo un completo desconocido.
Me sonríe desde la barra y baja los ojos. Debe tener unos veinte años y su mirada está limpia. Contame quién sos, cómo hiciste para sobrevivir al otro lado del mar, llevame lejos de aquí.
Si me mirás otra vez, me voy con vos.
Tranquila, hermosa. No voy a hacerte eso. Vivo rodeado de fantasmas.
Cuando volvió a mirar en dirección a mi mesa yo ya no estaba.
Voy con dirección norte, a encontrarme conmigo.
La chica que me atiende quiere entablar conversación. Sabe que vengo del extranjero y en la mirada tiene ese brillo, esas ganas de escapar al otro lado del mundo, de vagar por el planeta.
Salir para extrañar lo de uno, el dulce de leche, el mate, las voces, el río. Para regresar algún día siendo un completo desconocido.
Me sonríe desde la barra y baja los ojos. Debe tener unos veinte años y su mirada está limpia. Contame quién sos, cómo hiciste para sobrevivir al otro lado del mar, llevame lejos de aquí.
Si me mirás otra vez, me voy con vos.
Tranquila, hermosa. No voy a hacerte eso. Vivo rodeado de fantasmas.
Cuando volvió a mirar en dirección a mi mesa yo ya no estaba.
Voy con dirección norte, a encontrarme conmigo.
domingo, 4 de marzo de 2018
Natalia Litvinova
Natalia Litvinova es una poeta nacida en Bielorrusia. En 1996, a diez años del desastre de Chernóbil, aterrizaba en el aeropuerto de Buenos Aires junto a su familia.
Una voz poderosa y original que narra crónicas de un paisaje gélido, el inconmensurable desastre humano que supuso el colapso de la Unión Soviética.
He aquí un poema que me gusta especialmente.
El golpe justo
Mi abuelo le contó su secreto a mi padre.
vi como acercó la boca a su oreja y susurró.
quise desactivar el misterio
leyendo sus labios pero la boca miente,
aquellas palabras tenían un subsuelo.
Mi padre buscaba plazas donde correr,
era boxeador y se entrenaba para recibir golpes.
Con mi hermano solíamos acompañarlo por las noches.
En invierno patinábamos
sobre el asfalto cubierto de hielo,
masticábamos los frutos helados del serbal,
nos hacíamos los envenenados.
Mi abuelo caminaba arrastrando los pies y sin levantar la mirada del suelo,
fue soldado y lo encerraron en un calabozo lleno de barro, los pies
se le empezaron a pudrir.
Mi padre no podía dejar de correr.
Cierro los ojos y no puedo soñar, paso la noche
deslizándome por las paredes de mi habitación.
Mi hermano duerme abrazado a un oso
al que le arranqué los ojos.
Me deslicé también por la primera capa de hielo
que cubre los lagos del invierno. Los alces jóvenes
mueren allí porque no se distancian de su nacimiento.
El arte de hachar la leña para construir una isba
requiere por parte del brazo
la comprensión de la altura y de la profundidad.
Ese brazo evita que el hacha se asuste.
El golpe justo separa el pasado del futuro.
Una voz poderosa y original que narra crónicas de un paisaje gélido, el inconmensurable desastre humano que supuso el colapso de la Unión Soviética.
He aquí un poema que me gusta especialmente.
El golpe justo
Mi abuelo le contó su secreto a mi padre.
vi como acercó la boca a su oreja y susurró.
quise desactivar el misterio
leyendo sus labios pero la boca miente,
aquellas palabras tenían un subsuelo.
Mi padre buscaba plazas donde correr,
era boxeador y se entrenaba para recibir golpes.
Con mi hermano solíamos acompañarlo por las noches.
En invierno patinábamos
sobre el asfalto cubierto de hielo,
masticábamos los frutos helados del serbal,
nos hacíamos los envenenados.
Mi abuelo caminaba arrastrando los pies y sin levantar la mirada del suelo,
fue soldado y lo encerraron en un calabozo lleno de barro, los pies
se le empezaron a pudrir.
Mi padre no podía dejar de correr.
Cierro los ojos y no puedo soñar, paso la noche
deslizándome por las paredes de mi habitación.
Mi hermano duerme abrazado a un oso
al que le arranqué los ojos.
Me deslicé también por la primera capa de hielo
que cubre los lagos del invierno. Los alces jóvenes
mueren allí porque no se distancian de su nacimiento.
El arte de hachar la leña para construir una isba
requiere por parte del brazo
la comprensión de la altura y de la profundidad.
Ese brazo evita que el hacha se asuste.
El golpe justo separa el pasado del futuro.
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