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martes, 9 de junio de 2020

De repente, el último verano

Hoy se fue un pibe joven, Pau Donés. 53. Amigos músicos se han ido tantos ya que me cuesta acordarme de todos... los que murieron en plena locura de los 80 sin haber cumplido los 27, la cifra obligada de todo cadáver ilustre del rock'n'roll que se precie.

En un portal de Malasaña por un pico demasiado puro. Tiene gracia... la droga te mata cuando es demasiado buena. En cambio la vida funciona con otras leyes. La vida te mata de a poco. Te mata huyendo.

Coppini, el Reverendo, Enrique Sierra... ninguno llegó a los 60. Y el tango? Los grandes, los grandes de verdad... mejor no mirar.

Gardel, 45 (¿o 48?); Julio Sosa, 38; Goyeneche muchos más pero ahogado en droga. ¿Eduardo Arolas? 32. Solo, alcohólico, abandonado.

Hablo con mi hijo hace un par de horas. Está en la Costa Azul. Tiene la edad que tenía yo cuando él nació. Nos reímos. Hablamos de hacer un viaje juntos. Solos. El Transiberiano desde Moscú hasta Vladivostok. Se lo debo a mi abuelo. Me dice: "viejo, aprendete por fonética alguna canción tradicional en ruso que sea equivalente al tango. Los rusos son sentimentales como los argentinos. Los hacemos llorar a mares hasta llegar al Pacífico y nos invitarán a vodka en cada compartimento".

Está claro. ¡Este pibe es hijo mío!

Que el tiempo que os sea dado vivir se gaste de la mejor manera posible. El resto no tiene la más mínima importancia.

jueves, 30 de enero de 2014

Fueye



Un gotán que va directo a lo más hondo. Compuesto en 1942, con música de Charlo y letra de Homero Manzi, el gran poeta del tango. Cantado por Roberto Goyeneche en estado de gracia. El inigualable Aníbal Troilo al bandoneón. Viejo fueye, un día de estos te vuelvo a hacer sonar...

Fueye

Cuando llegó, te oí reír
cuando se fue, lloró tu son
en tu teclado está, como escondida
hermano bandoneón toda mi vida.
Con tu viruta de emoción está encendida
la llama oscura de tu ausencia
y de mi amor.
Cuando llegó, te oí reír
cuando se fue, lloró tu son.

Fueye, no andés goteando tristezas,
fueye, que tu rezongo me apena.
Vamos, no hay que perder la cabeza,
vamos, que ya sabemos muy bien
que no hay que hacer,
que ya se fue de nuestro lao
y que a los dos no has tirao
en el rincón de los recuerdos muertos.
Fueye, no andés goteando amargura
Vamos, hay que saber olvidar.

Cuando llegó, cristal de amor.
Cuando se fue, voz de rencor.
Guardé su ingratitud dentro‘e tu caja
y con tu manta azul le hice mortaja.
Esa es la historia del castillo de baraja
que levantamos a tu arrullo bandoneón.
Cuando llegó, cristal de amor.
Cuando se fue, voz de rencor.

Fueye, no andés goteando tristezas,
fueye, que tu rezongo me apena.
Vamos, no hay que perder la cabeza.
Vamos, si ya sabemos muy bien
que no hay que hacer,
que ya se fue de nuestro lao,
y que a los dos nos ha tirao
en el rincón de los recuerdos muertos.
Fueye, no andes goteando amargura.
Vamos, hay que saber olvidar.

martes, 25 de octubre de 2011

En el jardín de Epicuro

Hoy ha sido un día grandioso. Primera tormenta de otoño. El cielo gris, viento del noroeste y una lluvia pertinaz. Una luz acerada propia de dias alciónicos. Un viento como de Maelstrom.

Desde mi ventana, el faro del fin del mundo.

Trabajé durante todo el día y hacia la hora del crepúsculo la lluvia cesó y se abrieron los cielos, dejando paso a unas estrellas que parecían recién creadas.

Salí a recorrer los campos mojados, respirando un aire perfumado, cargado de buenos presagios. Eché en falta a mi viejo perro Fidel y una pipa con tabaco del que fumaba mi padre. Volví a casa, encendí el fuego y cené sopa de pescado con arroz.

Es medianoche. Escribo desde mi estudio. Me acompaña un plato de nueces recolectadas en las orillas del Tajuña y un vaso de whisky. Va por ustedes...

Suenan los tangos de Roberto Goyeneche: otro que cada día canta mejor.

Trabajaré toda la noche.

La muerte no nos concierne, afirmaba Epicuro. Mientras existimos , ella no está presente. Y cuando llega la muerte nosotros ya no somos.

Que así sea.