Malena Mulaya es una voz poderosa de la Banda Oriental. Cálida y profunda, Mulaya renueva la música de la cuenca del Plata y suena a mano tendida, a encantamiento ritual, a mate compartido mirando el mar. También sabe a conversación infinita, sin reloj, aun de lejos.
La semana que viene actúa en Madrid. Al piano, mi compadre el salteño Fernando Pérez Herrera.
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viernes, 27 de octubre de 2017
jueves, 19 de junio de 2014
¡Uruguay, nomás!
Luis Suárez ha metido dos goles como dos soles. De los más bonitos que he visto en mucho tiempo.
Había que ver a los pibes abrazándose. Llevo tanto tiempo viviendo en planetas hostiles, donde no hay oxígeno y el sol es una bola pálida del tamaño de una nuez, que ya me he olvidado de lo que es la emoción. Sí, es eso que te pasa cuando oís un tango. Claro que conozco piedras bípedas incapaces de conmoverse. Tierra que anda. Sin mezcla. ¿Para qué carajo viven?
El viejo Manuel Picón, que jugaba al fútbol como un crack, estará viendo este partido. Seguro. Qué tipo tan magnífico y lleno de talento. Un tipo macanudo.
Qué gente maravillosa produce Uruguay. Tangueros como Julio Sosa, escritores de talla mundial, músicos como Drexler y Manuel Picón, futbolistas de élite. Sin estridencias, sin histerias, sin egos inconmensurables.
Pero Uruguay es equipo. Desde Muslera hasta Luisito Suárez, que tiene el nombre de otro genio español.
¡Viva Uruguay! ¡Viva Artigas! ¡Vivan los pueblos inteligentes que no tienen bufón ni amo!
Mañana me morfo un asado completo con Juancito a la salud de Uruguay y nos bajamos 3 litros de tinto. ¡Gracias, pibes! Los llevo en el cuore.
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jueves, 14 de junio de 2012
Dejemos que hable Onetti
Hay gente que escribe bien, que se expresa con corrección y, de vez en cuando, acierta y conmueve. Unos pocos logran ser escritores verdaderamente buenos, llegando incluso a rozar la perfección. Y luego está el uruguayo Juan Carlos Onetti, que juega en una liga en la que sólo participa él.
Y, como resulta obvio, nadie le hace sombra. Nadie puede.
Enclaustrado en su piso de Avenida América y Cartagena, en un punto absurdo de una ciudad que nunca dejó de ser pueblo, atrincherado en la cama, con un vaso de whisky a todas horas, "todo se lo debo a Dolly"... Onetti recibía constantemente llamadas de personajes pertenecientes a tal o cual departamento universitario que le agobiaban con charlas, homenajes, mesas redondas, doctorados honoríficos. A todos respondía que sí, que iría, cómo no, faltaría más, preguntaba la dirección muy solícito, indagaba si había que ir de traje o de sport y, cuando llegaba el momento de acudir, Dolly llamaba de urgencia comunicando la muerte de un familiar, un accidente doméstico, algún suceso insólito. Nunca iba. ¿Para qué, si uno puede estar leyendo y escribiendo en la cama con una buena provisión de whisky, una discoteca bien selecta y Dolly cubriéndonos de cariños y atenciones? Onetti descubrió muy pronto que afuera no hay nada. Menos que nada. Los platos fríos se preparan en casa.
Bienvenido, Bob
por Juan Carlos Onetti
Es seguro que cada día estará más viejo, más lejos del tiempo en que se llamaba Bob, del pelo rubio colgando en la sien, la sonrisa y los lustrosos ojos de cuando entraba silenciosamente en la sala, murmurando un saludo o moviendo un poco la mano cerca de la oreja, e iba a sentarse bajo la lámpara, cerca del piano, con un libro o simplemente quieto y aparte, abstraído, mirándonos durante una hora sin un gesto en la cara, moviendo de vez en cuando los dedos para manejar el cigarrillo y limpiar de cenizas la solapa de sus trajes claros.
Igualmente lejos -ahora que se llama Roberto y se emborracha con cualquier cosa, protegiéndose la boca con la mano sucia cuando toso- del Bob que tomaba cerveza, dos vasos solamente en la más larga de las noches, con una pila de monedas de diez sobre su mesa de la cantina del club, para gastar en la máquina de discos. Casi siempre solo, escuchando jazz, la cara soñolienta, dichosa y pálida, moviendo apenas la cabeza para saludarme cuando yo pasaba, siguiéndome con los ojos tanto tiempo como yo me quedara, tanto tiempo como me fuera posible soportar su mirada azul detenida incansablemente en mí, manteniendo sin esfuerzo el intenso desprecio y la burla más suave. También con algún otro muchacho, los sábados, alguno tan rabiosamente joven como él, con quien conversaba de solos, trompas y coros y de la infinita ciudad que Bob construiría sobre la costa cuando fuera arquitecto. Se interrumpía al verme pasar para hacerme el breve saludo y no sacar los ojos de mi cara, resbalando palabras apagadas y sonrisas por una punta de la boca hacia el compañero que terminaba siempre por mirarme y duplicar en silencio el silencio y la burla.
A veces me sentía fuerte y trataba de mirarlo: apoyaba la cara en una mano y fumaba encima de mi copa mirándolo sin pestañear, sin apartar la atención de mi rostro que debía sostenerse frío, un poco melancólico. En aquel tiempo Bob era muy parecido a Inés; podía ver algo de ella en su cara a través del salón del club, y acaso alguna noche lo haya mirado como la miraba a ella. Pero casi siempre prefería olvidar los ojos de Bob y me sentaba de espaldas a él y miraba las bocas de los que hablaban en mi mesa, a veces callado y triste para que él supiera que había en mí algo más que aquello por lo que había juzgado, algo próximo a él; a veces me ayudaba con unas copas y pensaba "querido Bob, andá a contárselo a tu hermanita", mientas acariciaba las manos de las muchachas que estaban sentadas a mi mesa o estiraba una teoría sobre cualquier cosa, para que ellas rieran y Bob lo oyera.
Pero ni la actitud ni la mirada de Bob mostraban ninguna alteración en aquel tiempo, hiciera yo lo que hiciera. Sólo recuerdo esto como prueba de que él anotaba mis comedias en la cantina. Tenía un impermeable cerrado hasta el cuello, las manos en los bolsillos. Me saludó moviendo la cabeza, miró alrededor enseguida y avanzó en la habitación como si me hubiera suprimido con la rápida cabezada: lo vi moverse dando vueltas a la mesa, sobre la alfombra, andando sobre ella con sus amarillentos zapatos de goma. Tocó una flor con un dedo, se sentó en el borde de la mesa y se puso a fumar mirando el florero, el sereno perfil puesto hacia mí, un poco inclinado, flojo y pensativo. Imprudentemente -yo estaba de pie recostado contra el piano- empuje con mi mano izquierda una tecla grave y quedé ya obligado a repetir el sonido cada tres segundos, mirándolo.
Yo no tenía por él más que odio y un vergonzante respeto, y seguí hundiendo la tecla, clavándola con una cobarde ferocidad en el silencio de la casa, hasta que repentinamente quedé situado afuera, observando la escena como si estuviera en lo alto de la escalera o en la puerta, viéndolo y sintiéndolo a él, Bob, silencioso y ausente junto al hilo de humo de su cigarrillo que subía temblando; sintiéndome a mí, alto y rígido, un poco patético, un poco ridículo en la penumbra, golpeando cada tres exactos segundos la tecla grave con mi índice. Pensé entonces que no estaba haciendo sonar el piano por una incomprensible bravata, sino que lo estaba llamando; que la profunda nota que tenazmente hacía renacer mi dedo en el borde de cada última vibración era, al fin encontrada, la única palabra pordiosera con que podía pedir tolerancia y comprensión a su juventud implacable. Él continuó inmóvil hasta que Inés golpeó la puerta del dormitorio antes de bajar a juntarse conmigo. Entonces Bob se enderezó y vino caminando con pereza hasta el otro extremo del piano, apoyó un codo, me miró un momento y después dijo con una hermosa sonrisa: "¿Esta noche es una noche de lecho o de whisky? ¿Ímpetu de salvación o salto en el vacío?".
No podía contestarle nada, no podía deshacerle la cara de un golpe; dejé de tocar y fui retirando lentamente la mano del piano. Inés estaba en la mitad de la escalera cundo él me dijo: "Bueno, puede ser que usted improvise".
El duelo duró tres o cuatro meses, y yo no podía dejar de ir por las noches al club -recuerdo, de paso, que había campeonato de tenis por aquel tiempo- porque cuando me estaba por algún tiempo sin aparecer por allí, Bob saludaba mi regreso aumentando el desdén y la ironía en sus ojos y se acomodaba en el asiento con una mueca feliz.
Cuando llegó el momento de que yo no pudiera desear otra solución que casarme con Inés cuanto antes, Bob y su táctica cambiaron. No sé cómo supo mi necesidad de casarme con su hermana y de cómo yo había abrazado esa necesidad con todas las fuerzas que me quedaban. Mi amor por aquella necesidad había suprimido el pasado y toda atadura con el presente. No reparaba entonces en Bob; pero poco tiempo después hube de recordar cómo había cambiado en aquella época y alguna vez quedé inmóvil, de pie en la esquina, insultándolo entre dientes, comprendiendo que entonces su cara había dejado de ser burlona y me enfrentaba con seriedad y un intenso cálculo, como se mira un peligro o una tarea compleja, como se trata de valorar el obstáculo y medirlo con las fuerzas de uno. Pero yo no le daba ya importancia y hasta llegué a pensar que en su cara inmóvil y fija estaba naciendo la comprensión por lo fundamental mío, por un viejo pasado de limpieza que la adorada necesidad de casarme con Inés extraía de debajo de los años y sucesos para acercarme a él.
Después vi que estaba esperando la noche; pero lo vi recién cuando aquella noche llegó Bob y vino a sentarse a la mesa donde yo estaba solo y despidió al mozo con una seña. Esperé un rato mirándolo, era tan parecido a ella cuando movía las cejas; y la punta de la nariz, como a Inés, se le aplastaba un poco cuando conversaba. "Usted no va a casarse con Inés", dijo después. Lo miré, sonreí, dejé de mirarlo. "No, no se va a casar con ella porque una cosa así se puede evitar si hay alguien de veras resuelto a que se haga". Volví a sonreírme. "Hace unos años -le dije- eso me hubiera dado muchas ganas de casarme con Inés. Ahora no agrega ni saca. Pero puedo oírlo, si quiere explicarme...". Enderezó la cabeza y continuó mirándome en silencio; acaso tuviera prontas las frases y esperaba a que yo completara la mía para decirlas. "Si quiere explicarme por qué no quiere que yo me case con ella", pregunté lentamente y me recosté en la pared. Vi enseguida que yo no había sospechado nunca cuánto y con cuanta resolución me odiaba; tenía la cara pálida, con una sonrisa sujeta y apretada con los labios y dientes. "Habría que dividirlo por capítulos -dijo-, no terminaría en la noche".
"Pero se puede decir en dos o tres palabras. Usted no se va a casar con ella porque usted es viejo y ella es joven. No sé si usted tiene treinta o cuarenta años, no importa. Pero usted es un hombre hecho, es decir deshecho, como todos los hombres a su edad cuando no son extraordinarios". Chupó el cigarrillo apagado, miró hacia la calle y volvió a mirarme; mi cabeza estaba apoyada contra la pared y seguía esperando. "Claro que usted tiene motivos para creer en lo extraordinario suyo. Creer que ha salvado muchas cosas del naufragio. Pero no es cierto". Me puse a fumar de perfil a él; me molestaba, pero no le creía; me provocaba un tibio odio, pero yo estaba seguro de que nada me haría dudar de mí mismo después de haber conocido la necesidad de casarme con Inés. No; estábamos en la misma mesa y yo era tan limpio y tan joven como él. "Usted puede equivocarse -le dije-. Si usted quiere nombrar algo de lo que hay deshecho en mí...". "No, no -dijo rápidamente-, no soy tan niño. No entro en ese juego. Usted es egoísta; es sensual de una sucia manera. Está atado a cosas miserables y son las cosas las que lo arrastran. No va a ninguna parte, no lo desea realmente. Es eso, nada más; usted es viejo y ella es joven. Ni siquiera debo pensar en ella frente a usted. Y usted pretende...". Tampoco entonces podía yo romperle la cara, así que resolví prescindir de él, fui al aparato de música, marqué cualquier cosa y puse una moneda. Volví despacio al asiento y escuché. La música era poco fuerte; alguien cantaba dulcemente en el interior de grandes pausas. A mi lado Bob estaba diciendo que ni siquiera él, alguien como él, era digno de mirar a Inés a los ojos. Pobre chico, pensé con admiración. Estuvo diciendo que en aquello que él llama vejez, lo más repugnante, lo que determinaba la descomposición era pensar por conceptos, englobar a las mujeres en la palabra mujer, empujarlas sin cuidado para que pudieran amoldarse al concepto hecho por una pobre experiencia. Pero -decía también- tampoco la palabra experiencia era exacta. No había ya experiencias, nada más que costumbre y repeticiones, nombres marchitos para ir poniendo a las cosas y un poco crearlas. Más o menos eso estuvo diciendo. Y yo pensaba suavemente si él caería muerto o encontraría la manera de matarme, allí mismo y enseguida, si yo le contara las imágenes que removía en mí al decir que ni siquiera él merecía tocar a Inés con la punta de un dedo, el pobre chico, o besar el extremo de sus vestidos, la huella de sus pasos o cosas así. Después de una pausa -la música había terminado y el aparato apagó las luces aumentando el silencio-, Bob dijo "nada más", y se fue con el andar de siempre, seguro, ni rápido ni lento.
Si aquella noche el rostro de Inés se me mostró en las facciones de Bob, si en algún momento el fraternal parecido pudo aprovechar la trampa de un gesto para darme a Inés por Bob, fue aquella, entonces, la última vez que vi a la muchacha. Es cierto que volví a estar con ella dos noches después en la entrevista habitual, y un mediodía en un encuentro impuesto por mi desesperación, inútil, sabiendo de antemano que todo recurso de palabra y presencia sería inútil, que todos mis machacantes ruegos morirían de manera asombrosa, como si no hubieran sido nunca, disueltos en el enorme aire azul de la plaza, bajo el follaje de verde apacible en mitad de la buena estación.
Las pequeñas y rápidas partes del rostro de Inés que me había mostrado aquella noche Bob, aunque dirigidas contra mí, unidas a la agresión, participaban del entusiasmo y el candor de la muchacha. Pero cómo hablar a Inés, cómo tocarla, convencerla a través de la repentina mujer apática de las dos últimas entrevistas. Cómo reconocerla o siquiera evocarla mirando a la mujer de largo cuerpo rígido en el sillón de su casa y en el banco de la plaza, de una igual rigidez resuelta y mantenida en las dos distintas horas y los dos parajes; la mujer de cuello tenso, los ojos hacia delante, la boca muerta, las manos plantadas en el regazo. Yo la miraba y era "no", sabía que era "no" todo el aire que la estaba rodeando.
Nunca supe cuál fue la anécdota elegida por Bob para aquello; en todo caso, estoy seguro de que no mintió, de que entonces nada -ni Inés- podía hacerlo mentir. No vi más a Inés ni tampoco a su forma vacía y endurecida; supe que se casó y que no vive ya en Buenos Aires. Por entonces, en medio del odio y del sufrimiento me gustaba imaginar a Bob imaginando mis hechos y eligiendo la cosa justa o el conjunto de cosas que fue capaz de matarme en Inés y matarla a ella para mí.
Ahora hace cerca de un año que veo a Bob casi diariamente, en el mismo café, rodeado de la misma gente. Cuando nos presentaron -hoy se llama Roberto- comprendí que el pasado no tiene tiempo y el ayer se junta allí con la fecha de diez años atrás. Algún gastado rastro de Inés había aún en su cara, y un movimiento de la boca de Bob alcanzó para que yo volviera a ver el alargado cuerpo de la muchacha, sus calmosos y desenvueltos pasos, y para que los mismos inalterados ojos azules volvieran a mirarme bajo un flojo peinado que cruzaba y sujetaba una cinta roja. Ausente y perdida para siempre, podía conservarse viviente e intacta, definitivamente inconfundible, idéntica a lo esencial suyo. Pero era trabajoso escarbar en la cara, las palabras y los gestos de Roberto para encontrar a Bob y poder odiarlo. La tarde del primer encuentro esperé durante horas a que se quedara solo o saliera para hablarle y golpearlo. Quieto y silencioso, espiando a veces su cara o evocando a Inés en las ventanas brillantes del café, compuse mañosamente las frases del insulto y encontré el paciente tono con que iba a decírselas, elegí el sitio de su cuerpo donde dar el primer golpe. Pero se fue al anochecer acompañado por tres amigos, y resolví esperar, como había esperado él años atrás, la noche propicia en que estuviera solo.
Cuando volví a verlo, cuando iniciamos esta segunda amistad que espero no terminará ya nunca, dejé de pensar en toda forma de ataque. Quedó resuelto que no le hablaría jamás de Inés ni del pasado y que, en silencio, yo mantendría todo aquello viviente dentro de mí. Nada más que esto hago, casi todas las tardes, frente a Roberto y las caras familiares del café. Mi odio se conservará cálido y nuevo mientras pueda seguir viviendo y escuchando a Roberto; nadie sabe de mi venganza, pero la vivo, gozosa y enfurecida, un día y otro. Hablo con él, sonrío, fumo, tomo café. Todo el tiempo pensando en Bob, en su pureza, su fe, en la audacia de sus pasados sueños. Pensando en el Bob que amaba la música, en el Bob que planeaba ennoblecer la vida de los hombres construyendo una ciudad de enceguecedora belleza para cinco millones de habitantes, a lo largo de la costa del río; el Bob que no podía mentir nunca; el Bob que proclamaba la lucha de los jóvenes contra los viejos, el Bob dueño del futuro y del mundo. Pensando minucioso y plácido en todo eso frente al hombre de dedos sucios de tabaco llamado Roberto, que lleva una vida grotesca, trabajando en cualquier hedionda oficina, casado con una mujer a quien nombra "mi señora"; el hombre que se pasa estos largos domingos hundido en el asiento del café, examinando diarios y jugando a las carreras por teléfono.
Nadie amó a mujer alguna con la fuerza con que yo amo su ruindad, su definitiva manera de estar hundido en la sucia vida de los hombres. Nadie se arrobó de amor como yo lo hago ante sus fugaces sobresaltos, los proyectos sin convicción que un destruido y lejano Bob le dicta algunas veces y que sólo sirven para que mida con exactitud hasta donde está emporcado para siempre.
No sé si nunca en el pasado he dado la bienvenida a Inés con tanta alegría y amor como diariamente le doy la bienvenida a Bob al tenebroso y maloliente mundo de los adultos. Es todavía un recién llegado y de vez en cuando sufre sus crisis de nostalgia. Lo he visto lloroso y borracho, insultándose y jurando el inminente regreso a los días de Bob. Puedo asegurar que entonces mi corazón desborda de amor y se hace sensible y cariñoso como el de una madre. En el fondo sé que no se irá nunca porque no tiene sitio donde ir; pero me hago delicado y paciente y trato de conformarlo. Como ese puñado de tierra natal, o esas fotografías de calles y monumentos, o las canciones que gustan traer consigo los inmigrantes, voy construyendo para él planes, creencias y mañanas distintos que tienen luz y el sabor del país de juventud de donde él llegó hace un tiempo. Y él acepta; protesta siempre para que yo redoble mis promesas, pero termina por decir que sí, acaba por muequear una sonrisa creyendo que algún día habrá de regresar al mundo de las horas de Bob y queda en paz en medio de sus treinta años, moviéndose sin disgusto ni tropiezo entre los cadáveres pavorosos de las antiguas ambiciones, las formas repulsivas de los sueños que se fueron gastando bajo la presión distraída y constante de tantos miles de pies inevitables.
Y, como resulta obvio, nadie le hace sombra. Nadie puede.
Enclaustrado en su piso de Avenida América y Cartagena, en un punto absurdo de una ciudad que nunca dejó de ser pueblo, atrincherado en la cama, con un vaso de whisky a todas horas, "todo se lo debo a Dolly"... Onetti recibía constantemente llamadas de personajes pertenecientes a tal o cual departamento universitario que le agobiaban con charlas, homenajes, mesas redondas, doctorados honoríficos. A todos respondía que sí, que iría, cómo no, faltaría más, preguntaba la dirección muy solícito, indagaba si había que ir de traje o de sport y, cuando llegaba el momento de acudir, Dolly llamaba de urgencia comunicando la muerte de un familiar, un accidente doméstico, algún suceso insólito. Nunca iba. ¿Para qué, si uno puede estar leyendo y escribiendo en la cama con una buena provisión de whisky, una discoteca bien selecta y Dolly cubriéndonos de cariños y atenciones? Onetti descubrió muy pronto que afuera no hay nada. Menos que nada. Los platos fríos se preparan en casa.
Bienvenido, Bob
por Juan Carlos Onetti
Es seguro que cada día estará más viejo, más lejos del tiempo en que se llamaba Bob, del pelo rubio colgando en la sien, la sonrisa y los lustrosos ojos de cuando entraba silenciosamente en la sala, murmurando un saludo o moviendo un poco la mano cerca de la oreja, e iba a sentarse bajo la lámpara, cerca del piano, con un libro o simplemente quieto y aparte, abstraído, mirándonos durante una hora sin un gesto en la cara, moviendo de vez en cuando los dedos para manejar el cigarrillo y limpiar de cenizas la solapa de sus trajes claros.
Igualmente lejos -ahora que se llama Roberto y se emborracha con cualquier cosa, protegiéndose la boca con la mano sucia cuando toso- del Bob que tomaba cerveza, dos vasos solamente en la más larga de las noches, con una pila de monedas de diez sobre su mesa de la cantina del club, para gastar en la máquina de discos. Casi siempre solo, escuchando jazz, la cara soñolienta, dichosa y pálida, moviendo apenas la cabeza para saludarme cuando yo pasaba, siguiéndome con los ojos tanto tiempo como yo me quedara, tanto tiempo como me fuera posible soportar su mirada azul detenida incansablemente en mí, manteniendo sin esfuerzo el intenso desprecio y la burla más suave. También con algún otro muchacho, los sábados, alguno tan rabiosamente joven como él, con quien conversaba de solos, trompas y coros y de la infinita ciudad que Bob construiría sobre la costa cuando fuera arquitecto. Se interrumpía al verme pasar para hacerme el breve saludo y no sacar los ojos de mi cara, resbalando palabras apagadas y sonrisas por una punta de la boca hacia el compañero que terminaba siempre por mirarme y duplicar en silencio el silencio y la burla.
A veces me sentía fuerte y trataba de mirarlo: apoyaba la cara en una mano y fumaba encima de mi copa mirándolo sin pestañear, sin apartar la atención de mi rostro que debía sostenerse frío, un poco melancólico. En aquel tiempo Bob era muy parecido a Inés; podía ver algo de ella en su cara a través del salón del club, y acaso alguna noche lo haya mirado como la miraba a ella. Pero casi siempre prefería olvidar los ojos de Bob y me sentaba de espaldas a él y miraba las bocas de los que hablaban en mi mesa, a veces callado y triste para que él supiera que había en mí algo más que aquello por lo que había juzgado, algo próximo a él; a veces me ayudaba con unas copas y pensaba "querido Bob, andá a contárselo a tu hermanita", mientas acariciaba las manos de las muchachas que estaban sentadas a mi mesa o estiraba una teoría sobre cualquier cosa, para que ellas rieran y Bob lo oyera.
Pero ni la actitud ni la mirada de Bob mostraban ninguna alteración en aquel tiempo, hiciera yo lo que hiciera. Sólo recuerdo esto como prueba de que él anotaba mis comedias en la cantina. Tenía un impermeable cerrado hasta el cuello, las manos en los bolsillos. Me saludó moviendo la cabeza, miró alrededor enseguida y avanzó en la habitación como si me hubiera suprimido con la rápida cabezada: lo vi moverse dando vueltas a la mesa, sobre la alfombra, andando sobre ella con sus amarillentos zapatos de goma. Tocó una flor con un dedo, se sentó en el borde de la mesa y se puso a fumar mirando el florero, el sereno perfil puesto hacia mí, un poco inclinado, flojo y pensativo. Imprudentemente -yo estaba de pie recostado contra el piano- empuje con mi mano izquierda una tecla grave y quedé ya obligado a repetir el sonido cada tres segundos, mirándolo.
Yo no tenía por él más que odio y un vergonzante respeto, y seguí hundiendo la tecla, clavándola con una cobarde ferocidad en el silencio de la casa, hasta que repentinamente quedé situado afuera, observando la escena como si estuviera en lo alto de la escalera o en la puerta, viéndolo y sintiéndolo a él, Bob, silencioso y ausente junto al hilo de humo de su cigarrillo que subía temblando; sintiéndome a mí, alto y rígido, un poco patético, un poco ridículo en la penumbra, golpeando cada tres exactos segundos la tecla grave con mi índice. Pensé entonces que no estaba haciendo sonar el piano por una incomprensible bravata, sino que lo estaba llamando; que la profunda nota que tenazmente hacía renacer mi dedo en el borde de cada última vibración era, al fin encontrada, la única palabra pordiosera con que podía pedir tolerancia y comprensión a su juventud implacable. Él continuó inmóvil hasta que Inés golpeó la puerta del dormitorio antes de bajar a juntarse conmigo. Entonces Bob se enderezó y vino caminando con pereza hasta el otro extremo del piano, apoyó un codo, me miró un momento y después dijo con una hermosa sonrisa: "¿Esta noche es una noche de lecho o de whisky? ¿Ímpetu de salvación o salto en el vacío?".
No podía contestarle nada, no podía deshacerle la cara de un golpe; dejé de tocar y fui retirando lentamente la mano del piano. Inés estaba en la mitad de la escalera cundo él me dijo: "Bueno, puede ser que usted improvise".
El duelo duró tres o cuatro meses, y yo no podía dejar de ir por las noches al club -recuerdo, de paso, que había campeonato de tenis por aquel tiempo- porque cuando me estaba por algún tiempo sin aparecer por allí, Bob saludaba mi regreso aumentando el desdén y la ironía en sus ojos y se acomodaba en el asiento con una mueca feliz.
Cuando llegó el momento de que yo no pudiera desear otra solución que casarme con Inés cuanto antes, Bob y su táctica cambiaron. No sé cómo supo mi necesidad de casarme con su hermana y de cómo yo había abrazado esa necesidad con todas las fuerzas que me quedaban. Mi amor por aquella necesidad había suprimido el pasado y toda atadura con el presente. No reparaba entonces en Bob; pero poco tiempo después hube de recordar cómo había cambiado en aquella época y alguna vez quedé inmóvil, de pie en la esquina, insultándolo entre dientes, comprendiendo que entonces su cara había dejado de ser burlona y me enfrentaba con seriedad y un intenso cálculo, como se mira un peligro o una tarea compleja, como se trata de valorar el obstáculo y medirlo con las fuerzas de uno. Pero yo no le daba ya importancia y hasta llegué a pensar que en su cara inmóvil y fija estaba naciendo la comprensión por lo fundamental mío, por un viejo pasado de limpieza que la adorada necesidad de casarme con Inés extraía de debajo de los años y sucesos para acercarme a él.
Después vi que estaba esperando la noche; pero lo vi recién cuando aquella noche llegó Bob y vino a sentarse a la mesa donde yo estaba solo y despidió al mozo con una seña. Esperé un rato mirándolo, era tan parecido a ella cuando movía las cejas; y la punta de la nariz, como a Inés, se le aplastaba un poco cuando conversaba. "Usted no va a casarse con Inés", dijo después. Lo miré, sonreí, dejé de mirarlo. "No, no se va a casar con ella porque una cosa así se puede evitar si hay alguien de veras resuelto a que se haga". Volví a sonreírme. "Hace unos años -le dije- eso me hubiera dado muchas ganas de casarme con Inés. Ahora no agrega ni saca. Pero puedo oírlo, si quiere explicarme...". Enderezó la cabeza y continuó mirándome en silencio; acaso tuviera prontas las frases y esperaba a que yo completara la mía para decirlas. "Si quiere explicarme por qué no quiere que yo me case con ella", pregunté lentamente y me recosté en la pared. Vi enseguida que yo no había sospechado nunca cuánto y con cuanta resolución me odiaba; tenía la cara pálida, con una sonrisa sujeta y apretada con los labios y dientes. "Habría que dividirlo por capítulos -dijo-, no terminaría en la noche".
"Pero se puede decir en dos o tres palabras. Usted no se va a casar con ella porque usted es viejo y ella es joven. No sé si usted tiene treinta o cuarenta años, no importa. Pero usted es un hombre hecho, es decir deshecho, como todos los hombres a su edad cuando no son extraordinarios". Chupó el cigarrillo apagado, miró hacia la calle y volvió a mirarme; mi cabeza estaba apoyada contra la pared y seguía esperando. "Claro que usted tiene motivos para creer en lo extraordinario suyo. Creer que ha salvado muchas cosas del naufragio. Pero no es cierto". Me puse a fumar de perfil a él; me molestaba, pero no le creía; me provocaba un tibio odio, pero yo estaba seguro de que nada me haría dudar de mí mismo después de haber conocido la necesidad de casarme con Inés. No; estábamos en la misma mesa y yo era tan limpio y tan joven como él. "Usted puede equivocarse -le dije-. Si usted quiere nombrar algo de lo que hay deshecho en mí...". "No, no -dijo rápidamente-, no soy tan niño. No entro en ese juego. Usted es egoísta; es sensual de una sucia manera. Está atado a cosas miserables y son las cosas las que lo arrastran. No va a ninguna parte, no lo desea realmente. Es eso, nada más; usted es viejo y ella es joven. Ni siquiera debo pensar en ella frente a usted. Y usted pretende...". Tampoco entonces podía yo romperle la cara, así que resolví prescindir de él, fui al aparato de música, marqué cualquier cosa y puse una moneda. Volví despacio al asiento y escuché. La música era poco fuerte; alguien cantaba dulcemente en el interior de grandes pausas. A mi lado Bob estaba diciendo que ni siquiera él, alguien como él, era digno de mirar a Inés a los ojos. Pobre chico, pensé con admiración. Estuvo diciendo que en aquello que él llama vejez, lo más repugnante, lo que determinaba la descomposición era pensar por conceptos, englobar a las mujeres en la palabra mujer, empujarlas sin cuidado para que pudieran amoldarse al concepto hecho por una pobre experiencia. Pero -decía también- tampoco la palabra experiencia era exacta. No había ya experiencias, nada más que costumbre y repeticiones, nombres marchitos para ir poniendo a las cosas y un poco crearlas. Más o menos eso estuvo diciendo. Y yo pensaba suavemente si él caería muerto o encontraría la manera de matarme, allí mismo y enseguida, si yo le contara las imágenes que removía en mí al decir que ni siquiera él merecía tocar a Inés con la punta de un dedo, el pobre chico, o besar el extremo de sus vestidos, la huella de sus pasos o cosas así. Después de una pausa -la música había terminado y el aparato apagó las luces aumentando el silencio-, Bob dijo "nada más", y se fue con el andar de siempre, seguro, ni rápido ni lento.
Si aquella noche el rostro de Inés se me mostró en las facciones de Bob, si en algún momento el fraternal parecido pudo aprovechar la trampa de un gesto para darme a Inés por Bob, fue aquella, entonces, la última vez que vi a la muchacha. Es cierto que volví a estar con ella dos noches después en la entrevista habitual, y un mediodía en un encuentro impuesto por mi desesperación, inútil, sabiendo de antemano que todo recurso de palabra y presencia sería inútil, que todos mis machacantes ruegos morirían de manera asombrosa, como si no hubieran sido nunca, disueltos en el enorme aire azul de la plaza, bajo el follaje de verde apacible en mitad de la buena estación.
Las pequeñas y rápidas partes del rostro de Inés que me había mostrado aquella noche Bob, aunque dirigidas contra mí, unidas a la agresión, participaban del entusiasmo y el candor de la muchacha. Pero cómo hablar a Inés, cómo tocarla, convencerla a través de la repentina mujer apática de las dos últimas entrevistas. Cómo reconocerla o siquiera evocarla mirando a la mujer de largo cuerpo rígido en el sillón de su casa y en el banco de la plaza, de una igual rigidez resuelta y mantenida en las dos distintas horas y los dos parajes; la mujer de cuello tenso, los ojos hacia delante, la boca muerta, las manos plantadas en el regazo. Yo la miraba y era "no", sabía que era "no" todo el aire que la estaba rodeando.
Nunca supe cuál fue la anécdota elegida por Bob para aquello; en todo caso, estoy seguro de que no mintió, de que entonces nada -ni Inés- podía hacerlo mentir. No vi más a Inés ni tampoco a su forma vacía y endurecida; supe que se casó y que no vive ya en Buenos Aires. Por entonces, en medio del odio y del sufrimiento me gustaba imaginar a Bob imaginando mis hechos y eligiendo la cosa justa o el conjunto de cosas que fue capaz de matarme en Inés y matarla a ella para mí.
Ahora hace cerca de un año que veo a Bob casi diariamente, en el mismo café, rodeado de la misma gente. Cuando nos presentaron -hoy se llama Roberto- comprendí que el pasado no tiene tiempo y el ayer se junta allí con la fecha de diez años atrás. Algún gastado rastro de Inés había aún en su cara, y un movimiento de la boca de Bob alcanzó para que yo volviera a ver el alargado cuerpo de la muchacha, sus calmosos y desenvueltos pasos, y para que los mismos inalterados ojos azules volvieran a mirarme bajo un flojo peinado que cruzaba y sujetaba una cinta roja. Ausente y perdida para siempre, podía conservarse viviente e intacta, definitivamente inconfundible, idéntica a lo esencial suyo. Pero era trabajoso escarbar en la cara, las palabras y los gestos de Roberto para encontrar a Bob y poder odiarlo. La tarde del primer encuentro esperé durante horas a que se quedara solo o saliera para hablarle y golpearlo. Quieto y silencioso, espiando a veces su cara o evocando a Inés en las ventanas brillantes del café, compuse mañosamente las frases del insulto y encontré el paciente tono con que iba a decírselas, elegí el sitio de su cuerpo donde dar el primer golpe. Pero se fue al anochecer acompañado por tres amigos, y resolví esperar, como había esperado él años atrás, la noche propicia en que estuviera solo.
Cuando volví a verlo, cuando iniciamos esta segunda amistad que espero no terminará ya nunca, dejé de pensar en toda forma de ataque. Quedó resuelto que no le hablaría jamás de Inés ni del pasado y que, en silencio, yo mantendría todo aquello viviente dentro de mí. Nada más que esto hago, casi todas las tardes, frente a Roberto y las caras familiares del café. Mi odio se conservará cálido y nuevo mientras pueda seguir viviendo y escuchando a Roberto; nadie sabe de mi venganza, pero la vivo, gozosa y enfurecida, un día y otro. Hablo con él, sonrío, fumo, tomo café. Todo el tiempo pensando en Bob, en su pureza, su fe, en la audacia de sus pasados sueños. Pensando en el Bob que amaba la música, en el Bob que planeaba ennoblecer la vida de los hombres construyendo una ciudad de enceguecedora belleza para cinco millones de habitantes, a lo largo de la costa del río; el Bob que no podía mentir nunca; el Bob que proclamaba la lucha de los jóvenes contra los viejos, el Bob dueño del futuro y del mundo. Pensando minucioso y plácido en todo eso frente al hombre de dedos sucios de tabaco llamado Roberto, que lleva una vida grotesca, trabajando en cualquier hedionda oficina, casado con una mujer a quien nombra "mi señora"; el hombre que se pasa estos largos domingos hundido en el asiento del café, examinando diarios y jugando a las carreras por teléfono.
Nadie amó a mujer alguna con la fuerza con que yo amo su ruindad, su definitiva manera de estar hundido en la sucia vida de los hombres. Nadie se arrobó de amor como yo lo hago ante sus fugaces sobresaltos, los proyectos sin convicción que un destruido y lejano Bob le dicta algunas veces y que sólo sirven para que mida con exactitud hasta donde está emporcado para siempre.
No sé si nunca en el pasado he dado la bienvenida a Inés con tanta alegría y amor como diariamente le doy la bienvenida a Bob al tenebroso y maloliente mundo de los adultos. Es todavía un recién llegado y de vez en cuando sufre sus crisis de nostalgia. Lo he visto lloroso y borracho, insultándose y jurando el inminente regreso a los días de Bob. Puedo asegurar que entonces mi corazón desborda de amor y se hace sensible y cariñoso como el de una madre. En el fondo sé que no se irá nunca porque no tiene sitio donde ir; pero me hago delicado y paciente y trato de conformarlo. Como ese puñado de tierra natal, o esas fotografías de calles y monumentos, o las canciones que gustan traer consigo los inmigrantes, voy construyendo para él planes, creencias y mañanas distintos que tienen luz y el sabor del país de juventud de donde él llegó hace un tiempo. Y él acepta; protesta siempre para que yo redoble mis promesas, pero termina por decir que sí, acaba por muequear una sonrisa creyendo que algún día habrá de regresar al mundo de las horas de Bob y queda en paz en medio de sus treinta años, moviéndose sin disgusto ni tropiezo entre los cadáveres pavorosos de las antiguas ambiciones, las formas repulsivas de los sueños que se fueron gastando bajo la presión distraída y constante de tantos miles de pies inevitables.
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miércoles, 7 de julio de 2010
Uruguay 2, Holanda 3

Ya hay un finalista. Holanda, la naranja mecánica. Uruguay plantó cara y metió dos golazos, pero esta vez no pudo ser. No hubo Maracanazo como en 1950.
Como sé que Manuel lee este blog en algún cibercafé al este del Edén, voy a compartir la historia. Hasta Bajofondo Tango Club dedicó una canción a la gesta de los charrúas. "Los muchachos no te van a dejar cambiar la historia..." Hoy lo hicieron bien. Hasta el loco Abréu salió faltando 15 minutos y se recostó sobre un contrario. Este loco...
La máquina holandesa hizo tres golazos con escuadra y cartabón. Uruguay hizo lo que Argentina fue incapaz en su partido contra Alemania. Jugó como un equipo, no como 11 egos revueltos. No importa, Maradona es Dios. Es inengendrado, infalible, inefable, esférico. No hay más que verle contestar a los periodistas. Una falta de respeto tras otra. Y nadie le para los pies. No entiendo por qué no se arrodillan en su presencia. Patético.
El túnel del tiempo...
'Esta vez no hubo milagro, Obdulio', como aquel 16 de julio de 1950 tras el más célebre partido de todos los tiempos. Esta vez, 11 tipos de celeste como los que él lideró en Maracaná con las agallas y el corazón de José Artigas, el padre de la patria y libertador uruguayo, no pudieron derribar a 11 holandes pese a las últimas cargas de caballería tras el gol de Pereira. 'Faltó un pelo, no más', o como bien describió aún sudoroso el 'Jefe Negro' en el mismo corazón aún caliente del fútbol brasileño: "Fue una casualidad". Sí, también fue una 'casualidad' que esta vez no pasara la garra charrúa porque los naranja chillones no mostraron más fútbol. Como consuelo para Obdulio, ese país 'chiquito' de 3 millones de pasiones vuelve a estar en el mapa del fútbol como si fuera un gigante.
Pero esos 11 uruguayos no se van a escondidas del estadio como aquel día del Maracanazo se fueron Obdulio y los suyos. Aquel francés encopetado y presidente de la FIFA Jules Rimet entregó 'su copa' al capitán 'negro' Obdulio Varela como si la hubiesen robado después de estropear la mayor fiesta de fútbol en directo de la historia -200.000 personas abarrotaban hasta los palomares del Monumental de Río-. Lo contaba el dirigente gabacho de esta manera: "Todo estaba previsto, excepto el triunfo de Uruguay. Preparé mi discurso y me fui a los vestuarios pocos minutos antes de finalizar el partido (estaba 1-1 y el empate hacía campeón a Brasil). Pero cuando caminaba por los pasillos se interrumpió el griterío infernal. A la salida del túnel, un silencio desolador. Ni guardia de honor, ni himno nacional, ni discurso, ni entrega solemne. Me encontré solo, con la copa en mis brazos y sin saber qué hacer. En el tumulto terminé por descubrir al capitán uruguayo, Obdulio Varela, y casi a escondidas le entregué la estatuilla de oro, estrechándole la mano y me retiré sin poder decirle una sola palabra de felicitación... ".
El sambódromo de Maracaná y sus 200.000 samberos convertidos en un cementerio. ¿Quién fue, además de Gighia y Schiafino, el autor material de la mayor tragedia de la historia de Brasil? Según cuentan los cronistas Obdulio Varela se llamaba, alías el 'Jefe Negro'. Fue 'centrojás' (mediocentro) en el fútbol, pero también medio analfabeto, repartidor de periódicos y albañil en la vida real. Y el mayor mito que dio para el fútbol un país de 3 millones de habitantes que ha dado peloteros de la talla de Gighia, Schiafino, Fonseca, Francescoli, Rubén Sosa, Álvaro Recoba, Forlán... Su memoria se conserva gracias a los inolvidables relatos que Osvaldo Soriano y Eduardo Galeano dejaron indelebles para el resto. Porque Obdulio, parco en palabras, no concedió entrevistas casi nunca, pero se le tenía por un hombre que decía verdades como puños: "¿Para qué hablar? Los diarios sólo tienen dos cosas verdaderas: el precio y la fecha'".
'No piensen en toda esa gente: ¡Los de afuera son de palo!
Aquel día de 1950 el 'Negro Jefe' Obdulio se encargó de echar hielo puro al infierno brasileño. Iban a una 'muerte deportiva' segura, pero Obdulio se reveló y en el mismo túnel gritó a sus compañeros: "No piensen en toda esa gente, ni en el ruido, no miren para arriba. El partido se juega abajo... ¡Los de afuera son de palo!". Y también durante el partido, tras el gol del brasileño Friaça, y en el colmo de la valentía, se le ocurrió la treta de todos los tiempos. El libro del periodista deportivo uruguayo Juan Pippo ('Obdulio Varela: desde el alma') lo pone en primera persona: "¿La verdad? Yo había visto al juez de línea levantando la bandera. Claro, el hombre la bajó enseguida, no fuera que lo mataran. Yo cogí la pelota y me fui a hablar con él. Me insultaba el estadio entero con la pelota en la mano, obviamente por la demora. ¡Si me banqué aquellas luchas en canchas sin alambrado, de matar o morir, me iba a asustar allí, que tenía todas las garantías! Sabía lo que estaba haciendo. Ahí me di cuenta que si no enfriábamos el juego esa máquina de jugar al fútbol nos iba a demoler. Lo que hice fue demorar, nada más. Esos tigres nos comían si les servíamos el bocado muy rápido". Dicho y hecho: Varela se convirtió en el dueño de la pelota, ordeno y mando del mediocampo. Y Juan Schiaffino y Alcides Ghiggia, en los verdugos de los últimos minutos con sus dos goles para la Historia.
Celebración consolando a los tristes caídos
El parrandero Obdulio, que cuenta la leyenda entrenaba las gambetas en el césped bailando con mujeres en los bares, también dejó algunas anécdotas después del choque del siglo. No fue a celebrarlo con los suyos sino que se perdió por las barras de Río, invitando a cerveza, consolando a sus hermanos de raza. "La tristeza de la gente fue tal que terminé sentado en un bar bebiendo con ellos. Cuando me reconocieron, pensé que me iban a matar. Por suerte fue todo lo contrario, me felicitaron y nos quedamos bebiendo juntos".
Antonio Mercader (quien fuera Ministro de Educación de Uruguay) escribió en 1974 sobre la integridad del hombre que se disfrazó de Humprey Bogart (Galeano dixit en 'Fútbol a sol y sombra') en la revista 'Siete Días': "Desde que volvió de Maracaná le huye a la fama. En 1950 bajó del avión en el aeropuerto de Carrasco, pidió un sombrero y se lo calzó hasta los ojos; levantó las solapas del impermeable y así camuflado se escurrió entre la gente. Se aisló, rehuyó a los periodistas que sitiaron su casa y durmieron en la vereda, esperándolo. Todavía sigue en la misma. '¿Entrevistas? ¿Para qué?".
Como premio de la mayor proeza de la historia fútbolística recibió una medallita de plata y un dinerillo que le valió para comprar un Ford del año 1931 que le robaron a la semana. "No se le oyó una queja nunca". Así era Obdulio. Cuando los dueños de Peñarol pusieron la primera publicidad en las camisetas de su historia, Obdulio se negó diciendo: "Ya pasó el tiempo en el que a los negros nos señalaban con argollas", y salió con su 'saco' de siempre.
La historia maldita de Moacir Barbosa
La parte más terrible e injusta del 'Maracanazo' le tocó hasta la tumba al portero Moacir Barbosa. De ser el héree de la Copa de América anterior fue condenado a 'cadena perpetua' por los 150 millones de lágrimas derramadas tras el gol de Ghigia. Se apartó de él hasta la que era su novia. En 1994, en plena disputa del Mundial de los Estados Unidos, el 'goleiro maldito' quiso saludar a los futbolistas en la concentración de Brasil. Llegó a la puerta y no lo dejaron entrar, como si el 'apestado' pudiera contaminar su gafe 40 años después.
"En Brasil, la pena mayor que establece la ley por matar a alguien es de 30 años de cárcel. Hace casi 50 años que yo pago por un crimen que no cometí", contó poco antes de morir en abril del 2000. Porque con el primer portero negro en la historia la selección brasileña fue miserable hasta en su entierro, donde apenas un puñado de personas asistieron. Murió de prestado en casa de su cuñada con una pensión mísera de la Confederación Brasileña de Fútbol.
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sábado, 3 de julio de 2010
Llegan los cuartos
Dos grandes partidos hoy. Holanda venció a Brasil 2 a 1 y precipitó el final de la era Dunga. Fue un partido vibrante, con alternativas para ambos equipos.
Una primera parte dominada por Brasil con su habitual superioridad (frente a otros equipos siempre parecen los Harlem Globetrotters del fútbol). Uno da por supuesto que siempre llegarán a la final, y sin embargo...
Holanda se encontró el gol del empate gracias a un error defensivo y después remató la faena con un cabezazo de Wesley Sneijder que batió a Julio César. Los europeos recuperaron la condición de Naranja Mecánica que les hizo célebres en los Mundiales de 1974 y 1978. En ambas ocasiones quedaron segundos (a manos de Alemania Occidental en el primer caso y de Argentina en el segundo). Eran los tiempos gloriosos de Cruyff, Neeskens, los hermanos Van der Kerkhoff...
En el otro partido, el que enfrentó a Uruguay con Ghana, las cosas fueron más dramáticas. Así es el fútbol. En un encuentro en el que Ghana llevaba la iniciativa y dispuso de un penalty a segundos de finalizar, lo que habría supuesto el 2 a 1 definitivo, la suerte se alió con el equipo celeste, que terminó ganando en los lanzamientos desde los 11 metros.
Sentimientos encontrados. Ghana habría sido la primera selección africana en llegar tan lejos y África necesita dosis gigantes de alegría. El equipo ghanés no dejó de practicar su fútbol de entrega durante todo el partido. Los uruguayos, más experimentados, especularon bastante más. Y la emoción se prolongó hasta el final. Los africanos lanzaron los penalties muy mal y Abreu, el loco Abreu, lanzó el tiro picando el balón. El país entero contuvo la respiración.... no loco, pará..., qué vas a hacer... "que no se le ocurra picarla", habrá pensado Forlán, autor del soberbio tanto del empate uruguayo. Y salió bien.
El sur de América también está huérfano de buenas noticias. Uruguay, la vieja Suiza de América, otra vez entre los cuatro primeros. 1930, Campeón; 1950, Campeón por segunda vez, el famoso Maracanazo; 1970, cuarta posición obtenida en México... y ahora, 2010. Otra vez. Parece que, cabalísiticamente, a los charrúas los números terminados en cero les sientan bien.
Va por Manolo Picón, montevideano de pro, que hoy estará tomando mate junto a Carlos Gardel -que según él era uruguayo de Tacuarembó, of course- y Garrincha en el Cinema Paradiso. Comentando la jugada. Vieneeeeeeeeeeeee......!!!
Una primera parte dominada por Brasil con su habitual superioridad (frente a otros equipos siempre parecen los Harlem Globetrotters del fútbol). Uno da por supuesto que siempre llegarán a la final, y sin embargo...
Holanda se encontró el gol del empate gracias a un error defensivo y después remató la faena con un cabezazo de Wesley Sneijder que batió a Julio César. Los europeos recuperaron la condición de Naranja Mecánica que les hizo célebres en los Mundiales de 1974 y 1978. En ambas ocasiones quedaron segundos (a manos de Alemania Occidental en el primer caso y de Argentina en el segundo). Eran los tiempos gloriosos de Cruyff, Neeskens, los hermanos Van der Kerkhoff...
En el otro partido, el que enfrentó a Uruguay con Ghana, las cosas fueron más dramáticas. Así es el fútbol. En un encuentro en el que Ghana llevaba la iniciativa y dispuso de un penalty a segundos de finalizar, lo que habría supuesto el 2 a 1 definitivo, la suerte se alió con el equipo celeste, que terminó ganando en los lanzamientos desde los 11 metros.
Sentimientos encontrados. Ghana habría sido la primera selección africana en llegar tan lejos y África necesita dosis gigantes de alegría. El equipo ghanés no dejó de practicar su fútbol de entrega durante todo el partido. Los uruguayos, más experimentados, especularon bastante más. Y la emoción se prolongó hasta el final. Los africanos lanzaron los penalties muy mal y Abreu, el loco Abreu, lanzó el tiro picando el balón. El país entero contuvo la respiración.... no loco, pará..., qué vas a hacer... "que no se le ocurra picarla", habrá pensado Forlán, autor del soberbio tanto del empate uruguayo. Y salió bien.
El sur de América también está huérfano de buenas noticias. Uruguay, la vieja Suiza de América, otra vez entre los cuatro primeros. 1930, Campeón; 1950, Campeón por segunda vez, el famoso Maracanazo; 1970, cuarta posición obtenida en México... y ahora, 2010. Otra vez. Parece que, cabalísiticamente, a los charrúas los números terminados en cero les sientan bien.
Va por Manolo Picón, montevideano de pro, que hoy estará tomando mate junto a Carlos Gardel -que según él era uruguayo de Tacuarembó, of course- y Garrincha en el Cinema Paradiso. Comentando la jugada. Vieneeeeeeeeeeeee......!!!
miércoles, 31 de marzo de 2010
Ataque de pánico
Por si alguien tenía alguna duda sobre el alcance de Internet -esa misma red que los gobiernos intentan controlar miserablemente a toda costa- y las posibilidades de salir adelante armado únicamente con talento y pelotas, aquí va esta historia.
Fede Álvarez, un uruguayo de 32 años, acaba de reeditar el viejo sueño de Hollywood. Con un corto de 5 minutos subido a You Tube como única carta de presentación -corto que lleva más de 5.700.000 visitas y que costó menos de 250 euros- ha logrado un contrato de ensueño en la Meca del cine. Como le sucedió a Orson Welles en la década de los 40 después del éxito de La Guerra de los Mundos.
Álvarez se ha ocupado de todo en esta microproducción, basada fundamentalmente en el manejo de la postpro y los efectos especiales. No hay prácticamente guión: robots gigantes se dedican a destruir Montevideo con una estética de videojuego. Es muy liberadora.
La "película" en sí es muy simple, pero tiene mucho ritmo y no aburre a las ovejas como casi el cien por cien del cine "sesudo", "intelectual" y "con mensaje". El uso de los efectos es estupendo. Las escenas de la niebla inicial son geniales. Puede ser tomado en clave revolucionaria: una providencial invasión de robots que nos ayudan a limpiar nuestras ciudades. Si el pibe puede hacer esto con dos mangos-dos duros, es que la cosa promete.
Es un ejemplo genial de lo que puede lograrse con escasos medios y mucho talento. ¡Bien por los uruguayos! Tipos que casi siempre caen bien (a diferencia de otras tribus rompepelotas...).
Me gusta mucho que la "productora" de Fede Álvarez se llame "Paris-Texas", película de Wim Wenders que en su momento me causó conmoción y que ahora, habiendo vivido el hielo agrio de una separación con hijos de por medio, recuerdo más vivamente si cabe.
Le deseo lo mejor al compañero uruguayo y desde aquí invito a todos los talentos de América Latina a destruir sus propias ciudades y a sus respectivos gobiernos (mediante After Effects, se entiende...).
Ando dándole vueltas a una invasión de Soretes Mutantes en Buenos Aires.
Día de calor muy espeso, desagradable. Los últimos borrachos de Baires dando vueltas.
De repente, en el Río de la Plata se forman extraños vórtices de luz verdosa, removiendo el fondo del río.
Viento helado y envoltorios de alfajores volando hacia el interior.
Masas informes de barro y merda -los susodichos Soretes Mutantes- se levantan sobre sí mismas y comienzan a arrastrase engullendo todo lo que encuentran a su paso.
[escenas de horror] [destrucción del Aeroparque] [primeros planos de rubias desencajadas] [el bótox se divuelve y provoca graves quemaduras] [regatistas cruelmente sodomizados por los Soretes] [burgueses paralizados en sus casitas del Tigre] [gritos espeluznantes]. Estética Saturno devorando a sus hijos.
Avanzan por un club de Polo y se comen a toda la gente linda. La novia de un jugador de polo intenta escuchar a Ricky Martin para evadirse: "Esto no puede estar pasando, esto no puede estar pasando...". Pero el CD está mal etiquetado y suena RAMMSTEIN con un volumen brutal. ICH WILL DASS IHR MIR VERTRAUT, ICH WILL DASS IHR MIR GLAUBT...!
Llegan hasta la Casa Rosada y deciden quedarse a vivir ahí para siempre. Se adaptan a las mil maravillas. Luego se ocupan de Macri... [Nota del realizador: ¡sin piedad!]
Vamos con la crónica. ¡Vamos Uruguay, carajo!
Esta es la historia de un director de spots publicitarios que se convirtió en director de Hollywood en 15 días. Es la historia de un uruguayo de 32 años que el 3 de noviembre de 2009 colgó un corto, Ataque de pánico, en YouTube y el día 18 del mismo mes firmó un contrato de 30 millones de dólares (unos 22 millones de euros) para rodar su primera película con la productora de Sam Raimi, autor de la trilogía de Spiderman. Esta es la historia de Fede Álvarez.
Fede Álvarez tiene un contrato de 22 millones para rodar su primera película
Todo empezó con 300 dólares (223 euros). Los que le costó filmar cinco minutos de gigantescos robots destruyendo Montevideo. "Yo escribí el guión, hice los efectos especiales y la posproducción y, por supuesto, no me cobré a mí mismo. El rodaje fue muy sencillo: salimos a dar una vuelta con el coche por la ciudad y luego grabamos a 50 personas corriendo un rato", explica por teléfono. Para quitarle aún más hierro al asunto, cuenta que sólo dedicaba al proyecto "los ratos libres". Tardó siete meses en terminarlo. Sin prisa pero sin pausa. Luego lo subió en YouTube y todo se desencadenó a la velocidad de la luz. Al día siguiente, un blog español -cuyo nombre no consigue recordar- colgó Ataque de pánico. "Decía que era buenísimo y que esperaba que nos pasase lo mismo que a Neill Blomkamp, el director de Distrito 9 [que logró que el realizador Peter Jackson le produjese esta película, basada en su corto Vivo en Johannesburgo]. Nos emocionó, pero nos partíamos de la risa ¿Cómo íbamos a tener esa suerte?". No imaginaba que al día siguiente recibiría un correo electrónico de la productora de Sam Raimi interesándose por su trabajo. Y que a lo largo de esa misma semana llegarían otros de Warner, Sony, Fox, DreamWorks... "Rodolfo Sayaguez, mi coescritor, y yo no nos lo podíamos creer. Pensábamos que estaban locos. Hasta que empezaron a llegar más y más emails. Así que nos fuimos a Los Ángeles", cuenta. Tenían programadas dos semanas de entrevistas, pero no pasaron del tercer día. Raimi les ofreció algo imposible de rechazar. "Era un cheque en blanco. Nos dijeron: queremos hacer tu primera película, así que escribe lo que quieras". Llegaron a Hollywood "sin un peso, quebradísimos, comiendo arroz todos los días" y se fueron con un contrato de más de 20 millones debajo del brazo.
Mientras, en el mundo digital, el rapero Kayne West colgó en su web Ataque de pánico y las visitas se dispararon: en la primera semana 250.000. A día de hoy, casi seis millones.
Álvarez acaba de terminar el guión de la película junto al escritor John Hlavin, responsable del argumento de Underworld 4 y de la serie The shield: al margen de la ley. "Será un filme de ciencia-ficción con el mismo estilo visual que Ataque de pánico, pero no está concebida como una versión larga del cortometraje", adelanta. Espera empezar a rodar entre octubre y diciembre.
Pese a lo vertiginoso de este cuento de hadas en versión 2.0, Álvarez asegura que asume todo lo que ha pasado como algo natural. Se siente cómodo dentro de la mastodóntica industria cinematográfica estadounidense. Al fin y al cabo, dice, el proceso creativo y los ritmos laborales son muy parecidos a los del mundo de la publicidad, de donde proviene. "No es lujo, actrices y droga. Es un trabajo de lunes a viernes, sólo que estás haciéndolo para Hollywood".
Fede Álvarez, un uruguayo de 32 años, acaba de reeditar el viejo sueño de Hollywood. Con un corto de 5 minutos subido a You Tube como única carta de presentación -corto que lleva más de 5.700.000 visitas y que costó menos de 250 euros- ha logrado un contrato de ensueño en la Meca del cine. Como le sucedió a Orson Welles en la década de los 40 después del éxito de La Guerra de los Mundos.
Álvarez se ha ocupado de todo en esta microproducción, basada fundamentalmente en el manejo de la postpro y los efectos especiales. No hay prácticamente guión: robots gigantes se dedican a destruir Montevideo con una estética de videojuego. Es muy liberadora.
La "película" en sí es muy simple, pero tiene mucho ritmo y no aburre a las ovejas como casi el cien por cien del cine "sesudo", "intelectual" y "con mensaje". El uso de los efectos es estupendo. Las escenas de la niebla inicial son geniales. Puede ser tomado en clave revolucionaria: una providencial invasión de robots que nos ayudan a limpiar nuestras ciudades. Si el pibe puede hacer esto con dos mangos-dos duros, es que la cosa promete.
Es un ejemplo genial de lo que puede lograrse con escasos medios y mucho talento. ¡Bien por los uruguayos! Tipos que casi siempre caen bien (a diferencia de otras tribus rompepelotas...).
Me gusta mucho que la "productora" de Fede Álvarez se llame "Paris-Texas", película de Wim Wenders que en su momento me causó conmoción y que ahora, habiendo vivido el hielo agrio de una separación con hijos de por medio, recuerdo más vivamente si cabe.
Le deseo lo mejor al compañero uruguayo y desde aquí invito a todos los talentos de América Latina a destruir sus propias ciudades y a sus respectivos gobiernos (mediante After Effects, se entiende...).
Ando dándole vueltas a una invasión de Soretes Mutantes en Buenos Aires.
Día de calor muy espeso, desagradable. Los últimos borrachos de Baires dando vueltas.
De repente, en el Río de la Plata se forman extraños vórtices de luz verdosa, removiendo el fondo del río.
Viento helado y envoltorios de alfajores volando hacia el interior.
Masas informes de barro y merda -los susodichos Soretes Mutantes- se levantan sobre sí mismas y comienzan a arrastrase engullendo todo lo que encuentran a su paso.
[escenas de horror] [destrucción del Aeroparque] [primeros planos de rubias desencajadas] [el bótox se divuelve y provoca graves quemaduras] [regatistas cruelmente sodomizados por los Soretes] [burgueses paralizados en sus casitas del Tigre] [gritos espeluznantes]. Estética Saturno devorando a sus hijos.
Avanzan por un club de Polo y se comen a toda la gente linda. La novia de un jugador de polo intenta escuchar a Ricky Martin para evadirse: "Esto no puede estar pasando, esto no puede estar pasando...". Pero el CD está mal etiquetado y suena RAMMSTEIN con un volumen brutal. ICH WILL DASS IHR MIR VERTRAUT, ICH WILL DASS IHR MIR GLAUBT...!
Llegan hasta la Casa Rosada y deciden quedarse a vivir ahí para siempre. Se adaptan a las mil maravillas. Luego se ocupan de Macri... [Nota del realizador: ¡sin piedad!]
Vamos con la crónica. ¡Vamos Uruguay, carajo!
Esta es la historia de un director de spots publicitarios que se convirtió en director de Hollywood en 15 días. Es la historia de un uruguayo de 32 años que el 3 de noviembre de 2009 colgó un corto, Ataque de pánico, en YouTube y el día 18 del mismo mes firmó un contrato de 30 millones de dólares (unos 22 millones de euros) para rodar su primera película con la productora de Sam Raimi, autor de la trilogía de Spiderman. Esta es la historia de Fede Álvarez.
Fede Álvarez tiene un contrato de 22 millones para rodar su primera película
Todo empezó con 300 dólares (223 euros). Los que le costó filmar cinco minutos de gigantescos robots destruyendo Montevideo. "Yo escribí el guión, hice los efectos especiales y la posproducción y, por supuesto, no me cobré a mí mismo. El rodaje fue muy sencillo: salimos a dar una vuelta con el coche por la ciudad y luego grabamos a 50 personas corriendo un rato", explica por teléfono. Para quitarle aún más hierro al asunto, cuenta que sólo dedicaba al proyecto "los ratos libres". Tardó siete meses en terminarlo. Sin prisa pero sin pausa. Luego lo subió en YouTube y todo se desencadenó a la velocidad de la luz. Al día siguiente, un blog español -cuyo nombre no consigue recordar- colgó Ataque de pánico. "Decía que era buenísimo y que esperaba que nos pasase lo mismo que a Neill Blomkamp, el director de Distrito 9 [que logró que el realizador Peter Jackson le produjese esta película, basada en su corto Vivo en Johannesburgo]. Nos emocionó, pero nos partíamos de la risa ¿Cómo íbamos a tener esa suerte?". No imaginaba que al día siguiente recibiría un correo electrónico de la productora de Sam Raimi interesándose por su trabajo. Y que a lo largo de esa misma semana llegarían otros de Warner, Sony, Fox, DreamWorks... "Rodolfo Sayaguez, mi coescritor, y yo no nos lo podíamos creer. Pensábamos que estaban locos. Hasta que empezaron a llegar más y más emails. Así que nos fuimos a Los Ángeles", cuenta. Tenían programadas dos semanas de entrevistas, pero no pasaron del tercer día. Raimi les ofreció algo imposible de rechazar. "Era un cheque en blanco. Nos dijeron: queremos hacer tu primera película, así que escribe lo que quieras". Llegaron a Hollywood "sin un peso, quebradísimos, comiendo arroz todos los días" y se fueron con un contrato de más de 20 millones debajo del brazo.
Mientras, en el mundo digital, el rapero Kayne West colgó en su web Ataque de pánico y las visitas se dispararon: en la primera semana 250.000. A día de hoy, casi seis millones.
Álvarez acaba de terminar el guión de la película junto al escritor John Hlavin, responsable del argumento de Underworld 4 y de la serie The shield: al margen de la ley. "Será un filme de ciencia-ficción con el mismo estilo visual que Ataque de pánico, pero no está concebida como una versión larga del cortometraje", adelanta. Espera empezar a rodar entre octubre y diciembre.
Pese a lo vertiginoso de este cuento de hadas en versión 2.0, Álvarez asegura que asume todo lo que ha pasado como algo natural. Se siente cómodo dentro de la mastodóntica industria cinematográfica estadounidense. Al fin y al cabo, dice, el proceso creativo y los ritmos laborales son muy parecidos a los del mundo de la publicidad, de donde proviene. "No es lujo, actrices y droga. Es un trabajo de lunes a viernes, sólo que estás haciéndolo para Hollywood".
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