jueves, 23 de junio de 2022

Oeste, cuarta al suroeste

Nadie debería conformarse con un amor que no desee bailar contigo en la cocina. A todas horas. Swing, tango y fandango si se tercia. Bailar porque sí. Por respeto a Dios y a las cosas importantes de la vida.

Y que sonría sin motivo o con todos los motivos. Que no pare de sonreír. De puro agradecimiento y asombro de estar vivos. Eso mereces. Eso merezco. 

Porque la vida es altamente improbable. Tú y yo, y el resto de los seres vivos no deberíamos estar aquí. No. Lo normal es la nada, la nada más absoluta, el silencio, la perfecta quietud de la muerte. Eso es lo normal en el Universo. Nada de nada. Ni una sola palabra.

Me he hecho sangre en las manos golpeando las puertas del cielo. Sangre. Y mi sangre es factor 0 RH negativo, de la que no hay en los hospitales. A veces pienso que vine de otro planeta: lo que vi en este mundo hiela el corazón.

No busco más. Nunca más. No hay otra persona que entregue tanto cuando ama, no sé amar de otra forma. Desmedida, infantil, como si nadie hubiera amado antes sobre esta tierra inmisericorde que gira y gira con sus vivos y sus muertos. Que nunca dice nada.

No busco más. No hago más esfuerzos para guiar la nave y reorientar las velas trasluchando. Me duelen los brazos y el alma de tornar el gobernalle solo. Me arden los ojos en busca de ríos dulces donde hacer aguada. Esta vez, que decida la corriente a qué playa he de arribar. Cuándo y dónde. Odiseo está cansado.

Que decida el azar. Y los azahares.

miércoles, 22 de junio de 2022

Sueño que vuelvo a verte

 En el número 100 de la revista literaria Barcarola. Va por ustedes.



domingo, 5 de junio de 2022

Garufera y vibradora

En la mugrienta pensión en que vivo, con manchas de humedad en las paredes que van cambiando de forma según corren las estaciones, no hay gran cosa que hacer. Ya he perdido la cuenta de los días que navego solo. A partir de los cuarenta y cinco dejó de interesarme el amor. O el amor dejó de interesarse en mí. Con esta persona que soy… 

¿Cómo me gano la vida? Soy sicario. Bueno… sicario de primera clase si se quiere. Nunca he matado a nadie que no se lo haya ganado con creces. Gente especialmente jodida. Turros integrales. Escoria moral.

Laburo por libre. Nunca pregunto cómo, ni por qué. Solo dónde y cuánto, sobre todo cuánto. Mi vida es bien simple. Simple como un cubo.

¿Minas? Sí. Claro que hay minas. Pero nunca más de uno o dos días seguidos. Sigo bailando gotán y no he perdido las mañas. Pero bailo bien sencillo, caminado y al piso. Nada de florituras ni estupideces de academia. Las odio. A veces cuando algún pelotudo se hace el vivo en la pista de baile y se pone a exhibirse haciendo que su compañera tire boleos a diestro y siniestro, interrumpiendo la normal circulación de la milonga y repartiendo patadas a todo el mundo me quedo mirando al pobre sujeto… «Ah, salame atómico, infeliz de cuarta... si supieras a qué me dedico te lo ibas a pensar un poco antes de andar pelotudeando con las gambas». Pero a pesar de que ganas no me han faltado siempre he evitado las peleas con otros milongueros y muchísimo menos se me ha pasado por la cabeza pegarles un tiro con mi 38 Smith & Wesson. Sí. Prefiero los revólveres a las pistolas. Mi viejo me educó así. Cosas de familia.

El viejo fue guardaespaldas de Perón –y amigo personal– y lo salvó de varios atentados que no tuvieron publicidad. Vivió cosas intensas porque lo acompañó en el exilio en Paraguay, Panamá y luego España. Mi viejo era un crack total. No tuve mucho contacto con él. Saltaba de cama en cama y no andaba sobrado de tiempo libre. Una bala llevaba escrita su nombre desde mucho antes de nacer. Él lo sabía y no le importaba gran cosa.

¿Fusilar a otro milonguero? ¿Qué negocio hay en ello? Cero. Soy un profesional. Un artista del ajuste de cuentas. Está bien… confieso que he fantaseado muchas veces con que algún encargo de «retirar» a alguien coincidiera con alguno de los pescados que tenía entre ceja y ceja, pero nunca se dio. Y ya se sabe, la fantasía es necesaria para poder lidiar con la realidad. Te hace descargar tensiones, te libera. Eso no quiere decir que vayas a dar rienda suelta a todo lo que imaginás. Eso solo lo hace un rayado total y yo aún estoy en buen uso. Sobre todo si me comparo con mis compañeros de profesión. No bebo, no me drogo, no estoy en poliamor ni pelotudeces. Me levanto temprano… para mí el sicariato es un laburo de 9 a 5. Pura rutina.

El encargo llegó de madrugada por los cauces habituales. Había que eliminar  a una persona. No supe más. Una mujer. Silvia Garrido, 35 años, de complexión fuerte, estatura media y abundante pelo castaño.

Me habían pasado por Deep Internet el paquete habitual: sus mails filtrados, sus whatsapps interceptados y clasificados, el resultado en Big Data de todos sus itinerarios del último año y medio y las predicciones de dónde podía encontrarse en las próximas 36 horas, datos de allegados, etc. No parecía un trabajo difícil.

Con la cansada costumbre a cuestas me vestí y elegí el equipo. La iba a esperar en el centro a la salida de un teatro. Mejor usar silenciador, nada de 38. Una Nagant 7,62 y listo. Limpio y expeditivo. Con un poco de suerte, hasta me daba tiempo a ir a bailar a lo del armenio manco. Los jueves solía caer La Morocha. Esa mina me conocía de arriba abajo. Me jode profundamente tener que andar explicando las cosas. Ya no explico nada.

Estuve esperando un par de horas en la zona donde sabía que iba a aparecer. La SIM de su teléfono estaba clonada y la seguíamos por GPS. El margen de error era cero.

A veces me acuerdo de Dios cuando estoy esperando a que aparezca un objetivo, pero esta vez no fue así. Empezaba a llover y refrescó rápidamente. El avance advertía de una sudestada en las próximas horas. A ver si zafo…

Ahí está. Dale, tengo la artillería a punto. Salió sola, llevaba un abrigo y tenía la cabeza cubierta pero era ella. No había duda. Me puse a seguirla a una distancia prudencial.

A la altura del pasaje Duarte la encaré. Entonces pude ver su rostro a contraluz.

─Qué hacés, Marcelo. Esta no te la esperabas…

─Pero vos… ¡Adriana! ─dudé un instante. ─¿Cómo es posible? Hace más de diez años que no sé nada de tu vida y estás irreconocible…

─…y me tenés que matar esta noche, ya lo sé…

─Sí. Vos siempre supiste de más. Supongo que eso no te sirvió de mucho. La inteligencia, digo…

─Tranquilo. Te libero. Desde que lo dejamos he tenido una vida de mierda que no se la deseo a nadie. Me importa poco y nada partir esta misma noche.

─No hables así…

─Seguís siendo el mismo Salvador de la Humanidad de siempre. Tiene gracia que me digas eso y vos mismo debas ejecutarme. El cerdo de mi marido debe haberte pagado muy bien…

─No, Adriana, yo nunca contacto directamente con los clientes. No sé quién hizo el encargo. Es la Agencia la que se ocupa de los detalles. A mí solo me señalan el objetivo.

─Y esta vez tenés que matar al amor de tu vida. Pobre. Te acompaño en el sentimiento…

Nos quedamos en silencio. Nos besamos. Nos abrazamos. Diez años, diez segundos.

─¿Sabés…? No fue fácil olvidarte. Cuando te fuiste a España creí morir. Anduve rodando por ahí, empecé a beber más de la cuenta, pasé de mano en mano. Siempre a peor. No lo digo para reprocharte nada… además… vos estás armado hasta los dientes y tenés fama de no fallar jamás. Da igual lo que te diga o deje de decir.

Volví a besarla con más fuerza aún. Buscamos un Telo. Nos acostamos y nos arrancamos la ropa. Nos penetramos.

─Matame, loquito… ¡partime al diome!

─Sí. Que se abran las puertas del cielo de una puta vez.

Hacia las seis de la mañana me dijo que fuéramos a bailar. Que antes de morir quería volver a sentir mi abrazo en la pista. Una vez más.

─Dale, loco. Dame dos tandas de Di Sarli y una de Pugliese. Después hacé lo que tengas que hacer. Yo no voy a oponer resistencia. Me siento sucia por dentro. El tipo este me ha hecho todo el daño que un ser humano puede hacerle a otro. No quiero seguir viviendo. Prefiero que seas vos quien apriete el gatillo. A vos te quise mucho, varón. Y me regalaste esta última noche… ya está. Ya fue la vida. 

Nos levantamos como poseídos y fuimos a la milonga de Almagro, una de las cuatro que duraban hasta la hora del desayuno en Baires. Estaba tocando la orquesta de Gabriel Santos.

─Cantate una, dale, como en los viejos tiempos ─me suplicó Adriana.

Supe que no iba a escapar. Ni siquiera lo iba a intentar. Llevo demasiado tiempo en esto y conozco a la gente. Me subí al escenario. Le dije a Gabriel que me diera un hueco antes del descanso y me dejara un viola. Me trajeron una bien garufera. Garufera y vibradora. Así que la cacé y canté Confesión mirándola directamente a los ojos. Con toda el alma.

Hoy después de un año atroz
Te vi pasar
Me mordí pa no llamarte
Ibas tan linda como un sol
¡... se paraban pa mirarte!
Yo no sé si el que te tiene así se lo merece
Solo sé que la miseria cruel que te ofrecí
Hoy me compensa el verte hecha una Reina
Sé que vivirás mejor lejos de mí!

Bailamos como nunca: fue nuestra mejor noche. Cada marca mía era leída con precisión y poesía. Ella estaba hecha para bailar conmigo. La gente se apartaba y dejaba de bailar para mirarnos. A la salida de la milonga nos fuimos al Alvear Art Hotel, uno que me gustaba especialmente y donde había acribillado a un par de capos de la droga. Un par de flor de hijos de puta. Lo que ocurrió en esa habitación cambió nuestras vidas. Hicimos pareja. Sus problemas pasaron a ser los míos. Pusimos las almenas en fuego, los muros construidos año tras año se resquebrajaron. Hartos de andar por el mundo sin amor ni quietud… de rodar sin morir. Sin pasado. Noche a noche.

─Negra, oíme bien. Te voy a llevar a Ezeiza y salís para España en el primer vuelo. Mientras volás yo arreglo todo. Te van a venir a buscar al aeropuerto. Te envío los datos al teléfono. Usá este que te doy. El tuyo me lo das. Vos no te preocupés por nada. Yo llego a Madrid en cinco días. Tengo que cerrar cosas…

─Vos estás completamente loco… Nos encontrará y clavará nuestras cabezas en una lanza. Pero antes nos meterá en una máquina de picar carne. No tenés ni idea de la clase de hijo de puta que es mi marido. Un puto psicópata. Y tiene todo el poder del mundo. Gente metida en política, jueces, policías. Toda la cadena.

─Yo también estoy harto de esta vida, Adriana. Tu aparición es la señal que estaba esperando. Tengo guita como para tirar varios años y, en caso de que resulte necesario, mis habilidades siempre tienen demanda. Además… lo mismo volvemos a bailar y dejo de matar por encargo…

─De ahora en más concentrate en matarme a mí todas las noches, canalla irrecuperable. Como vuelvas a dejarme por otra te corto los huevos con una Gillette oxidada… y hablo muy en serio.

─Tranquila, nena. Se acabaron mis hazañas, un chamuyo misterioso me trajo hasta vos… yo quiero morir contigo, sin confesión y sin Dios, acurrucao en mis penas…

─Pero abrazao a mí, capisci?

─Escuchame… largo todo y me pianto con vos. ¿Qué más prueba querés? Una última cosa antes de irte…

─Dispará, varonazo.

─La dirección de tu marido.

─Anotá. Dale para que tenga.

─Pero antes toco tu boca.

─¿Solo mi boca...?

─En tu boca cabe el mundo, pebeta. La materia que conforma los sueños...

─¡Sicario y poeta! ¿Cómo puedo tener tanta suerte...?




martes, 17 de mayo de 2022

Sed

Fui al hospital para niños de Corfú. En esa época trabajaba como cooperante. Corfú es una isla situada frente a Albania. A tiro de piedra.

El hospital era pobre, como toda esa tierra. El doctor Efraín Anastassiou dirigía el pabellón de niños con espina bífida.

En esa época no se hacían apenas tests exhaustivos de embarazo como la amniocentesis. Si algún niño nacía con espina bífida solían abandonarlo en instituciones que con un presupuesto magro en una nación ya pobre de por sí, hacían lo que podían.

Los médicos, las enfermeras se desvivían por aquellos niños. Tristes, silenciosos, con la mirada grave de un niño yuntero.

Los sanitarios sabían que no había nada que hacer. Que harían falta mil operaciones dolorosísimas y, que aún así, muy pocos saldrían adelante y tendrían una vida solitaria y oscura.

La enfermera Irene me conmovió de inmediato. Cuando la conocí mejor me confesó que se había hecho sangre en las manos golpeando una y otra vez las puertas del cielo. No podía soportar la muerte de aquellos niños. Tampoco su vida. Era creyente y estaba atrapada entre la fe y una rabia sorda hacia Dios. No podía entender aquel sufrimiento, le ardían las entrañas.

Un día me llevó a conocer a Evángelos. Un niño que estaba mirando al techo con la mirada perdida.

—¿Ves ese oso de peluche azul que está clavado en la viga mirando hacia el niño? Está sucio y gastado. Lleva allí años. Dios no ha hecho nada. Esos niños solo pueden mirar el muñeco, moverse un centímetro les hace aullar de dolor. El oso está clavado en el madero como Jesús, con un clavo enorme que atraviesa su cuerpo de peluche. Está fijo, inerme, como muerto. No es un juguete normal. Es triste hasta las lágrimas. Está bien amarrado a la viga porque ha de servir a los niños que vendrán. Los que vendrán, ¿entiendes? Nadie detendrá esto jamás. El oso durará más que los niños. Es la única eternidad que vive aquí. ¿Qué sentido tenemos nosotros si no tenemos respuestas? ¿Para qué sirven todos tus libros si no explican la muerte?

Y cayó al suelo fulminada por un ataque de llanto. Como una marioneta que se derrumba.

La levanté lentamente. Le acomodé el pelo. La abracé hasta calmarla. Y miré hacia la ventana que daba al mar. Pescadores, mujeres cosiendo redes. Pájaros.

Dónde está Dios que no lo veo. Dónde está mi alma. Apenas la siento.

martes, 3 de mayo de 2022

Derrota

Cuando salí de la cárcel regresé al pueblo. Me condenaron por haber defendido el honor de uno de los patriarcas de mi clan, así que no me enviaron al este del Edén. No me cerraron las puertas.

Al menos no del todo. Durante mi ausencia mi esposa no soportó la soledad. Me fue infiel. Me traicionó. Y eso en mi clan se paga con la muerte.

Así que cuando volví, el cuerpo y el alma repletos de heridas de las innumerables peleas que tuve que sostener para sobrevivir, los dos, ella y yo, éramos unos parias. El deshonor nos había alcanzado de lleno.

Ella por no haberme esperado, por haber sido débil. Yo por la insoportable vergüenza de haber sido engañado siendo un guerrero.

Según las leyes de mi gente, la ley que gobierna mi sangre, tendría que haber acabado con su vida. Los míos me afearon que no lo hiciera. "¿Has matado a cuchillo a decenas de hombres por honor y eres incapaz de acabar con una mujer que no pudo soportar tu ausencia? ¿qué clase de cobarde eres?".

Pero yo no podía hacer lo que me pedían. Amaba a mi esposa por encima de todas las cosas. No concebía la vida sin su existencia.

Ella no logró levantar cabeza: tal era el peso de la tristeza que caía sobre su alma. Terminó por enfermar gravemente. 

Una mujer joven, hermosa y radiante al borde de la muerte. Debía llevarla a la ciudad, a que la viera un médico, pero nadie nos ayudó cuando los caminos se cerraron por las tormentas de nieve. Nos dejaron solos, sabedores de que el hielo y la montaña acabarían con nosotros.

Invisibles a los ojos de los demás. La cargué sobre mis hombros. Ella no hablaba, no decía nada. Me pedía con la mirada que terminara con su dolor de animal herido. Pégame un tiro y acaba con mi agonía. Hazlo. Sálvate tú.

No sé de dónde saqué las fuerzas para llevarla en medio de la ventisca. Ciego de nieve y soledad, porque para uno de los míos no hay nada peor que ser despreciado por su clan. Un pueblo de guerreros que se rige por un código de honor anterior a Gengis Khan. El código de honor que barrió las estepas y asoló Europa cambiándola para siempre. Mis ojos orientales enmarcados en un rostro blanco. Que recreó la humanidad sobre sangres que se mezclan y se funden en otras sangres.

Ahí fuimos los dos. Lentos, torpes, cayéndonos en el hielo y la piedra una y otra vez. Avanzando a tientas. Ella aullaba de dolor.

La transporté más de setenta kilómetros a pulso por caminos infernales desollándome las manos. No sentía nada.

Poco a poco el silencio se convirtió en sonidos aislados. Siempre he creído que lo que no se dice no existe. Poco a poco, apoyándonos uno en el otro, salimos a la superficie. 

Hasta que una mañana, lejos de todo, notamos el sol en la espalda y el viento se detuvo en seco.

Esa sola palabra.





martes, 19 de abril de 2022

Memoria del beso

Madrid amanece nuevo hoy.

El tibio sol de otoño se enseñorea de los tejados. Camino lenta, pausadamente por el Paseo del Prado. Cibeles, Plaza de la Lealtad, el Museo de Museos, el Botánico con sus palpitantes colecciones de la España universal... 

Que recibas rosas cuando no hay rosas, deseo. Que tu vida sea una infinita travesía. De tu talle a mis manos, de mi barba a tu pelo.

En cada esquina atesoro un recuerdo en el que tú todavía no estás. Ha dejado de ser luz y aún no ha nacido memoria. De tanto soñar noche y día envejece el corazón...

Por eso, como un niño travieso, cruzo los dedos.




domingo, 17 de abril de 2022

El maravilloso caos hispano

Recuerdo que cuando llegamos a España procedentes de Buenos Aires una de las cosas que más me chocó -y que me gustó- fue el caos.

Veníamos de un colegio "de orden", donde nos hacían formar militarmente y había un clarísimo principio de autoridad. Empezando por el hecho de que íbamos todos uniformados. Nos pilló 1976 y 1977 allí: los profesores jóvenes y "normales" fueron paulatinamente sustituidos por fascistas del viejo orden. Fascistas en sus modos y en el contenido de sus clases.

Mi hermano y yo nos incorporamos a mitad de curso en un colegio de barrio madrileño. El Isidro Almazán del barrio de Prosperidad. Un colegio normal. Público, obviamente. La enseñanza de pago es para los Cayetanos de la vida.

Al entrar con nuestra madre para entrevistarnos con el director todo eran gritos, los niños iban vestidos de calle, jugaban al frontón junto con los profesores, a churro, a cualquier cosa siempre que fuera alegre. Había un ruido de fondo permanente.

Esa fue la impresión primera: España era un país alegre y caótico. Una manera de estar en el mundo sin excesiva disciplina. Yo era todo lo contrario: metódico, estudioso (me pasaba el día estudiando), cumplía horarios. Pensé... "un poco de caos no le viene mal a mi vida". Y aprendí a tomarme las cosas con mucho más humor, empezando por mi propia persona.

Años después leí la autobiografía de Martin Amis, Experience. No sabía que, cuando sus padres se separaron a finales de los 60, la madre viajó con los niños a Málaga (no recuerdo si fue a Málaga capital o alguna ciudad de la Costa del Sol, sin mafiosos rusos, se entiende. Habría otra clase de mafiosos... ¡británicos e italianos creo!).

Procedían nada menos que de Oxford! Allí daba cátedra el padre de Amis, Kingsley. Los Amis son un caso muy raro de padre e hijo que se dedican exactamente a lo mismo y brillan los dos a la máxima altura. Eso no mermó para nada el cariño que sentían uno por el otro.

En las páginas de Experience, Martin Amis describe la misma sensación: llegar a un sitio luminoso y alegre. Y muy caótico, sin normas férreas de conducta. Donde cada uno hacía lo que le parecía bien.

España era anárquica y la gente era solidaria. Pero de una solidaridad natural, nunca forzada y para ponerse medallas en el pecho. Qué va.

A la semana de estar en el colegio, mi clase tenía concertada desde las Navidades una visita al Museo del Prado. Había que pagar el viaje, el alquiler del bus, la entrada (así eran las cosas entonces). Yo no tenía dinero ni para comprar un billete de metro (a la sazón, 11 pesetas). Así era nuestra realidad como emigrantes en el nuevo país. Empezar de menos 10.

Los chavales de mi clase -esto no lo voy a olvidar nunca- le dijeron al profesor "que venga él también o no vamos. Su parte la pagamos entre todos". Y así fue.

Adoro este país y pienso que es uno de los países más sabios del mundo. Tiene todo el arte. El único que realmente cuenta. El arte de vivir.

* Ojo con Experience de Amis. No todo es color de rosa.



viernes, 15 de abril de 2022

El sur

En la película española que más me emocionó, El sur, de Víctor Erice, el protagonista es un padre de familia que vive en una capital de provincia como puede ser Soria, Valladolid o Logroño. En realidad, la protagonista es su hija que habla del padre.

A diferencia de lo que ocurre en los territorios de América Latina, España está mucho mejor vertebrada, es decir, hay muchas capitales de provincia (España tiene 50) que tienen cierto grado de desarrollo y autonomía. No hay tanta distancia entre las grandes ciudades y el resto como ocurre en América y es parte de su drama: la dependencia de las grandes capitales.

Esta capital de la película es una ciudad melancólica, como la ciudad que sale en otra genialidad española, Calle Mayor, una película que trata del aburrimiento como motor primero de la crueldad: una pandilla de amigotes se confabula para que el más guapo de ellos haga creer a una solterona solitaria y soñadora que está locamente enamorado solo para reírse de sus reacciones.

Como decía, en El sur, se ilustra la vida de un padre de familia. Visto a través de los ojos de su hija (una jovencísima Icíar Bollaín). Entre ellos, padre e hija, surge una relación de fascinación. Creo que fue viendo esa película siendo yo mismo un veinteañero cuando tuve la fantasía de tener una hija: la escena en que bailan un pasodoble juntos me pareció de una belleza inenarrable.

El padre (Omero Antonutti, un actor de gestos, reconcentrado, perfecto para el papel) es un hombre respetado en la ciudad por su forma de ser, su sabiduría y su disposición a ayudar a los demás. Por su bondad.

Pero su hija percibe que detrás de esa abnegación familiar y esa vida de hombre realizado y respetado hay una tristeza que lo abarca todo. No obstante, porque en eso consiste ser padre de familia, en que nadie note que la vida carece de sentido, que la muerte acabará por enseñorearse de todo y somos pobres cañas pensantes ateridas y abandonadas a su suerte junto al río, el padre lleva adelante su vida y trata en la medida de lo posible de hacer felices a todos cuantos le rodean.

El sur nunca sale en la película. Ese es el gran acierto. En la capital provinciana siempre es otoño, la luz muere a primera hora de la tarde. El sur es Sevilla y, como la hija comienza a sospechar muy pronto, el padre tuvo (tiene) un amor en Sevilla que le quita el sueño. Pero ese amor no pasa de cartas encendidas, como hacían las gentes antes de la era de la inmediatez. Inmediatez que eliminó para siempre la profundidad. Los mensajes no se pueden reposar, no hay vuelta atrás para las afrentas. Se han sustituido los versos de Garcilaso por corazoncitos fabricados por una máquina.

El padre lleva una vida intachable. Es un padre de familia al que no le cabe un solo reproche. Pero no es feliz. Y la única que se da cuenta de ello es su hija. La niña se ve enfrentada a la tarea del héroe: resolver el enigma supondría destruir su propia familia, fuente de su propia felicidad. Y ella intuye que así es.

¿Por qué me sigue emocionando esa película? Por muchas cosas. La vi el día de su estreno con Isabel París, a quien tanto quise. Nosotros recién comenzábamos nuestra relación. Isabel es una magnífica poeta que escribe en castellano y en galego. Escribe como los ángeles. Su vida estuvo llena de adioses, condición esencial para la escritura de altos vuelos.

Fue en un cine que está en Martínez Campos, en la ciudad de Madrid. Hoy es un teatro. A ambos nos emocionó la película. Fuimos a tomar algo a Malasaña después, a comentarla. Siempre me ha gustado más comentar una película con gente que quiero que ver la película en sí.

Al no aparecer nunca en pantalla, el sur, Sevilla, el sol y la luz de Andalucía, la forma abierta de sus gentes, se convierte en un lugar de ensueño, es el vellocino de oro de los Argonautas. Es la Ítaca de Kavafis y del propio Odiseo. Un lugar mítico donde todo es perfecto.

He vuelto a Buenos Aires muchos años después de mi partida. Fui a ver mi casa, la casa que dejamos para siempre con mis abuelos, con mi perro, con mis cuadernos escolares.

Solo quedaban los muros. Todos habían muerto. Cuando camino por las veredas anchas y de baldosas siempre flojas de Buenos Aires me acompañan mil fantasmas. Por eso canto tangos, porque es la banda sonora de la muerte y, aunque sea por un breve instante, vuelvo a verlos a todos.

Los amores imposibles.



martes, 12 de abril de 2022

Se fue Diego

Esa mirada encierra todo el dolor del mundo, de chiquilín de Bachín, de mil noches sin sueño. El pibe vale, el pibe tiene talento... lo vinieron a ver de un club...

Diego salió de la nada, como salieron Gatica o el propio Gardel. El pueblo los reconoce como uno de los suyos y se quedan a vivir en el imaginario colectivo. Para toda la Eternidad.

A las almas miserables les encanta hacer leña del árbol caído. Es una compensación por las nadas de sus vidas. Más insignificante el ser, más leña hace del león inmóvil. Bancate vos ser Maradona. Ahí te quiero ver.

A diferencia de Messi y de otras decenas de tipos que tienen la pelota imantada al pie, buenos artesanos, Diego Armando Maradona no solo era un artista, sino un líder, un tipo que levantaba partidos imposibles como Nadal. A base no solo de talento, sino de cojones, carisma y espíritu de sacrificio. Encontrar todas esas cualidades en una misma persona es prácticamente una imposibilidad matemática. En Maradona estaban todas juntas. Cuando triunfó, al tipo que le compraba una Coca-Cola después de sus primeros partidos lo convirtió en magnate. Porque una Coca-Cola en el mundo de donde venía Diego es como tomar un plato de caviar.

¿No te gustaba como persona? Vaya por Dios...

Diego Maradona fue un jugador de fútbol. Punto. Un jugador de fútbol que se echó a la espalda a un país entero que acababa de perder una guerra y lo hizo sonreír. 

A mí y a otros millones como yo esa sonrisa aún nos dura, décadas después. Se ganó el respeto de sus enemigos en la cancha, que es donde se ven los pingos. Muy poca gente tuvo lo que tuvo el Diego. Gardel, Pelé, Muhammad Ali... Nadal y cuatro más.

Ningún pijo, cheto, fresa o el Sursum Corda puede siquiera llegar a rozar ese vértigo. Solo los hijos del pueblo. Solo los pibes con esta mirada de niño yuntero, envejecido antes de nacer. Con la edad del mundo. Y el fuego de los dioses.



lunes, 11 de abril de 2022

El Tajo siempre estará ahí

Desde Cais do Sodré parte un barco que cruza el Tajo y une Lisboa con Almada, la Lisboa obrera de la que proceden todos los hombres y mujeres que hacen que la ciudad de los turistas funcione. Los seres invisibles que limpian, fijan y dan esplendor.

Al amor de mi vida lo conocí en ese barco, que se llama cacilheiro. Ambos estábamos en pareja, ella y yo. 

Un día gris de octubre lisboeta tomamos el mismo cacilheiro para ir a Almada. El barco estaba repleto y nuestros ojos se cruzaron por un instante. Fue un relámpago, un golpe seco y fulminante como del rayo que no cesa. Así debió haber comenzado la vida sobre esta tierra oscura.

No pudimos dejar de sostener la mirada durante todo el trayecto. Nos dijimos todas las cosas que un hombre y una mujer pueden decirse en vida. Con los ojos. Solo con los ojos.

Tuvimos hijos, nos amamos, nos odiamos, nos perdonamos. Empezamos de cero cuantas veces hizo falta y alguna más.

Cuando el barco llegó a la otra orilla se produjo una avalancha de gente que regresaba a sus casas y debía recoger a los niños, preparar la comida, clasificar botellas, vender pescado.

Nos buscamos como si se nos escapara la vida pero no dimos con nosotros. No volví a verla jamás, pero desde entonces no ha pasado un solo día sin que piense en ella y en lo que habría sido nuestra vida juntos. Siento que ella también me piensa.

Cuando voy a Lisboa procuro no andar cerca de Cais do Sodré, no sea que la vaya a encontrar y no me reconozca por lo que el tiempo y las soledades han hecho conmigo.



sábado, 2 de abril de 2022

Almirante Reis

Recuerdo el café de Almirante Reis, esa parte oscura de Lisboa. Por las tardes íbamos a leer juntos. Nos sentábamos frente a frente y desplegábamos nuestros libros con delicada caligrafía oriental. Um galão. Uma xícara de chá preto. 

Había un camarero que nos tenía un cariño especial: hay que cuidar a esa pareja de enamorados tan jóvenes que devora libros y toma apuntes en libretas azules. Febrilmente. 

Se acercaba cada tanto y nos preguntaba con inusitada amabilidad si necesitábamos algo. Esa cortesía portuguesa hecha de silencios, de respeto.

Tú te hacías fuerte en las Odas elementales de Neruda y yo degustaba por segunda vez Los tres impostores de Arthur Machen. Recuerdo la sensación de quedarme varado con el protagonista en busca del Tiberio de oro, a diez kilómetros de Londres, regresando a la ciudad de madrugada. Las tres, la hora en que todos los fantasmas nos vienen a buscar. La hora en que los naufragios duelen más si cabe, perdida el ancla de un cuerpo aún joven. Demasiado lejos del puerto incierto de la medianoche, a siglos de distancia del amanecer. Una hora en que hasta Dios duerme y nada ni nadie podrá salvarte de la angustia de estar vivo.

Cierro los ojos y veo el resplandor de la ciudad. Lo veo ahora mismo. Nunca iríamos a Londres ni a Buenos Aires juntos.

Vos, Isabel, mi querida novia, mi musa, estabas bella hasta el daño. No podía dejar de mirarte cada tanto. Y nuestro común amigo me tiraba guiños cómplices. "Um belo casal..." dijo con una media sonrisa. Um belo casal. Sí, eso éramos. Mirando la vida de frente.

Entonces no sabíamos nada de arenas ni de tiempo. Juntos, teníamos toda la vida por delante. Todo el mar.





domingo, 13 de marzo de 2022

Canción de amor a mi país natal

Acabo de ver "El ciudadano ilustre" junto con mi hijo Iván, recién llegado de Francia. Era la segunda vez que la veía, pero ahora con mi hijo, así que es como verla por primera vez.

Cuando él era pequeño insistía para que le acompañara viendo películas. Venía a buscarme a mi estudio (casi siempre he trabajado en casa) y me invitaba a sentarme junto al fuego. Ahora soy yo quien le invita.

Con mis dos hijos he hecho toda clase de experimentos educativos. Intentando detectar dónde se emocionaban, qué les conmovía. Con Iván todo comenzó con el cine. Además de las consabidas películas de Disney infantiles fui metiendo otras cosas. A los cinco años veía películas de Billy Wilder. A los siete, Kubrick. Le proponía siempre "escribir la escena que falta". A los diez años veía 5 minutos de cualquier película y nos decía a su madre y a mí quién iba a morir, quién era el asesino y quién iba a ser la chica de la película. No fallaba jamás. El Pibe Spoiler.

Hoy tiene 30 años, es un brillante matemático y ver una película con él es una maravilla. Más si se trata de cine argentino, por el significado que sabe que tiene para su padre.

El ciudadano ilustre me conmueve. Por mil cosas. Mi viejo procede de un pueblo exactamente igual al de la película: Coronel Pringles. Situado en la provincia de Buenos Aires, en la órbita de influencia de Bahía Blanca, la gran ciudad del sur puerta de la Patagonia.

La Patagonia para todos los solitarios del mundo es un lugar mítico. Un lugar donde disolverse, donde desaparecer. Donde aquellos destinados a no nacer buscan -inútilmente- alguna clase de respuesta. Pero solo está el viento. El viento helado de la tierra del fin del mundo.

Hecha a pulmón... en el diálogo final con Cayetana Guillén Cuervo los directores Mariano Cohn y Gastón Duprat -hondamente abrazables- explican cómo se gestó la película.

A 15 días del comienzo del rodaje se les cayó una partida importante del presupuesto. ¿Qué hacer? Bueno... eliminamos el equipo técnico. Sí. Las cámaras de cine, los operadores de cámara, el tío del sonido con la pértiga, etc. etc. ¿Ah, sí? ¿Y quién lo va a hacer? ¡Nosotros! ¿Quién si no?

Che... compramos una cámara de esas que se usan para grabar en las bodas y el sonido lo hacemos nosotros también. Cuando acabemos la película vendemos la cámara de calidad BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones. Esto es español, que yo he tocado hasta en fiestas de narcos en Marbella. Apunte mío) y esa partida es igual a "cero".

¿Pero no quedará muy cutre? Bueno... le damos un aspecto "documental". Es eso O NADA. Así que TENDRÁ QUE VALER.

Mi gente, la gente de mi país natal, la República Argentina, hace las cosas así. Las hace porque las tiene que hacer. ¿Que no hay guita? Se inventa. Se sueña. Se logra.

A ver si algún tipo que dice que canta tangos (yo incluido) desde 1935 -quitando a Goyeneche y Rivero- es capaz de cantar la milésima parte de lo que cantaba Gardel. Con todos nuestros Pro Tooles y mierdas tecnológicas.

Gardel grababa discos con una caja de fósforos y un peine. Y nunca podrá ser no ya superado, ni siquiera igualado. En cierto sentido, Gardel creó y asesinó el género tango-canción. Lo asesinó al morir. Intentar cantar tangos después de Gardel es como querer hacer un cuarteto de pop a tres voces después de los Beatles.

Escuchar a los pibes, a Martínez y su maestría, a la atención a los detalles, a la construcción subjetiva del personaje contando con la mirada del espectador... EMOCIONA, CARAJO. El arte no tiene nada que ver con el dinero ni con los medios utilizados. Es más... a más medios, menos arte: es imposible escapar a la tentación de utilizarlos en algún momento. Esto que quedó un poco fuera de tiempo muévelo 150 ticks hacia adelante, hazme un crossfade aquí, afíname esta nota -no hace falta que sea con autotune, puede ser a pelo y cambiando un octavo de tono-, repite estos ocho compases en el segundo estribillo. LOS MISMOS COMPASES. La misma toma.

Por cada nueve personas que han nacido en el hemisferio norte de esta bola azul que se odia a sí misma solo una ha nacido en el sur. Como el que suscribe. Eso te marca a fuego: vienes de un lugar solitario, alejado de los centros de poder, lejos de todo.

Pero con grandeza. Con los sueños de sus gentes que con una bombilla y un mate inventan un mundo.

Así en el arte como en la vida.

Hubo un tiempo en que España también tuvo esa impronta. La época en que la poesía era Antonio Machado, Lorca, Cernuda, Rosales, Miguelito Hernández.

Para escribir basta un lápiz y tener el alma agujereada. Para vivir es preciso soñar despierto.

Me conmueve mi gente, mi país de gentes humildes que hacen las cosas con lo que se tiene a mano. Desde que entramos en la Unión Europea nos hemos vuelto más ricos en España y, quitando a Isabel Coixet que tiene alma de artista de primera categoría o a Icíar Bollaín, con una sensibilidad de luna que tiembla en el agua, no ha vuelto a surgir un Víctor Erice o un Carlos Saura de la primera época. Aquí se hacen películas para cobrar la subvención del ministerio. Nos hemos aburguesado, nos hemos separado del dolor y de los que sufren.

Nos hemos vuelto europeos, en lugar de mirar a quienes son nuestros verdaderos hermanos: aquellos que sueñan en el mismo idioma que nosotros. La patria es el lenguaje.

Lo único que importa es tener algo que contar. Sentir que es importante. Hacérselo sentir a alguien más.

Tengo para mí que en las relaciones humanas es lo mismo. No es lo que se tiene, sino qué se hace con lo que se tiene.

lunes, 24 de enero de 2022

Vos

De todas las mujeres que fuiste, también fuiste aquella que me hizo enmudecer. 

Y mirá que soy porteño...

sábado, 22 de enero de 2022

Los dos para los dos

Llevábamos un tiempo mal. En realidad, "mal" no lo describe a cabalidad. De recriminaciones y broncas constantes. La misma intensidad que poníamos al amarnos la empleábamos para lanzarnos torpedos tipo Armada Soviética, división Flota de Murmansk, a la línea de flotación. El horror, el horrrrroooorrrr..., que diría Conrad.

Para tratar de salvar lo nuestro contratamos una terapia de pareja en la superficie lunar a pagar en cómodos plazos. Según los científicos la ausencia de gravedad le quita hierro a las discusiones maritales y te entra la risa tonta.

En nuestro caso ni por esas. Teníamos energía de sobra para hacer el amor en modo leones de la sabana entre las ídem, llamarnos de todo menos guapo, volver a la cama, discutir por cualquier gilipollez y así hasta el amanecer y más p'allá. Y al día siguiente vuelta a empezar. Zombies estábamos de no dormir. Pasión animal.

El tratamiento lunar fracasó. Estrepitosamente. Y por si fuera poco, regresando a la Tierra, nuestra nave para dos explotó. Salimos eyectados en nuestros trajes espaciales y cuando quisimos darnos cuenta caíamos al vacío en dirección a casa. La gravedad es así de desalmada.

Empezamos a discutir por radio. Ahora no podíamos tocarnos.

—Mira que te lo dije... "viajes a la luna". Como si no tuviéramos suficientes problemas. Eres un subnormal.

—Que me olvides, hombre. Siempre dando por saco. No puedes parar, ¿eh?

—No te soporto. En qué hora... y mira en la que nos hemos metido.

—Estamos de acuerdo. Tampoco te soporto. Ni un minuto más. No puedo contigo.

—Te odio como no sabía que se podía odiar...

—¡Maldigo el día en que te encontré!

—¡¡¡So mamón!!!

—¡¡¡Desgraciada!!!

[...] [...]

—Oye... ¿qué va a suceder ahora?

—En diez minutos o menos entraremos en la atmósfera y arderemos como antorchas.

—Diez minutos... ¿sabes? Ya no podré tocarte nunca más. Solo tengo tu voz, como al principio, ¿te acuerdas?

—Sí, claro. A mí también me sucedía. Oía tu voz y me volvía loco. Escuchaba los audios que me enviabas una y otra vez. Me sigue gustando oírte. Me matas de deseo.

—Y tú a mí, vida. Vivimos cosas maravillosas... ¿verdad?

—Sí, mi amor. Así fue. Siempre en el extremo, pero maravillosas. Irrepetibles.

—No he amado nunca con tanta intensidad. No sabía que era posible perder el sueño, la razón, el equilibrio. Me dolías físicamente cada vez que te sentía lejos. Dolor real.

—Cariño... somos cielo e infierno. Con todas las letras. Pero no te cambio por nadie. Ni cambio un solo instante juntos.

—¡Te quiero, loco! Daría cualquier cosa por poder abrazarte.

—¡Te amo, fea! Cierro los ojos y vuelvo a besarte. Lo recuerdo todo...!

—¡Te llevo conmigo!

—¡Estás en mí!

*

Dos niños jugando en las playas del sur de España. Uno señala al cielo.

—¡Dos estrellas fugaces juntas! Rápido... ¡pide un deseo!

—Ya lo he hecho. Deseo sentir como una estrella.

—¡Yo también!

—¡Copiota!

miércoles, 12 de enero de 2022

El tren más solitario del mundo

Si te quedás conmigo te haré la mujer más feliz del mundo.

Si te vas, me mato. No quiero seguir viviendo.

¿Con qué cuento para tamaña empresa?

Poca cosa. Mi vida, mis manos y mis sueños.

Llovía y te ofrecí el último café.


El olvido no me curó de vos.

lunes, 10 de enero de 2022

Ella

Ella creía que los lápices crecían en los árboles (con su mina y todo). Tampoco sabía en qué hemisferio vivimos.

Solo sabía amar.

viernes, 7 de enero de 2022

Mi hermano

 El soldado pidió a su capitán que le diera permiso para regresar al campo de batalla.

—Mi  mejor amigo quedó allí, mi capitán. No puedo dejarlo abandonado. ¡Es mi hermano!

—Es inútil. Tu amigo está muerto. ¡Están todos muertos!

El soldado se saltó la guardia. Atravesó las líneas y llegó al campo de batalla. Regresó cargando el cuerpo de su amigo, ya muerto.

—¿Lo ve, soldado? Estaba muerto... arriesgó su vida de forma estúpida.

—No, mi capitán. Cuando llegué hasta él aún estaba vivo. Antes de morir alcanzó a decirme ..."sabía que ibas a venir".

Había que ver a esos guerreros llorando como niños. Como mineros que rescatan a un compañero arriesgándolo todo y se quiebran fundiéndose en un abrazo que contiene el dolor y la belleza de este mundo.

lunes, 3 de enero de 2022

Levante y Sudestada

Ella fue la primera en amarme 

y la última en abandonarme.

Suspendimos el tiempo, 

la vida, el mañana. 

Todo porvenir se tornó infancia.

Sin red quisimos soñar. Y a fe mía que lo hicimos.

Qué más da si duró un día o veinte años. 

Pusimos las almenas en fuego. 

Construimos catedrales en el vacío.

Fuimos una sola espada. Entre grito y risa. 

Pisamos las calles, bailamos en la cocina.

Nos alimentamos de palabras, de labios,

manos y susurros de amanecida,

fortalezas erguidas en tierras yermas,

de un tiempo heroico, lejano e infiel.

Tu voz y la mía

Decidieron casarse.

La casa llena de flores

Restos de una nave

cóncava

que explotó en vuelo.

Abrazos como de la cólera de Dios

desde antes de tu llegada

al mundo, junto a un mar ebrio

de otoños, siempre embravecido.

Hollarás las arenas que no caminé contigo.

Verás arder mil fuegos lejos de mí.


No envejeceremos juntos. 

No me verás morir, amor.

sábado, 1 de enero de 2022

Las palabras

En esta época donde la puerta siempre está entreabierta -puedes estar cenando con tu pareja y ambos, tú y ella, recibís cincuenta mensajes "proponiendo" cosas, alabando tus/sus virtudes, incordiando en resumidas cuentas. Hasta aparece gente del más remoto pasado porque justo acaba de separarse y entra en pánico. Y tu teléfono o el de ella están a mano. La facilidad es lo contrario de la profundidad.

Mensajes que aseguran que la hierba del vecino siempre es la más verde. Una pérdida de tiempo atroz... pero el ser humano siempre sucumbe al halago, de una forma u otra- ¿cómo reconocer entonces el amor que deja marca indeleble?

Por el ruido inmisericorde que hace al marcharse para siempre. El ruido de los camposantos. El silencio perfecto.

De las palabras a la realidad. Y a las palabras nuevamente.

jueves, 30 de diciembre de 2021

Suerte

En mis viajes conocí a una pareja de personas maduras que se habían unido hacia los 60 años. Ambos con hijos y todas las mochilas de vida que quepa imaginar.

Él vivía en Lisboa y ella en Oporto. Recuerdo que ella cocinaba realmente bien. Hay mucha gente que cocina bien, pero aquella mujer tenía una manera de combinar los sabores que siempre te sorprendía. Había nacido en Angola cuando todavía era colonia.

Cada uno conservó su casa en su ciudad y se reunían de tanto en tanto. Se llevaban fatal. Según pude ver ella tenía un carácter endiablado y decía lo primero que se le pasaba por la cabeza. Sin filtro. Él era mucho más diplomático y contemporizador (había trabajado en el servicio diplomático de hecho...).

En algunas cenas en su casa de la playa -ella gustaba de oír cantar tangos- presencié varias discusiones que se disparaban en algún momento de la noche. Pensaba para mis adentros... "cómo es posible. Tienen la casa perfecta, hijos maravillosos, estamos en el mejor sitio de Portugal, la noche está estrellada, la cena es digna de un emperador romano..."

Fonte da Telha. Tan cerca de Lisboa y tan distinta. Me hice amigo íntimo de una pescadera del mercado. Me escogía los mejores bacalaos. Los apartaba para mí. Era tan sensual... podría haberme casado con la pescadera. Siempre he amado los mercados.

En un mercado no hay angustia vital.

Él me dijo varias veces... "esta mujer es como un león. Lleva África en las venas. Ataca y luego pregunta".

Nunca entendí por qué habían hecho pareja. Tampoco parecían muy compatibles en términos de intereses culturales. Se peleaban todo el tiempo y a la vista de todos. Les daba igual.

Y sin embargo, no me preguntes por qué, creo que se querían. Sea lo que sea eso de quererse.

O más sencillo aún: estaban teniendo suerte y no la controlaban ellos. Podían separarse por mil y una razones. Pero el evento que lo dinamitara todo se resistía a suceder. 

Nos negamos a aceptar el papel que tiene la suerte en las cosas fundamentales de nuestra vida. Eso nos haría vivir en un mundo desprovisto de sentido. Al carecer de sentido las reglas morales se vacían de contenido. 

O quizá creamos reglas morales y luego buscamos el sentido en un mundo que es puro azar. De ahí la permanente sensación de soledad. De soledad esencial.

Si no hubiera parado en aquel semáforo, si no hubiera abordado aquel avión a Barcelona, si no me hubiera atrevido a preguntarte si eras italiana, si no hubiera irrumpido en El Prat entre esa fila de ingenieros que te hacían la corte y con toda mi caradura no te hubiera pedido el número de teléfono. ¡Y me lo diste! Había que ver la cara de todos esos pijetes impecables. El premio mayor para el más lanzado, el más loco. Si hubieras perdido el avión de regreso a Madrid, si mis chistes tontos no te hubieran hecho reír a carcajadas, si no me hubieras hecho la cobra más perfecta del mundo en la T4.

En cualquier caso... el día en que dejas de discutir es el último día.