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miércoles, 19 de abril de 2023

La gran diagonal - Capítulo I - Solo y mal acompañado

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martes, 21 de marzo de 2023

La gran diagonal - Buenos Aires

A la Costanera

Después de aquel incidente decidimos continuar la joda en la ciudad, junto al río. Nos pusimos a bailar milongas en la Costanera con los altavoces del coche a todo lo que daban y, después de una hora o así de sacarle viruta al pavimento, a Pedro le entraron ganas de comer asado. Tenía que ser asado completo con chorizo, morcilla, mollejas, entraña y vacío, hasta un par de provoletas era capaz de engullir, así que buscamos un lugar que estuviera abierto a esa hora totalmente absurda. Pedro era una máquina de morfar.

Buenos Aires es volver a ser adolescente. Como si la muerte, la tuya y la de tus amigos, no fuera a ocurrir nunca. Como si no pudiera suceder por imposibilidad metafísica. Porque Dios hubiera decidido demoler las puertas del cielo. Se cansó de tanta muerte. Y todo el tiempo perdido, cada instante de separación de la gente que vive en tu alma para siempre, deja de existir. Se volatiliza. El espacio-tiempo del corazón colapsa. Si nombras a alguien querido en sus calles repletas de locura y violencia desatada, vuelve a la vida. En su mejor momento. Con su mejor aspecto. Brillando como una moneda nueva.

Todo en Buenos Aires son palabras y abrazos de no te vayas. En una sola palabra habita la Creación, el universo entero. Si te quedas conmigo te haré la mujer más feliz del mundo. Si te vas, me mato. Ya no quiero seguir viviendo.



jueves, 23 de febrero de 2023

La gran diagonal - La trama

Escribí esta novela como homenaje a mis queridos abuelos, Szeyna y Leizer, que participan en la acción. Por eso la firmo con mi apellido materno, Gutman, y con mi nombre compuesto como gustaba de llamarme mi abuelo.

El primer tercio del siglo XX coincidió con el momento de mayor esplendor del tango. Triunfó en todas partes y Carlos Gardel fue la primera "estrella pop", el Elvis Presley de su tiempo. Sus discos y sus películas se conocieron en el mundo entero.

Paralelamente, en el lejano sur del continente americano florecieron redes de tráfico de mujeres llevadas desde Europa a Montevideo o Buenos Aires con toda clase de engaños. Esas redes llegaron a acumular un poder inconmensurable, abriendo incluso "sucursales" en muchos países.

Tango, redes de prostitución, impunidad en territorios sin ley. Se supone que todas esas mafias se disolvieron en 1930. Pero la historia no resulta tan sencilla, enormes fortunas que surgían de la noche a la mañana. Eran las redes de tráfico de drogas de la época. Todo el mundo en el ajo... ¿Quién iba a renunciar a semejante botín?

La gran diagonal >>> https://amzn.eu/d/0qKsQ8n





martes, 10 de enero de 2023

La gran diagonal

Mi novela ya está disponible en Amazon.

>>> La gran diagonal

Va por ustedes!



lunes, 29 de agosto de 2022

Cartas de Ultramar II - Garufera y vibradora

En la mugrienta pensión en que vivo, con manchas de humedad en las paredes que van cambiando de forma según corren las estaciones, no hay gran cosa que hacer. Ya he perdido la cuenta de los días que navego solo. A partir de los cuarenta y cinco dejó de interesarme el amor. O el amor dejó de interesarse en mí. Con esta persona que soy… 

¿Cómo me gano la vida? Soy sicario. Bueno… sicario de primera clase si se quiere. Nunca he matado a nadie que no se lo haya ganado con creces. Gente especialmente jodida. Turros integrales. Escoria moral.

Laburo por libre. Nunca pregunto cómo, ni por qué. Solo dónde y cuánto, sobre todo cuánto. Mi vida es bien simple. Simple como un cubo.

¿Minas? Sí. Claro que hay minas. Pero nunca más de uno o dos días seguidos. Sigo bailando gotán y no he perdido las mañas. Pero bailo bien sencillo, caminado y al piso. Nada de florituras ni estupideces de academia. Las odio. A veces cuando algún pelotudo se hace el vivo en la pista de baile y se pone a exhibirse haciendo que su compañera tire boleos a diestro y siniestro, interrumpiendo la normal circulación de la milonga y repartiendo patadas a todo el mundo me quedo mirando al pobre sujeto… «Ah, salame atómico, infeliz de cuarta... si supieras a qué me dedico te lo ibas a pensar un poco antes de andar pelotudeando con las gambas». Pero a pesar de que ganas no me han faltado siempre he evitado las peleas con otros milongueros y muchísimo menos se me ha pasado por la cabeza pegarles un tiro con mi 38 Smith & Wesson. Sí. Prefiero los revólveres a las pistolas. Mi viejo me educó así. Cosas de familia.

El viejo fue guardaespaldas de Perón –y amigo personal– y lo salvó de varios atentados que no tuvieron publicidad. Vivió cosas intensas porque lo acompañó en el exilio en Paraguay, Panamá y luego España. Mi viejo era un crack total. No tuve mucho contacto con él. Saltaba de cama en cama y no andaba sobrado de tiempo libre. Una bala llevaba escrita su nombre desde mucho antes de nacer. Él lo sabía y no le importaba gran cosa.

¿Fusilar a otro milonguero? ¿Qué negocio hay en ello? Cero. Soy un profesional. Un artista del ajuste de cuentas. Está bien… confieso que he fantaseado muchas veces con que algún encargo de «retirar» a alguien coincidiera con alguno de los pescados que tenía entre ceja y ceja, pero nunca se dio. Y ya se sabe, la fantasía es necesaria para poder lidiar con la realidad. Te hace descargar tensiones, te libera. Eso no quiere decir que vayas a dar rienda suelta a todo lo que imaginás. Eso solo lo hace un rayado total y yo aún estoy en buen uso. Sobre todo si me comparo con mis compañeros de profesión. No bebo, no me drogo, no estoy en poliamor ni pelotudeces. Me levanto temprano… para mí el sicariato es un laburo de 9 a 5. Pura rutina.

El encargo llegó de madrugada por los cauces habituales. Había que eliminar  a una persona. No supe más. Una mujer. Silvia Garrido, 35 años, de complexión fuerte, estatura media y abundante pelo castaño.

Me habían pasado por Deep Internet el paquete habitual: sus mails filtrados, sus whatsapps interceptados y clasificados, el resultado en Big Data de todos sus itinerarios del último año y medio y las predicciones de dónde podía encontrarse en las próximas 36 horas, datos de allegados, etc. No parecía un trabajo difícil.

Con la cansada costumbre a cuestas me vestí y elegí el equipo. La iba a esperar en el centro a la salida de un teatro. Mejor usar silenciador, nada de 38. Una Nagant 7,62 y listo. Limpio y expeditivo. Con un poco de suerte, hasta me daba tiempo a ir a bailar a lo del armenio manco. Los jueves solía caer La Morocha. Esa mina me conocía de arriba abajo. Me jode profundamente tener que andar explicando las cosas. Ya no explico nada.

Estuve esperando un par de horas en la zona donde sabía que iba a aparecer. La SIM de su teléfono estaba clonada y la seguíamos por GPS. El margen de error era cero.

A veces me acuerdo de Dios cuando estoy esperando que aparezca un objetivo, pero esta vez no fue así. Empezaba a llover y refrescó rápidamente. El avance advertía de una sudestada en las próximas horas. A ver si zafo…

Ahí está. Dale, tengo la artillería a punto. Salió sola, llevaba un abrigo y tenía la cabeza cubierta pero era ella. No había duda. Me puse a seguirla a una distancia prudencial.

A la altura del pasaje Duarte la encaré. Entonces pude ver su rostro a contraluz.

─Qué hacés, Marcelo. Esta no te la esperabas…

─Pero vos… ¡Adriana! ─dudé un instante. ─¿Cómo es posible? Hace más de diez años que no sé nada de tu vida y estás irreconocible…

─…y me tenés que matar esta noche, ya lo sé…

─Sí. Vos siempre supiste de más. Supongo que eso no te sirvió de mucho. La inteligencia, digo…

─Tranquilo. Te libero. Desde que lo dejamos he tenido una vida de mierda que no se la deseo a nadie. Me importa poco y nada partir esta misma noche.

─No hables así…

─Seguís siendo el mismo Salvador de la Humanidad de siempre. Tiene gracia que me digas eso y vos mismo debas ejecutarme. El cerdo de mi marido debe haberte pagado muy bien…

─No, Adriana, yo nunca contacto directamente con los clientes. No sé quién hizo el encargo. Es la Agencia la que se ocupa de los detalles. A mí solo me señalan el objetivo.

─Y esta vez tenés que matar al amor de tu vida. Pobre. Te acompaño en el sentimiento…

Nos quedamos en silencio. Nos besamos. Nos abrazamos. Diez años, diez segundos.

─¿Sabés…? No fue fácil olvidarte. Cuando te fuiste a España creí morir. Anduve rodando por ahí, empecé a beber más de la cuenta, pasé de mano en mano. Siempre a peor. No lo digo para reprocharte nada… además… vos estás armado hasta los dientes y tenés fama de no fallar jamás. Da igual lo que te diga o deje de decir.

Volví a besarla con más fuerza aún. Buscamos un Telo. Nos acostamos y nos arrancamos la ropa. Nos penetramos.

─Matame, loquito… ¡partime al diome!

─Sí. Que se abran las puertas del cielo de una puta vez.

Hacia las seis de la mañana me dijo que fuéramos a bailar. Que antes de morir quería volver a sentir mi abrazo en la pista. Una vez más.

─Dale, loco. Dame dos tandas de Di Sarli y una de Pugliese. Después hacé lo que tengas que hacer. Yo no voy a oponer resistencia. Me siento sucia por dentro. El tipo este me ha hecho todo el daño que un ser humano puede hacerle a otro. No quiero seguir viviendo. Prefiero que seas vos quien apriete el gatillo. A vos te quise mucho, varón. Y me regalaste esta última noche… ya está. Ya fue la vida. 

Nos levantamos como poseídos y fuimos a la milonga de Almagro, una de las cuatro que duraban hasta la hora del desayuno en Baires. Estaba tocando la orquesta de Gabriel Santos.

─Cantate una, dale, como en los viejos tiempos ─me suplicó Adriana.

Supe que no iba a escapar. Ni siquiera lo iba a intentar. Llevo demasiado tiempo en esto y conozco a la gente. Me subí al escenario. Le dije a Gabriel que me diera un hueco antes del descanso y me dejara un viola. Me trajeron una bien garufera. Garufera y vibradora. Así que la cacé y canté Confesión mirándola directamente a los ojos. Con toda el alma.

Hoy después de un año atroz Te vi pasar Me mordí pa no llamarte Ibas tan linda como un sol ¡... se paraban pa mirarte! Yo no sé si el que te tiene así se lo merece Solo sé que la miseria cruel que te ofrecí Hoy me compensa el verte hecha una Reina Sé que vivirás mejor lejos de mí!

Bailamos como nunca: fue nuestra mejor noche. Cada marca mía era leída con precisión y poesía. Ella estaba hecha para bailar conmigo. La gente se apartaba y dejaba de bailar para mirarnos. A la salida de la milonga nos fuimos al Alvear Art Hotel, uno que me gustaba especialmente y donde había acribillado a un par de capos de la droga. Un par de flor de hijos de puta. Lo que ocurrió en esa habitación cambió nuestras vidas. Hicimos pareja. Sus problemas pasaron a ser los míos. Pusimos las almenas en fuego, los muros construidos año tras año se resquebrajaron. Hartos de andar por el mundo sin amor ni quietud… de rodar sin morir. Sin pasado. Noche a noche.

─Negra, oíme bien. Te voy a llevar a Ezeiza y salís para España en el primer vuelo. Mientras volás yo arreglo todo. Te van a venir a buscar al aeropuerto. Te envío los datos al teléfono. Usá este que te doy. El tuyo me lo das. Vos no te preocupés por nada. Yo llego a Madrid en cinco días. Tengo que cerrar cosas…

─Vos estás completamente loco… Nos encontrará y clavará nuestras cabezas en una lanza. Pero antes nos meterá en una máquina de picar carne. No tenés ni idea de la clase de hijo de puta que es mi marido. Un puto psicópata. Y tiene todo el poder del mundo. Gente metida en política, jueces, policías. Toda la cadena.

─Yo también estoy harto de esta vida, Adriana. Tu aparición es la señal que estaba esperando. Tengo guita como para tirar varios años y, en caso de que resulte necesario, mis habilidades siempre tienen demanda. Además… lo mismo volvemos a bailar y dejo de matar por encargo…

─De ahora en más concentrate en matarme a mí todas las noches, canalla irrecuperable. Como vuelvas a dejarme por otra te corto los huevos con una Gillette oxidada… y hablo muy en serio.

─Tranquila, nena. Se acabaron mis hazañas, un chamuyo misterioso me trajo hasta vos… yo quiero morir contigo, sin confesión y sin Dios, acurrucao en mis penas…

─Pero abrazao a mí, capisci?

─Escuchame… largo todo y me pianto con vos. ¿Qué más prueba querés? Una última cosa antes de irte…

─Dispará, varonazo.

─La dirección de tu marido.

─Anotá. Dale para que tenga.

─Pero antes toco tu boca.

─¿Solo mi boca...?

─En tu boca cabe el mundo, pebeta. La materia que conforma los sueños...

─¡Sicario y poeta! ¿Cómo puedo tener tanta suerte...?

*



jueves, 23 de junio de 2022

Oeste, cuarta al suroeste

Nadie debería conformarse con un amor que no desee bailar contigo en la cocina. A todas horas. Swing, tango y fandango si se tercia. Bailar porque sí. Por respeto a Dios y a las cosas importantes de la vida.

Y que sonría sin motivo o con todos los motivos. Que no pare de sonreír. De puro agradecimiento y asombro de estar vivos. Eso mereces. Eso merezco. 

Porque la vida es altamente improbable. Tú y yo, y el resto de los seres vivos no deberíamos estar aquí. No. Lo normal es la nada, la nada más absoluta, el silencio, la perfecta quietud de la muerte. Eso es lo normal en el Universo. Nada de nada. Ni una sola palabra.

Me he hecho sangre en las manos golpeando las puertas del cielo. Sangre. Y mi sangre es factor 0 RH negativo, de la que no hay en los hospitales. A veces pienso que vine de otro planeta: lo que vi en este mundo hiela el corazón.

No busco más. Nunca más. No hay otra persona que entregue tanto cuando ama, no sé amar de otra forma. Desmedida, infantil, como si nadie hubiera amado antes sobre esta tierra inmisericorde que gira y gira con sus vivos y sus muertos. Que nunca dice nada.

No busco más. No hago más esfuerzos para guiar la nave y reorientar las velas trasluchando. Me duelen los brazos y el alma de tornar el gobernalle solo. Me arden los ojos en busca de ríos dulces donde hacer aguada. Esta vez, que decida la corriente a qué playa he de arribar. Cuándo y dónde. Odiseo está cansado.

Que decida el azar. Y los azahares.

domingo, 5 de junio de 2022

Garufera y vibradora

En la mugrienta pensión en que vivo, con manchas de humedad en las paredes que van cambiando de forma según corren las estaciones, no hay gran cosa que hacer. Ya he perdido la cuenta de los días que navego solo. A partir de los cuarenta y cinco dejó de interesarme el amor. O el amor dejó de interesarse en mí. Con esta persona que soy… 

¿Cómo me gano la vida? Soy sicario. Bueno… sicario de primera clase si se quiere. Nunca he matado a nadie que no se lo haya ganado con creces. Gente especialmente jodida. Turros integrales. Escoria moral.

Laburo por libre. Nunca pregunto cómo, ni por qué. Solo dónde y cuánto, sobre todo cuánto. Mi vida es bien simple. Simple como un cubo.

¿Minas? Sí. Claro que hay minas. Pero nunca más de uno o dos días seguidos. Sigo bailando gotán y no he perdido las mañas. Pero bailo bien sencillo, caminado y al piso. Nada de florituras ni estupideces de academia. Las odio. A veces cuando algún pelotudo se hace el vivo en la pista de baile y se pone a exhibirse haciendo que su compañera tire boleos a diestro y siniestro, interrumpiendo la normal circulación de la milonga y repartiendo patadas a todo el mundo me quedo mirando al pobre sujeto… «Ah, salame atómico, infeliz de cuarta... si supieras a qué me dedico te lo ibas a pensar un poco antes de andar pelotudeando con las gambas». Pero a pesar de que ganas no me han faltado siempre he evitado las peleas con otros milongueros y muchísimo menos se me ha pasado por la cabeza pegarles un tiro con mi 38 Smith & Wesson. Sí. Prefiero los revólveres a las pistolas. Mi viejo me educó así. Cosas de familia.

El viejo fue guardaespaldas de Perón –y amigo personal– y lo salvó de varios atentados que no tuvieron publicidad. Vivió cosas intensas porque lo acompañó en el exilio en Paraguay, Panamá y luego España. Mi viejo era un crack total. No tuve mucho contacto con él. Saltaba de cama en cama y no andaba sobrado de tiempo libre. Una bala llevaba escrita su nombre desde mucho antes de nacer. Él lo sabía y no le importaba gran cosa.

¿Fusilar a otro milonguero? ¿Qué negocio hay en ello? Cero. Soy un profesional. Un artista del ajuste de cuentas. Está bien… confieso que he fantaseado muchas veces con que algún encargo de «retirar» a alguien coincidiera con alguno de los pescados que tenía entre ceja y ceja, pero nunca se dio. Y ya se sabe, la fantasía es necesaria para poder lidiar con la realidad. Te hace descargar tensiones, te libera. Eso no quiere decir que vayas a dar rienda suelta a todo lo que imaginás. Eso solo lo hace un rayado total y yo aún estoy en buen uso. Sobre todo si me comparo con mis compañeros de profesión. No bebo, no me drogo, no estoy en poliamor ni pelotudeces. Me levanto temprano… para mí el sicariato es un laburo de 9 a 5. Pura rutina.

El encargo llegó de madrugada por los cauces habituales. Había que eliminar  a una persona. No supe más. Una mujer. Silvia Garrido, 35 años, de complexión fuerte, estatura media y abundante pelo castaño.

Me habían pasado por Deep Internet el paquete habitual: sus mails filtrados, sus whatsapps interceptados y clasificados, el resultado en Big Data de todos sus itinerarios del último año y medio y las predicciones de dónde podía encontrarse en las próximas 36 horas, datos de allegados, etc. No parecía un trabajo difícil.

Con la cansada costumbre a cuestas me vestí y elegí el equipo. La iba a esperar en el centro a la salida de un teatro. Mejor usar silenciador, nada de 38. Una Nagant 7,62 y listo. Limpio y expeditivo. Con un poco de suerte, hasta me daba tiempo a ir a bailar a lo del armenio manco. Los jueves solía caer La Morocha. Esa mina me conocía de arriba abajo. Me jode profundamente tener que andar explicando las cosas. Ya no explico nada.

Estuve esperando un par de horas en la zona donde sabía que iba a aparecer. La SIM de su teléfono estaba clonada y la seguíamos por GPS. El margen de error era cero.

A veces me acuerdo de Dios cuando estoy esperando a que aparezca un objetivo, pero esta vez no fue así. Empezaba a llover y refrescó rápidamente. El avance advertía de una sudestada en las próximas horas. A ver si zafo…

Ahí está. Dale, tengo la artillería a punto. Salió sola, llevaba un abrigo y tenía la cabeza cubierta pero era ella. No había duda. Me puse a seguirla a una distancia prudencial.

A la altura del pasaje Duarte la encaré. Entonces pude ver su rostro a contraluz.

─Qué hacés, Marcelo. Esta no te la esperabas…

─Pero vos… ¡Adriana! ─dudé un instante. ─¿Cómo es posible? Hace más de diez años que no sé nada de tu vida y estás irreconocible…

─…y me tenés que matar esta noche, ya lo sé…

─Sí. Vos siempre supiste de más. Supongo que eso no te sirvió de mucho. La inteligencia, digo…

─Tranquilo. Te libero. Desde que lo dejamos he tenido una vida de mierda que no se la deseo a nadie. Me importa poco y nada partir esta misma noche.

─No hables así…

─Seguís siendo el mismo Salvador de la Humanidad de siempre. Tiene gracia que me digas eso y vos mismo debas ejecutarme. El cerdo de mi marido debe haberte pagado muy bien…

─No, Adriana, yo nunca contacto directamente con los clientes. No sé quién hizo el encargo. Es la Agencia la que se ocupa de los detalles. A mí solo me señalan el objetivo.

─Y esta vez tenés que matar al amor de tu vida. Pobre. Te acompaño en el sentimiento…

Nos quedamos en silencio. Nos besamos. Nos abrazamos. Diez años, diez segundos.

─¿Sabés…? No fue fácil olvidarte. Cuando te fuiste a España creí morir. Anduve rodando por ahí, empecé a beber más de la cuenta, pasé de mano en mano. Siempre a peor. No lo digo para reprocharte nada… además… vos estás armado hasta los dientes y tenés fama de no fallar jamás. Da igual lo que te diga o deje de decir.

Volví a besarla con más fuerza aún. Buscamos un Telo. Nos acostamos y nos arrancamos la ropa. Nos penetramos.

─Matame, loquito… ¡partime al diome!

─Sí. Que se abran las puertas del cielo de una puta vez.

Hacia las seis de la mañana me dijo que fuéramos a bailar. Que antes de morir quería volver a sentir mi abrazo en la pista. Una vez más.

─Dale, loco. Dame dos tandas de Di Sarli y una de Pugliese. Después hacé lo que tengas que hacer. Yo no voy a oponer resistencia. Me siento sucia por dentro. El tipo este me ha hecho todo el daño que un ser humano puede hacerle a otro. No quiero seguir viviendo. Prefiero que seas vos quien apriete el gatillo. A vos te quise mucho, varón. Y me regalaste esta última noche… ya está. Ya fue la vida. 

Nos levantamos como poseídos y fuimos a la milonga de Almagro, una de las cuatro que duraban hasta la hora del desayuno en Baires. Estaba tocando la orquesta de Gabriel Santos.

─Cantate una, dale, como en los viejos tiempos ─me suplicó Adriana.

Supe que no iba a escapar. Ni siquiera lo iba a intentar. Llevo demasiado tiempo en esto y conozco a la gente. Me subí al escenario. Le dije a Gabriel que me diera un hueco antes del descanso y me dejara un viola. Me trajeron una bien garufera. Garufera y vibradora. Así que la cacé y canté Confesión mirándola directamente a los ojos. Con toda el alma.

Hoy después de un año atroz
Te vi pasar
Me mordí pa no llamarte
Ibas tan linda como un sol
¡... se paraban pa mirarte!
Yo no sé si el que te tiene así se lo merece
Solo sé que la miseria cruel que te ofrecí
Hoy me compensa el verte hecha una Reina
Sé que vivirás mejor lejos de mí!

Bailamos como nunca: fue nuestra mejor noche. Cada marca mía era leída con precisión y poesía. Ella estaba hecha para bailar conmigo. La gente se apartaba y dejaba de bailar para mirarnos. A la salida de la milonga nos fuimos al Alvear Art Hotel, uno que me gustaba especialmente y donde había acribillado a un par de capos de la droga. Un par de flor de hijos de puta. Lo que ocurrió en esa habitación cambió nuestras vidas. Hicimos pareja. Sus problemas pasaron a ser los míos. Pusimos las almenas en fuego, los muros construidos año tras año se resquebrajaron. Hartos de andar por el mundo sin amor ni quietud… de rodar sin morir. Sin pasado. Noche a noche.

─Negra, oíme bien. Te voy a llevar a Ezeiza y salís para España en el primer vuelo. Mientras volás yo arreglo todo. Te van a venir a buscar al aeropuerto. Te envío los datos al teléfono. Usá este que te doy. El tuyo me lo das. Vos no te preocupés por nada. Yo llego a Madrid en cinco días. Tengo que cerrar cosas…

─Vos estás completamente loco… Nos encontrará y clavará nuestras cabezas en una lanza. Pero antes nos meterá en una máquina de picar carne. No tenés ni idea de la clase de hijo de puta que es mi marido. Un puto psicópata. Y tiene todo el poder del mundo. Gente metida en política, jueces, policías. Toda la cadena.

─Yo también estoy harto de esta vida, Adriana. Tu aparición es la señal que estaba esperando. Tengo guita como para tirar varios años y, en caso de que resulte necesario, mis habilidades siempre tienen demanda. Además… lo mismo volvemos a bailar y dejo de matar por encargo…

─De ahora en más concentrate en matarme a mí todas las noches, canalla irrecuperable. Como vuelvas a dejarme por otra te corto los huevos con una Gillette oxidada… y hablo muy en serio.

─Tranquila, nena. Se acabaron mis hazañas, un chamuyo misterioso me trajo hasta vos… yo quiero morir contigo, sin confesión y sin Dios, acurrucao en mis penas…

─Pero abrazao a mí, capisci?

─Escuchame… largo todo y me pianto con vos. ¿Qué más prueba querés? Una última cosa antes de irte…

─Dispará, varonazo.

─La dirección de tu marido.

─Anotá. Dale para que tenga.

─Pero antes toco tu boca.

─¿Solo mi boca...?

─En tu boca cabe el mundo, pebeta. La materia que conforma los sueños...

─¡Sicario y poeta! ¿Cómo puedo tener tanta suerte...?




lunes, 8 de noviembre de 2021

Tango en el Maravillas - Chema Saiz y servidor

El pasado sábado colaboré en el magnífico concierto que dio Chema Saiz, uno de los mejores guitarristas de este país. El Maravillas de Madrid es una sala mítica de mi juventud, así que el concierto estuvo plagado de recuerdos y de momentos emocionantes.

Entre 1989 y 1991 toqué en esa sala 4 pases todos los días, así que una parte de mí se quedó a vivir en ese lugar de Malasaña. Volver con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien. La foto es de Ernesto Cortijo Ballesteros, a quien ambos queremos mucho.

No hay que inquietarse mucho por el tango. Te espera. El tiempo que haga falta.




jueves, 4 de noviembre de 2021

Vivere a Trastevere è il mio sogno

 "No hay sorpresas en la vida, usted sabe... Todo lo que nos sorprende es justamente aquello que confirma el sentido de la vida".

Onetti, probablemente el mejor prosista en castellano del siglo XX, vivía en la cama. De vez en cuando, Dolly le acercaba un vaso de whisky. "Todo se lo debo a Dolly...", decía el loco.

Lo llamaban todas las semanas de universidades, cursillos, encuentros, inauguraciones, concursos. A todos decía que sí, que iría encantado. A qué discutir. Cuando llegaba el día, Dolly llamaba y les contaba que Onetti estaba ingresado, que se les inundó el piso, que murió un familiar, cualquier cosa.

El oriental ya había visto todos los seres humanos que un ser humano puede ver. Hasta aquí llegó mi amor. Ya había escuchado todas las historias. Siempre la misma canción. Yo, yo y después, yo.

Cuando caía la tarde, no todos los días, no siempre, Juan Carlos ponía la orquesta de Caló a todo lo que daba e invitaba a Dolly a bailar por el salón. Ella esperaba ese momento apasionadamente, como en Brief Encounter y sacaba a pasear ese vestido rojo que a él le encantaba. Vos sabés. El que te pusiste aquella noche en Roma. Sí. 2009, diciembre. La fiesta en casa de Francesca y Gianni. Cómo te acordás.... de regreso a casa no podíamos parar de besarnos. Qué linda estabas. Teatro Marcello. Piazza dei Fiori. Trastevere.

Tango para dos. Vos y yo, mano a mano. Nadie más. No me verás abrazado a la rubia sedienta de amar en la milonga ni yo te veré dibujando ochos en brazos de un tipo sin alma.

Amor, quedémonos aquí. La vida se nos va. Quedémonos aquí.

miércoles, 30 de junio de 2021

Los mareados


 

lunes, 29 de marzo de 2021

lunes, 26 de octubre de 2020

Las puertas del cielo (Julio Cortázar)

A las ocho vino José María con la noticia, casi sin rodeos me dijo que Celina acababa de morir. Me acuerdo que reparé instantáneamente en la frase, Celina acabando de morirse, un poco como si ella misma hubiera decidido el momento en que eso debía concluir. Era casi de noche y a José María le temblaban los labios al decírmelo. 
—Mauro lo ha tomado tan mal, lo dejé como loco. Mejor vamos. 
Yo tenía que terminar unas notas, aparte de que le había prometido a una amiga llevarla a comer. Pegué un par de telefoneadas y salí con José María a buscar un taxi. Mauro y Celina vivían por Cánning y Santa Fe, de manera que le pusimos diez minutos desde casa. Ya al acercarnos vimos gente que se paraba en el zaguán con un aire culpable y cortado; en el camino supe que Celina había empezado a vomitar sangre a las seis, que Mauro trajo al médico y que su madre estaba con ellos. Parece que el médico empezaba a escribir una larga receta cuando Celina abrió los ojos y se acabó de morir con una especie de tos, más bien un silbido. 
—Yo lo sujeté a Mauro, el doctor tuvo que salir porque Mauro se le quería tirar encima. Usté sabe cómo es él cuando se cabrea. 
Yo pensaba en Celina, en la última cara de Celina que nos esperaba en la casa. Casi no escuché los gritos de las viejas y el revuelo en el patio, pero en cambio me acuerdo que el taxi costaba dos sesenta y que el chófer tenía una gorra de lustrina. Vi a dos o tres amigos de la barra de Mauro, que leían La Razón en la puerta; una nena de vestido azul tenía en brazos al gato barcino y le atusaba minuciosa los bigotes. Más adentro empezaban los clamoreos y el olor a encierro. 
—Andá velo a Mauro —le dije a José María—. Ya sabes que conviene darle bastante alpiste. 
En la cocina andaban ya con el mate. El velorio se organizaba solo, por sí mismo: las caras, las bebidas, el calor. Ahora que Celina acababa de morir, increíble cómo la gente de un barrio larga todo (hasta las audiciones de preguntas y respuestas) para constituirse en el lugar del hecho. Una bombilla rezongó fuerte cuando pasé al lado de la cocina y me asomé a la pieza mortuoria. Misia Manita y otra mujer me miraron desde el oscuro fondo, donde la cama parecía estar flotando en una jalea de membrillo. Me di cuenta por su aire superior que acababan de lavar y amortajar a Celina; hasta se olía débilmente a vinagre. 
—Pobrecita la finadita —dijo Misia Martita—. Pase, doctor, pase a verla. Parece como dormida.
Aguantando las ganas de putearla me metí en el caldo caliente de la pieza. Hacía rato que estaba mirando a Celina sin verla y ahora me dejé ir a ella, al pelo negro y lacio naciendo de una frente baja que brillaba como nácar de guitarra, al plato playo blanquísimo de su cara sin remedio. Me di cuenta de que no tenía nada que hacer ahí, que esa pieza era ahora de las mujeres, de las plañideras llegando en la noche. Ni siquiera Mauro podría entrar en paz a sentarse al lado de Celina, ni siquiera Celina estaba ahí esperando, esa cosa blanca y negra se volcaba del lado de las lloronas, las favorecía con su tema inmóvil repitiéndose. Mejor Mauro, ir a buscar a Mauro que seguía del lado nuestro. 
De la pieza al comedor había sordos centinelas fumando en el pasillo sin luz. Peña, el loco Bazán, los dos hermanos menores de Mauro y un viejo indefinible me saludaron con respeto. 
—Gracias por venir, doctor —me dijo uno—. Usté siempre tan amigo del pobre Mauro. 
—Los amigos se ven en estos trances —dijo el viejo, dándome una mano que me pareció una sardina viva. 
Todo esto ocurría, pero yo estaba otra vez con Celina y Mauro en el Luna Park, bailando en el Carnaval del cuarenta y dos, Celina de celeste que le iba tan mal con su tipo achinado, Mauro de palmbeach y yo con seis whiskies y una mamúa padre. Me gustaba salir con Mauro y Celina para asistir de costado a su dura y caliente felicidad. Cuanto más me reprochaban estas amistades, más me arrimaba a ellos (a mis días, a mis horas) para presenciar su existencia de la que ellos mismos no sabían nada. 
Me arranqué del baile, un quejido venía de la pieza trepando por las puertas. 
—Esa debe ser la madre —dijo el loco Bazán, casi satisfecho. 
«Silogística perfecta del humilde», pensé. «Celina muerta, llega madre, chillido madre.» Me daba asco pensar así, una vez más estar pensando todo lo que a los otros les bastaba sentir. Mauro y Celina no habían sido mis cobayos, no. Los quería, cuánto los sigo queriendo. Solamente que nunca pude entrar en su simpleza, solamente que me veía forzado a alimentarme por reflejo de su sangre; yo soy el doctor Hardoy, un abogado que no se conforma con el Buenos Aires forense o musical o hípico, y avanza todo lo que puede por otros zaguanes. Ya sé que detrás de eso está la curiosidad, las notas que llenan poco a poco mi fichero. Pero Celina y Mauro no, Celina y Mauro no. 
—Quién iba a decir esto —le oí a Peña—. Así tan rápido… 
—Bueno, vos sabés que estaba muy mal del pulmón. —Sí, pero lo mismo… 
Se defendían de la tierra abierta. Muy mal del pulmón, pero así y todo… Celina tampoco debió esperar su muerte, para ella y Mauro la tuberculosis era «debilidad». Otra vez la vi girando entusiasta en brazos de Mauro, la orquesta de Canaro ahí arriba y un olor a polvo barato. Después bailó conmigo una machicha, la pista era un horror de gente y calina. «Qué bien baila, Marcelo», como extrañada de que un abogado fuera capaz de seguir una machicha. Ni ella ni Mauro me tutearon nunca, yo le hablaba de vos a Mauro pero a Celina le devolvía el tratamiento. A Celina le costó dejar el «doctor», tal vez la enorgullecía darme el título delante de otros, mi amigo el doctor. Yo le pedí a Mauro que se lo dijera, entonces empezó el «Marcelo». Así ellos se acercaron un poco a mí pero yo estaba tan lejos como antes. Ni yendo juntos a los bailes populares, al box, hasta al fútbol (Mauro jugó años atrás en Racing) o mateando hasta tarde en la cocina. Cuando acabó el pleito y le hice ganar cinco mil pesos a Mauro, Celina fue la primera en pedirme que no me alejara, que fuese a verlos. Ya no estaba bien, su voz siempre un poco ronca era cada vez más débil. Tosía por la noche, Mauro le compraba Neurofosfato Escay lo que era una idiotez, y también Hierro Quina Bisleri, cosas que se leen en las revistas y se les toma confianza. 
Íbamos juntos a los bailes, y yo los miraba vivir. 
—Es bueno que lo hable a Mauro —dijo José María que brotaba de golpe a mi lado—. Le va a hacer bien. 
Fui, pero estuve todo el tiempo pensando en Celina. Era feo reconocerlo, en realidad lo que hacía era reunir y ordenar mis fichas sobre Celina, no escritas nunca pero bien a mano. Mauro lloraba a cara descubierta como todo animal sano y de este mundo, sin la menor vergüenza. Me tomaba las manos y me las humedecía con su sudor febril. Cuando José María lo forzaba a beber una ginebra, la tragaba entre dos sollozos con un ruido raro. Y las frases, ese barboteo de estupideces con toda su vida dentro, la oscura conciencia de la cosa irreparable que le había sucedido a Celina pero que sólo él acusaba y resentía. El gran narcisismo por fin excusado y en libertad para dar el espectáculo. Tuve asco de Mauro pero mucho más de mí mismo, y me puse a beber coñac barato que me abrasaba la boca sin placer. Ya el velorio funcionaba a todo tren, de Mauro abajo estaban todos perfectos, hasta la noche ayudaba caliente y pareja, linda para estarse en el patio y hablar de la finadita, para dejar venir el alba sacándole a Celina los trapos al sereno. 
Esto fue un lunes, después tuve que ir a Rosario por un congreso de abogados donde no se hizo otra cosa que aplaudirse unos a otros y beber como locos, y volví a fin de semana. En el tren viajaban dos bailarinas del Moulin Rouge y reconocí a la más joven, que se hizo la zonza. Toda esa mañana había estado pensando en Celina, no que me importara tanto la muerte de Celina sino más bien la suspensión de un orden, de un hábito necesario. Cuando vi a las muchachas pensé en la carrera de Celina y el gesto de Mauro al sacarla de la milonga del griego Kasidis y llevársela con él. Se precisaba coraje para esperar alguna cosa de esa mujer, y fue en esa época que lo conocí, cuando vino a consultarme sobre el pleito de su vieja por unos terrenos en Sanagasta. Celina lo acompañó la segunda vez, todavía con un maquillaje casi profesional, moviéndose a bordadas anchas pero apretada a su brazo. No me costó medirlos, saborear la sencillez agresiva de Mauro y su esfuerzo inconfesado por incorporarse del todo a Celina. Cuando los empecé a tratar me pareció que lo había conseguido, al menos por fuera y en la conducta cotidiana. Después medí mejor, Celina se le escapaba un poco por la vía de los caprichos, su ansiedad de bailes populares, sus largos entresueños al lado de la radio, con un remiendo o un tejido en las manos. Cuando la oí cantar, una noche de Nebiolo y Racing cuatro a uno, supe que todavía estaba con Kasidis, lejos de una casa estable y de Mauro puestero del Abasto. Por conocerla mejor alenté sus deseos baratos, fuimos los tres a tanto sitio de altoparlantes cegadores, de pizza hirviendo y papelitos con grasa por el piso. Pero Mauro prefería el patio, las horas de charla con vecinos y el mate. Aceptaba de a poco, se sometía sin ceder. Entonces Celina fingía conformarse, tal vez ya estaba conformándose con salir menos y ser de su casa. Era yo el que le conseguía a Mauro para ir a los bailes, y sé que me lo agradeció desde un principio. Ellos se querían, y el contento de Celina alcanzaba para los dos, a veces para los tres. 
Me pareció bien pegarme un baño, telefonear a Nilda que la iría a buscar el domingo de paso al hipódromo, y verlo en seguida a Mauro. Estaba en el patio, fumando entre largos mates. Me enternecieron los dos o tres agujeritos de su camiseta, y le di una palmada en el hombro al saludarlo. Tenía la misma cara de la última vez, al lado de la fosa, al tirar el puñado de tierra y echarse atrás como encandilado. Pero le encontré un brillo claro en los ojos, la mano dura al apretar. 
—Gracias por venir a verme. El tiempo es largo, Marcelo. 
—Tenes que ir al Abasto, o te reemplaza alguien? 
—Puse a mi hermano el renguito. No tengo ánimo de ir, y eso que el día se me hace eterno. 
—Claro, precisás distraerte. Vestíte y damos una vuelta por Palermo. 
—Vamos, lo mismo da. Se puso un traje azul y pañuelo bordado, lo vi echarse perfume de un frasco que había sido de Celina. Me gustaba su forma de requintarse el sombrero, con el ala levantada, y su paso liviano y silencioso, bien compadre. Me resigné a escuchar —«los amigos se ven en estos trances»— —y a la segunda botella de Quilmes Cristal se me vino con todo lo que tenía. Estábamos en una mesa del fondo del café, casi a solas; yo lo dejaba hablar pero de cuando en cuando le servía cerveza. Casi no me acuerdo de todo lo que dijo, creo que en realidad era siempre lo mismo. Me ha quedado una frase: «La tengo aquí», y el gesto al clavarse el índice en el medio del pecho como si mostrara un dolor o una medalla. 
—Quiero olvidar —decía también—. Cualquier cosa, emborracharme, ir a la milonga, tirarme cualquier hembra. Usté me comprende, Marcelo,… —El índice subía, enigmático, se plegaba de golpe como un cortaplumas. A esa altura ya estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa, y cuando yo mencioné el Santa Fe Palace como de pasada, él dio por hecho que íbamos al baile y fue el primero en levantarse y mirar la hora. Caminamos sin hablar, muertos de calor, y todo el tiempo yo sospechaba un recuento por parte de Mauro, su repetida sorpresa al no sentir contra su brazo la caliente alegría de Celina camino del baile. 
—Nunca la llevé a ese Palace —me dijo de repente—. Yo estuve antes de conocerla, era una milonga muy rea. ¿Usté la frecuenta? En mis fichas tengo una buena descripción del Santa Fe Palace, que no se llama Santa Fe ni está en esa calle, aunque sí a un costado. Lástima que nada de eso pueda ser realmente descrito, ni la fachada modesta con sus carteles promisores y la turbia taquilla, menos todavía los junadores que hacen tiempo en la entrada y lo calan a uno de arriba abajo. Lo que sigue es peor, no que sea malo porque ahí nada es ninguna cosa precisa; justamente el caos, la confusión resolviéndose en un falso orden: el infierno y sus círculos. Un infierno de parque japonés a dos cincuenta la entrada y damas cero cincuenta. Compartimentos mal aislados, especie de patios cubiertos sucesivos donde en el primero una típica, en el segundo una característica, en el tercero una norteña con cantores y malambo. Puestos en un pasaje intermedio (yo Virgilio) oíamos las tres músicas y veíamos los tres círculos bailando; entonces se elegía el preferido, o se iba de baile en baile, de ginebra en ginebra, buscando mesitas y mujeres. 
—No está mal —dijo Mauro con su aire tristón—. Lástima el calor. Debían poner extractores. 
(Para una ficha: estudiar, siguiendo a Ortega, los contactos del hombre del pueblo y la técnica. Ahí donde se creería un choque hay en cambio asimilación violenta y aprovechamiento; Mauro hablaba de refrigeración o de superheterodinos con la suficiencia porteña que cree que todo le es debido.) Yo lo agarré del brazo y lo puse en camino de una mesa porque él seguía distraído y miraba el palco de la típica, al cantor que tenía con las dos manos el micrófono y lo zarandeaba despacito. Nos acodamos contentos delante de dos cañas secas y Mauro se bebió la suya de un solo viaje. 
—Esto asienta la cerveza. Puta que está concurrida la milonga. 
Llamó pidiendo otra, y me dio calce para desentenderme y mirar. La mesa estaba pegada a la pista, del otro lado había sillas contra una larga pared y un montón de mujeres se renovaba con ese aire ausente de las milongueras cuando trabajan o se divierten. No se hablaba mucho, oíamos muy bien la típica, rebasada de fuelles y tocando con ganas. El cantor insistía en la nostalgia, milagrosa su manera de dar dramatismo a un compás más bien rápido y sin alce. Las trenzas de mi china las traigo en la maleta… Se prendía al micrófono como a los barrotes de un vomitorio, con una especie de lujuria cansada, de necesidad orgánica. Por momentos metía los labios contra la rejilla cromada, y de los parlantes salía una voz pegajosa —«yo soy un hombre honrado…»—; pensé que sería negocio una muñeca de goma y el micrófono escondido dentro, así el cantor podría tenerla en brazos y calentarse a gusto al cantarle. Pero no serviría para los tangos, mejor el bastón cromado con la pequeña calavera brillante en lo alto, la sonrisa tetánica de la rejilla. 
Me parece bueno decir aquí que yo iba a esa milonga por los monstruos, y que no sé de otra donde se den tantos juntos. Asoman con las once de la noche, bajan de regiones vagas de la ciudad, pausados y seguros de uno o de a dos, las mujeres casi enanas y achinadas, los tipos como javaneses o mocovíes, apretados en trajes a cuadros o negros, el pelo duro peinado con fatiga, brillantina en gotitas contra los reflejos azules y rosa, las mujeres con enormes peinados altos que las hacen más enanas, peinados duros y difíciles de los que les queda el cansancio y el orgullo. A ellos les da ahora por el pelo suelto y alto en el medio, jopos enormes y amaricados sin nada que ver con la cara brutal más abajo, el gesto de agresión disponible y esperando su hora, los torsos eficaces sobre finas cinturas. Se reconocen y se admiran en silencio sin darlo a entender, es su baile y su encuentro, la noche de color. (Para una ficha: de dónde salen, qué profesiones los disimulan de día, qué oscuras servidumbres los aíslan y disfrazan.) Van a eso, los monstruos se enlazan con grave acatamiento, pieza tras pieza giran despaciosos sin hablar, muchos con los ojos cerrados gozando al fin la paridad, la completación. Se recobran en los intervalos, en las mesas son jactanciosos y las mujeres hablan chillando para que las miren, entonces los machos se ponen más torvos y yo he visto volar un sopapo y darle vuelta la cara y la mitad del peinado a una china bizca vestida de blanco que bebía anís. Además está el olor, no se concibe a los monstruos sin ese olor a talco mojado contra la piel, a fruta pasada, uno sospecha los lavajes presurosos, el trapo húmedo por la cara y los sobacos, después lo importante, lociones, rimmel, el polvo en la cara de todas ellas, una costra blancuzca y detrás las placas pardas trasluciendo. También se oxigenan, las negras levantan mazorcas rígidas sobre la tierra espesa de la cara, hasta se estudian gestos de rubia, vestidos verdes, se convencen de su transformación y desdeñan condescendientes a las otras que defienden su color. Mirando de reojo a Mauro yo estudiaba la diferencia entre su cara de rasgos italianos, la cara del porteño orillero sin mezcla negra ni provinciana, y me acordé de repente de Celina más próxima a los monstruos, mucho más cerca de ellos que Mauro y yo. Creo que Kasidis la había elegido para complacer a la parte achinada de su clientela, los pocos que entonces se animaban a su cabaré. Nunca había estado en lo de Kasidis en tiempos de Celina, pero después bajé una noche (para reconocer el sitio donde ella trabajaba antes que Mauro la sacara) y no vi más que blancas, rubias o morochas pero blancas. 
—Me dan ganas de bailarme un tango —dijo Mauro quejoso. Ya estaba un poco bebido al entrar en la cuarta caña. Yo pensaba en Celina, tan en su casa aquí, justamente aquí donde Mauro no la había traído nunca. Anita Lozano recibía ahora los aplausos cerrados del público al saludar desde el palco, yo la había oído cantar en el Novelty cuando se cotizaba alto, ahora estaba vieja y flaca pero conservaba toda la voz para los tangos. Mejor todavía, porque su estilo era canalla, necesitado de una voz un poco ronca y sucia para esas letras llenas de diatriba. Celina tenía esa voz cuando había bebido, de pronto me di cuenta cómo el Santa Fe era Celina, la presencia casi insoportable de Celina. 
Irse con Mauro había sido un error. Lo aguantó porque lo quería y él la sacaba de la mugre de Kasidis, la promiscuidad y los vasitos de agua azucarada entre los primeros rodillazos y el aliento pesado de los clientes contra su cara, pero si no hubiera tenido que trabajar en las milongas a Celina le hubiera gustado quedarse. Se le veía en las caderas y en la boca, estaba armada para el tango, nacida de arriba abajo para la farra. Por eso era necesario que Mauro la llevara a los bailes, yo la había visto transfigurarse al entrar, con las primeras bocanadas de aire caliente y fuelles. A esta hora, metido sin vuelta en el Santa Fe, medí la grandeza de Celina, su coraje de pagarle a Mauro con unos años de cocina y mate dulce en el patio. Había renunciado a su cielo de milonga, a su caliente vocación de anís y valses criollos. Como condenándose a sabiendas, por Mauro y la vida de Mauro, forzando apenas su mundo para que él la sacara a veces a una fiesta. 
Ya Mauro andaba prendido con una negrita más alta que las otras, de talle fino como pocas y nada fea. Me hizo reír su instintiva pero a la vez meditada selección, la sirvientita era la menos igual a los monstruos; entonces me volvió la idea de que Celina había sido en cierto modo un monstruo como ellos, sólo que afuera y de día no se notaba como aquí. Me pregunté si Mauro lo habría advertido, temí un poco su reproche por traerlo a un sitio donde el recuerdo crecía de cada cosa como pelos en un brazo. Esta vez no hubo aplausos, y él se acercó con la muchacha que parecía súbitamente entontecida y como boqueando fuera de su tango. 
—Le presento a un amigo. 
Nos dijimos los «encantados» porteños y ahí nomás le dimos de beber. Me alegraba verlo a Mauro entrando en la noche y hasta cambié unas frases con la mujer que se llamaba Emma, un nombre que no les va bien a las flacas. Mauro parecía bastante embalado y hablaba de orquestas con la frase breve y sentenciosa que le admiro. Emma se iba en nombres de cantores, en recuerdos de Villa Crespo y El Talar. Para entonces Anita Lozano anunció un tango viejo y hubo gritos y aplausos entre los monstruos, los tapes sobre todo que la favorecían sin distingos. Mauro no estaba tan curado como para olvidarse del todo, cuando la orquesta se abrió paso con un culebreo de los bandoneones me miró de golpe, tenso y rígido, como acordándose. Yo me vi también en Racing, Mauro y Celina prendidos fuerte en ese tango que ella canturreó después toda la noche y en el taxi de vuelta. 
—¿Lo bailamos? —dijo Emma, tragando su granadina con ruido. 
Mauro ni la miraba. Me parece que fue en ese momento que los dos nos alcanzamos en lo más hondo. Ahora (ahora que escribo) no veo otra imagen que una de mis veinte años en Sportivo Barracas, tirarme a la pileta y encontrar otro nadador en el fondo, tocar el fondo a la vez y entrevemos en el agua verde y acre. Mauro echó atrás la silla y se sostuvo con un codo en la mesa. Miraba igual que yo la pista, y Emma quedó perdida y humillada entre los dos, pero lo disimulaba comiendo papas fritas. Ahora Anita se ponía a cantar quebrado, las parejas bailaban casi sin salir de su sitio y se veía que escuchaban la letra con deseo y desdicha y todo el negado placer de la farra. Las caras buscaban el palco y aun girando se las veía seguir a Anita inclinada y confidente en el micrófono. Algunos movían la boca repitiendo las palabras, otros sonreían estúpidamente como desde atrás de sí mismos, y cuando ella cerró su tanto, tanto como fuiste mío, y hoy te busco y no te encuentro, a la entrada en tutti de los fuelles respondió la renovada violencia del baile, las corridas laterales y los ochos entreverados en el medio de la pista. Muchos sudaban, una china que me hubiera llegado raspando al segundo botón del saco pasó contra la mesa y le vi el agua saliéndole de la raíz del pelo y corriendo por la nuca donde la grasa le hacía una canaleta más blanca. Había humo entrando del salón contiguo donde comían parrilladas y bailaban rancheras, el asado y los cigarrillos ponían una nube baja que deformaba las caras y las pinturas baratas de la pared de enfrente. Creo que yo ayudaba desde adentro con mis cuatro cañas, y Mauro se tenía el mentón con el revés de la mano, mirando fijo hacia adelante. No nos llamó la atención que el tango siguiera y siguiera allá arriba, una o dos veces vi a Mauro echar una ojeada al palco donde Anita hacía como que manejaba una batuta, pero después volvió a clavar los ojos en las parejas. No sé cómo decirlo, me parece que yo seguía su mirada y a la vez le mostraba el camino; sin vernos sabíamos (a mí me parece que Mauro sabía) la coincidencia de ese mirar, caíamos sobre las mismas parejas, los mismos pelos y pantalones. Yo oí que Emma decía algo, una excusa, y el espacio de mesa entre Mauro y yo quedó más claro, aunque no nos mirábamos. Sobre la pista parecía haber descendido un momento de inmensa felicidad, respiré hondo como asociándome y creo haber oído que Mauro hizo lo mismo. El humo era tan espeso que las caras se borroneaban más allá del centro de la pista, de modo que la zona de las sillas para las que planchaban no se veía entre los cuerpos interpuestos y la neblina. Tanto como fuiste mío, curiosa la crepitación que le daba el parlante a la voz de Anita, otra vez los bailarines se inmovilizaban (siempre moviéndose) y Celina que estaba sobre la derecha, saliendo del humo y girando obediente a la presión de su compañero, quedó un momento de perfil a mí, después de espaldas, el otro perfil, y alzó la cara para oír la música. Yo digo: Celina; pero entonces fue más bien saber sin comprender, Celina ahí sin estar, claro, cómo comprender eso en el momento. La mesa tembló de golpe, yo sabía que era el brazo de Mauro que temblaba, o el mío, pero no teníamos miedo, eso estaba más cerca del espanto y la alegría y el estómago. En realidad era estúpido, un sentimiento de cosa aparte que no nos dejaba salir, recobrarnos. Celina seguía siempre ahí, sin vernos, bebiendo el tango con toda la cara que una luz amarilla de humo desdecía y alteraba. Cualquiera de las negras podría haberse parecido más a Celina que ella en ese momento, la felicidad la transformaba de un modo atroz, yo no hubiese podido tolerar a Celina como la veía en ese momento y ese tango. Me quedó inteligencia para medir la devastación de su felicidad, su cara arrobada y estúpida en el paraíso al fin logrado; así pudo ser ella en lo de Kasidis de no existir el trabajo y los clientes. Nada la ataba ahora en su cielo sólo de ella, se daba con toda la piel a la dicha y entraba otra vez en el orden donde Mauro no podía seguirla. Era su duro cielo conquistado, su tango vuelto a tocar para ella sola y sus iguales, hasta el aplauso de vidrios rotos que cerró el refrán de Anita, Celina de espaldas, Celina de perfil, otras parejas contra ella y el humo. 
No quise mirar a Mauro, ahora yo me rehacía y mi notorio cinismo apilaba comportamientos a todo vapor. Todo dependía de cómo entrara él en la cosa, de manera que me quedé como estaba, estudiando la pista que se vaciaba poco a poco. 
—¿Vos te fijaste? —dijo Mauro. 
—Sí. 
—¿Vos te fijaste cómo se parecía? 
No le contesté, el alivio pesaba más que la lástima. Estaba de este lado, el pobre estaba de este lado y no alcanzaba ya a creer lo que habíamos sabido juntos. Lo vi levantarse y caminar por la pista con paso de borracho, buscando a la mujer que se parecía a Celina. Yo me estuve quieto, fumándome un rubio sin apuro, mirándolo ir y venir sabiendo que perdía su tiempo, que volvería agobiado y sediento sin haber encontrado las puertas del cielo entre ese humo y esa gente.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Madrid

Me dices que solo bebes Fernet. Nos van echando de todos los sitios. Anda que encontrar un lugar abierto y que sirvan Fernet en pleno Madrid. ¿Por qué no pedir mate cocido ya que estamos?

Presenciamos un duelo de cubanos bailando como posesos en La Fontana de Oro. Momento mágico. Salimos junto al negrón que venció y nos dice que aquí tenemos un amigo para siempre. Es imposible que un blanco pueda igualar lo que vimos, ni en broma.

Hay cosas que solo se viven de noche. Como la madrugada en Siwa en que toqué y canté para ti.

La noche es apacible e invita a las confidencias. Esta ciudad de aluvión, tan mía.

Recorremos las calles de Madrid y pienso en los jóvenes que dieron su vida por la República. Desfilaban por la Gran Vía camino del frente. Muchos quedaron para siempre allí.

Argüelles era frontera. Se combatía en la Ciudad Universitaria, en la Casa de Campo, en el Puente de los Franceses...

Caían las bombas en la Puerta del Sol o en el entonces flamante edificio de Telefónica.

Madrid tiene una forma de festejar la vida que solo puede darse en quien ha contemplado la muerte cara a cara. Muchas veces. Quien no conozca las noches de Madrid se pierde algo único, irrepetible.

Regresamos a casa después de conversar toda la noche, tu mano en la mía. 

Sí, así es. Sobrevivimos al amor.

Como a otras cosas.

jueves, 13 de agosto de 2020

José María Otero

Hoy es el cumpleaños de José María Otero, un gran amigo y una gran persona. Periodista de raza, escritor, bailarín fino y elegante. Gran conversador. De la gente que uno no se cansa de escuchar y de leer.

No me duelen prendas en decir que es de las mejores personas que he conocido en el mundo del tango. Por muchos cuerpos de ventaja. Generoso, brillante, educado... José María parece sacado de un libro de caballeros andantes. Todo en él es luz y desfazer entuertos.

Afirmo que José María Otero es memoria viva de lo mejor que ha dado nuestro país. Si el tango fue grande algún día, si reinó en los corazones del pueblo, fue gracias a personas con ese talante, con esa forma de estar en el mundo. La luz engendra más luz.

José María es fervor de Buenos Aires.

Un tipo realmente macanudo! Un abrazo enorme y los mejores deseos para vos, queridísimo. Muchas felicidades.

En su magnífico blog, Tangos al bardo, encontraréis verdaderos tesoros sobre la estética, la historia y la esencia del tango. Contado todo desde el punto de vista de un protagonista más, alguien que vivió y respiró los años de oro de la música más internacional que ha dado la Reina del Plata. Tango y celebración de la vida en primera persona.

http://tangosalbardo.blogspot.com/

miércoles, 22 de julio de 2020

La gran diagonal

Releo fragmentos de mi novela que saldrá este verano —tranquilos, hay ejemplares para todos, no empujen que hay niños— y yo mismo me asusto. ¿Estuve allí? ¿lo soñé? ¿de verdad la vida puede llegar a ser así...?

Del autor de "A Noé le vas a hablar de lluvia" llega ahora... LA GRAN DIAGONAL, by Martin Rasskin.

"...una de ellas, la más cruel, la mejor amante, la más implacable, un reloj suizo de precisión con piernas kilométricas de bailarina rusa, llegó a mofarse de mi interés hacia su persona... ¿cómo se te ocurre mendigar amor en una milonga? Se reía a carcajadas en mi cara. Esa imagen es impagable: mendigo de amor...

Exigía que me comportara como un malevo sin entrañas, sin una pizca de compasión, sin el más mínimo interés por su alma. A la manera de los hombres con hielo negro en el corazón. Dejando un tendal de cadáveres.

Procedía de Europa del este, de la tierra de las guerras infinitas. Había visto cosas terribles, las había sufrido en carne propia. Yo quería lamer sus heridas, pero estaban por dentro, de una profundidad insondable. Solo pretendía sentirse deseada, no amada.

El espejo comenzaba a empañar su rostro de marfil. Surcos, marcas de sangre. El vino turbio de los años. Su cuerpo, sin embargo, había hecho un pacto con el diablo. Hija de dos campeones olímpicos con los que no se hablaba desde hacía mucho tiempo, parecía un experimento genético de los nazis. Era letal, te clavaba un frío kriss malayo en el hoyo de las agujas mientras alcanzábamos el clímax al unísono. Competía conmigo. No podía dejar de competir. Era decididamente masculina en su femineidad.

Por suerte todo aquello acabó y estoy vivo para contarlo... et pourtant... daría cualquier cosa por haberte soñado y que no estuvieras a dos horas de avión. La amante perfecta. Tan lejos del amor como de Dios. Pégame, muérdeme, átame, fóllame, márchate. No se te ocurra mirarme a los ojos. Los ojos no mienten..."

Charlize Theron ya está contratada para encarnar el papel de la bailarina del este. Me llamó ella. No voy a dar más datos.

jueves, 16 de julio de 2020

La jeña del márquetin

Holaaaaaaaaa Martín!!! Te contacto por Facebook. Vos no me conocés. Mi nombre es Noemí Graciela Gándara de Fassuletti. Qué hermoso cantás!!! Me fascina tu voz. Lo digo desde el corazón y el alma. Te oí cantar el jueves pasado en el Café Berlín. La rompés. Naciste para cantar tango. Precisamente... Martín. Yo soy cantante profesional y doy clases de canto. Hice coros con León Gieco y una vez actué en Canal 9 en horario matinal. Quería saber si estabas interesado en tomar clases de canto en mi estudio (virtual, por Zoom, no sé si sabés lo que es Zoom...). La gente se RECOPA con mis clases! No sabés cómo me quiere la gente!!!! Un abrazo, Martín. ¡Qué hermoso cantás! Una maravilla.

jueves, 9 de julio de 2020

Pedaleo

"La literatura amable no es ni siquiera literatura", solía decir a sus alumnos universitarios ese genial cascarrabias que era Vladimir Nabokov.

Añado de mi cosecha que el arte ha de tumbarte de un Uppercut directo a la mandíbula o es Kenny G tocando en Mercadona. Las primeras dos páginas, los 16 primeros compases. El primer estribillo de un tango: no tendrás una segunda oportunidad para entrar a matar.

El arte no se elige. Lo esencial se aprende por ósmosis, no está en los libros, no puede enseñarse en un aula. Como el amor, no te deja dormir cuando ella no está y la casa entera se transforma en un pasillo de hospital, un pájaro sin luz.

Para ser artista hay que experimentar el vértigo de estar vivo todos los días. Si te quedas conmigo te doy mi sangre. Si te vas, me mato.

Ser abuelo ya. Contemplar a los nietos en una foto. Los nietos se han ido al otro lado del mar. No volverás a verlos nunca. En la foto aún son niños y montan en bicicleta entre sonrisas mucho más luminosas que un sol.

Estrechas la foto contra tu pecho. Cierras los ojos dulcemente. Cierras los ojos y pedaleas.

miércoles, 3 de junio de 2020

Tal vez será su voz

Tal vez será su voz es uno de los tangos que más me gustan. Un hombre pierde definitivamente a su amor y cree volver a encontrarlo entre las sombras de los tangos, en el humo de las milongas. Julio Cortázar escribió un maravilloso cuento llamado Las puertas del cielo que tiene una temática similar. Siempre creí que había un nexo entre ambas historias.

No. Las puertas del cielo no alcanzan a entornarse... ella no regresará. Él la busca en cada bailarina, en cada abrazo, pero no volverá a oír su voz. Tendrá que ser nomás mi propio corazón.

Con letra del inmortal Homero Manzi y música de Lucio Demare, Tal vez será su voz para todos ustedes en este fantástico arreglo de Raúl Chiocchio a la guitarra -un músico realmente fino- y yo mismo cantando. Ambos desde nuestros respectivos confinamientos. La magia del tango nos hace soñar. Con cariño inmenso y fervor de Buenos Aires.

jueves, 30 de enero de 2020

Capítulo 3

Invierno de 2020. Continúo navegando. Escribiendo esta novela que me está matando lentamente, a fuerza de soledad y de remover cada piedra, cada sendero olvidado y vuelto a recuperar. Va por Lisboa. Por el camino que o 28 -el tranvía amarillo que me llevaba de vuelta a casa- hace todos los días hasta Prazeres. Una casa que ya solo existe en el recuerdo. Va por ustedes...

[...] Nos dedicamos a amarnos un día sí y otro también. El resto de las cuestiones quedaron pospuestas hasta nuevo aviso. Incluso el tango, que nos unió en medio de esta densa niebla, pasó a segundo plano. Vivíamos para nosotros y Madrid, ya se sabe, es la mejor ciudad del mundo para amar. París es un decorado, Londres rezuma rencor, mi viejo rencor, pero Madrid es real. Fue entonces cuando decidimos partir hacia Lisboa, porque es Madrid con mar océana.

Nada de avión. Hicimos el trayecto en el Lusitania. Los que se aman viajan en tren: la rapidez es enemiga de la ternura y para amar hay que estar. Estar presente en todo momento, mirarse a los ojos, descubrir otros colores, otras líneas de costa.

Una tarde sin reloj, un silencio compartido, unos pasos de baile en la cocina de casa. Vos y yo, mano a mano los dos.

La llegada a Santa Apolónia nos sorprendió abrazados. Es extraño entrar en Lisboa por otro sitio que no sea el puente, con esos Tramex cantarines, esa promesa de vida en el corazón. Porque en Lisboa todo puede ser, todo puede empezar otra vez. Empecemos de cero, amor, las veces que haga falta hasta encontrarle la vuelta. Construyamos castillos con cimientos bien sólidos esculpidos en el aire, subamos las escaleras hacia atrás en plena medianoche, desayunemos a deshoras.

Fuimos a visitar directamente a Dona Lina, en la Calçada do Marquês de Tancos. Salió ella en persona a recibirnos y nos abrazó a los dos. Dona Lina tenía fado en las venas. Sus abrazos sabían a despedida en el puerto y por eso duraban para siempre. Eran abrazos de no te vayas, no te vayas nunca porque no podré seguir, no sabría cómo ni por dónde empezar. Y eran los mejores abrazos del mundo, abrazos de Praia de Angola. Un café que alguien dejó pagado en alguna esquina de la Praça do Rossío, en el mostrador de una taberna mal iluminada. Uma bica bem quentinha para los que vendrán, los que estrenarán el amor como si fuera la primera vez que alguien ama sobre esta tierra que rueda incesante, estruendosa e inconmovible. Que navega con sus vivos y sus muertos. Esperándonos. [...]

domingo, 7 de julio de 2019

Dos puntas tiene el camino

De los escritores de mi tierra natal, si tengo que quedarme con uno solo, opto por Roberto Arlt. Sus escritos tienen el pulso, el fervor de la calle y, a mi modo de ver, respiran tango por los cuatro costados. Como alguien dijo, el tango es la única actividad creativa en la que la Argentina no necesita pedirle opinión a Europa. Es una expresión nuestra, como la bulería en Jerez de la Frontera o Granada.

Un crisol de música negra, española, klezmer, italiana, francesa...
Algo que la cuenca del Plata (que obviamente incluye a la república hermana del Uruguay) regaló al mundo. Y el mundo lo hizo suyo.

A diferencia de Ricardo Güiraldes, otro prócer de las letras argentinas, Arlt se hizo a sí mismo. No contaba con un apellido importante, ni campos, ni esclavos. Nada de nada. Contaba con su talento y "la prepotencia del trabajo".

Ambos conocieron los años gloriosos del tango. Pero de distinta manera. Güiraldes, que se educó al cuidado de institutrices bilingües y hablaba francés sin acento, lo disfrutó en París, en los años locos antes de que todo estallara en pedazos. Los niños bien argentinos, "la haute", amaban los piringundines concurridos por apaches. Les divertía alternar con gente de abajo en la extraña y desinhibida ceremonia del tango. Hasta por ahí nomás, después cada uno a sus quehaceres. Vos a remar con los presos, yo a tomar el aperitivo en el Jockey Club.

Arlt sufrió el tango. Lo masticó, lo llevó en el bolsillo, lo padeció una y otra vez. Porque en cuestiones del alma o de amores el tango es nunca aprendo. Se trata de tropezar mil veces con la misma piedra. Con otra, no. Con la misma.

Dos formas de estar en el mundo. Encuentros a través del tango, el alma del pueblo. Esas dos puntas: los hijos de las mil familias que dominan mi continente desde los tiempos de la colonia -fiesta de la independencia, me río de Janeiro- y los míos, mi gente.

Para hacer arte de verdad, hay que embrutecerse. Los surrealistas bien lo sabían. Ese escritor argentino de vida breve y azarosa, de nombre que se apelotona en la lengua, es puro tango. Rufianes melancólicos, juguetes rabiosos, minas que nos engañarán a la primera de cambio, hileras de focos que lustran el asfalto con luz mortecina.

El tango como seguro de muerte, de una noche a cuchillo en los bosques de Palermo. Solo, sin vos. De morir en Buenos Aires con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo.

¡Arlt, más Arlt!