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viernes, 9 de septiembre de 2022

Cartas de Ultramar VII - Almirante Reis

Recuerdo el café de Almirante Reis, esa parte oscura de Lisboa. Por las tardes íbamos a leer juntos. Nos sentábamos frente a frente y desplegábamos nuestros libros con delicada caligrafía oriental. Um galão. Uma xícara de chá preto

Había un camarero que nos tenía un cariño especial: hay que cuidar a esa pareja de enamorados tan jóvenes que devora libros y toma apuntes en libretas azules. Febrilmente. 

Se acercaba cada tanto y nos preguntaba con inusitada amabilidad si necesitábamos algo. Esa cortesía portuguesa hecha de silencios, de respeto.

Tú te hacías fuerte en las Odas elementales de Neruda y yo degustaba por segunda vez Los tres impostores de Arthur Machen. Recuerdo la sensación de quedarme varado con el protagonista en busca del Tiberio de oro, a diez kilómetros de Londres, regresando a la ciudad de madrugada. Las tres, la hora en que todos los fantasmas nos vienen a buscar. La hora en que los naufragios duelen más si cabe, perdida el ancla de un cuerpo aún joven. Demasiado lejos del puerto incierto de la medianoche, a siglos de distancia del amanecer. Una hora en que hasta Dios duerme y nada ni nadie podrá salvarte de la angustia de estar vivo.

Cierro los ojos y veo el resplandor de la ciudad. Lo veo ahora mismo. Nunca iríamos a Londres ni a Buenos Aires.

Vos, Isabel, mi querida novia, mi musa, estabas bella hasta el daño. No podía dejar de mirarte cada tanto. Y nuestro común amigo me tiraba guiños cómplices. "Um belo casal..." dijo con una media sonrisa. Um belo casal. Sí, eso éramos. Mirando la vida de frente.

Entonces no sabíamos nada de arenas ni de tiempo. Juntos, teníamos toda la vida por delante. Todo el mar.



martes, 30 de agosto de 2022

Cartas de Ultramar III - Suite Iberia

Como de costumbre, llegué tarde a Barajas. Perdí el primer vuelo. Iba con más gente pero me entretuve. Sólo quedaban dos plazas en la última fila. Había un hombre joven trajeado en el lado del pasillo. Me senté junto a la ventana. Te vi llegar cuando cerraban las puertas. Despegamos.

En pleno vuelo te pusiste a leer Gli amori difficili. Estaba acabando septiembre. El avión pegaba saltos como si fuera a aterrizar en Guatemala. Observé de reojo el perfil de tu nariz. Perfecta. A la altura del Ebro te pregunté algo sobre el libro. Ah, no... te pregunté si eras italiana. No recuerdo la respuesta exacta, pero respondiste en italiano, así que las primeras frases entre nosotros sonaron a música, a pinos de Roma, a mercado en la calle. Seguí el juego y te respondí en mi italiano porteño. Luego resultó que eras de Aranda y que acababas de cerrar un historia con un novio napolitano. Algo similar a El talento de Mister Ripley. Aunque pensándolo bien... quizá pensabas en volver con él. De ahí tu obsesión por leerlo todo y no perder palabra. Mucho más tarde me enseñaste fotos suyas. De ambos. No se puede andar fogoneando los celos con un escorpio, ragazzina. Es material inflamable.

Hablamos de Lisboa, de ciudades blancas, de sueños. De marineros suizos que se pierden en la Alfama. De poetas de abril. En su aproximación a El Prat, el avión dio una vuelta más amplia de lo habitual, entró en el mar en dirección Cerdeña y pensamos que algo no andaba bien. Así que decidimos hablar y hablar. Diez minutos, diez, veinte, treinta años.

Dios es ese ser invisible del que uno se acuerda cuando va a morir.

Finalmente, tras muchas cabriolas, aterrizamos. Nos dispersamos. Volví a verte en un pasillo hablando con varios hombres con pinta de ingenieros. Me acerqué como un miura interrumpiendo la conversación y, sin pensármelo dos veces, te pedí el teléfono. Para mi sorpresa, me lo diste. Sólo en otra ocasión una azafata me dio su número en una situación similar, pero entonces estaba en edad de merecer. Además, aquella mujer estaba como un cencerro. Ya se sabe, las radiaciones... Volvimos a vernos en la cola del taxi.

Ci vediamo dopo! Uno de mis acompañantes había jugado al fútbol en Brescia y me miró con cara de pillo. Brigante...! Pensó que las reuniones me traerían al fresco. Acertó.

Te escribo un mensaje desde el Paseo de Colón. Me contestas al toque. También yo te buscaba en medio de esta niebla (risas). Pasamos el día así. Por la tarde íbamos a tomar unos vinos en la Barceloneta, pero tú no pudiste al final. Nos despedimos. Fue un placer conocerte en el cielo.

Llego al aeropuerto, último avión del día. Faltan cinco minutos para el embarque y te veo entrar en la terminal, corriendo atropelladamente. Atravieso el control en dirección opuesta y voy a buscarte. Llegamos por los pelos. ¿Qué tal te ha ido? Fui a ver las obras del AVE en moto. Fui traductor en otra vida. Nos sentamos en la mitad de un avión vacío. Para ser eternamente joven hay que aguantar la respiración y balancearse al mismo tiempo. Todo el mundo lo sabe...

Hacemos planes para aprender a pilotar aviones juntos. Quién soy yo para cuestionar al destino. Nos reímos sin parar. Aterrizamos. Te acompaño al aparcamiento. Tu coche es rojo y el mío, azul. Todo al revés. Me haces una cobra de las más sincronizadas que he visto. Nos reímos más.

Regresamos a nuestras vidas. A la realidad. Breve encuentro.

Regresamos a Lisboa.

Naturalmente.



lunes, 11 de abril de 2022

El Tajo siempre estará ahí

Desde Cais do Sodré parte un barco que cruza el Tajo y une Lisboa con Almada, la Lisboa obrera de la que proceden todos los hombres y mujeres que hacen que la ciudad de los turistas funcione. Los seres invisibles que limpian, fijan y dan esplendor.

Al amor de mi vida lo conocí en ese barco, que se llama cacilheiro. Ambos estábamos en pareja, ella y yo. 

Un día gris de octubre lisboeta tomamos el mismo cacilheiro para ir a Almada. El barco estaba repleto y nuestros ojos se cruzaron por un instante. Fue un relámpago, un golpe seco y fulminante como del rayo que no cesa. Así debió haber comenzado la vida sobre esta tierra oscura.

No pudimos dejar de sostener la mirada durante todo el trayecto. Nos dijimos todas las cosas que un hombre y una mujer pueden decirse en vida. Con los ojos. Solo con los ojos.

Tuvimos hijos, nos amamos, nos odiamos, nos perdonamos. Empezamos de cero cuantas veces hizo falta y alguna más.

Cuando el barco llegó a la otra orilla se produjo una avalancha de gente que regresaba a sus casas y debía recoger a los niños, preparar la comida, clasificar botellas, vender pescado.

Nos buscamos como si se nos escapara la vida pero no dimos con nosotros. No volví a verla jamás, pero desde entonces no ha pasado un solo día sin que piense en ella y en lo que habría sido nuestra vida juntos. Siento que ella también me piensa.

Cuando voy a Lisboa procuro no andar cerca de Cais do Sodré, no sea que la vaya a encontrar y no me reconozca por lo que el tiempo y las soledades han hecho conmigo.



sábado, 2 de abril de 2022

Almirante Reis

Recuerdo el café de Almirante Reis, esa parte oscura de Lisboa. Por las tardes íbamos a leer juntos. Nos sentábamos frente a frente y desplegábamos nuestros libros con delicada caligrafía oriental. Um galão. Uma xícara de chá preto. 

Había un camarero que nos tenía un cariño especial: hay que cuidar a esa pareja de enamorados tan jóvenes que devora libros y toma apuntes en libretas azules. Febrilmente. 

Se acercaba cada tanto y nos preguntaba con inusitada amabilidad si necesitábamos algo. Esa cortesía portuguesa hecha de silencios, de respeto.

Tú te hacías fuerte en las Odas elementales de Neruda y yo degustaba por segunda vez Los tres impostores de Arthur Machen. Recuerdo la sensación de quedarme varado con el protagonista en busca del Tiberio de oro, a diez kilómetros de Londres, regresando a la ciudad de madrugada. Las tres, la hora en que todos los fantasmas nos vienen a buscar. La hora en que los naufragios duelen más si cabe, perdida el ancla de un cuerpo aún joven. Demasiado lejos del puerto incierto de la medianoche, a siglos de distancia del amanecer. Una hora en que hasta Dios duerme y nada ni nadie podrá salvarte de la angustia de estar vivo.

Cierro los ojos y veo el resplandor de la ciudad. Lo veo ahora mismo. Nunca iríamos a Londres ni a Buenos Aires juntos.

Vos, Isabel, mi querida novia, mi musa, estabas bella hasta el daño. No podía dejar de mirarte cada tanto. Y nuestro común amigo me tiraba guiños cómplices. "Um belo casal..." dijo con una media sonrisa. Um belo casal. Sí, eso éramos. Mirando la vida de frente.

Entonces no sabíamos nada de arenas ni de tiempo. Juntos, teníamos toda la vida por delante. Todo el mar.





sábado, 8 de agosto de 2020

La gran diagonal

Bueno... encaro el sprint final de mi novela. Estoy amarrado a la silla y no pienso abandonar la casa hasta acabarla. Tengo café y mate para 100 días, así que ya puede llover. También tengo 4 paquetes de harina de maíz y miel para hacer pastelitos. Pa acompañar el mate. Para fastidiarles el día va este pequeño fragmento. ¡Arrepentíos.... el final está cerca! * Boris se acomodó en el sillón de su desvencijado cuarto de estar. Harto de ganarme al ajedrez por enésima vez. Un verdadero maestro de la defensa india de rey. Nada que hacer. Encendió su pipa y me miró fijamente. Un hombre de la vieja escuela. —¿De veras crees que Dios no interviene en la historia? —dijo exhalando una densa nube de humo que olía a mares del sur. Balkan Sobranie... —Lisboa, 1755. Un terremoto brutal. Pero eso no fue todo. Ese mismo día se produjo un tsunami y un incendio que arrasó la ciudad. Lo nunca visto. Algo similar a Sodoma y Gomorra. Durante décadas los intelectuales de la época discutieron sobre la razón última de todo aquello. Era el siglo de las luces... comenzaron a dudar de la existencia de Dios o bien pensaron qué podía haber hecho Portugal para irritarlo tanto. Los esclavos... sí. Aquel vil lupanar. >> Mucho más cerca de nuestra época. La guerra civil libanesa. Nadie pensó que aquello durara más de unas semanas. Nadie que estuviera en sus cabales. Fue la guerra interminable: aún hoy sigue viva y la guerra civil de Siria no es ajena a todo ello. Lo mismo cabe decir de la Primera Guerra Mundial. Comenzó como algo local, algo entre Serbia y el resto del Imperio Austrohúngaro. Nadie creyó ni por un momento que aquello derivaría en una catástrofe universal. Austria-Hungría parecía un imperio sólido como la roca: terminada la guerra se disolvió en cuestión de semanas. Como un terrón de azúcar en un vaso de té. ¿Por qué? ¿Qué habían hecho? >> ¿Crees acaso que la expulsión de los judíos de Tierra Santa fue fruto exclusivo de la casualidad? Episodios como Masadá y luego la diáspora... errantes para siempre. Sin destino. No. No fue casual. Dios estaba allí. El Dios inmisericorde del Antiguo Testamento. El Dios que toma venganza y es capaz de pedir a Abraham el máximo sacrificio, ¡sacrifica a tu propio hijo! Solo el Señor puede decidir cuándo ha llegado el momento del retorno a Sión, no es una cuestión humana. No debe serlo... el hombre no puede intervenir en los planes divinos —dijo con un brillo acerado en los ojos, casi diabólico.

jueves, 30 de enero de 2020

Capítulo 3

Invierno de 2020. Continúo navegando. Escribiendo esta novela que me está matando lentamente, a fuerza de soledad y de remover cada piedra, cada sendero olvidado y vuelto a recuperar. Va por Lisboa. Por el camino que o 28 -el tranvía amarillo que me llevaba de vuelta a casa- hace todos los días hasta Prazeres. Una casa que ya solo existe en el recuerdo. Va por ustedes...

[...] Nos dedicamos a amarnos un día sí y otro también. El resto de las cuestiones quedaron pospuestas hasta nuevo aviso. Incluso el tango, que nos unió en medio de esta densa niebla, pasó a segundo plano. Vivíamos para nosotros y Madrid, ya se sabe, es la mejor ciudad del mundo para amar. París es un decorado, Londres rezuma rencor, mi viejo rencor, pero Madrid es real. Fue entonces cuando decidimos partir hacia Lisboa, porque es Madrid con mar océana.

Nada de avión. Hicimos el trayecto en el Lusitania. Los que se aman viajan en tren: la rapidez es enemiga de la ternura y para amar hay que estar. Estar presente en todo momento, mirarse a los ojos, descubrir otros colores, otras líneas de costa.

Una tarde sin reloj, un silencio compartido, unos pasos de baile en la cocina de casa. Vos y yo, mano a mano los dos.

La llegada a Santa Apolónia nos sorprendió abrazados. Es extraño entrar en Lisboa por otro sitio que no sea el puente, con esos Tramex cantarines, esa promesa de vida en el corazón. Porque en Lisboa todo puede ser, todo puede empezar otra vez. Empecemos de cero, amor, las veces que haga falta hasta encontrarle la vuelta. Construyamos castillos con cimientos bien sólidos esculpidos en el aire, subamos las escaleras hacia atrás en plena medianoche, desayunemos a deshoras.

Fuimos a visitar directamente a Dona Lina, en la Calçada do Marquês de Tancos. Salió ella en persona a recibirnos y nos abrazó a los dos. Dona Lina tenía fado en las venas. Sus abrazos sabían a despedida en el puerto y por eso duraban para siempre. Eran abrazos de no te vayas, no te vayas nunca porque no podré seguir, no sabría cómo ni por dónde empezar. Y eran los mejores abrazos del mundo, abrazos de Praia de Angola. Un café que alguien dejó pagado en alguna esquina de la Praça do Rossío, en el mostrador de una taberna mal iluminada. Uma bica bem quentinha para los que vendrán, los que estrenarán el amor como si fuera la primera vez que alguien ama sobre esta tierra que rueda incesante, estruendosa e inconmovible. Que navega con sus vivos y sus muertos. Esperándonos. [...]

miércoles, 29 de enero de 2020

Noche de enero

Acabo de preparar un bacalao a la portuguesa que marca época. En esta fría noche de enero... Pablo y servidor. Mano a mano. Pensaba hacerle una foto a la cazuela pero es que se ha evaporado! Misteriosamente. Veamos... por qué estaba tan rico? La proporción entre jengibre, pimienta y sal gruesa era perfecta. Y qué decir del pimentón de la Vera. A ver cómo replico yo eso. Las zanahorias eran de primera. Patata gallega. El bacalao entró en el momento justo. Ya... y los garbancitos... ah los garbancitos qué cucos ellos. Puede que fueran las risas que nos echamos en la cocina los dos. El ribera que bebimos. O un tango nuevo y una voz antigua de viento y de sal. Es posible que fuera el recuerdo de tu padre cocinando para ti que te visitará a traición cuando yo ya no esté. Entonces paladearás el sabor de esta noche, cerrarás los ojos y volverás a vivir el día en que aprendiste a andar en bicicleta. O te sentarás sobre mis rodillas en el piano de casa y acariciarás el teclado por primera vez. Tal vez el aceite de oliva de Cáceres que me regaló Iri por mi cumple. Sí. Eso tuvo que ser. Porque Iri está cargada de vida, dos piedras de futura mirada. Mi querida hermanita tiene vida en su interior. Cuántas noches realmente felices vive un ser humano? Mar en calma. Estoy tocando en Lisboa, en la otra orilla, junto al puente. Tirate ao rio. Verano de 1990. Ella y yo. Los hijos que nunca tuvimos. Sí, viejo Paul. Uno cree que es eterno y, sin embargo, cuántas veces más contemplarás la luna llena? Cuántas veces volverás a sentir un vértigo exterminador en el alma porque heriste o fuiste herido de muerte? Veinte, quizá treinta. Puede que incluso algo más. Pero el número de noches felices como esta, haciéndote sonreír, vos que hacés sombra sobre la tierra, ya ha sido medido. Cuidadosa, lentamente. Figura en algún inventario, duerme la siesta en el reloj de mi abuelo. Así como se mata a un hermano. Así como se brinda una mano. Volveremos a Tánger. Proa a altamar, rumbo sur cuarta al suroeste!

martes, 3 de septiembre de 2019

Navego

Afirma Aristóteles que para vivir en soledad hay que ser un animal o un dios. Mmmmm... si me baso en los testimonios de mis amigas, impera cierta confusión sobre mi verdadera naturaleza. ¿La bestia que vino del hielo? ¿el mejor amigo de la milonguera? ¿un osito divino? Qué sabe nadie...

Tengo para mí que la clave está en el deseo. Dejar de desear equivale a dejar de vivir. Decir "ya está, ya hice todo cuanto vine a hacer a este mundo, me jubilaré en este trabajo, no voy a correr ni un solo riesgo, jamás veré un amanecer donde da la vuelta el aire. Me moriré sin saber de lo que era capaz". El engaño de la seguridad. Los años aportan cierto orden en la materia aparentemente ingobernable. No, no es del todo cierto. El fuego de la locura está ahí, acechando. Bendita locura.

La verdadera madurez implicaría la creciente espiritualización de los bienes deseados. Lo material corresponde a almas más pegadas a tierra. Esa es la versión oficial.

Bien es cierto que el asado se hace con las brasas. El fuego lo quema. Me desperté con hambre, un hambre de siglos. Cuando me ocurre -dime tú, Oh Diosa, Menin Zeá Akiles Oulomenen, cuándo no me ocurre- siento cómo me crecen los caninos, por eso es bueno que viva solo, encadenado. Bueno, no siempre... si amanezco junto a una mujer loba (lupus exceptionalis) o una rica heredera transilvana no se violentará, antes al contrario. Pero ¿qué estás diciendo, Martín? ¿No ves que estamos en horario infantil?

Ay, solita por la calle yo te vi... Qué desayuno me voy a pegar. Ole yo mismo. Hambre de vida.

La novela que estoy escribiendo -con qué intensidad la amo y cómo la odio- se ha convertido en mi amante más salvaje, más insaciable. Tierna e irascible a partes iguales. A veces siento que ella me escribe a mí. Se queda dulcemente dormida mientras leo en voz alta. Parece una niña. Y la parca.

Julio y agosto encerrado en una habitación. ¿Vacaciones? Bromea o qué... Tres de septiembre. Las mujeres reales se han desvanecido, han saltado al papel. Me gusta verlas deambular entre líneas, saltando de un capítulo a otro.

He abandonado la línea de costa, estoy en medio del océano. Ya no se alcanza a ver Lisboa. Tu rostro empieza a desdibujarse. Como la Sé, la Praça das Flores, la Rua das Pedras Negras, Saudade, tu boca. No hay nadie más en cubierta, estoy solo. Ni rastro del puerto de destino. Bailo todas las tardes con la muerte.

Me duelen los ojos de tanto otear el horizonte. Bitácoras.

jueves, 16 de marzo de 2017

viernes, 30 de marzo de 2012

El viejo catedrático

Un poema de Wislawa Szymborska, en homenaje a Antonio Tabucchi. El tiempo y el poso amargo de la sabiduria. Los trabajos y los días. Amores que se quedaron en el camino. Gente luminosa.

Le pregunté sobre aquellos tiempos
en que éramos tan jóvenes,
ingenuos, entusiastas, tontos, inexpertos.
Algo de eso ha quedado, excepto la juventud
-respondió.
Le pregunté si todavía sabe a ciencia cierta
lo que es bueno y lo que es malo para el hombre.
La más mortífera ilusión posible
-respondió.
Le pregunté por el futuro,
si lo sigue viendo claro.
He leído demasiados libros de historia
-respondió.
Le pregunté por la fotografía,
esa en el marco, sobre el escritorio.
Fueron, pasaron. Mi hermano, mi primo, mi cuñada,
mi esposa, mi hijita sobre las rodillas de mi esposa,
el gato en los brazos de mi hijita,
y un cerezo en flor, y sobre el cerezo
un pájaro volador no identificado
-respondió.
Le pregunté si es a veces feliz.
Trabajo
-respondió.
Le pregunté por los amigos, si todavía tiene.
Algunos de mis antiguos ayudantes,
que también tienen antiguos ayudantes,
la señora Luzmila, que gobierna mi casa,
alguien muy cercano, pero en el extranjero,
dos señoras de la biblioteca, las dos sonrientes,
el pequeño Gregorio de enfrente y Marco Aurelio
-respondió.
Le pregunté por la salud y por su estado de ánimo.
Me prohíben el café, el vodka, los cigarros,
cargar recuerdos y objetos pesados.
Tengo que fingir que no lo oigo
-respondió.
Le pregunté por el jardín y el banco en el jardín.
Cuando la noche es serena observo el cielo.
No deja de asombrarme cuántos puntos de vista hay ahí
-respondió.

domingo, 25 de marzo de 2012

O cabeleireiro dorme

sábado, 6 de agosto de 2011

Voy a darle de beber al dolor

lunes, 13 de junio de 2011

Amanece

Segunda-feira. Tras Santo António amanece lentamente. Aún se oyen a lo lejos los gritos de los borrachos de vuelta a casa. La ciudad dejó de oler a sardinhas asadas. Las ruas se vistieron de fiesta. La pesca de este año trajo sardinas pequeñas, así que el que se comió un gran sardinón no pão, ya sabe.

Hay edades para todo. Los tumultos nunca han sido santo de mi devoción, ahora menos. Mi perro está ciego. Juntos recorrimos soledades inmensas. Los dos.

Junio, casi verano. 7:38 de la mañana. El cielo se ha puesto gris, pero en la costa las nubes viajan rápido. Adónde irán. Hace frío en Lisboa. Suenan las sirenas de los cacilheiros, que nacieron para estar atados al Tejo, amando el río hasta hacerse sangre. Nunca pondrán proa a alta mar.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Lobo Antúnes

Laurinha, amore, no te di las gracias como se merecen por el fantástico regalo de "La muerte de Carlos Gardel" autografiado por el incomparable António Lobo Antúnes. Muito obrigado, un presente magnífico.

Por cierto, habla sin falta con Riccardo. Al parecer, Roma va a ser destruida hoy mismo, 11 de mayo. Lo predijo un Nostradamus de la era mussoliniana.

Amo-te! E tenho saudades tuas.

Pero si acabas de marchar...!-

Cáscaras, deja de ser tan castellana, ¡voto a Don Sancho! ¡Abrid la poterna! ¡Santiago y cierra España! Polvo, sudor y hierro.

Llevo todo el viaje intentando recordar dónde metí las llaves del cinturón de castidad... Obviamente, tú no las has visto. Bueno, cualquier cosa, a mi regreso vamos a visitar al herrero de la Villa y Corte, que pertenece a la Orden de Calatrava.

No te habrás quedado falando con el angolano de la sonrisa de oro en el aeropuerto. Que si fixe por aquí, fixe por acullá...

En fin. Meninas...

lunes, 21 de marzo de 2011

Geração à Rasca

Mi querido amigo Álvaro Fonseca me envía desde Lisboa -a cidade mais bonita do mundo- este texto de Mía Couto (aunque se dice que la autoría corresponde a una bloguera). En cualquier caso, lo que dice es interesante. Lo publico tal cual, en nuestra lengua hermana, que suena a música, a cena con amigos en el Patio 13, a fado de Amália.

Geração à Rasca - A Nossa Culpa - MIA COUTO


Um dia, isto tinha de acontecer.
Existe uma geração à rasca?
Existe mais do que uma! Certamente!
Está à rasca a geração dos pais que educaram os seus meninos numa
abastança caprichosa, protegendo-os de dificuldades e escondendo-lhes
as agruras da vida.
Está à rasca a geração dos filhos que nunca foram ensinados a lidar
com frustrações.
A ironia de tudo isto é que os jovens que agora se dizem (e também
estão) à rasca são os que mais tiveram tudo.
Nunca nenhuma geração foi, como esta, tão privilegiada na sua infância
e na sua adolescência. E nunca a sociedade exigiu tão pouco aos seus
jovens como lhes tem sido exigido nos últimos anos.

Deslumbradas com a melhoria significativa das condições de vida, a
minha geração e as seguintes (actualmente entre os 30 e os 50 anos)
vingaram-se das dificuldades em que foram criadas, no antes ou no pós
1974, e quiseram dar aos seus filhos o melhor.
Ansiosos por sublimar as suas próprias frustrações, os pais investiram
nos seus descendentes: proporcionaram-lhes os estudos que fazem deles
a geração mais qualificada de sempre (já lá vamos...), mas também lhes
deram uma vida desafogada, mimos e mordomias, entradas nos locais de
diversão, cartas de condução e 1º automóvel, depósitos de combustível
cheios, dinheiro no bolso para que nada lhes faltasse. Mesmo quando as
expectativas de primeiro emprego saíram goradas, a família continuou
presente, a garantir aos filhos cama, mesa e roupa lavada.
Durante anos, acreditaram estes pais e estas mães estar a fazer o
melhor; o dinheiro ia chegando para comprar (quase) tudo, quantas
vezes em substituição de princípios e de uma educação para a qual não
havia tempo, já que ele era todo para o trabalho, garante do ordenado
com que se compra (quase) tudo. E éramos (quase) todos felizes.

Depois, veio a crise, o aumento do custo de vida, o desemprego, ... A
vaquinha emagreceu, feneceu, secou.

Foi então que os pais ficaram à rasca.
Os pais à rasca não vão a um concerto, mas os seus rebentos enchem
Pavilhões Atlânticos e festivais de música e bares e discotecas onde
não se entra à borla nem se consome fiado.
Os pais à rasca deixaram de ir ao restaurante, para poderem continuar
a pagar restaurante aos filhos, num país onde uma festa de
aniversário de adolescente que se preza é no restaurante e vedada a
pais.
São pais que contam os cêntimos para pagar à rasca as contas da água e
da luz e do resto, e que abdicam dos seus pequenos prazeres para que
os filhos não prescindam da internet de banda larga a alta velocidade,
nem dos qualquercoisaphones ou pads, sempre de última geração.

São estes pais mesmo à rasca, que já não aguentam, que começam a ter
de dizer "não". É um "não" que nunca ensinaram os filhos a ouvir, e
que por isso eles não suportam, nem compreendem, porque eles têm
direitos, porque eles têm necessidades, porque eles têm expectativas,
porque lhes disseram que eles são muito bons e eles querem, e querem,
querem o que já ninguém lhes pode dar!

A sociedade colhe assim hoje os frutos do que semeou durante pelo
menos duas décadas.

Eis agora uma geração de pais impotentes e frustrados.
Eis agora uma geração jovem altamente qualificada, que andou muito por
escolas e universidades mas que estudou pouco e que aprendeu e sabe na
proporção do que estudou. Uma geração que colecciona diplomas com que
o país lhes alimenta o ego insuflado, mas que são uma ilusão, pois
correspondem a pouco conhecimento teórico e a duvidosa capacidade
operacional.
Eis uma geração que vai a toda a parte, mas que não sabe estar em
sítio nenhum. Uma geração que tem acesso a informação sem que isso
signifique que é informada; uma geração dotada de trôpegas
competências de leitura e interpretação da realidade em que se insere.
Eis uma geração habituada a comunicar por abreviaturas e frustrada por
não poder abreviar do mesmo modo o caminho para o sucesso. Uma geração
que deseja saltar as etapas da ascensão social à mesma velocidade que
queimou etapas de crescimento. Uma geração que distingue mal a
diferença entre emprego e trabalho, ambicionando mais aquele do que
este, num tempo em que nem um nem outro abundam.
Eis uma geração que, de repente, se apercebeu que não manda no mundo
como mandou nos pais e que agora quer ditar regras à sociedade como as
foi ditando à escola, alarvemente e sem maneiras.
Eis uma geração tão habituada ao muito e ao supérfluo que o pouco não
lhe chega e o acessório se lhe tornou indispensável.
Eis uma geração consumista, insaciável e completamente desorientada.
Eis uma geração preparadinha para ser arrastada, para servir de
montada a quem é exímio na arte de cavalgar demagogicamente sobre o
desespero alheio.

Há talento e cultura e capacidade e competência e solidariedade e
inteligência nesta geração?
Claro que há. Conheço uns bons e valentes punhados de exemplos!
Os jovens que detêm estas capacidades-características não encaixam no
retrato colectivo, pouco se identificam com os seus contemporâneos, e
nem são esses que se queixam assim (embora estejam à rasca, como
todos nós).
Chego a ter a impressão de que, se alguns jovens mais inflamados
pudessem, atirariam ao tapete os seus contemporâneos que trabalham
bem, os que são empreendedores, os que conseguem bons resultados
académicos, porque, que inveja!, que chatice!, são betinhos, cromos
que só estorvam os outros (como se viu no último Prós e Contras) e,
oh, injustiça!, já estão a ser capazes de abarbatar bons ordenados e a
subir na vida.

E nós, os mais velhos, estaremos em vias de ser caçados à entrada dos
nossos locais de trabalho, para deixarmos livres os invejados lugares
a que alguns acham ter direito e que pelos vistos - e a acreditar no
que ultimamente ouvimos de algumas almas - ocupamos injusta, imerecida
e indevidamente?!!!

Novos e velhos, todos estamos à rasca.
Apesar do tom desta minha prosa, o que eu tenho mesmo é pena destes jovens.
Tudo o que atrás escrevi serve apenas para demonstrar a minha firme
convicção de que a culpa não é deles.
A culpa de tudo isto é nossa, que não soubemos formar nem educar, nem
fazer melhor, mas é uma culpa que morre solteira, porque é de todos, e
a sociedade não consegue, não quer, não pode assumi-la.
Curiosamente, não é desta culpa maior que os jovens agora nos acusam.
Haverá mais triste prova do nosso falhanço?
Pode ser que tudo isto não passe de alarmismo, de um exagero meu, de
uma generalização injusta.
Pode ser que nada/ninguém seja assim.

lunes, 3 de enero de 2011

sábado, 1 de enero de 2011

Lisboa en llamas


Um olhar. Nueva década. Lisboa arde desde a nossa janela aberta para o mundo. Mi corazón también.

Va por ustedes...!

domingo, 31 de octubre de 2010

Olas


Plato único, bacalao, patatas y mucha cebolla, contigo pan. Aceite de oliva. Vino recio. Viento en el rostro y lluvia que cae de hostigo contra las ventanas de la casa de Rua da Saudade, que amenaza romper amarras e internarse en el Océano.

Llueve en el Tajo y sentimos la tierra rodar mientras hacemos el amor con maestría de generaciones en el cuarto amarillo. Antes de nosotros, todos los locos del planeta enarbolando grito y risa.

Vendrá más tarde Álvaro Fonseca para llevarnos a ver el mar. Junto a acantilados que reciben todas las afrentas sin pestañear. La poción mágica que cura todas las heridas.

lunes, 21 de junio de 2010

Saramago, caballero de Portugal

"Não é verdade. A jornada não termina nunca. Apenas um passageiro final. E eles também podem sobreviver na memória, na memória, na narrativa ... O objetivo da viagem é apenas o começo de outra viagem".

A los 87 años de edad, José Saramago, el primer escritor en lengua portuguesa en recibir el Premio Nobel de Literatura, ha cruzado la Estigia para visitar a Aquiles y charlar con Odiseo. Aunque Saramago tenía poca fe en la existencia de un mundo de ultratumba.

Con extraordinario mal gusto y nula sensibilidad -el antiguo intelectual Ratzinger está perdiendo facultades al permitir que sus subordinados escriban semejantes cosas- el periódico oficial vaticano publica una nota donde critica al escritor luso y lo descalifica sin más. A un hombre que acaba de morir. La famosa caridad cristiana en horas bajas, al más puro estilo del Santo Oficio. En vez de ocuparse de sus múltiples problemas en casa, la jerarquía eclesiástica opta por lo que históricamente mejor le ha funcionado: descalificar a quien le lleva la contraria, excomulgarlo y, si la época lo permite, juzgarlo y quemarlo, como ocurrió con Giordano Bruno.

En fin, el Vaticano se retrata solo. Por sus actos los conoceréis.

Saramago era escritor. Y era comunista, pero rojo, rojo, rojo. Sí señor, de los de "cautivo y desarmado..." Hoy se comprende mal lo que significa esto. Es normal, ya que vivimos en una época espiritualmente miserable. Preocuparse por los demás está mal visto, es como de hippies y outsiders.

Además, el escritor portugués se ocupaba de la relación con lo divino, recuperando la idea de que Dios es una invención humana. La teodicea, la discusión sobre la esencia del mal, también ocupa un lugar destacado en su obra. Habla de un Dios inmisericorde que elimina a toda la Humanidad a excepción de Noé y los suyos, al tiempo que presenta a un Caín que se enfrenta al Padre Omnipotente y lo interpela sobre sus actos.

En un desierto intelectual en el que la vanguardia del pensamiento se ha cedido a los científicos y a los tecnólogos, donde los debates no se generan en torno a las ideas sino en torno al concepto de utilidad, aplicación y competitividad, Saramago invita a pensar. Eso es mucho.

Una imagen que retrata su espíritu y que me toca especialmente. Sus recuerdos de infancia en Azinhaga, la relación con su abuelo que le hablaba como sólo un abuelo puede hacer. Que cuando sintió que había llegado su hora abrazó los árboles de su huerta uno a uno. Porque no volvería a verlos. Con un abuelo así hay que ser escritor.

He aquí una entrevista con José Saramago a propósito de Caín. Un Dios que se ve acorralado por sus criaturas. Un hijo pródigo que busca desesperadamente ensanchar los límites del mundo. Que intenta comprender.

"Hay quien me niega el derecho de hablar de Dios, porque no creo. Y yo digo que tengo todo el derecho del mundo. Quiero hablar de Dios porque es un problema que afecta a toda la humanidad". José Saramago (Azinhaga, 1922) ha vuelto a escribir de un tema que le inquieta. Lo ha hecho esta vez a través de una figura bíblica con mala prensa. Caín (Alfaguara), última novela del premio Nobel de Literatura de 1998, tiene grandes posibilidades de levantar las iras de algunos sectores católicos. Nada nuevo para el escritor portugués, que en 1991 generó una polémica mayúscula con El Evangelio según Jesucristo. En aquella ocasión, el Gobierno luso se sumó a la campaña contra Saramago, al vetar su nombre como candidato al Premio Literario Europeo. El primer ministro era el conservador Aníbal Cavaco Silva. Hoy es el presidente de la República. El veto indignó al escritor, que decidió autoexiliarse en Lanzarote, donde reside con su esposa, Pilar del Río, desde entonces.

"La izquierda no tiene ideas. Ningún partido ha presentado una sola idea para combatir la crisis".

¿Se puede repetir la historia ahora con Caín? "No. Ya metieron una vez la pata. No repetirán la experiencia, a no ser que quieran caer en el ridículo", dice Saramago, con aparente convicción. La entrevista tiene lugar en su casa lanzaroteña, refugio del escritor, a la que acuden amigos de todos los rincones. Dentro de unas horas tiene prevista la llegada de Mario Vargas Llosa. "El Evangelio... provocó las reacciones más violentas en sectores católicos de Italia. Me llamaron provocador", explica. "En mi opinión, los católicos no tienen motivos para enojarse con Caín, porque no tiene nada que ver con ellos. El libro habla del Antiguo Testamento, y me parece que los católicos no leen la Biblia ni el Antiguo Testamento. Tienen el Nuevo Testamento, que es un texto simpático con parábolas bonitas. Creo que Caín sentará mal a los judíos, porque la Torá es su libro. Me llamarán de nuevo antisemita. No me importa. He escrito el libro que quería y creo que es una buena obra literaria". Una obra que reescribe libremente una historia, la Biblia, que según el autor no ocurrió. Y para ello usa elementos de esta historia, Babel, Jericó, Sodoma y Gomorra, Moisés en el Sinaí. Entonces ¿qué ha escrito? ¿Una fantasía? "Sí, pero en mis fantasías hay mucha lógica, y esto ocurre en muchos de mis libros. Le propongo al lector un punto de partida que puede parecer absurdo. Pero después, el desarrollo es siempre de una lógica impecable". Acaso pretende hacerle la competencia a la Biblia. "De ninguna manera. No pretendo que el lector crea haber visto la luz después de leer el libro. Sólo propongo que piense en sus propias creencias y qué espera de ellas. ¿La vida eterna? ¿La condena al infierno?".

En la controvertida novela del Evangelio, Saramago humanizó la figura de Jesucristo. Algunos lectores de su último libro apuntan que ahora humaniza la figura de Caín. Pone cara de póquer, medita un instante y hace la siguiente reflexión: "Lo que pasa es que Jesús humaniza la figura de Dios. Jesús suavizó y matizó el Dios del Antiguo Testamento. Nunca tuve la conciencia de que estaba humanizando a Caín, pero, claro, es el fratricida, el asesino de su hermano Abel. En castellano hay la palabra cainita, que habla por sí sola. Siempre he pensado que la historia de Caín es una historia que ha sido mal contada en la Biblia. Como la de David y Goliat. Goliat nunca ha podido acercarse a David, David venció porque tenía una honda, que era la pistola de la época".

De dónde viene esa obsesión por escribir de Dios, pregunto, porque el tema de fondo es Dios, aunque ahora sea a través de la figura de Caín. "Puede parecer extraño", dice. "Nunca tuve educación religiosa. Ni en el colegio, ni en casa. No tuve crisis religiosas en la adolescencia ni cuando uno empieza a preguntarse sobre la muerte. Sinceramente, creo que la muerte es la inventora de Dios. Si fuéramos inmortales no tendríamos ningún motivo para inventar un Dios. Para qué. Nunca lo conoceríamos". El ateísmo del autor tiene sus matices. "Ateo es sólo una palabra. En el fondo, estoy empapado de valores cristianos, y es verdad que algunos de estos valores coinciden con valores de humanismo. Los acepto. Ahora bien, todo lo que tiene que ver con la creencia en un Dios superior y eterno, que un día me condenará, me parece una chorrada".

Las páginas de Caín son implacables con Dios. "No", replica. "Soy implacable con la especie humana, que ha inventado el Señor". Bueno, pero el libro dice, entre otras cosas, que Dios no es de fiar, que es capaz de pactar con Satán, que está rematadamente loco. Le trata de rencoroso, maligno, corrupto... Le acusa de despreciar la Justicia. Y así hasta el final, donde afirma que Dios acaba por arrepentirse de haber creado el hombre. "Sí, por eso, según la Biblia, ordenó el diluvio y exterminó a la humanidad, a excepción de Noé y su familia. El libro es una lucha entre el hombre y Dios. Con Caín, que no era precisamente un santo sino todo lo contrario, pero en el fondo más limpio de mente y más transparente".

Mientras escribía, Saramago tropezó con un problema narrativo que parecía no tener solución: el paso de Caín por el tiempo. ¿Qué hacer? "Inventé, no el futuro ni el pasado, sino lo que llamo otro presente. De repente, Caín se encuentra en otro presente, no importa que sea pasado o futuro. Creo que conseguí conservar el humor en un tema tan complicado. El libro es divertido y profundamente serio". No es una ironía premeditada, asegura. Nunca premedita nada. La historia marca el camino de cómo tiene que ser narrada. "Soy una mano obediente que intenta no hacer nada en contra de la lógica y de lo que estoy escribiendo. Que acepta lo que quiere la propia historia. La ironía es una constante en todos mis libros. El humor aparece por primera vez en El viaje del elefante, y se repite en Caín. No fue una decisión consciente, simplemente ocurrió así".

La novela termina con una discusión, cargada de reproches mutuos, en el umbral de la gran puerta del arca de Noé, entre Dios y Caín: "Caín eres el malvado, el infame asesino de su propio hermano. No tan malvado e infame como tú, acuérdate de los niños de Sodoma". Es la eterna discusión entre el hombre y Dios, precisa el escritor. Una discusión sin salida. "Ni él nos entiende a nosotros, ni nosotros le entendemos a él. Son dos entidades que no se han entendido, no se están entendiendo y no se entenderán".

Saramago lo escribió en cuatro meses, la mitad del tiempo invertido en su anterior libro, El viaje del elefante. En ambos casos, reconoce, tenía prisa por escribir, en una carrera contra el tiempo. No podía bajar el ritmo. "Ahora ya puedo darme el lujo de reducir la velocidad. Cumpliré pronto 87 años. La vida es como una vela que va ardiendo, cuando llega al final lanza una llama más fuerte antes de extinguirse. Creo que estoy en el periodo de la última llamarada, antes de la extinción. Lo digo sin dramatismo. Tengo muy claro que no voy a vivir mucho más. Ahora estoy en una fase en la que sí creo que puedo hacer un trabajo y lo puedo hacer bien, quiero hacerlo. Después acabará todo y quedarán mis libros, que pienso seguirán siendo leídos. Espero, si la salud aguanta, terminar la novela que tengo entre manos". No revelará nada del próximo libro. Tan sólo un detalle: ya tiene decidida la última frase. No habrá sorpresas ni cambios sobre la marcha. No suele haberlos en su escritura. "Creo que soy un escritor lógico".

Pilar del Río va y viene por la casa, como siguiendo en la distancia la conversación. Saramago habla con cierta parsimonia, pero no da muestras de cansancio. Pasamos de la literatura a la política, su otra gran pasión. Le gusta hablar de política. Toma carrerilla y no para. Las primeras críticas son para el Partido Socialista (PS), que ha gobernado en Portugal los últimos cuatro años y medio con mayoría absoluta, y que seguirá en el poder después de ganar las elecciones del pasado 27 de septiembre. "El Gobierno socialista ha hecho políticas de derecha y el problema es que no hay ningún palacio de invierno para asaltar. Lo peor de todo, y esta crisis lo ha demostrado, es que la izquierda no tiene ideas. Ningún partido de izquierda, más o menos roja, más o menos rosa, ha presentado una sola idea para combatir la crisis. Y con los sindicatos ha ocurrido lo mismo. Su fuerza está dormida, domesticada. Me parece que Marx nunca ha tenido tanta razón como ahora. Pero eso no es suficiente. Haría falta una reflexión profunda, partiendo de Marx".

Es sabido que el premio Nobel portugués es militante del Partido Comunista desde los años sesenta. Un PC que no tiene parangón en la Unión Europea, de larga tradición estalinista, que sigue llamándose comunista, que conserva la iconografía bolchevique, hoz y martillo, bandera roja, que sigue soñando en épocas pasadas, probablemente más próximas a lo que representaba la antigua Unión Soviética, y que, contra viento y marea, tiene un electorado inquebrantable de medio millón de votos, que representa alrededor del 8%. El escritor admite que "es muy posible" que el PCP viva anclado en el pasado. "Lo que pasa es que tenemos una herencia, de la que no puedo despegarme. Y es posible que esta herencia no tenga mucho que ver con la realidad actual. Pero ¿por qué la realidad actual tiene razón?". Su militancia comunista tiene, probablemente, más de sentimentalismo que de convicción. "Los sentimientos cuentan. No me reconocería en ningún otro partido. Puede que sea mi culpa, y que esté enquistado en ideas del pasado, pero yo también tengo mi propio pasado. Francamente, no sabría convivir en otro partido si mañana dejara el PCP. No me pasa por la cabeza". Entonces ¿por qué sigue en el Partido? "Por respeto a mí mismo. He sido muy crítico con mi partido. Dije en una ocasión que nunca dejaría el partido, con una condición: que el partido no me deje a mí. Dejarme a mí sería un cambio radical de rumbo. No creo que eso ocurra". Tuvo una incursión, fugaz, en la política activa, cuando fue presidente de la asamblea municipal del Ayuntamiento de Lisboa. Duró cuatro meses y acabó enojado hasta con su propio partido. No le quedaron ganas de repetir la experiencia, aunque en alguna ocasión aceptó ir en las listas electorales en lugares no elegibles. "Creo que sería un diputado muy bueno", dice sin cortarse. "Siempre he dicho lo que he querido, y también es cierto que la dirección del partido nunca ha hecho nada para impedírmelo".

Saramago hace tiempo que no sube a su escritorio, en el piso superior de la casa, porque la estrecha escalera entraña un riesgo demasiado alto. El estudio tiene una hermosa vista con el Atlántico al fondo, la mesa de trabajo, anaqueles con los libros más queridos, pinturas, recuerdos. Ahora escribe en la biblioteca construida en un edificio anexo a la casa, que alberga su colección particular, convenientemente catalogada, a la espera de su traslado a la Casa dos Bicos, un edificio emblemático del gótico lisboeta, construido en 1523, que será la sede de la Fundación José Saramago, gracias a la colaboración del Ayuntamiento de la capital. "La fundación es cosa de Pilar", dice el escritor. La compañera inseparable, traductora de sus últimos libros, es el motor del engranaje. "No sólo el motor, también las ruedas". En la recta final de su vida, contempla una vuelta, tal vez parcial, a su querida Lisboa, donde tiene una casa. "Ahora nos vamos a Italia y luego nos quedaremos unas semanas en Lisboa. Allí siento que estoy en casa. Nunca pensé que viviría en una isla en medio del Atlántico, a 100 kilómetros de la costa africana". Todo parece a punto para el regreso.