Recientemente murió Mandela, alguien digno de llamarse ser humano. Nuestro país tuvo sus propios Mandelas. Marcos Ana fue uno de muchos. La crueldad del régimen franquista con los vencidos en la Guerra Civil es un capítulo aparte en la historia de la infamia.
Un caso terrible: Marcos apenas era un niño cuando fue privado de la libertad y salió superados los 40.
Hay que oírlo hablar. Javier Gallego, el faro de Carne Cruda, trae su voz hasta nosotros.
Escarcha de tus dias. Hielo negro.
La voz de Marcos Ana.
Fausto Martín, amigo entrañable, poeta del rock'n'roll y un magnífico pintor, fue quien me envió este documento. Eres grande.
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lunes, 30 de diciembre de 2013
domingo, 31 de julio de 2011
Hoy como ayer
Recorriendo los distintos frentes de guerra para cuidar la llama del valor, Miguel Hernández se había vuelto nómada. Vientos del pueblo me llevan, vientos del pueblo me arrastran.
Miguel no tenía dirección postal conocida y su correspondencia era recibida en casa de Rafael Alberti.
Una noche de alguno de los años de plomo, con Madrid sitiada por las tropas negras, el oriolano fue a recoger las cartas que le escribían desde las cuatro esquinas de la España republicana y desde el extranjero, ya que en la piel de toro se jugaba el destino del mundo.
-Pásate y te tomas algo con nosotros, que esta noche estamos de celebración- le había dicho Rafael.
En un Madrid bombardeado por pilotos nazis, paranoico de quintacolumnistas, oscurecido y fantasmagórico, Miguel llegó al domicilio de Alberti poco antes de la medianoche.
Ocupaba el gaditano un palacete decimonónico en un barrio cercano al Museo del Prado. En cuanto entró, Miguel creyó vivir un sueño. Música y botellas por doquier, mujeres ataviadas con collares de perlas e imitando peinados de la Garbo o Marlene Dietrich en El ángel azul. Una atmósfera de despreocupación burguesa, de olvido, en medio de aquella tragedia.
En el centro del salón de baile, con ecos de Marcha de Radetzky, un gran cartel rezaba: "Homenaje a la mujer republicana". Miguel no podía creer lo que veían sus ojos, harto de contemplar la entrega de las verdaderas mujeres de la República, desde las milicianas hasta aquellas que cosían a destajo, cuidaban heridos y compartían la suerte de los luchadores. Mujeres de brazos fuertes y corazón de acero, que cantan saetas que quiebran como del rayo. Que cambian destinos. Para siempre.
Si me quieres escribir, ¡ya sabes mi paradero!
Aunque me tiren el puente
y también la pasarela
me verás pasar el Ebro
en un barquito de vela.
y mil veces que lo tiren
mil veces lo pasaremos
que para eso nos ayudan
los del puesto de ingenieros.
-¡Miguel! ¡Miguel Hernández! Su pueblo y el mío... ¡A mis brazos, poeta!- dijo Alberti en cuanto vio la mirada aceitunada del alicantino. -¿Qué? ¿Qué te parece la que hemos montado? Es un homenaje a nuestras mujeres, que están haciendo un sacrificio enorme. Toma lo que quieras, Miguelito, que es tu noche, ¡nuestra noche! Nos lo merecemos.
Miguel en silencio. El palacete, los escotados vestidos, la música extranjerizante, las viandas, el champán. Él, que venía directamente de primera línea del frente, con la misma ropa, con heridas que no sanarían nunca.
-¿No me dices nada, Miguel? Ven que te presente gente importante. Te gustará conocerlos...-
-Rafael, no sé a qué coño estáis jugando. Estamos en guerra. Nuestra gente muere como moscas. ¿Sabes lo que comen los soldados en el frente? ¿Burguesitos de izquierdas? ¿Socialistas de colegio de pago? ¿Qué mierda es todo esto? No creo que me interese conocer a ninguno de estos. Aquí lo único que hay es MUCHA PUTA Y MUCHO HIJO DE PUTA.
-¿A que no tienes los cojones de decírselo a mi mujer?-
-¡¡A tu mujer y a tu suegra si es preciso!!- replicó el Perito en Lunas. Y cogiendo un trozo de carbón, escribió este mensaje, de rabiosa actualidad, en los muros de aquel palacete de patéticos aprendices de burgués.
Tristes, tristes guerras si no es amor la empresa.
Miguel no tenía dirección postal conocida y su correspondencia era recibida en casa de Rafael Alberti.
Una noche de alguno de los años de plomo, con Madrid sitiada por las tropas negras, el oriolano fue a recoger las cartas que le escribían desde las cuatro esquinas de la España republicana y desde el extranjero, ya que en la piel de toro se jugaba el destino del mundo.
-Pásate y te tomas algo con nosotros, que esta noche estamos de celebración- le había dicho Rafael.
En un Madrid bombardeado por pilotos nazis, paranoico de quintacolumnistas, oscurecido y fantasmagórico, Miguel llegó al domicilio de Alberti poco antes de la medianoche.
Ocupaba el gaditano un palacete decimonónico en un barrio cercano al Museo del Prado. En cuanto entró, Miguel creyó vivir un sueño. Música y botellas por doquier, mujeres ataviadas con collares de perlas e imitando peinados de la Garbo o Marlene Dietrich en El ángel azul. Una atmósfera de despreocupación burguesa, de olvido, en medio de aquella tragedia.
En el centro del salón de baile, con ecos de Marcha de Radetzky, un gran cartel rezaba: "Homenaje a la mujer republicana". Miguel no podía creer lo que veían sus ojos, harto de contemplar la entrega de las verdaderas mujeres de la República, desde las milicianas hasta aquellas que cosían a destajo, cuidaban heridos y compartían la suerte de los luchadores. Mujeres de brazos fuertes y corazón de acero, que cantan saetas que quiebran como del rayo. Que cambian destinos. Para siempre.
Si me quieres escribir, ¡ya sabes mi paradero!
Aunque me tiren el puente
y también la pasarela
me verás pasar el Ebro
en un barquito de vela.
y mil veces que lo tiren
mil veces lo pasaremos
que para eso nos ayudan
los del puesto de ingenieros.
-¡Miguel! ¡Miguel Hernández! Su pueblo y el mío... ¡A mis brazos, poeta!- dijo Alberti en cuanto vio la mirada aceitunada del alicantino. -¿Qué? ¿Qué te parece la que hemos montado? Es un homenaje a nuestras mujeres, que están haciendo un sacrificio enorme. Toma lo que quieras, Miguelito, que es tu noche, ¡nuestra noche! Nos lo merecemos.
Miguel en silencio. El palacete, los escotados vestidos, la música extranjerizante, las viandas, el champán. Él, que venía directamente de primera línea del frente, con la misma ropa, con heridas que no sanarían nunca.
-¿No me dices nada, Miguel? Ven que te presente gente importante. Te gustará conocerlos...-
-Rafael, no sé a qué coño estáis jugando. Estamos en guerra. Nuestra gente muere como moscas. ¿Sabes lo que comen los soldados en el frente? ¿Burguesitos de izquierdas? ¿Socialistas de colegio de pago? ¿Qué mierda es todo esto? No creo que me interese conocer a ninguno de estos. Aquí lo único que hay es MUCHA PUTA Y MUCHO HIJO DE PUTA.
-¿A que no tienes los cojones de decírselo a mi mujer?-
-¡¡A tu mujer y a tu suegra si es preciso!!- replicó el Perito en Lunas. Y cogiendo un trozo de carbón, escribió este mensaje, de rabiosa actualidad, en los muros de aquel palacete de patéticos aprendices de burgués.
Tristes, tristes guerras si no es amor la empresa.
miércoles, 11 de mayo de 2011
En tierra
El "Miguel Hernández" se portó como un campeón cruzando el Atlántico. Gran traqueteo al costear Yucatán (cómo se veían los ojos de agua! Daba ganas de tirarse a nadar unas brazadas...). Vi el avión de Indiana Jones aparcado en Guatemala, un bimotor presto a partir. Os envía saludos.
La pista de Guatemala es corta y acaba por un lado en precipicio y por otro, en una subidita para darle impulso al avión. Como falles... ciao! Al estilo "El vuelo del Fénix", que le encantaba a mi tío Santiago, Dios lo tenga en su gloria. Bueno, cuentan que la de Tegucigalpa es mucho peor.
Managua, 30 grados en la noche. Gente cálida y conversadora desde el comienzo.
En brazos del pájaro de hierro recordé el poema que el oriolano, tras recibir una carta de su mujer en la que le contaba que sólo comía pan y cebolla, le dedicó a su hijo.
Miguel, que era un hombre de luz, nos regaló a todos esta belleza que aterra y conmueve a partes iguales, las Nanas de la cebolla.
"Os voy a leer un poema que acabo de escribirle a mi hijo", dijo a sus compañeros en el presidio franquista en el que habría de morir no mucho después. Cuentan que hasta los carceleros lloraron y esa noche miraron a sus propios hijos con otros ojos.
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar
cebolla y hambre.
Una mujer morena
resuelta en lunas
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete niño
que te traigo la luna
cuando es preciso.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
La pista de Guatemala es corta y acaba por un lado en precipicio y por otro, en una subidita para darle impulso al avión. Como falles... ciao! Al estilo "El vuelo del Fénix", que le encantaba a mi tío Santiago, Dios lo tenga en su gloria. Bueno, cuentan que la de Tegucigalpa es mucho peor.
Managua, 30 grados en la noche. Gente cálida y conversadora desde el comienzo.
En brazos del pájaro de hierro recordé el poema que el oriolano, tras recibir una carta de su mujer en la que le contaba que sólo comía pan y cebolla, le dedicó a su hijo.
Miguel, que era un hombre de luz, nos regaló a todos esta belleza que aterra y conmueve a partes iguales, las Nanas de la cebolla.
"Os voy a leer un poema que acabo de escribirle a mi hijo", dijo a sus compañeros en el presidio franquista en el que habría de morir no mucho después. Cuentan que hasta los carceleros lloraron y esa noche miraron a sus propios hijos con otros ojos.
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar
cebolla y hambre.
Una mujer morena
resuelta en lunas
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete niño
que te traigo la luna
cuando es preciso.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
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Orihuela
martes, 10 de mayo de 2011
Iberia es toda sensibilidad

A punto de embarcar hacia las selvas esmeralda de América Central. ¿Y qué pone a mi disposición Iberia...? La aeronave Miguel Hernández. Perito en lunas...!
Se me acaba la batería. Corto y cierro.
La siguiente, hopefully, desde el país de los volcanes y los poetas.
Besos, Laurinha, hijos queridos, papás, hermanitos, Raúl, Fausto, Jaime, todos los que quiero!
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