El día amaneció como cualquier otro. El despertador, los quince minutos de bicicleta estática, el agua en la espalda. Regresó a la cama aún caliente y por un momento dudó si iniciar maniobras de aproximación a puerto, pero ella dormía plácidamente.
Bajó las escaleras, puso el café, la tostadora y consultó la prensa en el ordenador. A pesar de ser primavera, la mañana era fría. Cuando llegó a la estación de tren, aparcó en el sitio de siempre y oyó el último aviso.
“... con destino a Atocha y Chamartín... vía seis... va a efectuar su salida…"
Se puso a correr como si le fuera la vida en ello. Tras un esfuerzo supremo alcanzó a subir al vagón con una mueca de felicidad en la cara que duró las dos primeras paradas. A esa hora el trayecto entre Atocha y Recoletos, recorriendo el Túnel de la Risa como sardinas en lata, tenía el efecto de recordarle cuál era su lugar en el mundo.
Llegó por fin. Como de costumbre, saludó a la chica de seguridad de la empresa, siempre tan maja. Subió por las escaleras hasta la tercera planta y entró en su despacho. En su mesa de trabajo no había nada, ni ordenador, ni papeles, ni teléfono. Nada. Sus compañeros de planta eran una tumba, nadie cruzaba su mirada con la suya. Fue a ver a su mano derecha, compañera de tantas batallas.
-Maribel, ¿qué ha pasado con mis cosas? ¿dónde están?
-Creo que deberías hablar con Don Ezequiel- también ella lo miraba como a un extraño. Como si nunca hubiera habido nada entre ellos.
-¿Pero esto qué coño es?
Bajó a la primera planta como un rayo y entró en el despacho del Jefe de Personal, su pareja de mus de toda la vida. Estaba reunido con un joven de unos veintisiete años, muy bien vestido. La juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo, pero cuando ya te has curado te conviertes en un viejo de mierda.
-Estoy ocupado… ahora no puedo atenderte.
-Me importa un carajo que estés reunido. ¿Qué habéis hecho con mis cosas? La tercera persona se esfumó como por arte de magia.
-Escúchame con atención. Tranquilízate. Tú sabes perfectamente cómo es la situación de la empresa y cómo está el país en general. Bruselas dice que...
-Pero ¿de qué me estás hablando…? ¡qué Bruselas ni qué niño muerto! El viernes pasado estuvimos redactando los presupuestos para este ejercicio. Como todos los años… Hablamos de recolocar gente, pero no se dijo nada de despidos.
-Mira… va a haber recortes muy importantes en la empresa. Te ha tocado a ti como podía haberme tocado a mí.
-Sí, pero me ha tocado a mí. Tú sigues donde estabas. ¿Y qué hago yo ahora? ¿Tú sabes la cantidad de responsabilidades que tengo encima?
-Amigo mío, vales un montón. Estabas ocupando un puesto muy por debajo de tus capacidades reales. Míralo como una oportunidad de volver a empezar, de reinventarte.
-Pero ¿qué reinventarme ni qué cojones…? Tengo 44 años. ¿Adónde voy yo?
-Vas a recibir el dinero de la indemnización. Ya te saldrá algo... Puedes montar una cafetería, una franquicia.
-Esta es la parte en que me dices que esta empresa es poco para mí. ¿Te crees George Clooney...? Ezequiel, eres un hijo de la gran puta. Tú sabías lo que estaba pasando y no me dijiste nada. Eres un pedazo de mierda.
-Hombre… no te lo tomes así… hay que ser positivos…
-Positivos tu puta madre.
Salió aturdido de aquel despacho en el que había estado horas y horas. Caminó por los pasillos de la oficina y tuvo la sensación de ser un ectoplasma. Nadie reparaba en su presencia. Nadie le decía nada. Simplemente no lo veían.
Recibió un mensaje en su móvil que hablaba del finiquito y de recoger sus pertenencias. El día se había compuesto y el sol brillaba con intensidad. La vida seguía como siempre, el camión de la pescadería, el vendedor de cupones, la tienda de muebles de diseño.
Se sentó en la barra del mismo bar al que solía ir con los compañeros, pero ahora estaba solo. ¿Montar una cafetería? ¿Una franquicia? Será cabrón… Trabajó en empresas desde que acabó la carrera. Se sentía como si hubiera muerto su madre de repente, sin capacidad de respuesta. ¿Que valgo para mucho más…? ¿Para qué valgo? Nadie le había enseñado a pensar individualmente. No tenía ni la más remota idea de lo que hacer. Funcionaba dentro de una estructura, brillaba en el hormiguero, pero ¿solo? ¿qué iba a hacer solo? Levantarse tarde y venirse abajo. Dejar de viajar, de gastar, de existir. El conocimiento que no aporta beneficios.
Recordó entonces las veces que había participado en el despido de otros, la frialdad forense, la misma indiferencia. Todo pensando en la empresa, para que los números cuadraran y la Junta estuviera contenta. Pidió una copa de ginebra -el camarero tardó más de lo habitual y tampoco le miró a los ojos: también sabía- encendió un cigarrillo ilegal y creyó tener un instante de iluminación. Una comprensión mágica de cómo funciona el engranaje del Universo, del lugar que realmente le correspondía, del orden inmutable de las cosas. La cadena de muerte y resurrección, de alguien que muere porque otro ha venido a crecer.
Pero no, eran simples delirios de parado recental. Material descartable. Alguien para referirse en tiempo pasado. Que fue.
Mostrando entradas con la etiqueta Parados. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Parados. Mostrar todas las entradas
jueves, 14 de abril de 2011
martes, 19 de octubre de 2010
Francia es Francia

Corren vientos de cambio y de apretarse los cinturones. Pero eso no afecta a Díaz Ferrán, a los bancos o las generosas almas que habitan La Moraleja. ¿Cuánto apostamos que los bancos en medio de esta macrocrisis siguen ganando pasta a espuertas? Y sus ejecutivos, idem.
Para alguien que gana 15.000 al mes o veintipico mil como el esperpento de la Sgae o el controladorcito valiente de turno la crisis no es más que una brisa marina. A ellos qué puede afectarles la subida del IVA, la bajada de los sueldos o el estrangulamiento del crédito.
Un país que se permite tener a Díaz Ferrán como patrón de patrones obviamente es un cachondeo. ¡Un tío que se permite decir en público que de la crisis saldremos trabajando más y cobrando menos...! Precisamente ÉL, después de lo que ha ocurrido en sus empresas, en las que ha dejado a miles de personas en la calle y un tendal kilométrico de deudas. Y ahí sigue yendo a las reuniones y poniendo cara de póker. Insólito.
En el Infierno los constructores ya tienen reservado un adosado a su nombre. En Valdelucifer, naturalmente, esa villa con encanto. ¡Con el mismo diseño que los hizo multimillonarios! Qué ironia, ¿verdad? Lo que les ocurrirá dentro de esas casitas es secreto profesional del Averno, aunque la imaginación es libre. Probablemente, se les dará tanto como quitaron en vida. O algo más. Vete a saber tú por dónde se les dará, es que el diablo es tan pillo... Qué sabe nadie.
En Francia la gente es un poco menos pusilánime que en España. Es un hecho. Cuando a los franceses les tocan los huevos -1789, 1848, la Comuna, 1968, etc.-, salen a la calle a repartir, al igual que hacen los coreanos del sur, probablemente uno de los pueblos más valientes sobre la tierra. En España justo esa noche daban un partido por la tele, como hoy mismo, que juega el Madrid.
A los galos les quieren subir la edad de la jubilación a ¡62 años! Y se monta la de Dios es Cristo. A nosotros pronto nos la pondrán en 67 y luego en 70, 75 y lo que se tercie y aquí paz y después... gloria.
¿Qué hace falta para que las calles se enciendan, para que los jóvenes dejen de llorar porque no encuentran un trabajo a la medida de sus hipercualificados cerebros (ver el macrorreportaje recientemente publicado por El País denominado Pre-parados = de terror), para que la sociedad toda despierte y salga lo mejor que tiene España? ¿Que venga Mariano...? Pues hala Mariano, ven!
Mientras tanto, Vive la France cogno!
Etiquetas:
España,
Francia,
jubilación,
Parados,
Pre-parados,
Rajoy
martes, 16 de febrero de 2010
La dignidad de los parados
La profesión del futuro es, sin lugar a dudas, ser parado. No hay que preocuparse por la demanda: se incrementará de forma exponencial. En España, la población está comprobando de forma dura cómo un castillo de naipes puede derrumbarse en cuestión de meses, incluso semanas.
Si comparamos la cobertura social de los parados en Europa con la que existe en América Latina, podríamos concluir que el colectivo de gente sin empleo de la Vieja Dama goza de múltiples privilegios. Pero hay algo que siempre me ha llamado la atención y es la cuestión de la dignidad de los parados. Me explico.
Hace algunos años anduve viajando por Alemania, Bélgica y Holanda por razones sentimentales que no vienen al caso. Aprendiendo idiomas por ósmosis. Tal vez Zapatero podría hacer lo mismo. Hablando con mis amigos de allí, sobre todo con un colectivo de gente bien interesante de la bella ciudad de Antwerpen (la vieja Amberes de la época de los temidos tercios), descubrí un nuevo enfoque sobre el tema del paro, que luego comprobé no era específico de aquel grupo de jóvenes flamencos, sino que también vi actitudes parecidas en ciudadanos alemanes y holandeses.
Además de trabajar como posesos, levantándose a horas en las que aún no están puestas las calles, consideraban que cobrar el paro era una especie de deshonra. Sí, tal cual. Pensaban que, siendo jóvenes y pudiendo trabajar en mil cosas, ir a una oficina del paro y cobrar un dinero que otros pudieran necesitar más era injustificable. Eso es lo que yo llamo "comportamiento ético", más o menos lo que hacen los Kirchner en la Argentina. Aunque Bélgica es una frontera muy difusa, comprendí sin más lecciones de historia cuáles eran las diferencias entre la herencia católica y la protestante.
Lo nuestro se parece más al chiste que me contó José Luis Pacheco el otro día:
Entra Jesús en un bar de Jerusalén -de incógnito, como si pudiera...- y pide una cerveza. En la barra hay un alemán, un francés y un español. El alemán lo reconoce de inmediato.
-Tú eres Jesús el Nazareno...
-Shhhh... que estoy tranquilamente tomándome una cerveza. No quiero que nadie sepa que estoy aquí. Es una visita privada.
-Pero Señor, ya que te he encontrado, ¿podrías curarme el brazo? Tengo un dolor que me está matando...
-Bueno, está bien, hermano. A ver ese brazo.
Se acerca al alemán, le impone las manos y queda curado al instante.
El francés oye la conversación y hace lo propio.
-Señor... ¿podríais curar mi lumbalgia? No aguanto el dolor... No puedo ir a trabajar...
-Vale. Está bien, hermano... Acércate.
Y lo sana de inmediato.
Queda el español tomando 14 cervezas y unos cuantos pinchos.
Jesús se acerca y le dice:
-Sólo quedas tú, hermano. No quiero irme sin ocuparme de ti. ¿Te encuentras bien? ¿Necesitas algo? ¿Cómo puedo ayudarte...?
El español pega un salto hacia atrás.
-¡Ehhhhh! ¡Quieto parao! ¡A mí no me toques que ESTOY DE BAJA!
Como iba diciendo, los amigos que conocí en los confines del antiguo Imperio Romano consideraban que cobrar el paro pudiendo trabajar era un deshonor. Bien. Aquí tenemos más de cuatro millones and counting.
¿Qué ocurre con la dignidad de una persona que está meses y meses cobrando un subsidio? Obviamente, generalizar es un error, pero muchas personas se hunden psicológicamente, empiezan a pensar que son inútiles y prescindibles, y terminan por naufragar como individuos. Es como estar casado un puñado de años y volverse gordo, muy gordo (sobre todo gordo y vago mental, acostumbrado a un montón de rutinas injustificables). Divórciate e intenta volver al "mercado". Luego me cuentas.
La esencia del ser humano es el movimiento y si nos quedamos quietos nos caemos de la bicicleta. Cuando Nadal o cualquier deportista de élite tiene que parar tres meses por un problema físico queda en un estado más que complicado: le cuesta horrores volver a situarse en el Olimpo o no lo logra nunca más. Hay una frase de Nadal, a quien admiro hasta el infinito, que me llama poderosamente la atención. Cuando está de bajón y lucha por volver -el pibe tiene un cerebro privilegiado- suele decir: "Hoy en la pista he tenido buenas sensaciones". Él mismo se autocalifica. Es un verdadero crack.
¿No sería posible implementar una clase de subsidio en el que la persona no fuera al dique seco? Todos sabemos cómo funciona el INEM. Así no. Habría que diseñar una especie de formación activa obligatoria, un vivero de creación de microempresas poniendo al alcance del parado todas las herramientas y los recursos necesarios para volver a la rueda productiva cuanto antes. Un sistema de reciclaje sólido y permanentemente actualizado. Resumiendo, ¿no tendría más sentido que el Estado pagara por hacer y crear? No digo que sea el caso universal, pero después de una temporada prolongada en el paro muchas personas quedan anímicamente muy mal. A un buen número le resulta imposible volver al ruedo. En la excelente Los lunes al sol se plantea la cuestión con una mirada inteligente -y muy escéptica, lúcidamente escéptica. Vale la pena verla y analizar el comportamiento de los personajes.
El pasado fin de semana la prensa planteaba la posibilidad de abrir un debate sobre los funcionarios y su puesto de trabajo para toda la vida. En un mundo donde NADA es para toda la vida. Ni el matrimonio, ni los amigos, ni tu trabajo, nada. ¿Qué sentido tiene? ¿La consecución de un puesto para toda la vida no es una llamada a vegetar plácidamente? Pude observarlo en Cuba. Los trabajos por cuenta del Estado -o sea, todos- son absurdos (como los sueldos que pagan).
Nunca se me olvidará una escena que presencié en el malecón. Estaba dando unas clases en la antigua Casa de España, en la llamada casa de las Cariátides, que más tarde fue intervenida por el gobierno cubano. Por la mañana me iba caminando todo el malecón en dirección a La Habana Vieja. Procuraba ir por la acera de los listos, aunque hacía tanto calor como en la de los bobos. De repente, un gigantesco camión azul -de procedencia norteamericana o canadiense- con más de medio millón de kilómetros a cuestas se detuvo en medio de la calle. Se detuvo a morir. En la parte frontal tenía un cartel minúsculo que ponía Ministerio de Industria. El motor empezó a echar humo. Al rato, se bajó un negro de unos dos metros con un caño de dimensiones considerables. Abrió el motor y empezó a darle golpes con el caño como si estuviera exorcizando a su suegra.
-El poder de Cristo te lo manda... El poder de Cristo te lo manda...
El cartel estaba incompleto. Tendría que incluir la palabra Innovación.
La prensa de esta semana también recogía un dato esclarecedor: el cuarenta por ciento de los parados prácticamente no tiene ninguna esperanza de encontrar empleo. El cuarenta por ciento. Ahí es nada.
Generar esperanza no es fácil. Preparar a la población para los retos que plantea nuestra sociedad, tampoco. Ahí tenemos a nuestro presidente, que no habla inglés y sin embargo ha llegado a presidir el país. Dando ejemplo.
Tal vez ha llegado la hora de abrir un amplio debate, sin prejuicios. Deberíamos aprovechar esta crisis para replantearlo todo. Los gobiernos deben procurar la felicidad de sus ciudadanos -qué inocente que soy- no que vayan tirando como puedan (la única institución que lo ha conseguido en todo el Sistema Solar es la SGAE, donde Amón-Ra Bautista ha logrado la felicidad total para sus esclavos mediante la lobotomía y el terror al despido). Las siglas de la SGAE están equivocadas. Se trata de SGEA, Sociedad General de Estómagos Agradecidos.
Tal como está concebido el sistema (te descuento un dinero mientras trabajas y luego te lo devuelvo previo sablazo, como hace la SGAE cuando recauda en nombre de los artistas: los artistas deberían recaudar el dinero directamente, sin necesidad de alimentar payasos encorbatados) no funciona. Fabrica frustración y fomenta la sensación de estar fuera del mundo.
Hay que buscar inspiración en mis amigos de Amberes. Hay que recuperar la dignidad de los parados. Y si no, por lo menos hay que procurar no toparse con Jesús en los bares.
Si comparamos la cobertura social de los parados en Europa con la que existe en América Latina, podríamos concluir que el colectivo de gente sin empleo de la Vieja Dama goza de múltiples privilegios. Pero hay algo que siempre me ha llamado la atención y es la cuestión de la dignidad de los parados. Me explico.
Hace algunos años anduve viajando por Alemania, Bélgica y Holanda por razones sentimentales que no vienen al caso. Aprendiendo idiomas por ósmosis. Tal vez Zapatero podría hacer lo mismo. Hablando con mis amigos de allí, sobre todo con un colectivo de gente bien interesante de la bella ciudad de Antwerpen (la vieja Amberes de la época de los temidos tercios), descubrí un nuevo enfoque sobre el tema del paro, que luego comprobé no era específico de aquel grupo de jóvenes flamencos, sino que también vi actitudes parecidas en ciudadanos alemanes y holandeses.
Además de trabajar como posesos, levantándose a horas en las que aún no están puestas las calles, consideraban que cobrar el paro era una especie de deshonra. Sí, tal cual. Pensaban que, siendo jóvenes y pudiendo trabajar en mil cosas, ir a una oficina del paro y cobrar un dinero que otros pudieran necesitar más era injustificable. Eso es lo que yo llamo "comportamiento ético", más o menos lo que hacen los Kirchner en la Argentina. Aunque Bélgica es una frontera muy difusa, comprendí sin más lecciones de historia cuáles eran las diferencias entre la herencia católica y la protestante.
Lo nuestro se parece más al chiste que me contó José Luis Pacheco el otro día:
Entra Jesús en un bar de Jerusalén -de incógnito, como si pudiera...- y pide una cerveza. En la barra hay un alemán, un francés y un español. El alemán lo reconoce de inmediato.
-Tú eres Jesús el Nazareno...
-Shhhh... que estoy tranquilamente tomándome una cerveza. No quiero que nadie sepa que estoy aquí. Es una visita privada.
-Pero Señor, ya que te he encontrado, ¿podrías curarme el brazo? Tengo un dolor que me está matando...
-Bueno, está bien, hermano. A ver ese brazo.
Se acerca al alemán, le impone las manos y queda curado al instante.
El francés oye la conversación y hace lo propio.
-Señor... ¿podríais curar mi lumbalgia? No aguanto el dolor... No puedo ir a trabajar...
-Vale. Está bien, hermano... Acércate.
Y lo sana de inmediato.
Queda el español tomando 14 cervezas y unos cuantos pinchos.
Jesús se acerca y le dice:
-Sólo quedas tú, hermano. No quiero irme sin ocuparme de ti. ¿Te encuentras bien? ¿Necesitas algo? ¿Cómo puedo ayudarte...?
El español pega un salto hacia atrás.
-¡Ehhhhh! ¡Quieto parao! ¡A mí no me toques que ESTOY DE BAJA!
Como iba diciendo, los amigos que conocí en los confines del antiguo Imperio Romano consideraban que cobrar el paro pudiendo trabajar era un deshonor. Bien. Aquí tenemos más de cuatro millones and counting.
¿Qué ocurre con la dignidad de una persona que está meses y meses cobrando un subsidio? Obviamente, generalizar es un error, pero muchas personas se hunden psicológicamente, empiezan a pensar que son inútiles y prescindibles, y terminan por naufragar como individuos. Es como estar casado un puñado de años y volverse gordo, muy gordo (sobre todo gordo y vago mental, acostumbrado a un montón de rutinas injustificables). Divórciate e intenta volver al "mercado". Luego me cuentas.
La esencia del ser humano es el movimiento y si nos quedamos quietos nos caemos de la bicicleta. Cuando Nadal o cualquier deportista de élite tiene que parar tres meses por un problema físico queda en un estado más que complicado: le cuesta horrores volver a situarse en el Olimpo o no lo logra nunca más. Hay una frase de Nadal, a quien admiro hasta el infinito, que me llama poderosamente la atención. Cuando está de bajón y lucha por volver -el pibe tiene un cerebro privilegiado- suele decir: "Hoy en la pista he tenido buenas sensaciones". Él mismo se autocalifica. Es un verdadero crack.
¿No sería posible implementar una clase de subsidio en el que la persona no fuera al dique seco? Todos sabemos cómo funciona el INEM. Así no. Habría que diseñar una especie de formación activa obligatoria, un vivero de creación de microempresas poniendo al alcance del parado todas las herramientas y los recursos necesarios para volver a la rueda productiva cuanto antes. Un sistema de reciclaje sólido y permanentemente actualizado. Resumiendo, ¿no tendría más sentido que el Estado pagara por hacer y crear? No digo que sea el caso universal, pero después de una temporada prolongada en el paro muchas personas quedan anímicamente muy mal. A un buen número le resulta imposible volver al ruedo. En la excelente Los lunes al sol se plantea la cuestión con una mirada inteligente -y muy escéptica, lúcidamente escéptica. Vale la pena verla y analizar el comportamiento de los personajes.
El pasado fin de semana la prensa planteaba la posibilidad de abrir un debate sobre los funcionarios y su puesto de trabajo para toda la vida. En un mundo donde NADA es para toda la vida. Ni el matrimonio, ni los amigos, ni tu trabajo, nada. ¿Qué sentido tiene? ¿La consecución de un puesto para toda la vida no es una llamada a vegetar plácidamente? Pude observarlo en Cuba. Los trabajos por cuenta del Estado -o sea, todos- son absurdos (como los sueldos que pagan).
Nunca se me olvidará una escena que presencié en el malecón. Estaba dando unas clases en la antigua Casa de España, en la llamada casa de las Cariátides, que más tarde fue intervenida por el gobierno cubano. Por la mañana me iba caminando todo el malecón en dirección a La Habana Vieja. Procuraba ir por la acera de los listos, aunque hacía tanto calor como en la de los bobos. De repente, un gigantesco camión azul -de procedencia norteamericana o canadiense- con más de medio millón de kilómetros a cuestas se detuvo en medio de la calle. Se detuvo a morir. En la parte frontal tenía un cartel minúsculo que ponía Ministerio de Industria. El motor empezó a echar humo. Al rato, se bajó un negro de unos dos metros con un caño de dimensiones considerables. Abrió el motor y empezó a darle golpes con el caño como si estuviera exorcizando a su suegra.
-El poder de Cristo te lo manda... El poder de Cristo te lo manda...
El cartel estaba incompleto. Tendría que incluir la palabra Innovación.
La prensa de esta semana también recogía un dato esclarecedor: el cuarenta por ciento de los parados prácticamente no tiene ninguna esperanza de encontrar empleo. El cuarenta por ciento. Ahí es nada.
Generar esperanza no es fácil. Preparar a la población para los retos que plantea nuestra sociedad, tampoco. Ahí tenemos a nuestro presidente, que no habla inglés y sin embargo ha llegado a presidir el país. Dando ejemplo.
Tal vez ha llegado la hora de abrir un amplio debate, sin prejuicios. Deberíamos aprovechar esta crisis para replantearlo todo. Los gobiernos deben procurar la felicidad de sus ciudadanos -qué inocente que soy- no que vayan tirando como puedan (la única institución que lo ha conseguido en todo el Sistema Solar es la SGAE, donde Amón-Ra Bautista ha logrado la felicidad total para sus esclavos mediante la lobotomía y el terror al despido). Las siglas de la SGAE están equivocadas. Se trata de SGEA, Sociedad General de Estómagos Agradecidos.
Tal como está concebido el sistema (te descuento un dinero mientras trabajas y luego te lo devuelvo previo sablazo, como hace la SGAE cuando recauda en nombre de los artistas: los artistas deberían recaudar el dinero directamente, sin necesidad de alimentar payasos encorbatados) no funciona. Fabrica frustración y fomenta la sensación de estar fuera del mundo.
Hay que buscar inspiración en mis amigos de Amberes. Hay que recuperar la dignidad de los parados. Y si no, por lo menos hay que procurar no toparse con Jesús en los bares.
Etiquetas:
dignidad,
Parados,
paro,
SGAE,
Teddy Bautista
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
