Junto a mi guitarra, el reloj de mi abuelo es mi posesión más preciada. No es un reloj cualquiera: el viejo Minerva marca las horas a su aire. A veces minutos de más, a veces se queda corto. Con los años, caí en la cuenta de que era el resto del mundo el que medía mal el tiempo.
Las horas que se hacen largas son aquellas en que uno se encuentra perdido o rodeado de gente tan enferma de sí misma que resulta muchísimo mejor estar solo. Una cuestión de higiene mental. Aparta de mí ese cáliz.
En cambio, las horas compartidas con gente de mano tendida y corazón caliente, ahhhh... esas a veces pueden llegar a durar hasta 20 minutos o menos.
El reloj que me dejó mi abuelo sabe cómo marcar las horas. Si observo que el minutero renquea y aquello no avanza... soldado que huye, ¡sirve pa otra guerra, canejo! Che, aguantame un cachito que salgo a comprar cigarrillos y ahora vuelvo. Pero ¿no era que vos no fumabas? Sí y no. Si se trata de hacerse humo... Deme un paquete de Heisenberg's rubio, por favor.
Mi querido viejo conocía el viento, la tierra, el sonido del mar, el vodka, los amigos y las cosas más sencillas. Por eso me gusta dormirme al arrullo del tic tac de este reloj con el que hace décadas aprendí que existían las horas. Mucho más tarde descubriría la ausencia y que la gente más querida se queda a vivir en el recuerdo.
Más allá de mi guitarra y el reloj de mi abuelo no tengo nada más. Ni tengo, ni necesito.
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sábado, 7 de septiembre de 2019
jueves, 14 de octubre de 2010
Día glorioso
Para estar a mediados de octubre hace un día glorioso. Temperatura óptima (para mí, al menos, que tengo genes siberianos). Madrid, rompeolas de todas las Españas -otros ejercen de rompebolas-, Retiro, busco un callejón donde había una tienda de carbones, me llamó la atención cuando llegué de Buenos Aires, como tantas otras cosas, hace mil años que no hay tiendas de carbón, cerca de la Torre de Valencia, bajo abajo -expresión española donde las haya, ¿adónde voy a bajar? ¿arriba?-, Vihuela no existe, allí tocaban Olga y Manuel Picón, yo era un pibe y soñaba viéndolos en el escenario, hace quince años que murió Manuel, un día alguno de mis hijos recordará que hace quince años que me he muerto, pasa el ángel exterminador, mañana voy al dentista, siento algo raro, una paloma hijadesumadre acaba de cagar a escasos veinte centímetros de donde estoy, por dónde iba, ah sí, el dentista, el efecto del tiempo, ese grandísimo cobarde que te mata huyendo y se queda con tus dientes, tu pelo, tus ojos, la piel que solía haber donde habrá arrugas, a saber para qué los quiere. Gustav Mahler, el divino Gustav. Camino entre minitas de dieciséis años que me ignoran como si fuera un ectoplasma. Muerte en Venecia. Tadzio. Sí. Así que pasen treinta años. Destino: Argentina. La semana que viene Tip y Coll hablarán del gobierno. Seguro. Nunca volveremos a casa. Juego con mi hermano a las maquinitas en Picos de Europa. Juan Bautista de Toledo. Madrid 1978.
Las palomas están furiosas. Se ve que cenaron en McDonalds.
Las palomas están furiosas. Se ve que cenaron en McDonalds.
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