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sábado, 7 de septiembre de 2019

El reloj de mi abuelo

Junto a mi guitarra, el reloj de mi abuelo es mi posesión más preciada. No es un reloj cualquiera: el viejo Minerva marca las horas a su aire. A veces minutos de más, a veces se queda corto. Con los años, caí en la cuenta de que era el resto del mundo el que medía mal el tiempo.

Las horas que se hacen largas son aquellas en que uno se encuentra perdido o rodeado de gente tan enferma de sí misma que resulta muchísimo mejor estar solo. Una cuestión de higiene mental. Aparta de mí ese cáliz.

En cambio, las horas compartidas con gente de mano tendida y corazón caliente, ahhhh... esas a veces pueden llegar a durar hasta 20 minutos o menos.

El reloj que me dejó mi abuelo sabe cómo marcar las horas. Si observo que el minutero renquea y aquello no avanza... soldado que huye, ¡sirve pa otra guerra, canejo! Che, aguantame un cachito que salgo a comprar cigarrillos y ahora vuelvo. Pero ¿no era que vos no fumabas? Sí y no. Si se trata de hacerse humo... Deme un paquete de Heisenberg's rubio, por favor.

Mi querido viejo conocía el viento, la tierra, el sonido del mar, el vodka, los amigos y las cosas más sencillas. Por eso me gusta dormirme al arrullo del tic tac de este reloj con el que hace décadas aprendí que existían las horas. Mucho más tarde descubriría la ausencia y que la gente más querida se queda a vivir en el recuerdo.

Más allá de mi guitarra y el reloj de mi abuelo no tengo nada más. Ni tengo, ni necesito.

miércoles, 6 de junio de 2018

Vendrán suaves lluvias

A medida que los años se van uno se levanta más temprano, recorre la casa en silencio, echa de menos el viento.

Al concierto del día 30, en el que Mauricio Vuoto al piano y el que suscribe cantando (juntos somos Profesor Neurus) tejimos tango para que los habituales de La Romántica -la elegante milonga de la exquisita Carmen de la Rosa- bailasen a compás, acudió gente muy querida. Otros no pudieron venir: las milongas tienen horarios algo "incompatibles" con una vida normal.

Dos presencias me emocionaron especialmente: Doña Angelina, apasionada, progenitora de mi amigo Juan Enís, compañero de farras que recala en Miami, y el impecable coronel De la Pascua, del Quinto de Lanceros de Su Majestad. Ambos alcanzaron a vivir en primera persona un mundo en el que el tango estaba vivo y brillaba con luz propia. Verlos con los ojos encendidos y llenos de entusiasmo fue algo inenarrable para este humilde cantor. Me sentí por momentos protagonista de un cuento de Borges, de Cortázar, buscando un amor perdido entre el humo y la penumbra de la milonga. El camino de vuelta a casa, de improbable urdimbre.

Arrancamos con una versión muy nuestra de Volver, sotto voce. Y comenzó el baile. Una tanda troileana, en homenaje a El Gordo, Aníbal Troilo, grande entre los grandes (esa iba por vos, Joseba). Después, cuatro de  Caló, pa que ustedes lo bailen, con el eje de la dupla inmortal Caló-Berón y terminamos con tangos de Mariano Mores y Pascual Contursi. Los milongueros dibujando como locos, pasajeros de una nave de solo ida, mantos de olvido para no pensar más en vos.

La materia que conforma los sueños.

A los bises se unió José Luis Yanguas, milonguero de toda la vida. José Luis resultó ser pariente de mi amigo Rodrigo Muñoz Avia, excelente escritor y, a la sazón, participante en la ceremonia. Momento especialmente alegre. El tango era una fiesta. En tiempos, la mitad de los habitantes de Buenos Aires salía a milonguear. Mientras se baila abrazado a un amor que no será la arena deja de caer, en esos tres minutos todo puede ser. Hasta lo nuestro, linda.

Y hoy que vivo enloquecido
porque no te olvidé,
ni te acuerdas de mí.

Mi compañero, Mauricio Vuoto, apasionado rosarino canalla, un capo absoluto del piano de tango, estuvo particularmente brillante esa noche. Es un privilegio ponerle voz a esas teclas y a esos arreglos tuyos, che pibe. Compendio de sabiduría tanguera.

Y vinieron compañeros de los quince años. Un nudo en la garganta verlos juntos. Raúl, Fernando, Carmen, Fausto, Humberto. Sin palabras. Hace quince minutos...

Gracias con el cuore a todos.

Después se apagan las luces y hay que partir.

Sobre tus mesas
que nunca preguntan
lloré una tarde
el primer desengaño.

Nací a las penas,
bebí mis años
y me entregué
sin luchar.

Cuando canto tangos vuelvo a verlos a todos, a mi abuelo Lázaro, a mi tío Santiago, al poeta y cantor Manuel Picón. Al queridísimo Luis Luchi, cuyo cancionero de tangos es mi libro de cabecera. Desfilan entonces sonidos, voces, humo de asados, rumores de patios porteños. Desfilan entonces vidas que no viví. Pugliese, Goyeneche, El Zorzal, el corazón mirando al sur.

Siempre.

jueves, 26 de marzo de 2009

Foto en gris

En esa foto sale Santiago, su madre y a la derecha mi padre y mi abuelo de espaldas. No sé qué milonga le está contando mi viejo al abuelo. Da igual. El abuelo se ríe con ganas, como años más tarde le vería yo hacer tantas veces, esa risa franca, abierta, sin medias tintas. Papá tiene un gesto como de cantar un tango con la mano derecha y con la izquierda sostiene un vaso de vino. La fiesta es en casa de los tíos. Se ve la puerta del patio, pintada de blanco.
Junto a esa puerta recuerdo vagamente haberme hecho un corte en la mano… Recuerdo el corte, estaba subido a una silla. El ruido de la botella al caer, el llanto rompiendo la calma estéril de la siesta, mi mano ensangrentada, la tía Cata que venía hacia mí. Siempre tan dulce. Me miro las manos y allí están los puntos. Es la izquierda. Juraría que había sido la otra. ¿Habrá sido el doctor Zabala el que cosió la herida? Apenas recuerdo su rostro...

Contemplo la foto y mi mano. Los puntos me acompañarán siempre. Los hombres de la foto ya no son. También yo desapareceré en la niebla. A tanta distancia esa puerta blanca encierra el recuerdo de horas infinitas. Hace años que mis tíos ya no viven allí. Me bebo el rioja de mis treinta años. Papá está exultante, seguro que le cuenta al abuelo algún proyecto o varios a la vez.

-Don Leizer, no se lo va a creer, pero tengo la fórmula para conseguir un tejido indestructible…, no hace falta lavarlo ni plancharlo. Será el fin de la esclavitud para todos los obreros del mundo.

Y el abuelo, que acababa de pagar el último plazo de su máquina de tejer y ahora podía trabajar a destajo, a tanto la pieza de género, se reía y bebía, y ya estaba a punto de alcanzar el punto en que rompía a cantar y no había quién le parara.

Puedo sentir la fragancia de esa noche porteña, el frescor de las plantas del patio, tiene que ser verano por la forma en que van vestidos, allí habría fiestas más tarde con los amigos de Sergio. Recuerdo al negro y a una chica que bailaba zambas con un pañuelo y que me parecía muy guapa, aunque realmente lo que debería ser es muy sensual pero por entonces yo no sabía qué significaba eso. Yo era simplemente un niño, además no tardaría en marcharme del país por mil años.

Los abuelos ni siquiera quisieron venir al aeropuerto. En la última comida que compartí con ellos vi al abuelo llorar por primera y única vez. En su rostro el temblor de las cartas oficiales de los años cuarenta: sentimos comunicarle que su familia ha dejado de existir, puede solicitar una compensación económica si lo desea.
A tantos kilómetros de distancia, sin un duro el bolsillo, recuerdo haberle llamado muchas veces desde los teléfonos de Cibeles. No tenía monedas, así que miraba bien si no había moros en la costa y marcaba toda la ristra de números 07 54 1 59 39 52. Oía un débil eco del teléfono, al rato acudía el abuelo y le oía decir "hola" con su voz cada vez más cansada. No me daba tiempo a decirle nada. Tenía la secreta esperanza de que algún día iba a encontrar un teléfono pinchado y podría hablar con el abuelo todo el tiempo que quisiera, pero nunca pude hablar más de dos palabras. Sus voces me llegaron en 1980, cuando Roberto fue a casa y grabó una cinta con ellos: una Basf, de esas naranjas y negras (sólo un chaval puede recordar esas cosas). Primero sonaba Pink Floyd y después salía la voz de Roberto y más tarde la entrevista con los abuelos. Recuerdo a la abuela emocionada con el nacimiento de su primera nieta y decía "¡¡Susana!!, ¡¡Susana!!" y luego le mandaba una receta a mi mamá, pero la abuela aseguraba que había que usar harina Blancaflor y no cualquier otra, SÓLO Blancaflor. Y por la noche llamó a Roberto a su casa para recalcarle que la harina tenía que ser Blancaflor o todo el proyecto culinario se vería seriamente comprometido. Además no se debía fiar mucho de esa diabólica caja negra que aprisionaba las voces como había visto en una película de canal 7 sobre la vida de Edison: Mary had a little lamb, Mary had a little lamb… Cómo decirle que estábamos en la otra cara del mundo. Tan lejos.

¿También estaremos condenados a errar eternamente en el cielo? Si existe un cielo para nosotros… En casa nunca se habló de religión: se hacía doloroso pensar en la presencia divina después de la guerra. Y si Dios estaba allí, ¿cómo permitió que ocurriera? Cómo toleró la tortura, la desaparición, la cárcel, el exterminio. Hasta un dictador es capaz de compadecerse. Al menos una vez. Mientras Hitler pasaba revista a sus tropas en Rusia junto a su compadre Mussolini por las llanuras de Ucrania, el italiano intentaba comunicarse con los prisioneros rusos y murmuraba:
-Pobre Boris, pobre Boris. El Führer se desesperaba. ¿Cómo ganar la guerra con semejante socio? La supremacía aria… No, definitivamente el mundo no se parece en nada a la Gran Ilusión de Jean Renoir.

Vuelvo a mirar la foto de mi gente antes de mi nacimiento. Reunirlos a todos. Juntar todas las piezas. Encontrar el sendero que iba de la estación de Villa Bosch a casa. La torre roja de Fiat. Tengo nueve años, cinco. Juego con mi hermano en el jardín de la señorita Perla. La maestra señala la luna y me explica que los hombres han estado trabajando en su superficie. La miro embelesado. De mayor siempre he asociado sus manchas a ingentes obras de ingeniería. Aún no sé andar en bicicleta. Una tarde de invierno remontamos un barrilete que se perdió en el viento austral y desde entonces nos hace caminar a todos. Cada uno a su manera piensa que volveremos a encontrarlo. Corremos por la vía del tren. No tenemos casi nada y, sin embargo, somos definitivamente felices. Nos reímos en el frío una y otra vez. Mi padre nunca usó reloj. Mamá es una niña. En casa nos esperan con leche caliente y torta de miel: los abuelos siempre, siempre están en casa.