viernes, 2 de octubre de 2020
jueves, 1 de octubre de 2020
martes, 22 de septiembre de 2020
De mares y puertos
Cuando sales de la escuela náutica sabes muchas matemáticas, pero no te preparan para lo que te aguarda. Te confundes hasta con las banderas y haces cualquier cosa, poniendo a prueba la paciencia del capitán. En el mar no hay paredes, sino mamparos. No existen las cuerdas: se llaman estachas. Y tus compañeros son todo lo que tienes, así que ya puedes caerles bien por muy peculiar que seas. Hasta tu vida podría depender de su buena voluntad en una noche de mar gruesa.
Frío, calor, tormentas, vientos huracanados, calma chicha. Olas solitarias que barren la desolada cubierta. Meses hasta dar la vuelta al mundo y vuelta a empezar. Puertos oxidados, trifulcas, mujeres, promesas de retorno que nunca se cumplen. Palabras de amor gastadas, sin esperanza. Cuando volvamos a vernos...
Y la sensación única al separarse de tierra por primera vez. Soledades infinitas. Océanos que huelen a tabaco. La resignada certeza de que tu destino no le importa a nadie. Nadie te está esperando. Un silencio de camposanto, el estruendoso silencio del mar.
El alma del marino, plena de surcos donde habita el olvido. Mendigando amor en las tascas lisboetas donde anclaron todos nuestros barcos. De mares de azulejos y botellas vacías. Mapas del tesoro que no conducen a ningún sitio.
¿Acaso sabes quién te aguarda en Manila, en Luanda o San Petersburgo? Tú mismo, con distintas edades. Todos los puertos son uno y el mismo.
Sí. Sin ti la casa es un barco a la deriva, un enorme agujero por donde se cuela el viento.
sábado, 12 de septiembre de 2020
Lesbos
En Lesbos existe un infierno. La isla de Safo, en tiempos heroicos de dioses y humanos sobrenaturales, ahora es sede de un campo de refugiados absolutamente abarrotado. Un No Lugar donde hasta los niños piensan en el suicidio. Y muchos lo llevan a cabo.
¿Cabe imaginar algo más espantoso que un niño suicida? Soy escritor y no se me ocurre. Es el mayor crimen contra todo lo que hay de humano en nosotros. Un niño al que se le han extirpado las sonrisas.
Los refugiados de una de las guerras olvidadas y más crueles de este siglo. Las guerras civiles de Siria.
Millones de seres humanos expulsados a la nada. Occidente, como es su costumbre desde siempre, mira hacia otro lado.
Es falso que los sistemas políticos sean neutros. Solo un imbécil puede hablar así. Solo alguien que no sabe nada de nada. ¿Tienes alguna duda acerca de que este sistema es inhumano e inmoral? Solo hay que ver la clase de individuos que produce en serie. El gesto más solidario es marcharse de vacaciones. Esa es la escala de valores del mundo liberal. La inexistencia de escala de valores. Hasta el uso de una putísima mascarilla para proteger a la gente mayor o a las personas más vulnerables en virtud de su estado de salud genera olas de INDIGNACIÓN, como si se pidiera a la gente que vaya a juntar escombros radioactivos con las manos en Chernobyl.
Nuestro sistema, donde lo que llamamos "socialistas" no son otra cosa que tibios socialdemócratas, ha generado esto que somos. Gente que solo se acuerda de Dios cuando va a morir.
Lesbos y los miles de Lesbos son el resultado de la desidia y la frialdad de corazón de millones de seres humanos por los que el propio Dios no siente nada.
Es el resultado de esta auténtica fábrica de picar carne que es el reinado de los marchantes de hombres, del tanto tienes tanto vales. El mundo donde el espíritu no encuentra su sitio.
Lesbos somos todos nosotros. Somos responsables. TODOS. No hay infierno suficientemente grande. Y pagaremos antes o después ser esta mierda de gente sin lágrimas, sin entrañas. Mirando exclusivamente por su culo. La feria de las vanidades de la cual este Facebook de los cojones que estoy pensando seriamente en tirar por la ventana es una muestra de primera clase.
No es que Dios no exista. Existe, pero no quiere tener nada que ver con nosotros.
Hay un crimen. Y habrá un castigo. Esta puta pandemia es solo la punta del iceberg.
jueves, 10 de septiembre de 2020
El galgo
Llaman a la puerta. Toca la revisión de la caldera. Un chaval joven, majo como las pesetas (o los euretes).
Le tengo que echar un cable porque mi caldera está instalada en un sitio de acceso complicado. Charlamos. Hablamos de coches (que no tenga coche no quiere decir que no me gusten). Oye, que tienes la caldera en perfectas condiciones. Pues mira qué bien. A ver... como que la atiendo yo. Se descojona.
Me pregunta por una dirección cercana. Le indico. Me dice que le quedan dos revisiones y pa casa. Ole, a descansar. Le ofrezco una cerveza. Es un tío legal.
A casa a sacar a mis perretes. ¿Qué tienes? Un lebrel irlandés y, como soy tonto, un galgo que encontré al borde de la carretera. Me cuenta que viene del extrarradio. Tiene pinta de haber visto cosas, de haberlas pasado también. Debe vivir con lo justo. "La empresa nos obliga a usar nuestro propio coche y pagar la gasolina".
"Nada... salía de trabajar y me encontré un cachorro de galgo al borde de la carretera. No lo pensé. Lo iban a atropellar. Hice una maniobra suicida... ¡casi me mato yo! Tendrías que ver, macho, el pobre lloraba como no he visto llorar a nadie, estaba fatal, temblaba de pies a cabeza... Ahora cada vez que llego a casa se me tira encima y me llena de besos y lametones. Está creciendo fuerte el tío..." y se le empañan los ojos. Es un toro de más de 600 kilos, tiene los brazos tatuados hasta en los codos -de los de "doyte una hostia y rómpote el focico"- y está llorando en mi cocina.
Ya está paseando a sus perros. De dónde procede la gente buena, qué vientos impulsan sus naves...
martes, 8 de septiembre de 2020
París, agosto del 44
Escribí este pequeño relato en homenaje a estos tíos de La Nueve. Después de toda la Guerra Civil aún tenían valor y nervio para enfrentarse a los nazis. Lo dicho. ¡Españoles! Está basado en algo que me sucedió en París a finales de los 80 (la amante contorsionista es real, no tengo tanta imaginación), regresando de un viaje por Alemania que fue uno de los más divertidos de toda mi vida. Era 14 de julio en París, la fiesta nacional.
París, agosto del 44
En agosto de 1944 logramos entrar en París por el oeste. Los nazis aún ocupaban la ciudad. Nuestra columna estaba compuesta por españoles supervivientes de la Guerra Civil. Nos tocó abrir camino entre las desordenadas barricadas que habían montado los estudiantes franceses.
Los españoles pensábamos que si contribuíamos a acabar con la bestia nazi, los aliados nos ayudarían a erradicar el régimen franquista de España y resurgiría la República. Así que nos esforzábamos por quedar bien corriendo riesgos innecesarios.
Lo de Franco y el compañero que conducía nuestro tanque... Manolo Ramírez, que había sido banderillero y, ocasionalmente, matón de sala de baile. Durante la guerra se batió el cobre en la Universitaria y combatió en la batalla de Guadalajara, la única victoria de la República.
Manolo era de esas personas que actúan como un talismán en situaciones límite. Se decía que las balas no podían tocarle. Hacía un derroche de valor extremo, como si la muerte no fuera con él. Daba igual: Manolo nos inspiraba. Ningún oficial podía hacerle sombra. Además, en Semana Santa cantaba saetas como Dios.
Tras tres días de combates en las calles los boches se rindieron. Los festejos comenzaron de inmediato. Nos traían botellas de vino, champagne, toda clase de viandas. Las mujeres nos besaban y nos llenaban de flores.
Y entonces te vi entre toda esa gente. Te vi desde el tanque, le grité a Manolo para que aminorara y corrí hacia ti como hipnotizado. Tú llevabas una falda roja y camisa blanca. Mi uniforme estaba impecable. Nos regalamos un abrazo de años y fuimos engullidos por la marea de la Concorde, que nos arrastró bailando Campos Elíseos arriba. Sonaba música de Glenn Miller y de Charles Trenet. Todo el mundo deliraba. Hasta el Arco de Triunfo nuestras bocas estuvieron sólidamente fundidas.
En Kléber nos refugiamos en un portal y subimos las escaleras. Las puertas de todos los apartamentos estaban abiertas de par en par. Desde el cuarto piso nos hicieron señas: “pasad, quedaos en casa. ¡Nosotros no hacemos preguntas...!” nos dijo un matrimonio de avanzada edad que nos besó, nos abrazó y nos condujo directamente a su dormitorio.
—¡Es vuestro!
Hicimos el amor durante toda la noche y el día siguiente, como solían hacer la Reina Ginebra y Sir Lancelot, malgré le Roi... El perfume de las viñas de París, la música y los gritos de la calle entraban por las ventanas. Cuando por fin nos dimos un respiro, te pregunté tu nombre pero tú te levantaste de un salto y, en una demostración de poderío físico, te pusiste a hacer el pino puente. ¡Después de semejante campaña nocturna...! Nos reímos hasta decir basta. Me olvidé del Ebro, de Brunete, del paso de los Pirineos. Curaste mi alma. Mi cuerpo ya no tenía heridas.
Me olvidé de ellas para siempre.
lunes, 7 de septiembre de 2020
Madrid
Me dices que solo bebes Fernet. Nos van echando de todos los sitios. Anda que encontrar un lugar abierto y que sirvan Fernet en pleno Madrid. ¿Por qué no pedir mate cocido ya que estamos?
Presenciamos un duelo de cubanos bailando como posesos en La Fontana de Oro. Momento mágico. Salimos junto al negrón que venció y nos dice que aquí tenemos un amigo para siempre. Es imposible que un blanco pueda igualar lo que vimos, ni en broma.
Hay cosas que solo se viven de noche. Como la madrugada en Siwa en que toqué y canté para ti.
La noche es apacible e invita a las confidencias. Esta ciudad de aluvión, tan mía.
Recorremos las calles de Madrid y pienso en los jóvenes que dieron su vida por la República. Desfilaban por la Gran Vía camino del frente. Muchos quedaron para siempre allí.
Argüelles era frontera. Se combatía en la Ciudad Universitaria, en la Casa de Campo, en el Puente de los Franceses...
Caían las bombas en la Puerta del Sol o en el entonces flamante edificio de Telefónica.
Madrid tiene una forma de festejar la vida que solo puede darse en quien ha contemplado la muerte cara a cara. Muchas veces. Quien no conozca las noches de Madrid se pierde algo único, irrepetible.
Regresamos a casa después de conversar toda la noche, tu mano en la mía.
Sí, así es. Sobrevivimos al amor.
Como a otras cosas.
martes, 1 de septiembre de 2020
Más Allá
A nadie parecía importarle en la redacción, porque la gente estaba del tomate. Yo me limitaba a hacer lo que hacía en el Maravillas y lo que he hecho siempre: perseguir a cualquier bípedo implume con faldas. Menos mal que nunca he tenido que trabajar en Edimburgo. Nunca me documentaba para escribir mis artículos, pero estaban cargados de fuerza sexual y ganas de beberme la vida hasta la última gota. Los lectores lo agradecen. Las lectoras. No existen los lectores. Ahí no hay dudas con la X o la e. Los tíos no leen. Además... ¿cuál es la "verdad" en temas parapsicológicos? A quién coño le importa la verdad. El caso es que la revista vendía más de 100.000 ejemplares y alguien se estaba forrando.
El 99 por ciento de los pavos y pavas que venían a vender "historias extraordinarias" sobre marcianos, cuerpos que se teletransportan al planeta HUMO, estados de conciencia previos a la existencia y terapias ridículas (en nuestra redacción se fraguó el primer SEMINARIO INTERNACIONAL DE RISOTERAPIA) eran ARGENTINOS. No uruguayos, chilenos, peruanos o venezolanos. Argentos.
Como soy bilingüe, me usaban de "intérprete" para recibirlos.
Había una tía cuyo nombre he borrado que tenía una tanga para no envejecer nunca y que consistía en mirarte al espejo durante 3 horas al día y decirte "cosas hermosas, amarte hasta la eternidad, acariciar tu sho más íntimo". Me invitó a salir una noche porque yo era el Golden Boy de la redacción. Me dijo un montón de cosas bonitas pero no funcionó. Llevaba 72 kilos de maquillaje encima.
Fue una época divertida. Mi jefe directo era otro argentino. Luis M. Tendría unos 20 años más que yo, pero le gustaba como escribía, así que me medio adoptó. Me contó que llevaba más de 15 años ahorrando y gastando lo mínimo del mínimo para hacer realidad su sueño: terminar sus días escribiendo en Bariloche.
Luis ahorró y ahorró y cuando juntó un capitalito emigró al país de las pampas. Comía en los peores restaurantes. Nunca salía por las noches. Solo trabajaba para lograr su objetivo. Nada de mujeres. Cero vicios. Llegó a Buenos Aires exactamente en septiembre de 2000, meses antes del corralito.
El País le hizo una entrevista cuya cabecera decía textualmente (no me lo estoy inventando) "Este país tiene el mayor número de hijos de puta por metro cuadrado". Perdió hasta el último céntimo.
En cualquier caso, en la redacción yo solía atender el teléfono diciendo "Más Allá, dígame..." Momentos impagables.
domingo, 30 de agosto de 2020
Estamos condenados al azar
Canciones, novelas, obras de teatro, jazz, crítica musical. Por si fuera poco, le dio tiempo a tocar la trompeta y a estudiar ingeniería.
Murió súbitamente a los 39 años. En un cine de los Campos Elíseos mientras asistía al preestreno de la adaptación al cine de una de sus novelas negras (escritas con seudónimo, porque al modo de Pessoa también creó heterónimos). Ebrio de talento y gallardía.
La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad del tiempo. La espuma de los días. Esta espuma de los días que nos acecha, que nos quiere llevar mar adentro.
domingo, 23 de agosto de 2020
Sombras
El cuerpo privado de lastre penetrando un mundo sutil para el cual no ha sido concebido. Un mundo de sombras.
En el placer del sueño hablamos con los muertos. El prisionero liberado.
jueves, 20 de agosto de 2020
Instrucciones de uso para la vida
Por ejemplo... nadie conoce a nadie hasta que te toca repartir una herencia. Ni nadie conoce el valor de la amistad, de la hermandad o de cualquier clase de relación hasta que hay tormenta fuerza 10 en medio del océano. Es ahí cuando se ve de qué pasta está hecho uno y con quién se cuenta y hasta dónde.
Es que mi amigo se piró ("huyó" para los latinoamericanos) cuando me asaltaron 5 bestias pardas por causa de "miedo insuperable" (figura que existe en psicología forense). Pues que le den por culo a tu "amigo". Cobarde hijodeunagranputa.
Agítese bien y aplíquese tres veces al día. Mediante ENEMA GIGANTE hasta que se aclaren LAS IDEAS.
Gran Gurú Martín. Son 4,99 euros blue (sin recibo ni hostias).
miércoles, 19 de agosto de 2020
El niño que fuimos
Hoy vi imágenes de un pibe que paseaba por las calles de Kuala Lumpur de la mano de su padre. No tendría mucho más de 9 o 10 años. De repente, el chico se suelta de la mano porque ve a un niño más pequeño pidiendo limosna con su madre, sentados ambos en el suelo. Son seres invisibles.
El chiquito está descalzo, con la mirada ida. No conoce otra cosa. El niño mayor se quita los zapatos y los calcetines y se los pone al más pequeño. No piensa en lo que hace, no teoriza, no da lecciones morales ni echa la bronca a nadie. Se limita a sostener el equilibrio del mundo.
La capacidad de conmoverse ante las desgracias o las debilidades de los demás es una de las cualidades propias de la edad de la inocencia.
La distancia entre el niño que fuimos, el que da el cariño porque sí, y esto que somos, con nuestras cicatrices, nuestro temor al dolor y nuestro egoísmo ilimitado, determina si aún estamos vivos o somos muertos que continúan pagando facturas mientras haya dinero en la cuenta.
Escuela
Tengo los mejores recuerdos de mi escuela. Los compañeros, los maestros, el lugar. Tanto es así que en un viaje muy loco en 2009 lo primero que hice al llegar a Buenos Aires fue ir a visitar mi colegio con mi hermano Raúl.
Para nuestra sorpresa nos dejaron entrar y hablé con la directora. Fuimos recorriendo las aulas. Acá aprendí a leer con la maestra Antonia. Ahí la señorita Blanca me habló de los números y sus propiedades milagrosas. Subiendo las escaleras el profesor Caggiano me hizo leer "Encuentro nocturno" de Ray Bradbury en voz alta y desde entonces es mi cuento favorito del loco.
En ese rincón del patio salté a cabecear una pelota y choqué frontolateralmente como diría una compañía de seguros con Marcelo Giménez. Me abrí la ceja y salió un montón de sangre. Me llevo la mano al arco superciliar derecho. Hoy. Sí. Todavía el hueso está deformado por el golpe. El médico que me atendió me dijo "tranquilo, pibe. A las mujeres les gustan más los hombres con heridas de guerra". ¡Pero fue GOL! Y a Marcelo Giménez no lo podía ni ver. Así que valió la pena.
Las maestras -mucho más jóvenes que nosotros que andaríamos en los 44- nos llevaron de tour por el colegio. ¡¡San Martín está igual!! les decía y se mataban de risa.
Una se me quedó mirando... "¡Ay, vos vivís en España... cómo me gustaría ir...!" Raúl y yo nos miramos. Rajemos, te está tirando onda. Rajemos mientras podamos, hermanito.
El último profesor que me había dado clase, Di Giovambatistta -un fascista importante, representante de los profesores que entraron a partir del golpe- se había jubilado hacía dos años. No quedaba nadie que hubiera conocido.
Andrés Motta, que a mi mamá le recordaba a Lawrence Harvey, tampoco estaba.
El director -muy estricto pero con gran corazón-, el Profesor Héctor Sacco, también había fallecido. Un personaje de mi novela se llama Sacco de apellido. Es un personaje ganador. Porque recuerdo el afecto con que me saludó cuando supo que nos íbamos del país. "Te va a ir bien, vas a ver..." me dijo el viejo profesor y saltándose todas las normas del protocolo educativo me dio un abrazo del siete.
Quedaba una foto mía portando la bandera en 1977. Sí. En mi infancia fui un chico muy serio y aplicado, luego los músicos, las malas compañías, el tango... También quedaba el recuerdo de mi abuelo que me llevó al viaje de egresados a Mar del Plata.
Esa mañana la niebla del río no dejaba ver a un palmo de distancia. Nos despertamos a las seis y cuarto. La abuela nos preparó tostadas con manteca y miel. Porque sabía que me gustaban a morir. No he vuelto a comerlas porque me pongo a llorar.
Tomamos el 110 por Nazca hacia Villa Pueyrredón. Iba más entusiasmado que yo porque el nieto había terminado el colegio y se iba de viaje de fin de curso. Me habló de su infancia. De un portaminas de plata que le había regalado su padre. Se quedó un rato en silencio mirando por la ventanilla. Buenos Aires amanecía.
Llegamos y aquello era un griterío de pibes y padres. Estaba la señorita Perla. Nunca entendimos por qué decidió dejar su meteórica carrera de modelo para dar clases a preadolescentes en un colegio de pibes, pero aquel día empezamos a creer en Dios.
El abuelo me dio un gran abrazo y se me quedó mirando desde el pasillo, el mismo por el que pasé corriendo y cantando tantas veces. ¡Cuidate mucho, querido! me dijo.
Por eso regresé a mi colegio. Porque a mi abuelo no volví a verlo y sé que no se fue de allí.
Me está esperando.
martes, 18 de agosto de 2020
Cayetana
El problema surge con el "fuego amigo'. Eso te puede crucificar. Una y mil veces.
Tengo que idear alguna clase de partido donde solo esté yo. Dictador absoluto. Mi primera medida será imponer el noruego como idioma nacional.
El problema es que no siempre estoy de acuerdo conmigo. Hay momentos en que no me soporto. Ser otra persona tiene que ser una experiencia fascinante.
La mañana verde
Cuando el sol se puso, el hombre se acuclilló junto al sendero y preparó una cena frugal y escuchó el crepitar de las llamas mientras se llevaba la comida a la boca y masticaba con aire pensativo. Había sido un día no muy distinto de otros treinta, con muchos hoyos cuidadosamente cavados en las horas del alba, semillas echadas en los hoyos, y agua traída de los brillantes canales. Ahora, con un cansancio de hierro en el cuerpo delgado, yacía de espaldas y observaba cómo el color del cielo pasaba de una oscuridad a otra.
Se llamaba Benjamín Driscoll, tenía treinta y un años, y quería que Marte creciera verde y alto con árboles y follajes, produciendo aire, mucho aire, aire que aumentaría en cada temporada. Los árboles refrescarían las ciudades abrasadas por el verano, los árboles pararían los vientos del invierno. Un árbol podía hacer muchas cosas: dar color, dar sombra, fruta o convertirse en paraíso para los niños; un universo aéreo de escalas y columpios, una arquitectura de alimento y de placer, eso era un árbol. Pero los árboles, ante todo, destilaban un aire helado para los pulmones y un gentil susurro para los oídos, cuando uno está acostado de noche en lechos de nieve y el sonido invita dulcemente a dormir.
Benjamín Driscoll escuchaba cómo la tierra oscura se recogía en sí misma, en espera del sol y las lluvias que aún no habían llegado. Acercaba la oreja al suelo y escuchaba a lo lejos las pisadas de los años e imaginaba los verdes brotes de las semillas sembradas ese día; los brotes buscaban apoyo en el cielo, y echaban rama tras rama hasta que Marte era un bosque vespertino, un huerto brillante.
En las primeras horas de la mañana, cuando el pálido sol se elevase débilmente entre las apretadas colinas, Benjamín Driscoll se levantaría y acabaría en unos pocos minutos con un desayuno ahumado, aplastaría las cenizas de la hoguera y empezaría a trabajar con los sacos a la espalda, probando, cavando, sembrando semillas y bulbos, apisonando levemente la tierra, regando, siguiendo adelante, silbando, mirando el cielo claro cada vez más brillante a medida que pasaba la mañana.
-Necesitas aire -le dijo al fuego nocturno.
El fuego era un rubicundo y vivaz compañero que respondía con un chasquido, y en la noche helada dormía allí cerca, entornando los ojos, sonrosados, soñolientos y tibios.
-Todos necesitamos aire. Hay aire enrarecido aquí en Marte. Se cansa uno tan pronto… Es como vivir en la cima de los Andes. Uno aspira y no consigue nada. No satisface.
Se palpó la caja del tórax. En treinta días, cómo había crecido. Para que entrara más aire había que desarrollar los pulmones o plantar más árboles.
-Para eso estoy aquí -se dijo. El fuego le respondió con un chasquido-. En las escuelas nos contaban la historia de Juanito Semillasdemanzana, que anduvo por Estados Unidos plantando semillas de manzanos. Bueno, pues yo hago más. Yo planto robles, olmos, arces y toda clase de árboles; álamos, cedros y castaños. No pienso sólo en alimentar el estómago con fruta, fabrico aire para los pulmones. Cuando estos árboles crezcan algunos de estos años, ¡cuánto oxígeno darán!
Recordó su llegada a Marte. Como otros mil paseó los ojos por la apacible mañana y se dijo:
-¿Qué haré yo en este mundo? ¿Habrá trabajo para mí?
Luego se había desmayado.
Volvió en sí, tosiendo. Alguien le apretaba contra la nariz un frasco de amoníaco.
-Se sentirá bien en seguida -dijo el médico.
-¿Qué me ha pasado?
-El aire enrarecido. Algunos no pueden adaptarse. Me parece que tendrá que volver a la Tierra.
-¡No!
Se sentó y casi inmediatamente se le oscurecieron los ojos y Marte giró dos veces debajo de él. Respiró con fuerza y obligó a los pulmones a que bebieran en el profundo vacío.
-Ya me estoy acostumbrando. ¡Tengo que quedarme!
Lo dejaron allí, acostado, boqueando horriblemente, como un pez. «Aire, aire, aire -pensaba-. Me mandan de vuelta a causa del aire.» Y volvió la cabeza hacia los campos y colinas marcianos, y cuando se le aclararon los ojos vio en seguida que no había árboles, ningún árbol, ni cerca ni lejos. Era una tierra desnuda, negra, desolada, sin ni siquiera hierbas. Aire, pensó, mientras una sustancia enrarecida le silbaba en la nariz. Aire, aire. Y en la cima de las colinas, en la sombra de las laderas y aun a orillas de los arroyos, ni un árbol, ni una solitaria brizna de hierba. ¡Por supuesto! Sintió que la respuesta no le venía del cerebro, sino de los pulmones y la garganta. Y el pensamiento fue como una repentina ráfaga de oxígeno puro, y lo puso de pie. Hierba y árboles. Se miró las manos, el dorso, las palmas. Sembraría hierba y árboles. Ésa sería su tarea, luchar contra la cosa que le impedía quedarse en Marte. Libraría una privada guerra hortícola contra Marte. Ahí estaba el viejo suelo, y las plantas que habían crecido en él eran tan antiguas que al fin habían desaparecido. Pero ¿y si trajera nuevas especies? Árboles terrestres, grandes mimosas, sauces llorones, magnolias, majestuosos eucaliptos. ¿Qué ocurriría entonces? Quién sabe qué riqueza mineral no ocultaba el suelo, y que no asomaba a la superficie porque los helechos, las flores, los arbustos y los árboles viejos habían muerto de cansancio.
-¡Permítanme levantarme! -gritó-. ¡Quiero ver al coordinador!
Habló con el coordinador de cosas que crecían y eran verdes, toda una mañana. Pasarían meses, o años, antes de que se organizasen las plantaciones. Hasta ahora, los alimentos se traían congelados desde la Tierra, en carámbanos volantes, y unos pocos jardines públicos verdeaban en instalaciones hidropónicas.
-Entretanto, ésta será su tarea -dijo el coordinador-. Le entregaremos todas nuestras semillas; no son muchas. No sobra espacio en los cohetes por ahora. Además, estas primeras ciudades son colectividades mineras, y me temo que sus plantaciones no contarán con muchas simpatías.
-¿Pero me dejarán trabajar?
Lo dejaron. En una simple motocicleta, con la caja llena de semillas y retoños, llegó a este valle solitario, y echó pie a tierra.
Eso había ocurrido hacía treinta días, y nunca había mirado atrás. Mirar atrás hubiera sido descorazonarse para siempre. El tiempo era excesivamente seco, parecía poco probable que las semillas hubiesen germinado. Quizá toda su campaña, esas cuatro semanas en que había cavado encorvado sobre la tierra, estaba perdida. Clavaba los ojos adelante, avanzando poco a poco por el inmenso valle soleado, alejándose de la primera ciudad, aguardando la llegada de las lluvias.
Mientras se cubría los hombros con la manta, vio que las nubes se acumulaban sobre las montañas secas. Todo en Marte era tan imprevisible como el curso del tiempo. Sintió alrededor las calcinadas colinas, que la escarcha de la noche iban empapando, y pensó en la tierra del valle, negra como la tinta, tan negra y lustrosa que parecía arrastrarse y vivir en el hueco de la mano, una tierra fecunda en donde podrían brotar unas habas de larguísimos tallos, de donde caerían quizás unos gigantes de voz enorme, dándose unos golpes que le sacudirían los huesos.
El fuego tembló sobre las cenizas soñolientas. El distante rodar de un carro estremeció el aire tranquilo. Un trueno. Y en seguida un olor a agua.
«Esta noche -pensó. Y extendió la mano para sentir la lluvia-. Esta noche.»
Lo despertó un golpe muy leve en la frente.
El agua le corrió por la nariz hasta los labios. Una gota le cayó en un ojo, nublándolo. Otra le estalló en la barbilla.
La lluvia.
Fresca, dulce y tranquila, caía desde lo alto del cielo como un elíxir mágico que sabía a encantamientos, estrellas y aire, arrastraba un polvo de especias, y se le movía en la lengua como raro jerez liviano.
Se incorporó. Dejó caer la manta y la camisa azul. La lluvia arreciaba en gotas más sólidas. Un animal invisible danzó sobre el fuego y lo pisoteó hasta convertirlo en un humo airado. Caía la lluvia. La gran tapa negra del cielo se dividió en seis trozos de azul pulverizado, como un agrietado y maravilloso esmalte, y se precipitó a tierra. Diez mil millones de diamantes titubearon un momento y la descarga eléctrica se adelantó a fotografiarlos. Luego oscuridad y agua.
Calado hasta los huesos, Benjamín Driscoll se reía y se reía mientras el agua le golpeaba los párpados. Aplaudió, y se incorporó, y dio una vuelta por el pequeño campamento, y era la una de la mañana.
Llovió sin cesar durante dos horas. Luego aparecieron las estrellas, recién lavadas y más brillantes que nunca.
El señor Benjamín Driscoll sacó una muda de ropa de una bolsa de celofán, se cambió, y se durmió con una sonrisa en los labios.
El sol asomó lentamente entre las colinas. Se extendió pacíficamente sobre la tierra y despertó al señor Driscoll.
No se levantó en seguida. Había esperado ese momento durante todo un interminable y caluroso mes de trabajo, y ahora al fin se incorporó y miró hacia atrás.
Era una mañana verde.
Los árboles se erguían contra el cielo, uno tras otro, hasta el horizonte. No un árbol, ni dos, ni una docena, sino todos los que había plantado en semillas y retoños. Y no árboles pequeños, no, ni brotes tiernos, sino árboles grandes, enormes y altos como diez hombres, verdes y verdes, vigorosos y redondos y macizos, árboles de resplandecientes hojas metálicas, árboles susurrantes, árboles alineados sobre las colinas, limoneros, tilos, pinos, mimosas, robles, olmos, álamos, cerezos, arces, fresnos, manzanos, naranjos, eucaliptos, estimulados por la lluvia tumultuosa, alimentados por el suelo mágico y extraño, árboles que ante sus propios ojos echaban nuevas ramas, nuevos brotes.
-¡Imposible! -exclamó el señor Driscoll.
Pero el valle y la mañana eran verdes.
¿Y el aire?
De todas partes, como una corriente móvil, como un río de las montañas, llegaba el aire nuevo, el oxígeno que brotaba de los árboles verdes. Se podía ver brillando en las alturas, en oleadas de cristal. El oxígeno, fresco, puro y verde, el oxígeno frío que transformaba el valle en un delta frondoso. Un instante después las puertas de las casas se abrirían de par en par y la gente se precipitaría en el milagro nuevo del oxígeno, aspirándolo en bocanadas, con mejillas rojas, narices frías, pulmones revividos, corazones agitados, y cuerpos rendidos animados ahora en pasos de baile.
Benjamín Driscoll aspiró profundamente una bocanada de aire verde y húmedo, y se desmayó.
Antes de que despertara de nuevo, otros cinco mil árboles habían subido hacia el sol amarillo.
lunes, 17 de agosto de 2020
San Martín
Luchó como un león, hizo cosas propias de Alejandro Magno o Aníbal: cruzó los Andes con 4.000 valientes y liberó Chile y, no contento con eso, embarcó hacia Lima (incluso en avión es todo un viaje) y liberó Perú.
Y la Argentina, que lo sigue venerando con fervor, en premio le clavó una estaca en el corazón y lo sacó cagando del territorio nacional al que nunca pudo volver.
Murió exiliado en una pequeña localidad francesa del Canal de la Mancha.
Es un héroe nacional. Tiene hasta himno personal y todo. Rosas, otro que debió exiliarse y murió lejos de la patria, intentó que regresara, pero no cuajó.
Morir lejos de casa, de los tuyos, de los que hablan, piensan y sienten como vos. ¿Hay dolor más grande?
La patria es el lenguaje. Una sola palabra tuya. Vos en lugar de tú. Vos, no toi, du o you.
Te cambio una estrofa de mi himno por mil paseos por Buenos Aires y un vino de Mendoza.
Volveremos a desenvainar, a calar la bayoneta, al campo de batalla! Volveremos a cruzar los Andes. Todavía queda tiempo. Todavía se puede ser feliz.
Un país Saturno. Devora a sus mejores hijos. Después les rinde homenaje y los pone en una estampilla. Después, qué importa el después.
Toda mi vida es el ayer. ¡A por ellos! (no nos engañemos: San Martín hablaba como yo, mezcla de gaita y argento. Un argeñol de pura cepa. Al ataque mis granaderos...!!!!!!).
sábado, 15 de agosto de 2020
Regresar a casa
Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguardar a que Ítaca te enriquezca.
Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.
viernes, 14 de agosto de 2020
Ítaca
Ítaca no es Ítaca. Es el viaje a Ítaca para decir que al final de nuestras vidas hemos hecho algo más que consumir oxígeno.
¿Y la idea de Dios? ¿Acaso la idea de Dios no impulsa a ángeles como el Padre Vicente Ferrer o la Madre Teresa de Calcuta? Solo dos almas luminosas en dos cuerpos frágiles como un segundo cambian el destino de miles y miles de miserables. ¿Qué vientos impulsan sus cóncavas naves?
Entonces la idea de Dios, del Supremo Bien, sería Ítaca. La llama que enciende los corazones, lo que nos eleva por encima de nuestra pura condición animal. Al malo solo el cariño lo vuelve puro y sincero, que decía Violeta.
Si no se cree en Dios habrá que inventarlo como San Manuel Bueno Mártir. Dios es Ítaca. Es el final de nuestro viaje.
jueves, 13 de agosto de 2020
José María Otero
No me duelen prendas en decir que es de las mejores personas que he conocido en el mundo del tango. Por muchos cuerpos de ventaja. Generoso, brillante, educado... José María parece sacado de un libro de caballeros andantes. Todo en él es luz y desfazer entuertos.
Afirmo que José María Otero es memoria viva de lo mejor que ha dado nuestro país. Si el tango fue grande algún día, si reinó en los corazones del pueblo, fue gracias a personas con ese talante, con esa forma de estar en el mundo. La luz engendra más luz.
José María es fervor de Buenos Aires.
Un tipo realmente macanudo! Un abrazo enorme y los mejores deseos para vos, queridísimo. Muchas felicidades.
En su magnífico blog, Tangos al bardo, encontraréis verdaderos tesoros sobre la estética, la historia y la esencia del tango. Contado todo desde el punto de vista de un protagonista más, alguien que vivió y respiró los años de oro de la música más internacional que ha dado la Reina del Plata. Tango y celebración de la vida en primera persona.
http://tangosalbardo.blogspot.com/

