lunes, 9 de noviembre de 2020

Casa tomada - Cuadernos para Pablo III

Casa tomada, el cuento de Julio Cortázar que se incluye en el número III de Cuadernos para Pablo.



domingo, 8 de noviembre de 2020

Cuadernos para Pablo IV - Dublineses (The Dead), de James Joyce

Texto traducido al español y a continuación la versión original en inglés, que es una auténtica obra de arte.

[...] Qué pobre papel he representado en tu vida... Es casi como si no hubiera sido tu marido, como si nunca hubiésemos convivido juntos como marido y mujer. ¿Cómo eras entonces? Para mi tu cara sigue siendo hermosa, pero ya no es aquella por la que Michael Fury dio su vida ¿Por qué siento este torbellino de emociones? ¿Qué las ha despertado? ¿El recorrido en el coche de punto? ¿Su indiferencia al besarle la mano? La fiesta de mis tías, mi estúpido discurso, el vino, el baile, la música?

Pobre tía Julia. Qué expresión tan macilenta tenía mientras cantaba Arrayed for the Bridal. Pronto ella también será una sombra, como la sombra de Patrick Morecombe y su caballo. Quizás pronto me siente en esa mismo salón, vestido de negro, los visillos estarán corridos y yo rebuscaré en mi mente palabras de consuelo. Y sólo encontraré algunas, torpes e inútiles. Sí, sí, eso ocurrirá muy pronto.

Sí, los periódicos tienen razón. La nieve está cubriendo toda Irlanda. Cae sobre toda la oscura llanura central, sobre las colinas despobladas, suavemente sobre los pantanos de Allen, y más lejos, hacia el oeste, cae suavemente sobre las oscuras y revueltas aguas del Shannon. Uno a uno todos nos convertiremos en sombras. Es mejor pasar a ese otro mundo impúdicamente, en la plena gloria de una pasión, que irse apagando y marchitarse tristemente con la edad.

¿Cuánto tiempo has guardado en tu corazón la imagen de los ojos de tu amado diciéndote que no deseaba vivir? Yo mismo nunca he sentido nada así por ninguna mujer, pero sé que tal sentimiento debe ser amor. Piensa en todos los que alguna vez han vivido desde el principio de los tiempos, y en mi, transeunte como ellos, fluctuando también hacia su mundo gris. Como todo lo que me rodea, este mismo sólido mundo en el que ellos se criaron y vivieron se desmorona y se disuelve .

Cae la nieve, cae sobre ese solitario cementerio donde Michael Fury yace enterrado. Cae lágidamente en todo el universo y lánguidamente cae como en el descenso de su último final, sobre todos los vivos y los muertos.

*

Versión original

How poor a part I’ve played in your life, it’s almost as though I’m not your husband, and we’ve never lived together as man and wife. What were you like, then? To me, your face is still beautiful, but it’s no longer the one for which Michael Furey braved death. Why am I feeling this riot of emotion? What started it up? A ride in the cab? When not responding when I kissed her hand? My aunt’s party? My own foolish speech? Wine, dancing, music?

Poor Aunt Julia… That haggard look on her face when she was singing Arrayed for the Bridal. Soon, she’ll be a shade too, with the shade of Patrick Morkan and his horse. Soon, perhaps, I’ll be sitting in that same drawing-room, dressed in black. The blinds would be drawn down, and I’d be casting about in my mind for words of consolation. And would find only lame and useless ones. Yes, yes. That will happen very soon.

Yes, the newspapers are right: Snow is general all over Ireland. Falling on every part of the dark central plain, on the treeless hills, softly upon the Bog of Allen, and, farther westward, softly falling into the dark mutinous Shannon waves. One by one we are all becoming shades. Better pass boldly into that other world, in the full glory of some passion, than fade and wither dismally with age.

How long you locked away in your heart, the image of your lover’s eyes when he told you that he did not wish to live? I’ve never felt like that myself towards any woman, but I know that such a feeling must be love.

Think of all those who ever were, back to the start of time. And me, transient as they, flickering out as well into their grey world. Like everything around me, this solid world itself, which they reared and lived in, is dwindling and dissolving.

Snow is falling. Falling in that lonely churchyard where Michael Furey lays buried. Falling faintly through the universe, and faintly falling, like the descent of their last end, upon all the living and the dead.

sábado, 7 de noviembre de 2020

Cuadernos para Pablo III - Casa tomada, de Julio Cortázar

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

—¿Estás seguro?

Asentí.

—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

—No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

—Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

—Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

—¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente.

—No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

*

Casa tomada en audio >>>  CASA TOMADA - Podcast

lunes, 2 de noviembre de 2020

Cuadernos para Pablo II - ¿Cuánta tierra necesita un hombre? de León Tolstoi

Érase una vez un campesino llamado Pahom, que había trabajado dura y honestamente para su familia, pero que no tenía tierras propias, así que siempre permanecía en la pobreza. "Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra -pensaba a menudo- los campesinos siempre debemos morir como vivimos, sin nada propio. Las cosas serían diferentes si tuviéramos nuestra propia tierra."

Ahora bien, cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, una pequeña terrateniente, que poseía una finca de ciento cincuenta hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que esta dama iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría veinticinco hectáreas y que la dama había consentido en aceptar la mitad en efectivo y esperar un año por la otra mitad.

"Qué te parece -pensó Pahom- Esa tierra se vende, y yo no obtendré nada."

Así que decidió hablar con su esposa.

-Otras personas están comprando, y nosotros también debemos comprar unas diez hectáreas. La vida se vuelve imposible sin poseer tierras propias.

Se pusieron a pensar y calcularon cuánto podrían comprar. Tenían ahorrados cien rublos. Vendieron un potrillo y la mitad de sus abejas; contrataron a uno de sus hijos como peón y pidieron anticipos sobre la paga. Pidieron prestado el resto a un cuñado, y así juntaron la mitad del dinero de la compra. Después de eso, Pahom escogió una parcela de veinte hectáreas, donde había bosques, fue a ver a la dama e hizo la compra.

Así que ahora Pahom tenía su propia tierra. Pidió semilla prestada, y la sembró, y obtuvo una buena cosecha. Al cabo de un año había logrado saldar sus deudas con la dama y su cuñado. Así se convirtió en terrateniente, y talaba sus propios árboles, y alimentaba su ganado en sus propios pastos. Cuando salía a arar los campos, o a mirar sus mieses o sus prados, el corazón se le llenaba de alegría. La hierba que crecía allí y las flores que florecían allí le parecían diferentes de las de otras partes. Antes, cuando cruzaba esa tierra, le parecía igual a cualquier otra, pero ahora le parecía muy distinta.

Un día Pahom estaba sentado en su casa cuando un viajero se detuvo ante su casa. Pahom le preguntó de dónde venía, y el forastero respondió que venía de allende el Volga, donde había estado trabajando. Una palabra llevó a la otra, y el hombre comentó que había muchas tierras en venta por allá, y que muchos estaban viajando para comprarlas. Las tierras eran tan fértiles, aseguró, que el centeno era alto como un caballo, y tan tupido que cinco cortes de guadaña formaban una avilla. Comentó que un campesino había trabajado sólo con sus manos, y ahora tenía seis caballos y dos vacas.

El corazón de Pahom se colmó de anhelo.

"¿Por qué he de sufrir en este agujero -pensó- si se vive tan bien en otras partes? Venderé mi tierra y mi finca, y con el dinero comenzaré allá de nuevo y tendré todo nuevo".

Pahom vendió su tierra, su casa y su ganado, con buenas ganancias, y se mudó con su familia a su nueva propiedad. Todo lo que había dicho el campesino era cierto, y Pahom estaba en mucha mejor posición que antes. Compró muchas tierras arables y pasturas, y pudo tener las cabezas de ganado que deseaba.

Al principio, en el ajetreo de la mudanza y la construcción, Pahom se sentía complacido, pero cuando se habituó comenzó a pensar que tampoco aquí estaba satisfecho. Quería sembrar más trigo, pero no tenía tierras suficientes para ello, así que arrendó más tierras por tres años. Fueron buenas temporadas y hubo buenas cosechas, así que Pahom ahorró dinero. Podría haber seguido viviendo cómodamente, pero se cansó de arrendar tierras ajenas todos los años, y de sufrir privaciones para ahorrar el dinero.

"Si todas estas tierras fueran mías -pensó-, sería independiente y no sufriría estas incomodidades."

Un día un vendedor de bienes raíces que pasaba le comentó que acababa de regresar de la lejana tierra de los bashkirs, donde había comprado seiscientas hectáreas por sólo mil rublos.

-Sólo debes hacerte amigo de los jefes -dijo- Yo regalé como cien rublos en vestidos y alfombras, además de una caja de té, y di vino a quienes lo bebían, y obtuve la tierra por una bicoca.

"Vaya -pensó Pahom-, allá puedo tener diez veces más tierras de las que poseo. Debo probar suerte."

Pahom encomendó a su familia el cuidado de la finca y emprendió el viaje, llevando consigo a su criado. Pararon en una ciudad y compraron una caja de té, vino y otros regalos, como el vendedor les había aconsejado. Continuaron viaje hasta recorrer más de quinientos kilómetros, y el séptimo día llegaron a un lugar donde los bashkirs habían instalado sus tiendas.

En cuanto vieron a Pahom, salieron de las tiendas y se reunieron en torno al visitante. Le dieron té y kurniss, y sacrificaron una oveja y le dieron de comer. Pahom sacó presentes de su carromato y los distribuyó, y les dijo que venía en busca de tierras. Los bashkirs parecieron muy satisfechos y le dijeron que debía hablar con el jefe. Lo mandaron a buscar y le explicaron a qué había ido Pahom.

El jefe escuchó un rato, pidió silencio con un gesto y le dijo a Pahom:

-De acuerdo. Escoge la tierra que te plazca. Tenemos tierras en abundancia.

-¿Y cuál será el precio? -preguntó Pahom.

-Nuestro precio es siempre el mismo: mil rublos por día.

Pahom no comprendió.

-¿Un día? ¿Qué medida es ésa? ¿Cuántas hectáreas son?

-No sabemos calcularlo -dijo el jefe-. La vendemos por día. Todo lo que puedas recorrer a pie en un día es tuyo, y el precio es mil rublos por día.

Pahom quedó sorprendido.

-Pero en un día se puede recorrer una vasta extensión de tierra -dijo.

El jefe se echó a reír.

-¡Será toda tuya! Pero con una condición. Si no regresas el mismo día al lugar donde comenzaste, pierdes el dinero.

-¿Pero cómo debo señalar el camino que he seguido?

-Iremos a cualquier lugar que gustes, y nos quedaremos allí. Puedes comenzar desde ese sitio y emprender tu viaje, llevando una azada contigo. Donde lo consideres necesario, deja una marca. En cada giro, cava un pozo y apila la tierra; luego iremos con un arado de pozo en pozo. Puedes hacer el recorrido que desees, pero antes que se ponga el sol debes regresar al sitio de donde partiste. Toda la tierra que cubras será tuya.

Pahom estaba alborozado. Decidió comenzar por la mañana. Charlaron, bebieron más kurniss, comieron más oveja y bebieron más té, y así llegó la noche. Le dieron a Pahom una cama de edredón, y los bashkirs se dispersaron, prometiendo reunirse a la mañana siguiente al romper el alba y viajar al punto convenido antes del amanecer.

Pahom se quedó acostado, pero no pudo dormirse. No dejaba de pensar en su tierra.

"¡Qué gran extensión marcaré! -pensó-. Puedo andar fácilmente cincuenta kilómetros por día. Los días ahora son largos, y un recorrido de cincuenta kilómetros representará gran cantidad de tierra. Venderé las tierras más áridas, o las dejaré a los campesinos, pero yo escogeré la mejor y la trabajaré. Compraré dos yuntas de bueyes y contrataré dos peones más. Unas noventa hectáreas destinaré a la siembra y en el resto criaré ganado."

Por la puerta abierta vio que estaba rompiendo el alba.

-Es hora de despertarlos -se dijo-. Debemos ponernos en marcha.

Se levantó, despertó al criado (que dormía en el carromato), le ordenó uncir los caballos y fue a despertar a los bashkirs.

-Es hora de ir a la estepa para medir las tierras -dijo.

Los bashkirs se levantaron y se reunieron, y también acudió el jefe. Se pusieron a beber más kurniss, y ofrecieron a Pahom un poco de té, pero él no quería esperar.

-Si hemos de ir, vayamos de una vez. Ya es hora.

Los bashkirs se prepararon y todos se pusieron en marcha, algunos a caballo, otros en carros. Pahom iba en su carromato con el criado, y llevaba una azada. Cuando llegaron a la estepa, el cielo de la mañana estaba rojo. Subieron una loma y, apeándose de carros y caballos, se reunieron en un sitio. El jefe se acercó a Pahom y extendió el brazo hacia la planicie.

-Todo esto, hasta donde llega la mirada, es nuestro. Puedes tomar lo que gustes.

A Pahom le relucieron los ojos, pues era toda tierra virgen, chata como la palma de la mano y negra como semilla de amapola, y en las hondonadas crecían altos pastizales.

El jefe se quitó la gorra de piel de zorro, la apoyó en el suelo y dijo:

-Ésta será la marca. Empieza aquí y regresa aquí. Toda la tierra que rodees será tuya.

Pahom sacó el dinero y lo puso en la gorra. Luego se quitó el abrigo, quedándose con su chaquetón sin mangas. Se aflojó el cinturón y lo sujetó con fuerza bajo el vientre, se puso un costal de pan en el pecho del jubón y, atando una botella de agua al cinturón, se subió la caña de las botas, empuñó la azada y se dispuso a partir. Tardó un instante en decidir el rumbo. Todas las direcciones eran tentadoras.

-No importa -dijo al fin-. Iré hacia el sol naciente.

Se volvió hacia el este, se desperezó y aguardó a que el sol asomara sobre el horizonte.

"No debo perder tiempo -pensó-, pues es más fácil caminar mientras todavía está fresco."

Los rayos del sol no acababan de chispear sobre el horizonte cuando Pahom, azada al hombro, se internó en la estepa.

Pahom caminaba a paso moderado. Tras avanzar mil metros se detuvo, cavó un pozo y apiló terrones de hierba para hacerlo más visible. Luego continuó, y ahora que había vencido el entumecimiento apuró el paso. Al cabo de un rato cavó otro pozo.

Miró hacia atrás. La loma se veía claramente a la luz del sol, con la gente encima, y las relucientes llantas de las ruedas del carromato. Pahom calculó que había caminado cinco kilómetros. Estaba más cálido; se quitó el chaquetón, se lo echó al hombro y continuó la marcha. Ahora hacía más calor; miró el sol; era hora de pensar en el desayuno.

-He recorrido el primer tramo, pero hay cuatro en un día, y todavía es demasiado pronto para virar. Pero me quitaré las botas -se dijo.

Se sentó, se quitó las botas, se las metió en el cinturón y reanudó la marcha. Ahora caminaba con soltura.

"Seguiré otros cinco kilómetros -pensó-, y luego giraré a la izquierda. Este lugar es tan promisorio que sería una pena perderlo. Cuanto más avanzo, mejor parece la tierra."

Siguió derecho por un tiempo, y cuando miró en torno, la loma era apenas visible y las personas parecían hormigas, y apenas se veía un destello bajo el sol.

"Ah -pensó Pahom-, he avanzado bastante en esta dirección, es hora de girar. Además estoy sudando, y muy sediento."

Se detuvo, cavó un gran pozo y apiló hierba. Bebió un sorbo de agua y giró a la izquierda. Continuó la marcha, y la hierba era alta, y hacía mucho calor.

Pahom comenzó a cansarse. Miró el sol y vio que era mediodía.

"Bien -pensó-, debo descansar."

Se sentó, comió pan y bebió agua, pero no se acostó, temiendo quedarse dormido. Después de estar un rato sentado, siguió andando. Al principio caminaba sin dificultad, y sentía sueño, pero continuó, pensando: "Una hora de sufrimiento, una vida para disfrutarlo".

Avanzó un largo trecho en esa dirección, y ya iba a girar de nuevo a la izquierda cuando vio un fecundo valle. "Sería una pena excluir ese terreno -pensó-. El lino crecería bien aquí.". Así que rodeó el valle y cavó un pozo del otro lado antes de girar. Pahom miró hacia la loma. El aire estaba brumoso y trémulo con el calor, y a través de la bruma apenas se veía a la gente de la loma.

"¡Ah! -pensó Pahom-. Los lados son demasiado largos. Este debe ser más corto." Y siguió a lo largo del tercer lado, apurando el paso. Miró el sol. Estaba a mitad de camino del horizonte, y Pahom aún no había recorrido tres kilómetros del tercer lado del cuadrado. Aún estaba a quince kilómetros de su meta.

"No -pensó-, aunque mis tierras queden irregulares, ahora debo volver en línea recta. Podría alejarme demasiado, y ya tengo gran cantidad de tierra.".

Pahom cavó un pozo de prisa.

Echó a andar hacia la loma, pero con dificultad. Estaba agotado por el calor, tenía cortes y magulladuras en los pies descalzos, le flaqueaban las piernas. Ansiaba descansar, pero era imposible si deseaba llegar antes del poniente. El sol no espera a nadie, y se hundía cada vez más.

"Cielos -pensó-, si no hubiera cometido el error de querer demasiado. ¿Qué pasará si llego tarde?"

Miró hacia la loma y hacia el sol. Aún estaba lejos de su meta, y el sol se aproximaba al horizonte.

Pahom siguió caminando, con mucha dificultad, pero cada vez más rápido. Apuró el paso, pero todavía estaba lejos del lugar. Echó a correr, arrojó la chaqueta, las botas, la botella y la gorra, y conservó sólo la azada que usaba como bastón.

"Ay de mí. He deseado mucho, y lo eché todo a perder. Tengo que llegar antes de que se ponga el sol."

El temor le quitaba el aliento. Pahom siguió corriendo, y la camisa y los pantalones empapados se le pegaban a la piel, y tenía la boca reseca. Su pecho jadeaba como un fuelle, su corazón batía como un martillo, sus piernas cedían como si no le pertenecieran. Pahom estaba abrumado por el terror de morir de agotamiento.

Aunque temía la muerte, no podía detenerse. "Después que he corrido tanto, me considerarán un tonto si me detengo ahora", pensó. Y siguió corriendo, y al acercarse oyó que los bashkirs gritaban y aullaban, y esos gritos le inflamaron aún más el corazón. Juntó sus últimas fuerzas y siguió corriendo.

El hinchado y brumoso sol casi rozaba el horizonte, rojo como la sangre. Estaba muy bajo, pero Pahom estaba muy cerca de su meta. Podía ver a la gente de la loma, agitando los brazos para que se diera prisa. Veía la gorra de piel de zorro en el suelo, y el dinero, y al jefe sentado en el suelo, riendo a carcajadas.

"Hay tierras en abundancia -pensó-, ¿pero me dejará Dios vivir en ellas? ¡He perdido la vida, he perdido la vida! ¡Nunca llegaré a ese lugar!"

Pahom miró el sol, que ya desaparecía, ya era devorado. Con el resto de sus fuerzas apuró el paso, encorvando el cuerpo de tal modo que sus piernas apenas podían sostenerlo. Cuando llegó a la loma, de pronto oscureció. Miró el cielo. ¡El sol se había puesto! Pahom dio un alarido.

"Todo mi esfuerzo ha sido en vano", pensó, y ya iba a detenerse, pero oyó que los bashkirs aún gritaban, y recordó que aunque para él, desde abajo, parecía que el sol se había puesto, desde la loma aún podían verlo. Aspiró una buena bocanada de aire y corrió cuesta arriba. Allí aún había luz. Llegó a la cima y vio la gorra. Delante de ella el jefe se reía a carcajadas. Pahom soltó un grito. Se le aflojaron las piernas, cayó de bruces y tomó la gorra con las manos.

-¡Vaya, qué sujeto tan admirable! -exclamó el jefe-. ¡Ha ganado muchas tierras!

El criado de Pahom se acercó corriendo y trató de levantarlo, pero vio que le salía sangre de la boca. ¡Pahom estaba muerto!

Los pakshirs chasquearon la lengua para demostrar su piedad.

Su criado empuñó la azada y cavó una tumba para Pahom, y allí lo sepultó. Dos metros de la cabeza a los pies era todo lo que necesitaba.



viernes, 30 de octubre de 2020

Cuadernos para Pablo I - La rama dorada

Inicio hoy un proyecto que venía acariciando hace tiempo. De forma asistemática y sin pretender tener respuestas -soy pródigo en preguntas- voy a publicar textos que me han sugerido cosas a lo largo de mi vida. 

Para arrancar, un texto de Frazer. La rama dorada. Un texto clásico de la antropología. Un estudio fascinante sobre magia y religión, escrito con una fineza y una profundidad impactantes. Sobre aquello que nos hace diferentes, radicalmente diferentes. Máquinas que se piensan. Que se sueñan.

Este texto, que leí por primera vez cuando tenía 20 años y me dejó mirando las estrellas durante muchas noches, es una fantástica parábola sobre el sentido de la vida, la fuerza indomable de la juventud, la vigilia y la soledad del poder, la realidad de la decadencia y la extinción. A cambio de la sabiduría. El árbol de la ciencia en sentido bíblico.

Si podéis visitar la zona de Italia que nombra Frazer volveréis transformados. Quién sabe si encontráis a la propia Diana...

*

The Golden Bough: A Study in Magic and Religion, James George Frazer

"¿Quién no conoce La rama dorada, el cuadro de Turner? La escena, bañada en el dorado resplandor con que la divina imaginación del artista envolvía y transfiguraba hasta el más bello paisaje, es una visión de ensueño del pequeño lago del bosque de Nemi, llamado por los antiguos "el espejo de Diana" [Lacus Nemorensis, de 5 kilómetros y medio de diámetro, 30 metros de profundidad y 90 de farallones sobre el nivel de las aguas, es un cráter extinto y subsidiario del cráter Albano, al este del lago de este nombre.]

Quien haya contemplado las quietas aguas encunadas en uno de los verdes repliegues de las colinas albanas, no podrá olvidarlo. Las dos aldeas italianas típicas, que dormitan en sus laderas, y el palacio, cuyos jardines en terraplén descienden hasta el lago, apenas rompen la quietud y soledad de la escena. Diana misma podría frecuentar aún la solitaria orilla; aún podría aparecer entre el boscaje.

En la Antigüedad este paisaje selvático fue el escenario de una tragedia extraña y repetida. En la orilla norteña del lago, inmediatamente debajo del precipicio sobre el que cuelga el moderno villorrio de Nemi, estaba situado el bosquecillo sagrado y el santuario de Diana Nemorensis o Diana del Bosque. Lago y bosque fueron denominados, en ocasiones, lago y bosque de Aricia, aunque el pueblo de este nombre (modernamente La Riccia) estaba situado unos cinco kilómetros al pie del monte Albano y separado por una pendiente del lago, que yace en una concavidad, a modo de cráter, en la falda de la montaña.

Alrededor de cierto árbol de este bosque sagrado rondaba una figura siniestra todo el día y probablemente hasta altas horas de la noche: en la mano blandía una espada desnuda y vigilaba cautelosamente en torno, cual si esperase a cada instante ser atacado por un enemigo. El vigilante era sacerdote y homicida a la vez; tarde o temprano habría de llegar quien le matara, para reemplazarle en el puesto sacerdotal. Tal era la regla del santuario: el puesto sólo podía ocuparse matando al sacerdote y substituyéndole en su lugar hasta ser a su vez muerto por otro más fuerte o más hábil. El oficio mantenido de este modo tan precario le confería el título de rey, pero seguramente ningún monarca descansó peor que éste, ni fue visitado por pesadillas más atroces. Año tras año, en verano o en invierno, con buen o mal tiempo, había de mantener su guardia solitaria, y siempre que se rindiera con inquietud al sueño, lo haría con riesgo de su vida. La menor relajación de su vigilancia, el más pequeño abatimiento de sus fuerzas o de su destreza le ponían en peligro; las primeras canas sellarían su sentencia de muerte..."

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►♫ PODCAST - Cuadernos para Pablo I

lunes, 26 de octubre de 2020

Las puertas del cielo (Julio Cortázar)

A las ocho vino José María con la noticia, casi sin rodeos me dijo que Celina acababa de morir. Me acuerdo que reparé instantáneamente en la frase, Celina acabando de morirse, un poco como si ella misma hubiera decidido el momento en que eso debía concluir. Era casi de noche y a José María le temblaban los labios al decírmelo. 
—Mauro lo ha tomado tan mal, lo dejé como loco. Mejor vamos. 
Yo tenía que terminar unas notas, aparte de que le había prometido a una amiga llevarla a comer. Pegué un par de telefoneadas y salí con José María a buscar un taxi. Mauro y Celina vivían por Cánning y Santa Fe, de manera que le pusimos diez minutos desde casa. Ya al acercarnos vimos gente que se paraba en el zaguán con un aire culpable y cortado; en el camino supe que Celina había empezado a vomitar sangre a las seis, que Mauro trajo al médico y que su madre estaba con ellos. Parece que el médico empezaba a escribir una larga receta cuando Celina abrió los ojos y se acabó de morir con una especie de tos, más bien un silbido. 
—Yo lo sujeté a Mauro, el doctor tuvo que salir porque Mauro se le quería tirar encima. Usté sabe cómo es él cuando se cabrea. 
Yo pensaba en Celina, en la última cara de Celina que nos esperaba en la casa. Casi no escuché los gritos de las viejas y el revuelo en el patio, pero en cambio me acuerdo que el taxi costaba dos sesenta y que el chófer tenía una gorra de lustrina. Vi a dos o tres amigos de la barra de Mauro, que leían La Razón en la puerta; una nena de vestido azul tenía en brazos al gato barcino y le atusaba minuciosa los bigotes. Más adentro empezaban los clamoreos y el olor a encierro. 
—Andá velo a Mauro —le dije a José María—. Ya sabes que conviene darle bastante alpiste. 
En la cocina andaban ya con el mate. El velorio se organizaba solo, por sí mismo: las caras, las bebidas, el calor. Ahora que Celina acababa de morir, increíble cómo la gente de un barrio larga todo (hasta las audiciones de preguntas y respuestas) para constituirse en el lugar del hecho. Una bombilla rezongó fuerte cuando pasé al lado de la cocina y me asomé a la pieza mortuoria. Misia Manita y otra mujer me miraron desde el oscuro fondo, donde la cama parecía estar flotando en una jalea de membrillo. Me di cuenta por su aire superior que acababan de lavar y amortajar a Celina; hasta se olía débilmente a vinagre. 
—Pobrecita la finadita —dijo Misia Martita—. Pase, doctor, pase a verla. Parece como dormida.
Aguantando las ganas de putearla me metí en el caldo caliente de la pieza. Hacía rato que estaba mirando a Celina sin verla y ahora me dejé ir a ella, al pelo negro y lacio naciendo de una frente baja que brillaba como nácar de guitarra, al plato playo blanquísimo de su cara sin remedio. Me di cuenta de que no tenía nada que hacer ahí, que esa pieza era ahora de las mujeres, de las plañideras llegando en la noche. Ni siquiera Mauro podría entrar en paz a sentarse al lado de Celina, ni siquiera Celina estaba ahí esperando, esa cosa blanca y negra se volcaba del lado de las lloronas, las favorecía con su tema inmóvil repitiéndose. Mejor Mauro, ir a buscar a Mauro que seguía del lado nuestro. 
De la pieza al comedor había sordos centinelas fumando en el pasillo sin luz. Peña, el loco Bazán, los dos hermanos menores de Mauro y un viejo indefinible me saludaron con respeto. 
—Gracias por venir, doctor —me dijo uno—. Usté siempre tan amigo del pobre Mauro. 
—Los amigos se ven en estos trances —dijo el viejo, dándome una mano que me pareció una sardina viva. 
Todo esto ocurría, pero yo estaba otra vez con Celina y Mauro en el Luna Park, bailando en el Carnaval del cuarenta y dos, Celina de celeste que le iba tan mal con su tipo achinado, Mauro de palmbeach y yo con seis whiskies y una mamúa padre. Me gustaba salir con Mauro y Celina para asistir de costado a su dura y caliente felicidad. Cuanto más me reprochaban estas amistades, más me arrimaba a ellos (a mis días, a mis horas) para presenciar su existencia de la que ellos mismos no sabían nada. 
Me arranqué del baile, un quejido venía de la pieza trepando por las puertas. 
—Esa debe ser la madre —dijo el loco Bazán, casi satisfecho. 
«Silogística perfecta del humilde», pensé. «Celina muerta, llega madre, chillido madre.» Me daba asco pensar así, una vez más estar pensando todo lo que a los otros les bastaba sentir. Mauro y Celina no habían sido mis cobayos, no. Los quería, cuánto los sigo queriendo. Solamente que nunca pude entrar en su simpleza, solamente que me veía forzado a alimentarme por reflejo de su sangre; yo soy el doctor Hardoy, un abogado que no se conforma con el Buenos Aires forense o musical o hípico, y avanza todo lo que puede por otros zaguanes. Ya sé que detrás de eso está la curiosidad, las notas que llenan poco a poco mi fichero. Pero Celina y Mauro no, Celina y Mauro no. 
—Quién iba a decir esto —le oí a Peña—. Así tan rápido… 
—Bueno, vos sabés que estaba muy mal del pulmón. —Sí, pero lo mismo… 
Se defendían de la tierra abierta. Muy mal del pulmón, pero así y todo… Celina tampoco debió esperar su muerte, para ella y Mauro la tuberculosis era «debilidad». Otra vez la vi girando entusiasta en brazos de Mauro, la orquesta de Canaro ahí arriba y un olor a polvo barato. Después bailó conmigo una machicha, la pista era un horror de gente y calina. «Qué bien baila, Marcelo», como extrañada de que un abogado fuera capaz de seguir una machicha. Ni ella ni Mauro me tutearon nunca, yo le hablaba de vos a Mauro pero a Celina le devolvía el tratamiento. A Celina le costó dejar el «doctor», tal vez la enorgullecía darme el título delante de otros, mi amigo el doctor. Yo le pedí a Mauro que se lo dijera, entonces empezó el «Marcelo». Así ellos se acercaron un poco a mí pero yo estaba tan lejos como antes. Ni yendo juntos a los bailes populares, al box, hasta al fútbol (Mauro jugó años atrás en Racing) o mateando hasta tarde en la cocina. Cuando acabó el pleito y le hice ganar cinco mil pesos a Mauro, Celina fue la primera en pedirme que no me alejara, que fuese a verlos. Ya no estaba bien, su voz siempre un poco ronca era cada vez más débil. Tosía por la noche, Mauro le compraba Neurofosfato Escay lo que era una idiotez, y también Hierro Quina Bisleri, cosas que se leen en las revistas y se les toma confianza. 
Íbamos juntos a los bailes, y yo los miraba vivir. 
—Es bueno que lo hable a Mauro —dijo José María que brotaba de golpe a mi lado—. Le va a hacer bien. 
Fui, pero estuve todo el tiempo pensando en Celina. Era feo reconocerlo, en realidad lo que hacía era reunir y ordenar mis fichas sobre Celina, no escritas nunca pero bien a mano. Mauro lloraba a cara descubierta como todo animal sano y de este mundo, sin la menor vergüenza. Me tomaba las manos y me las humedecía con su sudor febril. Cuando José María lo forzaba a beber una ginebra, la tragaba entre dos sollozos con un ruido raro. Y las frases, ese barboteo de estupideces con toda su vida dentro, la oscura conciencia de la cosa irreparable que le había sucedido a Celina pero que sólo él acusaba y resentía. El gran narcisismo por fin excusado y en libertad para dar el espectáculo. Tuve asco de Mauro pero mucho más de mí mismo, y me puse a beber coñac barato que me abrasaba la boca sin placer. Ya el velorio funcionaba a todo tren, de Mauro abajo estaban todos perfectos, hasta la noche ayudaba caliente y pareja, linda para estarse en el patio y hablar de la finadita, para dejar venir el alba sacándole a Celina los trapos al sereno. 
Esto fue un lunes, después tuve que ir a Rosario por un congreso de abogados donde no se hizo otra cosa que aplaudirse unos a otros y beber como locos, y volví a fin de semana. En el tren viajaban dos bailarinas del Moulin Rouge y reconocí a la más joven, que se hizo la zonza. Toda esa mañana había estado pensando en Celina, no que me importara tanto la muerte de Celina sino más bien la suspensión de un orden, de un hábito necesario. Cuando vi a las muchachas pensé en la carrera de Celina y el gesto de Mauro al sacarla de la milonga del griego Kasidis y llevársela con él. Se precisaba coraje para esperar alguna cosa de esa mujer, y fue en esa época que lo conocí, cuando vino a consultarme sobre el pleito de su vieja por unos terrenos en Sanagasta. Celina lo acompañó la segunda vez, todavía con un maquillaje casi profesional, moviéndose a bordadas anchas pero apretada a su brazo. No me costó medirlos, saborear la sencillez agresiva de Mauro y su esfuerzo inconfesado por incorporarse del todo a Celina. Cuando los empecé a tratar me pareció que lo había conseguido, al menos por fuera y en la conducta cotidiana. Después medí mejor, Celina se le escapaba un poco por la vía de los caprichos, su ansiedad de bailes populares, sus largos entresueños al lado de la radio, con un remiendo o un tejido en las manos. Cuando la oí cantar, una noche de Nebiolo y Racing cuatro a uno, supe que todavía estaba con Kasidis, lejos de una casa estable y de Mauro puestero del Abasto. Por conocerla mejor alenté sus deseos baratos, fuimos los tres a tanto sitio de altoparlantes cegadores, de pizza hirviendo y papelitos con grasa por el piso. Pero Mauro prefería el patio, las horas de charla con vecinos y el mate. Aceptaba de a poco, se sometía sin ceder. Entonces Celina fingía conformarse, tal vez ya estaba conformándose con salir menos y ser de su casa. Era yo el que le conseguía a Mauro para ir a los bailes, y sé que me lo agradeció desde un principio. Ellos se querían, y el contento de Celina alcanzaba para los dos, a veces para los tres. 
Me pareció bien pegarme un baño, telefonear a Nilda que la iría a buscar el domingo de paso al hipódromo, y verlo en seguida a Mauro. Estaba en el patio, fumando entre largos mates. Me enternecieron los dos o tres agujeritos de su camiseta, y le di una palmada en el hombro al saludarlo. Tenía la misma cara de la última vez, al lado de la fosa, al tirar el puñado de tierra y echarse atrás como encandilado. Pero le encontré un brillo claro en los ojos, la mano dura al apretar. 
—Gracias por venir a verme. El tiempo es largo, Marcelo. 
—Tenes que ir al Abasto, o te reemplaza alguien? 
—Puse a mi hermano el renguito. No tengo ánimo de ir, y eso que el día se me hace eterno. 
—Claro, precisás distraerte. Vestíte y damos una vuelta por Palermo. 
—Vamos, lo mismo da. Se puso un traje azul y pañuelo bordado, lo vi echarse perfume de un frasco que había sido de Celina. Me gustaba su forma de requintarse el sombrero, con el ala levantada, y su paso liviano y silencioso, bien compadre. Me resigné a escuchar —«los amigos se ven en estos trances»— —y a la segunda botella de Quilmes Cristal se me vino con todo lo que tenía. Estábamos en una mesa del fondo del café, casi a solas; yo lo dejaba hablar pero de cuando en cuando le servía cerveza. Casi no me acuerdo de todo lo que dijo, creo que en realidad era siempre lo mismo. Me ha quedado una frase: «La tengo aquí», y el gesto al clavarse el índice en el medio del pecho como si mostrara un dolor o una medalla. 
—Quiero olvidar —decía también—. Cualquier cosa, emborracharme, ir a la milonga, tirarme cualquier hembra. Usté me comprende, Marcelo,… —El índice subía, enigmático, se plegaba de golpe como un cortaplumas. A esa altura ya estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa, y cuando yo mencioné el Santa Fe Palace como de pasada, él dio por hecho que íbamos al baile y fue el primero en levantarse y mirar la hora. Caminamos sin hablar, muertos de calor, y todo el tiempo yo sospechaba un recuento por parte de Mauro, su repetida sorpresa al no sentir contra su brazo la caliente alegría de Celina camino del baile. 
—Nunca la llevé a ese Palace —me dijo de repente—. Yo estuve antes de conocerla, era una milonga muy rea. ¿Usté la frecuenta? En mis fichas tengo una buena descripción del Santa Fe Palace, que no se llama Santa Fe ni está en esa calle, aunque sí a un costado. Lástima que nada de eso pueda ser realmente descrito, ni la fachada modesta con sus carteles promisores y la turbia taquilla, menos todavía los junadores que hacen tiempo en la entrada y lo calan a uno de arriba abajo. Lo que sigue es peor, no que sea malo porque ahí nada es ninguna cosa precisa; justamente el caos, la confusión resolviéndose en un falso orden: el infierno y sus círculos. Un infierno de parque japonés a dos cincuenta la entrada y damas cero cincuenta. Compartimentos mal aislados, especie de patios cubiertos sucesivos donde en el primero una típica, en el segundo una característica, en el tercero una norteña con cantores y malambo. Puestos en un pasaje intermedio (yo Virgilio) oíamos las tres músicas y veíamos los tres círculos bailando; entonces se elegía el preferido, o se iba de baile en baile, de ginebra en ginebra, buscando mesitas y mujeres. 
—No está mal —dijo Mauro con su aire tristón—. Lástima el calor. Debían poner extractores. 
(Para una ficha: estudiar, siguiendo a Ortega, los contactos del hombre del pueblo y la técnica. Ahí donde se creería un choque hay en cambio asimilación violenta y aprovechamiento; Mauro hablaba de refrigeración o de superheterodinos con la suficiencia porteña que cree que todo le es debido.) Yo lo agarré del brazo y lo puse en camino de una mesa porque él seguía distraído y miraba el palco de la típica, al cantor que tenía con las dos manos el micrófono y lo zarandeaba despacito. Nos acodamos contentos delante de dos cañas secas y Mauro se bebió la suya de un solo viaje. 
—Esto asienta la cerveza. Puta que está concurrida la milonga. 
Llamó pidiendo otra, y me dio calce para desentenderme y mirar. La mesa estaba pegada a la pista, del otro lado había sillas contra una larga pared y un montón de mujeres se renovaba con ese aire ausente de las milongueras cuando trabajan o se divierten. No se hablaba mucho, oíamos muy bien la típica, rebasada de fuelles y tocando con ganas. El cantor insistía en la nostalgia, milagrosa su manera de dar dramatismo a un compás más bien rápido y sin alce. Las trenzas de mi china las traigo en la maleta… Se prendía al micrófono como a los barrotes de un vomitorio, con una especie de lujuria cansada, de necesidad orgánica. Por momentos metía los labios contra la rejilla cromada, y de los parlantes salía una voz pegajosa —«yo soy un hombre honrado…»—; pensé que sería negocio una muñeca de goma y el micrófono escondido dentro, así el cantor podría tenerla en brazos y calentarse a gusto al cantarle. Pero no serviría para los tangos, mejor el bastón cromado con la pequeña calavera brillante en lo alto, la sonrisa tetánica de la rejilla. 
Me parece bueno decir aquí que yo iba a esa milonga por los monstruos, y que no sé de otra donde se den tantos juntos. Asoman con las once de la noche, bajan de regiones vagas de la ciudad, pausados y seguros de uno o de a dos, las mujeres casi enanas y achinadas, los tipos como javaneses o mocovíes, apretados en trajes a cuadros o negros, el pelo duro peinado con fatiga, brillantina en gotitas contra los reflejos azules y rosa, las mujeres con enormes peinados altos que las hacen más enanas, peinados duros y difíciles de los que les queda el cansancio y el orgullo. A ellos les da ahora por el pelo suelto y alto en el medio, jopos enormes y amaricados sin nada que ver con la cara brutal más abajo, el gesto de agresión disponible y esperando su hora, los torsos eficaces sobre finas cinturas. Se reconocen y se admiran en silencio sin darlo a entender, es su baile y su encuentro, la noche de color. (Para una ficha: de dónde salen, qué profesiones los disimulan de día, qué oscuras servidumbres los aíslan y disfrazan.) Van a eso, los monstruos se enlazan con grave acatamiento, pieza tras pieza giran despaciosos sin hablar, muchos con los ojos cerrados gozando al fin la paridad, la completación. Se recobran en los intervalos, en las mesas son jactanciosos y las mujeres hablan chillando para que las miren, entonces los machos se ponen más torvos y yo he visto volar un sopapo y darle vuelta la cara y la mitad del peinado a una china bizca vestida de blanco que bebía anís. Además está el olor, no se concibe a los monstruos sin ese olor a talco mojado contra la piel, a fruta pasada, uno sospecha los lavajes presurosos, el trapo húmedo por la cara y los sobacos, después lo importante, lociones, rimmel, el polvo en la cara de todas ellas, una costra blancuzca y detrás las placas pardas trasluciendo. También se oxigenan, las negras levantan mazorcas rígidas sobre la tierra espesa de la cara, hasta se estudian gestos de rubia, vestidos verdes, se convencen de su transformación y desdeñan condescendientes a las otras que defienden su color. Mirando de reojo a Mauro yo estudiaba la diferencia entre su cara de rasgos italianos, la cara del porteño orillero sin mezcla negra ni provinciana, y me acordé de repente de Celina más próxima a los monstruos, mucho más cerca de ellos que Mauro y yo. Creo que Kasidis la había elegido para complacer a la parte achinada de su clientela, los pocos que entonces se animaban a su cabaré. Nunca había estado en lo de Kasidis en tiempos de Celina, pero después bajé una noche (para reconocer el sitio donde ella trabajaba antes que Mauro la sacara) y no vi más que blancas, rubias o morochas pero blancas. 
—Me dan ganas de bailarme un tango —dijo Mauro quejoso. Ya estaba un poco bebido al entrar en la cuarta caña. Yo pensaba en Celina, tan en su casa aquí, justamente aquí donde Mauro no la había traído nunca. Anita Lozano recibía ahora los aplausos cerrados del público al saludar desde el palco, yo la había oído cantar en el Novelty cuando se cotizaba alto, ahora estaba vieja y flaca pero conservaba toda la voz para los tangos. Mejor todavía, porque su estilo era canalla, necesitado de una voz un poco ronca y sucia para esas letras llenas de diatriba. Celina tenía esa voz cuando había bebido, de pronto me di cuenta cómo el Santa Fe era Celina, la presencia casi insoportable de Celina. 
Irse con Mauro había sido un error. Lo aguantó porque lo quería y él la sacaba de la mugre de Kasidis, la promiscuidad y los vasitos de agua azucarada entre los primeros rodillazos y el aliento pesado de los clientes contra su cara, pero si no hubiera tenido que trabajar en las milongas a Celina le hubiera gustado quedarse. Se le veía en las caderas y en la boca, estaba armada para el tango, nacida de arriba abajo para la farra. Por eso era necesario que Mauro la llevara a los bailes, yo la había visto transfigurarse al entrar, con las primeras bocanadas de aire caliente y fuelles. A esta hora, metido sin vuelta en el Santa Fe, medí la grandeza de Celina, su coraje de pagarle a Mauro con unos años de cocina y mate dulce en el patio. Había renunciado a su cielo de milonga, a su caliente vocación de anís y valses criollos. Como condenándose a sabiendas, por Mauro y la vida de Mauro, forzando apenas su mundo para que él la sacara a veces a una fiesta. 
Ya Mauro andaba prendido con una negrita más alta que las otras, de talle fino como pocas y nada fea. Me hizo reír su instintiva pero a la vez meditada selección, la sirvientita era la menos igual a los monstruos; entonces me volvió la idea de que Celina había sido en cierto modo un monstruo como ellos, sólo que afuera y de día no se notaba como aquí. Me pregunté si Mauro lo habría advertido, temí un poco su reproche por traerlo a un sitio donde el recuerdo crecía de cada cosa como pelos en un brazo. Esta vez no hubo aplausos, y él se acercó con la muchacha que parecía súbitamente entontecida y como boqueando fuera de su tango. 
—Le presento a un amigo. 
Nos dijimos los «encantados» porteños y ahí nomás le dimos de beber. Me alegraba verlo a Mauro entrando en la noche y hasta cambié unas frases con la mujer que se llamaba Emma, un nombre que no les va bien a las flacas. Mauro parecía bastante embalado y hablaba de orquestas con la frase breve y sentenciosa que le admiro. Emma se iba en nombres de cantores, en recuerdos de Villa Crespo y El Talar. Para entonces Anita Lozano anunció un tango viejo y hubo gritos y aplausos entre los monstruos, los tapes sobre todo que la favorecían sin distingos. Mauro no estaba tan curado como para olvidarse del todo, cuando la orquesta se abrió paso con un culebreo de los bandoneones me miró de golpe, tenso y rígido, como acordándose. Yo me vi también en Racing, Mauro y Celina prendidos fuerte en ese tango que ella canturreó después toda la noche y en el taxi de vuelta. 
—¿Lo bailamos? —dijo Emma, tragando su granadina con ruido. 
Mauro ni la miraba. Me parece que fue en ese momento que los dos nos alcanzamos en lo más hondo. Ahora (ahora que escribo) no veo otra imagen que una de mis veinte años en Sportivo Barracas, tirarme a la pileta y encontrar otro nadador en el fondo, tocar el fondo a la vez y entrevemos en el agua verde y acre. Mauro echó atrás la silla y se sostuvo con un codo en la mesa. Miraba igual que yo la pista, y Emma quedó perdida y humillada entre los dos, pero lo disimulaba comiendo papas fritas. Ahora Anita se ponía a cantar quebrado, las parejas bailaban casi sin salir de su sitio y se veía que escuchaban la letra con deseo y desdicha y todo el negado placer de la farra. Las caras buscaban el palco y aun girando se las veía seguir a Anita inclinada y confidente en el micrófono. Algunos movían la boca repitiendo las palabras, otros sonreían estúpidamente como desde atrás de sí mismos, y cuando ella cerró su tanto, tanto como fuiste mío, y hoy te busco y no te encuentro, a la entrada en tutti de los fuelles respondió la renovada violencia del baile, las corridas laterales y los ochos entreverados en el medio de la pista. Muchos sudaban, una china que me hubiera llegado raspando al segundo botón del saco pasó contra la mesa y le vi el agua saliéndole de la raíz del pelo y corriendo por la nuca donde la grasa le hacía una canaleta más blanca. Había humo entrando del salón contiguo donde comían parrilladas y bailaban rancheras, el asado y los cigarrillos ponían una nube baja que deformaba las caras y las pinturas baratas de la pared de enfrente. Creo que yo ayudaba desde adentro con mis cuatro cañas, y Mauro se tenía el mentón con el revés de la mano, mirando fijo hacia adelante. No nos llamó la atención que el tango siguiera y siguiera allá arriba, una o dos veces vi a Mauro echar una ojeada al palco donde Anita hacía como que manejaba una batuta, pero después volvió a clavar los ojos en las parejas. No sé cómo decirlo, me parece que yo seguía su mirada y a la vez le mostraba el camino; sin vernos sabíamos (a mí me parece que Mauro sabía) la coincidencia de ese mirar, caíamos sobre las mismas parejas, los mismos pelos y pantalones. Yo oí que Emma decía algo, una excusa, y el espacio de mesa entre Mauro y yo quedó más claro, aunque no nos mirábamos. Sobre la pista parecía haber descendido un momento de inmensa felicidad, respiré hondo como asociándome y creo haber oído que Mauro hizo lo mismo. El humo era tan espeso que las caras se borroneaban más allá del centro de la pista, de modo que la zona de las sillas para las que planchaban no se veía entre los cuerpos interpuestos y la neblina. Tanto como fuiste mío, curiosa la crepitación que le daba el parlante a la voz de Anita, otra vez los bailarines se inmovilizaban (siempre moviéndose) y Celina que estaba sobre la derecha, saliendo del humo y girando obediente a la presión de su compañero, quedó un momento de perfil a mí, después de espaldas, el otro perfil, y alzó la cara para oír la música. Yo digo: Celina; pero entonces fue más bien saber sin comprender, Celina ahí sin estar, claro, cómo comprender eso en el momento. La mesa tembló de golpe, yo sabía que era el brazo de Mauro que temblaba, o el mío, pero no teníamos miedo, eso estaba más cerca del espanto y la alegría y el estómago. En realidad era estúpido, un sentimiento de cosa aparte que no nos dejaba salir, recobrarnos. Celina seguía siempre ahí, sin vernos, bebiendo el tango con toda la cara que una luz amarilla de humo desdecía y alteraba. Cualquiera de las negras podría haberse parecido más a Celina que ella en ese momento, la felicidad la transformaba de un modo atroz, yo no hubiese podido tolerar a Celina como la veía en ese momento y ese tango. Me quedó inteligencia para medir la devastación de su felicidad, su cara arrobada y estúpida en el paraíso al fin logrado; así pudo ser ella en lo de Kasidis de no existir el trabajo y los clientes. Nada la ataba ahora en su cielo sólo de ella, se daba con toda la piel a la dicha y entraba otra vez en el orden donde Mauro no podía seguirla. Era su duro cielo conquistado, su tango vuelto a tocar para ella sola y sus iguales, hasta el aplauso de vidrios rotos que cerró el refrán de Anita, Celina de espaldas, Celina de perfil, otras parejas contra ella y el humo. 
No quise mirar a Mauro, ahora yo me rehacía y mi notorio cinismo apilaba comportamientos a todo vapor. Todo dependía de cómo entrara él en la cosa, de manera que me quedé como estaba, estudiando la pista que se vaciaba poco a poco. 
—¿Vos te fijaste? —dijo Mauro. 
—Sí. 
—¿Vos te fijaste cómo se parecía? 
No le contesté, el alivio pesaba más que la lástima. Estaba de este lado, el pobre estaba de este lado y no alcanzaba ya a creer lo que habíamos sabido juntos. Lo vi levantarse y caminar por la pista con paso de borracho, buscando a la mujer que se parecía a Celina. Yo me estuve quieto, fumándome un rubio sin apuro, mirándolo ir y venir sabiendo que perdía su tiempo, que volvería agobiado y sediento sin haber encontrado las puertas del cielo entre ese humo y esa gente.

Encuentro

 El hombre encendió la radio y se acercó a la cama donde yacía su padre.

—¿Y vos quién sos?

—Soy tu hijo, papá...

—¿De veras? Qué raro... no recuerdo haber tenido ningún hijo.

—OK. ¿Sabés qué canción está sonando?

—Milonga sentimental. La canta Carlos Gardel. Qué pregunta...

—Te la oí cantar tantas veces...

viernes, 23 de octubre de 2020

La madrugada tiene oro en la boca

Acabo de acordarme de una anécdota con Leen, mi novia flamenca de la que puse ayer la foto del asado monumental en Bélgica. Luego nos vinimos a vivir a El Escorial. En la parte de arriba, junto al hotel Felipe II. Una auténtica maravilla.

Solíamos ir a los bosques a oír los ruiseñores y nos levantábamos juntos para ver amanecer. Desde nuestra terraza se veía el monasterio y unos cielos increíbles.

En cierta ocasión, Leen dijo "la madrugada tiene oro en la boca". Yo estaba sobrepasado. Pensaba, joder... cómo puedo tener tanta suerte... esta niña se fija en mí y es más guapa que Charlize Theron, más sensual que Marilyn... pero es que además ES POETA!!!

Luego resultó que se trataba de un dicho flamenco que en español más o menos quería decir algo así como "a quien madruga Dios lo ayuda" o traducido literalmente al lenguaje madrileño, "si te levantas temprano trincarás más pasta", jajaja.

Lost in translation...

Nos despedimos en Londres de una manera tan cinematográfica que me emociona recordar siempre y cada vez que voy a la ciudad no puedo evitar pasar por Belgrave Road, donde paramos el tráfico y un taxi nos esperó en medio de la calle con la puerta abierta un montón de tiempo -fue tal cual y esto sucedió antes de que filmaran Notting Hill, así que siempre hemos pensado que alguno de sus guionistas contempló la escena- mientras nos besábamos desesperadamente y hacíamos planes para escapar juntos al Canadá. Planes que sabíamos que no cumpliríamos.

Todavía está el Luna House donde desayunábamos. Pablo me hizo fotos en la puerta en 2018 y acabó llorando cuando le conté la historia.

Esto sucedió en diciembre de 1990. War can start at any moment decían los periódicos. Oui, ma belle... Morgenstund hat Gold im Mund.

martes, 20 de octubre de 2020

Acerca del arte

Vivimos en tiempos tan miserables que el común de las gentes piensa que el arte sobra. A nadie interesa. Nadie está dispuesto a pagar por ello si puede evitarlo. Está en la parte más baja de lo que en nuestro mundo se entiende por "objeto de valor".

No siempre fue así. En "El mundo de ayer", Stefan Zweig describe una Viena imperial en el que la gente discutía a voz en grito en los cafés por la última sinfonía de Mahler o los nuevos lieder de Strauss. Hasta llegaban a las manos. Y los tenores y las sopranos de mayor prestigio de Europa tenían pánico a actuar en Viena o Budapest porque el nivel del público era tan elevado que preferían someterse a un tribunal del Conservatorio.

El arte de verdad, el que está realizado por artistas que son auténticos gigantes, es degustado por un porcentaje muy pequeño de la población. Las razones son muchas: a nadie interesa un pueblo formado, culto y con criterio propio. El 99 por ciento de los políticos se volatilizaría.

Cuando era estudiante se realizó una encuesta y se determinó que los oyentes de Radio 2 (hoy Radio Clásica) eran 200.000 en toda España. No sé cuántos son hoy, pero no creo que el porcentaje sobre la población haya variado demasiado.

Más allá del hecho de que pasar por la vida sin haber disfrutado de Brahms, de Mahler o de Albéniz es triste hay otro elemento que incluso beneficiaría al poder pero, como tantas cosas, le pasa absolutamente desapercibido.

La literatura juega ahí un papel crucial. La conciencia de la grandeza de un pueblo está directamente relacionada con sus escritores. El Siglo de Oro español no se llama así por el hecho de que el oro expoliado en América fluyera por Sevilla y de ahí a los Países Bajos, sino porque en esa época florecieron los ingenios más importantes de toda la historia de España. Cervantes, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León... un plantel de auténticos genios de las letras universales.

Estando en Greenwich visité una iglesia anglicana cuyas paredes estaban tapizadas de placas funerarias de un delicado mármol blanco. En ellas estaban grabados los nombres de los barcos y las tripulaciones que perecieron en el mar o en combate en las cuatro esquinas del mundo a mayor gloria de Su Majestad. Recordé entonces la capacidad de la literatura inglesa para crear una imagen de grandeza y arquetipos reconocibles con el paso de las generaciones. Desde el Rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda pasando por Robin Hood, el Rey Ricardo y las Cruzadas hasta Dickens y su Guerra en dos ciudades o Stevenson y su Isla del tesoro. ¡Doblones de a ocho! ¡Todo a estribor, avante a toda...!

Excálibur ni siquiera existió, pero sí la espada en la piedra de San Galgano, que puede verse en lo más profundo de la Toscana. Sin embargo, todo el mundo conoce la leyenda de Excálibur y nadie ha oído hablar de la historia de San Galgano, el cruzado de vida licenciosa que oyó la voz del Arcángel San Miguel y se hizo santo clavando su espada en una piedra para orar junto a ella el resto de sus días. Es un lugar que realmente inspira, pleno de luz.

Es el Arte el que crea la imagen de un país, de un pueblo. No otra cosa. Nadie puede ser mejor que sus propias palabras. Nada es más poderoso que una idea.

martes, 13 de octubre de 2020

Doce de octubre

 Como estamos faltos de problemas este 12 de octubre se ha aprovechado para cruzar mensajes de odio contra los conquistadores. Es interesante ver cómo los López, los Villar, los Vélez o los Ferrer piensan emigrar a USA a las primeras de cambio y hacer lo que sea. En USA no existe el problema indio. Fueron exterminados y los pocos que quedan viven en reservas más áridas que la luna y tienen índices de alcoholismo y de tristeza más allá de cualquier comparación.

Analizar el siglo XV o el XVII con la visión del XXI es un error, porque las cosas se hacían de una determinada manera que responde al espíritu de los tiempos. Sin pretender disculpar ninguna de las barbaridades que se cometieron en la conquista, ténganse en cuenta algunos elementos: Cortés no ocupó una urbe de un millón de almas como Tenochtitlán, el actual México DF, con 240 hombres, por muy españoles que estos fueran. Hubo miles de "Malinches". Y el fenómeno de tribus traidoras a "los suyos" se reprodujo por todo el Imperio. Incluso en la Conquista del Desierto argentina de 1880 del General Roca (siendo Argentina independiente desde 1816). El ejército argentino incorporó más de "1.000 fusiles indios". El continente nunca podría haber sido ocupado y sometido durante 300 años de otra manera. Ídem para Filipinas. 

¿Por qué se daba este fenómeno? Porque había pueblos aborígenes que aplastaban a otros pueblos aborígenes. Ergo la imagen del aborigen bueno por naturaleza es válida para una mentalidad infantil. Los aztecas o los incas actuaban oprimiendo a pueblos menos avanzados y los esclavizaban en mayor o menor medida.

El paroxismo se daba en el Caribe. Los caribes hacían expediciones para capturar niños tahínos en las Antillas mayores a los que enjaulaban, engordaban y comían oportunamente, ya que eran caníbales (véanse los escritos de Bernal Díaz del Castillo, "Historia verdadera de la conquista de la Nueva España" o del franciscano Bernardino de Sahagún).

La alternativa al modelo hispano, que llevó las primeras universidades y evangelizó el continente, era el modelo anglosajón, es decir, la desaparición física de pueblos enteros. No hay más que pasearse por la América que habla español para ver que esto no fue así. En países como México, Bolivia, Perú, Ecuador o Colombia la presencia "india" no es minoritaria, antes al contrario. 

Al igual que por mis venas corre sangre rusa, polaca y alemana -no hay más que ver una foto mía-, el antiguo Imperio Español (el libro de Hugh Thomas al respecto resulta esclarecedor) es un inmenso híbrido, una infinita mistura de sangres. Luego la protesta sería contra sí mismos. Algo de lo que viven los psicoanalistas que en el mundo han sido.

sábado, 10 de octubre de 2020

Buena onda

Estoy en Buenos Aires. Tengo que hablar con un tipo que nos va a contratar para tocar en un teatro del centro. Es un antiguo cantor de gotán. Un tipo jodido, oscuro, con mil vueltas. Me dice una cosa, después la contraria. Me marea. Alza la voz casi hasta el grito. A mí, plin. No entro en ninguna. Le contesto siempre con una sonrisa y hablando muy pausadamente. No hay nada como mantener la calma frente a un salame que pierde los papeles. Hasta que no pudo más y estalló... 

—¿Querés hacerme el favor de cortarla de una puta vez con esa buena onda de mierda? 
Aguafuertes psiquiátricas porteñas.

viernes, 2 de octubre de 2020

jueves, 1 de octubre de 2020

martes, 22 de septiembre de 2020

De mares y puertos

Cuando sales de la escuela náutica sabes muchas matemáticas, pero no te preparan para lo que te aguarda. Te confundes hasta con las banderas y haces cualquier cosa, poniendo a prueba la paciencia del capitán. En el mar no hay paredes, sino mamparos. No existen las cuerdas: se llaman estachas. Y tus compañeros son todo lo que tienes, así que ya puedes caerles bien por muy peculiar que seas. Hasta tu vida podría depender de su buena voluntad en una noche de mar gruesa.

Frío, calor, tormentas, vientos huracanados, calma chicha. Olas solitarias que barren la desolada cubierta. Meses hasta dar la vuelta al mundo y vuelta a empezar. Puertos oxidados, trifulcas, mujeres, promesas de retorno que nunca se cumplen. Palabras de amor gastadas, sin esperanza. Cuando volvamos a vernos...

Y la sensación única al separarse de tierra por primera vez. Soledades infinitas. Océanos que huelen a tabaco. La resignada certeza de que tu destino no le importa a nadie. Nadie te está esperando. Un silencio de camposanto, el estruendoso silencio del mar.

El alma del marino, plena de surcos donde habita el olvido. Mendigando amor en las tascas lisboetas donde anclaron todos nuestros barcos. De mares de azulejos y botellas vacías. Mapas del tesoro que no conducen a ningún sitio.

¿Acaso sabes quién te aguarda en Manila, en Luanda o San Petersburgo? Tú mismo, con distintas edades. Todos los puertos son uno y el mismo.

Sí. Sin ti la casa es un barco a la deriva, un enorme agujero por donde se cuela el viento.

sábado, 12 de septiembre de 2020

Lesbos

En Lesbos existe un infierno. La isla de Safo, en tiempos heroicos de dioses y humanos sobrenaturales, ahora es sede de un campo de refugiados absolutamente abarrotado. Un No Lugar donde hasta los niños piensan en el suicidio. Y muchos lo llevan a cabo.

¿Cabe imaginar algo más espantoso que un niño suicida? Soy escritor y no se me ocurre. Es el mayor crimen contra todo lo que hay de humano en nosotros. Un niño al que se le han extirpado las sonrisas. 

Los refugiados de una de las guerras olvidadas y más crueles de este siglo. Las guerras civiles de Siria.

Millones de seres humanos expulsados a la nada. Occidente, como es su costumbre desde siempre, mira hacia otro lado.

Es falso que los sistemas políticos sean neutros. Solo un imbécil puede hablar así. Solo alguien que no sabe nada de nada. ¿Tienes alguna duda acerca de que este sistema es inhumano e inmoral? Solo hay que ver la clase de individuos que produce en serie. El gesto más solidario es marcharse de vacaciones. Esa es la escala de valores del mundo liberal. La inexistencia de escala de valores. Hasta el uso de una putísima mascarilla para proteger a la gente mayor o a las personas más vulnerables en virtud de su estado de salud genera olas de INDIGNACIÓN, como si se pidiera a la gente que vaya a juntar escombros radioactivos con las manos en Chernobyl.

Nuestro sistema, donde lo que llamamos "socialistas" no son otra cosa que tibios socialdemócratas, ha generado esto que somos. Gente que solo se acuerda de Dios cuando va a morir.

Lesbos y los miles de Lesbos son el resultado de la desidia y la frialdad de corazón de millones de seres humanos por los que el propio Dios no siente nada.

Es el resultado de esta auténtica fábrica de picar carne que es el reinado de los marchantes de hombres, del tanto tienes tanto vales. El mundo donde el espíritu no encuentra su sitio.

Lesbos somos todos nosotros. Somos responsables. TODOS. No hay infierno suficientemente grande. Y pagaremos antes o después ser esta mierda de gente sin lágrimas, sin entrañas. Mirando exclusivamente por su culo. La feria de las vanidades de la cual este Facebook de los cojones que estoy pensando seriamente en tirar por la ventana es una muestra de primera clase. 

No es que Dios no exista. Existe, pero no quiere tener nada que ver con nosotros.

Hay un crimen. Y habrá un castigo. Esta puta pandemia es solo la punta del iceberg.

jueves, 10 de septiembre de 2020

El galgo

Llaman a la puerta. Toca la revisión de la caldera. Un chaval joven, majo como las pesetas (o los euretes).

Le tengo que echar un cable porque mi caldera está instalada en un sitio de acceso complicado. Charlamos. Hablamos de coches (que no tenga coche no quiere decir que no me gusten). Oye, que tienes la caldera en perfectas condiciones. Pues mira qué bien. A ver... como que la atiendo yo. Se descojona.

Me pregunta por una dirección cercana. Le indico. Me dice que le quedan dos revisiones y pa casa. Ole, a descansar. Le ofrezco una cerveza. Es un tío legal.

A casa a sacar a mis perretes. ¿Qué tienes? Un lebrel irlandés y, como soy tonto, un galgo que encontré al borde de la carretera. Me cuenta que viene del extrarradio. Tiene pinta de haber visto cosas, de haberlas pasado también. Debe vivir con lo justo. "La empresa nos obliga a usar nuestro propio coche y pagar la gasolina".

"Nada... salía de trabajar y me encontré un cachorro de galgo al borde de la carretera. No lo pensé. Lo iban a atropellar. Hice una maniobra suicida... ¡casi me mato yo! Tendrías que ver, macho, el pobre lloraba como no he visto llorar a nadie, estaba fatal, temblaba de pies a cabeza... Ahora cada vez que llego a casa se me tira encima y me llena de besos y lametones. Está creciendo fuerte el tío..." y se le empañan los ojos. Es un toro de más de 600 kilos, tiene los brazos tatuados hasta en los codos -de los de "doyte una hostia y rómpote el focico"- y está llorando en mi cocina. 

Ya está paseando a sus perros. De dónde procede la gente buena, qué vientos impulsan sus naves...

martes, 8 de septiembre de 2020

París, agosto del 44

Escribí este pequeño relato en homenaje a estos tíos de La Nueve. Después de toda la Guerra Civil aún tenían valor y nervio para enfrentarse a los nazis. Lo dicho. ¡Españoles! Está basado en algo que me sucedió en París a finales de los 80 (la amante contorsionista es real, no tengo tanta imaginación), regresando de un viaje por Alemania que fue uno de los más divertidos de toda mi vida. Era 14 de julio en París, la fiesta nacional.

París, agosto del 44

En agosto de 1944 logramos entrar en París por el oeste. Los nazis aún ocupaban la ciudad. Nuestra columna estaba compuesta por españoles supervivientes de la Guerra Civil. Nos tocó abrir camino entre las desordenadas barricadas que habían montado los estudiantes franceses.

Los españoles pensábamos que si contribuíamos a acabar con la bestia nazi, los aliados nos ayudarían a erradicar el régimen franquista de España y resurgiría la República. Así que nos esforzábamos por quedar bien corriendo riesgos innecesarios.

Lo de Franco y el compañero que conducía nuestro tanque... Manolo Ramírez, que había sido banderillero y, ocasionalmente, matón de sala de baile. Durante la guerra se batió el cobre en la Universitaria y combatió en la batalla de Guadalajara, la única victoria de la República.

Manolo era de esas personas que actúan como un talismán en situaciones límite. Se decía que las balas no podían tocarle. Hacía un derroche de valor extremo, como si la muerte no fuera con él. Daba igual: Manolo nos inspiraba. Ningún oficial podía hacerle sombra. Además, en Semana Santa cantaba saetas como Dios.

Tras tres días de combates en las calles los boches se rindieron. Los festejos comenzaron de inmediato. Nos traían botellas de vino, champagne, toda clase de viandas. Las mujeres nos besaban y nos llenaban de flores.

Y entonces te vi entre toda esa gente. Te vi desde el tanque, le grité a Manolo para que aminorara y corrí hacia ti como hipnotizado. Tú llevabas una falda roja y camisa blanca. Mi uniforme estaba impecable. Nos regalamos un abrazo de años y fuimos engullidos por la marea de la Concorde, que nos arrastró bailando Campos Elíseos arriba. Sonaba música de Glenn Miller y de Charles Trenet. Todo el mundo deliraba. Hasta el Arco de Triunfo nuestras bocas estuvieron sólidamente fundidas.

En Kléber nos refugiamos en un portal y subimos las escaleras. Las puertas de todos los apartamentos estaban abiertas de par en par. Desde el cuarto piso nos hicieron señas: “pasad, quedaos en casa. ¡Nosotros no hacemos preguntas...!” nos dijo un matrimonio de avanzada edad que nos besó, nos abrazó y nos condujo directamente a su dormitorio.

—¡Es vuestro!

Hicimos el amor durante toda la noche y el día siguiente, como solían hacer la Reina Ginebra y Sir Lancelot, malgré le Roi... El perfume de las viñas de París, la música y los gritos de la calle entraban por las ventanas. Cuando por fin nos dimos un respiro, te pregunté tu nombre pero tú te levantaste de un salto y, en una demostración de poderío físico, te pusiste a hacer el pino puente. ¡Después de semejante campaña nocturna...! Nos reímos hasta decir basta. Me olvidé del Ebro, de Brunete, del paso de los Pirineos. Curaste mi alma. Mi cuerpo ya no tenía heridas.

Me olvidé de ellas para siempre.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Madrid

Me dices que solo bebes Fernet. Nos van echando de todos los sitios. Anda que encontrar un lugar abierto y que sirvan Fernet en pleno Madrid. ¿Por qué no pedir mate cocido ya que estamos?

Presenciamos un duelo de cubanos bailando como posesos en La Fontana de Oro. Momento mágico. Salimos junto al negrón que venció y nos dice que aquí tenemos un amigo para siempre. Es imposible que un blanco pueda igualar lo que vimos, ni en broma.

Hay cosas que solo se viven de noche. Como la madrugada en Siwa en que toqué y canté para ti.

La noche es apacible e invita a las confidencias. Esta ciudad de aluvión, tan mía.

Recorremos las calles de Madrid y pienso en los jóvenes que dieron su vida por la República. Desfilaban por la Gran Vía camino del frente. Muchos quedaron para siempre allí.

Argüelles era frontera. Se combatía en la Ciudad Universitaria, en la Casa de Campo, en el Puente de los Franceses...

Caían las bombas en la Puerta del Sol o en el entonces flamante edificio de Telefónica.

Madrid tiene una forma de festejar la vida que solo puede darse en quien ha contemplado la muerte cara a cara. Muchas veces. Quien no conozca las noches de Madrid se pierde algo único, irrepetible.

Regresamos a casa después de conversar toda la noche, tu mano en la mía. 

Sí, así es. Sobrevivimos al amor.

Como a otras cosas.

martes, 1 de septiembre de 2020

Más Allá

Uno de los trabajos más absurdos que he tenido -en el Pleistoceno, cuando tenía 24 años- fue el de redactor en la revista Más Allá. No recuerdo cómo conseguí el puesto, porque en esa época yo tocaba todas las noches en el Maravillas y el último pase era a las 5:00 de la madrugada. Así que iba a trabajar pasado de alcohol, mujeres y música.

A nadie parecía importarle en la redacción, porque la gente estaba del tomate. Yo me limitaba a hacer lo que hacía en el Maravillas y lo que he hecho siempre: perseguir a cualquier bípedo implume con faldas. Menos mal que nunca he tenido que trabajar en Edimburgo. Nunca me documentaba para escribir mis artículos, pero estaban cargados de fuerza sexual y ganas de beberme la vida hasta la última gota. Los lectores lo agradecen. Las lectoras. No existen los lectores. Ahí no hay dudas con la X o la e. Los tíos no leen. Además... ¿cuál es la "verdad" en temas parapsicológicos? A quién coño le importa la verdad. El caso es que la revista vendía más de 100.000 ejemplares y alguien se estaba forrando.

El 99 por ciento de los pavos y pavas que venían a vender "historias extraordinarias" sobre marcianos, cuerpos que se teletransportan al planeta HUMO, estados de conciencia previos a la existencia y terapias ridículas (en nuestra redacción se fraguó el primer SEMINARIO INTERNACIONAL DE RISOTERAPIA) eran ARGENTINOS. No uruguayos, chilenos, peruanos o venezolanos. Argentos.

Como soy bilingüe, me usaban de "intérprete" para recibirlos.

Había una tía cuyo nombre he borrado que tenía una tanga para no envejecer nunca y que consistía en mirarte al espejo durante 3 horas al día y decirte "cosas hermosas, amarte hasta la eternidad, acariciar tu sho más íntimo". Me invitó a salir una noche porque yo era el Golden Boy de la redacción. Me dijo un montón de cosas bonitas pero no funcionó. Llevaba 72 kilos de maquillaje encima.
Fue una época divertida. Mi jefe directo era otro argentino. Luis M. Tendría unos 20 años más que yo, pero le gustaba como escribía, así que me medio adoptó. Me contó que llevaba más de 15 años ahorrando y gastando lo mínimo del mínimo para hacer realidad su sueño: terminar sus días escribiendo en Bariloche.

Luis ahorró y ahorró y cuando juntó un capitalito emigró al país de las pampas. Comía en los peores restaurantes. Nunca salía por las noches. Solo trabajaba para lograr su objetivo. Nada de mujeres. Cero vicios. Llegó a Buenos Aires exactamente en septiembre de 2000, meses antes del corralito.

El País le hizo una entrevista cuya cabecera decía textualmente (no me lo estoy inventando) "Este país tiene el mayor número de hijos de puta por metro cuadrado". Perdió hasta el último céntimo.
En cualquier caso, en la redacción yo solía atender el teléfono diciendo "Más Allá, dígame..." Momentos impagables.

domingo, 30 de agosto de 2020

Estamos condenados al azar

Boris Vian fue, sigue siendo, un importante referente de la cultura europea contemporánea. La lista de obras y de géneros que exploró siempre con una mirada insolente y genial es virtualmente infinita.
Canciones, novelas, obras de teatro, jazz, crítica musical. Por si fuera poco, le dio tiempo a tocar la trompeta y a estudiar ingeniería.

Murió súbitamente a los 39 años. En un cine de los Campos Elíseos mientras asistía al preestreno de la adaptación al cine de una de sus novelas negras (escritas con seudónimo, porque al modo de Pessoa también creó heterónimos). Ebrio de talento y gallardía. 

La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad del tiempo. La espuma de los días. Esta espuma de los días que nos acecha, que nos quiere llevar mar adentro.