Llevo toda la mañana escribiendo sobre un episodio que sucedió en mi colegio, la Escuela número 4 Coronel Mayor Álvarez Thomas, en las calles Terrada y Nueva York. Cerca de Nazca y Av. Salvador María del Carril en la bellísima ciudad de Santa María del Buen Ayre.
En 2009 vino a buscarme mi hermano Raúl a Ezeiza -mi otra mitad en NAUM Project- y nos fuimos directos a comer pizza. Cada vez que estamos juntos volvemos a tener 15 años. Es automático. Y no podemos decir más de tres palabras sin cagarnos de risa. Es una sobredosis de Boludol en vena. En cuanto nos vemos nos convertimos en Boludos Alegres, Inc. Raúl largó el laburo para estar conmigo y me dijo ¿qué hacemos? Vamos al colegio...!
Llegamos. Era finales de febrero y hacía un calor asesino. La directora nos recibió y le hizo mucha gracia que un tipo baje del avión viniendo de Madrid, recorriendo océanos de tiempo y lo primero que se le ocurra es ir a su colegio de primaria. Se moría del amor.
Era un minonazo vestida de milonguera en pleno verano porteño y no me quitaba la vista de encima. Tenía JUSTO esos zapatos de Prada que me producen catalepsia y una minifalda escandalosamente corta y ceñida. Cómo ha avanzado la educación pública porteña...! Por qué el destino siempre me obsequia con situaciones en las que debo preservar mi honor y mi virtud ante mujeres infartantes que son legión. Debe haber un mensaje oculto en todo esto pero no alcanzo a descifrarlo.
Tuve que pararle el carro y recordarle que era un alumno de Séptimo A. Un alumno aventajado, pero un niño con toda la vida por delante. Ojito.
Mis maestros ya se habían jubilado. El director -que era un poco rígido pero que me quería mucho- había fallecido. No quedaba nadie... la señorita Olga, Di Giovambattista, la profesora Inga...
Me llevó a visitar todas las clases. Aquí aprendí a leer con la Srta. Antonia, aquí el Sr. Caggiano me enseñó a amar la literatura. ¡Epa! ¡¡¡¡San Martín está igual!!!! exclamé al ver el busto de bronce cerca del salón de actos. Se nos habían unido varias profesoras y se morían de risa con mis boludeces. Una de ellas no paraba de hacerme preguntas sobre España y me miraba fijo tipo "sacame de acá, pibe, llevame al otro lado del mar. Haceme tuya".
Mirá, te digo que si las profesoras argentinas no aprenden a comportarse no vuelvo más a mi colegio. Qué cosa. Esto de las feromonas en exceso me tiene repodrido che...
miércoles, 27 de mayo de 2020
martes, 26 de mayo de 2020
Lo que te mata
Una de las ironías de la vida más dificiles de asumir es que aquello que te mata no es lo que no sabes, sino lo que CREES que sabes pero resulta no ser así. Not even close! Dios tiene un sentido del humor muy especial. Canela fina.
En mis años mozos fui editor -fugazmente- en una de las principales revistas "esotéricas" de España. Vendíamos 125 mil ejemplares por mes. Publicando cosas absurdas. El resto de los periodistas se reían de mí porque decían que mis artículos intentaban "tener sentido".
Aquello duró poco pero me divertí muchísimo entrevistando a toda clase de marcianos. Literal. Incluso fui a hacer una nota a una señora gallega que estaba convencida de que su hijo era marciano. Yo lo vi y le di la razón de inmediato. Ese tipo no era de por aquí. Ni siquiera podía decirse que fuera gallego.
Mi jefe era un pesado. Era argentino y me daba la vara con que había que ahorrar. Yo trabajaba part-time y el resto del tiempo tocaba en Madrid o alrededores. Muchas noches seguía de largo e iba a la oficina sin dormir. Para hablar con extraterrestres mi estado mental bastaba. El jefe me decía: "tengo un plan. Todo está calculado. Ahorro dos millones de pesetas por año y cuando regrese a Argentina me retiraré a los 50. No tendré que volver a trabajar nunca". Para lograrlo se privaba de todo. No iba de copas. No salía de vacaciones. Evitaba la compañía femenina. Decía que las mujeres eran un vicio caro.
Por fin logró juntar un capital. Regresó a Buenos Aires. La Reina del Plata. Tres meses antes del corralito.
Recuerdo que lo entrevistaron en El País cuando se armó el quilombo. El titular era algo así como "en este país hay la mayor cantidad de hijos de puta por metro cuadrado" y otras lindezas. Creo que después le dio un ataque al corazón y hasta ahí llegó.
No existe el 'después'. Es una estafa, un engañabobos. Fugate conmigo, piba. Largá todo. Voy a buscarte esta misma noche. Hoy. Sos mayor de edad me dijiste... ¿no? Bueno, está bien. No importa. Me hago pasar por tu tío. El tío pródigo.
En cualquier caso, si vas a regresar más temprano de la oficina, avisa. Hazme caso.
En mis años mozos fui editor -fugazmente- en una de las principales revistas "esotéricas" de España. Vendíamos 125 mil ejemplares por mes. Publicando cosas absurdas. El resto de los periodistas se reían de mí porque decían que mis artículos intentaban "tener sentido".
Aquello duró poco pero me divertí muchísimo entrevistando a toda clase de marcianos. Literal. Incluso fui a hacer una nota a una señora gallega que estaba convencida de que su hijo era marciano. Yo lo vi y le di la razón de inmediato. Ese tipo no era de por aquí. Ni siquiera podía decirse que fuera gallego.
Mi jefe era un pesado. Era argentino y me daba la vara con que había que ahorrar. Yo trabajaba part-time y el resto del tiempo tocaba en Madrid o alrededores. Muchas noches seguía de largo e iba a la oficina sin dormir. Para hablar con extraterrestres mi estado mental bastaba. El jefe me decía: "tengo un plan. Todo está calculado. Ahorro dos millones de pesetas por año y cuando regrese a Argentina me retiraré a los 50. No tendré que volver a trabajar nunca". Para lograrlo se privaba de todo. No iba de copas. No salía de vacaciones. Evitaba la compañía femenina. Decía que las mujeres eran un vicio caro.
Por fin logró juntar un capital. Regresó a Buenos Aires. La Reina del Plata. Tres meses antes del corralito.
Recuerdo que lo entrevistaron en El País cuando se armó el quilombo. El titular era algo así como "en este país hay la mayor cantidad de hijos de puta por metro cuadrado" y otras lindezas. Creo que después le dio un ataque al corazón y hasta ahí llegó.
No existe el 'después'. Es una estafa, un engañabobos. Fugate conmigo, piba. Largá todo. Voy a buscarte esta misma noche. Hoy. Sos mayor de edad me dijiste... ¿no? Bueno, está bien. No importa. Me hago pasar por tu tío. El tío pródigo.
En cualquier caso, si vas a regresar más temprano de la oficina, avisa. Hazme caso.
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lunes, 25 de mayo de 2020
Adonde sea
Hace exactamente cuatro años estaba en un aeropuerto de América del Sur, llegué hasta el mostrador de Aerolíneas y pronuncié una frase que solo había oído en las películas: dame un billete para el primer vuelo que salga. "¿Adónde?" preguntó un joven de unos 35... "Adonde sea, lo importante es que salga cuanto antes..."
Le hizo tanta gracia mi cara de desesperación que terminó tomándose un café conmigo. Me contó que quería ser escritor, así que supuse que iba a sonsacarme datos para sus propias historias. El pibe me pareció tan amable -gestionó un vuelo urgente a Buenos Aires y me puso en primera sin cobrarme nada- que no pude negarme.
—Vos venís escapando de una mina —me dijo.
—Claro, salamín, si no por qué iba a querer salir en el primer vuelo a cualquier parte...
—Pero contame... qué pasó... —entonces le narré Las mil y una noches.
—Ahhhh... ¡pero a esa mina la conozco! —terminó por decirme. —¡Fui una vez a comprarle un mueble de segunda mano que estaba sospechosamente barato e insistió en que mi esposa se quedara en la puerta...! ¡¡Casi me devora!! Tuvo que venir a rescatarme Marcela. Se armó un despelote...
En nuestra mesa se hizo la noche. Nos miramos como dos hermanos antes de desembarcar en Normandía. Solos, en el incómodo silencio de los hombres que van a la batalla. Camaradas de armas.
—Loco... estás a tiempo... venite conmigo a Buenos Aires. La ley de los grandes números. Ahí no podrá encontrarnos.
Le hizo tanta gracia mi cara de desesperación que terminó tomándose un café conmigo. Me contó que quería ser escritor, así que supuse que iba a sonsacarme datos para sus propias historias. El pibe me pareció tan amable -gestionó un vuelo urgente a Buenos Aires y me puso en primera sin cobrarme nada- que no pude negarme.
—Vos venís escapando de una mina —me dijo.
—Claro, salamín, si no por qué iba a querer salir en el primer vuelo a cualquier parte...
—Pero contame... qué pasó... —entonces le narré Las mil y una noches.
—Ahhhh... ¡pero a esa mina la conozco! —terminó por decirme. —¡Fui una vez a comprarle un mueble de segunda mano que estaba sospechosamente barato e insistió en que mi esposa se quedara en la puerta...! ¡¡Casi me devora!! Tuvo que venir a rescatarme Marcela. Se armó un despelote...
En nuestra mesa se hizo la noche. Nos miramos como dos hermanos antes de desembarcar en Normandía. Solos, en el incómodo silencio de los hombres que van a la batalla. Camaradas de armas.
—Loco... estás a tiempo... venite conmigo a Buenos Aires. La ley de los grandes números. Ahí no podrá encontrarnos.
domingo, 24 de mayo de 2020
El optimista patológico
Como soy de natural optimista siempre he tenido un enfoque positivo sobre el arte y la vida en general. Si a la gente le gusta lo que hago, ideal de la muerte. Todo son parabienes, abrazos y besos maravillosos. ¿Dinero? Bueno...¡quién lo necesita! Alguna morena habrá que me invite a desayunar. La hora de la comida... ya la resolveré. El truco para ser artista es tener quince amigos. El número máximo de veces que un amigo te puede invitar a comer por mes sin que te mande a freír puñetas es dos. Está todo calculado.
En cambio, si lo que hago resulta un fracaso absoluto e incuestionable y el público, horrorizado y escandalizado a partes iguales, decide tirarme toda clase de hortalizas, ya se sabe, tomates, pimientos, pepinos, cebollas, ajos, pan duro... pues ya tengo ingredientes para el salmorejo de esa semana.
Sea como sea, de hambre no me muero. Y tan alta vida espero...
En cambio, si lo que hago resulta un fracaso absoluto e incuestionable y el público, horrorizado y escandalizado a partes iguales, decide tirarme toda clase de hortalizas, ya se sabe, tomates, pimientos, pepinos, cebollas, ajos, pan duro... pues ya tengo ingredientes para el salmorejo de esa semana.
Sea como sea, de hambre no me muero. Y tan alta vida espero...
sábado, 23 de mayo de 2020
Sudestada
Un hombre joven escapa hacia el fin del mundo en una carrera
enloquecida. Huye de un destino escrito, huye de sí mismo. Su padre sale en su
busca pero siempre llega tarde. Viedma, Puerto Madryn, Comodoro Rivadavia,
Puerto San Julián, Río Gallegos. Él brilla como una moneda nueva, es más rápido
que el viento.
Años de soledades. Insomnios. No quiero ver a nadie. Silencios.
Bariloche, lagos como espejos. Cordilleras. Alguien le avisa de que su padre está agonizando en un hospital de Buenos Aires. ¿Te acordás que me prometiste que no ibas a dejarme morir en un hospital? Fue una tarde en Monte Hermoso, caminando por la playa. Los dos solos, el atardecer perfecto. Vos ibas y venías al mar saltando las olas. Me abrazabas envuelto en sal. Entonces teníamos toda la vida por delante. Entonces no hacíamos más que reír juntos. La alegría es un compuesto simple.
Un tren de medianoche cruza la pampa. Tierras desoladas y espíritus de indios. Lamentos. Frío en el alma. Solo con sus recuerdos. El viaje que hicimos a Tandil. Te dejé manejar el camión. Vos estabas tan feliz... imitabas mis movimientos al volante y yo me moría de risa. Había que entregar un cargamento de cueros. Yo estaba orgulloso. Iba con mi hijo, el más grande, el más fuerte. Llegamos a la estancia. Nos recibió el patrón. Le caímos bien de inmediato, vos tenías esa virtud tan rara de caerle bien a todo el mundo. Nos invitó a un asado y estuvimos hablando de bueyes perdidos hasta el amanecer, meta vino y guitarreada con los peones.
A la vuelta vos me dijiste "sos el mejor padre del mundo" y me regalaste una sonrisa que aún me dura. Hay golpes en la vida tan fuertes. Como del rayo. Son los heraldos negros. El arte de seguir viviendo.
No vengas. No vuelvas a Buenos Aires. No vas a llegar a tiempo. Es mejor así. Dejame dormir. Despertame cuando se haya acabado septiembre.
Años de soledades. Insomnios. No quiero ver a nadie. Silencios.
Bariloche, lagos como espejos. Cordilleras. Alguien le avisa de que su padre está agonizando en un hospital de Buenos Aires. ¿Te acordás que me prometiste que no ibas a dejarme morir en un hospital? Fue una tarde en Monte Hermoso, caminando por la playa. Los dos solos, el atardecer perfecto. Vos ibas y venías al mar saltando las olas. Me abrazabas envuelto en sal. Entonces teníamos toda la vida por delante. Entonces no hacíamos más que reír juntos. La alegría es un compuesto simple.
Un tren de medianoche cruza la pampa. Tierras desoladas y espíritus de indios. Lamentos. Frío en el alma. Solo con sus recuerdos. El viaje que hicimos a Tandil. Te dejé manejar el camión. Vos estabas tan feliz... imitabas mis movimientos al volante y yo me moría de risa. Había que entregar un cargamento de cueros. Yo estaba orgulloso. Iba con mi hijo, el más grande, el más fuerte. Llegamos a la estancia. Nos recibió el patrón. Le caímos bien de inmediato, vos tenías esa virtud tan rara de caerle bien a todo el mundo. Nos invitó a un asado y estuvimos hablando de bueyes perdidos hasta el amanecer, meta vino y guitarreada con los peones.
A la vuelta vos me dijiste "sos el mejor padre del mundo" y me regalaste una sonrisa que aún me dura. Hay golpes en la vida tan fuertes. Como del rayo. Son los heraldos negros. El arte de seguir viviendo.
No vengas. No vuelvas a Buenos Aires. No vas a llegar a tiempo. Es mejor así. Dejame dormir. Despertame cuando se haya acabado septiembre.
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martes, 19 de mayo de 2020
Intensidades
A decir verdad he tenido la enorme fortuna de haber conocido amantes maravillosas que me han amado y a las que yo he amado con locura. Entre nosotros las cartas, las palabras, siempre tuvieron un protagonismo central. Y las cartas que guardo como oro en paño son un prodigio de ternura y entrega sin límites. He conocido gente incapaz de entregar el corazón, cómo no, pero esas ni siquiera alcanzaron la categoría de historias. Fueron simples barcos que se cruzan en la noche. Incluso a ellas les guardo afecto. Mis queridas maestras en el arte antiguo de amar.
Creo firmemente que la palabra es lo único sagrado que hay en nosotros. Las palabras determinan lo que somos y lo que podemos llegar a ser. Dios es lenguaje. Y en el lenguaje están las claves del Universo.
He tenido la fortuna de oír mi nombre pronunciado con mil acentos, mil formas de dar el cariño. Incluso algunas mujeres insistían en llamarme Ariel, mi segundo nombre. León de Dios. Creaban otra personalidad que también está en mí y me transportaban a los días de mi primera infancia, cuando mi querido abuelo Lázaro me llamaba así.
Nadie puede ser mejor que sus palabras. Nadie puede ir más allá de sus silencios. La vida y la muerte son un tren nocturno que no se detiene. El número de veces que dirás una palabra de cariño a otro ser humano ha sido cuidadosamente pesado, medido. No podrás superar el límite. ¿Cuántas veces volverás a decirlas? ¿Veinte, cincuenta quizá...? ¿Cuántas veces alguien te hará sentir amado, deseado? Antes de entrar en la larga noche.
Pero fue Ingrid Bergman quien, al ser escandinava -esa equilibrada mezcla de lava y hielo-, escribió la carta de amor perfecta en términos de economía de medios y eficacia en el resultado. Siendo una mujer casada le escribió lo siguiente a un hombre casado al que no conocía personalmente, en los conservadores 50 del siglo pasado. La actriz sueca vio la obra de Roberto Rossellini y le envió las siguientes líneas:
"Querido Sr. Rossellini: He visto sus cintas 'Roma, ciudad abierta' y 'Paisá' y las he disfrutado mucho. Si usted necesita una actriz sueca que habla muy bien inglés, que no ha olvidado su alemán, que no entiende mucho de francés y que en italiano sólo puede decir 'ti amo', estoy lista para viajar y hacer un filme con usted".
Lo demás es historia. Os deseo la mayor de las intensidades.
Creo firmemente que la palabra es lo único sagrado que hay en nosotros. Las palabras determinan lo que somos y lo que podemos llegar a ser. Dios es lenguaje. Y en el lenguaje están las claves del Universo.
He tenido la fortuna de oír mi nombre pronunciado con mil acentos, mil formas de dar el cariño. Incluso algunas mujeres insistían en llamarme Ariel, mi segundo nombre. León de Dios. Creaban otra personalidad que también está en mí y me transportaban a los días de mi primera infancia, cuando mi querido abuelo Lázaro me llamaba así.
Nadie puede ser mejor que sus palabras. Nadie puede ir más allá de sus silencios. La vida y la muerte son un tren nocturno que no se detiene. El número de veces que dirás una palabra de cariño a otro ser humano ha sido cuidadosamente pesado, medido. No podrás superar el límite. ¿Cuántas veces volverás a decirlas? ¿Veinte, cincuenta quizá...? ¿Cuántas veces alguien te hará sentir amado, deseado? Antes de entrar en la larga noche.
Pero fue Ingrid Bergman quien, al ser escandinava -esa equilibrada mezcla de lava y hielo-, escribió la carta de amor perfecta en términos de economía de medios y eficacia en el resultado. Siendo una mujer casada le escribió lo siguiente a un hombre casado al que no conocía personalmente, en los conservadores 50 del siglo pasado. La actriz sueca vio la obra de Roberto Rossellini y le envió las siguientes líneas:
"Querido Sr. Rossellini: He visto sus cintas 'Roma, ciudad abierta' y 'Paisá' y las he disfrutado mucho. Si usted necesita una actriz sueca que habla muy bien inglés, que no ha olvidado su alemán, que no entiende mucho de francés y que en italiano sólo puede decir 'ti amo', estoy lista para viajar y hacer un filme con usted".
Lo demás es historia. Os deseo la mayor de las intensidades.
sábado, 2 de mayo de 2020
Vuelta al tren
A la altura de Alcalá se monta una pareja. Se sientan a escasos metros de donde estoy, con la guitarra y la bolsa de los pertrechos de guerra. Regreso a casa después de cantar en Madrid. Contento de haber visto los rostros iluminados de gente muy querida. Canté a escasos metros de donde Manuel triunfó, cerca de la línea del frente. No pasarán!
El pasaje está medio somnoliento. Comienza octubre. Domingo norte. Oigo hablar a los recién llegados. Colombianos. Ese castellano tan redondo, tan sabroso. ¿Paisas...?
—Usted hace que mis días no tengan final, que quiera aprender a volar —dice él.
Ella lo mira y lo besa.
No deben tener más de treinta años y sin embargo ambos muestran marcas indelebles de haber sufrido desde que comenzó su tiempo.
Observo los hombros de él. Lleva la cárcel tatuada: un cierto peso, una leve inclinación de los omóplatos, la presión de noches sin sueño. Eso no se va nunca. Se queda ahí.
El rostro de ella tiene mucha calle. Las cicatrices están por dentro. Son más sutiles, más profundas.
—La sonrisa de usted, sus manos me dan ganas de vivir. No quiero otra cosa. Lo pienso a todas horas —dice ella y vuelve a besarlo como si el sol fuera a enfriarse.
En el vagón se ha hecho un silencio de templo. Todas las miradas, los rostros de los pasajeros confluyen en los que viajan suspendidos.
Están solos. Nunca tuvieron nada suyo. Tampoco les hace falta. Conocen el secreto mejor guardado desde que el mundo es mundo. El gesto, la palabra precisa.
Nos contemplamos todos, asombrados de estar vivos. El aire es más dulce y el tren quiere ir al mar. Las palabras le regalan densidad al tiempo.
Ella pondrá dos piedras de futura mirada. Sí. Ella tiene vida en su interior. Está cargada de vida.
El pasaje está medio somnoliento. Comienza octubre. Domingo norte. Oigo hablar a los recién llegados. Colombianos. Ese castellano tan redondo, tan sabroso. ¿Paisas...?
—Usted hace que mis días no tengan final, que quiera aprender a volar —dice él.
Ella lo mira y lo besa.
No deben tener más de treinta años y sin embargo ambos muestran marcas indelebles de haber sufrido desde que comenzó su tiempo.
Observo los hombros de él. Lleva la cárcel tatuada: un cierto peso, una leve inclinación de los omóplatos, la presión de noches sin sueño. Eso no se va nunca. Se queda ahí.
El rostro de ella tiene mucha calle. Las cicatrices están por dentro. Son más sutiles, más profundas.
—La sonrisa de usted, sus manos me dan ganas de vivir. No quiero otra cosa. Lo pienso a todas horas —dice ella y vuelve a besarlo como si el sol fuera a enfriarse.
En el vagón se ha hecho un silencio de templo. Todas las miradas, los rostros de los pasajeros confluyen en los que viajan suspendidos.
Están solos. Nunca tuvieron nada suyo. Tampoco les hace falta. Conocen el secreto mejor guardado desde que el mundo es mundo. El gesto, la palabra precisa.
Nos contemplamos todos, asombrados de estar vivos. El aire es más dulce y el tren quiere ir al mar. Las palabras le regalan densidad al tiempo.
Ella pondrá dos piedras de futura mirada. Sí. Ella tiene vida en su interior. Está cargada de vida.
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miércoles, 29 de abril de 2020
Gurú en Tánger
Comparto con vosotros este pequeño relato que me han publicado en la excelente revista literaria Letralia. Con cariño.
Gurú en Tánger por Martín Rasskin
Gurú en Tánger por Martín Rasskin
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martes, 28 de abril de 2020
Óleo de mujer con sombrero
El mundo ha cambiado un poco desde la última vez que escribí.
Aquí va esta versión que grabé de un tema de Silvio Rodríguez. Más lenta que el original, me gusta cantarla así. Doy las gracias a mi amiga Ava por la sesión de fotos. Es deliciosa.
Va por todos vosotros/ustedes. Con cariño inmenso y los mejores deseos.
Aquí va esta versión que grabé de un tema de Silvio Rodríguez. Más lenta que el original, me gusta cantarla así. Doy las gracias a mi amiga Ava por la sesión de fotos. Es deliciosa.
Va por todos vosotros/ustedes. Con cariño inmenso y los mejores deseos.
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lunes, 3 de febrero de 2020
Filosofía
¡Por fin! La filosofía, el pensamiento, la capacidad lógica de argumentar, la duda como elemento fundacional de la crítica... fundamentales en un tiempo de tecnócratas, de analfabetos funcionales y de gente que desconoce las raíces de su propia cultura. Los griegos se educaban con Hesíodo y Homero. Y los valores de La Ilíada y La Odisea eran los valores heroicos de esa sociedad.
Contra te, super te!
Mira, estoy tan contento que me lío a hablar yo solo en griego... BE D'AKÉON PARA ZINA POLIFLÓISBOIO ZÁLASSES... ole.
Que yo te vi a ti morena mía
caminando solita por la vereda
te leí unas frases de Epicuro
y dijiste que te den dos duros...
que no, hombre, que por ahí no son los tanguillos, tío Lila. Que no te enteras de ná.
¡Alabado sea Platón!! Me voy a tomar un vodka con limones del Caribe a la salud del Congreso. Empezamos bien. Ole.
Que viva la República de Esp.... que no. Eso todavía no toca. Tranqui, hombre. Por algo se empieza. Ahora los niños van a aprender a pensar. Verán que los griegos dieron el salto del mito al logos, que crearon la democracia y que luego vino la República romana -qué bien suena esa palabra, a jacaranda sevillana en flor-, hablarán de los universales, del nombre de la rosa, de la navaja de Ockham, del despertar del Renacimiento, Lucrecio y De rerum natura los encandilarán, llegarán a la Ilustración, saborearán recónditas palabras en otros idiomas... Alétheia, Ápeiron, Kairós, Weltanschauung, Verbindung, Heimat, Enlightenment, hombres que abolieron la esclavitud, se darán la mano con generaciones, libros sagrados, discutirán con los dioses de tú a tú, sangres que se entremezclan, culturas que vienen del otro lado del mundo, en un viaje eterno como la luz y el aire, comprenderán que somos todos uno y lo mismo, que no hay diferencias que nos separen, que esta es la casa de todos.
Y descubrirán cómo las ciencias se fueron desgajando del tronco madre pero que en sus niveles superiores conservan el aliento filosófico: la necesidad de una visión integradora, una explicación holística que concilie contrarios. Newton, la teoría electromagnética, relatividad, mecánica cuántica, entenderán de dónde vienen los ordenadores. De la búsqueda de un lenguaje perfecto, de la conceptografía, de Frege, de los lógicos y los matemáticos del siglo XIX. Y conocerán a Alan Türing que, con su genio descifró Enigma y acortó la Segunda Guerra Mundial en dos años o más. Y darán el salto al mañana, a la Inteligencia Artificial, al aprendizaje de máquina mediante iteraciones, se perderán en el mar de posibilidades para crear un mundo mejor, más justo. Repetirán los mismos diálogos que han tenido lugar desde que el mundo es mundo: qué debemos hacer, cómo librar del hambre a los miserables, cómo repartir la riqueza de una manera equilibrada y justa. Y se enamorarán entre sí, descubriendo que vuelven a transitar los mismos caminos que ha recorrido el ser humano desde que salió de África hace 70.000 años. Serán otra vez el primer hombre y la primera mujer.
Cuando uno empieza a pensar, todo es posible... no hay empresa inabarcable, ni desmedida. Todo empeño humano se vuelve santo. Y el hombre -no me vais a pillar- y la mujer son la medida de todas las cosas. Que nada que le suceda a otro ser humano me es ajeno.
Hasta la más lejana de las utopías. Un mundo de hermanos. De seres humanos libres para siempre.
Todo comienza con una mirada. Así en el amor como en el pensamiento. Todo comienza cuando alguien dice "no, creo que eso no es así. Tiene que haber otra forma".
¡Aprenderán a amar la tinta de los sabios por encima de la sangre de los mártires!
Contra te, super te!
Mira, estoy tan contento que me lío a hablar yo solo en griego... BE D'AKÉON PARA ZINA POLIFLÓISBOIO ZÁLASSES... ole.
Que yo te vi a ti morena mía
caminando solita por la vereda
te leí unas frases de Epicuro
y dijiste que te den dos duros...
que no, hombre, que por ahí no son los tanguillos, tío Lila. Que no te enteras de ná.
¡Alabado sea Platón!! Me voy a tomar un vodka con limones del Caribe a la salud del Congreso. Empezamos bien. Ole.
Que viva la República de Esp.... que no. Eso todavía no toca. Tranqui, hombre. Por algo se empieza. Ahora los niños van a aprender a pensar. Verán que los griegos dieron el salto del mito al logos, que crearon la democracia y que luego vino la República romana -qué bien suena esa palabra, a jacaranda sevillana en flor-, hablarán de los universales, del nombre de la rosa, de la navaja de Ockham, del despertar del Renacimiento, Lucrecio y De rerum natura los encandilarán, llegarán a la Ilustración, saborearán recónditas palabras en otros idiomas... Alétheia, Ápeiron, Kairós, Weltanschauung, Verbindung, Heimat, Enlightenment, hombres que abolieron la esclavitud, se darán la mano con generaciones, libros sagrados, discutirán con los dioses de tú a tú, sangres que se entremezclan, culturas que vienen del otro lado del mundo, en un viaje eterno como la luz y el aire, comprenderán que somos todos uno y lo mismo, que no hay diferencias que nos separen, que esta es la casa de todos.
Y descubrirán cómo las ciencias se fueron desgajando del tronco madre pero que en sus niveles superiores conservan el aliento filosófico: la necesidad de una visión integradora, una explicación holística que concilie contrarios. Newton, la teoría electromagnética, relatividad, mecánica cuántica, entenderán de dónde vienen los ordenadores. De la búsqueda de un lenguaje perfecto, de la conceptografía, de Frege, de los lógicos y los matemáticos del siglo XIX. Y conocerán a Alan Türing que, con su genio descifró Enigma y acortó la Segunda Guerra Mundial en dos años o más. Y darán el salto al mañana, a la Inteligencia Artificial, al aprendizaje de máquina mediante iteraciones, se perderán en el mar de posibilidades para crear un mundo mejor, más justo. Repetirán los mismos diálogos que han tenido lugar desde que el mundo es mundo: qué debemos hacer, cómo librar del hambre a los miserables, cómo repartir la riqueza de una manera equilibrada y justa. Y se enamorarán entre sí, descubriendo que vuelven a transitar los mismos caminos que ha recorrido el ser humano desde que salió de África hace 70.000 años. Serán otra vez el primer hombre y la primera mujer.
Cuando uno empieza a pensar, todo es posible... no hay empresa inabarcable, ni desmedida. Todo empeño humano se vuelve santo. Y el hombre -no me vais a pillar- y la mujer son la medida de todas las cosas. Que nada que le suceda a otro ser humano me es ajeno.
Hasta la más lejana de las utopías. Un mundo de hermanos. De seres humanos libres para siempre.
Todo comienza con una mirada. Así en el amor como en el pensamiento. Todo comienza cuando alguien dice "no, creo que eso no es así. Tiene que haber otra forma".
¡Aprenderán a amar la tinta de los sabios por encima de la sangre de los mártires!
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jueves, 30 de enero de 2020
Capítulo 3
Invierno de 2020. Continúo navegando. Escribiendo esta novela que me está matando lentamente, a fuerza de soledad y de remover cada piedra, cada sendero olvidado y vuelto a recuperar. Va por Lisboa. Por el camino que o 28 -el tranvía amarillo que me llevaba de vuelta a casa- hace todos los días hasta Prazeres. Una casa que ya solo existe en el recuerdo. Va por ustedes...
[...] Nos dedicamos a amarnos un día sí y otro también. El resto de las cuestiones quedaron pospuestas hasta nuevo aviso. Incluso el tango, que nos unió en medio de esta densa niebla, pasó a segundo plano. Vivíamos para nosotros y Madrid, ya se sabe, es la mejor ciudad del mundo para amar. París es un decorado, Londres rezuma rencor, mi viejo rencor, pero Madrid es real. Fue entonces cuando decidimos partir hacia Lisboa, porque es Madrid con mar océana.
Nada de avión. Hicimos el trayecto en el Lusitania. Los que se aman viajan en tren: la rapidez es enemiga de la ternura y para amar hay que estar. Estar presente en todo momento, mirarse a los ojos, descubrir otros colores, otras líneas de costa.
Una tarde sin reloj, un silencio compartido, unos pasos de baile en la cocina de casa. Vos y yo, mano a mano los dos.
La llegada a Santa Apolónia nos sorprendió abrazados. Es extraño entrar en Lisboa por otro sitio que no sea el puente, con esos Tramex cantarines, esa promesa de vida en el corazón. Porque en Lisboa todo puede ser, todo puede empezar otra vez. Empecemos de cero, amor, las veces que haga falta hasta encontrarle la vuelta. Construyamos castillos con cimientos bien sólidos esculpidos en el aire, subamos las escaleras hacia atrás en plena medianoche, desayunemos a deshoras.
Fuimos a visitar directamente a Dona Lina, en la Calçada do Marquês de Tancos. Salió ella en persona a recibirnos y nos abrazó a los dos. Dona Lina tenía fado en las venas. Sus abrazos sabían a despedida en el puerto y por eso duraban para siempre. Eran abrazos de no te vayas, no te vayas nunca porque no podré seguir, no sabría cómo ni por dónde empezar. Y eran los mejores abrazos del mundo, abrazos de Praia de Angola. Un café que alguien dejó pagado en alguna esquina de la Praça do Rossío, en el mostrador de una taberna mal iluminada. Uma bica bem quentinha para los que vendrán, los que estrenarán el amor como si fuera la primera vez que alguien ama sobre esta tierra que rueda incesante, estruendosa e inconmovible. Que navega con sus vivos y sus muertos. Esperándonos. [...]
[...] Nos dedicamos a amarnos un día sí y otro también. El resto de las cuestiones quedaron pospuestas hasta nuevo aviso. Incluso el tango, que nos unió en medio de esta densa niebla, pasó a segundo plano. Vivíamos para nosotros y Madrid, ya se sabe, es la mejor ciudad del mundo para amar. París es un decorado, Londres rezuma rencor, mi viejo rencor, pero Madrid es real. Fue entonces cuando decidimos partir hacia Lisboa, porque es Madrid con mar océana.
Nada de avión. Hicimos el trayecto en el Lusitania. Los que se aman viajan en tren: la rapidez es enemiga de la ternura y para amar hay que estar. Estar presente en todo momento, mirarse a los ojos, descubrir otros colores, otras líneas de costa.
Una tarde sin reloj, un silencio compartido, unos pasos de baile en la cocina de casa. Vos y yo, mano a mano los dos.
La llegada a Santa Apolónia nos sorprendió abrazados. Es extraño entrar en Lisboa por otro sitio que no sea el puente, con esos Tramex cantarines, esa promesa de vida en el corazón. Porque en Lisboa todo puede ser, todo puede empezar otra vez. Empecemos de cero, amor, las veces que haga falta hasta encontrarle la vuelta. Construyamos castillos con cimientos bien sólidos esculpidos en el aire, subamos las escaleras hacia atrás en plena medianoche, desayunemos a deshoras.
Fuimos a visitar directamente a Dona Lina, en la Calçada do Marquês de Tancos. Salió ella en persona a recibirnos y nos abrazó a los dos. Dona Lina tenía fado en las venas. Sus abrazos sabían a despedida en el puerto y por eso duraban para siempre. Eran abrazos de no te vayas, no te vayas nunca porque no podré seguir, no sabría cómo ni por dónde empezar. Y eran los mejores abrazos del mundo, abrazos de Praia de Angola. Un café que alguien dejó pagado en alguna esquina de la Praça do Rossío, en el mostrador de una taberna mal iluminada. Uma bica bem quentinha para los que vendrán, los que estrenarán el amor como si fuera la primera vez que alguien ama sobre esta tierra que rueda incesante, estruendosa e inconmovible. Que navega con sus vivos y sus muertos. Esperándonos. [...]
miércoles, 29 de enero de 2020
Noche de enero
Acabo de preparar un bacalao a la portuguesa que marca época. En esta fría noche de enero... Pablo y servidor. Mano a mano. Pensaba hacerle una foto a la cazuela pero es que se ha evaporado! Misteriosamente. Veamos... por qué estaba tan rico? La proporción entre jengibre, pimienta y sal gruesa era perfecta. Y qué decir del pimentón de la Vera. A ver cómo replico yo eso. Las zanahorias eran de primera. Patata gallega. El bacalao entró en el momento justo. Ya... y los garbancitos... ah los garbancitos qué cucos ellos. Puede que fueran las risas que nos echamos en la cocina los dos. El ribera que bebimos. O un tango nuevo y una voz antigua de viento y de sal. Es posible que fuera el recuerdo de tu padre cocinando para ti que te visitará a traición cuando yo ya no esté. Entonces paladearás el sabor de esta noche, cerrarás los ojos y volverás a vivir el día en que aprendiste a andar en bicicleta. O te sentarás sobre mis rodillas en el piano de casa y acariciarás el teclado por primera vez. Tal vez el aceite de oliva de Cáceres que me regaló Iri por mi cumple. Sí. Eso tuvo que ser. Porque Iri está cargada de vida, dos piedras de futura mirada. Mi querida hermanita tiene vida en su interior. Cuántas noches realmente felices vive un ser humano? Mar en calma. Estoy tocando en Lisboa, en la otra orilla, junto al puente. Tirate ao rio. Verano de 1990. Ella y yo. Los hijos que nunca tuvimos. Sí, viejo Paul. Uno cree que es eterno y, sin embargo, cuántas veces más contemplarás la luna llena? Cuántas veces volverás a sentir un vértigo exterminador en el alma porque heriste o fuiste herido de muerte? Veinte, quizá treinta. Puede que incluso algo más. Pero el número de noches felices como esta, haciéndote sonreír, vos que hacés sombra sobre la tierra, ya ha sido medido. Cuidadosa, lentamente. Figura en algún inventario, duerme la siesta en el reloj de mi abuelo. Así como se mata a un hermano. Así como se brinda una mano. Volveremos a Tánger. Proa a altamar, rumbo sur cuarta al suroeste!
viernes, 24 de enero de 2020
Pavese
Recuerdo haber leído hace muchos años en las páginas de Cesare Pavese -cuando era un joven muy culto, nada que ver con la bestia parda en que me he convertido- que uno de los dramas femeninos tenía su origen en el hecho de que aquel a quien amaban no era la misma persona que las extasiaba sexualmente, que las hacía volar. Claro que el bueno de Cesare no llegó a conocer mi caso particular, porque no coincidimos en el tiempo. Una pena.
Siguiendo a Pavese, una mujer debería tener como mínimo dos hombres en su vida y de forma simultánea. El hombre sensible capaz de llorar porque la cuchara de café tiene una forma muy triste de girar y un rugbier inmisericorde que apenas pronunciara palabra y pasara a la acción sin más. La primera parte de la hipótesis explicaría la recurrencia entre las mujeres de buen gusto en lo que respecta a las relaciones con homosexuales masculinos. La segunda parte de la parte contratante... me estoy metiendo en un jardín...
Mejor me presento. Aladín Romeo Quijano, piloto de alfombras mágicas, para servirla a Usted, por la Gracia de Dios.
Siguiendo a Pavese, una mujer debería tener como mínimo dos hombres en su vida y de forma simultánea. El hombre sensible capaz de llorar porque la cuchara de café tiene una forma muy triste de girar y un rugbier inmisericorde que apenas pronunciara palabra y pasara a la acción sin más. La primera parte de la hipótesis explicaría la recurrencia entre las mujeres de buen gusto en lo que respecta a las relaciones con homosexuales masculinos. La segunda parte de la parte contratante... me estoy metiendo en un jardín...
Mejor me presento. Aladín Romeo Quijano, piloto de alfombras mágicas, para servirla a Usted, por la Gracia de Dios.
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domingo, 12 de enero de 2020
El tango me salvó
Cuando llegué a Madrid con mi familia apenas teníamos dinero (no recuerdo un tiempo más feliz en compañía de los míos, mis viejos son gente maravillosa), así que uno de los entretenimientos del primer verano -ferruginoso, castellano- era recorrer las líneas de metro en viajes exploratorios.
Recuerdo haberme arrullado solo cantando "Por una cabeza" sentado en los espaciosos bancos de piedra de la entonces recién inaugurada línea 7. El tango hizo que pudiera metabolizar mejor la imposibilidad del regreso. Gracias al cielo, España era una tierra alegre, donde la gente vive y dejar vivir.
El otro día lo comentaba con mi hermano Diego en la fiesta de fin de año. Mi hermano se dedica a otras cosas -es un científico de primera línea- pero recordaba cada frase y cada arreglo de "En esta noche de luna", porque uno de los tres discos que se salvó del naufragio fue precisamente Los mejores tangos de Pugliese, con dedicatoria y dibujito de mi querido tío Santiago.
La memoria musical es simplemente eterna y la música crea sensación de espacio, de lugar donde no existe el dolor. En la música que ha representado y representa algo en mi vida, la cuarta y la quinta de Mahler, los tangos de Pugliese, los tangos de El Mudo, algunos tangos de Sosa y todos los de Goyeneche, los Beatles en racha, las sinfonías de Brahms, las suites de Bach para cello, la pena insondable de Billie Holliday, la voz de ángel de Ella Fitzgerald, Paco y Camarón, los fados de Amália... tantas cosas... sigo siendo eternamente joven e invencible. Cuando me dejo llevar por la ensoñación mis ojos ya no están cansados de ver la tierra que no cambia. Se para el tiempo, solo siento el pulso de mi sangre.
Buenos Aires era una gran ciudad, pero la red de metro de Madrid estaba muchísimo más desarrollada y permitía llegar hasta el último rincón de la ciudad. El metro se transformó en un aliado en nuestro camino para lograr la independencia y la mayoría de edad. Las primeras novias. Los primeros desengaños sobre tus mesas que nunca preguntan.
La línea 4 -nuestra línea-, a la que sigo teniendo un cariño especial, solo hacía el trayecto desde Argüelles hasta Alfonso XIII. Los vagones eran mucho más austeros, casi de servicio militar, y solía haber un cartel que ponía:
"En beneficio de todos,
entre y salga rápidamente.
No obstruyan las puertas".
Por norma, las letras del último "verso" habían sido borradas, hacían un apaño con la t y la r y se leía "NO HUYAN LAS PUTAS". Las putas siempre me han caído bien (las que lo hacen por necesidad, no las de clase alta). Salvando las abismales distancias, los músicos, como los payasos de circo, salimos a entretener a la gente y aparecemos alegres y de una pieza aunque estemos tristes y tengamos cristales dentro.
Los músicos y las putas siempre nos hemos llevado bien. Recuerdo una noche en Zaragoza. Algunas nos vinieron a ver y la fiesta continuó after hours, pero no en la dirección que ustedes imaginan. En un local pegado al Ebro, que me verás pasar en un barquito de vela, una chica hermosa se puso a recitar a Miguel Hernández. Se nos secó el alma de tanto llorar. El niño yuntero, Umbrío por la pena, Vientos del pueblo... cierro los ojos y oigo su voz. Había querido trabajar en el teatro y tenía una voz magnífica, pero los dioses tenían sus propios planes.
Más tarde, bordeando el amanecer, aquella niña resuelta en luna a la que la vida había tratado a golpes inmisericordes como si fuera un perro callejero me contó que en su habitación solo tenía una muñeca a la que peinaba todas las noches.
Y que de su vientre aún esperaba la magia.
Recuerdo haberme arrullado solo cantando "Por una cabeza" sentado en los espaciosos bancos de piedra de la entonces recién inaugurada línea 7. El tango hizo que pudiera metabolizar mejor la imposibilidad del regreso. Gracias al cielo, España era una tierra alegre, donde la gente vive y dejar vivir.
El otro día lo comentaba con mi hermano Diego en la fiesta de fin de año. Mi hermano se dedica a otras cosas -es un científico de primera línea- pero recordaba cada frase y cada arreglo de "En esta noche de luna", porque uno de los tres discos que se salvó del naufragio fue precisamente Los mejores tangos de Pugliese, con dedicatoria y dibujito de mi querido tío Santiago.
La memoria musical es simplemente eterna y la música crea sensación de espacio, de lugar donde no existe el dolor. En la música que ha representado y representa algo en mi vida, la cuarta y la quinta de Mahler, los tangos de Pugliese, los tangos de El Mudo, algunos tangos de Sosa y todos los de Goyeneche, los Beatles en racha, las sinfonías de Brahms, las suites de Bach para cello, la pena insondable de Billie Holliday, la voz de ángel de Ella Fitzgerald, Paco y Camarón, los fados de Amália... tantas cosas... sigo siendo eternamente joven e invencible. Cuando me dejo llevar por la ensoñación mis ojos ya no están cansados de ver la tierra que no cambia. Se para el tiempo, solo siento el pulso de mi sangre.
Buenos Aires era una gran ciudad, pero la red de metro de Madrid estaba muchísimo más desarrollada y permitía llegar hasta el último rincón de la ciudad. El metro se transformó en un aliado en nuestro camino para lograr la independencia y la mayoría de edad. Las primeras novias. Los primeros desengaños sobre tus mesas que nunca preguntan.
La línea 4 -nuestra línea-, a la que sigo teniendo un cariño especial, solo hacía el trayecto desde Argüelles hasta Alfonso XIII. Los vagones eran mucho más austeros, casi de servicio militar, y solía haber un cartel que ponía:
"En beneficio de todos,
entre y salga rápidamente.
No obstruyan las puertas".
Por norma, las letras del último "verso" habían sido borradas, hacían un apaño con la t y la r y se leía "NO HUYAN LAS PUTAS". Las putas siempre me han caído bien (las que lo hacen por necesidad, no las de clase alta). Salvando las abismales distancias, los músicos, como los payasos de circo, salimos a entretener a la gente y aparecemos alegres y de una pieza aunque estemos tristes y tengamos cristales dentro.
Los músicos y las putas siempre nos hemos llevado bien. Recuerdo una noche en Zaragoza. Algunas nos vinieron a ver y la fiesta continuó after hours, pero no en la dirección que ustedes imaginan. En un local pegado al Ebro, que me verás pasar en un barquito de vela, una chica hermosa se puso a recitar a Miguel Hernández. Se nos secó el alma de tanto llorar. El niño yuntero, Umbrío por la pena, Vientos del pueblo... cierro los ojos y oigo su voz. Había querido trabajar en el teatro y tenía una voz magnífica, pero los dioses tenían sus propios planes.
Más tarde, bordeando el amanecer, aquella niña resuelta en luna a la que la vida había tratado a golpes inmisericordes como si fuera un perro callejero me contó que en su habitación solo tenía una muñeca a la que peinaba todas las noches.
Y que de su vientre aún esperaba la magia.
martes, 3 de diciembre de 2019
Vuelo nocturno
"Una tras otra, el piloto comprobó las cifras, y quedó satisfecho. Se descubría sólidamente sentado en el cielo. Rozó con el dedo un larguero de acero, y percibió el metal chorreando vida: el metal no vibraba, pero vivía. Los quinientos caballos del motor engendraban en la materia un fluido muy suave, que cambiaba su hielo en carne aterciopelada. Una vez más, el piloto no experimentaba, en el vuelo, ni vértigo, ni embriaguez, sino el trabajo misterioso de un cuerpo vivo. (…) Luego, como nada vacilaba, ni vibraba, ni temblaba, y permanecían fijos el giroscopio, el altímetro y el régimen del motor, se desperezó un poco, apoyó su nuca en el cuero del respaldo, e inició esta profunda meditación del vuelo, en la que se saborea una esperanza inexplicable".
Antoine de Saint-Exupéry - Vol de nuit
Antoine de Saint-Exupéry - Vol de nuit
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domingo, 24 de noviembre de 2019
lunes, 18 de noviembre de 2019
El perseguidor
Julio Cortázar es una manera de estar en el mundo. Lejos, muy lejos de marchantes de hombres y almas. El perseguidor es uno de los mejores relatos que conozco sobre la agonía de la creación y la profunda fragilidad del artista, que siempre está solo, que siempre se adentra en la noche. Charlie Parker. Un gigante. Un milagro.
Como cita el propio Cortázar, "sé fiel hasta la muerte". Va por ustedes en esta noche de un noviembre otoñal. Todavía ebrio de las muestras de afecto y cariño que estoy recibiendo en estos días. El don de la ebriedad...!
El perseguidor
(Las armas secretas, 1959)
In memorian Ch. P.
Sé fiel hasta la muerte
Apocalipsis, 2,10
O make me a mask
Dylan Thomas
Dédée me ha llamado por la tarde diciéndome que Johnny no estaba bien, y he ido en seguida al hotel. Desde hace unos días Johnny y Dédée viven en un hotel de la rue Lagrange, en una pieza del cuarto piso. Me ha bastado ver la puerta de la pieza para darme cuenta de que Johnny está en la peor de las miserias; la ventana da a un patio casi negro, y a la una de la tarde hay que tener la luz encendida si se quiere leer el diario o verse la cara. No hace frío, pero he encontrado a Johnny envuelto en una frazada, encajado en un roñoso sillón que larga por todos lados pedazos de estopa amarillenta. Dédée está envejecida, y el vestido rojo le queda muy mal; es un vestido para el trabajo, para las luces de la escena; en esa pieza del hotel se convierte en una especie de coágulo repugnante.
—El compañero Bruno es fiel como el mal aliento —ha dicho Johnny a manera de saludo, remontando las rodillas hasta apoyar en ellas el mentón. Dédée me ha alcanzado una silla y yo he sacado un paquete de Gauloises. Traía un frasco de ron en el bolsillo, pero no he querido mostrarlo hasta hacerme una idea de lo que pasa. Creo que lo más irritante era la lamparilla con su ojo arrancado colgando del hilo sucio de moscas. Después de mirarla una o dos veces, y ponerme la mano como pantalla, le he preguntado a Dédée si no podíamos apagar la lamparilla y arreglarnos con la luz de la ventana. Johnny seguía mis palabras y mis gestos con una gran atención distraída, como un gato que mira fijo pero que se ve que está por completo en otra cosa; que es otra cosa. Por fin Dédée se ha levantado y ha apagado la luz. En lo que quedaba, una mezcla de gris y negro, nos hemos reconocido mejor. Johnny ha sacado una de sus largas manos flacas de debajo de la frazada, y yo he sentido la fláccida tibieza de su piel. Entonces Dédée ha dicho que iba a preparar unos nescafés. Me ha alegrado saber que por lo menos tienen una lata de nescafé. Siempre que una persona tiene una lata de nescafé me doy cuenta de que no está en la última miseria; todavía puede resistir un poco.
—Hace rato que no nos veíamos —le he dicho a Johnny—. Un mes por lo menos.
—Tú no haces más que contar el tiempo —me ha contestado de mal humor—. El primero, el dos, el tres, el veintiuno. A todo le pones un número, tú. Y ésta es igual. ¿Sabes por qué está furiosa? Porque he perdido el saxo. Tiene razón, después de todo.
—¿Pero cómo has podido perderlo? —le he preguntado, sabiendo en el mismo momento que era justamente lo que no se le puede preguntar a Johnny.
—En el métro —ha dicho Johnny—. Para mayor seguridad lo había puesto debajo del asiento. Era magnífico viajar sabiendo que lo tenía debajo de las piernas, bien seguro.
—Se dio cuenta cuando estaba subiendo la escalera del hotel —ha dicho Dédée, con la voz un poco ronca—. Y yo tuve que salir como una loca a avisar a los del métro, a la policía.
Por el silencio siguiente me he dado cuenta de que ha sido tiempo perdido. Pero Johnny ha empezado a reírse como hace él, con una risa más atrás de los dientes y de los labios.
—Algún pobre infeliz estará tratando de sacarle algún sonido —ha dicho—. Era uno de los peores saxos que he tenido nunca; se veía que Doc Rodríguez había tocado en él, estaba completamente deformado por el lado del alma. Como aparato en sí no era malo, pero Rodríguez es capaz de echar a perder un Stradivarius con solamente afinarlo.
—¿Y no puedes conseguir otro?
—Es lo que estamos averiguando —ha dicho Dédée—. Parece que Rory Friend tiene uno. Lo malo es que el contrato de Johnny...
—El contrato —ha remedado Johnny—. Qué es eso del contrato. Hay que tocar y se acabó, y no tengo saxo ni dinero para comprar uno, y los muchachos están igual que yo.
Esto último no es cierto, y los tres lo sabemos. Nadie se atreve ya a prestarle un instrumento a Johnny, porque lo pierde o acaba con él en seguida. Ha perdido el saxo de Louis Rolling en Bordeaux, ha roto en tres pedazos, pisoteándolo y golpeándolo, el saxo que Dédée había comprado cuando lo contrataron para una gira por Inglaterra. Nadie sabe ya cuántos instrumentos lleva perdidos, empeñados o rotos. Y en todos ellos tocaba como yo creo que solamente un dios puede tocar un saxo alto, suponiendo que hayan renunciado a las liras y a las flautas.
—¿Cuándo empiezas, Johnny?
—No sé. Hoy, creo, ¿eh, Dé?
—No, pasado mañana.
—Todo el mundo sabe las fechas menos yo —rezonga Johnny, tapándose hasta las orejas con la frazada—. Hubiera jurado que era esta noche, y que esta tarde había que ir a ensayar.
—Lo mismo da —ha dicho Dédée—. La cuestión es que no tienes saxo.
—¿Cómo lo mismo da? No es lo mismo. Pasado mañana es después de mañana, y mañana es mucho después de hoy. Y hoy mismo es bastante después de ahora, en que estamos charlando con el compañero Bruno y yo me sentiría mucho mejor si me pudiera olvidar del tiempo y beber alguna cosa caliente.
—Ya va a hervir el agua, espera un poco.
—No me refería al calor por ebullición ha dicho Johnny. Entonces he sacado el frasco de ron y ha sido como si encendiéramos la luz, porque Johnny ha abierto de par en par la boca, maravillado, y sus dientes se han puesto a brillar, y hasta Dédée ha tenido que sonreírse al verlo tan asombrado y contento. El ron con el nescafé no estaba mal del todo, y los tres nos hemos sentido mucho mejor después del segundo trago y de un cigarrillo. Ya para entonces he advertido que Johnny se retraía poco a poco y que seguía haciendo alusiones al tiempo, un tema que le preocupa desde que lo conozco. He visto pocos hombres tan preocupados por todo lo que se refiere al tiempo. Es una manía, la peor de sus manías, que son tantas. Pero él la despliega y la explica con una gracia que pocos pueden resistir. Me he acordado de un ensayo antes de una grabación, en Cincinnati, y esto era mucho antes de venir a París, en el cuarenta y nueve o el cincuenta. Johnny estaba en gran forma en esos días, y yo había ido al ensayo nada más que para escucharlo a él y también a Miles Davis. Todos tenían ganas de tocar, estaban contentos, andaban bien vestidos (de esto me acuerdo quizá por contraste, por lo mal vestido y lo sucio que anda ahora Johnny), tocaban con gusto, sin ninguna impaciencia, y el técnico de sonido hacia señales de contento detrás de su ventanilla, como un babuino satisfecho. Y justamente en ese momento, cuando Johnny estaba como perdido en su alegría, de golpe dejó de tocar y soltándole un puñetazo a no sé quién dijo: “Esto lo estoy tocando mañana”, y los muchachos se quedaron cortados, apenas dos o tres siguieron unos compases, como un tren que tarda en frenar, y Johnny se golpeaba la frente y repetía: “Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana”, y no lo podían hacer salir de eso, y a partir de entonces todo anduvo mal, Johnny tocaba sin ganas y deseando irse (a drogarse otra vez, dijo el técnico de sonido muerto de rabia), y cuando lo vi salir, tambaleándose y con la cara cenicienta, me pregunté si eso iba a durar todavía mucho tiempo.
—Creo que llamaré al doctor Bernard —ha dicho Dédée, mirando de reojo a Johnny, que bebe su ron a pequeños sorbos—. Tienes fiebre, y no comes nada.
—El doctor Bernard es un triste idiota —ha dicho Johnny, lamiendo su vaso—. Me va a dar aspirinas, y después dirá que le gusta muchísimo el jazz, por ejemplo Ray Noble. Te das una idea, Bruno. Si tuviera el saxo lo recibiría con una música que lo haría bajar de vuelta los cuatro pisos con el culo en cada escalón.
—De todos modos no te hará mal tomarte las aspirinas —he dicho, mirando de reojo a Dédée—. Si quieres yo telefonearé al salir, así Dédée no tiene que bajar. Oye pero ese contrato... Si empiezas pasado mañana creo que se podrá hacer algo. También yo puedo tratar de sacarle un saxo a Rory Friend. Y en el peor de los casos... La cuestión es que vas a tener que andar con más cuidado, Johnny.
—Hoy no —ha dicho Johnny mirando el frasco de ron—. Mañana, cuando tenga el saxo. De manera que no hay por qué hablar de eso ahora. Bruno, cada vez que me doy mejor cuenta de que el tiempo... Yo creo que la música ayuda siempre a comprender un poco este asunto. Bueno, no a comprender porque la verdad es que no comprendo nada. Lo único que hago es darme cuenta de que hay algo. Como esos sueños, no es cierto, en que empiezas a sospecharte que todo se va a echar a perder, y tienes un poco de miedo por adelantado; pero al mismo tiempo no estás nada seguro, y a lo mejor todo se da vuelta como un panqueque y de repente estás acostado con una chica preciosa y todo es divinamente perfecto.
Dédée está lavando las tazas y los vasos en un rincón del cuarto. Me he dado cuenta de que ni siquiera tienen agua corriente en la pieza; veo una palangana con flores rosadas y una jofaina que me hace pensar en un animal embalsamado. Y Johnny sigue hablando con la boca tapada a medias por la frazada, y también él parece un embalsamado con las rodillas contra el mentón y su cara negra y lisa que el ron y la fiebre empiezan a humedecer poco a poco.
—He leído algunas cosas sobre todo eso, Bruno. Es muy raro, y en realidad tan difícil... Yo creo que la música ayuda, sabes. No a entender, porque en realidad no entiendo nada. —Se golpea la cabeza con el puño cerrado. La cabeza le suena como un coco.
—No hay nada aquí dentro, Bruno, lo que se dice nada. Esto no piensa ni entiende nada. Nunca me ha hecho falta, para decirte la verdad. Yo empiezo a entender de los ojos para abajo, y cuanto más abajo mejor entiendo. Pero no es realmente entender, en eso estoy de acuerdo.
—Te va a subir la fiebre —ha rezongado Dédée desde el fondo de la pieza.
—Oh, cállate. Es verdad, Bruno. Nunca he pensado en nada, solamente de golpe me doy cuenta de lo que he pensado, pero eso no tiene gracia, ¿verdad? ¿Qué gracia va a tener darse cuenta de que uno ha pensado algo? Para el caso es lo mismo que si pensaras tú o cualquier otro. No soy yo, yo. Simplemente saco provecho de lo que pienso, pero siempre después, y eso es lo que no aguanto. Ah, es difícil, es tan difícil.. ¿No ha quedado ni un trago?
Le he dado las últimas gotas de ron, justamente cuando Dédée volvía a encender la luz; ya casi no se veía en la pieza. Johnny está sudando, pero sigue envuelto en la frazada, y de cuando en cuando se estremece y hace crujir el sillón.
—Me di cuenta cuando era muy chico, casi en seguida de aprender a tocar el saxo. En mi casa había siempre un lío de todos los diablos, y no se hablaba más que de deudas, de hipotecas. ¿Tú sabes lo que es una hipoteca? Debe ser algo terrible, porque la vieja se tiraba de los pelos cada vez que el viejo hablaba de la hipoteca, y acababan a los golpes. Yo tenia trece años... pero ya has oído todo eso.
Vaya si lo he oído; vaya si he tratado de escribirlo bien y verídicamente en mi biografía de Johnny.
—Por eso en casa el tiempo no acababa nunca, sabes. De pelea en pelea, casi sin comer. Y para colmo la religión, ah, eso no te lo puedes imaginar. Cuando el maestro me consiguió un saxo que te hubieras muerto de risa si lo ves, entonces creo que me di cuenta en seguida. La música me sacaba del tiempo, aunque no es más que una manera de decirlo. Si quieres saber lo que realmente siento, yo creo que la música me metía en el tiempo. Pero entonces hay que creer que este tiempo no tiene nada que ver con... bueno, con nosotros, por decirlo así.
Como hace rato que conozco las alucinaciones de Johnny, de todos los que hacen su misma vida, lo escucho atentamente pero sin preocuparme demasiado por lo que dice. Me pregunto en cambio cómo habrá conseguido la droga en París. Tendré que interrogar a Dédée, suprimir su posible complicidad. Johnny no va a poder resistir mucho más en ese estado. La droga y la miseria no saben andar juntas. Pienso en la música que se está perdiendo, en las docenas de grabaciones donde Johnny podría seguir dejando esa presencia, ese adelanto asombroso que tiene sobre cualquier otro músico. “Esto lo, estoy tocando mañana” se me llena de pronto de un sentido clarísimo, porque Johnny siempre está tocando mañana y el resto viene a la zaga, en este hoy que él salta sin esfuerzo con las primeras notas de su música.
Soy un crítico de jazz lo bastante sensible como para comprender mis limitaciones, y me doy cuenta de que lo que estoy pensando está por debajo del plano donde el pobre Johnny trata de avanzar con sus frases truncadas, sus suspiros, sus súbitas rabias y sus llantos. A él le importa un bledo que yo lo crea genial, y nunca se ha envanecido de que su música esté mucho más allá de la que tocan sus compañeros. Pienso melancólicamente que él está al principio de su saxo mientras yo vivo obligado a conformarme con el final. Él es la boca y yo la oreja, por no decir que él es la boca y yo... Todo crítico, ay, es el triste final de algo que empezó como sabor, como delicia de morder y mascar. Y la boca se mueve otra vez, golosamente la gran lengua de Johnny recoge un chorrito de saliva de los labios. Las manos hacen un dibujo en el aire.
—Bruno, si un día lo pudieras escribir... No por mí, entiendes, a mí qué me importa. Pero debe ser hermoso, yo siento que debe ser hermoso. Te estaba diciendo que cuando empecé a tocar de chico me di cuenta de que el tiempo cambiaba. Esto se lo conté una vez a Jim y me dijo que todo el mundo se siente lo mismo, y que cuando uno se abstrae... Dijo así, cuando uno se abstrae. Pero no, yo no me abstraigo cuando toco. Solamente que cambio de lugar. Es como en un ascensor, tú estás en el ascensor hablando con la gente, y no sientes nada raro, y entre tanto pasa el primer piso, el décimo, el veintiuno, y la ciudad se quedó ahí abajo, y tú estás terminando la frase que habías empezado al entrar, y entre las primeras palabras y las últimas hay cincuenta y dos pisos. Yo me di cuenta cuando empecé a tocar que entraba en un ascensor, pero era un ascensor de tiempo, si te lo puedo decir asi. No creas que me olvidaba de la hipoteca o de la religión. Solamente que en esos momentos la hipoteca y la religión eran como el traje que uno no tiene puesto; yo sé que el traje está en el ropero, pero a mf no vas a decirme que en ese momento ese traje existe. El traje existe cuando me lo pongo, y la hipoteca y la religión existían cuando terminaba de tocar y la vieja entraba con el pelo colgándole en mechones y se quejaba dé que yo le rompía las orejas con esa-música-del-diablo.
Dédée ha traído otra taza de nescafé, pero Johnny mira tristemente su vaso vacío.
—Esto del tiempo es complicado, me agarra por todos lados. Me empiezo a dar cuenta poco a poco de que el tiempo no es como una bolsa que se rellena. Quiero decir que aunque cambie el relleno, en la bolsa no cabe más que una cantidad y se acabó. ¿Ves mi valija, Bruno? Caben dos trajes, y dos pares de zapatos. Bueno, ahora imagínate que la vacías y después vas a poner de nuevo los dos trajes y los dos pares de zapatos, y entonces te das cuenta de que solamente caben un traje y un par de zapatos. Pero lo mejor no es eso. Lo mejor es cuando te das cuenta de que puedes meter una tienda entera en la valija, cientos y cientos de trajes, como yo meto la música en el tiempo cuando estoy tocando, a veces. La música y lo que pienso cuando viajo en el métro.
—Cuándo viajas en el métro.
—Eh, sí, ahí está la cosa —ha dicho socorronamente Johnny—. El métro es un gran invento, Bruno. Viajando en el métro te das cuenta de todo lo que podría caber en la valija. A lo mejor no perdí el saxo en el métro, a lo mejor...
Se echa a reír, tose, y Dédée lo mira inquieta. Pero él hace gestos, se ríe y tose mezclando todo, sacudiéndose debajo de la frazada como un chimpancé. Le caen lágrimas y se las bebe, siempre riendo.
—Mejor es no confundir las cosas —dice después de un rato—. Lo perdí y se acabó. Pero el métro me ha servido para darme cuenta del truco de la valija. Mira, esto de las cosas elásticas es muy raro, yo lo siento en todas partes. Todo es elástico, chico. Las cosas que pacecen duras tienen una elasticidad...
Piensa, concentrándose.
—...una elasticidad retardada —agrega sorprendentemente. Yo hago un gesto de admiración aprobatoria. Bravo, Johnny. El hombre que dice que no es capaz de pensar. Vaya con Johnny. Y ahora estoy realmente interesado por lo que va a decir, y él se da cuenta y me mira más socarronamente que nunca.
—¿Tú crees que podré conseguir otro saxo para tocar pasado mañana, Bruno?
—Sí, pero tendrás que tener cuidado.
—Claro, tendré que tener cuidado.
—Un contrato de un mes —explica la pobre Dédée—. Quince días en la boîte de Rémy, dos conciertos y los discos. Podríamos arreglarnos tan bien.
—Un contrato de un mes —remeda Johnny con grandes gestos—. La boîte de Rémy, dos conciertos y los discos. Be—bata—bop bop bop, chrrr. Lo que tiene es sed, una sed, una sed. Y unas ganas de fumar, de fumar. Sobre todo unas ganas de fumar.
Le ofrezco un paquete de Gauloises, aunque sé muy bien que está pensando en la droga. Ya es de noche, en el pasillo empieza un ir y venir de gente, diálogos en árabe, una canción. Dédée se ha marchado, probablemente a comprar alguna cosa para la cena. Siento la mano de Johnny en la rodilla.
—Es una buena chica, sabes. Pero me tiene harto. Hace rato que no la quiero, que no puedo sufrirla. Todavía me excita, a ratos, sabe hacer el amor como... —junta los dedos a la italiana—. Pero tengo que librarme de ella, volver a Nueva York. Sobre todo tengo que volver a Nueva York, Bruno.
—¿Para qué? Allá te estaba yendo peor que aquí. No me refiero al trabajo sino a tu vida misma. Aquí me parece que tienes más amigos.
—Si, estás tú y la marquesa, y los chicos del club... ¿Nunca hiciste el amor con la marquesa, Bruno?
—No.
—Bueno, es algo que... Pero yo te estaba hablando del métro, y no sé por qué cambiamos de tema. El métro es un gran invento, Bruno. Un día empecé a sentir algo en el métro, después me olvidé... Y entonces se repitió, dos o tres días después. Y al final me di cuenta. Es fácil de explicar, sabes, pero es fácil porque en realidad no es la verdadera explicación. La verdadera explicación sencillamente no se puede explicar. Tendrías que tomar el métro y esperar a que te ocurra, aunque me parece que eso solamente me ocurre a mí. Es un poco así, mira. ¿Pero de verdad nunca hiciste el amor con la marquesa? Le tienes que pedir que suba al taburete dorado que tiene en el rincón del dormitorio, al lado de una lámpara muy bonita, y entonces... Bah, ya está ésa de vuelta.
Dédée entra con un bulto, y mira a Johnny.
—Tienes más fiebre. Ya telefoneé al doctor, va a venir a las diez. Dice que te quedes tranquilo.
—Bueno, de acuerdo, pero antes le voy a contar lo del métro a Bruno. El otro día me di bien cuenta de lo que pasaba. Me puse a pensar en mi vieja, después en Lan y los chicos, y claro, al momento me parecía que estaba caminando por mi barrio, y veía las caras de los muchachos, los de aquel tiempo. No era pensar, me parece que ya te he dicho muchas veces que yo no pienso nunca; estoy como parado en una esquina viendo pasar lo que pienso, pero no pienso lo que veo. ¿Té das cuenta? Jim dice que todos somos iguales, que en general (así dice) uno no piensa por su cuenta. Pongamos que sea así, la cuestión es que yo había tomado el métro en la estación de Saint—Michel y en seguida me puse a pensar en Lan y los chicos, y a ver el barrio. Apenas me senté me puse a pensar en ellos. Pero al mismo tiempo me daba cuenta de que estaba en el métro, y vi que al cabo de un minuto más o menos llegábamos a Odéon, y que la gente entraba y salía. Entonces seguí pensando en Lan y vi a mi vieja cuando volvía de hacer las compras, y empecé a verlos a todos, a estar con ellos de una manera hermosísima, como hacia mucho que no sentía. Los recuerdos son siempre un asco, pero esta vez me gustaba pensar en los chicos y verlos. Si me pongo a contarte todo lo que vi no lo vas a creer porque tendría para rato. Y eso que ahorraría detalles. Por ejemplo, para decirte una sola cosa, veía a Lan con un vestido verde que se ponía cuando iba al Club 33 donde yo tocaba con Hamp. Veía el vestido con unas cintas, un moño, una especie de adorno al costado y un cuello... No al mismo tiempo, sino que en realidad me estaba paseando alrededor del vestido de Lan y lo miraba despacio. Y después miré la cara de Lan y la de los chicos, y después mé acordé de Mike que vivía en la pieza de al lado, y cómo Mike me había contado la historia de unos caballos salvajes en Colorado, y él que trabajaba en un rancho y hablaba sacando pecho como los domadores de caballos...
—Johnny —ha dicho Dédée desde su rincón.
—Fíjate que solamente te cuento un pedacito de todo lo que estaba pensando y viendo. ¿Cuánto hará que te estoy contando este pedacito?
—No sé, pongamos unos dos minutos.
—Pongamos unos dos minutos —remeda Johnny—. Dos minutos y te he contado un pedacito nada más. Si te contara todo lo que les vi hacer a los chicos, y cómo Hamp tocaba Save it, pretty mamma y yo escuchaba cada nota, entiendes, cada nota, y Hamp no es de los que se cansan, y si te contara que también le oí a mi vieja una oración larguísima, donde hablaba de repollos, me parece, pedía perdón por mi viejo y por mí y decía algo de unos repollos... Bueno, si te contara en detalle todo eso, pasarían más de dos minutos, ¿eh, Bruno?
—Si realmente escuchaste y viste todo eso, pasaría un buen cuarto de hora —le he dicho, riéndome.
—Pasaría un buen cuarto de hora, eh, Bruno. Entonces me vas a decir cómo puede ser que de repente siento que el métro se para y yo me salgo de mi vieja y Lan y todo aquello, y veo que estamos en Saint-Germain-des-Prés, que queda justo a un minuto y medio de Odéon.
Nunca me preocupo demasiado por las cosas que dice Johnny pero ahora, con su manera de mirarme, he sentido frío.
—Apenas un minuto y medio por tu tiempo, por el tiempo de ésa —ha dicho rencorosamente Johnny—. Y también por el del métro y el de mi reloj, malditos sean. Entonces, ¿cómo puede ser que yo haya estado pensando un cuarto de hora, eh, Bruno? ¿Cómo se puede pensar un cuarto de hora en un minuto y medio? Te juro que ese día no había fumado ni un pedacito ni una hojita —agrega como un chico que se excusa—. Y después me ha vuelto a suceder, ahora me empieza a suceder en todas partes. Pero —agrega astutamente— sólo en el métro me puedo dar cuenta porque viajar en el métro es como estar metido en un reloj. Las estaciones son los minutos, comprendes, es ese tiempo de ustedes, de ahora; pero yo sé que hay otro, y he estado pensando, pensando...
Se tapa la cara con las manos y tiembla. Yo quisiera haberme ido ya, y no sé cómo hacer para despedirme sin que Johnny se resienta, porque es terriblemente susceptible con sus amigos. Si sigue así le va a hacer mal, por lo menos con Dédée no va a hablar de esas cosas.
—Bruno~si yo pudiera solamente vivir como en esos momentos, o como cuando estoy tocando y también el tiempo cambia... Te das cuenta de lo que podría pasar en un minuto y medio... Entonces un hombre, no solamente yo sino ésa y tú y todos los muchachos, podrían vivir cientos de años, si encontráramos la manera podríamos vivir mil veces más de lo que estamos viviendo por culpa de los relojes, de esa manía de minutos y de pasado mañana...
Sonrío lo mejor que puedo, comprendiendo vagamente que tiene razón, pero que lo que él sospecha y lo que yo presiento de su sospecha se va a borrar como siempre apenas esté en la calle y me meta en mi vida de todos los días. En ese momento estoy seguro de que Johnny dice algo que no nace solamente de que está medio loco, de que la realidad se le escapa y le deja en cambio una especie de parodia que él convierte en una esperanza. Todo lo que Johnny me dice en momentos así (y hace más de cinco años que Johnny me dice y les dice a todos cosas parecidas) no se puede escuchar prometiéndose volver a pensarlo más tarde. Apenas se está en la calle, apenas es el recuerdo y no Johnny quien repite las palabras, todo se vuelve un fantaseo de la marihuana, un manotear monótono (por que hay otros que dicen cosas parecidas, a cada rato se sabe de testimonios parecidos) y después de la maravilla nace la irritación, y a mí por lo menos me pasa que siento como si Johnny me hubiera estado tomando el pelo. Pero esto ocurre siempre al otro día, no cuando Johnny me lo está diciendo, porque entonces siento que hay algo que quiere ceder en alguna parte, una luz que busca encenderse, o más bien como si fuera necesario quebrar alguna cosa, quebrarla de arriba abajo como un tronco metiéndole una cuña y martillando hasta el final. Y Johnny ya no tiene fuerzas para martillar nada, y yo ni siquiera sé qué martillo haría falta para meter una cuña que tampoco me imagino.
De manera que al final me he ido de la pieza, pero antes ha pasado una de esas cosas que tienen que pasar —ésa u otra parecida—, y es que cuando me estaba despidiendo de Dédée y le daba al espalda a Johnny he sentido que algo ocurría, lo he visto en los ojos de Dédée y me he vuelto rápidamente (porque a lo mejor le tengo un poco de miedo a Johnny, a este ángel que es como mi hermano, a este hermano que es como mi ángel) y he visto a Johnny que se ha quitado de golpe la frazada con que estaba envuelto, y lo he visto sentado en el sillón completamente desnudo, con las piernas levantadas y las rodillas junto al mentón, temblando pero riéndose, desnudo de arriba a abajo en el sillón mugriento.
—Empieza a hacer calor —ha dicho Johnny. Bruno, mira qué hermosa cicatriz tengo entre las costillas.
—Tápate —ha mandado Dédée, avergonzada y sin saber qué decir. Nos conocemos bastante y un hombre desnudo no es más que un hombre desnudo, pero de todos modos Dédée ha tenido vergüenza y yo no sabia cómo hacer para no dar la impresión de que lo que estaba haciendo Johnny me chocaba. Y él lo sabía y se ha reído con toda su bocaza, obscenamente manteniendo las piernas levantadas, el sexo colgándole al borde del sillón como un mono en el zoo, y la piel de los muslos con unas raras manchas que me han dado un asco infinito. Entonces Dédée ha agarrado la frazada y lo ha envuelto presurosa, mientras Johnny se reía y parecía muy feliz. Me he despedido vagamente, prometiendo volver al otro día, y Dédée me ha acompañado hasta el rellano, cerrando la puerta para que Johnny no oiga lo que va a decirme.
—Está así desde que volvimos de la gira por Bélgica. Había tocado tan bien en todas partes, y yo estaba tan contenta.
—Me pregunto de dónde habrá sacado la droga —he dicho, mirándola en los ojos.
—No sé. Ha estado bebiendo vino y coñac casi todo el tiempo. Pero también ha fumado, aunque menos que allá...
Allá es Baltimore y Nueva York, son los tres meses en el hospital psiquiátrico de Bellevue, y la larga temporada en Camarillo.
¿Realmente Johnny tocó bien en Bélgica, Dédée?
—Sí, Bruno, me parece que mejor que nunca. La gente estaba enloquecida, y los muchachos de la orquesta me lo dijeron muchas veces. De repente pasaban cosas raras, como siempre con Johnny, pero por suerte nunca delante del público. Yo creí... pero ya ve, ahora es peor que nunca.
¿Peor que en Nueva York? Usted no lo conoció en esos años.
Dédée no es tonta, pero a ninguna mujer le gusta que le hablen de su hombre cuando aún no estaba en su vida, aparte de que ahora tiene que aguantarlo y lo de antes no son más que palabras. No sé cómo decírselo, y ni siquiera le tengo plena confianza, pero al final me decido.
—Me imagino que se han quedado sin dinero.
—Tenemos ese contrato para empezar pasado mañana —ha dicho Dédée.
—¿Usted cree que va a poder grabar y presentarse en público?
—Oh, sí —ha dicho Dédée un poco sorprendida—. Johnny puede tocar mejor que nunca si el doctor Bernard le corta la gripe. La cuestión es el saxo.
—Me voy a ocupar de eso. Aquí tiene, Dédée. Solamente que... Lo mejor sería que Johnny no lo supiera.
—Bruno...
Con un gesto, y empezando a bajar la escalera, he detenido las palabras imaginables, la gratitud inútil de Dédée. Separado de ella por cuatro o cinco peldaños me ha sido más fácil decírselo.
—Por nada del mundo tiene que fumar antes del primer concierto. Déjelo beber un poco pero no le dé dinero para lo otro.
Dédée no ha contestado nada; aunque he visto cómo sus manos doblaban y doblaban los billetes, hasta hacerlos desaparecer. Por lo menos tengo la seguridad de que Dédée no fuma. Su única complicidad puede nacer del miedo o del amor. Si Johnny se pone de rodillas, como lo he visto en Chicago, y le suplica llorando... Pero es un riesgo como tantos otros con Johnny, y por el momento habrá dinero para comer y para remedios. En la calle me he subido el cuello de la gabardina porque empezaba a lloviznar, y he respirado hasta que me dolieron los pulmones; me ha parecido que París olía a limpio, a pan caliente. Sólo ahora me he dado cuenta de cómo olía la pieza de Johnny, el cuerpo de Johnny sudando bajo la frazada. He entrado en un café para beber un coñac y lavarme la boca, quizá también la memoria que insiste e insiste en las palabras de Johnny, sus cuentos, su manera de ver lo que yo no veo y en el fondo no quiero ver. Me he puesto a pensar en pasado mañana y era como una tranquilidad, como un puente bien tendido del mostrador hacia adelante.
Como cita el propio Cortázar, "sé fiel hasta la muerte". Va por ustedes en esta noche de un noviembre otoñal. Todavía ebrio de las muestras de afecto y cariño que estoy recibiendo en estos días. El don de la ebriedad...!
El perseguidor
(Las armas secretas, 1959)
In memorian Ch. P.
Sé fiel hasta la muerte
Apocalipsis, 2,10
O make me a mask
Dylan Thomas
Dédée me ha llamado por la tarde diciéndome que Johnny no estaba bien, y he ido en seguida al hotel. Desde hace unos días Johnny y Dédée viven en un hotel de la rue Lagrange, en una pieza del cuarto piso. Me ha bastado ver la puerta de la pieza para darme cuenta de que Johnny está en la peor de las miserias; la ventana da a un patio casi negro, y a la una de la tarde hay que tener la luz encendida si se quiere leer el diario o verse la cara. No hace frío, pero he encontrado a Johnny envuelto en una frazada, encajado en un roñoso sillón que larga por todos lados pedazos de estopa amarillenta. Dédée está envejecida, y el vestido rojo le queda muy mal; es un vestido para el trabajo, para las luces de la escena; en esa pieza del hotel se convierte en una especie de coágulo repugnante.
—El compañero Bruno es fiel como el mal aliento —ha dicho Johnny a manera de saludo, remontando las rodillas hasta apoyar en ellas el mentón. Dédée me ha alcanzado una silla y yo he sacado un paquete de Gauloises. Traía un frasco de ron en el bolsillo, pero no he querido mostrarlo hasta hacerme una idea de lo que pasa. Creo que lo más irritante era la lamparilla con su ojo arrancado colgando del hilo sucio de moscas. Después de mirarla una o dos veces, y ponerme la mano como pantalla, le he preguntado a Dédée si no podíamos apagar la lamparilla y arreglarnos con la luz de la ventana. Johnny seguía mis palabras y mis gestos con una gran atención distraída, como un gato que mira fijo pero que se ve que está por completo en otra cosa; que es otra cosa. Por fin Dédée se ha levantado y ha apagado la luz. En lo que quedaba, una mezcla de gris y negro, nos hemos reconocido mejor. Johnny ha sacado una de sus largas manos flacas de debajo de la frazada, y yo he sentido la fláccida tibieza de su piel. Entonces Dédée ha dicho que iba a preparar unos nescafés. Me ha alegrado saber que por lo menos tienen una lata de nescafé. Siempre que una persona tiene una lata de nescafé me doy cuenta de que no está en la última miseria; todavía puede resistir un poco.
—Hace rato que no nos veíamos —le he dicho a Johnny—. Un mes por lo menos.
—Tú no haces más que contar el tiempo —me ha contestado de mal humor—. El primero, el dos, el tres, el veintiuno. A todo le pones un número, tú. Y ésta es igual. ¿Sabes por qué está furiosa? Porque he perdido el saxo. Tiene razón, después de todo.
—¿Pero cómo has podido perderlo? —le he preguntado, sabiendo en el mismo momento que era justamente lo que no se le puede preguntar a Johnny.
—En el métro —ha dicho Johnny—. Para mayor seguridad lo había puesto debajo del asiento. Era magnífico viajar sabiendo que lo tenía debajo de las piernas, bien seguro.
—Se dio cuenta cuando estaba subiendo la escalera del hotel —ha dicho Dédée, con la voz un poco ronca—. Y yo tuve que salir como una loca a avisar a los del métro, a la policía.
Por el silencio siguiente me he dado cuenta de que ha sido tiempo perdido. Pero Johnny ha empezado a reírse como hace él, con una risa más atrás de los dientes y de los labios.
—Algún pobre infeliz estará tratando de sacarle algún sonido —ha dicho—. Era uno de los peores saxos que he tenido nunca; se veía que Doc Rodríguez había tocado en él, estaba completamente deformado por el lado del alma. Como aparato en sí no era malo, pero Rodríguez es capaz de echar a perder un Stradivarius con solamente afinarlo.
—¿Y no puedes conseguir otro?
—Es lo que estamos averiguando —ha dicho Dédée—. Parece que Rory Friend tiene uno. Lo malo es que el contrato de Johnny...
—El contrato —ha remedado Johnny—. Qué es eso del contrato. Hay que tocar y se acabó, y no tengo saxo ni dinero para comprar uno, y los muchachos están igual que yo.
Esto último no es cierto, y los tres lo sabemos. Nadie se atreve ya a prestarle un instrumento a Johnny, porque lo pierde o acaba con él en seguida. Ha perdido el saxo de Louis Rolling en Bordeaux, ha roto en tres pedazos, pisoteándolo y golpeándolo, el saxo que Dédée había comprado cuando lo contrataron para una gira por Inglaterra. Nadie sabe ya cuántos instrumentos lleva perdidos, empeñados o rotos. Y en todos ellos tocaba como yo creo que solamente un dios puede tocar un saxo alto, suponiendo que hayan renunciado a las liras y a las flautas.
—¿Cuándo empiezas, Johnny?
—No sé. Hoy, creo, ¿eh, Dé?
—No, pasado mañana.
—Todo el mundo sabe las fechas menos yo —rezonga Johnny, tapándose hasta las orejas con la frazada—. Hubiera jurado que era esta noche, y que esta tarde había que ir a ensayar.
—Lo mismo da —ha dicho Dédée—. La cuestión es que no tienes saxo.
—¿Cómo lo mismo da? No es lo mismo. Pasado mañana es después de mañana, y mañana es mucho después de hoy. Y hoy mismo es bastante después de ahora, en que estamos charlando con el compañero Bruno y yo me sentiría mucho mejor si me pudiera olvidar del tiempo y beber alguna cosa caliente.
—Ya va a hervir el agua, espera un poco.
—No me refería al calor por ebullición ha dicho Johnny. Entonces he sacado el frasco de ron y ha sido como si encendiéramos la luz, porque Johnny ha abierto de par en par la boca, maravillado, y sus dientes se han puesto a brillar, y hasta Dédée ha tenido que sonreírse al verlo tan asombrado y contento. El ron con el nescafé no estaba mal del todo, y los tres nos hemos sentido mucho mejor después del segundo trago y de un cigarrillo. Ya para entonces he advertido que Johnny se retraía poco a poco y que seguía haciendo alusiones al tiempo, un tema que le preocupa desde que lo conozco. He visto pocos hombres tan preocupados por todo lo que se refiere al tiempo. Es una manía, la peor de sus manías, que son tantas. Pero él la despliega y la explica con una gracia que pocos pueden resistir. Me he acordado de un ensayo antes de una grabación, en Cincinnati, y esto era mucho antes de venir a París, en el cuarenta y nueve o el cincuenta. Johnny estaba en gran forma en esos días, y yo había ido al ensayo nada más que para escucharlo a él y también a Miles Davis. Todos tenían ganas de tocar, estaban contentos, andaban bien vestidos (de esto me acuerdo quizá por contraste, por lo mal vestido y lo sucio que anda ahora Johnny), tocaban con gusto, sin ninguna impaciencia, y el técnico de sonido hacia señales de contento detrás de su ventanilla, como un babuino satisfecho. Y justamente en ese momento, cuando Johnny estaba como perdido en su alegría, de golpe dejó de tocar y soltándole un puñetazo a no sé quién dijo: “Esto lo estoy tocando mañana”, y los muchachos se quedaron cortados, apenas dos o tres siguieron unos compases, como un tren que tarda en frenar, y Johnny se golpeaba la frente y repetía: “Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana”, y no lo podían hacer salir de eso, y a partir de entonces todo anduvo mal, Johnny tocaba sin ganas y deseando irse (a drogarse otra vez, dijo el técnico de sonido muerto de rabia), y cuando lo vi salir, tambaleándose y con la cara cenicienta, me pregunté si eso iba a durar todavía mucho tiempo.
—Creo que llamaré al doctor Bernard —ha dicho Dédée, mirando de reojo a Johnny, que bebe su ron a pequeños sorbos—. Tienes fiebre, y no comes nada.
—El doctor Bernard es un triste idiota —ha dicho Johnny, lamiendo su vaso—. Me va a dar aspirinas, y después dirá que le gusta muchísimo el jazz, por ejemplo Ray Noble. Te das una idea, Bruno. Si tuviera el saxo lo recibiría con una música que lo haría bajar de vuelta los cuatro pisos con el culo en cada escalón.
—De todos modos no te hará mal tomarte las aspirinas —he dicho, mirando de reojo a Dédée—. Si quieres yo telefonearé al salir, así Dédée no tiene que bajar. Oye pero ese contrato... Si empiezas pasado mañana creo que se podrá hacer algo. También yo puedo tratar de sacarle un saxo a Rory Friend. Y en el peor de los casos... La cuestión es que vas a tener que andar con más cuidado, Johnny.
—Hoy no —ha dicho Johnny mirando el frasco de ron—. Mañana, cuando tenga el saxo. De manera que no hay por qué hablar de eso ahora. Bruno, cada vez que me doy mejor cuenta de que el tiempo... Yo creo que la música ayuda siempre a comprender un poco este asunto. Bueno, no a comprender porque la verdad es que no comprendo nada. Lo único que hago es darme cuenta de que hay algo. Como esos sueños, no es cierto, en que empiezas a sospecharte que todo se va a echar a perder, y tienes un poco de miedo por adelantado; pero al mismo tiempo no estás nada seguro, y a lo mejor todo se da vuelta como un panqueque y de repente estás acostado con una chica preciosa y todo es divinamente perfecto.
Dédée está lavando las tazas y los vasos en un rincón del cuarto. Me he dado cuenta de que ni siquiera tienen agua corriente en la pieza; veo una palangana con flores rosadas y una jofaina que me hace pensar en un animal embalsamado. Y Johnny sigue hablando con la boca tapada a medias por la frazada, y también él parece un embalsamado con las rodillas contra el mentón y su cara negra y lisa que el ron y la fiebre empiezan a humedecer poco a poco.
—He leído algunas cosas sobre todo eso, Bruno. Es muy raro, y en realidad tan difícil... Yo creo que la música ayuda, sabes. No a entender, porque en realidad no entiendo nada. —Se golpea la cabeza con el puño cerrado. La cabeza le suena como un coco.
—No hay nada aquí dentro, Bruno, lo que se dice nada. Esto no piensa ni entiende nada. Nunca me ha hecho falta, para decirte la verdad. Yo empiezo a entender de los ojos para abajo, y cuanto más abajo mejor entiendo. Pero no es realmente entender, en eso estoy de acuerdo.
—Te va a subir la fiebre —ha rezongado Dédée desde el fondo de la pieza.
—Oh, cállate. Es verdad, Bruno. Nunca he pensado en nada, solamente de golpe me doy cuenta de lo que he pensado, pero eso no tiene gracia, ¿verdad? ¿Qué gracia va a tener darse cuenta de que uno ha pensado algo? Para el caso es lo mismo que si pensaras tú o cualquier otro. No soy yo, yo. Simplemente saco provecho de lo que pienso, pero siempre después, y eso es lo que no aguanto. Ah, es difícil, es tan difícil.. ¿No ha quedado ni un trago?
Le he dado las últimas gotas de ron, justamente cuando Dédée volvía a encender la luz; ya casi no se veía en la pieza. Johnny está sudando, pero sigue envuelto en la frazada, y de cuando en cuando se estremece y hace crujir el sillón.
—Me di cuenta cuando era muy chico, casi en seguida de aprender a tocar el saxo. En mi casa había siempre un lío de todos los diablos, y no se hablaba más que de deudas, de hipotecas. ¿Tú sabes lo que es una hipoteca? Debe ser algo terrible, porque la vieja se tiraba de los pelos cada vez que el viejo hablaba de la hipoteca, y acababan a los golpes. Yo tenia trece años... pero ya has oído todo eso.
Vaya si lo he oído; vaya si he tratado de escribirlo bien y verídicamente en mi biografía de Johnny.
—Por eso en casa el tiempo no acababa nunca, sabes. De pelea en pelea, casi sin comer. Y para colmo la religión, ah, eso no te lo puedes imaginar. Cuando el maestro me consiguió un saxo que te hubieras muerto de risa si lo ves, entonces creo que me di cuenta en seguida. La música me sacaba del tiempo, aunque no es más que una manera de decirlo. Si quieres saber lo que realmente siento, yo creo que la música me metía en el tiempo. Pero entonces hay que creer que este tiempo no tiene nada que ver con... bueno, con nosotros, por decirlo así.
Como hace rato que conozco las alucinaciones de Johnny, de todos los que hacen su misma vida, lo escucho atentamente pero sin preocuparme demasiado por lo que dice. Me pregunto en cambio cómo habrá conseguido la droga en París. Tendré que interrogar a Dédée, suprimir su posible complicidad. Johnny no va a poder resistir mucho más en ese estado. La droga y la miseria no saben andar juntas. Pienso en la música que se está perdiendo, en las docenas de grabaciones donde Johnny podría seguir dejando esa presencia, ese adelanto asombroso que tiene sobre cualquier otro músico. “Esto lo, estoy tocando mañana” se me llena de pronto de un sentido clarísimo, porque Johnny siempre está tocando mañana y el resto viene a la zaga, en este hoy que él salta sin esfuerzo con las primeras notas de su música.
Soy un crítico de jazz lo bastante sensible como para comprender mis limitaciones, y me doy cuenta de que lo que estoy pensando está por debajo del plano donde el pobre Johnny trata de avanzar con sus frases truncadas, sus suspiros, sus súbitas rabias y sus llantos. A él le importa un bledo que yo lo crea genial, y nunca se ha envanecido de que su música esté mucho más allá de la que tocan sus compañeros. Pienso melancólicamente que él está al principio de su saxo mientras yo vivo obligado a conformarme con el final. Él es la boca y yo la oreja, por no decir que él es la boca y yo... Todo crítico, ay, es el triste final de algo que empezó como sabor, como delicia de morder y mascar. Y la boca se mueve otra vez, golosamente la gran lengua de Johnny recoge un chorrito de saliva de los labios. Las manos hacen un dibujo en el aire.
—Bruno, si un día lo pudieras escribir... No por mí, entiendes, a mí qué me importa. Pero debe ser hermoso, yo siento que debe ser hermoso. Te estaba diciendo que cuando empecé a tocar de chico me di cuenta de que el tiempo cambiaba. Esto se lo conté una vez a Jim y me dijo que todo el mundo se siente lo mismo, y que cuando uno se abstrae... Dijo así, cuando uno se abstrae. Pero no, yo no me abstraigo cuando toco. Solamente que cambio de lugar. Es como en un ascensor, tú estás en el ascensor hablando con la gente, y no sientes nada raro, y entre tanto pasa el primer piso, el décimo, el veintiuno, y la ciudad se quedó ahí abajo, y tú estás terminando la frase que habías empezado al entrar, y entre las primeras palabras y las últimas hay cincuenta y dos pisos. Yo me di cuenta cuando empecé a tocar que entraba en un ascensor, pero era un ascensor de tiempo, si te lo puedo decir asi. No creas que me olvidaba de la hipoteca o de la religión. Solamente que en esos momentos la hipoteca y la religión eran como el traje que uno no tiene puesto; yo sé que el traje está en el ropero, pero a mf no vas a decirme que en ese momento ese traje existe. El traje existe cuando me lo pongo, y la hipoteca y la religión existían cuando terminaba de tocar y la vieja entraba con el pelo colgándole en mechones y se quejaba dé que yo le rompía las orejas con esa-música-del-diablo.
Dédée ha traído otra taza de nescafé, pero Johnny mira tristemente su vaso vacío.
—Esto del tiempo es complicado, me agarra por todos lados. Me empiezo a dar cuenta poco a poco de que el tiempo no es como una bolsa que se rellena. Quiero decir que aunque cambie el relleno, en la bolsa no cabe más que una cantidad y se acabó. ¿Ves mi valija, Bruno? Caben dos trajes, y dos pares de zapatos. Bueno, ahora imagínate que la vacías y después vas a poner de nuevo los dos trajes y los dos pares de zapatos, y entonces te das cuenta de que solamente caben un traje y un par de zapatos. Pero lo mejor no es eso. Lo mejor es cuando te das cuenta de que puedes meter una tienda entera en la valija, cientos y cientos de trajes, como yo meto la música en el tiempo cuando estoy tocando, a veces. La música y lo que pienso cuando viajo en el métro.
—Cuándo viajas en el métro.
—Eh, sí, ahí está la cosa —ha dicho socorronamente Johnny—. El métro es un gran invento, Bruno. Viajando en el métro te das cuenta de todo lo que podría caber en la valija. A lo mejor no perdí el saxo en el métro, a lo mejor...
Se echa a reír, tose, y Dédée lo mira inquieta. Pero él hace gestos, se ríe y tose mezclando todo, sacudiéndose debajo de la frazada como un chimpancé. Le caen lágrimas y se las bebe, siempre riendo.
—Mejor es no confundir las cosas —dice después de un rato—. Lo perdí y se acabó. Pero el métro me ha servido para darme cuenta del truco de la valija. Mira, esto de las cosas elásticas es muy raro, yo lo siento en todas partes. Todo es elástico, chico. Las cosas que pacecen duras tienen una elasticidad...
Piensa, concentrándose.
—...una elasticidad retardada —agrega sorprendentemente. Yo hago un gesto de admiración aprobatoria. Bravo, Johnny. El hombre que dice que no es capaz de pensar. Vaya con Johnny. Y ahora estoy realmente interesado por lo que va a decir, y él se da cuenta y me mira más socarronamente que nunca.
—¿Tú crees que podré conseguir otro saxo para tocar pasado mañana, Bruno?
—Sí, pero tendrás que tener cuidado.
—Claro, tendré que tener cuidado.
—Un contrato de un mes —explica la pobre Dédée—. Quince días en la boîte de Rémy, dos conciertos y los discos. Podríamos arreglarnos tan bien.
—Un contrato de un mes —remeda Johnny con grandes gestos—. La boîte de Rémy, dos conciertos y los discos. Be—bata—bop bop bop, chrrr. Lo que tiene es sed, una sed, una sed. Y unas ganas de fumar, de fumar. Sobre todo unas ganas de fumar.
Le ofrezco un paquete de Gauloises, aunque sé muy bien que está pensando en la droga. Ya es de noche, en el pasillo empieza un ir y venir de gente, diálogos en árabe, una canción. Dédée se ha marchado, probablemente a comprar alguna cosa para la cena. Siento la mano de Johnny en la rodilla.
—Es una buena chica, sabes. Pero me tiene harto. Hace rato que no la quiero, que no puedo sufrirla. Todavía me excita, a ratos, sabe hacer el amor como... —junta los dedos a la italiana—. Pero tengo que librarme de ella, volver a Nueva York. Sobre todo tengo que volver a Nueva York, Bruno.
—¿Para qué? Allá te estaba yendo peor que aquí. No me refiero al trabajo sino a tu vida misma. Aquí me parece que tienes más amigos.
—Si, estás tú y la marquesa, y los chicos del club... ¿Nunca hiciste el amor con la marquesa, Bruno?
—No.
—Bueno, es algo que... Pero yo te estaba hablando del métro, y no sé por qué cambiamos de tema. El métro es un gran invento, Bruno. Un día empecé a sentir algo en el métro, después me olvidé... Y entonces se repitió, dos o tres días después. Y al final me di cuenta. Es fácil de explicar, sabes, pero es fácil porque en realidad no es la verdadera explicación. La verdadera explicación sencillamente no se puede explicar. Tendrías que tomar el métro y esperar a que te ocurra, aunque me parece que eso solamente me ocurre a mí. Es un poco así, mira. ¿Pero de verdad nunca hiciste el amor con la marquesa? Le tienes que pedir que suba al taburete dorado que tiene en el rincón del dormitorio, al lado de una lámpara muy bonita, y entonces... Bah, ya está ésa de vuelta.
Dédée entra con un bulto, y mira a Johnny.
—Tienes más fiebre. Ya telefoneé al doctor, va a venir a las diez. Dice que te quedes tranquilo.
—Bueno, de acuerdo, pero antes le voy a contar lo del métro a Bruno. El otro día me di bien cuenta de lo que pasaba. Me puse a pensar en mi vieja, después en Lan y los chicos, y claro, al momento me parecía que estaba caminando por mi barrio, y veía las caras de los muchachos, los de aquel tiempo. No era pensar, me parece que ya te he dicho muchas veces que yo no pienso nunca; estoy como parado en una esquina viendo pasar lo que pienso, pero no pienso lo que veo. ¿Té das cuenta? Jim dice que todos somos iguales, que en general (así dice) uno no piensa por su cuenta. Pongamos que sea así, la cuestión es que yo había tomado el métro en la estación de Saint—Michel y en seguida me puse a pensar en Lan y los chicos, y a ver el barrio. Apenas me senté me puse a pensar en ellos. Pero al mismo tiempo me daba cuenta de que estaba en el métro, y vi que al cabo de un minuto más o menos llegábamos a Odéon, y que la gente entraba y salía. Entonces seguí pensando en Lan y vi a mi vieja cuando volvía de hacer las compras, y empecé a verlos a todos, a estar con ellos de una manera hermosísima, como hacia mucho que no sentía. Los recuerdos son siempre un asco, pero esta vez me gustaba pensar en los chicos y verlos. Si me pongo a contarte todo lo que vi no lo vas a creer porque tendría para rato. Y eso que ahorraría detalles. Por ejemplo, para decirte una sola cosa, veía a Lan con un vestido verde que se ponía cuando iba al Club 33 donde yo tocaba con Hamp. Veía el vestido con unas cintas, un moño, una especie de adorno al costado y un cuello... No al mismo tiempo, sino que en realidad me estaba paseando alrededor del vestido de Lan y lo miraba despacio. Y después miré la cara de Lan y la de los chicos, y después mé acordé de Mike que vivía en la pieza de al lado, y cómo Mike me había contado la historia de unos caballos salvajes en Colorado, y él que trabajaba en un rancho y hablaba sacando pecho como los domadores de caballos...
—Johnny —ha dicho Dédée desde su rincón.
—Fíjate que solamente te cuento un pedacito de todo lo que estaba pensando y viendo. ¿Cuánto hará que te estoy contando este pedacito?
—No sé, pongamos unos dos minutos.
—Pongamos unos dos minutos —remeda Johnny—. Dos minutos y te he contado un pedacito nada más. Si te contara todo lo que les vi hacer a los chicos, y cómo Hamp tocaba Save it, pretty mamma y yo escuchaba cada nota, entiendes, cada nota, y Hamp no es de los que se cansan, y si te contara que también le oí a mi vieja una oración larguísima, donde hablaba de repollos, me parece, pedía perdón por mi viejo y por mí y decía algo de unos repollos... Bueno, si te contara en detalle todo eso, pasarían más de dos minutos, ¿eh, Bruno?
—Si realmente escuchaste y viste todo eso, pasaría un buen cuarto de hora —le he dicho, riéndome.
—Pasaría un buen cuarto de hora, eh, Bruno. Entonces me vas a decir cómo puede ser que de repente siento que el métro se para y yo me salgo de mi vieja y Lan y todo aquello, y veo que estamos en Saint-Germain-des-Prés, que queda justo a un minuto y medio de Odéon.
Nunca me preocupo demasiado por las cosas que dice Johnny pero ahora, con su manera de mirarme, he sentido frío.
—Apenas un minuto y medio por tu tiempo, por el tiempo de ésa —ha dicho rencorosamente Johnny—. Y también por el del métro y el de mi reloj, malditos sean. Entonces, ¿cómo puede ser que yo haya estado pensando un cuarto de hora, eh, Bruno? ¿Cómo se puede pensar un cuarto de hora en un minuto y medio? Te juro que ese día no había fumado ni un pedacito ni una hojita —agrega como un chico que se excusa—. Y después me ha vuelto a suceder, ahora me empieza a suceder en todas partes. Pero —agrega astutamente— sólo en el métro me puedo dar cuenta porque viajar en el métro es como estar metido en un reloj. Las estaciones son los minutos, comprendes, es ese tiempo de ustedes, de ahora; pero yo sé que hay otro, y he estado pensando, pensando...
Se tapa la cara con las manos y tiembla. Yo quisiera haberme ido ya, y no sé cómo hacer para despedirme sin que Johnny se resienta, porque es terriblemente susceptible con sus amigos. Si sigue así le va a hacer mal, por lo menos con Dédée no va a hablar de esas cosas.
—Bruno~si yo pudiera solamente vivir como en esos momentos, o como cuando estoy tocando y también el tiempo cambia... Te das cuenta de lo que podría pasar en un minuto y medio... Entonces un hombre, no solamente yo sino ésa y tú y todos los muchachos, podrían vivir cientos de años, si encontráramos la manera podríamos vivir mil veces más de lo que estamos viviendo por culpa de los relojes, de esa manía de minutos y de pasado mañana...
Sonrío lo mejor que puedo, comprendiendo vagamente que tiene razón, pero que lo que él sospecha y lo que yo presiento de su sospecha se va a borrar como siempre apenas esté en la calle y me meta en mi vida de todos los días. En ese momento estoy seguro de que Johnny dice algo que no nace solamente de que está medio loco, de que la realidad se le escapa y le deja en cambio una especie de parodia que él convierte en una esperanza. Todo lo que Johnny me dice en momentos así (y hace más de cinco años que Johnny me dice y les dice a todos cosas parecidas) no se puede escuchar prometiéndose volver a pensarlo más tarde. Apenas se está en la calle, apenas es el recuerdo y no Johnny quien repite las palabras, todo se vuelve un fantaseo de la marihuana, un manotear monótono (por que hay otros que dicen cosas parecidas, a cada rato se sabe de testimonios parecidos) y después de la maravilla nace la irritación, y a mí por lo menos me pasa que siento como si Johnny me hubiera estado tomando el pelo. Pero esto ocurre siempre al otro día, no cuando Johnny me lo está diciendo, porque entonces siento que hay algo que quiere ceder en alguna parte, una luz que busca encenderse, o más bien como si fuera necesario quebrar alguna cosa, quebrarla de arriba abajo como un tronco metiéndole una cuña y martillando hasta el final. Y Johnny ya no tiene fuerzas para martillar nada, y yo ni siquiera sé qué martillo haría falta para meter una cuña que tampoco me imagino.
De manera que al final me he ido de la pieza, pero antes ha pasado una de esas cosas que tienen que pasar —ésa u otra parecida—, y es que cuando me estaba despidiendo de Dédée y le daba al espalda a Johnny he sentido que algo ocurría, lo he visto en los ojos de Dédée y me he vuelto rápidamente (porque a lo mejor le tengo un poco de miedo a Johnny, a este ángel que es como mi hermano, a este hermano que es como mi ángel) y he visto a Johnny que se ha quitado de golpe la frazada con que estaba envuelto, y lo he visto sentado en el sillón completamente desnudo, con las piernas levantadas y las rodillas junto al mentón, temblando pero riéndose, desnudo de arriba a abajo en el sillón mugriento.
—Empieza a hacer calor —ha dicho Johnny. Bruno, mira qué hermosa cicatriz tengo entre las costillas.
—Tápate —ha mandado Dédée, avergonzada y sin saber qué decir. Nos conocemos bastante y un hombre desnudo no es más que un hombre desnudo, pero de todos modos Dédée ha tenido vergüenza y yo no sabia cómo hacer para no dar la impresión de que lo que estaba haciendo Johnny me chocaba. Y él lo sabía y se ha reído con toda su bocaza, obscenamente manteniendo las piernas levantadas, el sexo colgándole al borde del sillón como un mono en el zoo, y la piel de los muslos con unas raras manchas que me han dado un asco infinito. Entonces Dédée ha agarrado la frazada y lo ha envuelto presurosa, mientras Johnny se reía y parecía muy feliz. Me he despedido vagamente, prometiendo volver al otro día, y Dédée me ha acompañado hasta el rellano, cerrando la puerta para que Johnny no oiga lo que va a decirme.
—Está así desde que volvimos de la gira por Bélgica. Había tocado tan bien en todas partes, y yo estaba tan contenta.
—Me pregunto de dónde habrá sacado la droga —he dicho, mirándola en los ojos.
—No sé. Ha estado bebiendo vino y coñac casi todo el tiempo. Pero también ha fumado, aunque menos que allá...
Allá es Baltimore y Nueva York, son los tres meses en el hospital psiquiátrico de Bellevue, y la larga temporada en Camarillo.
¿Realmente Johnny tocó bien en Bélgica, Dédée?
—Sí, Bruno, me parece que mejor que nunca. La gente estaba enloquecida, y los muchachos de la orquesta me lo dijeron muchas veces. De repente pasaban cosas raras, como siempre con Johnny, pero por suerte nunca delante del público. Yo creí... pero ya ve, ahora es peor que nunca.
¿Peor que en Nueva York? Usted no lo conoció en esos años.
Dédée no es tonta, pero a ninguna mujer le gusta que le hablen de su hombre cuando aún no estaba en su vida, aparte de que ahora tiene que aguantarlo y lo de antes no son más que palabras. No sé cómo decírselo, y ni siquiera le tengo plena confianza, pero al final me decido.
—Me imagino que se han quedado sin dinero.
—Tenemos ese contrato para empezar pasado mañana —ha dicho Dédée.
—¿Usted cree que va a poder grabar y presentarse en público?
—Oh, sí —ha dicho Dédée un poco sorprendida—. Johnny puede tocar mejor que nunca si el doctor Bernard le corta la gripe. La cuestión es el saxo.
—Me voy a ocupar de eso. Aquí tiene, Dédée. Solamente que... Lo mejor sería que Johnny no lo supiera.
—Bruno...
Con un gesto, y empezando a bajar la escalera, he detenido las palabras imaginables, la gratitud inútil de Dédée. Separado de ella por cuatro o cinco peldaños me ha sido más fácil decírselo.
—Por nada del mundo tiene que fumar antes del primer concierto. Déjelo beber un poco pero no le dé dinero para lo otro.
Dédée no ha contestado nada; aunque he visto cómo sus manos doblaban y doblaban los billetes, hasta hacerlos desaparecer. Por lo menos tengo la seguridad de que Dédée no fuma. Su única complicidad puede nacer del miedo o del amor. Si Johnny se pone de rodillas, como lo he visto en Chicago, y le suplica llorando... Pero es un riesgo como tantos otros con Johnny, y por el momento habrá dinero para comer y para remedios. En la calle me he subido el cuello de la gabardina porque empezaba a lloviznar, y he respirado hasta que me dolieron los pulmones; me ha parecido que París olía a limpio, a pan caliente. Sólo ahora me he dado cuenta de cómo olía la pieza de Johnny, el cuerpo de Johnny sudando bajo la frazada. He entrado en un café para beber un coñac y lavarme la boca, quizá también la memoria que insiste e insiste en las palabras de Johnny, sus cuentos, su manera de ver lo que yo no veo y en el fondo no quiero ver. Me he puesto a pensar en pasado mañana y era como una tranquilidad, como un puente bien tendido del mostrador hacia adelante.
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viernes, 8 de noviembre de 2019
Autofagia
La restricción calórica como mecanismo para alargar la vida en ratones se conoce desde hace décadas. La longitud de los telómeros. Estadísticamente, los habitantes de Okinawa viven más que el resto de los habitantes de la isla -ya de por sí muy longevos. En España las cifras también son muy positivas, pero en este caso la gente vive más gracias al cachondeo general y al hecho de no tomarse nada demasiado en serio. En España es impensable que la gente se deje de hablar por ser peronista o funambulista- y los "okinawenses" consumen, por término medio, solo el 80 % de las calorías que ingiere el resto de la población japonesa. Su menú contiene, principalmente, aceites de pescado, vegetales y productos derivados de la soja. Hay más cuestiones que explican la longevidad japonesa, como es el caso de la medicina preventiva, pero que existan diferencias sustanciales entre diversas regiones del mismo país resulta muy significativo.
Bien, ahora surge el tema de la autofagia. En 2016 el científico japonés Yoshinori Ohsumi ganó el premio Nobel por su investigación sobre los mecanismos de la autofagia, un proceso todavía poco estudiado. Como siempre sucede, aparece una legión de vendedores de crecepelos e iluminados de toda condición que se suben al tren a ver si rascan algo, pero el mecanismo en sí está fuera de toda cuestión.
Desde un punto de vista antropológico, nuestra relación con la comida no ha sufrido cambios sustanciales desde que nuestros antepasados corrían 100 kilómetros -sí, más de 2 maratones- para cazar un animal. Supongo que, como siempre, correrían algunos y otros se quedarían en casa esperando la hora de la cena y viendo Netflix (que tampoco pagarían ellos). Ni los platos lavarían. Así hemos llegado a ser lo que somos. Véase a Trump o Bolsonaro.
No nos desviemos. El tema del ayuno funciona. Todas las religiones incluyen periodos de ayuno como una práctica normalizada. Y, obviamente, en Occidente se tiende a comer mal y en cantidades muy superiores a las necesarias. Hago "religiosamente" mis 10.000 pasos diarios, pero tengo la sospecha de que me quedo corto. Me interesa mejorar la capacidad de concentración y estudiar la calidad de los alimentos. Este tipo de cosas deberían enseñártelas en el colegio en lugar de los logaritmos neperianos. Como no es así, hay que buscar información y utilizar el sentido común, que no es muy común.
Es más, pienso experimentar conmigo mismo y ya os contaré cómo va el tema. El texto este es tan largo y digo más tonterías que de costumbre porque hoy es el día 1 de mi plan 16-8 y me está entrando un hambre importante. Mientras escribo me mantengo ocupado y no pienso en comida. Tengo que esperar hasta mañana a las 8. En vez de ovejitas hoy voy a contar pasteles de papas, matambres, pastafrolas, chocotortas, helados de dulce de leche a tutiplén...
Madre mía del Amor Hermoso, qué nochecita me espera. Por Tutatis, espero que la autofagia se lleve lo peor de mi ser y no acabe con todo aquello con lo que he hecho las paces a lo largo de estos años. Me arriesgaré.
¿Es posible que las ideas ultras estén estrechamente relacionadas con un suministro defectuoso de oxígeno a las neuronas? A ver si termino con el aspecto físico de George Clooney y el cerebro de Salvini. Mi gozo en un pozo.
Si de aquí a unos días empiezo a decir cosas como "España para los españoles" o "vete a tu puto país" quedará demostrado que es mucho mejor comer 7 veces al día como mínimo.
Mi reino por una provoleta con orégano y aceitinho de oliva.
Bien, ahora surge el tema de la autofagia. En 2016 el científico japonés Yoshinori Ohsumi ganó el premio Nobel por su investigación sobre los mecanismos de la autofagia, un proceso todavía poco estudiado. Como siempre sucede, aparece una legión de vendedores de crecepelos e iluminados de toda condición que se suben al tren a ver si rascan algo, pero el mecanismo en sí está fuera de toda cuestión.
Desde un punto de vista antropológico, nuestra relación con la comida no ha sufrido cambios sustanciales desde que nuestros antepasados corrían 100 kilómetros -sí, más de 2 maratones- para cazar un animal. Supongo que, como siempre, correrían algunos y otros se quedarían en casa esperando la hora de la cena y viendo Netflix (que tampoco pagarían ellos). Ni los platos lavarían. Así hemos llegado a ser lo que somos. Véase a Trump o Bolsonaro.
No nos desviemos. El tema del ayuno funciona. Todas las religiones incluyen periodos de ayuno como una práctica normalizada. Y, obviamente, en Occidente se tiende a comer mal y en cantidades muy superiores a las necesarias. Hago "religiosamente" mis 10.000 pasos diarios, pero tengo la sospecha de que me quedo corto. Me interesa mejorar la capacidad de concentración y estudiar la calidad de los alimentos. Este tipo de cosas deberían enseñártelas en el colegio en lugar de los logaritmos neperianos. Como no es así, hay que buscar información y utilizar el sentido común, que no es muy común.
Es más, pienso experimentar conmigo mismo y ya os contaré cómo va el tema. El texto este es tan largo y digo más tonterías que de costumbre porque hoy es el día 1 de mi plan 16-8 y me está entrando un hambre importante. Mientras escribo me mantengo ocupado y no pienso en comida. Tengo que esperar hasta mañana a las 8. En vez de ovejitas hoy voy a contar pasteles de papas, matambres, pastafrolas, chocotortas, helados de dulce de leche a tutiplén...
Madre mía del Amor Hermoso, qué nochecita me espera. Por Tutatis, espero que la autofagia se lleve lo peor de mi ser y no acabe con todo aquello con lo que he hecho las paces a lo largo de estos años. Me arriesgaré.
¿Es posible que las ideas ultras estén estrechamente relacionadas con un suministro defectuoso de oxígeno a las neuronas? A ver si termino con el aspecto físico de George Clooney y el cerebro de Salvini. Mi gozo en un pozo.
Si de aquí a unos días empiezo a decir cosas como "España para los españoles" o "vete a tu puto país" quedará demostrado que es mucho mejor comer 7 veces al día como mínimo.
Mi reino por una provoleta con orégano y aceitinho de oliva.
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lunes, 14 de octubre de 2019
Allen y Trueba
Un excelente diálogo entre dos grandes creadores. Me recuerda el documental que Volker Schlöndorff hizo sobre Billy Wilder (para ver y degustar varias veces).
Desconocía el artículo de Umberto Eco sobre Allen, declarando que se trata del cómico más importante desde los hermanos Marx. Coincido al cien por cien. Es más, sin proponérmelo tiendo a considerar el amor o el desprecio por la obra de Allen como parámetros de calado a la hora de calibrar la inteligencia y la sensibilidad de mi interlocutor. Todos tenemos algún prejuicio.
Raras veces me he equivocado. Creo recordar que fue con Trump. Pero no cuenta porque se trata de un holograma trufado de interferencias subsónicas procedente de la lejanísima nebulosa Oligofrenón. Su existencia confirma que no estamos solos en el Universo.
Diálogo entre Woody Allen y Fernando Trueba
Desconocía el artículo de Umberto Eco sobre Allen, declarando que se trata del cómico más importante desde los hermanos Marx. Coincido al cien por cien. Es más, sin proponérmelo tiendo a considerar el amor o el desprecio por la obra de Allen como parámetros de calado a la hora de calibrar la inteligencia y la sensibilidad de mi interlocutor. Todos tenemos algún prejuicio.
Raras veces me he equivocado. Creo recordar que fue con Trump. Pero no cuenta porque se trata de un holograma trufado de interferencias subsónicas procedente de la lejanísima nebulosa Oligofrenón. Su existencia confirma que no estamos solos en el Universo.
Diálogo entre Woody Allen y Fernando Trueba
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viernes, 11 de octubre de 2019
Butoh
En estos días tuve la suerte de conocer a una persona
que, entre otras cosas, se dedica con pasión a la danza butoh, una danza que
procede de Japón y que surgió tras las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki
(siempre hay que recordar que nuestros amigos americanos, aquel país que
contemplamos como modelo de desarrollo occidental, como adalides del
capitalismo más salvaje, no tuvo reparos en lanzar no una sino dos bombas sobre
población civil).
El butoh es un lamento bailado, un
retorcerse en nuestra condición humana. Sus creadores se inspiraron en los
movimientos de los cuerpos moribundos que se arrastraban entre los escombros
tras las detonaciones nucleares.
Tuve la suerte de traducir textos de Mishima y en mis
años de estudiante coincidí con Tamaki Otani, un excelente guitarrista de
Hiroshima, precisamente. Aún guardo como un tesoro las partituras que Tamaki
escribía a mano con las plumas de caña y la tinta que se utiliza para la
fascinante caligrafía japonesa. Un arte mayor.
Siempre he sentido un gran respeto por la cultura
tradicional del país del Sol Naciente, una cultura elegante y minimalista,
vinculada a un pensamiento panteísta. Dios está en todas las cosas. Todos somos
dioses.
El butoh pretende "cansar la mente",
eliminar el ego de la ecuación y abrir las puertas del subconciente. Occidente,
que está profundamente enfermo (lo más inquietante es que no suele darse
cuenta) haría bien en beber de estos cálices.
Y haría bien en recuperar alguna clase de pensamiento
ritual, aunque solo fueran rituales de agradecimiento por el simple hecho de
estar vivo. La vida es un fenómeno altamente improbable. Como lo son el amor o
la amistad a cambio de nada.
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miércoles, 2 de octubre de 2019
Tango del adiós
No hay que preocuparse mucho por el tango, porque el tango te espera. Lo que haga falta. Si vives lo suficiente y con la suficiente intensidad, saldrá a tu encuentro. Te atropellará al cruzar una esquina. Te clavará un cuchillo y ni siquiera lo verás venir... entonces, che papusa, te acordarás de mí. Caminarás por esa misma calle, pasarás por la puerta de mi casa y sentirás un vértigo exterminador en el alma.
Cuando vos ya no seas Margot ni tan siquiera mi Margarita. Y esa fila interminable de pretendientes que hoy te acosan y te desvelan se haya disuelto en el viento. Entonces puede que te acuerdes de cuando noqueabas a diestro y siniestro sin hacer prisioneros como si los hombres -todos ellos-, te debieran algo. Y salías a festejar entre copas y sones de guitarras en noches sin final.
Nunca conocí a nadie que sedujera con tanta facilidad, sin esfuerzo alguno, como hacías tú. A hombres y mujeres. A quien se te cruzara por delante: todos querían poseerte. Hasta a los perros seducías. Claro, como que tenías modos de gata.
Tal vez fuese tu corazón de cristal, frágil y esquivo desde la tarde en que supiste que tu padre ya no iba a regresar del mar. Tu corazón arisco, herido de muerte. Tu alma de niña congelada en el tiempo que todos querían amamantar.
Y mis ojos salobres al ver la tierra que no cambia retornarán a ti esa misma noche. Una sombra. Alguien al que solo viste una vez al cruzar la calle, que apenas pasó por tu vida. La inesperada amabilidad de los extraños. El anhelo de lo que sentimos al mirarnos, al besarnos con esa fuerza de la tierra, hasta hacernos sangre... pero yo habré partido. Viviré en el recuerdo de una vida juntos que nunca existió. Y no sé cómo, no sé cuándo, siempre estaré a dos cuadras de distancia de vos. Afilando el facón en silencio, lentamente, trenzando esculturas con el humo del cigarro, velando tus pasos de emperatriz de la noche sin que nunca aciertes a notar mi presencia. Para que nada pueda volver a herirte. Sí. Este amigo ha de jugarse el pellejo por vos, Reina, cuando llegue la ocasión. Tan lejos, tan cerca.
Moriré conmigo. Solo. Sin confesión y sin Dios. Acurrucao en mis penas como abrazao a un rencor. Y, como los hombres solemos hacer, seré infiel a tu memoria en el último instante.
Cuando vos ya no seas Margot ni tan siquiera mi Margarita. Y esa fila interminable de pretendientes que hoy te acosan y te desvelan se haya disuelto en el viento. Entonces puede que te acuerdes de cuando noqueabas a diestro y siniestro sin hacer prisioneros como si los hombres -todos ellos-, te debieran algo. Y salías a festejar entre copas y sones de guitarras en noches sin final.
Nunca conocí a nadie que sedujera con tanta facilidad, sin esfuerzo alguno, como hacías tú. A hombres y mujeres. A quien se te cruzara por delante: todos querían poseerte. Hasta a los perros seducías. Claro, como que tenías modos de gata.
Tal vez fuese tu corazón de cristal, frágil y esquivo desde la tarde en que supiste que tu padre ya no iba a regresar del mar. Tu corazón arisco, herido de muerte. Tu alma de niña congelada en el tiempo que todos querían amamantar.
Y mis ojos salobres al ver la tierra que no cambia retornarán a ti esa misma noche. Una sombra. Alguien al que solo viste una vez al cruzar la calle, que apenas pasó por tu vida. La inesperada amabilidad de los extraños. El anhelo de lo que sentimos al mirarnos, al besarnos con esa fuerza de la tierra, hasta hacernos sangre... pero yo habré partido. Viviré en el recuerdo de una vida juntos que nunca existió. Y no sé cómo, no sé cuándo, siempre estaré a dos cuadras de distancia de vos. Afilando el facón en silencio, lentamente, trenzando esculturas con el humo del cigarro, velando tus pasos de emperatriz de la noche sin que nunca aciertes a notar mi presencia. Para que nada pueda volver a herirte. Sí. Este amigo ha de jugarse el pellejo por vos, Reina, cuando llegue la ocasión. Tan lejos, tan cerca.
Moriré conmigo. Solo. Sin confesión y sin Dios. Acurrucao en mis penas como abrazao a un rencor. Y, como los hombres solemos hacer, seré infiel a tu memoria en el último instante.
Cernuda
Y para rematar la faena de mi canto de amor al castellano, este poema de Luis Cernuda. Un autor magnífico. Va por ustedes... a pesar de los pesares, sigo siendo "...un hombre joven y cansado porque antaño soñó mucho día y noche..."
He de confesar que estos dos versos me facilitaron incontables ligues cuando tenía veintitantos y semblante de poeta byroniano -dispuesto a liberar Grecia en todo momento- pero ahora, a los cuarenta y cinco y pico... apaga y vámonos. No me salva ni el tango.
QUÉ RUIDO TAN TRISTE
Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman,
parece como el viento que se mece en otoño
sobre adolescentes mutilados,
mientras las manos llueven,
manos ligeras, manos egoístas, manos obscenas,
cataratas de manos que fueron un día
flores en el jardín de un diminuto bolsillo.
Las flores son arena y los niños son hojas,
y su leve ruido es amable al oído
cuando ríen, cuando aman, cuando besan,
cuando besan el fondo
de un hombre joven y cansado
porque antaño soñó mucho día y noche.
Mas los niños no saben,
ni tampoco las manos llueven como dicen;
así el hombre, cansado de estar solo con sus sueños,
invoca los bolsillos que abandonan arena,
arena de las flores,
para que un día decoren su semblante de muerto.
He de confesar que estos dos versos me facilitaron incontables ligues cuando tenía veintitantos y semblante de poeta byroniano -dispuesto a liberar Grecia en todo momento- pero ahora, a los cuarenta y cinco y pico... apaga y vámonos. No me salva ni el tango.
QUÉ RUIDO TAN TRISTE
Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman,
parece como el viento que se mece en otoño
sobre adolescentes mutilados,
mientras las manos llueven,
manos ligeras, manos egoístas, manos obscenas,
cataratas de manos que fueron un día
flores en el jardín de un diminuto bolsillo.
Las flores son arena y los niños son hojas,
y su leve ruido es amable al oído
cuando ríen, cuando aman, cuando besan,
cuando besan el fondo
de un hombre joven y cansado
porque antaño soñó mucho día y noche.
Mas los niños no saben,
ni tampoco las manos llueven como dicen;
así el hombre, cansado de estar solo con sus sueños,
invoca los bolsillos que abandonan arena,
arena de las flores,
para que un día decoren su semblante de muerto.
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Qué ruido tan triste
El castellano
Ahora que los "caballeros" de UK abandonan el barco cuando más falta hacía la unión, ¿por qué razón debemos seguir utilizando el inglés como lingua franca?
Elijamos el idioma de los 27 con mayor número de hablantes a nivel mundial y mayor proyección de crecimiento, que no es otra que...
La música de los sonetos de Garcilaso. Hay que parar a las mofetas rubias. Enough is enough.
Celtas, íberos, tartésicos... ¡en pie, famélica legión!
Elijamos el idioma de los 27 con mayor número de hablantes a nivel mundial y mayor proyección de crecimiento, que no es otra que...
La música de los sonetos de Garcilaso. Hay que parar a las mofetas rubias. Enough is enough.
Celtas, íberos, tartésicos... ¡en pie, famélica legión!
sábado, 21 de septiembre de 2019
Noches y días
Llega Pablo. Entusiasmado con su nueva vida universitaria. Está haciendo un doble grado en la Autónoma, la misma universidad a la que fue su padre. Además, está acabando el grado profesional de piano, o sea que está haciendo tres carreras a la vez. Ole y reole mi niño. Viene lleno de vida, de entusiasmo por las cosas, ávido de experiencia y conocimiento. Este finde vamos a analizar el Fedón y la Metafísica de Aristóteles, para ir abriendo boca. Por la tarde los dos tenemos ensayo, así que vamos a estar entretenidos. Este pibe es una maravilla. Me doy un abrazo a mí mismo. Enhorabuena a su madre también: hemos hecho un gran trabajo de equipo.
La felicidad que generamos en los demás es igual al coseno del sentido de la vida por la raíz cuadrada de la música de las esferas. Calcularlo y demostrarlo. Me he escrito cuatro páginas cuasi publicables. Dos horas y media de ensayo. Una jornada estupenda. Calificación: suficiente alto. Ahora... el músculo duerme, la ambición descansa. Mañana será otro día. Buona notte a tutti.
La felicidad que generamos en los demás es igual al coseno del sentido de la vida por la raíz cuadrada de la música de las esferas. Calcularlo y demostrarlo. Me he escrito cuatro páginas cuasi publicables. Dos horas y media de ensayo. Una jornada estupenda. Calificación: suficiente alto. Ahora... el músculo duerme, la ambición descansa. Mañana será otro día. Buona notte a tutti.
martes, 17 de septiembre de 2019
El nazismo y la Argentina
Estoy escribiendo una novela. Es decir, me estoy volviendo loco. En buena hora decidí meterme en este lío... Por cuestiones del argumento, estoy investigando diversos temas al mismo tiempo.
Al grano. La Argentina. La cuestión argentina. Estoy descubriendo que el nazismo tuvo un impacto enorme en el país. Se pensó en una especie de Cuarto Reich. Perón -que admiraba abiertamente el fascismo italiano y "paseó" por allí en los años treinta- abrió el país a la emigración nazi. La famosa "ruta de las ratas", tolerada y fomentada por El Vaticano. El affaire del Proyecto Huemul, las fábricas de aviones a reacción en Córdoba, etc. Todo eso es historia.
Creo que el nazismo no desapareció con las juntas militares. Pervive en las formas, en la absoluta falta de tolerancia al que piensa distinto. Hoy. Casi en 2020. Se utiliza un lenguaje deletéreo, "hay que eliminar", "hay que acabar con ellos", "la tienen adentro"… Se "dialoga" por llamarlo de alguna forma a los gritos. Incluso hay gente que usa formas propias de los predicadores televisivos. Y ver un programa de televisión (por You Tube, no veo TV) de un lado u otro resulta estomagante. El número de insultos supera al de ideas.
No somos otra cosa que lenguaje (barro pa casa, jaja). La forma en que hablamos y razonamos marca los límites de nuestro pensamiento y las posibilidades de modificación de la realidad.
Pegando gritos y ninguneando a los demás no se va a ninguna parte. Es preciso erradicar el nazismo cotidiano.
Quizá la inspiración se sitúe antes de 1930. Quitando brevísimos periodos de democracia y personajes como Arturo Illia que parecen islas, todo son iluminados y salvadores de la patria. Gente con las ideas aparentemente claras. Y los resultados que todos conocemos, es decir, una putísi.... quiero decir, un desastre de proporciones bíblicas.
Al grano. La Argentina. La cuestión argentina. Estoy descubriendo que el nazismo tuvo un impacto enorme en el país. Se pensó en una especie de Cuarto Reich. Perón -que admiraba abiertamente el fascismo italiano y "paseó" por allí en los años treinta- abrió el país a la emigración nazi. La famosa "ruta de las ratas", tolerada y fomentada por El Vaticano. El affaire del Proyecto Huemul, las fábricas de aviones a reacción en Córdoba, etc. Todo eso es historia.
Creo que el nazismo no desapareció con las juntas militares. Pervive en las formas, en la absoluta falta de tolerancia al que piensa distinto. Hoy. Casi en 2020. Se utiliza un lenguaje deletéreo, "hay que eliminar", "hay que acabar con ellos", "la tienen adentro"… Se "dialoga" por llamarlo de alguna forma a los gritos. Incluso hay gente que usa formas propias de los predicadores televisivos. Y ver un programa de televisión (por You Tube, no veo TV) de un lado u otro resulta estomagante. El número de insultos supera al de ideas.
No somos otra cosa que lenguaje (barro pa casa, jaja). La forma en que hablamos y razonamos marca los límites de nuestro pensamiento y las posibilidades de modificación de la realidad.
Pegando gritos y ninguneando a los demás no se va a ninguna parte. Es preciso erradicar el nazismo cotidiano.
Quizá la inspiración se sitúe antes de 1930. Quitando brevísimos periodos de democracia y personajes como Arturo Illia que parecen islas, todo son iluminados y salvadores de la patria. Gente con las ideas aparentemente claras. Y los resultados que todos conocemos, es decir, una putísi.... quiero decir, un desastre de proporciones bíblicas.
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sábado, 14 de septiembre de 2019
Series de televisión
Interesante comentario de Carlos Boyero en El País de hoy. Habla de las series de televisión. Más bien habla de que está hasta los cojones de las series y de su pretendida genialidad. Este tema me ha hecho mantener algunas discusiones con amigos. Quitando cosas muy escogidas como Breaking Bad o la reciente miniserie Chernóbil, opino casi lo mismo que Boyero. El formato se me hace insufrible y los malabarismos de los guionistas para mantener funcionando el Deus Ex Machina me resultan tan artificiales que terminan desembocando en la pregunta esencial que se hace el ser humano contemporáneo, que no es otra que "¿Cómo como?". Duda existencial un tanto animal.
Homeland, por ejemplo, que arrancó de manera estupenda, se convirtió en un tostón. Sobre Juego de tronos... me reservo mi opinión. Digamos que me pilló unas cuantas décadas tarde. Dragoncitos... un cuarto de página de La Odisea y ya te vale. Sobre todo cuando Odiseo es secuestrado por Calíope en la isla del sexo desatado. Odiseo es el único varón y no le dejan escapar. Me pregunto por qué no me ha pasado a mí una cosa así. Me adaptaría en tiempo récord. Bueno... aún estoy a tiempo. Doy muy bien de Odiseo siberiano. Acaso el tango... No se meta usted en ciertos jardines, Mr. Rasskin. Por su bien se lo digo.
Se oye decir "el talento narrativo está ahora en las series de TV". Pero ¿qué talento? ¿Dónde...? Un buen libro y para de contar. Una película de Kubrick, de Billy Wilder. Cosas bien escritas con un cerebro potente detrás. Pero leer requiere esfuerzo y ahí con la Iglesia hemos topado, Sancho. El esfuerzo como que no es muy de esta época. La constancia, menos. La gente prefiere pildoritas, amiguitos, conversacioncitas. Emoticonos neuronales. Concentración y esfuerzo a fuego bajito.
Recuerdo haber leído que hacia el último tercio del XIX, la gente se enfrentaba apasionadamente en los cafés centroeuropeos defendiendo a Wagner o a Brahms. Y llegaban a las manos o los bastonazos.
Back to the future...
Maluma o Melendi? Decidíos, voto a Bríos. Os enviaré a mis padrinos. Al amanecer en el lago de la Casa de Campo (metro El Lago), donde la tribu de las Chochonis. Sentimiento, flor de Casa Campo. Alaska, personaje genial e irrepetible. Desde que el PP se instaló en el Ayuntamiento como si fuera su finca particular... miento. Relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor. Quien no se consuela es porque no quiere. Volvamos al duelo (Kubrick forever). Dónde estábamos... ah sí... Habéis puesto en duda el honor y la integridad de Maluma... ¡Poneos en paz con Dios, brigante, bellaco! ¡Probaréis mi acero!
Homeland, por ejemplo, que arrancó de manera estupenda, se convirtió en un tostón. Sobre Juego de tronos... me reservo mi opinión. Digamos que me pilló unas cuantas décadas tarde. Dragoncitos... un cuarto de página de La Odisea y ya te vale. Sobre todo cuando Odiseo es secuestrado por Calíope en la isla del sexo desatado. Odiseo es el único varón y no le dejan escapar. Me pregunto por qué no me ha pasado a mí una cosa así. Me adaptaría en tiempo récord. Bueno... aún estoy a tiempo. Doy muy bien de Odiseo siberiano. Acaso el tango... No se meta usted en ciertos jardines, Mr. Rasskin. Por su bien se lo digo.
Se oye decir "el talento narrativo está ahora en las series de TV". Pero ¿qué talento? ¿Dónde...? Un buen libro y para de contar. Una película de Kubrick, de Billy Wilder. Cosas bien escritas con un cerebro potente detrás. Pero leer requiere esfuerzo y ahí con la Iglesia hemos topado, Sancho. El esfuerzo como que no es muy de esta época. La constancia, menos. La gente prefiere pildoritas, amiguitos, conversacioncitas. Emoticonos neuronales. Concentración y esfuerzo a fuego bajito.
Recuerdo haber leído que hacia el último tercio del XIX, la gente se enfrentaba apasionadamente en los cafés centroeuropeos defendiendo a Wagner o a Brahms. Y llegaban a las manos o los bastonazos.
Back to the future...
Maluma o Melendi? Decidíos, voto a Bríos. Os enviaré a mis padrinos. Al amanecer en el lago de la Casa de Campo (metro El Lago), donde la tribu de las Chochonis. Sentimiento, flor de Casa Campo. Alaska, personaje genial e irrepetible. Desde que el PP se instaló en el Ayuntamiento como si fuera su finca particular... miento. Relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor. Quien no se consuela es porque no quiere. Volvamos al duelo (Kubrick forever). Dónde estábamos... ah sí... Habéis puesto en duda el honor y la integridad de Maluma... ¡Poneos en paz con Dios, brigante, bellaco! ¡Probaréis mi acero!
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viernes, 13 de septiembre de 2019
Café Berlín
Un momento del concierto del miércoles en el Café Berlín. Una sala llena de duende. Una noche estupenda, con amigos maravillosos dentro y fuera del escenario. Sin final. Mi guitarra me acompañó de regreso a casa.
Septiembre es un mes de estación de tren. Manuel se marchó un 16. Pronto cumpliré el número de su último aniversario. Sé que cuando canto tangos él monta en bicicleta, cierra los ojos y pedalea. Y las calles son solo nubes.
Juan y yo fuimos ayer a El Escorial a visitar a Angelina, a la que ambos amamos con intensidad. Nos despedimos con el abrazo de siempre. Descubro que mi vida está hecha de aeropuertos.
Septiembre es un mes de estación de tren. Manuel se marchó un 16. Pronto cumpliré el número de su último aniversario. Sé que cuando canto tangos él monta en bicicleta, cierra los ojos y pedalea. Y las calles son solo nubes.
Juan y yo fuimos ayer a El Escorial a visitar a Angelina, a la que ambos amamos con intensidad. Nos despedimos con el abrazo de siempre. Descubro que mi vida está hecha de aeropuertos.
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