viernes, 26 de abril de 2024

Mañana

Nos despedimos siendo aún muy jóvenes. Aún desconocíamos los océanos que pueden llegar a separar dos vidas humanas, océanos infranqueables. De silencio y algas.

Te preparé dos bocadillos para el viaje y nos limitamos a sonreír. No hubo abrazo final. Esperando una absolución que nunca llegaría.

—Hasta mañana, cariño. 

Hasta mañana, mi amor.

sábado, 27 de enero de 2024

Entraremos en París

Sí. Me gusta conducir por la noche contigo dormida a mi lado. Siento la velocidad, el frescor, el viento. Tomo el volante con firmeza, como el timón de un barco en pleno Atlántico norte. Me gusta pensar que la seguridad de otros depende de mí, me hace sentir que la vida tiene un propósito.

Procuro tomar las curvas con tacto de seda. Acelero suavemente dentro de la curva para rectificarla y para que apenas sientas la diferencia. Hago que el coche se pegue al suelo. Sé cómo hacerlo, frenando con el motor, sin tocar el freno salvo para corregir el rumbo imperceptiblemente. Uso el doble embrague en los adelantamientos. No arriesgo nada. Voy sobre seguro.

De vez en cuando te contemplo dormida y percibo una leve sonrisa en tus labios. Qué estarás soñando... 

Pararé en Lerma a por pan al amanecer. Es el pan del Cid. Cruzaremos la frontera y atravesaremos las Landas a toda velocidad. Es un tramo de la carretera que no tiene peajes. Un desierto con bosques de eucaliptos que huelen a día de playa. Playa de la infancia, sin horario.

Nos desviaremos para desayunar en La Rochelle. En un bar del puerto al que sólo van pescadores. Tienen un café único. Lo traen especialmente desde Brasil. Ah... que tú no eres muy de café. Pues nada, te pedimos un colacao con algún bollito de ocasión.

Poitiers, Tours -¡mi ciudad! Saint Martin de Tours- ...y una sorpresa de caja de música... Blois... iremos a ver los castillos del Loira. Son una aparición. Un canto a la vida. Comeremos allí.

Por la tarde, Orleans y ya enfilo para París. El cuento de Cortázar ahora somos nosotros. La autopista del sur. Dauphine se enamora de Peugeot. Hasta las trancas. Toi et moi.

Entraremos en París por la Périphérique, con ese efecto hipnótico... llevaré el coche por el mismísimo centro. Boulevard Saint Michel, Notre Dame, l'Île de Saint-Louis, le Quai d'Orsai y aparcaré justo en el Campo de Marte, en un rincón que conozco. Nos quedaremos mirando la Torre Eiffel y el río.

Hay una cervecería pequeña de un antiguo oficial de la Legión Extranjera en la Avenida de la Bourdonnais. El viejo capitán de artillería llora con las canciones de Edith Piaff, Ma Liberté de Moustaki y los tangos, así que las cervezas nos saldrán gratis. Y no hablo de cualquier cerveza... tiene las mejores cervezas belgas. ¡Duvel! Trappistes Rochefort...

Estamos en París. He conducido desde Madrid. Hemos bebido seis Duvels cada uno y aún tengo ganas de hacerte el amor hasta que abran las panaderías de Le Marais: no hay pasteles como los de ese barrio, saben a Marsella, a velas desplegadas. 

Hacer el amor contigo es volver a nacer una y otra vez, como si no existiera la muerte. Entre grito y risa, junto al fuego y el agua. Un tobogán eterno en Plaza de España, una noche en los columpios.

Ahora duermes dulcemente. Hasta mañana, vida. Dors bien.

Las almenas en fuego. Los dos para los dos.



miércoles, 10 de enero de 2024

Mi viejo Fidel

La gente viene a despedirse, los perros no. Aquel mes de agosto, Manuel llegó hasta mi casa en el campo. Vino a decir adiós. Estuvimos charlando toda la tarde. Iba a encontrarse con Eduardo Falú, a quien los dos admirábamos. Fue hasta la esquina, dio la vuelta y saludó. Cuando volví a verlo su vida había tomado un rumbo distinto de la mía. Noche en blanco. Chistes del gordo Amor. Cementerios.

Soñé que estaba paseando con mi perro. Él me paseaba a mí. Juntos recorríamos soledades infinitas. Mi perro aún sueña conmigo.

Los dos solos, como solíamos hacer tantas veces. Ese frío castellano, piedra sobre piedra.

Fidel corría muchos metros por delante de mí. Mientras yo avanzaba en línea recta por campos de girasoles y cepas enanas, él subía y bajaba, subía y bajaba. Hasta el valle. Y vuelta a empezar.

Era inútil llamarlo. Venía cuando quería. O no venía. La alegría es un compuesto simple, de viento en vez de agua.

Viviendo solo en medio de la nada con mi perro. El sol de invierno en la espalda. A qué más.

Fidel. Filemón. Filete. Filetón Ciclón. La gente tienen la mala costumbre de morirse. Pero los perros puede que aparezcan al doblar cualquier esquina y corran hacia ti como si no fuera 2 de diciembre de 2009 y no hiciera este frío de camposanto que se te mete en los huesos, esa certeza de no volverte a ver.

Fui a buscarlo tantas veces, patinando en un barro infernal, a kilómetros de la aldea. Regresaba exhausto a casa y me derrumbaba en el sillón frente al fuego. Tantas veces lo di por perdido.

Pero siempre regresaba. Tres o cuatro días más tarde, con un cuerno de toro o media oveja como trofeo. Que estamos en Castilla, hombre. Volvía aunque lloviera a cántaros o la nieve cubriera el camino de los almendros. Se quedaba en la puerta de casa esperando que le abriera, moviendo la cola como si tuviera dos. Esa alegría tan perruna.

Dónde has estado... mira qué facha...

Con un aspecto horrible, habiendo intimado con todas las perras de la granja, se tiraba a dormir como un adolescente que vuelve de marcha y ya podían sonar los cañones de Navarone. Yo feliz. Estás conmigo, volviste a casa, a mis brazos otra vez.

¿Habéis visto un perro blanco?

Tuviste hijos lejos de mí. ¿Se me parece alguno...?

Fidel, mi viejo, mi querido perro, camina a mi lado.

Todas las noches.



lunes, 8 de enero de 2024

De mares y puertos

Cuando sales de la Escuela Náutica sabes muchas matemáticas, pero no te preparan para lo que te aguarda. Te confundes hasta con las banderas y haces cualquier cosa, poniendo a prueba la paciencia del capitán.

En el mar no hay paredes sino mamparos. No existen las cuerdas: se llaman estachas. Y tus compañeros son todo lo que tienes. Así que ya puedes caerles bien por muy peculiar que seas. Hasta tu vida podría depender de su buena voluntad en una noche de mar gruesa.
Frío. Calor. Tormentas. Vientos huracanados… Calma chicha. Olas solitarias que barren la desolada cubierta! Meses y más meses hasta dar la vuelta al mundo y vuelta a empezar. Hasta perder la noción de estar vivo. O muerto.
Puertos oxidados, trifulcas, mujeres… Promesas de retorno que nunca se cumplen. Palabras de amor gastadas, sin esperanza. Cuando volvamos a vernos…
Y la sensación única al separarse de tierra por primera vez. Soledades infinitas, océanos que huelen a tabaco, la resignada certeza de que tu destino no le importa a nadie. Nadie te está esperando. Un silencio de camposanto. El estruendoso silencio del mar.
El alma del marino, plena de surcos donde habitan todos los olvidos. Mendigando amor en las tascas lisboetas donde anclaron todos nuestros barcos. De mares de azulejos y botellas vacías. Mapas del tesoro que no conducen a ningún sitio.
¿Acaso sabes quién te aguarda en Manila, en Luanda, en San Petersburgo…? Tú mismo, con distintas edades. Todos los puertos son uno y el mismo.
Sí. Sin ti la casa es un barco a la deriva.
Un enorme agujero por donde se cuela el viento.


viernes, 30 de junio de 2023

Cartas de Ultramar

Un avance de mi próximo libro, Cartas de Ultramar.

Dedicado a todos los que tuvieron que marchar de la tierra que los vio nacer.


... Y un día las cartas dejaron de llegar.



miércoles, 19 de abril de 2023

La gran diagonal - Capítulo I - Solo y mal acompañado

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martes, 21 de marzo de 2023

La gran diagonal - Buenos Aires

A la Costanera

Después de aquel incidente decidimos continuar la joda en la ciudad, junto al río. Nos pusimos a bailar milongas en la Costanera con los altavoces del coche a todo lo que daban y, después de una hora o así de sacarle viruta al pavimento, a Pedro le entraron ganas de comer asado. Tenía que ser asado completo con chorizo, morcilla, mollejas, entraña y vacío, hasta un par de provoletas era capaz de engullir, así que buscamos un lugar que estuviera abierto a esa hora totalmente absurda. Pedro era una máquina de morfar.

Buenos Aires es volver a ser adolescente. Como si la muerte, la tuya y la de tus amigos, no fuera a ocurrir nunca. Como si no pudiera suceder por imposibilidad metafísica. Porque Dios hubiera decidido demoler las puertas del cielo. Se cansó de tanta muerte. Y todo el tiempo perdido, cada instante de separación de la gente que vive en tu alma para siempre, deja de existir. Se volatiliza. El espacio-tiempo del corazón colapsa. Si nombras a alguien querido en sus calles repletas de locura y violencia desatada, vuelve a la vida. En su mejor momento. Con su mejor aspecto. Brillando como una moneda nueva.

Todo en Buenos Aires son palabras y abrazos de no te vayas. En una sola palabra habita la Creación, el universo entero. Si te quedas conmigo te haré la mujer más feliz del mundo. Si te vas, me mato. Ya no quiero seguir viviendo.



jueves, 23 de febrero de 2023

La gran diagonal - La trama

Escribí esta novela como homenaje a mis queridos abuelos, Szeyna y Leizer, que participan en la acción. Por eso la firmo con mi apellido materno, Gutman, y con mi nombre compuesto como gustaba de llamarme mi abuelo.

El primer tercio del siglo XX coincidió con el momento de mayor esplendor del tango. Triunfó en todas partes y Carlos Gardel fue la primera "estrella pop", el Elvis Presley de su tiempo. Sus discos y sus películas se conocieron en el mundo entero.

Paralelamente, en el lejano sur del continente americano florecieron redes de tráfico de mujeres llevadas desde Europa a Montevideo o Buenos Aires con toda clase de engaños. Esas redes llegaron a acumular un poder inconmensurable, abriendo incluso "sucursales" en muchos países.

Tango, redes de prostitución, impunidad en territorios sin ley. Se supone que todas esas mafias se disolvieron en 1930. Pero la historia no resulta tan sencilla, enormes fortunas que surgían de la noche a la mañana. Eran las redes de tráfico de drogas de la época. Todo el mundo en el ajo... ¿Quién iba a renunciar a semejante botín?

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martes, 10 de enero de 2023

La gran diagonal

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Va por ustedes!



domingo, 27 de noviembre de 2022

Cartas de Ultramar XVI - Diego

Esa mirada encierra todo el dolor del mundo, de chiquilín de Bachín, de mil noches sin sueño. El pibe vale, el pibe tiene talento... lo vinieron a ver de un club...

Diego salió de la nada, como salieron Gatica o el propio Gardel. El pueblo los reconoce como uno de los suyos y se quedan a vivir en el imaginario colectivo. Para toda la Eternidad.

A las almas miserables les encanta hacer leña del árbol caído. Es una compensación por las nadas de sus vidas. Más insignificante el ser, más leña hace del león inmóvil. Bancate vos ser Maradona. Ahí te quiero ver.

A diferencia de Messi y de otras decenas de tipos que tienen la pelota imantada al pie, buenos artesanos, Diego Armando Maradona no solo era un artista, sino un líder, un tipo que levantaba partidos imposibles como Nadal. A base no solo de talento, sino de cojones, carisma y espíritu de sacrificio. Encontrar todas esas cualidades en una misma persona es prácticamente una imposibilidad matemática. En Maradona estaban todas juntas. Cuando triunfó, al tipo que le compraba una Coca-Cola después de sus primeros partidos lo convirtió en magnate. Porque una Coca-Cola en el mundo de donde venía Diego es como tomar un plato de caviar.

¿No te gustaba como persona? Vaya por Dios...

Diego Maradona fue un jugador de fútbol. Punto. Un jugador de fútbol que se echó a la espalda a un país entero que acababa de perder una guerra y lo hizo sonreír. 

A mí y a otros millones como yo esa sonrisa aún nos dura, décadas después. Se ganó el respeto de sus enemigos en la cancha, que es donde se ven los pingos. Muy poca gente tuvo lo que tuvo el Diego. Gardel, Pelé, Muhammad Ali... Nadal y cuatro más.

Ningún pijo, cheto, fresa o el Sursum Corda puede siquiera llegar a rozar ese vértigo. Solo los hijos del pueblo. Solo los pibes con esta mirada de niño yuntero, envejecido antes de nacer. Con la edad del mundo. Y el fuego de los dioses.



martes, 15 de noviembre de 2022

Cartas de Ultramar XV – Córdoba

Verano madrileño. Paso por casa a cambiarme. Recibo una llamada. Es una voz muy querida que no oía hace bastante tiempo. Una voz que siempre me paraliza.

—Estoy en Córdoba y me dije “tengo que hacer el amor contigo antes de que sea demasiado tarde”.

—No sabes hasta qué punto estoy de acuerdo. Veamos…, puedo estar ahí en unas cinco horas.

—Intenta que sea menos tiempo. Tú inténtalo al menos. Necesito verte.

—Para verte, lo que haga falta.

Correcto. No tengo coche. Estamos a finales de los ochenta. Vengo de una fiesta en Castellana y me iba a otra en Argüelles. Estoy medio borracho, pero estas cosas pasan una vez en la vida. Ella y yo nos hemos estado persiguiendo desde antes del Big Bang. Desde mucho antes.

¿Cómo hago para llegar a Córdoba mientras aún queda noche? Habrá que tomar un vehículo en fideicomiso: es por una buena causa. Soy un chaval. No tengo tarjeta de crédito. ¿Quién me iba a dar un crédito a mí? Solo tengo mis sueños y la vida que podría compartir contigo. No tengo nada más. Si me pidieras que me arrancase la piel te la daría. Mis ojos, mis manos. Todo lo que soy y lo que puedo llegar a ser. Contigo. Por cierto, ¿qué coño es un fideicomiso?

Como una centella bajo abajo (previamente había subido arriba)Este parece bien. Un Renault 19. Venga, coño. Da igual. A ver…, cómo se hacía el puente. Soy un chaval de barrio. Otra cosa no pero lo que es abrir coches… Ya está.

Pero si hasta tiene el tanque casi lleno... ¡Gracias, Estrella del Norte! M-30. Nacional IV. Dirección Andalucía. Por Aranjuez todavía no está hecho el desvío. Se pasa por la parte monumental. El coche va de cine. Acelero en las curvas hasta rectificarlas.

Te recuerdo. Te recuerdo en un parque de noche. Recuerdo tus ojos brillantes de niña.

A la altura de Valdepeñas paso por pueblos en fiestas. Todo el mundo está de fiesta porque voy a ti. Huele a melocotones maduros. Abro las ventanas para embriagarme.

Despeñaperros. No puedo llamarte. No existen los teléfonos móviles. Querría transmitirte todo el viaje, todo lo que voy sintiendo. Todo lo que siento por ti desde la primera vez que te vi. Querría decírtelo todo. Todavía quiero.

Llego al Guadalquivir. Pues sí que está lejana y sola. Estoy lejos del centro. Solo hay un hombre tambaléandose en la calle. Le pregunto cómo hago para llegar hasta la Mezquita.

—Tiras todo el río p’arriba…, tú sigue p’arriba y no pierdas de vista el agua. Cuando encuentres el tercer puente tuerces a la derecha y sigue to el puto camino p’adelante. ¿Qué? ¿Una noche de amor, chaval?

—Eso creo. Estoy algo nervioso… Es el amor de mi vida —y le dije lo que me había sucedido esa extraña noche.

—Anda, anda… no me cuentes historias. A cumplir como un torero. ¡Estás en Córdoba, niño! ¿Qué podría salir mal? Todas las sangres, todas. Hala. ¡Que Dios reparta suerte!

Llego por fin. Subo p’arriba otra vez. No recuerdo qué bola le conté al de la recepción, algo inverosímil. Era un tío joven. Se rió como si fuera un hermano. Toda esa gente que me iba encontrando en el viaje eran extras contratados. Todos estaban en el ajo. Alguien los puso ahí.

Toco tu puerta. Me abres. Nos abrazamos. Nos besamos hasta el alma. Nos quedamos trenzados en el marco de la puerta. Madrugada cordobesa. El río, las calles, el rumor de alguna pareja que se abraza haciendo dueto con nosotros.

Las ventanas abiertas de par en par. El perfume de melocotones y madreselvas ahora se ha convertido en albaricoques. Ah… que es tu boca, que son tus labios. La Reina Ginebra y Sir Lancelot. Y todos los bosques de Inglaterra. Que tenemos toda la vida por delante, mi amor.

—Eres una droga poderosa —me susurras al oído.

—Eres la gracia y el aire que respiro. Guardar el oro de tu puerta es cuanto deseo —debe ser Córdoba, porque yo no hablo así. Solo soy un golfillo de la Prospe.

Sentimos toda la tierra rodar. Sentimos la sal marina. Navegados nuestros cuerpos.

Ebrios de sed y edad. Todo el mar.




domingo, 6 de noviembre de 2022

Cartas de Ultramar XIV - Ella

Ella creía que los lápices crecían en los árboles (con su mina y todo). Tampoco sabía en qué hemisferio vivimos.

Solo sabía amar.



miércoles, 19 de octubre de 2022

Cartas de Ultramar XIII - Nueve vidas

Para aprender a amarte me hacen falta mínimo nueve vidas

En esta primera vida todo sale mal.

En la próxima recién empezamos a ver color, pero un día yo digo algo fuera de tono y chau Buenos Aires, no te vuelvo a ver.

En la tercera llego tarde a la milonga. Vos te acabás de marchar.

En la cuarta tú tienes una casa en la Toscana y yo soy fontanero. Nos vemos brevemente y tenemos un trato cordial, propio de cliente-plomero profesional. No te cobro el IVA.

En la quinta nos enamoramos locamente y luego nos enfadamos sin saber por qué. Yo canto en la calle y tú haces mimo. Somos saltimbanquis con carné y nos emociona la gente que sufre. Y vuelta a empezar.

En la sexta aparecemos en el cuadro de El Bosco y no nos reconocemos. Tú eres un bebé mamut y yo, un monkiki.

En la séptima hacemos el amor en Pratolino y el gigante cobra vida, nos toma en la palma de su mano y nos lleva volando al mirador, desde donde sobrevolamos toda la Toscana.

En la octava no podemos hablar, porque solo nos miramos a los ojos y nos abrazamos como si fuéramos un mismo árbol.

En la novena reímos, cantamos y vivimos en el Botánico.

Y fundamos una empresa de empanadas llaneras. Fracasamos estrepitosamente porque nos las comemos todas en la cocina, antes de que vengan a buscarlas. Terminamos besándonos encima de la mesa, enharinados hasta arriba. La empresa se llama "Al estado que llegó Montilla, Inc."

Nuestros hijos se llaman Enzo y María.

Y son tan hermosos como tú.



miércoles, 28 de septiembre de 2022

Cartas de Ultramar XII - Frío

Solo la vi una vez. Todo ese misterio. Qué pasó, qué no pasó... ahora qué importa. Cosas de familia. Que yo sepa hay un sola foto, los dos, pequeños, debíamos tener cinco y tres. La abrazábamos. Un niño da sin proyectar: no hay después ni reproches. Tengo un recuerdo muy lejano de aquella tarde. Sin embargo, ha vuelto en esta madrugada extraña plena de premoniciones. Mirá vos. Los fantasmas, más reales que presuntos seres vivos. 

Apareció en casa, así sin más. Un cierto aire. Gestos. El árbol rebosaba mandarinas. El siguiente recuerdo, en una sucesión brutal sin paradas intermedias, es la noche de su muerte, uno o dos años después. Qué cosa tan vulgar la muerte. En seis horas podemos estar ahí, si querés. Hablan los mayores, los niños callan. No, no quiero. Dejalo estar. Bajo el emparrado, calor de enero. 

No sé quién era. No llegué a conocerla. Fue joven, soñó, quiso ser, se entregó. Amó y fue amada o simplemente se limitó a observar. Rozó el extraordinario vértigo de un amor que se acaba. Se sintió viva o tal vez solo orientó las velas. Deseó que alguien la llevara lejos. En vano esperó al viento. Por el mar, por el cielo. Y tú, todavía palpitas. 

Escuchó a Gardel cantando en directo por la radio, sí, seguro que era más de Gardel que de Magaldi. 

Tal vez fuera como yo, una persona solitaria, alguien con escasas habilidades sociales, después de todo era mi sangre. Cuarenta años de aquella tarde austral junto al mágico árbol de mandarinas y el sol rojo de otro cielo. Abrazarnos como si fuera costumbre, acariciarnos el pelo a mi hermano y a mí, chau querido, hasta pronto, comé todo, portate bien, hacele caso a mamá, qué linda sonrisa, no fue suficiente para evitar que se marchara sin decir adiós. Diego y yo corrimos tras ella, festejándola. Y la despedimos desde la esquina de casa. 

Sí, hasta la semana que viene, abuela.



lunes, 19 de septiembre de 2022

Cartas de Ultramar XI - Sobre mis hombros

Cuando salí de la cárcel regresé al pueblo. Me condenaron por haber defendido el honor de uno de los patriarcas de mi clan, así que no me enviaron al este del Edén. No me cerraron las puertas.

Al menos no del todo. Durante mi ausencia mi esposa no soportó la soledad. Me fue infiel. Me traicionó. Y eso en mi clan se paga con la muerte.

Así que cuando volví, el cuerpo y el alma repletos de heridas de las innumerables peleas que tuve que sostener para sobrevivir, los dos, ella y yo, éramos unos parias. El deshonor nos había alcanzado de lleno.

Ella por no haberme esperado, por haber sido débil. Yo por la insoportable vergüenza de haber sido engañado siendo un guerrero.

Según las leyes de mi gente, la ley que gobierna mi sangre, tendría que haber acabado con su vida. Los míos me afearon que no lo hiciera. "¿Has matado a cuchillo a decenas de hombres por honor y eres incapaz de acabar con una mujer que no pudo soportar tu ausencia? ¿qué clase de cobarde eres?".

Pero yo no podía hacer lo que me pedían. Amaba a mi esposa por encima de todas las cosas. No concebía la vida sin su existencia.

Ella no logró levantar cabeza: tal era el peso de la tristeza que caía sobre su alma. Terminó por enfermar gravemente. 

Una mujer joven, hermosa y radiante al borde de la muerte. Debía llevarla a la ciudad, a que la viera un médico, pero cuando los caminos se cerraron por las tormentas de nieve nadie nos ayudó. Nos dejaron solos, sabedores de que el hielo y la montaña acabarían con nosotros.

Invisibles a los ojos de los demás. La cargué sobre mis hombros. Ella no hablaba, no decía nada. Me pedía con la mirada que terminara con su dolor de animal herido. Pégame un tiro y acaba con mi agonía. Hazlo. Sálvate tú.

No sé de dónde saqué las fuerzas para llevarla en medio de la ventisca. Ciego de nieve y soledad, porque para uno de los míos no hay nada peor que ser despreciado por su clan. Un pueblo de guerreros que se rige por un código de honor anterior a Gengis Khan. El código de honor que barrió las estepas y asoló Europa cambiándola para siempre. Mis ojos orientales enmarcados en un rostro blanco. Que recreó la humanidad sobre sangres que se mezclan y se funden en otras sangres.

Ahí fuimos los dos. Lentos, torpes, cayéndonos en el hielo y la piedra una y otra vez. Avanzando a tientas. Ella aullaba de dolor.

La transporté más de setenta kilómetros a pulso por caminos infernales desollándome las manos. No sentía nada.

Poco a poco el silencio se convirtió en sonidos aislados. Siempre he creído que lo que no se dice no existe. Poco a poco, apoyándonos uno en el otro, salimos a la superficie. 

Hasta que una mañana, lejos de todo, notamos el sol en la espalda y el viento se detuvo en seco.

Esa sola palabra.



viernes, 16 de septiembre de 2022

Cartas de Ultramar X - Manuel y Concha

Manuel nació en un pueblo de Córdoba, en una familia de campesinos. Pobres hasta decir basta. Siempre estuvo fascinado con los aviones. Desde que vio "El águila solitaria" de Billy Wilder en un cine de Puente Genil se prometió que algún día sería piloto, piloto de su propio avión.

En los años cincuenta, en plena posguerra, aquello era poco menos que un delirio. Pero Manuel era testarudo y era un hombre de una pieza. Trabajó como una mula, como tres mulas, hasta que logró pagar la entrada de una avioneta Fiat, un resto de la Guerra Civil. Y aprendió a pilotarla solo. Todo lo hacía solo. Aprendió mecánica también. A ver... los pilotos de aquella época tenían que conocer su avión como la palma de su mano.

Manuel estaba enamorado de Concha, una niña bien de Montilla. El padre de Concha lo odiaba: odiaba a aquel pretendiente que no tenía más que sus sueños, una avioneta de la que debía la mayor parte y un ser torero y echao palante que no se podía aguantar. Lo habría aplastado como a una chinche... ¡a su niña, ese muerto de hambre! Lo habría aplastado DE HABER PODIDO, porque menudo era Manuel... mejor no enfadarle. Tenía puños de hierro y era fuerte como un campesino.

Así que él no podía pasar por casa de Concha para verla. Se las ingenió para coincidir con ella en sitios estratégicos del pueblo y quedaban a una determinada hora. Entonces Manuel pasaba con la avioneta jugándose el tipo y la saludaba. Como estaba un poco loco, cuando veía a su amor hacía piruetas que iban mucho más allá de su dominio del avión. Una de dos... o aprendía o se mataba. Pero estaba decidido a que ella cayera desmayada en sus brazos. Como Garcilaso de la Vega tomando una fortaleza. Poner las almenas en fuego o morir a hierro.

Andando el tiempo, Manuel compró otro avión, y luego otro, y otro más. Montó una empresa de fotografía aérea que fue pionera y única en España. Concha, Doña Concepción, nunca olvidó a aquel muchacho. Y Manuel logró su mano. Se casaron, tuvieron seis hijos y se hicieron millonarios. Millonarios de verdad.

Concha aprendió a pilotar también. Fue la primera mujer en pilotar en una empresa comercial española que no fuera aerolínea. Lo hizo para estar con Manuel. En el aire, en tierra, a todas horas. Como cuando Manuel pasaba en vuelo rasante por Montilla arriesgando la vida solo para saludarla. Y ella sentía que el corazón se le salía del pecho.

Doña Concepción se ocupaba de que Manuel pilotara como si estuviera en el salón de casa. De hecho... en una tormenta sobre Soria la puerta de Manuel se estropeó en pleno vuelo. Y a Concha se le ocurrió atrancarla con una pata de jamón. Es que a Manuel le pirraba el jamón. Coño, que estamos en España.

Manuel se fue antes que Concha. Y ya en el hospital, rodeado de todos sus hijos, que lo querían con locura -porque todo lo que tenía de valiente y alocado Manuel lo tenía de generoso y entregado-, ya no podía hablar.

No podía hablar porque ya se iba de esta vida. En presencia de toda su familia, Manuel hizo un último esfuerzo supremo con esa sonrisa de mozo aceitunado que salta a la plaza a torear sin saber, de espontáneo... estiró su mano derecha y miró a Concha con un cariño sobrenatural. Habían estado toda la vida juntos.

Señaló al cielo como diciendo "te espero allí, allí estaré lo que haga falta hasta que vengas"... ellos, que habían surcado juntos todos los cielos de España cuando volar era un arte.

Doña Concepción lo miró, sonrió y lloró por dentro. Lloró de alegría y de pena. Y se deshizo en besos como soles, de viento en vez de agua.



martes, 13 de septiembre de 2022

Cartas de Ultramar IX - Un soplo la vida

Corro por las calles de Buenos Aires. Voy a mi casa, en busca de no sé qué. El barrio está igual. Han reformado la fachada. Aún sobrevive el árbol que se colaba por la habitación de mis viejos. ¡Grande!

Si me sitúo en el Pasaje Los Andes mirando hacia Helguera tengo una visión de lo último que contemplé al irme. Hace treinta años.

Una tarde de verano subimos al coche del tío Santiago. Los abuelos se quedaron dentro, no quisieron, no pudieron salir a despedirnos. Su vida estaba hecha de adioses. De manos de niños que se sueltan en el bosque para no regresar jamás. De hundimientos. El arte de seguir viviendo.

Plomo ladraba y movía la cola. En su fuero interno pensó seguramente que nos íbamos al Planetario, que volveríamos esa misma noche. Que la abuela me colaría otra vez una porción de Mendicrim anunciándome que eran ¡duraznos con crema…! ¡duraznos con creeemaaa!. Una pionera del control mental. Qué se yo. Ese perro tenía un cráneo privilegiado.

Alguien me ve merodeando la casa. Sale una señora de generosas carnes.

—¿Qué se le ofrece?

—Disculpe. Yo vivía acá hace mucho tiempo.

Duda un instante.

—¿…vos sos el pintor?

—No —respondo— …soy el hijo del pintor. Caigo en la cuenta de que mi viejo tenía más o menos mi edad cuando dejaron definitivamente la casa. Ahora me parezco a él, aunque él tenía más éxito con las minas.

Me invita a entrar. Es como si nunca me hubiera ido. La escalera, el comedor, la habitación donde dormíamos mi hermano Diego y yo. En la casa hay objetos desvencijados que lentamente reconozco. Una estufa, un mueble. Con una pátina de tiempo como si hubieran sido rescatados del Titanic y el restaurador se hubiera ido de joda. Tal cual.

Las voces, las risas. El olor a tostadas recién hechas que subía por la escalera. Cuando Independiente tenía la mejor delantera del Universo, con Bertoni y Bochini. Dejate de joder, ¡eso era un equipo!

Salgo al patio escoltado por la dueña de casa. Ajá. Ahí está. La escalera que sube al tanque de agua y la terraza por donde llegábamos a las casas vecinas. Gloria de las tardes ferruginosas del verano porteño, cuando aún quedaban muchos días de enero por tachar para irnos al mar.

Le advierto a la señora que el tercer escalón contando desde arriba está flojo. Uso el tiempo presente. De 1977.

—Sí —me responde— sigue flojo. Sensación de haber caído en un agujero de gusano. Soy un pibe otra vez. Cierro los ojos y trepo al tanque. El vértigo, la adrenalina, los escalones que ceden… Se está bien en el techo.

Tengo que salir a la calle. El oxígeno escasea en el túnel del tiempo. Mi yo de trece años abre la puerta.

Venga compadre
Tomemos mucho
Porque a mi barrio
Tal vez yo no vuelva nunca.

La dueña de mi casa alcanza a decirme que está pensando en venderla para irse al sur. Y… ¿a usted no le interesaría…?

¿Por qué me habla de “usted” si soy un pibe? Qué rara es la gente.

Sí, claro. Acá tenés, cien pesos. Tomate un taxi. Bajá en la Estigia, hablá con Caronte, saludá de mi parte al espectro de Aquiles pies ligeros, el más valeroso de los Aqueos y decile a mis abuelos, Lázaro y Sofía y a mi perro que ya he vuelto a casa. Que no volveré a irme jamás. Que nunca los olvidé. Que los estoy esperando para la cena. Tenemos que hablar de tantas cosas…



lunes, 12 de septiembre de 2022

Cartas de Ultramar VIII - Memoria del beso

Madrid amanece nuevo hoy.

El tibio sol de otoño se enseñorea de los tejados. Camino lenta, pausadamente por el Paseo del Prado. Cibeles, Plaza de la Lealtad, el Museo de Museos, el Botánico con sus palpitantes colecciones de la España universal... 

Que recibas rosas cuando no hay rosas, deseo. Que tu vida sea una infinita travesía. De tu talle a mis manos, de mi barba a tu pelo.

En cada esquina atesoro un recuerdo en el que tú todavía no estás. Ha dejado de ser luz y aún no ha nacido memoria. De tanto soñar noche y día envejece el corazón...

Por eso, como un niño travieso, cruzo los dedos.



viernes, 9 de septiembre de 2022

Cartas de Ultramar VII - Almirante Reis

Recuerdo el café de Almirante Reis, esa parte oscura de Lisboa. Por las tardes íbamos a leer juntos. Nos sentábamos frente a frente y desplegábamos nuestros libros con delicada caligrafía oriental. Um galão. Uma xícara de chá preto

Había un camarero que nos tenía un cariño especial: hay que cuidar a esa pareja de enamorados tan jóvenes que devora libros y toma apuntes en libretas azules. Febrilmente. 

Se acercaba cada tanto y nos preguntaba con inusitada amabilidad si necesitábamos algo. Esa cortesía portuguesa hecha de silencios, de respeto.

Tú te hacías fuerte en las Odas elementales de Neruda y yo degustaba por segunda vez Los tres impostores de Arthur Machen. Recuerdo la sensación de quedarme varado con el protagonista en busca del Tiberio de oro, a diez kilómetros de Londres, regresando a la ciudad de madrugada. Las tres, la hora en que todos los fantasmas nos vienen a buscar. La hora en que los naufragios duelen más si cabe, perdida el ancla de un cuerpo aún joven. Demasiado lejos del puerto incierto de la medianoche, a siglos de distancia del amanecer. Una hora en que hasta Dios duerme y nada ni nadie podrá salvarte de la angustia de estar vivo.

Cierro los ojos y veo el resplandor de la ciudad. Lo veo ahora mismo. Nunca iríamos a Londres ni a Buenos Aires.

Vos, Isabel, mi querida novia, mi musa, estabas bella hasta el daño. No podía dejar de mirarte cada tanto. Y nuestro común amigo me tiraba guiños cómplices. "Um belo casal..." dijo con una media sonrisa. Um belo casal. Sí, eso éramos. Mirando la vida de frente.

Entonces no sabíamos nada de arenas ni de tiempo. Juntos, teníamos toda la vida por delante. Todo el mar.



jueves, 8 de septiembre de 2022

Cartas de Ultramar VI - Vuelos

El halcón vino a visitarme y me liberó de mi cárcel durante unos instantes. Cuando quise darme cuenta ya estaba lejos, muy lejos. Más allá de las onduladas colinas. Aún había café en mi taza cuando desapareció en el horizonte. Ya está allí, cuidándote. Contigo.

No sé hacia dónde mirar para sentir el mar. No hubo inviernos juntos. Olas de extraña belleza en las que gritabas mi nombre.

Nunca más he de poner tus almenas en fuego. No. A herbolar, leve, dulcemente tus sueños me condenó tu olvido.