lunes, 26 de octubre de 2020

Las puertas del cielo (Julio Cortázar)

A las ocho vino José María con la noticia, casi sin rodeos me dijo que Celina acababa de morir. Me acuerdo que reparé instantáneamente en la frase, Celina acabando de morirse, un poco como si ella misma hubiera decidido el momento en que eso debía concluir. Era casi de noche y a José María le temblaban los labios al decírmelo. 
—Mauro lo ha tomado tan mal, lo dejé como loco. Mejor vamos. 
Yo tenía que terminar unas notas, aparte de que le había prometido a una amiga llevarla a comer. Pegué un par de telefoneadas y salí con José María a buscar un taxi. Mauro y Celina vivían por Cánning y Santa Fe, de manera que le pusimos diez minutos desde casa. Ya al acercarnos vimos gente que se paraba en el zaguán con un aire culpable y cortado; en el camino supe que Celina había empezado a vomitar sangre a las seis, que Mauro trajo al médico y que su madre estaba con ellos. Parece que el médico empezaba a escribir una larga receta cuando Celina abrió los ojos y se acabó de morir con una especie de tos, más bien un silbido. 
—Yo lo sujeté a Mauro, el doctor tuvo que salir porque Mauro se le quería tirar encima. Usté sabe cómo es él cuando se cabrea. 
Yo pensaba en Celina, en la última cara de Celina que nos esperaba en la casa. Casi no escuché los gritos de las viejas y el revuelo en el patio, pero en cambio me acuerdo que el taxi costaba dos sesenta y que el chófer tenía una gorra de lustrina. Vi a dos o tres amigos de la barra de Mauro, que leían La Razón en la puerta; una nena de vestido azul tenía en brazos al gato barcino y le atusaba minuciosa los bigotes. Más adentro empezaban los clamoreos y el olor a encierro. 
—Andá velo a Mauro —le dije a José María—. Ya sabes que conviene darle bastante alpiste. 
En la cocina andaban ya con el mate. El velorio se organizaba solo, por sí mismo: las caras, las bebidas, el calor. Ahora que Celina acababa de morir, increíble cómo la gente de un barrio larga todo (hasta las audiciones de preguntas y respuestas) para constituirse en el lugar del hecho. Una bombilla rezongó fuerte cuando pasé al lado de la cocina y me asomé a la pieza mortuoria. Misia Manita y otra mujer me miraron desde el oscuro fondo, donde la cama parecía estar flotando en una jalea de membrillo. Me di cuenta por su aire superior que acababan de lavar y amortajar a Celina; hasta se olía débilmente a vinagre. 
—Pobrecita la finadita —dijo Misia Martita—. Pase, doctor, pase a verla. Parece como dormida.
Aguantando las ganas de putearla me metí en el caldo caliente de la pieza. Hacía rato que estaba mirando a Celina sin verla y ahora me dejé ir a ella, al pelo negro y lacio naciendo de una frente baja que brillaba como nácar de guitarra, al plato playo blanquísimo de su cara sin remedio. Me di cuenta de que no tenía nada que hacer ahí, que esa pieza era ahora de las mujeres, de las plañideras llegando en la noche. Ni siquiera Mauro podría entrar en paz a sentarse al lado de Celina, ni siquiera Celina estaba ahí esperando, esa cosa blanca y negra se volcaba del lado de las lloronas, las favorecía con su tema inmóvil repitiéndose. Mejor Mauro, ir a buscar a Mauro que seguía del lado nuestro. 
De la pieza al comedor había sordos centinelas fumando en el pasillo sin luz. Peña, el loco Bazán, los dos hermanos menores de Mauro y un viejo indefinible me saludaron con respeto. 
—Gracias por venir, doctor —me dijo uno—. Usté siempre tan amigo del pobre Mauro. 
—Los amigos se ven en estos trances —dijo el viejo, dándome una mano que me pareció una sardina viva. 
Todo esto ocurría, pero yo estaba otra vez con Celina y Mauro en el Luna Park, bailando en el Carnaval del cuarenta y dos, Celina de celeste que le iba tan mal con su tipo achinado, Mauro de palmbeach y yo con seis whiskies y una mamúa padre. Me gustaba salir con Mauro y Celina para asistir de costado a su dura y caliente felicidad. Cuanto más me reprochaban estas amistades, más me arrimaba a ellos (a mis días, a mis horas) para presenciar su existencia de la que ellos mismos no sabían nada. 
Me arranqué del baile, un quejido venía de la pieza trepando por las puertas. 
—Esa debe ser la madre —dijo el loco Bazán, casi satisfecho. 
«Silogística perfecta del humilde», pensé. «Celina muerta, llega madre, chillido madre.» Me daba asco pensar así, una vez más estar pensando todo lo que a los otros les bastaba sentir. Mauro y Celina no habían sido mis cobayos, no. Los quería, cuánto los sigo queriendo. Solamente que nunca pude entrar en su simpleza, solamente que me veía forzado a alimentarme por reflejo de su sangre; yo soy el doctor Hardoy, un abogado que no se conforma con el Buenos Aires forense o musical o hípico, y avanza todo lo que puede por otros zaguanes. Ya sé que detrás de eso está la curiosidad, las notas que llenan poco a poco mi fichero. Pero Celina y Mauro no, Celina y Mauro no. 
—Quién iba a decir esto —le oí a Peña—. Así tan rápido… 
—Bueno, vos sabés que estaba muy mal del pulmón. —Sí, pero lo mismo… 
Se defendían de la tierra abierta. Muy mal del pulmón, pero así y todo… Celina tampoco debió esperar su muerte, para ella y Mauro la tuberculosis era «debilidad». Otra vez la vi girando entusiasta en brazos de Mauro, la orquesta de Canaro ahí arriba y un olor a polvo barato. Después bailó conmigo una machicha, la pista era un horror de gente y calina. «Qué bien baila, Marcelo», como extrañada de que un abogado fuera capaz de seguir una machicha. Ni ella ni Mauro me tutearon nunca, yo le hablaba de vos a Mauro pero a Celina le devolvía el tratamiento. A Celina le costó dejar el «doctor», tal vez la enorgullecía darme el título delante de otros, mi amigo el doctor. Yo le pedí a Mauro que se lo dijera, entonces empezó el «Marcelo». Así ellos se acercaron un poco a mí pero yo estaba tan lejos como antes. Ni yendo juntos a los bailes populares, al box, hasta al fútbol (Mauro jugó años atrás en Racing) o mateando hasta tarde en la cocina. Cuando acabó el pleito y le hice ganar cinco mil pesos a Mauro, Celina fue la primera en pedirme que no me alejara, que fuese a verlos. Ya no estaba bien, su voz siempre un poco ronca era cada vez más débil. Tosía por la noche, Mauro le compraba Neurofosfato Escay lo que era una idiotez, y también Hierro Quina Bisleri, cosas que se leen en las revistas y se les toma confianza. 
Íbamos juntos a los bailes, y yo los miraba vivir. 
—Es bueno que lo hable a Mauro —dijo José María que brotaba de golpe a mi lado—. Le va a hacer bien. 
Fui, pero estuve todo el tiempo pensando en Celina. Era feo reconocerlo, en realidad lo que hacía era reunir y ordenar mis fichas sobre Celina, no escritas nunca pero bien a mano. Mauro lloraba a cara descubierta como todo animal sano y de este mundo, sin la menor vergüenza. Me tomaba las manos y me las humedecía con su sudor febril. Cuando José María lo forzaba a beber una ginebra, la tragaba entre dos sollozos con un ruido raro. Y las frases, ese barboteo de estupideces con toda su vida dentro, la oscura conciencia de la cosa irreparable que le había sucedido a Celina pero que sólo él acusaba y resentía. El gran narcisismo por fin excusado y en libertad para dar el espectáculo. Tuve asco de Mauro pero mucho más de mí mismo, y me puse a beber coñac barato que me abrasaba la boca sin placer. Ya el velorio funcionaba a todo tren, de Mauro abajo estaban todos perfectos, hasta la noche ayudaba caliente y pareja, linda para estarse en el patio y hablar de la finadita, para dejar venir el alba sacándole a Celina los trapos al sereno. 
Esto fue un lunes, después tuve que ir a Rosario por un congreso de abogados donde no se hizo otra cosa que aplaudirse unos a otros y beber como locos, y volví a fin de semana. En el tren viajaban dos bailarinas del Moulin Rouge y reconocí a la más joven, que se hizo la zonza. Toda esa mañana había estado pensando en Celina, no que me importara tanto la muerte de Celina sino más bien la suspensión de un orden, de un hábito necesario. Cuando vi a las muchachas pensé en la carrera de Celina y el gesto de Mauro al sacarla de la milonga del griego Kasidis y llevársela con él. Se precisaba coraje para esperar alguna cosa de esa mujer, y fue en esa época que lo conocí, cuando vino a consultarme sobre el pleito de su vieja por unos terrenos en Sanagasta. Celina lo acompañó la segunda vez, todavía con un maquillaje casi profesional, moviéndose a bordadas anchas pero apretada a su brazo. No me costó medirlos, saborear la sencillez agresiva de Mauro y su esfuerzo inconfesado por incorporarse del todo a Celina. Cuando los empecé a tratar me pareció que lo había conseguido, al menos por fuera y en la conducta cotidiana. Después medí mejor, Celina se le escapaba un poco por la vía de los caprichos, su ansiedad de bailes populares, sus largos entresueños al lado de la radio, con un remiendo o un tejido en las manos. Cuando la oí cantar, una noche de Nebiolo y Racing cuatro a uno, supe que todavía estaba con Kasidis, lejos de una casa estable y de Mauro puestero del Abasto. Por conocerla mejor alenté sus deseos baratos, fuimos los tres a tanto sitio de altoparlantes cegadores, de pizza hirviendo y papelitos con grasa por el piso. Pero Mauro prefería el patio, las horas de charla con vecinos y el mate. Aceptaba de a poco, se sometía sin ceder. Entonces Celina fingía conformarse, tal vez ya estaba conformándose con salir menos y ser de su casa. Era yo el que le conseguía a Mauro para ir a los bailes, y sé que me lo agradeció desde un principio. Ellos se querían, y el contento de Celina alcanzaba para los dos, a veces para los tres. 
Me pareció bien pegarme un baño, telefonear a Nilda que la iría a buscar el domingo de paso al hipódromo, y verlo en seguida a Mauro. Estaba en el patio, fumando entre largos mates. Me enternecieron los dos o tres agujeritos de su camiseta, y le di una palmada en el hombro al saludarlo. Tenía la misma cara de la última vez, al lado de la fosa, al tirar el puñado de tierra y echarse atrás como encandilado. Pero le encontré un brillo claro en los ojos, la mano dura al apretar. 
—Gracias por venir a verme. El tiempo es largo, Marcelo. 
—Tenes que ir al Abasto, o te reemplaza alguien? 
—Puse a mi hermano el renguito. No tengo ánimo de ir, y eso que el día se me hace eterno. 
—Claro, precisás distraerte. Vestíte y damos una vuelta por Palermo. 
—Vamos, lo mismo da. Se puso un traje azul y pañuelo bordado, lo vi echarse perfume de un frasco que había sido de Celina. Me gustaba su forma de requintarse el sombrero, con el ala levantada, y su paso liviano y silencioso, bien compadre. Me resigné a escuchar —«los amigos se ven en estos trances»— —y a la segunda botella de Quilmes Cristal se me vino con todo lo que tenía. Estábamos en una mesa del fondo del café, casi a solas; yo lo dejaba hablar pero de cuando en cuando le servía cerveza. Casi no me acuerdo de todo lo que dijo, creo que en realidad era siempre lo mismo. Me ha quedado una frase: «La tengo aquí», y el gesto al clavarse el índice en el medio del pecho como si mostrara un dolor o una medalla. 
—Quiero olvidar —decía también—. Cualquier cosa, emborracharme, ir a la milonga, tirarme cualquier hembra. Usté me comprende, Marcelo,… —El índice subía, enigmático, se plegaba de golpe como un cortaplumas. A esa altura ya estaba dispuesto a aceptar cualquier cosa, y cuando yo mencioné el Santa Fe Palace como de pasada, él dio por hecho que íbamos al baile y fue el primero en levantarse y mirar la hora. Caminamos sin hablar, muertos de calor, y todo el tiempo yo sospechaba un recuento por parte de Mauro, su repetida sorpresa al no sentir contra su brazo la caliente alegría de Celina camino del baile. 
—Nunca la llevé a ese Palace —me dijo de repente—. Yo estuve antes de conocerla, era una milonga muy rea. ¿Usté la frecuenta? En mis fichas tengo una buena descripción del Santa Fe Palace, que no se llama Santa Fe ni está en esa calle, aunque sí a un costado. Lástima que nada de eso pueda ser realmente descrito, ni la fachada modesta con sus carteles promisores y la turbia taquilla, menos todavía los junadores que hacen tiempo en la entrada y lo calan a uno de arriba abajo. Lo que sigue es peor, no que sea malo porque ahí nada es ninguna cosa precisa; justamente el caos, la confusión resolviéndose en un falso orden: el infierno y sus círculos. Un infierno de parque japonés a dos cincuenta la entrada y damas cero cincuenta. Compartimentos mal aislados, especie de patios cubiertos sucesivos donde en el primero una típica, en el segundo una característica, en el tercero una norteña con cantores y malambo. Puestos en un pasaje intermedio (yo Virgilio) oíamos las tres músicas y veíamos los tres círculos bailando; entonces se elegía el preferido, o se iba de baile en baile, de ginebra en ginebra, buscando mesitas y mujeres. 
—No está mal —dijo Mauro con su aire tristón—. Lástima el calor. Debían poner extractores. 
(Para una ficha: estudiar, siguiendo a Ortega, los contactos del hombre del pueblo y la técnica. Ahí donde se creería un choque hay en cambio asimilación violenta y aprovechamiento; Mauro hablaba de refrigeración o de superheterodinos con la suficiencia porteña que cree que todo le es debido.) Yo lo agarré del brazo y lo puse en camino de una mesa porque él seguía distraído y miraba el palco de la típica, al cantor que tenía con las dos manos el micrófono y lo zarandeaba despacito. Nos acodamos contentos delante de dos cañas secas y Mauro se bebió la suya de un solo viaje. 
—Esto asienta la cerveza. Puta que está concurrida la milonga. 
Llamó pidiendo otra, y me dio calce para desentenderme y mirar. La mesa estaba pegada a la pista, del otro lado había sillas contra una larga pared y un montón de mujeres se renovaba con ese aire ausente de las milongueras cuando trabajan o se divierten. No se hablaba mucho, oíamos muy bien la típica, rebasada de fuelles y tocando con ganas. El cantor insistía en la nostalgia, milagrosa su manera de dar dramatismo a un compás más bien rápido y sin alce. Las trenzas de mi china las traigo en la maleta… Se prendía al micrófono como a los barrotes de un vomitorio, con una especie de lujuria cansada, de necesidad orgánica. Por momentos metía los labios contra la rejilla cromada, y de los parlantes salía una voz pegajosa —«yo soy un hombre honrado…»—; pensé que sería negocio una muñeca de goma y el micrófono escondido dentro, así el cantor podría tenerla en brazos y calentarse a gusto al cantarle. Pero no serviría para los tangos, mejor el bastón cromado con la pequeña calavera brillante en lo alto, la sonrisa tetánica de la rejilla. 
Me parece bueno decir aquí que yo iba a esa milonga por los monstruos, y que no sé de otra donde se den tantos juntos. Asoman con las once de la noche, bajan de regiones vagas de la ciudad, pausados y seguros de uno o de a dos, las mujeres casi enanas y achinadas, los tipos como javaneses o mocovíes, apretados en trajes a cuadros o negros, el pelo duro peinado con fatiga, brillantina en gotitas contra los reflejos azules y rosa, las mujeres con enormes peinados altos que las hacen más enanas, peinados duros y difíciles de los que les queda el cansancio y el orgullo. A ellos les da ahora por el pelo suelto y alto en el medio, jopos enormes y amaricados sin nada que ver con la cara brutal más abajo, el gesto de agresión disponible y esperando su hora, los torsos eficaces sobre finas cinturas. Se reconocen y se admiran en silencio sin darlo a entender, es su baile y su encuentro, la noche de color. (Para una ficha: de dónde salen, qué profesiones los disimulan de día, qué oscuras servidumbres los aíslan y disfrazan.) Van a eso, los monstruos se enlazan con grave acatamiento, pieza tras pieza giran despaciosos sin hablar, muchos con los ojos cerrados gozando al fin la paridad, la completación. Se recobran en los intervalos, en las mesas son jactanciosos y las mujeres hablan chillando para que las miren, entonces los machos se ponen más torvos y yo he visto volar un sopapo y darle vuelta la cara y la mitad del peinado a una china bizca vestida de blanco que bebía anís. Además está el olor, no se concibe a los monstruos sin ese olor a talco mojado contra la piel, a fruta pasada, uno sospecha los lavajes presurosos, el trapo húmedo por la cara y los sobacos, después lo importante, lociones, rimmel, el polvo en la cara de todas ellas, una costra blancuzca y detrás las placas pardas trasluciendo. También se oxigenan, las negras levantan mazorcas rígidas sobre la tierra espesa de la cara, hasta se estudian gestos de rubia, vestidos verdes, se convencen de su transformación y desdeñan condescendientes a las otras que defienden su color. Mirando de reojo a Mauro yo estudiaba la diferencia entre su cara de rasgos italianos, la cara del porteño orillero sin mezcla negra ni provinciana, y me acordé de repente de Celina más próxima a los monstruos, mucho más cerca de ellos que Mauro y yo. Creo que Kasidis la había elegido para complacer a la parte achinada de su clientela, los pocos que entonces se animaban a su cabaré. Nunca había estado en lo de Kasidis en tiempos de Celina, pero después bajé una noche (para reconocer el sitio donde ella trabajaba antes que Mauro la sacara) y no vi más que blancas, rubias o morochas pero blancas. 
—Me dan ganas de bailarme un tango —dijo Mauro quejoso. Ya estaba un poco bebido al entrar en la cuarta caña. Yo pensaba en Celina, tan en su casa aquí, justamente aquí donde Mauro no la había traído nunca. Anita Lozano recibía ahora los aplausos cerrados del público al saludar desde el palco, yo la había oído cantar en el Novelty cuando se cotizaba alto, ahora estaba vieja y flaca pero conservaba toda la voz para los tangos. Mejor todavía, porque su estilo era canalla, necesitado de una voz un poco ronca y sucia para esas letras llenas de diatriba. Celina tenía esa voz cuando había bebido, de pronto me di cuenta cómo el Santa Fe era Celina, la presencia casi insoportable de Celina. 
Irse con Mauro había sido un error. Lo aguantó porque lo quería y él la sacaba de la mugre de Kasidis, la promiscuidad y los vasitos de agua azucarada entre los primeros rodillazos y el aliento pesado de los clientes contra su cara, pero si no hubiera tenido que trabajar en las milongas a Celina le hubiera gustado quedarse. Se le veía en las caderas y en la boca, estaba armada para el tango, nacida de arriba abajo para la farra. Por eso era necesario que Mauro la llevara a los bailes, yo la había visto transfigurarse al entrar, con las primeras bocanadas de aire caliente y fuelles. A esta hora, metido sin vuelta en el Santa Fe, medí la grandeza de Celina, su coraje de pagarle a Mauro con unos años de cocina y mate dulce en el patio. Había renunciado a su cielo de milonga, a su caliente vocación de anís y valses criollos. Como condenándose a sabiendas, por Mauro y la vida de Mauro, forzando apenas su mundo para que él la sacara a veces a una fiesta. 
Ya Mauro andaba prendido con una negrita más alta que las otras, de talle fino como pocas y nada fea. Me hizo reír su instintiva pero a la vez meditada selección, la sirvientita era la menos igual a los monstruos; entonces me volvió la idea de que Celina había sido en cierto modo un monstruo como ellos, sólo que afuera y de día no se notaba como aquí. Me pregunté si Mauro lo habría advertido, temí un poco su reproche por traerlo a un sitio donde el recuerdo crecía de cada cosa como pelos en un brazo. Esta vez no hubo aplausos, y él se acercó con la muchacha que parecía súbitamente entontecida y como boqueando fuera de su tango. 
—Le presento a un amigo. 
Nos dijimos los «encantados» porteños y ahí nomás le dimos de beber. Me alegraba verlo a Mauro entrando en la noche y hasta cambié unas frases con la mujer que se llamaba Emma, un nombre que no les va bien a las flacas. Mauro parecía bastante embalado y hablaba de orquestas con la frase breve y sentenciosa que le admiro. Emma se iba en nombres de cantores, en recuerdos de Villa Crespo y El Talar. Para entonces Anita Lozano anunció un tango viejo y hubo gritos y aplausos entre los monstruos, los tapes sobre todo que la favorecían sin distingos. Mauro no estaba tan curado como para olvidarse del todo, cuando la orquesta se abrió paso con un culebreo de los bandoneones me miró de golpe, tenso y rígido, como acordándose. Yo me vi también en Racing, Mauro y Celina prendidos fuerte en ese tango que ella canturreó después toda la noche y en el taxi de vuelta. 
—¿Lo bailamos? —dijo Emma, tragando su granadina con ruido. 
Mauro ni la miraba. Me parece que fue en ese momento que los dos nos alcanzamos en lo más hondo. Ahora (ahora que escribo) no veo otra imagen que una de mis veinte años en Sportivo Barracas, tirarme a la pileta y encontrar otro nadador en el fondo, tocar el fondo a la vez y entrevemos en el agua verde y acre. Mauro echó atrás la silla y se sostuvo con un codo en la mesa. Miraba igual que yo la pista, y Emma quedó perdida y humillada entre los dos, pero lo disimulaba comiendo papas fritas. Ahora Anita se ponía a cantar quebrado, las parejas bailaban casi sin salir de su sitio y se veía que escuchaban la letra con deseo y desdicha y todo el negado placer de la farra. Las caras buscaban el palco y aun girando se las veía seguir a Anita inclinada y confidente en el micrófono. Algunos movían la boca repitiendo las palabras, otros sonreían estúpidamente como desde atrás de sí mismos, y cuando ella cerró su tanto, tanto como fuiste mío, y hoy te busco y no te encuentro, a la entrada en tutti de los fuelles respondió la renovada violencia del baile, las corridas laterales y los ochos entreverados en el medio de la pista. Muchos sudaban, una china que me hubiera llegado raspando al segundo botón del saco pasó contra la mesa y le vi el agua saliéndole de la raíz del pelo y corriendo por la nuca donde la grasa le hacía una canaleta más blanca. Había humo entrando del salón contiguo donde comían parrilladas y bailaban rancheras, el asado y los cigarrillos ponían una nube baja que deformaba las caras y las pinturas baratas de la pared de enfrente. Creo que yo ayudaba desde adentro con mis cuatro cañas, y Mauro se tenía el mentón con el revés de la mano, mirando fijo hacia adelante. No nos llamó la atención que el tango siguiera y siguiera allá arriba, una o dos veces vi a Mauro echar una ojeada al palco donde Anita hacía como que manejaba una batuta, pero después volvió a clavar los ojos en las parejas. No sé cómo decirlo, me parece que yo seguía su mirada y a la vez le mostraba el camino; sin vernos sabíamos (a mí me parece que Mauro sabía) la coincidencia de ese mirar, caíamos sobre las mismas parejas, los mismos pelos y pantalones. Yo oí que Emma decía algo, una excusa, y el espacio de mesa entre Mauro y yo quedó más claro, aunque no nos mirábamos. Sobre la pista parecía haber descendido un momento de inmensa felicidad, respiré hondo como asociándome y creo haber oído que Mauro hizo lo mismo. El humo era tan espeso que las caras se borroneaban más allá del centro de la pista, de modo que la zona de las sillas para las que planchaban no se veía entre los cuerpos interpuestos y la neblina. Tanto como fuiste mío, curiosa la crepitación que le daba el parlante a la voz de Anita, otra vez los bailarines se inmovilizaban (siempre moviéndose) y Celina que estaba sobre la derecha, saliendo del humo y girando obediente a la presión de su compañero, quedó un momento de perfil a mí, después de espaldas, el otro perfil, y alzó la cara para oír la música. Yo digo: Celina; pero entonces fue más bien saber sin comprender, Celina ahí sin estar, claro, cómo comprender eso en el momento. La mesa tembló de golpe, yo sabía que era el brazo de Mauro que temblaba, o el mío, pero no teníamos miedo, eso estaba más cerca del espanto y la alegría y el estómago. En realidad era estúpido, un sentimiento de cosa aparte que no nos dejaba salir, recobrarnos. Celina seguía siempre ahí, sin vernos, bebiendo el tango con toda la cara que una luz amarilla de humo desdecía y alteraba. Cualquiera de las negras podría haberse parecido más a Celina que ella en ese momento, la felicidad la transformaba de un modo atroz, yo no hubiese podido tolerar a Celina como la veía en ese momento y ese tango. Me quedó inteligencia para medir la devastación de su felicidad, su cara arrobada y estúpida en el paraíso al fin logrado; así pudo ser ella en lo de Kasidis de no existir el trabajo y los clientes. Nada la ataba ahora en su cielo sólo de ella, se daba con toda la piel a la dicha y entraba otra vez en el orden donde Mauro no podía seguirla. Era su duro cielo conquistado, su tango vuelto a tocar para ella sola y sus iguales, hasta el aplauso de vidrios rotos que cerró el refrán de Anita, Celina de espaldas, Celina de perfil, otras parejas contra ella y el humo. 
No quise mirar a Mauro, ahora yo me rehacía y mi notorio cinismo apilaba comportamientos a todo vapor. Todo dependía de cómo entrara él en la cosa, de manera que me quedé como estaba, estudiando la pista que se vaciaba poco a poco. 
—¿Vos te fijaste? —dijo Mauro. 
—Sí. 
—¿Vos te fijaste cómo se parecía? 
No le contesté, el alivio pesaba más que la lástima. Estaba de este lado, el pobre estaba de este lado y no alcanzaba ya a creer lo que habíamos sabido juntos. Lo vi levantarse y caminar por la pista con paso de borracho, buscando a la mujer que se parecía a Celina. Yo me estuve quieto, fumándome un rubio sin apuro, mirándolo ir y venir sabiendo que perdía su tiempo, que volvería agobiado y sediento sin haber encontrado las puertas del cielo entre ese humo y esa gente.

Encuentro

 El hombre encendió la radio y se acercó a la cama donde yacía su padre.

—¿Y vos quién sos?

—Soy tu hijo, papá...

—¿De veras? Qué raro... no recuerdo haber tenido ningún hijo.

—OK. ¿Sabés qué canción está sonando?

—Milonga sentimental. La canta Carlos Gardel. Qué pregunta...

—Te la oí cantar tantas veces...

viernes, 23 de octubre de 2020

La madrugada tiene oro en la boca

Acabo de acordarme de una anécdota con Leen, mi novia flamenca de la que puse ayer la foto del asado monumental en Bélgica. Luego nos vinimos a vivir a El Escorial. En la parte de arriba, junto al hotel Felipe II. Una auténtica maravilla.

Solíamos ir a los bosques a oír los ruiseñores y nos levantábamos juntos para ver amanecer. Desde nuestra terraza se veía el monasterio y unos cielos increíbles.

En cierta ocasión, Leen dijo "la madrugada tiene oro en la boca". Yo estaba sobrepasado. Pensaba, joder... cómo puedo tener tanta suerte... esta niña se fija en mí y es más guapa que Charlize Theron, más sensual que Marilyn... pero es que además ES POETA!!!

Luego resultó que se trataba de un dicho flamenco que en español más o menos quería decir algo así como "a quien madruga Dios lo ayuda" o traducido literalmente al lenguaje madrileño, "si te levantas temprano trincarás más pasta", jajaja.

Lost in translation...

Nos despedimos en Londres de una manera tan cinematográfica que me emociona recordar siempre y cada vez que voy a la ciudad no puedo evitar pasar por Belgrave Road, donde paramos el tráfico y un taxi nos esperó en medio de la calle con la puerta abierta un montón de tiempo -fue tal cual y esto sucedió antes de que filmaran Notting Hill, así que siempre hemos pensado que alguno de sus guionistas contempló la escena- mientras nos besábamos desesperadamente y hacíamos planes para escapar juntos al Canadá. Planes que sabíamos que no cumpliríamos.

Todavía está el Luna House donde desayunábamos. Pablo me hizo fotos en la puerta en 2018 y acabó llorando cuando le conté la historia.

Esto sucedió en diciembre de 1990. War can start at any moment decían los periódicos. Oui, ma belle... Morgenstund hat Gold im Mund.

martes, 20 de octubre de 2020

Acerca del arte

Vivimos en tiempos tan miserables que el común de las gentes piensa que el arte sobra. A nadie interesa. Nadie está dispuesto a pagar por ello si puede evitarlo. Está en la parte más baja de lo que en nuestro mundo se entiende por "objeto de valor".

No siempre fue así. En "El mundo de ayer", Stefan Zweig describe una Viena imperial en el que la gente discutía a voz en grito en los cafés por la última sinfonía de Mahler o los nuevos lieder de Strauss. Hasta llegaban a las manos. Y los tenores y las sopranos de mayor prestigio de Europa tenían pánico a actuar en Viena o Budapest porque el nivel del público era tan elevado que preferían someterse a un tribunal del Conservatorio.

El arte de verdad, el que está realizado por artistas que son auténticos gigantes, es degustado por un porcentaje muy pequeño de la población. Las razones son muchas: a nadie interesa un pueblo formado, culto y con criterio propio. El 99 por ciento de los políticos se volatilizaría.

Cuando era estudiante se realizó una encuesta y se determinó que los oyentes de Radio 2 (hoy Radio Clásica) eran 200.000 en toda España. No sé cuántos son hoy, pero no creo que el porcentaje sobre la población haya variado demasiado.

Más allá del hecho de que pasar por la vida sin haber disfrutado de Brahms, de Mahler o de Albéniz es triste hay otro elemento que incluso beneficiaría al poder pero, como tantas cosas, le pasa absolutamente desapercibido.

La literatura juega ahí un papel crucial. La conciencia de la grandeza de un pueblo está directamente relacionada con sus escritores. El Siglo de Oro español no se llama así por el hecho de que el oro expoliado en América fluyera por Sevilla y de ahí a los Países Bajos, sino porque en esa época florecieron los ingenios más importantes de toda la historia de España. Cervantes, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León... un plantel de auténticos genios de las letras universales.

Estando en Greenwich visité una iglesia anglicana cuyas paredes estaban tapizadas de placas funerarias de un delicado mármol blanco. En ellas estaban grabados los nombres de los barcos y las tripulaciones que perecieron en el mar o en combate en las cuatro esquinas del mundo a mayor gloria de Su Majestad. Recordé entonces la capacidad de la literatura inglesa para crear una imagen de grandeza y arquetipos reconocibles con el paso de las generaciones. Desde el Rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda pasando por Robin Hood, el Rey Ricardo y las Cruzadas hasta Dickens y su Guerra en dos ciudades o Stevenson y su Isla del tesoro. ¡Doblones de a ocho! ¡Todo a estribor, avante a toda...!

Excálibur ni siquiera existió, pero sí la espada en la piedra de San Galgano, que puede verse en lo más profundo de la Toscana. Sin embargo, todo el mundo conoce la leyenda de Excálibur y nadie ha oído hablar de la historia de San Galgano, el cruzado de vida licenciosa que oyó la voz del Arcángel San Miguel y se hizo santo clavando su espada en una piedra para orar junto a ella el resto de sus días. Es un lugar que realmente inspira, pleno de luz.

Es el Arte el que crea la imagen de un país, de un pueblo. No otra cosa. Nadie puede ser mejor que sus propias palabras. Nada es más poderoso que una idea.

martes, 13 de octubre de 2020

Doce de octubre

 Como estamos faltos de problemas este 12 de octubre se ha aprovechado para cruzar mensajes de odio contra los conquistadores. Es interesante ver cómo los López, los Villar, los Vélez o los Ferrer piensan emigrar a USA a las primeras de cambio y hacer lo que sea. En USA no existe el problema indio. Fueron exterminados y los pocos que quedan viven en reservas más áridas que la luna y tienen índices de alcoholismo y de tristeza más allá de cualquier comparación.

Analizar el siglo XV o el XVII con la visión del XXI es un error, porque las cosas se hacían de una determinada manera que responde al espíritu de los tiempos. Sin pretender disculpar ninguna de las barbaridades que se cometieron en la conquista, ténganse en cuenta algunos elementos: Cortés no ocupó una urbe de un millón de almas como Tenochtitlán, el actual México DF, con 240 hombres, por muy españoles que estos fueran. Hubo miles de "Malinches". Y el fenómeno de tribus traidoras a "los suyos" se reprodujo por todo el Imperio. Incluso en la Conquista del Desierto argentina de 1880 del General Roca (siendo Argentina independiente desde 1816). El ejército argentino incorporó más de "1.000 fusiles indios". El continente nunca podría haber sido ocupado y sometido durante 300 años de otra manera. Ídem para Filipinas. 

¿Por qué se daba este fenómeno? Porque había pueblos aborígenes que aplastaban a otros pueblos aborígenes. Ergo la imagen del aborigen bueno por naturaleza es válida para una mentalidad infantil. Los aztecas o los incas actuaban oprimiendo a pueblos menos avanzados y los esclavizaban en mayor o menor medida.

El paroxismo se daba en el Caribe. Los caribes hacían expediciones para capturar niños tahínos en las Antillas mayores a los que enjaulaban, engordaban y comían oportunamente, ya que eran caníbales (véanse los escritos de Bernal Díaz del Castillo, "Historia verdadera de la conquista de la Nueva España" o del franciscano Bernardino de Sahagún).

La alternativa al modelo hispano, que llevó las primeras universidades y evangelizó el continente, era el modelo anglosajón, es decir, la desaparición física de pueblos enteros. No hay más que pasearse por la América que habla español para ver que esto no fue así. En países como México, Bolivia, Perú, Ecuador o Colombia la presencia "india" no es minoritaria, antes al contrario. 

Al igual que por mis venas corre sangre rusa, polaca y alemana -no hay más que ver una foto mía-, el antiguo Imperio Español (el libro de Hugh Thomas al respecto resulta esclarecedor) es un inmenso híbrido, una infinita mistura de sangres. Luego la protesta sería contra sí mismos. Algo de lo que viven los psicoanalistas que en el mundo han sido.

sábado, 10 de octubre de 2020

Buena onda

Estoy en Buenos Aires. Tengo que hablar con un tipo que nos va a contratar para tocar en un teatro del centro. Es un antiguo cantor de gotán. Un tipo jodido, oscuro, con mil vueltas. Me dice una cosa, después la contraria. Me marea. Alza la voz casi hasta el grito. A mí, plin. No entro en ninguna. Le contesto siempre con una sonrisa y hablando muy pausadamente. No hay nada como mantener la calma frente a un salame que pierde los papeles. Hasta que no pudo más y estalló... 

—¿Querés hacerme el favor de cortarla de una puta vez con esa buena onda de mierda? 
Aguafuertes psiquiátricas porteñas.

viernes, 2 de octubre de 2020

jueves, 1 de octubre de 2020

martes, 22 de septiembre de 2020

De mares y puertos

Cuando sales de la escuela náutica sabes muchas matemáticas, pero no te preparan para lo que te aguarda. Te confundes hasta con las banderas y haces cualquier cosa, poniendo a prueba la paciencia del capitán. En el mar no hay paredes, sino mamparos. No existen las cuerdas: se llaman estachas. Y tus compañeros son todo lo que tienes, así que ya puedes caerles bien por muy peculiar que seas. Hasta tu vida podría depender de su buena voluntad en una noche de mar gruesa.

Frío, calor, tormentas, vientos huracanados, calma chicha. Olas solitarias que barren la desolada cubierta. Meses hasta dar la vuelta al mundo y vuelta a empezar. Puertos oxidados, trifulcas, mujeres, promesas de retorno que nunca se cumplen. Palabras de amor gastadas, sin esperanza. Cuando volvamos a vernos...

Y la sensación única al separarse de tierra por primera vez. Soledades infinitas. Océanos que huelen a tabaco. La resignada certeza de que tu destino no le importa a nadie. Nadie te está esperando. Un silencio de camposanto, el estruendoso silencio del mar.

El alma del marino, plena de surcos donde habita el olvido. Mendigando amor en las tascas lisboetas donde anclaron todos nuestros barcos. De mares de azulejos y botellas vacías. Mapas del tesoro que no conducen a ningún sitio.

¿Acaso sabes quién te aguarda en Manila, en Luanda o San Petersburgo? Tú mismo, con distintas edades. Todos los puertos son uno y el mismo.

Sí. Sin ti la casa es un barco a la deriva, un enorme agujero por donde se cuela el viento.

sábado, 12 de septiembre de 2020

Lesbos

En Lesbos existe un infierno. La isla de Safo, en tiempos heroicos de dioses y humanos sobrenaturales, ahora es sede de un campo de refugiados absolutamente abarrotado. Un No Lugar donde hasta los niños piensan en el suicidio. Y muchos lo llevan a cabo.

¿Cabe imaginar algo más espantoso que un niño suicida? Soy escritor y no se me ocurre. Es el mayor crimen contra todo lo que hay de humano en nosotros. Un niño al que se le han extirpado las sonrisas. 

Los refugiados de una de las guerras olvidadas y más crueles de este siglo. Las guerras civiles de Siria.

Millones de seres humanos expulsados a la nada. Occidente, como es su costumbre desde siempre, mira hacia otro lado.

Es falso que los sistemas políticos sean neutros. Solo un imbécil puede hablar así. Solo alguien que no sabe nada de nada. ¿Tienes alguna duda acerca de que este sistema es inhumano e inmoral? Solo hay que ver la clase de individuos que produce en serie. El gesto más solidario es marcharse de vacaciones. Esa es la escala de valores del mundo liberal. La inexistencia de escala de valores. Hasta el uso de una putísima mascarilla para proteger a la gente mayor o a las personas más vulnerables en virtud de su estado de salud genera olas de INDIGNACIÓN, como si se pidiera a la gente que vaya a juntar escombros radioactivos con las manos en Chernobyl.

Nuestro sistema, donde lo que llamamos "socialistas" no son otra cosa que tibios socialdemócratas, ha generado esto que somos. Gente que solo se acuerda de Dios cuando va a morir.

Lesbos y los miles de Lesbos son el resultado de la desidia y la frialdad de corazón de millones de seres humanos por los que el propio Dios no siente nada.

Es el resultado de esta auténtica fábrica de picar carne que es el reinado de los marchantes de hombres, del tanto tienes tanto vales. El mundo donde el espíritu no encuentra su sitio.

Lesbos somos todos nosotros. Somos responsables. TODOS. No hay infierno suficientemente grande. Y pagaremos antes o después ser esta mierda de gente sin lágrimas, sin entrañas. Mirando exclusivamente por su culo. La feria de las vanidades de la cual este Facebook de los cojones que estoy pensando seriamente en tirar por la ventana es una muestra de primera clase. 

No es que Dios no exista. Existe, pero no quiere tener nada que ver con nosotros.

Hay un crimen. Y habrá un castigo. Esta puta pandemia es solo la punta del iceberg.

jueves, 10 de septiembre de 2020

El galgo

Llaman a la puerta. Toca la revisión de la caldera. Un chaval joven, majo como las pesetas (o los euretes).

Le tengo que echar un cable porque mi caldera está instalada en un sitio de acceso complicado. Charlamos. Hablamos de coches (que no tenga coche no quiere decir que no me gusten). Oye, que tienes la caldera en perfectas condiciones. Pues mira qué bien. A ver... como que la atiendo yo. Se descojona.

Me pregunta por una dirección cercana. Le indico. Me dice que le quedan dos revisiones y pa casa. Ole, a descansar. Le ofrezco una cerveza. Es un tío legal.

A casa a sacar a mis perretes. ¿Qué tienes? Un lebrel irlandés y, como soy tonto, un galgo que encontré al borde de la carretera. Me cuenta que viene del extrarradio. Tiene pinta de haber visto cosas, de haberlas pasado también. Debe vivir con lo justo. "La empresa nos obliga a usar nuestro propio coche y pagar la gasolina".

"Nada... salía de trabajar y me encontré un cachorro de galgo al borde de la carretera. No lo pensé. Lo iban a atropellar. Hice una maniobra suicida... ¡casi me mato yo! Tendrías que ver, macho, el pobre lloraba como no he visto llorar a nadie, estaba fatal, temblaba de pies a cabeza... Ahora cada vez que llego a casa se me tira encima y me llena de besos y lametones. Está creciendo fuerte el tío..." y se le empañan los ojos. Es un toro de más de 600 kilos, tiene los brazos tatuados hasta en los codos -de los de "doyte una hostia y rómpote el focico"- y está llorando en mi cocina. 

Ya está paseando a sus perros. De dónde procede la gente buena, qué vientos impulsan sus naves...

martes, 8 de septiembre de 2020

París, agosto del 44

Escribí este pequeño relato en homenaje a estos tíos de La Nueve. Después de toda la Guerra Civil aún tenían valor y nervio para enfrentarse a los nazis. Lo dicho. ¡Españoles! Está basado en algo que me sucedió en París a finales de los 80 (la amante contorsionista es real, no tengo tanta imaginación), regresando de un viaje por Alemania que fue uno de los más divertidos de toda mi vida. Era 14 de julio en París, la fiesta nacional.

París, agosto del 44

En agosto de 1944 logramos entrar en París por el oeste. Los nazis aún ocupaban la ciudad. Nuestra columna estaba compuesta por españoles supervivientes de la Guerra Civil. Nos tocó abrir camino entre las desordenadas barricadas que habían montado los estudiantes franceses.

Los españoles pensábamos que si contribuíamos a acabar con la bestia nazi, los aliados nos ayudarían a erradicar el régimen franquista de España y resurgiría la República. Así que nos esforzábamos por quedar bien corriendo riesgos innecesarios.

Lo de Franco y el compañero que conducía nuestro tanque... Manolo Ramírez, que había sido banderillero y, ocasionalmente, matón de sala de baile. Durante la guerra se batió el cobre en la Universitaria y combatió en la batalla de Guadalajara, la única victoria de la República.

Manolo era de esas personas que actúan como un talismán en situaciones límite. Se decía que las balas no podían tocarle. Hacía un derroche de valor extremo, como si la muerte no fuera con él. Daba igual: Manolo nos inspiraba. Ningún oficial podía hacerle sombra. Además, en Semana Santa cantaba saetas como Dios.

Tras tres días de combates en las calles los boches se rindieron. Los festejos comenzaron de inmediato. Nos traían botellas de vino, champagne, toda clase de viandas. Las mujeres nos besaban y nos llenaban de flores.

Y entonces te vi entre toda esa gente. Te vi desde el tanque, le grité a Manolo para que aminorara y corrí hacia ti como hipnotizado. Tú llevabas una falda roja y camisa blanca. Mi uniforme estaba impecable. Nos regalamos un abrazo de años y fuimos engullidos por la marea de la Concorde, que nos arrastró bailando Campos Elíseos arriba. Sonaba música de Glenn Miller y de Charles Trenet. Todo el mundo deliraba. Hasta el Arco de Triunfo nuestras bocas estuvieron sólidamente fundidas.

En Kléber nos refugiamos en un portal y subimos las escaleras. Las puertas de todos los apartamentos estaban abiertas de par en par. Desde el cuarto piso nos hicieron señas: “pasad, quedaos en casa. ¡Nosotros no hacemos preguntas...!” nos dijo un matrimonio de avanzada edad que nos besó, nos abrazó y nos condujo directamente a su dormitorio.

—¡Es vuestro!

Hicimos el amor durante toda la noche y el día siguiente, como solían hacer la Reina Ginebra y Sir Lancelot, malgré le Roi... El perfume de las viñas de París, la música y los gritos de la calle entraban por las ventanas. Cuando por fin nos dimos un respiro, te pregunté tu nombre pero tú te levantaste de un salto y, en una demostración de poderío físico, te pusiste a hacer el pino puente. ¡Después de semejante campaña nocturna...! Nos reímos hasta decir basta. Me olvidé del Ebro, de Brunete, del paso de los Pirineos. Curaste mi alma. Mi cuerpo ya no tenía heridas.

Me olvidé de ellas para siempre.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Madrid

Me dices que solo bebes Fernet. Nos van echando de todos los sitios. Anda que encontrar un lugar abierto y que sirvan Fernet en pleno Madrid. ¿Por qué no pedir mate cocido ya que estamos?

Presenciamos un duelo de cubanos bailando como posesos en La Fontana de Oro. Momento mágico. Salimos junto al negrón que venció y nos dice que aquí tenemos un amigo para siempre. Es imposible que un blanco pueda igualar lo que vimos, ni en broma.

Hay cosas que solo se viven de noche. Como la madrugada en Siwa en que toqué y canté para ti.

La noche es apacible e invita a las confidencias. Esta ciudad de aluvión, tan mía.

Recorremos las calles de Madrid y pienso en los jóvenes que dieron su vida por la República. Desfilaban por la Gran Vía camino del frente. Muchos quedaron para siempre allí.

Argüelles era frontera. Se combatía en la Ciudad Universitaria, en la Casa de Campo, en el Puente de los Franceses...

Caían las bombas en la Puerta del Sol o en el entonces flamante edificio de Telefónica.

Madrid tiene una forma de festejar la vida que solo puede darse en quien ha contemplado la muerte cara a cara. Muchas veces. Quien no conozca las noches de Madrid se pierde algo único, irrepetible.

Regresamos a casa después de conversar toda la noche, tu mano en la mía. 

Sí, así es. Sobrevivimos al amor.

Como a otras cosas.

martes, 1 de septiembre de 2020

Más Allá

Uno de los trabajos más absurdos que he tenido -en el Pleistoceno, cuando tenía 24 años- fue el de redactor en la revista Más Allá. No recuerdo cómo conseguí el puesto, porque en esa época yo tocaba todas las noches en el Maravillas y el último pase era a las 5:00 de la madrugada. Así que iba a trabajar pasado de alcohol, mujeres y música.

A nadie parecía importarle en la redacción, porque la gente estaba del tomate. Yo me limitaba a hacer lo que hacía en el Maravillas y lo que he hecho siempre: perseguir a cualquier bípedo implume con faldas. Menos mal que nunca he tenido que trabajar en Edimburgo. Nunca me documentaba para escribir mis artículos, pero estaban cargados de fuerza sexual y ganas de beberme la vida hasta la última gota. Los lectores lo agradecen. Las lectoras. No existen los lectores. Ahí no hay dudas con la X o la e. Los tíos no leen. Además... ¿cuál es la "verdad" en temas parapsicológicos? A quién coño le importa la verdad. El caso es que la revista vendía más de 100.000 ejemplares y alguien se estaba forrando.

El 99 por ciento de los pavos y pavas que venían a vender "historias extraordinarias" sobre marcianos, cuerpos que se teletransportan al planeta HUMO, estados de conciencia previos a la existencia y terapias ridículas (en nuestra redacción se fraguó el primer SEMINARIO INTERNACIONAL DE RISOTERAPIA) eran ARGENTINOS. No uruguayos, chilenos, peruanos o venezolanos. Argentos.

Como soy bilingüe, me usaban de "intérprete" para recibirlos.

Había una tía cuyo nombre he borrado que tenía una tanga para no envejecer nunca y que consistía en mirarte al espejo durante 3 horas al día y decirte "cosas hermosas, amarte hasta la eternidad, acariciar tu sho más íntimo". Me invitó a salir una noche porque yo era el Golden Boy de la redacción. Me dijo un montón de cosas bonitas pero no funcionó. Llevaba 72 kilos de maquillaje encima.
Fue una época divertida. Mi jefe directo era otro argentino. Luis M. Tendría unos 20 años más que yo, pero le gustaba como escribía, así que me medio adoptó. Me contó que llevaba más de 15 años ahorrando y gastando lo mínimo del mínimo para hacer realidad su sueño: terminar sus días escribiendo en Bariloche.

Luis ahorró y ahorró y cuando juntó un capitalito emigró al país de las pampas. Comía en los peores restaurantes. Nunca salía por las noches. Solo trabajaba para lograr su objetivo. Nada de mujeres. Cero vicios. Llegó a Buenos Aires exactamente en septiembre de 2000, meses antes del corralito.

El País le hizo una entrevista cuya cabecera decía textualmente (no me lo estoy inventando) "Este país tiene el mayor número de hijos de puta por metro cuadrado". Perdió hasta el último céntimo.
En cualquier caso, en la redacción yo solía atender el teléfono diciendo "Más Allá, dígame..." Momentos impagables.

domingo, 30 de agosto de 2020

Estamos condenados al azar

Boris Vian fue, sigue siendo, un importante referente de la cultura europea contemporánea. La lista de obras y de géneros que exploró siempre con una mirada insolente y genial es virtualmente infinita.
Canciones, novelas, obras de teatro, jazz, crítica musical. Por si fuera poco, le dio tiempo a tocar la trompeta y a estudiar ingeniería.

Murió súbitamente a los 39 años. En un cine de los Campos Elíseos mientras asistía al preestreno de la adaptación al cine de una de sus novelas negras (escritas con seudónimo, porque al modo de Pessoa también creó heterónimos). Ebrio de talento y gallardía. 

La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad del tiempo. La espuma de los días. Esta espuma de los días que nos acecha, que nos quiere llevar mar adentro.

domingo, 23 de agosto de 2020

Sombras

Las privaciones voluntarias: he ahí el marco de la puerta, el umbral del sueño. Odiseo junto al espectro de Aquiles como si fuese el mar en otoño.

El cuerpo privado de lastre penetrando un mundo sutil para el cual no ha sido concebido. Un mundo de sombras.

En el placer del sueño hablamos con los muertos. El prisionero liberado.

jueves, 20 de agosto de 2020

Instrucciones de uso para la vida

Lo que nos mata, lo que nos hiela definitivamente el corazón, no es lo que no sabemos, sino aquellas "verdades como puños" que estábamos convencidos que eran de una determinada manera y resulta que no son así, sino todo lo contrario.

Por ejemplo... nadie conoce a nadie hasta que te toca repartir una herencia. Ni nadie conoce el valor de la amistad, de la hermandad o de cualquier clase de relación hasta que hay tormenta fuerza 10 en medio del océano. Es ahí cuando se ve de qué pasta está hecho uno y con quién se cuenta y hasta dónde.

Es que mi amigo se piró ("huyó" para los latinoamericanos) cuando me asaltaron 5 bestias pardas por causa de "miedo insuperable" (figura que existe en psicología forense). Pues que le den por culo a tu "amigo". Cobarde hijodeunagranputa.

Agítese bien y aplíquese tres veces al día. Mediante ENEMA GIGANTE hasta que se aclaren LAS IDEAS.

Gran Gurú Martín. Son 4,99 euros blue (sin recibo ni hostias).

miércoles, 19 de agosto de 2020

El niño que fuimos

La mayor parte del tiempo realizamos labores mecánicas, propias de un autómata. Porque eso es hacerse adulto, que las cosas no te hieran, que la vida no te toque. Unos lo logran. Otros se quiebran antes de tiempo.

Hoy vi imágenes de un pibe que paseaba por las calles de Kuala Lumpur de la mano de su padre. No tendría mucho más de 9 o 10 años. De repente, el chico se suelta de la mano porque ve a un niño más pequeño pidiendo limosna con su madre, sentados ambos en el suelo. Son seres invisibles.
El chiquito está descalzo, con la mirada ida. No conoce otra cosa. El niño mayor se quita los zapatos y los calcetines y se los pone al más pequeño. No piensa en lo que hace, no teoriza, no da lecciones morales ni echa la bronca a nadie. Se limita a sostener el equilibrio del mundo.

La capacidad de conmoverse ante las desgracias o las debilidades de los demás es una de las cualidades propias de la edad de la inocencia.

La distancia entre el niño que fuimos, el que da el cariño porque sí, y esto que somos, con nuestras cicatrices, nuestro temor al dolor y nuestro egoísmo ilimitado, determina si aún estamos vivos o somos muertos que continúan pagando facturas mientras haya dinero en la cuenta.

Escuela

Yo amaba mi colegio. La Escuela Número 4 "Coronel Mayor Ignacio Álvarez Thomas", situada en las calles Nueva York y Terrada de la ciudad de Buenos Aires.

Tengo los mejores recuerdos de mi escuela. Los compañeros, los maestros, el lugar. Tanto es así que en un viaje muy loco en 2009 lo primero que hice al llegar a Buenos Aires fue ir a visitar mi colegio con mi hermano Raúl.

Para nuestra sorpresa nos dejaron entrar y hablé con la directora. Fuimos recorriendo las aulas. Acá aprendí a leer con la maestra Antonia. Ahí la señorita Blanca me habló de los números y sus propiedades milagrosas. Subiendo las escaleras el profesor Caggiano me hizo leer "Encuentro nocturno" de Ray Bradbury en voz alta y desde entonces es mi cuento favorito del loco.

En ese rincón del patio salté a cabecear una pelota y choqué frontolateralmente como diría una compañía de seguros con Marcelo Giménez. Me abrí la ceja y salió un montón de sangre. Me llevo la mano al arco superciliar derecho. Hoy. Sí. Todavía el hueso está deformado por el golpe. El médico que me atendió me dijo "tranquilo, pibe. A las mujeres les gustan más los hombres con heridas de guerra". ¡Pero fue GOL! Y a Marcelo Giménez no lo podía ni ver. Así que valió la pena.

Las maestras -mucho más jóvenes que nosotros que andaríamos en los 44- nos llevaron de tour por el colegio. ¡¡San Martín está igual!! les decía y se mataban de risa.

Una se me quedó mirando... "¡Ay, vos vivís en España... cómo me gustaría ir...!" Raúl y yo nos miramos. Rajemos, te está tirando onda. Rajemos mientras podamos, hermanito.

El último profesor que me había dado clase, Di Giovambatistta -un fascista importante, representante de los profesores que entraron a partir del golpe- se había jubilado hacía dos años. No quedaba nadie que hubiera conocido.

Andrés Motta, que a mi mamá le recordaba a Lawrence Harvey, tampoco estaba.

El director -muy estricto pero con gran corazón-, el Profesor Héctor Sacco, también había fallecido. Un personaje de mi novela se llama Sacco de apellido. Es un personaje ganador. Porque recuerdo el afecto con que me saludó cuando supo que nos íbamos del país. "Te va a ir bien, vas a ver..." me dijo el viejo profesor y saltándose todas las normas del protocolo educativo me dio un abrazo del siete.

Quedaba una foto mía portando la bandera en 1977. Sí. En mi infancia fui un chico muy serio y aplicado, luego los músicos, las malas compañías, el tango... También quedaba el recuerdo de mi abuelo que me llevó al viaje de egresados a Mar del Plata.

Esa mañana la niebla del río no dejaba ver a un palmo de distancia. Nos despertamos a las seis y cuarto. La abuela nos preparó tostadas con manteca y miel. Porque sabía que me gustaban a morir. No he vuelto a comerlas porque me pongo a llorar.

Tomamos el 110 por Nazca hacia Villa Pueyrredón. Iba más entusiasmado que yo porque el nieto había terminado el colegio y se iba de viaje de fin de curso. Me habló de su infancia. De un portaminas de plata que le había regalado su padre. Se quedó un rato en silencio mirando por la ventanilla. Buenos Aires amanecía.

Llegamos y aquello era un griterío de pibes y padres. Estaba la señorita Perla. Nunca entendimos por qué decidió dejar su meteórica carrera de modelo para dar clases a preadolescentes en un colegio de pibes, pero aquel día empezamos a creer en Dios.

El abuelo me dio un gran abrazo y se me quedó mirando desde el pasillo, el mismo por el que pasé corriendo y cantando tantas veces. ¡Cuidate mucho, querido! me dijo.

Por eso regresé a mi colegio. Porque a mi abuelo no volví a verlo y sé que no se fue de allí.

Me está esperando.

martes, 18 de agosto de 2020

Una nube llamada Creta


Cayetana

El asuntillo Cayetana-Casado de ayer me reafirma en mi idea de no meterme en política jamás. Luchar con los adversarios está chupado. Yo me divertiría mucho además.

El problema surge con el "fuego amigo'. Eso te puede crucificar. Una y mil veces.

Tengo que idear alguna clase de partido donde solo esté yo. Dictador absoluto. Mi primera medida será imponer el noruego como idioma nacional.

El problema es que no siempre estoy de acuerdo conmigo. Hay momentos en que no me soporto. Ser otra persona tiene que ser una experiencia fascinante.

La mañana verde

(Relato de Ray Bradbury perteneciente a Crónicas Marcianas)

Cuando el sol se puso, el hombre se acuclilló junto al sendero y preparó una cena frugal y escuchó el crepitar de las llamas mientras se llevaba la comida a la boca y masticaba con aire pensativo. Había sido un día no muy distinto de otros treinta, con muchos hoyos cuidadosamente cavados en las horas del alba, semillas echadas en los hoyos, y agua traída de los brillantes canales. Ahora, con un cansancio de hierro en el cuerpo delgado, yacía de espaldas y observaba cómo el color del cielo pasaba de una oscuridad a otra.

Se llamaba Benjamín Driscoll, tenía treinta y un años, y quería que Marte creciera verde y alto con árboles y follajes, produciendo aire, mucho aire, aire que aumentaría en cada temporada. Los árboles refrescarían las ciudades abrasadas por el verano, los árboles pararían los vientos del invierno. Un árbol podía hacer muchas cosas: dar color, dar sombra, fruta o convertirse en paraíso para los niños; un universo aéreo de escalas y columpios, una arquitectura de alimento y de placer, eso era un árbol. Pero los árboles, ante todo, destilaban un aire helado para los pulmones y un gentil susurro para los oídos, cuando uno está acostado de noche en lechos de nieve y el sonido invita dulcemente a dormir.

Benjamín Driscoll escuchaba cómo la tierra oscura se recogía en sí misma, en espera del sol y las lluvias que aún no habían llegado. Acercaba la oreja al suelo y escuchaba a lo lejos las pisadas de los años e imaginaba los verdes brotes de las semillas sembradas ese día; los brotes buscaban apoyo en el cielo, y echaban rama tras rama hasta que Marte era un bosque vespertino, un huerto brillante.

En las primeras horas de la mañana, cuando el pálido sol se elevase débilmente entre las apretadas colinas, Benjamín Driscoll se levantaría y acabaría en unos pocos minutos con un desayuno ahumado, aplastaría las cenizas de la hoguera y empezaría a trabajar con los sacos a la espalda, probando, cavando, sembrando semillas y bulbos, apisonando levemente la tierra, regando, siguiendo adelante, silbando, mirando el cielo claro cada vez más brillante a medida que pasaba la mañana.

-Necesitas aire -le dijo al fuego nocturno.

El fuego era un rubicundo y vivaz compañero que respondía con un chasquido, y en la noche helada dormía allí cerca, entornando los ojos, sonrosados, soñolientos y tibios.

-Todos necesitamos aire. Hay aire enrarecido aquí en Marte. Se cansa uno tan pronto… Es como vivir en la cima de los Andes. Uno aspira y no consigue nada. No satisface.

Se palpó la caja del tórax. En treinta días, cómo había crecido. Para que entrara más aire había que desarrollar los pulmones o plantar más árboles.

-Para eso estoy aquí -se dijo. El fuego le respondió con un chasquido-. En las escuelas nos contaban la historia de Juanito Semillasdemanzana, que anduvo por Estados Unidos plantando semillas de manzanos. Bueno, pues yo hago más. Yo planto robles, olmos, arces y toda clase de árboles; álamos, cedros y castaños. No pienso sólo en alimentar el estómago con fruta, fabrico aire para los pulmones. Cuando estos árboles crezcan algunos de estos años, ¡cuánto oxígeno darán!

Recordó su llegada a Marte. Como otros mil paseó los ojos por la apacible mañana y se dijo:

-¿Qué haré yo en este mundo? ¿Habrá trabajo para mí?

Luego se había desmayado.

Volvió en sí, tosiendo. Alguien le apretaba contra la nariz un frasco de amoníaco.

-Se sentirá bien en seguida -dijo el médico.

-¿Qué me ha pasado?

-El aire enrarecido. Algunos no pueden adaptarse. Me parece que tendrá que volver a la Tierra.

-¡No!

Se sentó y casi inmediatamente se le oscurecieron los ojos y Marte giró dos veces debajo de él. Respiró con fuerza y obligó a los pulmones a que bebieran en el profundo vacío.

-Ya me estoy acostumbrando. ¡Tengo que quedarme!

Lo dejaron allí, acostado, boqueando horriblemente, como un pez. «Aire, aire, aire -pensaba-. Me mandan de vuelta a causa del aire.» Y volvió la cabeza hacia los campos y colinas marcianos, y cuando se le aclararon los ojos vio en seguida que no había árboles, ningún árbol, ni cerca ni lejos. Era una tierra desnuda, negra, desolada, sin ni siquiera hierbas. Aire, pensó, mientras una sustancia enrarecida le silbaba en la nariz. Aire, aire. Y en la cima de las colinas, en la sombra de las laderas y aun a orillas de los arroyos, ni un árbol, ni una solitaria brizna de hierba. ¡Por supuesto! Sintió que la respuesta no le venía del cerebro, sino de los pulmones y la garganta. Y el pensamiento fue como una repentina ráfaga de oxígeno puro, y lo puso de pie. Hierba y árboles. Se miró las manos, el dorso, las palmas. Sembraría hierba y árboles. Ésa sería su tarea, luchar contra la cosa que le impedía quedarse en Marte. Libraría una privada guerra hortícola contra Marte. Ahí estaba el viejo suelo, y las plantas que habían crecido en él eran tan antiguas que al fin habían desaparecido. Pero ¿y si trajera nuevas especies? Árboles terrestres, grandes mimosas, sauces llorones, magnolias, majestuosos eucaliptos. ¿Qué ocurriría entonces? Quién sabe qué riqueza mineral no ocultaba el suelo, y que no asomaba a la superficie porque los helechos, las flores, los arbustos y los árboles viejos habían muerto de cansancio.

-¡Permítanme levantarme! -gritó-. ¡Quiero ver al coordinador!

Habló con el coordinador de cosas que crecían y eran verdes, toda una mañana. Pasarían meses, o años, antes de que se organizasen las plantaciones. Hasta ahora, los alimentos se traían congelados desde la Tierra, en carámbanos volantes, y unos pocos jardines públicos verdeaban en instalaciones hidropónicas.

-Entretanto, ésta será su tarea -dijo el coordinador-. Le entregaremos todas nuestras semillas; no son muchas. No sobra espacio en los cohetes por ahora. Además, estas primeras ciudades son colectividades mineras, y me temo que sus plantaciones no contarán con muchas simpatías.

-¿Pero me dejarán trabajar?

Lo dejaron. En una simple motocicleta, con la caja llena de semillas y retoños, llegó a este valle solitario, y echó pie a tierra.

Eso había ocurrido hacía treinta días, y nunca había mirado atrás. Mirar atrás hubiera sido descorazonarse para siempre. El tiempo era excesivamente seco, parecía poco probable que las semillas hubiesen germinado. Quizá toda su campaña, esas cuatro semanas en que había cavado encorvado sobre la tierra, estaba perdida. Clavaba los ojos adelante, avanzando poco a poco por el inmenso valle soleado, alejándose de la primera ciudad, aguardando la llegada de las lluvias.

Mientras se cubría los hombros con la manta, vio que las nubes se acumulaban sobre las montañas secas. Todo en Marte era tan imprevisible como el curso del tiempo. Sintió alrededor las calcinadas colinas, que la escarcha de la noche iban empapando, y pensó en la tierra del valle, negra como la tinta, tan negra y lustrosa que parecía arrastrarse y vivir en el hueco de la mano, una tierra fecunda en donde podrían brotar unas habas de larguísimos tallos, de donde caerían quizás unos gigantes de voz enorme, dándose unos golpes que le sacudirían los huesos.

El fuego tembló sobre las cenizas soñolientas. El distante rodar de un carro estremeció el aire tranquilo. Un trueno. Y en seguida un olor a agua.

«Esta noche -pensó. Y extendió la mano para sentir la lluvia-. Esta noche.»

Lo despertó un golpe muy leve en la frente.

El agua le corrió por la nariz hasta los labios. Una gota le cayó en un ojo, nublándolo. Otra le estalló en la barbilla.

La lluvia.

Fresca, dulce y tranquila, caía desde lo alto del cielo como un elíxir mágico que sabía a encantamientos, estrellas y aire, arrastraba un polvo de especias, y se le movía en la lengua como raro jerez liviano.

Se incorporó. Dejó caer la manta y la camisa azul. La lluvia arreciaba en gotas más sólidas. Un animal invisible danzó sobre el fuego y lo pisoteó hasta convertirlo en un humo airado. Caía la lluvia. La gran tapa negra del cielo se dividió en seis trozos de azul pulverizado, como un agrietado y maravilloso esmalte, y se precipitó a tierra. Diez mil millones de diamantes titubearon un momento y la descarga eléctrica se adelantó a fotografiarlos. Luego oscuridad y agua.

Calado hasta los huesos, Benjamín Driscoll se reía y se reía mientras el agua le golpeaba los párpados. Aplaudió, y se incorporó, y dio una vuelta por el pequeño campamento, y era la una de la mañana.

Llovió sin cesar durante dos horas. Luego aparecieron las estrellas, recién lavadas y más brillantes que nunca.

El señor Benjamín Driscoll sacó una muda de ropa de una bolsa de celofán, se cambió, y se durmió con una sonrisa en los labios.

El sol asomó lentamente entre las colinas. Se extendió pacíficamente sobre la tierra y despertó al señor Driscoll.

No se levantó en seguida. Había esperado ese momento durante todo un interminable y caluroso mes de trabajo, y ahora al fin se incorporó y miró hacia atrás.

Era una mañana verde.

Los árboles se erguían contra el cielo, uno tras otro, hasta el horizonte. No un árbol, ni dos, ni una docena, sino todos los que había plantado en semillas y retoños. Y no árboles pequeños, no, ni brotes tiernos, sino árboles grandes, enormes y altos como diez hombres, verdes y verdes, vigorosos y redondos y macizos, árboles de resplandecientes hojas metálicas, árboles susurrantes, árboles alineados sobre las colinas, limoneros, tilos, pinos, mimosas, robles, olmos, álamos, cerezos, arces, fresnos, manzanos, naranjos, eucaliptos, estimulados por la lluvia tumultuosa, alimentados por el suelo mágico y extraño, árboles que ante sus propios ojos echaban nuevas ramas, nuevos brotes.

-¡Imposible! -exclamó el señor Driscoll.

Pero el valle y la mañana eran verdes.

¿Y el aire?

De todas partes, como una corriente móvil, como un río de las montañas, llegaba el aire nuevo, el oxígeno que brotaba de los árboles verdes. Se podía ver brillando en las alturas, en oleadas de cristal. El oxígeno, fresco, puro y verde, el oxígeno frío que transformaba el valle en un delta frondoso. Un instante después las puertas de las casas se abrirían de par en par y la gente se precipitaría en el milagro nuevo del oxígeno, aspirándolo en bocanadas, con mejillas rojas, narices frías, pulmones revividos, corazones agitados, y cuerpos rendidos animados ahora en pasos de baile.

Benjamín Driscoll aspiró profundamente una bocanada de aire verde y húmedo, y se desmayó.

Antes de que despertara de nuevo, otros cinco mil árboles habían subido hacia el sol amarillo.

lunes, 17 de agosto de 2020

San Martín

Hoy es el día de San Yo. El Libertador. Mi país natal es un país realmente curioso. Ama a San Martín, lo venera. No es para menos. El correntino -Buenos Aires tiene problemas... CORRIENTES LA VA A AYUDAR!!!- se dejó la piel por la Argentina.

Luchó como un león, hizo cosas propias de Alejandro Magno o Aníbal: cruzó los Andes con 4.000 valientes y liberó Chile y, no contento con eso, embarcó hacia Lima (incluso en avión es todo un viaje) y liberó Perú.

Y la Argentina, que lo sigue venerando con fervor, en premio le clavó una estaca en el corazón y lo sacó cagando del territorio nacional al que nunca pudo volver.

Murió exiliado en una pequeña localidad francesa del Canal de la Mancha.

Es un héroe nacional. Tiene hasta himno personal y todo. Rosas, otro que debió exiliarse y murió lejos de la patria, intentó que regresara, pero no cuajó.

Morir lejos de casa, de los tuyos, de los que hablan, piensan y sienten como vos. ¿Hay dolor más grande?

La patria es el lenguaje. Una sola palabra tuya. Vos en lugar de tú. Vos, no toi, du o you.

Te cambio una estrofa de mi himno por mil paseos por Buenos Aires y un vino de Mendoza.

Volveremos a desenvainar, a calar la bayoneta, al campo de batalla! Volveremos a cruzar los Andes. Todavía queda tiempo. Todavía se puede ser feliz.

Un país Saturno. Devora a sus mejores hijos. Después les rinde homenaje y los pone en una estampilla. Después, qué importa el después.

Toda mi vida es el ayer. ¡A por ellos! (no nos engañemos: San Martín hablaba como yo, mezcla de gaita y argento. Un argeñol de pura cepa. Al ataque mis granaderos...!!!!!!).

sábado, 15 de agosto de 2020

Regresar a casa

Ítaca, por Konstantino Kavafis

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguardar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

viernes, 14 de agosto de 2020

Ítaca

En su célebre poema "Ítaca", el poeta griego Kavafis canta la fascinación y la importancia suprema del viaje. El viaje como meta en sí. Al arribar a las costas de Ítaca, el viejo Odiseo, tras veinte años de aventuras y penurias sin cuento -bien es cierto que en compañía de Calíope y sus ninfas no lo pasó tan pero tan mal..., pero no nos desviemos de la recta moral que ahora no estoy en modo cantor de tangos- encuentra que su isla es pobre, desértica, casi estéril. Pero sin ella no se habría puesto en marcha, no habría soportado la pérdida de su barco y la muerte de sus compañeros de lucha.

Ítaca no es Ítaca. Es el viaje a Ítaca para decir que al final de nuestras vidas hemos hecho algo más que consumir oxígeno.

¿Y la idea de Dios? ¿Acaso la idea de Dios no impulsa a ángeles como el Padre Vicente Ferrer o la Madre Teresa de Calcuta? Solo dos almas luminosas en dos cuerpos frágiles como un segundo cambian el destino de miles y miles de miserables. ¿Qué vientos impulsan sus cóncavas naves?

Entonces la idea de Dios, del Supremo Bien, sería Ítaca. La llama que enciende los corazones, lo que nos eleva por encima de nuestra pura condición animal. Al malo solo el cariño lo vuelve puro y sincero, que decía Violeta.

Si no se cree en Dios habrá que inventarlo como San Manuel Bueno Mártir. Dios es Ítaca. Es el final de nuestro viaje.

jueves, 13 de agosto de 2020

José María Otero

Hoy es el cumpleaños de José María Otero, un gran amigo y una gran persona. Periodista de raza, escritor, bailarín fino y elegante. Gran conversador. De la gente que uno no se cansa de escuchar y de leer.

No me duelen prendas en decir que es de las mejores personas que he conocido en el mundo del tango. Por muchos cuerpos de ventaja. Generoso, brillante, educado... José María parece sacado de un libro de caballeros andantes. Todo en él es luz y desfazer entuertos.

Afirmo que José María Otero es memoria viva de lo mejor que ha dado nuestro país. Si el tango fue grande algún día, si reinó en los corazones del pueblo, fue gracias a personas con ese talante, con esa forma de estar en el mundo. La luz engendra más luz.

José María es fervor de Buenos Aires.

Un tipo realmente macanudo! Un abrazo enorme y los mejores deseos para vos, queridísimo. Muchas felicidades.

En su magnífico blog, Tangos al bardo, encontraréis verdaderos tesoros sobre la estética, la historia y la esencia del tango. Contado todo desde el punto de vista de un protagonista más, alguien que vivió y respiró los años de oro de la música más internacional que ha dado la Reina del Plata. Tango y celebración de la vida en primera persona.

http://tangosalbardo.blogspot.com/

miércoles, 12 de agosto de 2020

El maquinista de la General

Esto no es una película, sino Arte Mayor. Aquí va en una versión coloreada. El maquinista de la General, Buster Keaton en su mejor momento. Para ver muchas veces!

Pulsa en el link que aparece a continuación >>>

Cenizos

El presidente Kennedy -una amiga de mis padres lo conoció en persona encabezando una delegación de estudiantes argentinos brillantes y contaba que en las distancias cortas era como estar cerca de Paul Newman- dijo "deja de pensar en lo que tu país puede hacer por ti y ponte a pensar en lo que puedes hacer por él".

CENIZOS de mi corazón, antiespañoles en realidad porque ser CENIZO va en contra del SER ESPAÑOL, dejad de tocar los cojones y aceptar las reglas del juego. Ahora le toca gobernar a esta gente, ya os tocó a vosotros y es posible que os vuelva a tocar (cuando tengáis alguna clase de líder).

No estoy ni con unos ni con otros. Estoy CON ESPAÑA.

Cenizos, fachas todos, leed ALGO. España en 2019 figuraba en el puesto número 13 por PIB de los países del mundo. Datos del Banco Mundial. Eso es mérito de todos los españoles. DE TODOS. Rojos, azules y mediopensionistas.

Cenizos de mi vida y de mi CORAZÓN, desde 1982 España ha sido gobernada por socialistas en: 14 años de González, 7 de Zapatero y 2 de Sánchez = 23 años.

Los amigos del PP han gobernado 8 de Aznar y 6 de "no sé no contesto". Total = 14 años.

Y somos el país número 13, después de 23 años de "peligrosos socialistas".

Dejad de tocar las narices y a currar para levantar España.

martes, 11 de agosto de 2020

Crimen y castigo

En la investigación realizada para la novela que estoy finalizando de escribir -yo no soy como los políticos españoles, no sé lo que son las vacaciones- me he encontrado con documentos y personajes que son difíciles o imposibles de inventar. Uno de ellos sin duda es Albert Londres.

Se trata de un pionero del periodismo de investigación, arriesgado y valiente hasta decir basta, casi suicida.

De hecho, desapareció misteriosamente en un barco procedente de Shangai en pleno Océano Índico. Londres había estado investigando las redes de tráfico de opio desde China a Europa y su relación con las redes de trata de blancas. Lo que venía a contar de sus averiguaciones en Shangai dudo que fuera del agrado de las mafias chinas.

Eso ocurrió en 1932 pero antes, desde mediados de los años 20, se infiltró en la Milieu, la segunda red de trata de blancas en Buenos Aires después de la Migdal.

Según Londres, Buenos Aires del primer tercio del siglo XX estaba entre las primeras cuatro ciudades del comercio de personas. Las otras tres eran precisamente Shangai, Barcelona y Hamburgo.

Albert Londres publicó en 1927 "Le Chemin de Buenos Aires (La traite de blanches)". En dicho libro se narran diálogos con cafiscios (proxenetas) franceses que "cazan" víctimas en Francia para traerlas más o menos engañadas -la mayor parte de ellas accede por hambre- a Buenos Aires a ejercer la prostitución.

Es la Madame Ivonne del tango. Buenos Aires era el centro neurálgico y desde ahí se distribuían las mujeres -que adquirían una deuda imposible de saldar- por el resto del territorio nacional. Montevideo y Río de Janeiro. La Patagonia era la última parada, el descenso de aquellas mujeres que iban cumpliendo años y nadie quería.

Estaban TODOS METIDOS EN EL NEGOCIO. Políticos, jueces, policías. Apaches, marselleses, napolitanos, calabreses, la Migdal, la Milieu... las dimensiones del sufrimiento humano que causaron estas redes son monstruosas.

Se supone que a partir de 1930 estas redes fueron desmontadas. Claro que sí. Cuenta con ello. Ahí comienza mi novela.

Confieso que ciertas noches revisando documentos alucino con la clase de gente que estuvo metida en estas cosas. Niñas entre 13 y 16 años que viajaba en JAULAS por mar, que tuvieron unas vidas infernales. Cabarets para niños bien -con tango, naturalmente- y piringundines para los emigrantes solos, con tango también.

Es más. Hubo "Orquestas de señoritas" en las que todas las integrantes eran parte de la red y no sabían ni cómo agarrar el arco del violín. Hacían como que tocaban y aquello era un escaparate para los clientes que las elegían desde el patio de butacas.

Fortunas inmensas que se hicieron de la noche a la mañana, con la inacción absoluta de las autoridades (que recibían su guita).

Empiezo a entender el componente fuertemente nazi del tango. Que se extendió a la devoción de los nazis de verdad en los 12 años de gobierno de Hitler. La historia del tango "Plegaria" (el "Tango de la muerte" antes de entrar en las cámaras de gas, es una muestra más que significativa).

Legiones de mujeres abandonadas a su suerte sin nadie que levantara un dedo por ellas. Así durante décadas. Lo mejor que podía pasarles en sus vidas era que un rufián las vendiera a otro "menos malo" o que les pegara un poco menos.

Y la sensación de que estaba metido hasta el apuntador en toda esa trama infinita de dolor humano. Una suerte de crimen original. Sin castigo.

Las fortunas que se fraguaron al calor de esa barbarie fueron tan brutales que permitieron comprar la mejor protección política y judicial.

Sensación de estar hablando en tiempo presente. ¿República?

lunes, 10 de agosto de 2020

Bárbara Mödinger




Bárbara Mödinger es una pintora y docente chilena que fue alumna mía en los tiempos de Artenet, uno de los programas de cooperación que monté con la AECID y empresas privadas en la primera década de este siglo. Nos conocimos en el Centro Cultural de España de Santiago de Chile, un magnífico edificio situado junto al río Mapocho.
Me gusta mucho su obra. Fina, delicada, con una sensibilidad exquisita. Y con voz propia.
Bárbara ha hecho exposiciones por todo el territorio chileno y en varias ciudades importantes de América Latina. En Chile ha expuesto muchas veces en la Patagonia, ese lugar mágico pleno de prodigios. Hasta Punta Arenas, en el mismísimo Estrecho de Magallanes.
En una isla solitaria hasta doler, un enorme coihue resiste los huracanados vientos de los mares del sur. Está vencido, añoso, doblado sobre sí mismo. Sus ramas casi tocan el suelo. Las nudosas raíces se retuercen en busca de oxígeno. Pero ahí sigue año tras año. Nada puede derribarlo. Nadie.
En mi continente natal todo artista es un coihue solitario contra el viento. En pie. ¡Siempre en pie!
Os invito a conocer la obra de Bárbara.
1. De la serie El otro jardín de las delicias. Pie forzado. 40x60 cm. Xilografía, acrílicos e hilos sobre papel. 2020
2. Sobre ti. 100x100 cm. Hilos, género y algodón sobre gasa quirúrgica. 2012
3. De la serie El otro jardín de las delicias. Naturaleza viva. 40x60 cms. 2018.

Para conocer más sobre la obra de Bárbara Mödinger:
www.barbaramodinger.cl
Instagram: @barbaramodinger

sábado, 8 de agosto de 2020

La gran diagonal

Bueno... encaro el sprint final de mi novela. Estoy amarrado a la silla y no pienso abandonar la casa hasta acabarla. Tengo café y mate para 100 días, así que ya puede llover. También tengo 4 paquetes de harina de maíz y miel para hacer pastelitos. Pa acompañar el mate. Para fastidiarles el día va este pequeño fragmento. ¡Arrepentíos.... el final está cerca! * Boris se acomodó en el sillón de su desvencijado cuarto de estar. Harto de ganarme al ajedrez por enésima vez. Un verdadero maestro de la defensa india de rey. Nada que hacer. Encendió su pipa y me miró fijamente. Un hombre de la vieja escuela. —¿De veras crees que Dios no interviene en la historia? —dijo exhalando una densa nube de humo que olía a mares del sur. Balkan Sobranie... —Lisboa, 1755. Un terremoto brutal. Pero eso no fue todo. Ese mismo día se produjo un tsunami y un incendio que arrasó la ciudad. Lo nunca visto. Algo similar a Sodoma y Gomorra. Durante décadas los intelectuales de la época discutieron sobre la razón última de todo aquello. Era el siglo de las luces... comenzaron a dudar de la existencia de Dios o bien pensaron qué podía haber hecho Portugal para irritarlo tanto. Los esclavos... sí. Aquel vil lupanar. >> Mucho más cerca de nuestra época. La guerra civil libanesa. Nadie pensó que aquello durara más de unas semanas. Nadie que estuviera en sus cabales. Fue la guerra interminable: aún hoy sigue viva y la guerra civil de Siria no es ajena a todo ello. Lo mismo cabe decir de la Primera Guerra Mundial. Comenzó como algo local, algo entre Serbia y el resto del Imperio Austrohúngaro. Nadie creyó ni por un momento que aquello derivaría en una catástrofe universal. Austria-Hungría parecía un imperio sólido como la roca: terminada la guerra se disolvió en cuestión de semanas. Como un terrón de azúcar en un vaso de té. ¿Por qué? ¿Qué habían hecho? >> ¿Crees acaso que la expulsión de los judíos de Tierra Santa fue fruto exclusivo de la casualidad? Episodios como Masadá y luego la diáspora... errantes para siempre. Sin destino. No. No fue casual. Dios estaba allí. El Dios inmisericorde del Antiguo Testamento. El Dios que toma venganza y es capaz de pedir a Abraham el máximo sacrificio, ¡sacrifica a tu propio hijo! Solo el Señor puede decidir cuándo ha llegado el momento del retorno a Sión, no es una cuestión humana. No debe serlo... el hombre no puede intervenir en los planes divinos —dijo con un brillo acerado en los ojos, casi diabólico.

viernes, 7 de agosto de 2020

Las palabras

El problema fundamental que supone la idiotización progresiva de la población es que sin palabras resulta imposible ver más allá.

Somos lenguaje. Es lo que hay de Dios en nosotros. Al igual que sucedería con nuestro estómago si nos viésemos obligados a ingerir alimentos podridos -como los marineros de Magallanes por ejemplo-, sin las palabras adecuadas nuestro cerebro y nuestra alma solo producen respuestas violentas, irracionales e instintivas. Siempre a la defensiva.

Alimentarnos de basura nos convierte en basura. Basura moral, basura intelectual.

No es un problema de dinero. Se puede vivir en el barrio de Salamanca y ser un imbécil de marca mayor. Cómo...? No lo sabíais?

Es un problema de dieta. Hay que eliminar de nuestra dieta diaria todas las grasas hidrogenadas. Músicas repugnantes, letras concebidas por un acéfalo, libros de autoayuda que solo ayudan al autor a llegar a fin de mes, periódicos que incitan al odio, reguetones, cumbias, series de televisión que insultan la inteligencia. Prenderle fuego a todo eso. Por higiene mental.

La televisión es un gran invento. Tengo una tele gigante en casa. Lo primero que hice al instalarla fue romper con mis alicates marca Ikea la entrada de la antena. Upsssss... se rompió. Ya no puedo ver la tele. Solo películas, documentales, conciertos.

Estamos en tiempos Fahrenheit 451. La temperatura a la que arde el papel. Hoy más que nunca la cultura, la ciencia y el pensamiento resultan imprescindibles.

Poblar los cerebros con palabras. Una sola palabra cambia el curso de una vida, salva almas. No hay esperanza lejos de las palabras.

*

Palabras                                                              para Valeria, con amor.

Una sola palabra me trajo hasta vos, te puso en mi camino de marino errante. Muchos más de cien días de otear el horizonte, buscando tierra fértil, los ojos enrojecidos, atado al palo mayor. Un débil resplandor a lo lejos, faros de infinita belleza.

Aterido de golpear las puertas del cielo.

Una bahía plena de oxígeno donde hacer aguada y anclar definitivamente todos nuestros barcos.

Mis manos te doy. Para sembrar el valle de punta a punta y dejar de respirar en los desolados pasillos de un expreso nocturno.

Una casa. La risa de los hijos. Guitarras.

Labios. El tiempo es sangre. El pulso de mi sangre.

jueves, 6 de agosto de 2020

¿El final de los políticos al uso?

Por cierto... ¿cuántos políticos envían a sus hijos a la escuela pública? ¿cuántos acuden a la sanidad pública -olvidémonos de la pandemia o de cirugías mayores? ¿cuántos se trasladan en transporte público?

¿Y si ha llegado el momento de prescindir de políticos? Solo técnicos y gente escogida uno a uno en virtud de sus méritos profesionales (méritos profesionales PROBADOS, no estilo diplomas comprados).

Puede que esta crisis sea una oportunidad de oro para empezar a limpiar el gallinero. Hay una nómina de paniaguados tan extensa que ya resulta insoportable para las propias arcas públicas.

TIENE QUE LLOVER. PERO A CÁNTAROS...!

Educar a un hijo

Escribo con las ventanas abiertas de par en par y oigo a un padre que ha ido con sus hijos pequeños a la piscina comunitaria. No los conozco, debe ser gente nueva.

El padre se pone a enseñarles a nadar y -no estoy viendo la escena así que me la imagino-, festeja cada avance de los niños.

—¡Muy bien, Andrea, muy bien! Así se hace. Ya sabéis nadar a braza... ¡vais a nadar estupendamente...!

Y los niños locos de amor festejan al padre (un pibe joven, andará en los 30-32...).

Así es como se educa a un niño. He conocido gente que usa el sistema de "el halago debilita" (lo dicen los toreros) y jode psicológicamente al niño para los restos, imposibilitando que crea en sí mismo y sus capacidades.

Definitivamente, hay gente que NO debería procrear. Sus neuras y sus enormes frustraciones deberían comérselas solitos. Son una máquina de destrucción masiva.