Un poema de Wislawa Szymborska, en homenaje a Antonio Tabucchi. El tiempo y el poso amargo de la sabiduria. Los trabajos y los días. Amores que se quedaron en el camino. Gente luminosa.
Le pregunté sobre aquellos tiempos
en que éramos tan jóvenes,
ingenuos, entusiastas, tontos, inexpertos.
Algo de eso ha quedado, excepto la juventud
-respondió.
Le pregunté si todavía sabe a ciencia cierta
lo que es bueno y lo que es malo para el hombre.
La más mortífera ilusión posible
-respondió.
Le pregunté por el futuro,
si lo sigue viendo claro.
He leído demasiados libros de historia
-respondió.
Le pregunté por la fotografía,
esa en el marco, sobre el escritorio.
Fueron, pasaron. Mi hermano, mi primo, mi cuñada,
mi esposa, mi hijita sobre las rodillas de mi esposa,
el gato en los brazos de mi hijita,
y un cerezo en flor, y sobre el cerezo
un pájaro volador no identificado
-respondió.
Le pregunté si es a veces feliz.
Trabajo
-respondió.
Le pregunté por los amigos, si todavía tiene.
Algunos de mis antiguos ayudantes,
que también tienen antiguos ayudantes,
la señora Luzmila, que gobierna mi casa,
alguien muy cercano, pero en el extranjero,
dos señoras de la biblioteca, las dos sonrientes,
el pequeño Gregorio de enfrente y Marco Aurelio
-respondió.
Le pregunté por la salud y por su estado de ánimo.
Me prohíben el café, el vodka, los cigarros,
cargar recuerdos y objetos pesados.
Tengo que fingir que no lo oigo
-respondió.
Le pregunté por el jardín y el banco en el jardín.
Cuando la noche es serena observo el cielo.
No deja de asombrarme cuántos puntos de vista hay ahí
-respondió.
viernes, 30 de marzo de 2012
jueves, 29 de marzo de 2012
martes, 27 de marzo de 2012
El retrato de Dorian Bono
Llevo toda la tarde fastidiado porque mientras trabajaba como un poseso supe que el retrato de José Bono, anterior presidente del Congreso de los Diputados, iba a costar-nos 94.000 euros, lo que me parecía una barbaridad, un escándalo y un abuso.Por suerte, acabo de saber que finalmente no serán 94.000 morlacos lo que costará retratar al egregio estadista, paladín de las virtudes castellano-manchegas -sean estas cuales fueren- sino sólo 82.600 euros del vellón.
Eso ya me parece mucho más razonable. Espero que alcance para reflejar en el lienzo su mirada en pos de no se sabe bien qué, su infinita prestancia, su saber estar en el limbo. Su ejque. Espero también que el pintor, cual moderno Velázquez de la corte de hoy en día, vea justamente recompensado tamaño empeño y pueda comprarse un pisito de alguna familia desahuciada con el importe del simpar cuadro.
Ahora sí que me puedo ir a dormir en paz esperando los más que razonables recortes de los Presupuestos del Estado. Yo les recortaba otra cosa. Sin anestesia.
Etiquetas:
Congreso de los Diputados,
José Bono,
retrato de Bono
Urdangaringitis
Dícese de una extraña y compleja dolencia que nubla el sentido y hace que el sujeto no se entere de nada.
Resulta conocido el caso del duque de Palma. Ahora es Dominique Strauss-Kahn, anterior director del FMI, quien afirma que no sabía que las voluptuosas mujeres que campaban a sus anchas en las orgías estilo Eyes Wide Shut en las que participó eran putas.
"Es la primera noticia que tengo...", afirmó un poco decepcionado Monsieur Strauss-Kahn. El bueno de Dominique suponía que dichas señoras o señoritas follaban con él porque lo encontraban absolutamente irresistible. Y, supuestamente, ese mismo cerebro es el que lo aupó a la cúspide de la administración económica del MUNDO. Hmmmm... aquí hay gato encerrado. Nunca digas nunca ni este cura no es mi padre.
-Oh... Dominique... Tu me fais du bien... Encore, Dominique, encore, ne t'arrête pas!
Una vez más, se confirma que lo que nos mata no es lo que no sabemos, sino lo que creemos que sabemos pero resulta que no es así.
A propósito, Urdangarín... qué hay en ese maletín?
Resulta conocido el caso del duque de Palma. Ahora es Dominique Strauss-Kahn, anterior director del FMI, quien afirma que no sabía que las voluptuosas mujeres que campaban a sus anchas en las orgías estilo Eyes Wide Shut en las que participó eran putas.
"Es la primera noticia que tengo...", afirmó un poco decepcionado Monsieur Strauss-Kahn. El bueno de Dominique suponía que dichas señoras o señoritas follaban con él porque lo encontraban absolutamente irresistible. Y, supuestamente, ese mismo cerebro es el que lo aupó a la cúspide de la administración económica del MUNDO. Hmmmm... aquí hay gato encerrado. Nunca digas nunca ni este cura no es mi padre.
-Oh... Dominique... Tu me fais du bien... Encore, Dominique, encore, ne t'arrête pas!
Una vez más, se confirma que lo que nos mata no es lo que no sabemos, sino lo que creemos que sabemos pero resulta que no es así.
A propósito, Urdangarín... qué hay en ese maletín?
Etiquetas:
amnesia,
Dominique Strauss-Kahn,
Eyes wide shut,
Urdangarín
domingo, 25 de marzo de 2012
sábado, 24 de marzo de 2012
El marxismo
El Papa de Roma afirma que el marxismo no sirve, que está perimido y no soluciona nada. Su mensaje está superado, comenta. Se lo dice a los parias de la tierra. Por la tarde regresará a su cómodo hotel y luego volverá a su residencia en El Vaticano. Los veranos, ya se sabe, Castelgandolfo, a la fresca. Buon viaggio di ritorno in Paradiso, Santità! I miserabili del mondo vi salutiamo!"Hasta ahora los filósofos se han limitado a interpretar diversamente el mundo; de lo que se trata, empero, es de cambiarlo", dijo el viejo Marx. No. No hay que cambiar nada. Está todo bien como está. Quince padrenuestros y doce avemarías.
El sucesor de San Pedro le dice a Espartaco en tierras de Zapata que rebelarse contra los amos naturales de la tierra es un profundo error, el peor de todos. Que es mejor ser pobre a estar muerto. Dónde va a parar...
Acuérdate de Aquiles en el Hades, que prefería ser el último esclavo vivo a ser el rey de los muertos. Verum est factum.
En realidad tiene razón: en lugar de pensar en la revolución los pobres deberían comprar paquetes de acciones, hacer OPAS de exclusión o crear Holdings con vocación multinacional, pero ¡ay! Se trata de pobres... ¿Quién les dará crédito mi Señor? Sólo saben sonreír...
Y hay que ver cómo se reproducen los pobres, como conejos. Y nada de anticoncepción, Jesús, María y José. A echar pobrecitos al mundo que hay mucha caña que cortar y mucha ropa que planchar.
El capitalismo popular, ese que hace que bancos serios y circunspectos vendan alegremente a confiados jubilados, clientes de toda la vida, participaciones PREFERENTES (para ellos) con fecha de vencimiento NUNCA, ni siquiera se ocupa de ellos. Si no tienes nada con lo que invertir resignación hijo mío, resignación. Tal vez en la otra vida.
Los mansos heredarán la tierra (la que los cubrirá, siempre que alguien se haga cargo de las tasas y el alquiler de la tumba que si no, AL FUEGO, purificación de los pecados y polvo eres y en nada te convertirás.
Los rebeldes recibirán su justo castigo e irán al Este del Edén donde vagarán a tientas por los siglos de los siglos. ¡Nunca aprenderán! Mirad dónde está Haití, primera república independiente de la América colonial. ¡Negros tenían que ser!
En cambio Puerto Rico... a esos sí que les ha ido bien. Son estado libre asociado. Son libres y están en paz con Dios. No han dejado de ser clientes. No se han ido con "Pepephone".
Amén, Herr Ratzinger. Amén.
E la nave va.
Aniversario
Los hechos en los que se inspira este relato ocurrieron hace exactamente 35 años. Juntos recorrimos las calles, las estaciones, los barrios donde aún palpita la infamia. Por mucha sangre que haya de correr, la vida vuelve. Siempre vuelve. Se lo dedico a mi hermano que está en Buenos Aires con todo el cariño del mundo.
El muerto que sueña
Ya estábamos cenando cuando llamaron a la puerta de casa. Papá nos miró extrañados. Eran más de las ocho y media y no esperábamos a nadie. Había que ver el rostro de mamá con la bandeja de postre aún entre las manos, la sonrisa temblando como la gelatina de naranja. Antes de que alcanzara a abrir la boca oímos disparos. La puerta de la calle. El pasillo. Miré a Roberto con desesperación. Siempre era él quien decidía cuando las cosas se ponían feas. Los dos sabíamos que unos segundos nos separaban de un túnel incierto peor que la espera. Me devolvió la mirada casi compasivamente, como si acertara a comprender que no había escapatoria.
Pensé: el patio, la escalera de hierro oxidado que sube al tanque de agua -ojo con el tercer escalón empezando por arriba que está medio flojo-, saltar al cuarto donde el vecino fabrica camisones de seda, perdernos en la niebla dulce del barrio, bucear en la locura histérica de Buenos Aires, los dos juntos para siempre, afeitarnos la barba y la melena, requisar el coche de algún honrado especulador inmobiliario, apretar el acelerador a fondo. Vamos por la ruta 3. Roberto sabe como salir rápido de la ciudad, será mejor que lleve el coche. Tengo que despedirme de Elena. Ahora que lo pienso... ¡A lo mejor se quedó embarazada! Su viejo era capaz de detonar personalmente una bomba de hidrógeno en Tandil con tal de que me alcanzara a mí también. Nos teníamos un odio ancestral, como si nos hubiéramos conocido en otra vida. ¿Y por qué la ruta 3? ¿Adónde íbamos a ir? ¿A Chile? ¿A la Patagonia? De pibe siempre soñaba con ir a Chile. Me gustaba el sonido de su nombre. Lo repetía despacito, una y otra vez: Chi-le. Chi-le. Estaba convencido de que era la tierra en donde se pueden tocar los sueños. Sueños largos, llenos de islas como estrellas australes. Seguro que alguien se divirtió mucho cuando trazaron el contorno definitivo de sus límites.
Bien. Supongamos que decidimos tirar hacia el sur, ¿cuánto iba a tardar la cana en localizarnos y reventarnos en el mismo coche? ¿Y si lográramos llegar a Río Gallegos qué iba a pasar? Bahía Blanca, Viedma, Trelew, Comodoro Rivadavia, Puerto Deseado, San Julián, Río Gallegos, ya me sabía el camino de memoria, como si lo hubiera recorrido un millón de veces. El viejo anduvo por ahí antes de que naciéramos nosotros. Perdidos en Santa Cruz, una provincia atrozmente grande, llena de viento y de ovejas. Pasar a la parte chilena del Estrecho no tiene ningún sentido. Los carabineros nos iban a recibir con los brazos abiertos. A lo mejor, si lográramos escondernos en algún lugar de los lagos de la cordillera... Roberto conoce bien la zona. Creo que se enganchó con una mina por primera vez acampando en el lago Futalaufquen. No estaba mal aquella piba. ¿Cómo se llamaba? Pobre... le hizo la vida imposible al loco. En realidad era bastante imbancable, aunque tenía lo suyo.
En cualquier caso o nos revienta la policía, o el hambre o el frío. ¿Y en Río Gallegos? ¿Qué tal si lográramos sobornar a algún pescador y nos lleva hasta las Malvinas, a Goose Green, a alguna playa desierta? ¿Nos iban a conceder asilo los kelpers? Anda ya... como dice el almacenero de la esquina de casa cuando se le pide fiado. Nos iban a deportar sin que se enterara nadie y de ahí vuelo sin escalas hasta la Escuela de Mecánica de la Armada.
¿Adónde carajo se puede ir? Uruguay está acá nomás, pero el ejército es tres cuartos de lo mismo. En Brasil también están los muchachos y sin guita es como entregarse mansamente al botón. Paraguay queda donde Belgrano perdió el gorro -Tacuarí, Paraguarí, Tararí-que-te-ví, el copón bendito- y están muy avanzados en materia de dictadura, creo que han logrado ocupar el primer puesto en el ranking negro, en lucha cerrada con Sudáfrica y Haití. Organizan congresos, intercambian datos parapoliciales. Así evitan inventar la rueda constantemente.
¿Bolivia...? Hace tiempo conocí a un tipo de Cochabamba. Evaristo Maipo. Durante una temporada solía venir a casa. Era amigo de un antiguo socio del viejo. Gordito, petisón. Empezaba la reunión muy bien, muy cortés, saludando en aymará. Pero en cuanto llegaban las viandas perdía los papeles. Con gran disimulo se iba comiendo todo lo que había en la mesa, sin reparar en consideraciones dietéticas. Cuando el género comenzaba a escasear se despedía presuroso: muy rico todo, delicioso, señora. Nunca se le vio traer nada, ni una mísera empanada de choclo, ni siquiera un cubanito.
Un día vino con su hermana que, a juzgar por el apetito que traía, debía haber viajado de Sucre a Buenos Aires en el Titicaca Express sin pasar por el bar. Cuando se iban, miraron a mamá y dijeron al unísono: muy rico todo, señora, nos ha gustado mucho, mucho, de verdad. Una marca de familia.
Maipo siempre le hablaba al viejo del mismo tema. Estaba obsesionado con la comercialización a gran escala de barcazas de totora. Creía que era el material definitivo. "Compadre, no sé si se da cuenta de la trascendencia del asunto. Es la única posibilidad de que Bolivia logre romper su secular aislamiento: creo que es la solución definitiva a las nefastas consecuencias de la guerra del Salitre", sentenciaba en bulímico aquelarre de facturas, masitas, fresco y batata, pan dulce, sandwiches varios, fugazzeta con fainá...
Cuando se le interrogaba sobre el propósito de tal empresa, Maipo se quedaba pensativo y miraba de soslayo, como súbitamente admirado ante interlocutor tan obtuso. Papá, que se sabía el cuento, gozaba dándole manija:
-Esta bien. Supongamos que, tras todos estos esfuerzos, logra construir una flota de barcazas de totora. ¿Y...?
Maipo se arrimaba a la mesa, medio incómodo, haciéndose fuerte en el plato que contenía las joyas de la corona, cabeceaba pesadamente y terminaba por sentenciar, cual Odiseo ansioso:
-Cuando los barcos estén listos navegarán día y noche.
-Me hago cargo -respondía mi padre-. Pero ¿para qué?, ¿acaso va a crear un nuevo transporte de línea? ¿Piensa hacer una empresa de fletes?
-No, mi amigo. Las barcas irán de vacío hasta el centro del lago. Allí están las islas donde crece la totora.
-¿...?
-Pues entonces llenamos las barcas de totora hasta los topes y nos las traemos bien cargaditas a puerto.
-¿Y para qué quiere todo eso?
-Está bien claro, compadre -respondía Maipo algo soliviantado.
-Usaremos la totora para construir más barcos, ¿para qué otra cosa sirve?
Yo era muy chico, pero el viejo solía decirme que el proyecto de Maipo no era más absurdo que la mayor parte de las empresas humanas. Nunca alcancé a comprender por qué razón se le abrían las puertas con tanta asiduidad a este visionario andino. A mamá le resultaba simpático.
¿Qué tal la selva que limita con Brasil? Creo que al golpe de estado de la semana pasada sucedió un contragolpe aún más virulento... Allí entregaron y mataron al Ché... Además está a cuatrocientos millones de kilómetros. No hay salida por ningún lado. Vivimos en el extremo final de un continente aislado, en un país demencial rodeado de milicos por todas partes. No hay más que uniformes hasta el Río Grande. Gendarmería Nacional, Carabineros, Policía Federal, Guardia Fronteriza, Secciones de Asalto Llaneras, Club de Amigos del Ku-Klux-Klan, Escuadrones de la Muerte, Bandas Paramilitares, Torturadores Asociados, Hitlerjugend Litoraleña, Policía de Aduanas, Granaderos a Caballo, Infantería de Marina, Cadetes de la Escuela de Tortura Naval, Fuerzas Nazis de Apoyo y Asistencia, Sociedad de Técnicas de Desaparición Avanzadas, de Córdoba, de la Colonia Dignidad de Chile, de Brasil. Tipos que asesinan a los pibes en Bogotá, en Río de Janeiro, en Sao Paulo. Por cuestiones de estética municipal. Qué valientes... querría verlos yo ante un ejército regular. Seguro que se iban a recontracagar.
Y aun en el caso de que lográramos zafar, ¿qué iba a pasar con el resto de la familia? Pueden llevarse a papá o quizá los secuestran a todos. Mi hermano menor sólo tiene doce años, pero ¿cómo calcular la reacción de estos tipos? Por el ruido que están haciendo serán como veinte. Veinte gorilas armados hasta los dientes. Si después de todo lograban sobrevivir no les quedaría otro camino que salir del país. Puedo verlos en Ezeiza, nerviosos, sin dormir, papá preparado para coimear a quien haga falta. Seguro que el pequeño creerá que se trata de algo transitorio, unos meses, quizá un año. Mejor así.
No dejo de preguntarme qué será de mamá tan lejos de nuestro patio... Que yo sepa, nunca salió de la ciudad. Algunas excursiones al mar y breves viajes por la pampa. Eso es todo. Es una experta en Buenos Aires y para ella, más allá de la costanera y las dársenas sólo hay niebla y el azul de los mapas. Papá se adaptará mejor al cambio, sin duda. Es una máquina de fabricar proyectos y desde joven aprendió que la única forma de no caerse de una bicicleta implica no dejar de pedalear ni por un momento. Ya lo imagino, levantándose todos los días a las 6:15, haciendo sus veinte minutos de ejercicio, ducha fría, rito oriental frente al espejo, desayuno y salir a guerrear, y así todos los días de todos los meses. Apasionadamente marcial, hablará con los responsables de esto y aquello, creará treinta empresas diferentes, venderá artículos de prensa firmados con doce seudónimos distintos, pondrá en marcha proyectos de colaboración internacional, echará manos a todo el mundo y no dejará ni por un momento de ganar un buen fangote de guita, pesos, patacones, morlacos... A poco que se esfuerce apenas si tendrá tiempo de pensar en nosotros. Llegará un momento en que sus llamadas telefónicas y sus envíos postales a los países más variopintos del globo se verán beneficiados por un efecto multiplicador que desterrará para siempre los minutos libres.
Tal vez dentro de muchos años se produzca una leve distracción, fruto de una copiosa comida con un grupo de amigos cuyos rostros nunca conoceré, y bajará la guardia por un instante y recordará algún detalle de esta noche o creerá entrever lo que vino después. Entonces sentirá un vértigo exterminador en el alma.
Mamá es distinta. Puedo verla recorriendo los andenes de las estaciones de metro de ciudades anónimas. Torturada por el eco de los próceres argentinos, no alcanzará a descifrar nuevos laberintos. Dorrego, Primera Junta, Agüero, Federico Lacroze, Canning, Leandro N. Alem se apiñarán en su memoria y se cerrarán en banda. Jamás permitirán la entrada de intrusos agaiterados, y mamá nunca sabrá a ciencia cierta si se encuentra en Menéndez Pelayo, si hay que cambiar de tren en Plaza de Castilla o si Alfonso XIII es la próxima. Aun ignorando dónde está la punta de la madeja cotidiana esperará pacientemente en las antesalas del despacho del Embajador de la Nación, el Cónsul General de la República, el Agregado Militar, el Hombre Fuerte de la Cámara de Comercio Agropecuaria en el Extranjero. A todos contará su drama personal, a todos pedirá justicia, exigirá habeas corpus, incluso apelará a sus sentimientos como seres humanos, como padres de familia, como creyentes en un poder supremo y trascendental, como reos convictos y confesos que en el Día del Juicio habrán de presentarse ante Dios Todopoderoso Ajustacuentas sin más escolta que el abultado y turbio curriculum de sus pútridas conciencias.
Pero desde esta misma noche mamá sabrá perfectamente que nunca volverá a vernos. Esa es la diferencia con papá. Él cree en la existencia de una cadena causal. Considera que el trabajo bien hecho debe tener su recompensa adecuada. Estima que si cada cual cumple con su tarea correctamente, las cosas por fuerza han de salir bien. No hay sitio en su mundo para lo imponderable, para el azar mortífero, para el horror sin límites. Papá comprende que nunca hicimos nada realmente grave más allá de participar en algunas algaradas estudiantiles. Por tanto, si se tocan las teclas adecuadas, pensará seguramente, las aguas han de volver a su cauce. En cambio, mamá sabe que la infamia acecha en lo cotidiano. Es la bifurcación que pugna por salir al exterior todas las noches, entre las tres y las cuatro de la madrugada. La catástrofe que muerde los pasos de cada mortal. Los ominosos y certeros golpes: imposible calcularlos de antemano.
Sin embargo, ambos creerán engañarse fingiendo adoptar el punto de vista del otro. Con los años, papá se rebelará contra la merma de sus fuerzas, contra el orden establecido, contra el daño irreparable y universal que producen los incompetentes; a mamá le dolerán las camisas intactas, los cumpleaños mudos, el implacable imperio del amarillo sobre las fotos en blanco y negro. Nuestro hermano menor encontrará su lugar en ese arco voltaico y no cejará en su empeño de provocar y expandir la risa.
Volverán algún día a casa, cargados de vida y nuevos semblantes y, pese a todo, no dejarán de soñar nuevos viajes. "Debemos vivir con el doble de intensidad", se dirán decapitando de un solo tajo la repetida tristeza que acompaña al crepúsculo en otoño, "la parte que nos corresponde y la que ellos sueñan todas las noches. Sólo así alcanzarán a entornarse las insoportables puertas del cielo".
Por sus manos aprenderemos el trazado de calles tortuosas y el pulso de gentes extrañas, playas, mares, puertos de infinita belleza. Sena, Tajo, Arno, Támesis, Ebro, Tíber, Vístula, Danubio, Ródano, dedicarán el resto de sus vidas a coleccionar ríos y tardes alciónicas, la luz de las jornadas que preceden al invierno y los días que se alejan lentamente del solsticio.
Entonces Roberto me miró a los ojos. Ahora éramos una sola persona. No volveremos a jugar al fútbol en la Agronomía ni a sentir cómo crujen las veredas en otoño -pensamos a la vez. No alcanzaremos a saborear besos furtivos en las esquinas sin luz ni viajes infinitos en trenes de carga -sentimos al unísono. No habrá médanos vermelhos ni desayunos con pasteis de nata inagotables en Portugal -se nos hace agua la boca. También él ha comprendido: de ésta sólo saldremos si ellos sobreviven, si logramos que ellos se salven. El viento y el lento vaivén de las estaciones se encargarán del resto. Tan sólo hubiéramos demorado un minuto antes de que destrozaran la puerta verde del comedor; el tiempo justo para abrazarlos a todos.
El muerto que sueña
Ya estábamos cenando cuando llamaron a la puerta de casa. Papá nos miró extrañados. Eran más de las ocho y media y no esperábamos a nadie. Había que ver el rostro de mamá con la bandeja de postre aún entre las manos, la sonrisa temblando como la gelatina de naranja. Antes de que alcanzara a abrir la boca oímos disparos. La puerta de la calle. El pasillo. Miré a Roberto con desesperación. Siempre era él quien decidía cuando las cosas se ponían feas. Los dos sabíamos que unos segundos nos separaban de un túnel incierto peor que la espera. Me devolvió la mirada casi compasivamente, como si acertara a comprender que no había escapatoria.
Pensé: el patio, la escalera de hierro oxidado que sube al tanque de agua -ojo con el tercer escalón empezando por arriba que está medio flojo-, saltar al cuarto donde el vecino fabrica camisones de seda, perdernos en la niebla dulce del barrio, bucear en la locura histérica de Buenos Aires, los dos juntos para siempre, afeitarnos la barba y la melena, requisar el coche de algún honrado especulador inmobiliario, apretar el acelerador a fondo. Vamos por la ruta 3. Roberto sabe como salir rápido de la ciudad, será mejor que lleve el coche. Tengo que despedirme de Elena. Ahora que lo pienso... ¡A lo mejor se quedó embarazada! Su viejo era capaz de detonar personalmente una bomba de hidrógeno en Tandil con tal de que me alcanzara a mí también. Nos teníamos un odio ancestral, como si nos hubiéramos conocido en otra vida. ¿Y por qué la ruta 3? ¿Adónde íbamos a ir? ¿A Chile? ¿A la Patagonia? De pibe siempre soñaba con ir a Chile. Me gustaba el sonido de su nombre. Lo repetía despacito, una y otra vez: Chi-le. Chi-le. Estaba convencido de que era la tierra en donde se pueden tocar los sueños. Sueños largos, llenos de islas como estrellas australes. Seguro que alguien se divirtió mucho cuando trazaron el contorno definitivo de sus límites.
Bien. Supongamos que decidimos tirar hacia el sur, ¿cuánto iba a tardar la cana en localizarnos y reventarnos en el mismo coche? ¿Y si lográramos llegar a Río Gallegos qué iba a pasar? Bahía Blanca, Viedma, Trelew, Comodoro Rivadavia, Puerto Deseado, San Julián, Río Gallegos, ya me sabía el camino de memoria, como si lo hubiera recorrido un millón de veces. El viejo anduvo por ahí antes de que naciéramos nosotros. Perdidos en Santa Cruz, una provincia atrozmente grande, llena de viento y de ovejas. Pasar a la parte chilena del Estrecho no tiene ningún sentido. Los carabineros nos iban a recibir con los brazos abiertos. A lo mejor, si lográramos escondernos en algún lugar de los lagos de la cordillera... Roberto conoce bien la zona. Creo que se enganchó con una mina por primera vez acampando en el lago Futalaufquen. No estaba mal aquella piba. ¿Cómo se llamaba? Pobre... le hizo la vida imposible al loco. En realidad era bastante imbancable, aunque tenía lo suyo.
En cualquier caso o nos revienta la policía, o el hambre o el frío. ¿Y en Río Gallegos? ¿Qué tal si lográramos sobornar a algún pescador y nos lleva hasta las Malvinas, a Goose Green, a alguna playa desierta? ¿Nos iban a conceder asilo los kelpers? Anda ya... como dice el almacenero de la esquina de casa cuando se le pide fiado. Nos iban a deportar sin que se enterara nadie y de ahí vuelo sin escalas hasta la Escuela de Mecánica de la Armada.
¿Adónde carajo se puede ir? Uruguay está acá nomás, pero el ejército es tres cuartos de lo mismo. En Brasil también están los muchachos y sin guita es como entregarse mansamente al botón. Paraguay queda donde Belgrano perdió el gorro -Tacuarí, Paraguarí, Tararí-que-te-ví, el copón bendito- y están muy avanzados en materia de dictadura, creo que han logrado ocupar el primer puesto en el ranking negro, en lucha cerrada con Sudáfrica y Haití. Organizan congresos, intercambian datos parapoliciales. Así evitan inventar la rueda constantemente.
¿Bolivia...? Hace tiempo conocí a un tipo de Cochabamba. Evaristo Maipo. Durante una temporada solía venir a casa. Era amigo de un antiguo socio del viejo. Gordito, petisón. Empezaba la reunión muy bien, muy cortés, saludando en aymará. Pero en cuanto llegaban las viandas perdía los papeles. Con gran disimulo se iba comiendo todo lo que había en la mesa, sin reparar en consideraciones dietéticas. Cuando el género comenzaba a escasear se despedía presuroso: muy rico todo, delicioso, señora. Nunca se le vio traer nada, ni una mísera empanada de choclo, ni siquiera un cubanito.
Un día vino con su hermana que, a juzgar por el apetito que traía, debía haber viajado de Sucre a Buenos Aires en el Titicaca Express sin pasar por el bar. Cuando se iban, miraron a mamá y dijeron al unísono: muy rico todo, señora, nos ha gustado mucho, mucho, de verdad. Una marca de familia.
Maipo siempre le hablaba al viejo del mismo tema. Estaba obsesionado con la comercialización a gran escala de barcazas de totora. Creía que era el material definitivo. "Compadre, no sé si se da cuenta de la trascendencia del asunto. Es la única posibilidad de que Bolivia logre romper su secular aislamiento: creo que es la solución definitiva a las nefastas consecuencias de la guerra del Salitre", sentenciaba en bulímico aquelarre de facturas, masitas, fresco y batata, pan dulce, sandwiches varios, fugazzeta con fainá...
Cuando se le interrogaba sobre el propósito de tal empresa, Maipo se quedaba pensativo y miraba de soslayo, como súbitamente admirado ante interlocutor tan obtuso. Papá, que se sabía el cuento, gozaba dándole manija:
-Esta bien. Supongamos que, tras todos estos esfuerzos, logra construir una flota de barcazas de totora. ¿Y...?
Maipo se arrimaba a la mesa, medio incómodo, haciéndose fuerte en el plato que contenía las joyas de la corona, cabeceaba pesadamente y terminaba por sentenciar, cual Odiseo ansioso:
-Cuando los barcos estén listos navegarán día y noche.
-Me hago cargo -respondía mi padre-. Pero ¿para qué?, ¿acaso va a crear un nuevo transporte de línea? ¿Piensa hacer una empresa de fletes?
-No, mi amigo. Las barcas irán de vacío hasta el centro del lago. Allí están las islas donde crece la totora.
-¿...?
-Pues entonces llenamos las barcas de totora hasta los topes y nos las traemos bien cargaditas a puerto.
-¿Y para qué quiere todo eso?
-Está bien claro, compadre -respondía Maipo algo soliviantado.
-Usaremos la totora para construir más barcos, ¿para qué otra cosa sirve?
Yo era muy chico, pero el viejo solía decirme que el proyecto de Maipo no era más absurdo que la mayor parte de las empresas humanas. Nunca alcancé a comprender por qué razón se le abrían las puertas con tanta asiduidad a este visionario andino. A mamá le resultaba simpático.
¿Qué tal la selva que limita con Brasil? Creo que al golpe de estado de la semana pasada sucedió un contragolpe aún más virulento... Allí entregaron y mataron al Ché... Además está a cuatrocientos millones de kilómetros. No hay salida por ningún lado. Vivimos en el extremo final de un continente aislado, en un país demencial rodeado de milicos por todas partes. No hay más que uniformes hasta el Río Grande. Gendarmería Nacional, Carabineros, Policía Federal, Guardia Fronteriza, Secciones de Asalto Llaneras, Club de Amigos del Ku-Klux-Klan, Escuadrones de la Muerte, Bandas Paramilitares, Torturadores Asociados, Hitlerjugend Litoraleña, Policía de Aduanas, Granaderos a Caballo, Infantería de Marina, Cadetes de la Escuela de Tortura Naval, Fuerzas Nazis de Apoyo y Asistencia, Sociedad de Técnicas de Desaparición Avanzadas, de Córdoba, de la Colonia Dignidad de Chile, de Brasil. Tipos que asesinan a los pibes en Bogotá, en Río de Janeiro, en Sao Paulo. Por cuestiones de estética municipal. Qué valientes... querría verlos yo ante un ejército regular. Seguro que se iban a recontracagar.
Y aun en el caso de que lográramos zafar, ¿qué iba a pasar con el resto de la familia? Pueden llevarse a papá o quizá los secuestran a todos. Mi hermano menor sólo tiene doce años, pero ¿cómo calcular la reacción de estos tipos? Por el ruido que están haciendo serán como veinte. Veinte gorilas armados hasta los dientes. Si después de todo lograban sobrevivir no les quedaría otro camino que salir del país. Puedo verlos en Ezeiza, nerviosos, sin dormir, papá preparado para coimear a quien haga falta. Seguro que el pequeño creerá que se trata de algo transitorio, unos meses, quizá un año. Mejor así.
No dejo de preguntarme qué será de mamá tan lejos de nuestro patio... Que yo sepa, nunca salió de la ciudad. Algunas excursiones al mar y breves viajes por la pampa. Eso es todo. Es una experta en Buenos Aires y para ella, más allá de la costanera y las dársenas sólo hay niebla y el azul de los mapas. Papá se adaptará mejor al cambio, sin duda. Es una máquina de fabricar proyectos y desde joven aprendió que la única forma de no caerse de una bicicleta implica no dejar de pedalear ni por un momento. Ya lo imagino, levantándose todos los días a las 6:15, haciendo sus veinte minutos de ejercicio, ducha fría, rito oriental frente al espejo, desayuno y salir a guerrear, y así todos los días de todos los meses. Apasionadamente marcial, hablará con los responsables de esto y aquello, creará treinta empresas diferentes, venderá artículos de prensa firmados con doce seudónimos distintos, pondrá en marcha proyectos de colaboración internacional, echará manos a todo el mundo y no dejará ni por un momento de ganar un buen fangote de guita, pesos, patacones, morlacos... A poco que se esfuerce apenas si tendrá tiempo de pensar en nosotros. Llegará un momento en que sus llamadas telefónicas y sus envíos postales a los países más variopintos del globo se verán beneficiados por un efecto multiplicador que desterrará para siempre los minutos libres.
Tal vez dentro de muchos años se produzca una leve distracción, fruto de una copiosa comida con un grupo de amigos cuyos rostros nunca conoceré, y bajará la guardia por un instante y recordará algún detalle de esta noche o creerá entrever lo que vino después. Entonces sentirá un vértigo exterminador en el alma.
Mamá es distinta. Puedo verla recorriendo los andenes de las estaciones de metro de ciudades anónimas. Torturada por el eco de los próceres argentinos, no alcanzará a descifrar nuevos laberintos. Dorrego, Primera Junta, Agüero, Federico Lacroze, Canning, Leandro N. Alem se apiñarán en su memoria y se cerrarán en banda. Jamás permitirán la entrada de intrusos agaiterados, y mamá nunca sabrá a ciencia cierta si se encuentra en Menéndez Pelayo, si hay que cambiar de tren en Plaza de Castilla o si Alfonso XIII es la próxima. Aun ignorando dónde está la punta de la madeja cotidiana esperará pacientemente en las antesalas del despacho del Embajador de la Nación, el Cónsul General de la República, el Agregado Militar, el Hombre Fuerte de la Cámara de Comercio Agropecuaria en el Extranjero. A todos contará su drama personal, a todos pedirá justicia, exigirá habeas corpus, incluso apelará a sus sentimientos como seres humanos, como padres de familia, como creyentes en un poder supremo y trascendental, como reos convictos y confesos que en el Día del Juicio habrán de presentarse ante Dios Todopoderoso Ajustacuentas sin más escolta que el abultado y turbio curriculum de sus pútridas conciencias.
Pero desde esta misma noche mamá sabrá perfectamente que nunca volverá a vernos. Esa es la diferencia con papá. Él cree en la existencia de una cadena causal. Considera que el trabajo bien hecho debe tener su recompensa adecuada. Estima que si cada cual cumple con su tarea correctamente, las cosas por fuerza han de salir bien. No hay sitio en su mundo para lo imponderable, para el azar mortífero, para el horror sin límites. Papá comprende que nunca hicimos nada realmente grave más allá de participar en algunas algaradas estudiantiles. Por tanto, si se tocan las teclas adecuadas, pensará seguramente, las aguas han de volver a su cauce. En cambio, mamá sabe que la infamia acecha en lo cotidiano. Es la bifurcación que pugna por salir al exterior todas las noches, entre las tres y las cuatro de la madrugada. La catástrofe que muerde los pasos de cada mortal. Los ominosos y certeros golpes: imposible calcularlos de antemano.
Sin embargo, ambos creerán engañarse fingiendo adoptar el punto de vista del otro. Con los años, papá se rebelará contra la merma de sus fuerzas, contra el orden establecido, contra el daño irreparable y universal que producen los incompetentes; a mamá le dolerán las camisas intactas, los cumpleaños mudos, el implacable imperio del amarillo sobre las fotos en blanco y negro. Nuestro hermano menor encontrará su lugar en ese arco voltaico y no cejará en su empeño de provocar y expandir la risa.
Volverán algún día a casa, cargados de vida y nuevos semblantes y, pese a todo, no dejarán de soñar nuevos viajes. "Debemos vivir con el doble de intensidad", se dirán decapitando de un solo tajo la repetida tristeza que acompaña al crepúsculo en otoño, "la parte que nos corresponde y la que ellos sueñan todas las noches. Sólo así alcanzarán a entornarse las insoportables puertas del cielo".
Por sus manos aprenderemos el trazado de calles tortuosas y el pulso de gentes extrañas, playas, mares, puertos de infinita belleza. Sena, Tajo, Arno, Támesis, Ebro, Tíber, Vístula, Danubio, Ródano, dedicarán el resto de sus vidas a coleccionar ríos y tardes alciónicas, la luz de las jornadas que preceden al invierno y los días que se alejan lentamente del solsticio.
Entonces Roberto me miró a los ojos. Ahora éramos una sola persona. No volveremos a jugar al fútbol en la Agronomía ni a sentir cómo crujen las veredas en otoño -pensamos a la vez. No alcanzaremos a saborear besos furtivos en las esquinas sin luz ni viajes infinitos en trenes de carga -sentimos al unísono. No habrá médanos vermelhos ni desayunos con pasteis de nata inagotables en Portugal -se nos hace agua la boca. También él ha comprendido: de ésta sólo saldremos si ellos sobreviven, si logramos que ellos se salven. El viento y el lento vaivén de las estaciones se encargarán del resto. Tan sólo hubiéramos demorado un minuto antes de que destrozaran la puerta verde del comedor; el tiempo justo para abrazarlos a todos.
Etiquetas:
1977,
Buenos Aires,
desaparecidos
jueves, 22 de marzo de 2012
Ceremonia
Me quedé mirando su imagen fuera del vagón. No era más ella. Yo no era yo. El metro comenzó a andar y ella siguió inmóvil, mirándome fijamente. No hizo ningún movimiento. Nada. Sólo me miraba dulcemente, como si estuviera despidiéndose de un moribundo en el hospital.
Madrid es una ciudad de ceniza.
El convoy aceleró. Hay que llegar a tiempo, la cena, la casa, la oficina, el baile. La vida sigue, hay tanta gente en el mundo. Dos que se conocen por casualidad, que se dicen adiós. Entonces se me quebró algo dentro y supe que el metro no volvería a parar. Ya no.
No hasta llegar al mar.
Madrid es una ciudad de ceniza.
El convoy aceleró. Hay que llegar a tiempo, la cena, la casa, la oficina, el baile. La vida sigue, hay tanta gente en el mundo. Dos que se conocen por casualidad, que se dicen adiós. Entonces se me quebró algo dentro y supe que el metro no volvería a parar. Ya no.
No hasta llegar al mar.
Diferencias culturales

Mis amigos locos de La Habana que no duermen y por tanto viven dos veces me envían un apunte sobre las diferencias culturales entre Cuba y la Madre Patria.
miércoles, 21 de marzo de 2012
Armagedón
Los hijos de Ruiz-Mateos echan la culpa a su padre
Tres hijos del empresario José María Ruiz-Mateos han responsabilizado hoy a su padre ante un jueza de Palma de la negociación de la compra de un hotel en el año 2006 en Mallorca investigada por una supuesta estafa, al igual que ya hicieron dos de sus hermanos. José María, Pablo y Zoilo Ruiz-Mateos han comparecido hoy ante la juez de instrucción 5 de Palma, Ana San José, que investiga una querella interpuesta por la abogada de la familia Hoz, Isabel Fluxá, por la venta a plazos del hotel Samoa por 21 millones de euros que los Ruiz-Mateos dejaron de pagar en el año 2010.
Hijo eres... ¡Padre serás!
Tres hijos del empresario José María Ruiz-Mateos han responsabilizado hoy a su padre ante un jueza de Palma de la negociación de la compra de un hotel en el año 2006 en Mallorca investigada por una supuesta estafa, al igual que ya hicieron dos de sus hermanos. José María, Pablo y Zoilo Ruiz-Mateos han comparecido hoy ante la juez de instrucción 5 de Palma, Ana San José, que investiga una querella interpuesta por la abogada de la familia Hoz, Isabel Fluxá, por la venta a plazos del hotel Samoa por 21 millones de euros que los Ruiz-Mateos dejaron de pagar en el año 2010.
Hijo eres... ¡Padre serás!
Etiquetas:
hijos de Ruiz-Mateos,
Opus,
Ruiz-Mateos
lunes, 19 de marzo de 2012
Están
Están. Están ahí. A veces no se les ve con claridad, pero están.
En tiempos de bonanza económica suelen dedicarse a administrar sus empresas heredadas o a sacar el hígado por la garganta en los estadios de fútbol. En las urbanizaciones exclusivas de las grandes ciudades o de la Costa del Sol permanecen agazapados quienes los dirigirán. Esperando.
Medran cuando todo va mal. Entonces emergen de las profundidades y se multiplican.
El gran triunfo del Diablo es hacernos creer que no existe, pero eso no es así. El mal puede ser banal como apunta Hannah Arendt y quizá eso lo hace aún más monstruoso, más impredecible.
No le tiembla el pulso si tiene que volarle la cabeza a una niña.
Europa, cuna de Goya, Voltaire y Mahler. Y también de Hitler, Franco y Mussolini.
En Europa conviven seres sublimes y reptiles.
Alma esquizofrénica.
En tiempos de bonanza económica suelen dedicarse a administrar sus empresas heredadas o a sacar el hígado por la garganta en los estadios de fútbol. En las urbanizaciones exclusivas de las grandes ciudades o de la Costa del Sol permanecen agazapados quienes los dirigirán. Esperando.
Medran cuando todo va mal. Entonces emergen de las profundidades y se multiplican.
El gran triunfo del Diablo es hacernos creer que no existe, pero eso no es así. El mal puede ser banal como apunta Hannah Arendt y quizá eso lo hace aún más monstruoso, más impredecible.
No le tiembla el pulso si tiene que volarle la cabeza a una niña.
Europa, cuna de Goya, Voltaire y Mahler. Y también de Hitler, Franco y Mussolini.
En Europa conviven seres sublimes y reptiles.
Alma esquizofrénica.
Etiquetas:
el gallo negro,
el mal,
Europa
lunes, 5 de marzo de 2012
El viejo comunista
En otro tiempo fue alguien importante en mi vida. De alguna manera lo sigue siendo. Pasé por su casa porque iba a la presentación de un libro sobre Allende. Uno de marzo. Tarde primaveral en Madrid.
Las ventanas estaban abiertas de par en par y alcancé a verlo desde la calle. Allí estaba, rodeado de libros que quise, en un ambiente que invita a intercambiar ideas y tecleando sin parar. Ochenta y seis años, ochenta y siete en julio y todavía ganas de guerrear, de plantar batalla. Sentí vergüenza de mis cuarenta años menos y de las mil vueltas que le doy a todo.
Indudablemente, la gente de la época de la guerra y los años de aislamiento internacional de España está hecha de otra pasta. Gente capaz de sacar familias numerosas adelante sin quejas ni debilidades. Gente de una pieza que va a las cosas y punto.
Recordé muchas noches filosofando en compañía de Johnnie Walker, en los extraños años ochenta. La dureza de la vida que le tocó vivir, habiendo enviudado dos veces y la segunda de forma terrible. Un corazón tallado de adioses y sinsabores.
El encuentro dejó una clara impronta en mí, tanto es así que terminé estudiando filosofía. Empecé y terminé, porque alguien me dijo cuando era joven: “haz cualquier cosa para salir adelante”. Y eso hice: cualquier cosa. Ahora vivo perdido en lo ápeiron de Anaximandro.
Viejo y querido maestro, tengo un recuerdo magnífico de su generosidad y de su forma de darse a los demás. Es un privilegio haberlo conocido.
En esta tarde de final de invierno bien pude haber subido a saludarle, pero no. A saber dónde quedaron mis veinte años. Mejor así. Hay que dejar trabajar al viejo comunista.
Falta nos hace.
Las ventanas estaban abiertas de par en par y alcancé a verlo desde la calle. Allí estaba, rodeado de libros que quise, en un ambiente que invita a intercambiar ideas y tecleando sin parar. Ochenta y seis años, ochenta y siete en julio y todavía ganas de guerrear, de plantar batalla. Sentí vergüenza de mis cuarenta años menos y de las mil vueltas que le doy a todo.
Indudablemente, la gente de la época de la guerra y los años de aislamiento internacional de España está hecha de otra pasta. Gente capaz de sacar familias numerosas adelante sin quejas ni debilidades. Gente de una pieza que va a las cosas y punto.
Recordé muchas noches filosofando en compañía de Johnnie Walker, en los extraños años ochenta. La dureza de la vida que le tocó vivir, habiendo enviudado dos veces y la segunda de forma terrible. Un corazón tallado de adioses y sinsabores.
El encuentro dejó una clara impronta en mí, tanto es así que terminé estudiando filosofía. Empecé y terminé, porque alguien me dijo cuando era joven: “haz cualquier cosa para salir adelante”. Y eso hice: cualquier cosa. Ahora vivo perdido en lo ápeiron de Anaximandro.
Viejo y querido maestro, tengo un recuerdo magnífico de su generosidad y de su forma de darse a los demás. Es un privilegio haberlo conocido.
En esta tarde de final de invierno bien pude haber subido a saludarle, pero no. A saber dónde quedaron mis veinte años. Mejor así. Hay que dejar trabajar al viejo comunista.
Falta nos hace.
Etiquetas:
Anaximandro,
ápeiron,
Carlos París,
Comunistas,
filósofos
viernes, 2 de marzo de 2012
miércoles, 29 de febrero de 2012
Coyoacán
Acabo de acordarme de una pintada que vi en Coyoacán, cerca de la casa de Frida Kahlo. Decía: "bienaventurados los borrachos porque verán dos veces a Dios".
Crisis? What crisis?
Grandes éxitos de Mecano resuenan como voces de bronce en el ala oeste del Palacio de Sotavent. Fieles servidores vestidos de sota de bastos y oscuros boyardos velan por la tranquilidad de espíritu de los moradores del Real Sitio, que alberga alados pegasos, etéreos unicornios y tigres de Bengala. Coca Cola para todos y algo de comer. Una espesa nube de golondrinas levanta el vuelo hacia el ocaso. Quién sabe si volverán.
-Patito... te ha llamado tu socio otra vez.
-¡Qué pesado!
-Pero, ¿qué quiere?
-¿Cómo quieres que lo sepa? Que hable con el presidente de alguna Comunidad para pedirle dinero, supongo. Últimamente siempre quiere que pida dinero. Es extraño porque cuando hicimos la sociedad me dijeron que era sin ánimo de lucro o algo así, pero ya entonces me llamó la atención porque una empresa se hace para ganar dinero, ¿no?
-Dinero, ¿para qué?
-No sé... No tengo ni idea, cucuruchito de gominola. ¿Vamos a esquiar este finde?
Interrumpe la adorable escena Hailin, la fiel criada oriental, portando un sobre tamaño Din A4.
-Señora, han traido este paquete para el Señor.
-A ver... papeles para firmar, ¡qué fastidio!
-¿De qué papeles se trata, honey?
-Parecen contratos y cheques... ¿sabes para qué son?
-Ni flowers... ¿y tú? A ver... hay una nota que dice que tenemos que firmarlos los dos.
-Venga. Vamos a firmarlos que he quedado con Jorge Juan y Borja María para jugar al golf. ¿Tienes un boli?
-No, ¿y tú?
-Venga. Fírmalos por mí que no llego. ¡Hailin dile a Servando que prepare el coche!
-¿El todoterreno, Señor?- inquiere la abnegada Geisha.
-No, algo más deportivo. Quiero el Bentley. ¿A qué esperas? ¿Sabes que te puedo despedir sin dar ninguna explicación? No hay nada que canse tanto como ocuparse de dar trabajo... ¡Chinita! ¡Que no llego, coño!
-Patito... te ha llamado tu socio otra vez.
-¡Qué pesado!
-Pero, ¿qué quiere?
-¿Cómo quieres que lo sepa? Que hable con el presidente de alguna Comunidad para pedirle dinero, supongo. Últimamente siempre quiere que pida dinero. Es extraño porque cuando hicimos la sociedad me dijeron que era sin ánimo de lucro o algo así, pero ya entonces me llamó la atención porque una empresa se hace para ganar dinero, ¿no?
-Dinero, ¿para qué?
-No sé... No tengo ni idea, cucuruchito de gominola. ¿Vamos a esquiar este finde?
Interrumpe la adorable escena Hailin, la fiel criada oriental, portando un sobre tamaño Din A4.
-Señora, han traido este paquete para el Señor.
-A ver... papeles para firmar, ¡qué fastidio!
-¿De qué papeles se trata, honey?
-Parecen contratos y cheques... ¿sabes para qué son?
-Ni flowers... ¿y tú? A ver... hay una nota que dice que tenemos que firmarlos los dos.
-Venga. Vamos a firmarlos que he quedado con Jorge Juan y Borja María para jugar al golf. ¿Tienes un boli?
-No, ¿y tú?
-Venga. Fírmalos por mí que no llego. ¡Hailin dile a Servando que prepare el coche!
-¿El todoterreno, Señor?- inquiere la abnegada Geisha.
-No, algo más deportivo. Quiero el Bentley. ¿A qué esperas? ¿Sabes que te puedo despedir sin dar ninguna explicación? No hay nada que canse tanto como ocuparse de dar trabajo... ¡Chinita! ¡Que no llego, coño!
martes, 28 de febrero de 2012
Allende y el Doctor Soto
El doctor Óscar Soto, médico personal de Salvador Allende, conducirá una charla sobre la figura y la vigencia de la herencia del estadista chileno el próximo día jueves 1 de marzo a las 20:00 en la Librería La fugitiva, en la calle Santa Isabel 7 (ver imagen del evento).
En estos tiempos donde las opciones son ultraderecha o derecha pragmática resulta interesante volver la vista atrás y revisar la vigencia del pensamiento de izquierda, ya que las desigualdades no sólo existen sino que en el futuro aumentarán.
Óscar Soto es un gran estudioso de la figura de Allende, con varios libros publicados sobre el tema. Están todos invitados.
En estos tiempos donde las opciones son ultraderecha o derecha pragmática resulta interesante volver la vista atrás y revisar la vigencia del pensamiento de izquierda, ya que las desigualdades no sólo existen sino que en el futuro aumentarán.
Óscar Soto es un gran estudioso de la figura de Allende, con varios libros publicados sobre el tema. Están todos invitados.
Etiquetas:
Chile,
Óscar Soto,
Salvador Allende,
socialismo en el siglo XXI
domingo, 26 de febrero de 2012
España camiseta blanca
¿Acaso los servicios de inteligencia no alertaron convenientemente a la Casa Real sobre las actividades del Duque? ¿El Rey no debería haber hecho algo más contundente que "solicitar a Iñaki Urdangarín que abandonara su actividad empresarial" -cosa a la que este se negó- puesto que dicha actividad pone en entredicho la existencia de la propia monarquía?¿Cómo es posible que la estrategia de defensa del señor Urdangarín se centre en negar cualquier clase de responsabilidad y echarle todas las culpas a su socio? ¿Él no se enteraba de nada, no firmaba estados de cuentas, cheques, no asistía a juntas de accionistas, etc.? ¿Acaso piensa que las instancias gubernamentales y los empresarios le entregaban todo ese dinero por su cara bonita? Siendo miembro político de la familiar real ¿no debería haber puesto un cuidado extremo en el manejo de esos fondos? Incluso aceptando la inverosímil hipótesis de que el Duque no se enterara de nada y todo eran maquinaciones de su pérfido socio cual Conde-Duque de Olivares, ¿cómo se denomina en español a alguien que no se entera de nada? ¿Podríamos permitirnos el lujo de mantener a gente que supuestamente nos representa y que a la postre aduce que no se entera de nada, que todo se hace a sus espaldas?
El gobierno pide sacrificios sin cuento a los trabajadores españoles y al mismo tiempo asistimos al juicio de la ex-directora de la CAM que pide 10 millones de euros por despido improcedente. ¡Después de haber hundido la caja que ha sido rescatada con dinero público y haberse blindado un sueldo y una indemnización astronómicas!
En otro juzgado vemos entrar a Teddy Bautista que solicita 1,8 millones de euros por la misma causa después del desaguisado de Arteria, la SDAE con su burdo entramado societario, etc. Otro que tampoco se enteraba de nada. Es obvio que la SGAE era un organismo intocable hasta que Rubalcaba retiró la mano invisible.
Se agarran con uñas y dientes a lo que dice la ley sin detenerse a considerar el carácter absolutamente amoral de sus reivindicaciones, ya que sus respectivos despidos bien pueden haber sido improcedentes stricto sensu pero se producen en una situación de saqueo consentido y continuado. A usted se le despide porque permite por acción u omisión este estado de cosas y su cese es FULMINANTE. No hay más que explicar.
Como si nadie debiera pagar por las consecuencias de sus actos. Nadie, no. Sólo los poderosos se salvan. Aunque en el caso de Bautista queda por ver quién le brindará protección ahora con un PSOE en proceso de desguace más allá de sus cuatro amigos paniaguados actualmente en paro, cuya suicida actitud de acompañar al ex Zar en sus postreros delirios es cuando menos más destacable en cuanto tensión humana que negarlo todo, echar las culpas a otro y salir corriendo. Patético.
Ruiz-Mateos y su extrañísima familia... para mear y no echar gota.
¿Algún personaje de estos reembolsará el dinero evaporado? ¿Llegará alguno a recibir un castigo en línea con los resultados de sus actuaciones? Lo dudo, lo dudo.
Por lo menos el Dioni tenía cierta gracia. Bastante más que estos cuatro personajes juntos.
Felipe II no se habría andado con chiquitas. ¡A las mazmorras! Si no vuelve la República, al menos que vuelvan los Austrias.
The answer, my friend, is blowing in the wind... the answer is blowing in the wind.
Etiquetas:
CAM,
Ruiz-Mateos,
Teddy Bautista,
Urdangarín
Visto para sentencia
El juez Castro pregunta a Iñaki Urdangarín por cinco delitos pero como tengo poderes me atrevo a adelantar que responderá por cuatros delitos, que en realidad son tres, lo imputarán por dos, lo juzgarán por uno, y saldrá absuelto porque ha prescrito.
Etiquetas:
5 delitos,
absuelto,
Urdangarín
viernes, 24 de febrero de 2012
Vendrán lluvias suaves

En el año 2005, la NASA lanzó la Mars Reconnaissance Orbiter (MRO), que entró en la órbita de Marte en octubre de 2006 y se unió a otros 3 satélites artificiales que orbitan alrededor de este planeta. La MRO lleva alojada una cámara de alta resolución de nombre HiRISE (High-Resolution Imaging Science Experiment) con la que la NASA está obteniendo imágenes de alta resolución de la superficie marciana.
Esta imagen corresponde a dunas de arena formadas por la acción del viento (formaciones bastante comunes en la superficie de Marte) y cuya distribución espacial y morfología están directamente relacionadas por los cambios en la dirección e intensidad del viento. Gracias a estas formaciones y a los patrones de erosión que se pueden ver, los científicos pueden obtener detalles sobre la historia del terreno circundante (gracias a los sedimentos).
Concretamente, las imágenes captadas corresponden a unas dunas de arena atrapadas en el interior de un cráter en la zona de Noachis Terra, en el cono sur del planeta rojo y fueron tomadas el pasado 29 de noviembre a una altura de 252,20 kilómetros con respecto a la superficie del planeta y con una resolución tal que cada píxel de la imagen corresponde a una distancia de 25 centímetros y, por tanto, el área cubierta en la imagen equivaldría aproximadamente a un kilómetro cuadrado.
Fuente: ALT1040
Etiquetas:
dunas,
Mars Reconnaissance Orbiter (MRO),
Marte,
NASA
Metáforas de ajedrez

Mi hermano, el doctor Diego Rasskin-Gutman, publicó en 2005 un excelente libro sobre el cerebro, el ajedrez y la inteligencia artificial. Posteriormente, dicho libro fue publicado en versión inglesa (traducción de Deborah Klosky) nada menos que por MIT Press. Siempre quise tener un hermano mayor -Diego es dos años y tres meses menor que yo- y aquí está!
Con este motivo, Gary Kasparov, el hombre que se enfrentó a Deep Blue en 1997, habla de la apasionante cuestión mente-máquina. El bueno de Gary nos cambia la grafía del apellido pero se le perdona.
Desde Alan Türing y HAL 9000 hasta los últimos hallazgos en inteligencia artificial. Un increíble viaje que recorre la íntima estructura de esta extraña máquina que se piensa a sí misma. Como telón de fondo, el ajedrez, un juego de reyes que expresa lo que somos, lo que hemos sido y lo que podemos llegar a ser. Un auténtico microcosmos en un mundo disgregado. ¡Bravo Diego!
Chess Metaphors: Artificial Intelligence and the Human Mind
by Diego Rasskin-Gutman, translated from the Spanish by Deborah Klosky
MIT Press, 205 pp., $24.95
by Gary Kasparov
In 1985, in Hamburg, I played against thirty-two different chess computers at the same time in what is known as a simultaneous exhibition. I walked from one machine to the next, making my moves over a period of more than five hours. The four leading chess computer manufacturers had sent their top models, including eight named after me from the electronics firm Saitek.
It illustrates the state of computer chess at the time that it didn’t come as much of a surprise when I achieved a perfect 32–0 score, winning every game, although there was an uncomfortable moment. At one point I realized that I was drifting into trouble in a game against one of the “Kasparov” brand models. If this machine scored a win or even a draw, people would be quick to say that I had thrown the game to get PR for the company, so I had to intensify my efforts. Eventually I found a way to trick the machine with a sacrifice it should have refused. From the human perspective, or at least from my perspective, those were the good old days of man vs. machine chess.
Eleven years later I narrowly defeated the supercomputer Deep Blue in a match. Then, in 1997, IBM redoubled its efforts—and doubled Deep Blue’s processing power—and I lost the rematch in an event that made headlines around the world. The result was met with astonishment and grief by those who took it as a symbol of mankind’s submission before the almighty computer. (“The Brain’s Last Stand” read the Newsweek headline.) Others shrugged their shoulders, surprised that humans could still compete at all against the enormous calculating power that, by 1997, sat on just about every desk in the first world.
It was the specialists—the chess players and the programmers and the artificial intelligence enthusiasts—who had a more nuanced appreciation of the result. Grandmasters had already begun to see the implications of the existence of machines that could play—if only, at this point, in a select few types of board configurations—with godlike perfection. The computer chess people were delighted with the conquest of one of the earliest and holiest grails of computer science, in many cases matching the mainstream media’s hyperbole. The 2003 book Deep Blue by Monty Newborn was blurbed as follows: “a rare, pivotal watershed beyond all other triumphs: Orville Wright’s first flight, NASA’s landing on the moon….”
The AI crowd, too, was pleased with the result and the attention, but dismayed by the fact that Deep Blue was hardly what their predecessors had imagined decades earlier when they dreamed of creating a machine to defeat the world chess champion. Instead of a computer that thought and played chess like a human, with human creativity and intuition, they got one that played like a machine, systematically evaluating 200 million possible moves on the chess board per second and winning with brute number-crunching force. As Igor Aleksander, a British AI and neural networks pioneer, explained in his 2000 book, How to Build a Mind:
By the mid-1990s the number of people with some experience of using computers was many orders of magnitude greater than in the 1960s. In the Kasparov defeat they recognized that here was a great triumph for programmers, but not one that may compete with the human intelligence that helps us to lead our lives.
It was an impressive achievement, of course, and a human achievement by the members of the IBM team, but Deep Blue was only intelligent the way your programmable alarm clock is intelligent. Not that losing to a $10 million alarm clock made me feel any better.
My hopes for a return match with Deep Blue were dashed, unfortunately. IBM had the publicity it wanted and quickly shut down the project. Other chess computing projects around the world also lost their sponsorship. Though I would have liked my chances in a rematch in 1998 if I were better prepared, it was clear then that computer superiority over humans in chess had always been just a matter of time. Today, for $50 you can buy a home PC program that will crush most grandmasters. In 2003, I played serious matches against two of these programs running on commercially available multiprocessor servers—and, of course, I was playing just one game at a time—and in both cases the score ended in a tie with a win apiece and several draws.
Inevitable or not, no one understood all the ramifications of having a super-grandmaster on your laptop, especially what this would mean for professional chess. There were many doomsday scenarios about people losing interest in chess with the rise of the machines, especially after my loss to Deep Blue. Some replied to this with variations on the theme of how we still hold footraces despite cars and bicycles going much faster, a spurious analogy since cars do not help humans run faster while chess computers undoubtedly have an effect on the quality of human chess.
Another group postulated that the game would be solved, i.e., a mathematically conclusive way for a computer to win from the start would be found. (Or perhaps it would prove that a game of chess played in the best possible way always ends in a draw.) Perhaps a real version of HAL 9000 would simply announce move 1.e4, with checkmate in, say, 38,484 moves. These gloomy predictions have not come true, nor will they ever come to pass. Chess is far too complex to be definitively solved with any technology we can conceive of today. However, our looked-down-upon cousin, checkers, or draughts, suffered this fate quite recently thanks to the work of Jonathan Schaeffer at the University of Alberta and his unbeatable program Chinook.
The number of legal chess positions is 1040, the number of different possible games, 10120. Authors have attempted various ways to convey this immensity, usually based on one of the few fields to regularly employ such exponents, astronomy. In his book Chess Metaphors, Diego Rasskin-Gutman points out that a player looking eight moves ahead is already presented with as many possible games as there are stars in the galaxy. Another staple, a variation of which is also used by Rasskin-Gutman, is to say there are more possible chess games than the number of atoms in the universe. All of these comparisons impress upon the casual observer why brute-force computer calculation can’t solve this ancient board game. They are also handy, and I am not above doing this myself, for impressing people with how complicated chess is, if only in a largely irrelevant mathematical way.
This astronomical scale is not at all irrelevant to chess programmers. They’ve known from the beginning that solving the game—creating a provably unbeatable program—was not possible with the computer power available, and that effective shortcuts would have to be found. In fact, the first chess program put into practice was designed by legendary British mathematician Alan Turing in 1952, and he didn’t even have a computer! He processed the algorithm on pieces of paper and this “paper machine” played a competent game.
Rasskin-Gutman covers this well-traveled territory in a book that achieves its goal of being an overview of overviews, if little else. The history of the study of brain function is covered in the first chapter, tempting the reader to skip ahead. You might recall axons and dendrites from high school biology class. We also learn about cholinergic and aminergic systems and many other things that are not found by my computer’s artificially intelligent English spell-checking system—or referenced again by the author. Then it’s on to similarly concise, if inconclusive, surveys of artificial intelligence, chess computers, and how humans play chess.
There have been many unintended consequences, both positive and negative, of the rapid proliferation of powerful chess software. Kids love computers and take to them naturally, so it’s no surprise that the same is true of the combination of chess and computers. With the introduction of super-powerful software it became possible for a youngster to have a top- level opponent at home instead of needing a professional trainer from an early age. Countries with little by way of chess tradition and few available coaches can now produce prodigies. I am in fact coaching one of them this year, nineteen-year-old Magnus Carlsen, from Norway, where relatively little chess is played.
The heavy use of computer analysis has pushed the game itself in new directions. The machine doesn’t care about style or patterns or hundreds of years of established theory. It counts up the values of the chess pieces, analyzes a few billion moves, and counts them up again. (A computer translates each piece and each positional factor into a value in order to reduce the game to numbers it can crunch.) It is entirely free of prejudice and doctrine and this has contributed to the development of players who are almost as free of dogma as the machines with which they train. Increasingly, a move isn’t good or bad because it looks that way or because it hasn’t been done that way before. It’s simply good if it works and bad if it doesn’t. Although we still require a strong measure of intuition and logic to play well, humans today are starting to play more like computers.
The availability of millions of games at one’s fingertips in a database is also making the game’s best players younger and younger. Absorbing the thousands of essential patterns and opening moves used to take many years, a process indicative of Malcolm Gladwell’s “10,000 hours to become an expert” theory as expounded in his recent book Outliers. (Gladwell’s earlier book, Blink, rehashed, if more creatively, much of the cognitive psychology material that is re-rehashed in Chess Metaphors.) Today’s teens, and increasingly pre-teens, can accelerate this process by plugging into a digitized archive of chess information and making full use of the superiority of the young mind to retain it all. In the pre-computer era, teenage grandmasters were rarities and almost always destined to play for the world championship. Bobby Fischer’s 1958 record of attaining the grandmaster title at fifteen was broken only in 1991. It has been broken twenty times since then, with the current record holder, Ukrainian Sergey Karjakin, having claimed the highest title at the nearly absurd age of twelve in 2002. Now twenty, Karjakin is among the world’s best, but like most of his modern wunderkind peers he’s no Fischer, who stood out head and shoulders above his peers—and soon enough above the rest of the chess world as well.
Excelling at chess has long been considered a symbol of more general intelligence. That is an incorrect assumption in my view, as pleasant as it might be. But for the purposes of argument and investigation, chess is, in Russkin-Gutman’s words, “an unparalleled laboratory, since both the learning process and the degree of ability obtained can be objectified and quantified, providing an excellent comparative framework on which to use rigorous analytical techniques.”
Here I agree wholeheartedly, if for different reasons. I am much more interested in using the chess laboratory to illuminate the workings of the human mind, not the artificial mind. As I put it in my 2007 book, How Life Imitates Chess, “Chess is a unique cognitive nexus, a place where art and science come together in the human mind and are then refined and improved by experience.” Coincidentally the section in which that phrase appears is titled “More than a metaphor.” It makes the case for using the decision-making process of chess as a model for understanding and improving our decision-making everywhere else.
This is not to say that I am not interested in the quest for intelligent machines. My many exhibitions with chess computers stemmed from a desire to participate in this grand experiment. It was my luck (perhaps my bad luck) to be the world chess champion during the critical years in which computers challenged, then surpassed, human chess players. Before 1994 and after 2004 these duels held little interest. The computers quickly went from too weak to too strong. But for a span of ten years these contests were fascinating clashes between the computational power of the machines (and, lest we forget, the human wisdom of their programmers) and the intuition and knowledge of the grandmaster.
In what Rasskin-Gutman explains as Moravec’s Paradox, in chess, as in so many things, what computers are good at is where humans are weak, and vice versa. This gave me an idea for an experiment. What if instead of human versus machine we played as partners? My brainchild saw the light of day in a match in 1998 in León, Spain, and we called it “Advanced Chess.” Each player had a PC at hand running the chess software of his choice during the game. The idea was to create the highest level of chess ever played, a synthesis of the best of man and machine.
Although I had prepared for the unusual format, my match against the Bulgarian Veselin Topalov, until recently the world’s number one ranked player, was full of strange sensations. Having a computer program available during play was as disturbing as it was exciting. And being able to access a database of a few million games meant that we didn’t have to strain our memories nearly as much in the opening, whose possibilities have been thoroughly catalogued over the years. But since we both had equal access to the same database, the advantage still came down to creating a new idea at some point.
Having a computer partner also meant never having to worry about making a tactical blunder. The computer could project the consequences of each move we considered, pointing out possible outcomes and countermoves we might otherwise have missed. With that taken care of for us, we could concentrate on strategic planning instead of spending so much time on calculations. Human creativity was even more paramount under these conditions. Despite access to the “best of both worlds,” my games with Topalov were far from perfect. We were playing on the clock and had little time to consult with our silicon assistants. Still, the results were notable. A month earlier I had defeated the Bulgarian in a match of “regular” rapid chess 4–0. Our advanced chess match ended in a 3–3 draw. My advantage in calculating tactics had been nullified by the machine.
This experiment goes unmentioned by Russkin-Gutman, a major omission since it relates so closely to his subject. Even more notable was how the advanced chess experiment continued. In 2005, the online chess-playing site Playchess.com hosted what it called a “freestyle” chess tournament in which anyone could compete in teams with other players or computers. Normally, “anti-cheating” algorithms are employed by online sites to prevent, or at least discourage, players from cheating with computer assistance. (I wonder if these detection algorithms, which employ diagnostic analysis of moves and calculate probabilities, are any less “intelligent” than the playing programs they detect.)
Lured by the substantial prize money, several groups of strong grandmasters working with several computers at the same time entered the competition. At first, the results seemed predictable. The teams of human plus machine dominated even the strongest computers. The chess machine Hydra, which is a chess-specific supercomputer like Deep Blue, was no match for a strong human player using a relatively weak laptop. Human strategic guidance combined with the tactical acuity of a computer was overwhelming.
The surprise came at the conclusion of the event. The winner was revealed to be not a grandmaster with a state-of-the-art PC but a pair of amateur American chess players using three computers at the same time. Their skill at manipulating and “coaching” their computers to look very deeply into positions effectively counteracted the superior chess understanding of their grandmaster opponents and the greater computational power of other participants. Weak human + machine + better process was superior to a strong computer alone and, more remarkably, superior to a strong human + machine + inferior process.
The “freestyle” result, though startling, fits with my belief that talent is a misused term and a misunderstood concept. The moment I became the youngest world chess champion in history at the age of twenty-two in 1985, I began receiving endless questions about the secret of my success and the nature of my talent. Instead of asking about Sicilian Defenses, journalists wanted to know about my diet, my personal life, how many moves ahead I saw, and how many games I held in my memory.
I soon realized that my answers were disappointing. I didn’t eat anything special. I worked hard because my mother had taught me to. My memory was good, but hardly photographic. As for how many moves ahead a grandmaster sees, Russkin-Gutman makes much of the answer attributed to the great Cuban world champion José Raúl Capablanca, among others: “Just one, the best one.” This answer is as good or bad as any other, a pithy way of disposing with an attempt by an outsider to ask something insightful and failing to do so. It’s the equivalent of asking Lance Armstrong how many times he shifts gears during the Tour de France.
The only real answer, “It depends on the position and how much time I have,” is unsatisfying. In what may have been my best tournament game at the 1999 Hoogovens tournament in the Netherlands, I visualized the winning position a full fifteen moves ahead—an unusual feat. I sacrificed a great deal of material for an attack, burning my bridges; if my calculations were faulty I would be dead lost. Although my intuition was correct and my opponent, Topalov again, failed to find the best defense under pressure, subsequent analysis showed that despite my Herculean effort I had missed a shorter route to victory. Capablanca’s sarcasm aside, correctly evaluating a small handful of moves is far more important in human chess, and human decision-making in general, than the systematically deeper and deeper search for better moves—the number of moves “seen ahead”—that computers rely on.
There is little doubt that different people are blessed with different amounts of cognitive gifts such as long-term memory and the visuospatial skills chess players are said to employ. One of the reasons chess is an “unparalleled laboratory” and a “unique nexus” is that it demands high performance from so many of the brain’s functions. Where so many of these investigations fail on a practical level is by not recognizing the importance of the process of learning and playing chess. The ability to work hard for days on end without losing focus is a talent. The ability to keep absorbing new information after many hours of study is a talent. Programming yourself by analyzing your decision-making outcomes and processes can improve results much the way that a smarter chess algorithm will play better than another running on the same computer. We might not be able to change our hardware, but we can definitely upgrade our software.
With the supremacy of the chess machines now apparent and the contest of “Man vs. Machine” a thing of the past, perhaps it is time to return to the goals that made computer chess so attractive to many of the finest minds of the twentieth century. Playing better chess was a problem they wanted to solve, yes, and it has been solved. But there were other goals as well: to develop a program that played chess by thinking like a human, perhaps even by learning the game as a human does. Surely this would be a far more fruitful avenue of investigation than creating, as we are doing, ever-faster algorithms to run on ever-faster hardware.
This is our last chess metaphor, then—a metaphor for how we have discarded innovation and creativity in exchange for a steady supply of marketable products. The dreams of creating an artificial intelligence that would engage in an ancient game symbolic of human thought have been abandoned. Instead, every year we have new chess programs, and new versions of old ones, that are all based on the same basic programming concepts for picking a move by searching through millions of possibilities that were developed in the 1960s and 1970s.
Like so much else in our technology-rich and innovation-poor modern world, chess computing has fallen prey to incrementalism and the demands of the market. Brute-force programs play the best chess, so why bother with anything else? Why waste time and money experimenting with new and innovative ideas when we already know what works? Such thinking should horrify anyone worthy of the name of scientist, but it seems, tragically, to be the norm. Our best minds have gone into financial engineering instead of real engineering, with catastrophic results for both sectors.
Perhaps chess is the wrong game for the times. Poker is now everywhere, as amateurs dream of winning millions and being on television for playing a card game whose complexities can be detailed on a single piece of paper. But while chess is a 100 percent information game—both players are aware of all the data all the time—and therefore directly susceptible to computing power, poker has hidden cards and variable stakes, creating critical roles for chance, bluffing, and risk management.
These might seem to be aspects of poker based entirely on human psychology and therefore invulnerable to computer incursion. A machine can trivially calculate the odds of every hand, but what to make of an opponent with poor odds making a large bet? And yet the computers are advancing here as well. Jonathan Schaeffer, the inventor of the checkers-solving program, has moved on to poker and his digital players are performing better and better against strong humans—with obvious implications for online gambling sites.
Perhaps the current trend of many chess professionals taking up the more lucrative pastime of poker is not a wholly negative one. It may not be too late for humans to relearn how to take risks in order to innovate and thereby maintain the advanced lifestyles we enjoy. And if it takes a poker-playing supercomputer to remind us that we can’t enjoy the rewards without taking the risks, so be it.
Etiquetas:
ajedrez,
Diego Rasskin-Gutman,
Kasparov,
Metáforas de ajedrez,
MIT Press
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


