miércoles, 5 de agosto de 2020

Por un bistec

Un relato de Jack London

Con el último trozo de pan, Tom King limpió la última partícula de salsa de harina de su plato y masticó el bocado resultante de manera lenta y meditabunda. Cuando se levantó de la mesa, lo oprimía el pensamiento de estar particularmente hambriento. Sin embargo, era el único que había comido. Los dos niños en el cuarto contiguo habían sido enviados temprano a la cama para que, durante el sueño, olvidaran que estaban sin cenar. Su esposa no había comido nada, y permanecía sentada en silencio, mirándolo con ojos solícitos. Era una mujer de la clase obrera, delgada y envejecida, aunque los signos de una antigua belleza no estaban ausentes de su rostro. La harina para la salsa la había pedido prestada al vecino del otro lado del hall. Los dos últimos peniques se habían usado en la compra del pan.

Tom King se sentó junto a la ventana en una silla desvencijada que protestaba bajo su peso, y mecánicamente se puso la pipa en la boca y hurgó en el bolsillo lateral de su chaqueta. La ausencia de tabaco lo volvió consciente de su gesto y, frunciendo el ceño por el olvido, se guardó la pipa. Sus movimientos eran lentos, casi rituales, como si lo agobiara el peso de sus músculos. Era un hombre de cuerpo sólido, de aspecto impasible y no especialmente atractivo. La tosca ropa estaba vieja y gastada. La parte superior de los zapatos era demasiado débil para las pesadas suelas que, a su vez, tampoco eran nuevas. Y la barata camisa de algodón, comprada por dos chelines, tenía el cuello raído y manchas de pintura indelebles.

Pero era la cara de Tom King lo que revelaba inconfundiblemente a qué se dedicaba. Era la cara de un típico boxeador por dinero, de uno que había estado durante largos años al servicio del cuadrilátero y que, por ello, había desarrollado y acentuado todas las marcas de las bestias de pelea. Tenía un semblante particularmente sombrío, y para que ninguna de sus facciones pasara inadvertida, iba bien rasurado. Los labios carecían de forma y constituían una boca hosca en exceso, como un tajo en la cara. La mandíbula era agresiva, brutal, pesada. Los ojos, de movimientos lentos y con pesados párpados, carecían casi de expresión bajo las hirsutas y tupidas cejas. En ese puro animal que era, los ojos resultaban el rasgo más animal de todos. Eran somnolientos, como los de un león: los ojos de una bestia de pelea. La frente se inclinaba abruptamente hacia el cabello que, cortado al ras, mostraba cada protuberancia de la horrible cabeza. Completaban el cuadro una nariz dos veces rota y moldeada por incontables golpes, y orejas deformadas, hinchadas y distorsionadas al doble de su tamaño, mientras la barba, aunque recién afeitada, ya surgía de la piel, dándole al rostro una sombra negra azulada.

Era realmente la cara de un hombre al que temer en un callejón oscuro o un lugar solitario. Sin embargo, Tom no era un criminal, ni había cometido nunca un acto delictivo. Más allá de algunos altercados, comunes en su modo de vida, no le había hecho daño a nadie. Ni tampoco había provocado reyertas. Era un profesional, y reservaba toda su brutalidad combativa a las apariciones profesionales. Fuera del ring era lento, afable y, en los días de su juventud, cuando el dinero abundaba, había sido tan manirroto que terminó perjudicándose. No era rencoroso y tenía pocos enemigos. La pelea era un negocio para él. En el ring pegaba para dañar, pegaba para herir, pegaba para destruir, pero no había animosidad en ello. Era una mera profesión. El público se reunía y pagaba para ver el espectáculo de dos hombres que se noqueaban. El ganador recibía la mayor parte de la bolsa. Cuando Tom King enfrentó a Woolloomoolloo, el Patán, veinte años antes, sabía que la mandíbula de su contrincante llevaba apenas cuatro meses recuperándose después de una fractura durante un combate en Newcastle. Y Tom se había concentrado en esa mandíbula y la volvió a fracturar en el noveno round, no porque abrigara malos deseos respecto del Patán, sino porque era el medio más seguro de noquearlo y ganar su parte de la bolsa. Tampoco el Patán abrigaba malos deseos contra él. Así era el boxeo, ambos lo sabían y lo aceptaban.

Tom King nunca había sido locuaz. Se sentó junto a la ventana, silencioso y taciturno, mirándose las manos. Las venas sobresalían, grandes e hinchadas, y los nudillos, golpeados, deformados tumefactos, daban testimonio del uso que les daba. Nunca había oído decir que la edad de una persona era la edad de sus arterias, pero conocía muy bien el significado de aquellas venas grandes y sobresalientes. Su corazón había bombeado demasiada sangre a gran presión a través de ellas. Ya no hacían su trabajo. Habían perdido elasticidad y, por la distensión, él ya no tenía resistencia. Se cansaba rápidamente. Ya no podía soportar veinte rounds, mazazos y pinzas, pelea, pelea, pelea, pelea, de campana a campana, golpe tras golpe, ser llevado contra las cuerdas y a su vez llevar al oponente contra las cuerdas, golpes más feroces y más rápidos en el último round, el vigésimo, con la sala a sus pies y aullando, y él mismo precipitándose, castigando, esquivando y propinando una lluvia de golpes y recibiendo una lluvia de golpes a cambio, y todo el tiempo con el corazón bombeando fielmente la sangre por las venas. Las venas, hinchadas en ese momento, siempre se habían encogido luego, aunque no del todo: cada vez, imperceptiblemente al principio, quedaban un poquito más grandes que antes. Las miró y miró sus nudillos tumefactos y, por un momento, tuvo la visión de la joven excelencia de aquellas manos, antes de que el primer nudillo se incrustara en la cara de Benny Jones, también conocido como el Terror Galés.

La sensación de hambre volvió a invadirlo.

—Pero ¿por qué no puedo conseguir un bistec? —murmuró en voz alta, apretando sus grandes puños y escupiendo un ahogado juramento.

—Intenté con Burke y con Sawley —dijo su esposa, como disculpándose.

—¿Y no me fían? —preguntó él.

—Ni medio penique, Burke dijo que… —balbuceó ella.

—¡Diablos! ¿Qué dijo?

—Que con lo que te daría Sandel esta noche tendrías suficiente, que no quería aumentar tu cuenta.

Tom King gruñó, pero no contestó. Estaba ocupado, pensando en el perro de pelea que había sido en los días de su juventud y al que había alimentado con incontables bistecs. Burke le habría dado crédito para mil bistecs en aquel entonces. Pero los tiempos eran otros. Tom King estaba envejeciendo y los hombres maduros que peleaban en clubes de segunda clase no tenían la esperanza de pagar sus deudas con los comerciantes.

Se había levantado por la mañana añorando un bistec, y la añoranza no se había disipado. No había tenido un entrenamiento adecuado para esa pelea. Era un año de sequía en Australia, los tiempos eran difíciles y hasta resultaba arduo encontrar un trabajo irregular. No tenía sparring y su alimentación no había sido la mejor, ni siempre suficiente. Durante algunos días había trabajado como peón y había corrido alrededor de la propiedad por la mañana temprano para poner en forma las piernas. Pero era difícil entrenar sin sparring, y con una esposa y dos niños que alimentar. El crédito con los comerciantes apenas había aumentado un poco cuando se planeó su pelea con Sandel. El secretario del Gayety Club le había adelantado tres libras —de la parte del perdedor— y se había negado a darle más. De tanto en tanto se las había arreglado para pedir unos pocos chelines a algún viejo amigo, que habría sido más generoso si no fuera un año de sequía y no estuviera él mismo en dificultades. No —y era inútil ocultárselo—, su entrenamiento no había sido satisfactorio. Habría necesitado mejor alimentación y menos preocupaciones. Además, cuando un hombre tiene cuarenta años, es más difícil ponerse en condiciones que cuando tiene veinte.

—¿Qué hora es, Lizzie? —preguntó.

Su esposa atravesó el hall para averiguarlo, y más tarde regresó.

—Las ocho menos cuarto.

—Empezarán la primera pelea en pocos minutos —dijo él—. Apenas un combate de prueba. Luego habrá cuatro rounds entre Dealer Wells y Gridley, y diez rounds entre Starlight y un marinero. No tardarán más de una hora.

Al final de otro silencio de diez minutos, Tom se puso de pie.

—La verdad, Lizzie, es que no he tenido un entrenamiento adecuado.

Fue a buscar el sombrero y se dirigió a la puerta. No le dio un beso —nunca lo hacía al salir—, pero aquella noche, ella se atrevió a besarlo, abrazándolo y obligándolo a inclinar su cara hasta la de ella. Parecía muy pequeña al lado de aquel gigante.

—Buena suerte, Tom —dijo—. Tienes que ganarle.

—Sí, tengo que ganarle —repitió él—. Eso es todo. Tengo que ganarle.

Sonrió, tratando de ser cariñoso, mientras ella se apretaba aún más contra él. Por encima de los hombros de ella podía ver la habitación vacía. Era todo lo que tenía en el mundo, junto con una renta atrasada, y ella y los niños. Y estaba a punto de salir esa noche para conseguir carne para su hembra y sus cachorros —no como un moderno obrero que va a su grilla mecánica, sino de una manera antigua, primitiva, real, animal: peleando por ello.

—Tengo que ganarle —repitió, esta vez con un atisbo de desesperación en la voz—. Si gano, serán treinta libras, y podré pagar todo lo que debo, y sobrará un poco de dinero. Si pierdo, estoy fregado, ni siquiera me quedará un penique para volver en el tranvía. El secretario me dio todo lo que corresponde por perder. Adiós, mujer. Volveré directo a casa si gano.

—Y te estaré esperando —le dijo ella a través del hall.

Dos millas lo separaban de Gayety, y mientras caminaba recordó que en sus días victoriosos —una vez había sido el campeón de los pesados en Nueva Gales del Sur— se habría desplazado en taxi al combate y que, muy probablemente, algún admirador seguidor habría pagado el taxi y lo habría acompañado. Eran Tommy Burns y aquel negro yanqui, Jack Johnson —ellos iban en automóviles—. ¡Y él ahora iba a pie! Y, como lo sabe cualquiera, dos millas no son el mejor preliminar para una pelea. Era un tipo ya maduro, y el mundo no se portaba bien con los maduros. No sabía hacer nada, excepto el trabajo de peón, y la nariz rota y las orejas hinchadas no lo ayudaban demasiado. Se encontró a sí mismo deseando haber aprendido algún oficio. Habría sido mejor a largo plazo. Pero nadie se lo había aconsejado y, en lo profundo de su corazón, sabía que, de todos modos, no habría hecho caso. Había sido tan fácil. Mucho dinero —peleas cortas y gloriosas—, períodos de descanso y de entrenamiento —un séquito de obsecuentes, las palmadas en el hombro, los apretones de manos, los ricachones contentos de pagarle un trago por el privilegio de cinco minutos de charla—, y la gloria, el público aullante, el final de torbellino, el árbitro diciendo «¡Ganador: King!», y su nombre en las columnas de deporte al día siguiente.

¡Qué buenos tiempos aquellos! Pero ahora se daba cuenta, en ese día lento y caviloso, de que él era uno de esos boxeadores viejos a los que había noqueado. Él era la Juventud, el ascenso; y ellos eran la Edad, la decadencia. No sorprendía que hubiera sido sencillo: ellos, con las venas hinchadas y los nudillos tumefactos, y cansados hasta los huesos por las largas batallas que habían librado. Recordaba la época en que había noqueado al viejo Stowsher Bill, en Rush-Cutters Bay, en el decimoctavo round y que después el viejo Bill había llorado como un bebé, en el vestuario. Quizá Bill tenía deudas. Quizá tenía en casa a una mujer y a un par de chicos. Y quizá Bill, el mismo día de la pelea, había tenido hambre de un bistec. Bill había recibido una increíble paliza. Ahora que él mismo estaba en desgracia podía ver que, aquella noche, veinte años antes, Stowsher Bill había corrido más riesgos que el joven Tom King, quien había peleado por la gloria y por el dinero fácil. No era una sorpresa que Stowsher Bill llorara en el vestuario.

Bueno, para comenzar, un hombre tenía en él solamente una cantidad determinada de peleas. Era la ley de hierro del deporte. Un hombre podía tener cien peleas duras; otro, apenas veinte; cada uno de ellos, de acuerdo con su contextura y sus fibras, tenía un número definido y, cuando las había peleado, estaba acabado. Sí, él había tenido más peleas que la mayoría de ellos, y había librado más de las que le correspondían —el tipo de peleas difíciles, agotadoras, que llevaban el corazón y los pulmones al punto de reventar, que terminaban con la elasticidad de las arterias y convertían en nudos recios de los músculos la flexibilidad de la Juventud, que destruían los nervios y la resistencia, y hacían que el cerebro y los huesos se agotaran por el exceso de esfuerzo—. Sí, su carrera era mejor que la de ellos. No quedaba ninguno de sus antiguos compañeros de pelea. Era el último de la vieja guardia. Había visto cómo acababan todos ellos, y hasta había intervenido en acabar con algunos.

Lo habían probado con los boxeadores viejos, y a uno tras otro los había puesto fuera de combate —riéndose cuando lloraban en el vestuario, como el viejo Stowsher Bill—. Ahora, el boxeador viejo era él, y a los jóvenes los probaban con él. Como a ese tipo, Sandel. Había llegado desde Nueva Zelanda, donde tenía un buen récord. Pero no todos en Australia sabían de él, de modo que lo pusieron a pelear contra el viejo Tom King. Si Sandel daba un buen espectáculo, le propondrían mejores hombres contra los cuales pelear, mejores bolsas que ganar; todo ello dependía de que pudiera librar una feroz batalla. Tenía mucho que ganar —dinero, gloria y carrera—; y Tom King era el canoso obstáculo que se interponía en el camino a la fama y la fortuna. Y no tenía nada que ganar, excepto treinta libras, para pagar al propietario y a los comerciantes. Y mientras Tom King razonaba de este modo, se agregó a su impasible visión la imagen de la Juventud, la gloriosa Juventud, elevándose exultante e invencible, de músculos flexibles y piel de seda, con el corazón y los pulmones que nunca se agotaban y que se burlaba de la limitación de los esfuerzos. Sí, la Juventud era Némesis. Destruía a los boxeadores viejos y no le importaba que, al hacerlo, se estuviera destruyendo a sí misma. Agrandaba las arterias y machacaba los nudillos, y a su vez era destruida por la Juventud. Pues la Juventud es siempre joven; solamente la Edad envejecía.

En Castlereagh Street giró a la izquierda, y tres cuadras después llegó a Gayety. Un grupo de jóvenes gandules que esperaban en la puerta le abrieron paso con respeto, cuando oyó a uno que le decía al otro: «¡Es él! ¡Es King!».

Dentro, en el camino al vestuario, se encontró con el secretario, un joven de mirada penetrante y facciones astutas, quien le estrechó la mano.

—¿Cómo te sientes, Tom? —preguntó.

—Afinado como un violín —respondió King, aunque sabía que estaba mintiendo, y que si él hubiera tenido una libra, la daría con gusto allí mismo por un buen bistec.

Cuando salió del vestuario, con los segundos detrás de él, y llegó al corredor que conducía al cuadrilátero en el centro de la sala, brotó un estallido de saludos y aplausos de la muchedumbre que esperaba. Tom agradeció los saludos a izquierda y derecha, aunque conocía pocas de las caras. La mayoría eran las caras de muchachos que no habían nacido cuando él ya estaba ganando sus primeros laureles en el ring. Dio un ligero salto hasta la plataforma elevada y se deslizó entre las cuerdas hacia su esquina, donde se sentó en un banco plegadizo. Jack Ball, el árbitro, se acercó a estrecharle la mano. Ball era un púgil venido a menos que no se había subido al ring hacía más de diez años para una pelea principal. King estaba contento de tenerlo como árbitro. Ambos eran boxeadores viejos. Si tenía que forzar un poco las reglas con Sandel, sabía que podía contar con que Ball lo pasara por alto.

El árbitro presentó a los jóvenes pesos pesados novatos que subieron al ring, uno después de otro. También proclamó los desafíos.

—El joven Pronto —anunció Ball—, del norte de Sídney, reta al ganador de esta pelea por cincuenta libras de apuesta.

El público aplaudió y volvió a aplaudir cuando el propio Sandel saltó entre las cuerdas y se sentó en su esquina. Tom King lo miró a través del ring con curiosidad, pues en pocos minutos estarían trabados en un combate sin piedad, y cada uno de ellos trataría con todas sus fuerzas de noquear al otro y dejarlo inconsciente. Pero era poco lo que podía ver, pues Sandel, como él mismo, llevaba pantalones y una sudadera sobre la ropa de boxeo. Su cara era muy atractiva, y estaba coronada por una mata crespa de cabello rubio, mientras su cuello, grueso y musculoso, dejaba adivinar un cuerpo magnífico.

El joven Pronto fue a una de las esquinas y luego a la otra, estrechó las manos de los principales y luego bajó del ring. Los desafíos continuaban. Entre las cuerdas siempre subía la Juventud —Juventud desconocida, pero insaciable—, y le gritaba a la humanidad que, con fuerza y destreza, se las vería con el ganador.

Algunos años antes, en el apogeo de su invencibilidad, King se había divertido y aburrido con tales preliminares. Pero ahora las presenciaba fascinado, incapaz de apartar la vista de la Juventud. Esos jóvenes ascendentes en el boxeo siempre estaban saltando al ring entre las cuerdas y clamando su desafío; y siempre se los enfrentaba con boxeadores viejos. Trepaban hasta el éxito sobre los cuerpos de los viejos. Y siempre venían, más y más jóvenes —la Juventud ávida e irresistible—, y siempre acababan con los viejos, se convertían ellos mismos en boxeadores viejos y recorrían el mismo camino descendente, mientras que, detrás, presionando, estaba la Juventud eterna: los nuevos chicos, que crecían ambiciosos y capaces de arrastrar a sus mayores, con más chicos detrás de ellos en el fin de los tiempos. La Juventud tiene su propia voluntad y eso nunca morirá.

King miró hacia la cabina de la prensa y saludó a Morgan, del Sportsman, y a Corbert, del Referee. Luego extendió las manos, mientras Sid Sullivan y Charley Bates, sus segundos, le calzaban los guantes y los ataban, observados de cerca por uno de los segundos de Sandel, quien primero examinó críticamente las bandas sobre los nudillos de King. Un segundo de este se hallaba en la esquina de Sandel, haciendo lo mismo. Sandel se quitó los pantalones y, mientras estaba de pie, se quitó la sudadera por la cabeza. Y Tom King, al mirarlo, vio a la Juventud encarnada, de ancho pecho, fuertes tendones, con músculos que serpenteaban como cosas vivas bajo la blanca piel satinada. Todo el cuerpo estaba animado de vida, y Tom King sabía que era una vida que nunca había perdido su frescura a través de los dolientes poros durante las largas peleas en que la Juventud paga su tributo y sale menos joven que al entrar.

Los dos hombres avanzaron hasta encontrarse y, cuando sonó la campana y los segundos estuvieron fuera del ring con los bancos plegables, estrecharon las manos e inmediatamente adoptaron su actitud de pelea. Enseguida, como un mecanismo de acero y resortes disparado por un gatillo, Sandel avanzó y retrocedió, descargando una izquierda a los ojos, una derecha a las costillas, esquivando un contraataque, bailoteando ligeramente hacia atrás y bailoteando amenazante hacia adelante. Era rápido e inteligente, y estaba dando una exhibición deslumbrante. El público aullaba de admiración. Pero King no se dejaba deslumbrar. Había peleado demasiados combates con demasiados jóvenes. Valoraba los golpes por lo que eran: demasiado rápidos y demasiado hábiles para ser peligrosos. Evidentemente, Sandel apresuraría las cosas desde el comienzo. Había que esperarlo. Era el método que tenía la Juventud, que gastaba su esplendor y su excelencia en rebeldías salvajes y ataques furiosos, agobiando al oponente con su propio, ilimitado estallido de fortaleza y deseo.

Sandel iba y venía, de aquí para allá, por todas partes, ligero de pies e impaciente, una maravilla viva de carne blanca y precisos músculos que se trenzaba en una deslumbrante fábrica de ataques, deslizamientos y saltos, como una nave que volaba de acción en acción y a través de miles de acciones centradas en la destrucción de Tom King, que se interponía entre él y la fortuna. Y Tom King resistió pacientemente. Conocía el boxeo y conocía a la Juventud y sabía que la Juventud ya no le pertenecía. Pensó que no había nada que hacer hasta que el otro perdiera algo de ese fervor, y se sonrió mientras esquivaba deliberadamente para recibir un pesado golpe en la parte superior de la cabeza. Era una astucia, aunque absolutamente aceptable de acuerdo con las reglas del boxeo. Se suponía que un hombre tenía que cuidar de sus propios nudillos y, si insistía en pegar al oponente en la parte superior de la cabeza, lo hacía por su cuenta y riesgo. King podría haber esquivado más bajo y dejado que el golpe se perdiera en el aire sin daño alguno, pero recordó sus propias primeras peleas y cómo golpeó su primer nudillo en la cabeza del Terror Galés. Estaba iniciándose apenas en el deporte. Ese esquive contaba para uno de los nudillos de Sandel. No es que a Sandel le importara ahora. Continuaría, soberbio y despreocupado, golpeando tan fuerte como siempre a lo largo de toda la pelea. Pero luego, cuando las largas batallas del ring comenzaran a hablar, lamentaría aquel nudillo y miraría hacia atrás y recordaría cómo lo había estrellado contra la cabeza de Tom.

El primer round fue para Sandel, y toda la sala aullaba por la rapidez de sus arremolinados ataques. Agobió a King con avalanchas de puñetazos, y King no hizo nada. Nunca conectó un golpe, se contentó con cubrirse, bloquear y esquivar, y provocar el clinch para evitar el castigo. Ocasionalmente hacía una finta, sacudía la cabeza cuando el peso de un puñetazo daba en el blanco y se movía impasiblemente hacia atrás, sin saltar ni rebotar para evitar el gasto de energía. Sandel debía agotar la espuma de la Juventud antes de que la Edad discreta pudiera atreverse a la represalia. Todos los movimientos de King eran lentos y metódicos, y sus ojos de pesados párpados y casi inmóviles le daban el aspecto de estar dormido o aturdido. Sin embargo, eran ojos que lo veían todo, que habían sido entrenados para ver todo a través de sus veinte años y pico en el ring. Eran ojos que no pestañeaban ni oscilaban ante un golpe inminente, sino que observaban fríamente y calculaban la distancia.

Sentado en su esquina durante el minuto de descanso al final del round, Tom se recostó hacia atrás, estirando las piernas, con sus brazos descansando en el ángulo recto de las sogas, con su pecho y abdomen jadeando franca y profundamente, mientras tragaba el aire aventado por las toallas de sus segundos. Escuchó con los ojos cerrados las voces de los espectadores:

—¿Por qué no peleas, Tom? —gritaron varios—. No le tendrás miedo, ¿no?

—Tiene los músculos paralizados —oyó comentar a un hombre en uno de los asientos de las primeras filas—. No puede moverse más rápido. Dos a uno para Sandel, en libras.

La campana sonó y los dos hombres avanzaron desde sus esquinas. Sandel cubrió tres cuartos de esa distancia, dispuesto a comenzar; pero King se contentó con avanzar una distancia más corta. Estaba en consonancia con su táctica de economía. No había entrenado bien y no había tenido lo suficiente para comer; cada paso contaba. Además, ya había caminado dos millas hasta el ring. Era una repetición del primer round: Sandel atacaba como un torbellino y el público preguntaba indignado por qué King no peleaba. Más allá de las fintas y de varios golpes deliberadamente lentos e ineficaces, no hizo nada salvo bloquear, enfriar la pelea y provocar el clinch. Sandel quería acelerar el ritmo, mientras que King, en su sabiduría, se negaba a acomodarse a él. Hizo una mueca de nostálgico pathos con su semblante tumefacto, y siguió resguardando la energía con el celo del que solo la Edad es capaz. Sandel era la Juventud, y la desperdiciaba con el munificente abandono de la Juventud. El dominio del ring seguía perteneciendo a King, gracias a la sabiduría adquirida en largos y dolorosos combates. Miraba con ojos fríos, moviéndose lentamente y esperando que la espuma de Sandel se disipara. Para la mayoría de los espectadores, parecía que King se sentía superado, y gritaban su opinión en las apuestas de tres a uno a favor de Sandel. Pero algunos, más sabios, unos pocos, conocían al King de otros tiempos y cubrieron las ofertas, que consideraban dinero fácil.

El tercer round empezó como todos, desparejo: Sandel lideraba y propinaba todo el castigo. Medio minuto había pasado, cuando Sandel, demasiado confiado, dejó una abertura. Los ojos de King y su brazo derecho centellearon al mismo instante. Fue su primer golpe real —un gancho, con el brazo rotado para volverlo rígido y con todo el peso del cuerpo a medias pivoteado—. Era como un león supuestamente dormido que de repente lanzaba un zarpazo. Sandel, alcanzado en un lado de la mandíbula, cayó derribado como un novillo. El público se sobresaltó y aplaudió de espanto. Después de todo, King no tenía los músculos paralizados, y podía lanzar un golpe como un mazazo.

Sandel quedó muy sentido. Giró sobre un lado e intentó levantarse, pero los agudos chillidos de sus segundos lo retuvieron para que aprovechara la cuenta. Se incorporó sobre una rodilla, listo para levantarse, y esperó, mientras el árbitro estaba de pie junto a él, contando los segundos en voz alta. A la cuenta de nueve se levantó en actitud ofensiva, y Tom King, frente a él, lamentó que el golpe no hubiera alcanzado más certeramente la mandíbula. De haber sido un nocaut, podría haber llevado las treinta libras a su casa para su mujer y sus hijos.

Los últimos minutos del round transcurrieron con el respeto de Sandel por su oponente y con King lento en sus movimientos y con los ojos somnolientos como siempre. Cerca del cierre del round, King, alertado por los segundos que esperaban agachados para saltar entre las cuerdas, llevó la pelea a su propia esquina. Y cuando sonó la campana, se sentó inmediatamente en el banco, mientras Sandel tuvo que caminar en diagonal por el cuadrilátero para volver a su rincón. Era una pequeñez, pero la suma de pequeñeces contaba. Sandel se vio obligado a caminar aquellos pasos de más, renunciar a aquella energía y perder una parte del precioso minuto de descanso. Al comienzo de cada round, King se arrastraba lentamente desde su esquina, forzando a su oponente a avanzar una distancia mayor. Al final de cada round, King maniobraba la pelea hacia su propio rincón, para poder sentarse de inmediato.

Transcurrieron otros dos rounds, en los cuales King era parsimonioso en su esfuerzo y Sandel, pródigo. El intento de este último por forzar un ritmo más rápido incomodó a King, pues un porcentaje de los múltiples golpes que llovieron sobre él dieron en el blanco. Sin embargo, King persistió en su lentitud tenaz, a pesar de los gritos de los exaltados para que avanzara y peleara. Nuevamente, en el sexto round, Sandel se descuidó, y nuevamente la temible derecha de Tom King restalló contra la mandíbula, y nuevamente Sandel aprovechó los nueve segundos de la cuenta.

Hacia el séptimo round, la buena condición de Sandel había desaparecido y debió acomodarse a la pelea más dura de su carrera. Tom King era un boxeador viejo, pero el mejor entre los que había encontrado, uno que nunca perdía el temple, uno notablemente hábil en defensa, y cuyos golpes tenían el impacto de una maza, con la posibilidad de un nocaut en ambos puños. Sin embargo, Tom King no se atrevía a pegar con frecuencia. Nunca olvidaba sus nudillos tumefactos, y sabía perfectamente que cada impacto contaba si quería que los nudillos le duraran toda la pelea. Cuando se sentó en su esquina, mirando al contrincante, tuvo el pensamiento de que la suma de su sabiduría y la juventud de Sandel podrían constituir un campeón mundial de pesos pesados. Pero ese era el problema. Sandel nunca se convertiría en un campeón mundial. Carecía de la sabiduría, y la única manera que tenía para adquirirla era su Juventud: cuando la sabiduría le perteneciera, se habría gastado la Juventud en comprarla.

King aprovechó todas las ventajas que conocía. Nunca perdió la oportunidad de un clinch; la mayoría de las veces, al quedar trabado, sus hombros impactaban contra las costillas del otro. En la filosofía del ring, un hombro era tan bueno como un puñetazo en cuanto al daño que podía provocar, y mucho mejor en cuanto al gasto de energía. Además, el clinch permitía que King cargara su peso sobre el oponente, de ahí que no se apresurara en deshacerlo. Esto obligaba a la intervención del árbitro, que los separaba, siempre asistido por Sandel, que todavía no había aprendido a descansar. No podía abstenerse de usar aquellos gloriosos brazos móviles y sus tensos músculos, y cuando el otro forzaba un clinch, impactando los hombros contra las costillas y con la cabeza descansando sobre el brazo izquierdo de Sandel, este casi invariablemente llevaba su derecha detrás de la espalda, hacia la cara que se proyectaba. Era un golpe inteligente, muy admirado por el público, pero no presentaba peligro y, por tanto, era más que nada energía desperdiciada. Pero Sandel no se cansaba y no era consciente de sus limitaciones, mientras King sonreía con una mueca y resistía tenazmente.

Sandel propinó un feroz derechazo al cuerpo, dando la impresión de que King estaba recibiendo un gran castigo, y fueron solamente los viejos aficionados los que apreciaron el hábil toque del guante izquierdo de King sobre los bíceps del otro, justo antes del impacto del golpe. Era cierto, el golpe dio en el blanco, pero fue privado de su efecto gracias al toque en los bíceps. En el noveno round, tres veces en el lapso de un minuto, la derecha de King descargó su gancho rotado sobre la mandíbula, y tres veces el cuerpo de Sandel, pesado como era, cayó a la lona. Las tres veces recibió una cuenta de nueve, lo que le permitió levantarse aturdido, pero todavía fuerte. Había perdido buena parte de su velocidad y gastaba menos energía. Estaba peleando con resolución, pero seguía recurriendo a su principal cualidad, que era la Juventud. La principal cualidad de King era la experiencia. Como su vitalidad había disminuido y su vigor mermaba, los había remplazado con astucia, con la sabiduría nacida de las largas peleas y con una cuidadosa administración de la energía. No solamente había aprendido a no hacer nunca movimientos superfluos, sino que también había aprendido a seducir a un oponente para que despilfarrara su energía. Una y otra vez, con una finta de pies, manos y cuerpo, seguía manipulando a Sandel para que saltara, esquivara o contraatacara. King descansaba, pero nunca permitía que Sandel lo hiciera. Era la estrategia de la Edad.

Apenas iniciado el décimo round, King comenzó a detener los ataques del otro con directos de izquierda a la cara, y Sandel, cada vez más prudente, respondió lanzando la izquierda, luego esquivando y descargando con su derecha un gancho largo a un costado de la cabeza. Era demasiado alto para ser vitalmente efectivo, pero cuando dio en el blanco, King sintió en su mente el viejo y familiar descenso al negro velo de la inconsciencia. Por un instante, o más bien por la mínima fracción de un instante, tuvo un blanco. En un momento vio a su oponente esquivando fuera del campo de visión y el fondo de caras blancas y atentas; al momento siguiente, vio otra vez a su oponente y el fondo de caras. Era como si se hubiera dormido durante un rato y hubiera vuelto a abrir los ojos y, sin embargo, el intervalo de inconsciencia fue tan microscópicamente breve que no tuvo tiempo de caer. El público vio que titubeaba y que sus rodillas flaqueaban, pero luego lo vio recobrarse y meter su mentón más profundamente en el refugio de su hombro izquierdo.

Varias veces Sandel repitió el golpe, manteniendo a King parcialmente aturdido, y luego este mejoró la defensa, que era también un contraataque. Haciendo fintas con su izquierda dio medio paso hacia atrás, lanzando al mismo tiempo un uppercut con toda la potencia de su derecha. Tan precisamente sincronizado, que aterrizó de lleno en la cara en el trayecto hacia abajo del esquive, de modo que Sandel quedó levantado en el aire y se curvó hacia atrás, impactando en la lona con la cabeza y los hombros. King repitió el golpe dos veces, y luego se calmó y arrinconó a su oponente contra las cuerdas. No le dio a Sandel la oportunidad de descansar ni de restablecerse, sino que disparó golpe tras golpe hasta que el público se puso en pie y el aire se llenó con un ininterrumpido rugir de aplausos. Pero la fortaleza y la resistencia de Sandel eran supremas, y seguía en pie. El nocaut parecía tan seguro que el capitán de policía, impresionado por el horrible castigo, apareció en el ringside para detener la pelea. La campana sonó para dar por terminado el round y Sandel se dirigió tambaleándose a su esquina, mientras le decía al capitán que estaba sólido y fuerte. Para probarlo dio un par de saltos, y el policía desistió.

Tom King, en su esquina, respirando con dificultad, estaba contrariado. Si la pelea hubiera sido detenida, el árbitro, por fuerza, habría aceptado la decisión y la bolsa habría sido suya. A diferencia de Sandel, él no estaba peleando por la gloria ni por la carrera, sino solo por treinta libras. Y ahora Sandel podría recuperarse en el minuto de descanso.

«La Juventud se impondrá»; este dicho relampagueó en la mente de King, y recordó la primera vez que la había oído, la noche en que había noqueado a Stowsher Bill. El ricachón que le había pagado un trago después de la pelea y le había palmeado el hombro había usado esas palabras. ¡La Juventud se impondrá! El ricachón estaba en lo cierto. Y aquella noche, años atrás, él había sido la Juventud. Esta noche, la Juventud estaba en la esquina opuesta. En cuanto a él, llevaba peleando media hora, y ya era un hombre maduro. Si hubiera peleado como Sandel, no habría durado ni quince minutos. Pero el punto era que no se recuperaba. Aquellas arterias sobresalientes y aquel corazón dolorosamente cansado no le permitirían recuperar las fuerzas en los intervalos entre rounds. Y, para empezar, no tenía energía suficiente. Las piernas le pesaban y comenzaban a acalambrarse. No tendría que haber caminado aquellas dos millas antes de la pelea. Y estaba el bistec por el que había suspirado aquella mañana. Lo invadió un odio terrible contra los carniceros que se habían negado a fiarle. Era difícil para un hombre maduro afrontar una pelea sin el alimento suficiente. Y un bistec era una pequeñez, apenas unos peniques; sin embargo, para él, significaba treinta libras.

Con la campana que dio inicio al undécimo round, Sandel se lanzó al ataque, haciendo gala de una frescura que no poseía realmente. King sabía de qué se trataba: era un bluf tan viejo como el deporte mismo. Se trabó en un clinch para no gastar energía, luego, apartándose, dejó que Sandel se preparara. Esto era lo que King quería. Hizo fintas con la izquierda, esquivó y lanzó un gancho largo ascendente, luego dio medio paso hacia atrás, conectó un uppercut de lleno en la cara y mandó a Sandel a la lona. Después no lo dejó descansar, recibiendo también él un castigo, pero infligiendo uno mayor, barriendo a Sandel hasta las cuerdas, con ganchos y directos, y todo tipo de golpes, deshaciendo los abrazos o golpeándolo ante cualquier intento de clinch, y siempre que Sandel se inclinaba, sorprendiéndolo con un puñetazo hacia arriba y otro que inmediatamente lo ponía contra las cuerdas, donde no pudiera caerse.

El público en ese momento estaba enloquecido, y era su público, pues casi todas las voces aullaban: «¡Acábalo, Tom!» «¡Acaba con él!» «¡Ya lo tienes!». Tendría que ser un final de torbellino, eso era lo que el público del ringside pagaba por ver.

Y Tom King, que había conservado su energía durante media hora, la gastaba ahora con prodigalidad en el único gran esfuerzo posible. Era su única oportunidad: ahora o nunca. Su energía declinaba rápidamente, y antes de que la última brizna lo abandonara, su esperanza era vencer a su oponente a la cuenta de diez. A medida que continuaba pegando y forzando, estimando fríamente el peso de sus golpes y la calidad del daño provocado, se dio cuenta de lo difícil que era noquear a un hombre como Sandel. Su resistencia era extrema, era la resistencia virgen de la Juventud. Sandel tenía un gran futuro. Solamente de aquella madera estaban hechos los boxeadores exitosos.

Sandel se tambaleaba, pero las piernas de Tom King estaban muy acalambradas y los nudillos le dolían. Sin embargo, se armó de valor para dar golpes feroces, cada uno de los cuales trajo agonía a sus manos destrozadas. Aunque ahora casi no estaba recibiendo castigo, se debilitaba tan rápidamente como el otro. Sus golpes daban en el blanco, pero ya no tenían el peso de antes, y cada puñetazo era el resultado de un severo esfuerzo de voluntad. Sus piernas eran como plomo y se arrastraban visiblemente; mientras, los partidarios de Sandel, alentados por ese síntoma, empezaron a vitorear a su hombre.

King se animó con un estallido de fuerza. Dio dos golpes sucesivos —una izquierda, apenas demasiado elevada, al plexo solar, y un cross a la mandíbula—. No fueron golpes muy pesados; con todo, Sandel estaba tan débil y aturdido que cayó y quedó temblando. El árbitro, de pie junto a él, le gritó la cuenta de los segundos fatales al oído. Si no se levantaba antes de que se pronunciara el décimo, perdería la pelea. El público se quedó en silencio. King se mantuvo en pie sobre sus piernas temblorosas. Un mareo mortal se abatió sobre él y, ante sus ojos, el mar de caras osciló y se hundió, mientras que a sus oídos llegaba, como desde una distancia remota, la cuenta del árbitro. La pelea era suya. Era imposible que un hombre tan castigado pudiera levantarse. Solamente la Juventud podía levantarse, y Sandel se levantó. A la cuenta de cuatro movió la cabeza y manoteó ciegamente hacia las cuerdas. A la cuenta de siete se sostenía en una rodilla, en la que descansaba, con la cabeza oscilando atontada entre los hombros. Cuando el árbitro gritó «¡Nueve!», Sandel se puso en pie, en guardia, con su brazo izquierdo plegado contra su cara y el derecho contra el estómago. Sus puntos vitales estaban resguardados, mientras se inclinaba hacia adelante para acercarse a King, con la esperanza de provocar un clinch y ganar más tiempo.

En el instante en que Sandel se levantó, King se hallaba junto a él, pero los dos golpes que conectó fueron amortiguados por los brazos en guardia. Un momento después Sandel estaba en clinch y sosteniéndose desesperadamente, mientras el árbitro se esforzaba por separar a los dos hombres. King contribuyó a liberarse. Conocía la rapidez con la que la Juventud se recuperaba, y sabía que Sandel era suyo si podía evitar esa recuperación. Un golpe duro lo lograría. Sandel era suyo, sin dudas. Lo había superado en táctica, le había ganado en caídas, le iba ganando por puntos. Sandel salió del clinch tambaléandose, haciendo equilibrio en la fina línea que separa la derrota de la supervivencia. Un buen golpe lo haría perder el equilibrio y caería. Y Tom King, en un relámpago de amargura, recordó el bistec y deseó haberlo tenido para ese golpe necesario que tenía que lanzar. Se preparó para el golpe, pero no resultó lo suficientemente pesado ni rápido. Sandel osciló pero no cayó, y volvió tambaleando hacia las cuerdas para sostenerse. King se tambaleó hasta él y, con un dolor parecido a una disolución, conectó otro golpe. Pero su cuerpo lo había abandonado. Todo lo que quedaba de él era la inteligencia táctica, disminuida y borrosa por el cansancio. El golpe que apuntaba a la mandíbula impactó apenas en el hombro. Había querido que fuera más alto, pero los cansados músculos no habían sido capaces de obedecer. Y, desde el impacto del golpe, Tom King osciló hacia adelante y hacia atrás hasta casi caer. Una vez más se esforzó. Esta vez, su golpe falló y, a causa de la absoluta debilidad, cayó sobre Sandel y se trabó en un clinch, sosteniéndose en él para evitar derrumbarse en el suelo.

King no intentó liberarse. Había agotado sus recursos. Estaba ausente. Y la Juventud se había impuesto. Aun en el clinch podía sentir que Sandel se iba fortaleciendo. Cuando el árbitro los apartó, allí, ante sus ojos, vio a la Juventud recuperada. Instante tras instante, Sandel se fortalecía. Sus golpes, débiles y fútiles al principio, se volvieron más rígidos y precisos. La visión borrosa de Tom King vio el puño enguantado dirigirse a su mandíbula, y quiso protegerse interponiendo el brazo. Vio el peligro, quiso actuar, pero el brazo estaba demasiado pesado. Parecía llevar un lastre de cien kilos de plomo. No se levantaría por sí mismo, y él tuvo que esforzarse para levantarlo con el alma. Luego el puño enguantado dio en el blanco. Experimentó un chasquido agudo que era como una descarga eléctrica y, simultáneamente, lo envolvió el velo de la noche.

Cuando abrió los ojos nuevamente estaba en su esquina, y oía el aullido del público como el rugido de las olas en la playa de Bondi. Exprimían una esponja húmeda contra la base de su cráneo y Sid Sullivan lo rociaba con agua fría sobre la cara y el pecho. Ya le habían quitado los guantes, y Sandel, inclinado sobre él, le estrechaba la mano. No abrigaba malos deseos hacia el hombre que lo había noqueado, y devolvió el apretón con una cordialidad que le hizo doler los nudillos. Luego, Sandel caminó hacia el centro del ring y el público acalló el griterío para oírlo anunciar que aceptaba el desafío del joven Pronto y ofrecía aumentar la apuesta de una a cien libras.

King miró con apatía mientras sus segundos enjugaban el agua, secaban su cara y lo preparaban para abandonar el ring. Tenía hambre. No el hambre común, lacerante, sino un desfallecimiento, una palpitación en la boca del estómago que se comunicaba a todo el cuerpo. Recordó el momento de la pelea en que había tenido a Sandel titubeando al borde de la derrota. ¡Ah, ese bistec lo habría logrado! Le había faltado solo eso para el golpe decisivo, y había perdido. Todo por culpa del bistec.

Sus segundos iban a ayudarlo a deslizarse entre las cuerdas. Los apartó, esquivó las cuerdas sin ayuda y saltó pesadamente al suelo, siguiéndolos de cerca mientras le abrían paso en el atestado corredor central. Al salir del vestuario hacia la calle, a la entrada del hall, algunos jóvenes le hablaron.

—¿Por qué no lo liquidaste cuando lo tenías? —le preguntó un joven.

—¡Vete al diablo! —respondió Tom King, y bajó los escalones hasta la acera.

Las puertas del recinto estaban abiertas y vio las luces y a los sonrientes camareros, oyó varias voces que analizaban la pelea y el próspero tintineo del dinero en el bar. Alguien lo llamó para que tomara un trago. Vaciló perceptiblemente, y luego rechazó el ofrecimiento y siguió su camino.

No tenía un cobre en el bolsillo y la caminata de dos millas le parecía muy larga. Ciertamente se estaba volviendo viejo. De pronto, cuando cruzaba el Dominio, se dejó caer en un banco, incómodo ante el pensamiento de la mujer sentada que esperaba saber el resultado de la pelea. Eso era más duro que cualquier nocaut, y le parecía casi imposible de encarar.

Se sintió débil y dolorido, y el tormento de sus nudillos destrozados le advirtió que, aun cuando pudiera encontrar trabajo como peón, pasaría una semana antes de que fuera capaz de sostener un pico o una pala. La palpitación de hambre en la boca del estómago era insoportable. Su miseria lo agobiaba y en sus ojos surgió una humedad involuntaria. Se cubrió la cara con las manos y, mientras lloraba, recordó a Stowsher Bill, cuando él se había impuesto aquella noche, años atrás. ¡Pobre viejo Stowsher Bill! Ahora podía entender por qué había llorado en el vestuario.



martes, 4 de agosto de 2020

Superhéroes anónimos

Ayer me escribió un individuo/a con el nombre de "Anónimo" (un Superhéroe) para insultarme por mis comentarios acerca de esto o aquello.
Intenté razonar con Anónimo pero todo se fue al carajo cuando le pregunté si era el autor de El lazarillo de Tormes.
Se ofendió y ya no escribió más. Los trolls tienen su corazoncito.

lunes, 3 de agosto de 2020

Debilidad

La debilidad está en todas partes. Rimsky-Korsakov desembarcaba en el norte de España sin conocer el idioma ni la cultura hispánica, compraba un cancionero (un libro!) y componía Capricho español. Hoy el ¿compositor? tiene Sibelius, Pro Tools y la Biblia en verso y el resultado es una nanocreación para pegarse un tiro en las bolas. Realmente conmueve que la gente reclame el título de compositor cuando esa profesión la ejercían Bach, Brahms o Mahler. Hay que tener valor para decir "soy compositor".

En algún momento, probablemente comenzó en 1914 y se acentuó a partir de 1945, la humanidad entró en un camino de desnaturalización. De cobardía y autoconmiseración. De eliminación de lo heroico.

Así lo vivió Mishima -tuve el honor de traducir sus Lecciones espirituales para jóvenes samurais. La destrucción de Japón. De su cultura milenaria. Acabó haciéndose el sepuku.

Las crisis son una gran oportunidad para abrir los ojos y empezar a eliminar todo lo que sobra: prácticamente todo. Asesinar a ese burgués o proyecto de burgués en que nos hemos convertido. Ese ser egoísta, miserable y ridículo a más no poder.

Ese ser incapaz de hacer nada por nadie.

jueves, 30 de julio de 2020

Stop in the Name of Love

No pienso contestar ni un solo mensaje más con 1.000 faltas de ortografía, sin espacios entre comas o redactado con la semántica y la lógica de la mosca del vinagre.

Stop pandemia de retraso mental sobrevenido. A bloquear gente hasta enterrarla en el mar. Perdí la paciencia.

Crear una vacuna no está a nuestro alcance pero evitar perder el tiempo sí. Enough is enough. FIN DEL MENSAJE.

*
A los que buscan pareja o similar. ¿Queréis saber cómo es una persona? Mirad cómo escribe. Ahí está no solo lo que es, sino lo que puede llegar a ser. Absolutamente todo.

** Ojito con las fotos pasadas por 8.000 filtros o fotos de 1983. Después no se admiten devoluciones. Ava Gardner o Paul Newman no buscan pareja por Internet.

martes, 28 de julio de 2020

Conspiranoicos

Hoy participé en un "debate" con músicos conspiranoicos versión Heavy Metal. Creo no haber leído tantas memeces juntas en un solo lugar y en tan corto espacio de tiempo en toda mi vida. Pero lo más interesante es la manera de razonar, con la lógica de un chimpancé. Un chimpancé irritado, con síndrome de abstinencia y extremadamente violento.

En mis viajes a Cuba traté a mucha gente cercana a Fidel Castro. Me contaban que había un gremio que lo sacaba especialmente de quicio y al máximo: los músicos. Individualistas, tocapelotas, narcisistas. Incapaces de pensar más allá de sí mismos.

Pero dales la posibilidad de unir extraterrestres, malos malísimos peores que Lucifer y "chis" perversos y la parte de sus cerebros que controla las actividades más básicas de la supervivencia incluidas la agresividad, la dominación, la territorialidad y los rituales se activará al 1.000 por 100.

Quizá la capacidad musical esté estrechamente relacionada con el autismo, con alguna forma de percibir la realidad absolutamente distorsionada y ajena al pensamiento lógico. La imagen de un Mozart semiestúpido y con la crueldad de un niño sin educar tal vez no resulte tan descabellada. Eso explicaría la enorme cantidad de músicos que acaba en el psiquiatra y necesitan toda clase de píldoras para sobrellevar la existencia.

Quizá todos los errores que he cometido en mi vida -unos cuantos- tengan su origen en el hecho de que soy músico.

Me he quedado absolutamente de piedra al leer ciertas cosas. Gente que constituye un peligro para sí misma. Es un deber humanitario que esa gente no alcance ninguna cuota de poder.

Hoy comprendí por qué la SGAE es como es. No puede ser de otra forma. Prefiero la muerte a volver a discutir con un tonto conspiranoico extremo. Peor aún. Prefiero ver todas las películas de Garci.

domingo, 26 de julio de 2020

La segunda ola

Para que el socialismo funcione hace falta que todo el mundo trabaje con alegría por el bien común. Con toda la alegría del mundo. Para sortear una pandemia -esta no es la primera, la pandemia de gripe española de 1918 se llevó casi tantos millones de personas como la Segunda Guerra Mundial y se sabe PORQUE HAY DATOS CIENTÍFICOS que indican que aquellas ciudades del mundo que hicieron las cuarentenas más estrictas salieron antes y se recuperaron con mayor rapidez. En cambio, el obispo de Zamora de aquellos tiempos celebró varias misas multitudinarias con resultados nefastos. Está en las hemerotecas- hace falta que todo el mundo colabore.

El número de "Illuminati" nunca ha sido tan brutal. En el comentario que colgué de Guillermo Aquino, medio en broma, medio en serio, se caracteriza a los conspiranoicos. Gente peligrosa.

Puesto que hay gente que no parece dispuesta a colaborar por el bien común poniendo en riesgo al resto de la población -fundamentalmente, a la población más vulnerable- los gobiernos han de utilizar todas las herramientas de las que están dotados para velar por la salud pública.

Caiga quien caiga. Unidades de reeducación para los negacionistas. Que vayan a los hospitales a seguir la evolución de enfermos entubados con sus propios ojos. Como se hizo al final de la guerra con los alemanes que no creían que lo de las cámaras de gas fuera cierto. Se los obligó a desfilar por los crematorios.

El socialismo no funciona precisamente porque siempre hay alguien que se escaquea, que piensa que vale mucho más, que no quiere compartir lo que heredó sin pegar golpe. Es un hecho: el ser humano no es bueno por naturaleza, eso son cuentos para niños y no precisamente los más inteligentes. Aprende a ser bueno a base de hostias. O no aprende en su vida.

sábado, 25 de julio de 2020

Unos y ceros

Durante un tiempo me apasioné por los ordenadores. Escribí un libro sobre el tema, Música virtual, que se editó en Anaya en 1994. Ya ha llovido...

El ordenador/computadora es un prodigio del genio humano. La máquina universal. Y la dualidad hardware-software es hasta metafísicamente fascinante.

La búsqueda de un lenguaje unívoco que no generara ruido ni polisemia data de mucho antes. Es una línea de pensamiento que une a Blaise Pascal, Newton, Leibniz, Frege, Wittgenstein, Alan Türing...

Encontrar un lenguaje suficientemente simple capaz de las mayores complejidades: el lenguaje binario. Las cosas solo pueden ser 0 o 1. Con el advenimiento de la computación cuántica las cosas pueden ser 0, 1 o 0 y 1 al mismo tiempo. ¡La paradoja de Schrödinger!

Una máquina programable, virtualmente infinita. El Test de Alan Tūring.

Aquellos que se quejen porque sus respectivos ordenadores están desfasados y necesitan imperiosamente comprar otra maquinita para realizar su Opus definitivo (en el campo que sea) han de saber que la computadora de abordo del Apolo XI, la nave que aterrizó en la luna por primera vez con permiso de los aceitunanoicos, era el equivalente a un 386. Un chipset que se comercializaba a finales de los años 80. Desde entonces, la potencia de cálculo se ha duplicado cada año y su precio se ha dividido por dos.

El teléfono en el que estoy escribiendo -un Samsung A30, un smarphone de gama baja- tiene un cerebro más potente. Bastante más.

La pregunta de por qué razón disponemos de semejantes herramientas y nadie -hombre, mujer o lo que sea- ha logrado ni siquiera acercarse a Cervantes, Bach, Velázquez o Eisenstein quizá responda a un problema de diseño del propio ser humano: a mayor facilidad, menor profundidad. Es la dificultad la que genera la necesidad. El azar y la necesidad. Eso apoyaría las tesis del entomólogo Wilson: no hay grandes diferencias entre los insectos y los seres humanos.

Una versión extrema nos conduciría a un neodarwinismo social letal.

Pero el potencial revolucionario está ahí. En 1999 creé Artenet. Un sistema de redes para llevar educación -alfabetización digital lo llamaba de manera rimbombante (necesitaba inversores...)- y la idea era crear focos revolucionarios al estilo Trotski pero en la educación. Demasiados fuegos al mismo tiempo no pueden ser contenidos y su efecto tiende a ser exponencial. Lo estamos viendo en el campo de los contagios y en el de la diseminación de la estupidez.

África era el lugar perfecto: se podía saltar directamente al terminal móvil, al smartphone, desde el cual un alumno podría asistir a una clase como la magnífica disertación que hizo Chema Saiz el otro día sobre cuestiones relacionadas con la guitarra de jazz. Olé ahí, Maestro, por cierto.

Telemedicina, apps para evitar que se desperdicien los alimentos, educación sexual (única manera de evitar que sobrecarguemos el planeta y la mujer quede anulada como futuro profesional en los países más atrasados), mejora de los cultivos, sistemas de comercialización peer to peer saltándose las comisiones y la negación sistemática del crédito...

Pero lo que pusimos en marcha hace 21 años no es más que una gota en el océano. Está todo por hacer.

Esta pandemia pone de manifiesto la existencia de infraestructuras robustas. Un sistema descentralizado, un Blockchain universal. Las posibilidades de que ningún niño jamás vuelva a pasar hambre nunca han estado tan cerca.

Unos y ceros. ¡A las armas!

miércoles, 22 de julio de 2020

La gran diagonal

Releo fragmentos de mi novela que saldrá este verano —tranquilos, hay ejemplares para todos, no empujen que hay niños— y yo mismo me asusto. ¿Estuve allí? ¿lo soñé? ¿de verdad la vida puede llegar a ser así...?

Del autor de "A Noé le vas a hablar de lluvia" llega ahora... LA GRAN DIAGONAL, by Martin Rasskin.

"...una de ellas, la más cruel, la mejor amante, la más implacable, un reloj suizo de precisión con piernas kilométricas de bailarina rusa, llegó a mofarse de mi interés hacia su persona... ¿cómo se te ocurre mendigar amor en una milonga? Se reía a carcajadas en mi cara. Esa imagen es impagable: mendigo de amor...

Exigía que me comportara como un malevo sin entrañas, sin una pizca de compasión, sin el más mínimo interés por su alma. A la manera de los hombres con hielo negro en el corazón. Dejando un tendal de cadáveres.

Procedía de Europa del este, de la tierra de las guerras infinitas. Había visto cosas terribles, las había sufrido en carne propia. Yo quería lamer sus heridas, pero estaban por dentro, de una profundidad insondable. Solo pretendía sentirse deseada, no amada.

El espejo comenzaba a empañar su rostro de marfil. Surcos, marcas de sangre. El vino turbio de los años. Su cuerpo, sin embargo, había hecho un pacto con el diablo. Hija de dos campeones olímpicos con los que no se hablaba desde hacía mucho tiempo, parecía un experimento genético de los nazis. Era letal, te clavaba un frío kriss malayo en el hoyo de las agujas mientras alcanzábamos el clímax al unísono. Competía conmigo. No podía dejar de competir. Era decididamente masculina en su femineidad.

Por suerte todo aquello acabó y estoy vivo para contarlo... et pourtant... daría cualquier cosa por haberte soñado y que no estuvieras a dos horas de avión. La amante perfecta. Tan lejos del amor como de Dios. Pégame, muérdeme, átame, fóllame, márchate. No se te ocurra mirarme a los ojos. Los ojos no mienten..."

Charlize Theron ya está contratada para encarnar el papel de la bailarina del este. Me llamó ella. No voy a dar más datos.

viernes, 17 de julio de 2020

Las grandes ideas están en la ciencia

En la época en que fui profesor -una actividad que me hace disfrutar muchísimo- solía utilizar técnicas alternativas para potenciar la memoria y la capacidad de concentración de mis alumnos.

Soy de la vieja escuela y siempre he creído que la memoria resulta fundamental. Sin memoria y capacidad de relacionar datos (sin capacidad de generar nuevos significados a partir de los mismos datos) no hay nada.

Explicara lo que explicara siempre deslizaba datos que nada tenían que ver con la exposición en sí. En plan subliminal y de forma caótica. Datos relacionados con la actualidad, la historia o datos económicos. Mis clases eran un despliegue de energía juvenil yendo de un sitio para otro y lanzando propuestas hasta quedarme exhausto. Después preguntaba a traición para comprobar cuál era su nivel de atención.

Eso hacía que mis alumnos en algún momento me preguntaran de dónde procede la inspiración, las ideas que hacen que uno se ponga en marcha. Creo que lograba comunicarles mi entusiasmo por la vida y las maravillas que encierra.

Da igual a qué te dediques, la ciencia es el modelo. Ahí están las mejores ideas. ¿Quieres escribir, componer música o pintar cuadros? Mira en la historia de la ciencia.

Gaulois resolviendo a los 20 años un teorema fundamental la víspera de batirse en duelo. ¡La noche antes de morir en duelo! Estoy convencido de que esa historia influyó en el amor a las matemáticas de mi hijo mayor, que es un matemático brillante.

Estamos en 2020... pero Eratóstenes midió la circunferencia de la Tierra -malas noticias: la Tierra es una esfera con los polos ligeramente achatados. Lo siento en el alma, no quiero fastidiarle el desayuno a ningún retrasado dental- 1.700 años antes de la expedición de Magallanes y Elcano.

¿Cómo lo hizo? Utilizando el cerebro. Hay muchísimos lugares en Internet donde consultar esta historia. Os dejo buscar a vosotros que tengo un día cargado.

En la ciencia están los mejores cerebros de la historia. La medicina es ciencia y es arte. También es psicología. Los antivacunas haríais bien en investigar el proceso mediante el cual hemos logrado pasar de los 1.000 millones de personas que habitaban la Tierra en la época de Marx a los 7.750 millones que somos ahora. Pero es inútil. Lo que Natura non da, Salamanca non presta.

jueves, 16 de julio de 2020

La jeña del márquetin

Holaaaaaaaaa Martín!!! Te contacto por Facebook. Vos no me conocés. Mi nombre es Noemí Graciela Gándara de Fassuletti. Qué hermoso cantás!!! Me fascina tu voz. Lo digo desde el corazón y el alma. Te oí cantar el jueves pasado en el Café Berlín. La rompés. Naciste para cantar tango. Precisamente... Martín. Yo soy cantante profesional y doy clases de canto. Hice coros con León Gieco y una vez actué en Canal 9 en horario matinal. Quería saber si estabas interesado en tomar clases de canto en mi estudio (virtual, por Zoom, no sé si sabés lo que es Zoom...). La gente se RECOPA con mis clases! No sabés cómo me quiere la gente!!!! Un abrazo, Martín. ¡Qué hermoso cantás! Una maravilla.

miércoles, 15 de julio de 2020

El arte no puede morir

Leo por ahí que "el arte morirá" y cosas por el estilo. Hablo con amigos que están realmente mal porque no ven salida. Ánimo, por el amor de Dios. Habrá que reinventarlo todo, pero saldremos de esta.

Quizá, el hecho de haber nacido en un país en el que cuando te dedicas a cualquier actividad artística -en el palo que sea- se da por hecho que de eso NO COMES, ayuda, es decir, me parece lo normal ir contracorriente.

El arte, el arte de verdad, parte de una necesidad interior, podría decirse de un DESEQUILIBRIO INTERIOR. Nadie se dedica al arte por elección. No me estoy refiriendo a la imbecilidad, los triunfitos o los 40 Payasos Principales ni nada por estilo, hablo de artistas que no pueden dormir pensando en su obra o gente como Gabriel García Márquez que, en cierta ocasión en que estaba yendo de vacaciones con la familia dio media vuelta porque se le ocurrió cómo terminar una novela. La familia, como es lógico, encantada de la vida.

El arte NO PUEDE MORIR, porque es una forma de estar en el mundo de aquellos seres más frágiles que el cristal, aquellas personas que sufren cuando todo el mundo no es feliz. Así que basta de mensajes apocalípticos. Hagamos un recuento de daños en la nave -que hace aguas por todas partes-, encontremos alguna bahía de aguas tranquilas para los trabajos de reparación y a por ellos que son infinitamente cobardes.

¿Se acabaron las subvenciones? (salvo para Alejandro Sanz y sus "conciertos" en la M30). Que les den. Cuando el corralito argentino florecieron mil propuestas artísticas en mi ciudad natal, la Meca de los locos creadores porque el suelo de Santa María del Buen Ayre está ELECTRIFICADO.

Vamos a las cosas. Pero sin llantos ni lamentos. Ya habrá tiempo de estar muertos.

Besos pa tós.

lunes, 13 de julio de 2020

Comida familiar

Mamá es cantante. Está bastante loca, pero quién no. Tiene 768 años y siempre intenta seducir jovencitos cantándoles boleros, tangos, lo que sea. Si no lo logra se enfada. Los pibes se ríen. Se ríen antes de salir corriendo. Usa las redes sociales para pescar incautos con fotos que no tienen nada que ver con la realidad. Eso produce shocks anafilácticos en las citas a ciegas.

El domingo pasado nos invitó a comer a casa. Tengo dos hermanas y un hermano de distintos padres. Su vida sentimental es un desastre. No hay poronga que le venga bien. Entre los hermanos hay cierta distancia, yo qué sé. Cosas de familia.

Mamá pasa bastante de nosotros, así que la reunión del domingo creó bastantes expectativas.

Todo lo que tenga que ver con hacer cosas para los demás no es lo suyo. Cocinar, tampoco. Mejor que no se acerque a la cocina. Así que, ante el temor a una más que probable indigestión, la comida la llevamos nosotros. Huevadas... pero comestibles.

Cuando nos tuvo a tiro, mamá agarró una copa de vino -de vinos sabe un montón-, la golpeó repetidamente con una cucharita y tomó la palabra.

—Ahora que los tengo juntos y veo que se llevan bien entre ustedes, que se las arreglan, quiero confesarles algo...

Mis hermanos y yo nos miramos. ¿Qué podrá ser? ¿Algo sobre nuestros respectivos padres? ¿Alguna clave para ser feliz...?

—Claro, mamá. Estamos encantados de estar todos juntos, aquí, contigo. Te escuchamos... -dijo mi hermana mayor, un prodigio de equilibrio mental y espiritual. Nada filosa.

Se produjo un silencio algo incómodo.

—En realidad... yo nunca quise tener hijos. Solo me interesa mi carrera de cantante. Soy incapaz de hacer nada por nadie. Cada paso que he dado en mi vida ha sido en función de mí misma, de mi carrera. Puedo decirle cualquier cosa a quien sea para lograr mis objetivos, adularle de forma rastrera si es preciso. Solo me interesan los elogios, a cualquiera que me critique ni lo escucho, lo pongo automáticamente en la lista negra. Les pido perdón por haberlos traído al mundo siendo la persona que soy.

Nos miramos todos. Con cierta piedad contemplamos a aquella pobre mujer pintada como una puerta a la que el maquillaje no ayudaba en nada, antes al contrario, acentuaba el patetismo de mujer entrada en años que quiere pasar por adolescente. Comprendimos que nunca tuvo amor. Nunca lo dio. Fría como el hielo más negro y, sin embargo, la persona que nos dio la vida.

Comida familiar. Festejos.

sábado, 11 de julio de 2020

A la vuelta

Y aquí va un cuentito de verano basado en una historia familiar. Festival de Cosquín. Comienzo de los 70, años turbulentos. Los años en que pudimos haber muerto. Va por ustedes. Se lo dedico especialmente a mi amigo Adrián Ramírez con un abrazo fraterno.

A la vuelta

Llevaba meses planeando el viaje al Festival de Cosquín. Trabajaba todo el tiempo sin descanso y sin perspectivas. Mis días eran gemelos. A lo sumo, mellizos. Apenas podía pagar los gastos... Cuando acaba el mes no queda nada y vuelta a empezar. Esa maldita incertidumbre, inventando en el aire.

Pero me encantaba el folklore. El viejo Atahualpa, la Negra, Falú, Zitarrosa, Osiris Rodríguez Castillos. Las zambas, las milongas, ¡las chacareras…! Eran mi refugio.

Todo el año me lo pasaba pensando en el momento de agarrar el coche y salir a la ruta. En casa vivíamos todos apretados: los abuelos, los hijos, el perro. Aquello era un circo. Nos queríamos todos mucho pero, de vez en cuando, era inevitable que surgieran discusiones e intercambios de pareceres por medios no convencionales. Esa cosa familiar, usted ya me entiende...

Los abuelos estaban instalados en una parte más o menos independiente de la casa, pero sus acalorados debates se oían al detalle. Una pareja que aguanta tantos años se acostumbra a comunicarse de formas que, contempladas por un extraño, resultan inexplicables.

El viejo se levantaba todos los días a las 5:30 e iba a la fábrica, donde le esperaba un gigantesco telar y un ruido infernal. Así todos los días de todos los años, por un sueldo bien miserable. Que conservara la cordura y el autocontrol después de tantos años de machaque cotidiano resultaba más que notable. Un héroe de la clase proletaria.

Fogones que invitan a matear… Nunca pude adaptarme a la gran ciudad. Me voy nomás.

Siempre fui un tipo bastante metódico. Había revisado el coche –un Ford A del tiempo de Upa pero que rodaba que daba gloria verlo–, llevaba el equipo de mate (fundamental), unos cuantos sándwiches y un poco de matambre. A qué más.

La mañana era fresca y bien que temblaba el lucero del alba. Después de todo iba a escuchar zambas hasta decir basta.

Subí al viejo Ford, saqué el cebador, aceleré un par de veces como me había enseñado mi viejo y arranqué. Esperé que se calentara un poco el motor y, cual Fangio ciudadano, ¡rumbo a Córdoba! Allá vamos…

No había recorrido ni cincuenta metros cuando veo por el espejo retrovisor que el abuelo sale corriendo de casa a los gritos.

—¡Me voy con vos…! ¡Esperame…!

Aflojé la marcha y esperé que se subiera.

—Dale. ¡Arrancá…!— bramó el viejo.

Aquello resultó totalmente inesperado. Años de vida ordenada. Siempre en pareja a todos lados.

—Pero Don Leizer… ¿no le va a decir nada a la abuela?

—No. Arrancá te digo.

—Mire que se va a preocupar...

—Mirá pibe… la vida está llena de interrupciones y cosas terribles que te parten el alma en dos. Todos llevamos cristales dentro. Uno se va consumiendo hasta que no quedan ni las brasas y los amigos tienen esa fea costumbre de olvidarse de respirar... así que vámonos de joda mientras podamos! Metele pata nomás.

Y mirándome de soslayo, agregó: ¡prefiero discutir a la vuelta, che!

viernes, 10 de julio de 2020

El mundo se cae a pedazos y nosotros nos enamoramos

Acabo de hablar con Pablo. Ya está instalado en un piso de Montpellier que conozco. Justo frente a la estación de tren, un barrio estupendo. Vive con dos compañeros que solo hablan francés, ideal para practicar.

¿Financiación del joven? Mercado Central. Ya tiene curro. De momento, montando y desmontando tiendas. 10 pavos la hora. No es un gran sueldo para Francia, pero más se perdió en Verdún y estaba el KÁISER.

Tema piano... el chaval ha recorrido las tiendas de pianos y los cafés de la ciudad con piano (en Francia el amor a la música es algo digno de ver y hay instrumentos de calidad en muchas partes). Le dejan ensayar en las tiendas. Ha conseguido un Steinway para practicar las sonatas de Beethoven y en un café hace lo que hacía su padre cuando tenía su edad y viajaba por el mundo: un repertorio variado para entretener a la tropa. Satie, unos cuantos standards, Albéniz, Yann Tiersen, lo que haga falta. Yo tenía mis trampitas con Asturias, Córdoba, la Danza número 5 de Granados, el Concierto en Re de Vivaldi... hacía una estadística de las partes que más emocionaban al público y las REPETÍA en bucle. Tahúr que es uno, pero aprendí lo que no estaba escrito sobre estructuras y formas. Sobre todo aprendí dónde está la emoción en una obra, por qué funciona el clímax (cosa que luego apliqué en otros rubros pero es algo temprano para hablar de SEXO elevado a la categoría de Bellas Artes) y cómo se tiene que hacer un armazón completo para poner en valor aquello que concentra la emoción. Y me sacaba un pastón, qué coño...

Pero es que la manzana nunca cae lejos del árbol. Ha conocido a una niña que es chelista y está como loco por ella. Es de Madrid y está cuidando niños para mejorar su francés (esto de que los jóvenes de ahora son vagos y cómodos no es así. Depende de los padres... no tiréis con bala que aún es temprano).

Me dice: "Papá... no es que sea hermosa... es una niña de cuento de Andersen. Te quita el aliento".

¡A mis brazos coño! ¡Así es como se hace...!

Ole y reole la vida y la alegría. 18 tacos, enamorado, pianista del copón, ganándose la vida. Le he dicho "oye, si necesitas pasta -ya le di 200 pavos a fondo perdido el día de su partida. "Pa mujeres y vicio"- para financiar "l'amour" llama a BANCO PAPI que para esas cosas yo siempre estoy. Me dice el tío "estoy ganando 400 a la semana más lo que me den en el café por tocar". Así que he decidido pedirle yo pasta a mi propio hijo. Tengo mis propios gastos de AMOR... se descojona.

Me cuenta que los compañeros de piso son algo guarretes -¡el mal francés?- y que con su Spanglish (habla inglés de pm) y sus cuatro palabras de francés ha tenido que establecer un turno de lavado de la vajilla. Desatascó la pila él solito -vete a saber lo que había ahí- sin darme el coñazo. Se buscó la vida con los tutoriales de Youtube. Es un tío independiente ya. OLÉ.

Usa el Duolingo para darle caña al francés. Y hoy los dos hermanos se van a navegar juntos en un velero.

Me cago en tó... HE HECHO FUEGO. Soy un náufrago en una isla desierta y he hecho fuego. Tengo a Wilson. Amo a la mujer más hermosa del mundo (que también me ama). Tengo amigos cojonudos.

NI VIRUS NI HOSTIAS. Hoy empiezo con el vodka antes de comer. Viva la vida. Muera la muerte!

jueves, 9 de julio de 2020

Pedaleo

"La literatura amable no es ni siquiera literatura", solía decir a sus alumnos universitarios ese genial cascarrabias que era Vladimir Nabokov.

Añado de mi cosecha que el arte ha de tumbarte de un Uppercut directo a la mandíbula o es Kenny G tocando en Mercadona. Las primeras dos páginas, los 16 primeros compases. El primer estribillo de un tango: no tendrás una segunda oportunidad para entrar a matar.

El arte no se elige. Lo esencial se aprende por ósmosis, no está en los libros, no puede enseñarse en un aula. Como el amor, no te deja dormir cuando ella no está y la casa entera se transforma en un pasillo de hospital, un pájaro sin luz.

Para ser artista hay que experimentar el vértigo de estar vivo todos los días. Si te quedas conmigo te doy mi sangre. Si te vas, me mato.

Ser abuelo ya. Contemplar a los nietos en una foto. Los nietos se han ido al otro lado del mar. No volverás a verlos nunca. En la foto aún son niños y montan en bicicleta entre sonrisas mucho más luminosas que un sol.

Estrechas la foto contra tu pecho. Cierras los ojos dulcemente. Cierras los ojos y pedaleas.

miércoles, 8 de julio de 2020

Negra sombra

Para algo que estoy escribiendo me estoy documentando sobre el genoma. Un mínimo cambio, una mutación, en una de sus "letras" puede hacer que un virus como el que tiene paralizado el mundo cambie su letalidad o su facilidad para infectar.

Una novela actual tiene aproximadamente 100.000 palabras. Imaginemos que el cambio de una sola letra de una sola palabra implicara un cambio de sentido completo en toda la historia. En términos borgianos es muy interesante, pero al mismo tiempo, espeluznante.

Bien. Todo esto me ha hecho recordar una historia de mi juventud. Mi novia de aquellos años universitarios solía ir en Navidades a la casa solariega familiar, casa a la que nunca fui invitado ya que no estábamos casados y además, pertenecía a otra clase de social, mucho más baja. A mucha honra, cogno! Era gente realmente maravillosa, pero no parecía reparar en cómo le hacían sentir a uno cuando llegaba esa parte del año. En fin.

Pero a lo que iba. Nos hicimos novios justo antes de las Navidades de 1982. Ese año me contrataron como guitarrista para tocar en Galicia. Allá que me fui con mis 18 años recién estrenados.

Ella estaba en la frontera con Portugal con su familia de posibles y yo en El Ferrol, rompeolas de todas las Galicias. El caso es que nos escribíamos cartas, porque aquello duró más de tres semanas.

En una de sus cartas ella me decía que quería dedicar su vida a la escritura, pero tenía letra de médico y en mi solitaria habitación del hotel Almirante yo entendí "ESCULTURA". Como soy un romántico totalmente pasado de rosca -hasta el día de hoy- moví Roma con Santiago desde mi destino gallego hablando con amigos de mi padre (pintor y escultor) para tratar de encontrar una plaza para mi novia en algún taller y que pudiera hacer su sueño realidad.

Lo logré, pero al regresar a Madrid a ella le entró un ataque de risa. Estuvimos seis años juntos y siempre nos acordamos con ternura infinita de aquel cambio de letras que pudo haber torcido un destino, porque a día de hoy ella es una excelente poeta, de las más apreciadas en la lírica contemporánea galega.

Cando penso que te fuches,
negra sombra que me asombras,
ó pé dos meus cabezales
tornas facéndome mofa.

Cando maxino que es ida,
no mesmo sol te me amostras,
i eres a estrela que brila,
i eres o vento que zoa.

Si cantan, es ti que cantas,
si choran, es ti que choras,
i es o marmurio do río
i es a noite i es a aurora.

En todo estás e ti es todo,
pra min i en min mesma moras,
nin me abandonarás nunca,
sombra que sempre me asombras.






jueves, 2 de julio de 2020

Mañana castellana

Ocho de la mañana. Me tomo un café en el pueblo. Pongamos en marcha la rueda de la economía, jaja. Café La Concordia. Será en homenaje a la plaza parisina, yo qué sé. Pero la concordia ni está ni se la espera.

Me siento en la barra. Camarero y camarera. Pin y pon.

─Es que me tienes harta. Harta es poco...

─Pero no te quites mérito, Maricarmen. ¡Tú eres la persona más insoportable de la Tierra! Todo el puto día quejándote...

─Serás gilipollas, pues para arar así... ¡prefiero arar sola, coño!

Antes de recibir daños colaterales me piro vampiro. Me marcho a casita silbando un tanguito. Uno va arrastrándose entre espinas y en afán de dar su amooooor...

Un episodio más de "Peleítas Rurales, Inc.". Por cierto, Maricarmen y consorte, vuestro café... ¡peor que pegarle a un padre! Mi casaaaaaaaa... teléfonoooooo...

Como podéis ver, en mi pueblo -que está emplazado en un valle muy fértil-, las mujeres aran la tierra igual que los hombres. Cualquiera le tose a la Maricarmen.

Aquí aplicamos a rajatabla el principio básico que convirtió Castilla en una potencia mundial. Para qué coño discutir si podemos resolverlo a hostias.

Como decía un amigo asturiano bajista con muy malas pulgas: "doyte una hostia y rómpote el focico". Esta tierra es cojonuda.

domingo, 14 de junio de 2020

La noche en la isla

La noche en la isla es un maravilloso poema de Pablo Neruda perteneciente a "Los versos del capitán". Esta no es la voz de Neruda, sino la mía, así que tiene un deje tanguero. Criollita de mi pueblo, pebeta de mi barrio, la golondrina un día su vuelo detendrá...!

En el vídeo sale el océano Pacífico y la casa del poeta en Isla Negra. El Pacífico en esas latitudes tiene un azul muy profundo, casi místico. Es un océano pleno de premoniciones, metálico.

Valparaíso, donde está situada otra de las casas del poeta, huele a mares oscuros, a versos infinitos. A marineros extraviados y faros del fin del mundo. Me perdí en sus empinadas calles hace ya algunos años. Mi regreso a Buenos Aires fue por etapas y los primeros recuerdos de infancia los recuperé en Chile. Cosas pequeñas. Un Billiken antiguo, una tableta de Mantecol, una manera de estar en el mundo y de sentir las cosas.

Va por vos. Te espero en nuestro rincón de Belgrano. Ese que te gusta tanto. Ya sé cómo preferís el café.


miércoles, 10 de junio de 2020

Teodicea

Hace algunos años publiqué una nota sobre unas declaraciones del entonces pontífice, Joseph Ratzinger, Benedicto XVI.

En mi opinión, Ratzinger fue el papa más intelectual de la historia. No entro a valorar sus posturas ideológicas sobre lo divino o lo humano. Solo la potencia de su cerebro.

Fueron unas declaraciones suyas las que me sugirieron la reflexión, que se titulaba "Dónde está Dios". Se publicó en El País, pero debe estar en algún otro medio online.

Porque Ratzinger visitó Auschwitz y declaró literalmente "uno se pregunta dónde estaba Dios en esos momentos..."

Me conmovió especialmente que fuera un papa alemán -que incluso estuvo involucrado en todo aquello siendo muy joven- quien declarase algo así.

¿Un Dios que se inhibe ante el Mal? ¿Un Dios que no puede contrarrestarlo? Todo ello implica derivaciones inquietantes. Si se inhibe no puede ser caracterizado como el Supremo Bien. Si pierde en ocasiones la partida, difícilmente puede ser Omnipotente.

Un médico se enfrenta a la muerte cara a cara. Toma decisiones en cuestión de segundos. La mayor parte de las veces acierta. Otras, no. Y tiene que seguir viviendo, sonriendo, soñando. Debe asumir los rostros o las manos de jóvenes que se van en la flor de la edad -a veces de manera inexplicable. ¡Cómo es posible... apliqué el mismo protocolo que funcionó tantas veces!- mientras envejece. Es parte de su trabajo.

¿Qué opina un médico de Dios cuando ve agonizar a una niña pequeña de leucemia y sabe perfectamente que no hay nada que hacer? ¿Cómo sigue viviendo? ¿Qué clase de fe puede tener?

Cuando era estudiante asistí a una conferencia del doctor Jahn en la Residencia de Estudiantes. Jahn era un cirujano maravilloso que colaboraba con Médicos sin Fronteras y con cuanta organización humanitaria le saliera al paso. Hay gente que no es de este mundo... como el padre Vicente Ferrer, que cambió el destino de más de un millón de personas en la India. Una persona sola, un millón de almas.

El Dr. Jahn citó el caso de un hospital para niños con espina bífida situado en un remoto rincón de Grecia, un lugar muy pobre.

El lugar era tan miserable que alguien había clavado un osito de peluche en una viga. Era el único juguete en toda la estancia. El oso miraba de cara a las camas y los niños podían verlo. Podían ver su rostro.

Jahn dijo: "está clavado, fijo, inmóvil. Ese oso debe servir para los niños que vendrán".

Recuerdo haber sentido cristales dentro cuando Jahn pronunció esa frase. Los niños que vendrán... niños nacidos exclusivamente para el dolor. Una fila interminable, infinita de seres que no tendrán una vida plena. Una hidra de sufrimiento eterno y frente a ella guerreros de carne y hueso. Cortas una cabeza del monstruo y surgen diez, ciento.

Los médicos son las únicas noticias de Dios con que contamos. Se quiebran también. Pierden la fe. Y han de seguir haciendo su trabajo como si aún creyeran que alguien cuida de los niños abandonados a su suerte.

Ocurre algo parecido con el amor entre dos seres humanos. Perdida la fe, la ilusión, pateado el corazón una y mil veces, hay que inventarlo todo otra vez, fingirlo si es preciso, como el San Manuel Bueno Mártir de Unamuno.

Vivir al este del Edén se parece tanto a la muerte...

martes, 9 de junio de 2020

De repente, el último verano

Hoy se fue un pibe joven, Pau Donés. 53. Amigos músicos se han ido tantos ya que me cuesta acordarme de todos... los que murieron en plena locura de los 80 sin haber cumplido los 27, la cifra obligada de todo cadáver ilustre del rock'n'roll que se precie.

En un portal de Malasaña por un pico demasiado puro. Tiene gracia... la droga te mata cuando es demasiado buena. En cambio la vida funciona con otras leyes. La vida te mata de a poco. Te mata huyendo.

Coppini, el Reverendo, Enrique Sierra... ninguno llegó a los 60. Y el tango? Los grandes, los grandes de verdad... mejor no mirar.

Gardel, 45 (¿o 48?); Julio Sosa, 38; Goyeneche muchos más pero ahogado en droga. ¿Eduardo Arolas? 32. Solo, alcohólico, abandonado.

Hablo con mi hijo hace un par de horas. Está en la Costa Azul. Tiene la edad que tenía yo cuando él nació. Nos reímos. Hablamos de hacer un viaje juntos. Solos. El Transiberiano desde Moscú hasta Vladivostok. Se lo debo a mi abuelo. Me dice: "viejo, aprendete por fonética alguna canción tradicional en ruso que sea equivalente al tango. Los rusos son sentimentales como los argentinos. Los hacemos llorar a mares hasta llegar al Pacífico y nos invitarán a vodka en cada compartimento".

Está claro. ¡Este pibe es hijo mío!

Que el tiempo que os sea dado vivir se gaste de la mejor manera posible. El resto no tiene la más mínima importancia.

sábado, 6 de junio de 2020

Viena, 1913

No suele hablarse mucho de este tema, pero hubo un momento y un café en el que se cruzaron las vidas de cinco personajes que marcaron a fuego el devenir histórico del siglo XX.

La ciudad, Viena. El año, 1913. El mes de enero para ser más precisos. El Café Central de la ciudad imperial acogió entre sus mesas nada menos que a Freud, Trotski, Stalin, Tito y Hitler. Freud era médico y tenía una vida ordenada. Tito, el croata que se convertiría en líder de la Yugoslavia socialista, trabajaba como mecánico de coches, es decir, podía pagar sus facturas. Trotski -cuyo nombre real era Bronstein, "Trotski" se lo robó a un carcelero- sobrevivía como periodista y no paraba de escribir. Quedan dos...

Sí. Hitler y Stalin. Es alucinante pero estuvieron sentados en el mismo café del centro de la capital austrohúngara, un elegante local que había sido sede de la bolsa.

La vida personal de ambos era un auténtico desastre. Que se sepa, Hitler estuvo cinco años en Viena (las cosas que cuenta en Mein Kampf están muy edulcoradas siendo ya líder de un movimiento). Stalin algo más. Unos nueve y habitualmente se hacía pasar por griego.

Stalin, al que sus escasos amigos llamaban "Koba", era un prodigio de valor físico. Un hombre de acción. Es como si le hubieran extirpado el miedo. Se dedicaba fundamentalmente a robar bancos para la Revolución. Cada vez que surgía un trabajo casi suicida que nadie quería hacer llamaban a Stalin. "Este es un trabajo para Koba". Todo en él inspiraba desamor. Su aspecto, su rostro picado de viruela, su mirada huidiza...

En cuanto a Hitler, durante sus años en Viena fue el más miserable de los cinco. Cuando podía pagarla, vivía en una pensión de mala muerte. En caso contrario, daba con sus huesos en un establecimiento para indigentes. Allí se forjó su carácter hecho de resentimiento y odio hacia los extranjeros, hacia todo lo que no fuera germánico. Sus intentos de ingresar en la escuela de arquitectura fracasaron, así como sus proyectos de convertirse en pintor.

Años más tarde, se cuenta que Hitler solo llegó a sentir algo semejante al cariño por Albert Speer, el arquitecto Wunderkind del régimen. Speer, de 38 años, fue el alter ego de Hitler y se convirtió en algo parecido al hijo que nunca tuvo.

Abril de 1945. Búnker de la Cancillería del Reich. Speer desafía las bombas rusas y viene a despedirse de su mentor. Fue la única vez que Adolf dio un abrazo en público a alguien. Un precursor de la distancia social.

Stalin, Hitler... sueltos por las calles de Viena. Alimentando el odio y el resentimiento contra todo y contra todos.

Mahler, el divino Gustav, había muerto dos años antes en esa misma ciudad imperial. En el comienzo de su Quinta Sinfonía, la Trauermarsch, está en ciernes toda la larga noche que habría de caer sobre Europa. La noche de los cuchillos largos. La noche de los cristales rotos. La noche infinita.

Por cierto, Stalin le ganó siete partidas de ajedrez seguidas a Lenin en Cracovia. Y Lenin no era precisamente torpe, antes al contrario. ¿Líderes políticos que saben jugar al ajedrez? Has vuelto a beber, Martín...

miércoles, 3 de junio de 2020

Tal vez será su voz

Tal vez será su voz es uno de los tangos que más me gustan. Un hombre pierde definitivamente a su amor y cree volver a encontrarlo entre las sombras de los tangos, en el humo de las milongas. Julio Cortázar escribió un maravilloso cuento llamado Las puertas del cielo que tiene una temática similar. Siempre creí que había un nexo entre ambas historias.

No. Las puertas del cielo no alcanzan a entornarse... ella no regresará. Él la busca en cada bailarina, en cada abrazo, pero no volverá a oír su voz. Tendrá que ser nomás mi propio corazón.

Con letra del inmortal Homero Manzi y música de Lucio Demare, Tal vez será su voz para todos ustedes en este fantástico arreglo de Raúl Chiocchio a la guitarra -un músico realmente fino- y yo mismo cantando. Ambos desde nuestros respectivos confinamientos. La magia del tango nos hace soñar. Con cariño inmenso y fervor de Buenos Aires.

jueves, 28 de mayo de 2020

Barrio

Los azares y mayo me han devuelto al barrio. La vieja Prosperidad... Todo sigue más o menos en su sitio. López de Hoyos, Clara del Rey, Juan Bautista de Toledo. Hasta quedan algunas casas humildes y bajas de la posguerra. El olor a fritanga, los bocatas de chorizo. Los muchachos fumando y bebiendo cañas, deseando quemar la vida cuanto antes. El Claret, donde quedábamos a jugar al fútbol "después de la peli del sábado". La iglesia a la que íbamos a ver cantar a las niñas (no había otro medio de hacernos ir... Merche Medina, la recuerdo como si la viera). Las calles que recorrimos tantas veces. Los cielos rojos de invierno. La pintada "Vota comunista", señal de que estábamos en otro mundo. A salvo de militares que solo sabían ser militares cuando tenían que enfrentarse a chavales desarmados. Ahí sí que derrochaban testosterona. En las Malvinas fue algo distinto...

Cuándo nos dimos cuenta de que no había forma de regresar a casa. Uno a uno los seres queridos iban desapareciendo. Cartas que tardaban una eternidad en cruzar el mar. La sensación de no pertenecer, de que, hicieras lo que hicieras nunca serías uno de ellos. Cuándo aprendí a hablar como un español... a lo largo de estos años me ha tocado escuchar ciertos comentarios, en fin.

Cuando uno se va de su país ya no es de ningún sitio. Los que se quedaron no te reconocen, dicen que cambiaste, que te hiciste más duro, más frío. Sobrevivir lejos de los míos. Entonces cuál es mi sitio. Mi lugar es estar siempre de viaje.

Si regreso a mis calles siempre pienso en todos. Los abuelos, el tío Santiago, Manuel, Pedro Gaeta, los pibes del barrio. Mi hermano que se fue a los 17. Ellos siguen estando igual que cuando los vi por última vez. Sonríen y son eternamente jóvenes, mirando la vida de frente.

El reflejo en las vidrieras ha cambiado. Los espejos me devuelven mi imagen algo cansada.

Tal vez porque antaño soñé mucho. Día y noche.

miércoles, 27 de mayo de 2020

Vuelta al cole

Llevo toda la mañana escribiendo sobre un episodio que sucedió en mi colegio, la Escuela número 4 Coronel Mayor Álvarez Thomas, en las calles Terrada y Nueva York. Cerca de Nazca y Av. Salvador María del Carril en la bellísima ciudad de Santa María del Buen Ayre.

En 2009 vino a buscarme mi hermano Raúl a Ezeiza -mi otra mitad en NAUM Project- y nos fuimos directos a comer pizza. Cada vez que estamos juntos volvemos a tener 15 años. Es automático. Y no podemos decir más de tres palabras sin cagarnos de risa. Es una sobredosis de Boludol en vena. En cuanto nos vemos nos convertimos en Boludos Alegres, Inc. Raúl largó el laburo para estar conmigo y me dijo ¿qué hacemos? Vamos al colegio...!

Llegamos. Era finales de febrero y hacía un calor asesino. La directora nos recibió y le hizo mucha gracia que un tipo baje del avión viniendo de Madrid, recorriendo océanos de tiempo y lo primero que se le ocurra es ir a su colegio de primaria. Se moría del amor.

Era un minonazo vestida de milonguera en pleno verano porteño y no me quitaba la vista de encima. Tenía JUSTO esos zapatos de Prada que me producen catalepsia y una minifalda escandalosamente corta y ceñida. Cómo ha avanzado la educación pública porteña...! Por qué el destino siempre me obsequia con situaciones en las que debo preservar mi honor y mi virtud ante mujeres infartantes que son legión. Debe haber un mensaje oculto en todo esto pero no alcanzo a descifrarlo.

Tuve que pararle el carro y recordarle que era un alumno de Séptimo A. Un alumno aventajado, pero un niño con toda la vida por delante. Ojito.

Mis maestros ya se habían jubilado. El director -que era un poco rígido pero que me quería mucho- había fallecido. No quedaba nadie... la señorita Olga, Di Giovambattista, la profesora Inga...

Me llevó a visitar todas las clases. Aquí aprendí a leer con la Srta. Antonia, aquí el Sr. Caggiano me enseñó a amar la literatura. ¡Epa! ¡¡¡¡San Martín está igual!!!! exclamé al ver el busto de bronce cerca del salón de actos. Se nos habían unido varias profesoras y se morían de risa con mis boludeces. Una de ellas no paraba de hacerme preguntas sobre España y me miraba fijo tipo "sacame de acá, pibe, llevame al otro lado del mar. Haceme tuya".

Mirá, te digo que si las profesoras argentinas no aprenden a comportarse no vuelvo más a mi colegio. Qué cosa. Esto de las feromonas en exceso me tiene repodrido che...

martes, 26 de mayo de 2020

Lo que te mata

Una de las ironías de la vida más dificiles de asumir es que aquello que te mata no es lo que no sabes, sino lo que CREES que sabes pero resulta no ser así. Not even close! Dios tiene un sentido del humor muy especial. Canela fina.

En mis años mozos fui editor -fugazmente- en una de las principales revistas "esotéricas" de España. Vendíamos 125 mil ejemplares por mes. Publicando cosas absurdas. El resto de los periodistas se reían de mí porque decían que mis artículos intentaban "tener sentido".

Aquello duró poco pero me divertí muchísimo entrevistando a toda clase de marcianos. Literal. Incluso fui a hacer una nota a una señora gallega que estaba convencida de que su hijo era marciano. Yo lo vi y le di la razón de inmediato. Ese tipo no era de por aquí. Ni siquiera podía decirse que fuera gallego.

Mi jefe era un pesado. Era argentino y me daba la vara con que había que ahorrar. Yo trabajaba part-time y el resto del tiempo tocaba en Madrid o alrededores. Muchas noches seguía de largo e iba a la oficina sin dormir. Para hablar con extraterrestres mi estado mental bastaba. El jefe me decía: "tengo un plan. Todo está calculado. Ahorro dos millones de pesetas por año y cuando regrese a Argentina me retiraré a los 50. No tendré que volver a trabajar nunca". Para lograrlo se privaba de todo. No iba de copas. No salía de vacaciones. Evitaba la compañía femenina. Decía que las mujeres eran un vicio caro.

Por fin logró juntar un capital. Regresó a Buenos Aires. La Reina del Plata. Tres meses antes del corralito.

Recuerdo que lo entrevistaron en El País cuando se armó el quilombo. El titular era algo así como "en este país hay la mayor cantidad de hijos de puta por metro cuadrado" y otras lindezas. Creo que después le dio un ataque al corazón y hasta ahí llegó.

No existe el 'después'. Es una estafa, un engañabobos. Fugate conmigo, piba. Largá todo. Voy a buscarte esta misma noche. Hoy. Sos mayor de edad me dijiste... ¿no? Bueno, está bien. No importa. Me hago pasar por tu tío. El tío pródigo.

En cualquier caso, si vas a regresar más temprano de la oficina, avisa. Hazme caso.

lunes, 25 de mayo de 2020

Adonde sea

Hace exactamente cuatro años estaba en un aeropuerto de América del Sur, llegué hasta el mostrador de Aerolíneas y pronuncié una frase que solo había oído en las películas: dame un billete para el primer vuelo que salga. "¿Adónde?" preguntó un joven de unos 35... "Adonde sea, lo importante es que salga cuanto antes..."

Le hizo tanta gracia mi cara de desesperación que terminó tomándose un café conmigo. Me contó que quería ser escritor, así que supuse que iba a sonsacarme datos para sus propias historias. El pibe me pareció tan amable -gestionó un vuelo urgente a Buenos Aires y me puso en primera sin cobrarme nada- que no pude negarme.

—Vos venís escapando de una mina —me dijo.

—Claro, salamín, si no por qué iba a querer salir en el primer vuelo a cualquier parte...

—Pero contame... qué pasó... —entonces le narré Las mil y una noches.

—Ahhhh... ¡pero a esa mina la conozco! —terminó por decirme. —¡Fui una vez a comprarle un mueble de segunda mano que estaba sospechosamente barato e insistió en que mi esposa se quedara en la puerta...! ¡¡Casi me devora!! Tuvo que venir a rescatarme Marcela. Se armó un despelote...

En nuestra mesa se hizo la noche. Nos miramos como dos hermanos antes de desembarcar en Normandía. Solos, en el incómodo silencio de los hombres que van a la batalla. Camaradas de armas.

—Loco... estás a tiempo... venite conmigo a Buenos Aires. La ley de los grandes números. Ahí no podrá encontrarnos.

domingo, 24 de mayo de 2020

El optimista patológico

Como soy de natural optimista siempre he tenido un enfoque positivo sobre el arte y la vida en general. Si a la gente le gusta lo que hago, ideal de la muerte. Todo son parabienes, abrazos y besos maravillosos. ¿Dinero? Bueno...¡quién lo necesita! Alguna morena habrá que me invite a desayunar. La hora de la comida... ya la resolveré. El truco para ser artista es tener quince amigos. El número máximo de veces que un amigo te puede invitar a comer por mes sin que te mande a freír puñetas es dos. Está todo calculado.

En cambio, si lo que hago resulta un fracaso absoluto e incuestionable y el público, horrorizado y escandalizado a partes iguales, decide tirarme toda clase de hortalizas, ya se sabe, tomates, pimientos, pepinos, cebollas, ajos, pan duro... pues ya tengo ingredientes para el salmorejo de esa semana.

Sea como sea, de hambre no me muero. Y tan alta vida espero...

sábado, 23 de mayo de 2020

Sudestada

Un hombre joven escapa hacia el fin del mundo en una carrera enloquecida. Huye de un destino escrito, huye de sí mismo. Su padre sale en su busca pero siempre llega tarde. Viedma, Puerto Madryn, Comodoro Rivadavia, Puerto San Julián, Río Gallegos. Él brilla como una moneda nueva, es más rápido que el viento.

Años de soledades. Insomnios. No quiero ver a nadie. Silencios.

Bariloche, lagos como espejos. Cordilleras. Alguien le avisa de que su padre está agonizando en un hospital de Buenos Aires. ¿Te acordás que me prometiste que no ibas a dejarme morir en un hospital? Fue una tarde en Monte Hermoso, caminando por la playa. Los dos solos, el atardecer perfecto. Vos ibas y venías al mar saltando las olas. Me abrazabas envuelto en sal. Entonces teníamos toda la vida por delante. Entonces no hacíamos más que reír juntos. La alegría es un compuesto simple.

Un tren de medianoche cruza la pampa. Tierras desoladas y espíritus de indios. Lamentos. Frío en el alma. Solo con sus recuerdos. El viaje que hicimos a Tandil. Te dejé manejar el camión. Vos estabas tan feliz... imitabas mis movimientos al volante y yo me moría de risa. Había que entregar un cargamento de cueros. Yo estaba orgulloso. Iba con mi hijo, el más grande, el más fuerte. Llegamos a la estancia. Nos recibió el patrón. Le caímos bien de inmediato, vos tenías esa virtud tan rara de caerle bien a todo el mundo. Nos invitó a un asado y estuvimos hablando de bueyes perdidos hasta el amanecer, meta vino y guitarreada con los peones.

A la vuelta vos me dijiste "sos el mejor padre del mundo" y me regalaste una sonrisa que aún me dura. Hay golpes en la vida tan fuertes. Como del rayo. Son los heraldos negros. El arte de seguir viviendo.

No vengas. No vuelvas a Buenos Aires. No vas a llegar a tiempo. Es mejor así. Dejame dormir. Despertame cuando se haya acabado septiembre.

martes, 19 de mayo de 2020

Intensidades

A decir verdad he tenido la enorme fortuna de haber conocido amantes maravillosas que me han amado y a las que yo he amado con locura. Entre nosotros las cartas, las palabras, siempre tuvieron un protagonismo central. Y las cartas que guardo como oro en paño son un prodigio de ternura y entrega sin límites. He conocido gente incapaz de entregar el corazón, cómo no, pero esas ni siquiera alcanzaron la categoría de historias. Fueron simples barcos que se cruzan en la noche. Incluso a ellas les guardo afecto. Mis queridas maestras en el arte antiguo de amar.

Creo firmemente que la palabra es lo único sagrado que hay en nosotros. Las palabras determinan lo que somos y lo que podemos llegar a ser. Dios es lenguaje. Y en el lenguaje están las claves del Universo.

He tenido la fortuna de oír mi nombre pronunciado con mil acentos, mil formas de dar el cariño. Incluso algunas mujeres insistían en llamarme Ariel, mi segundo nombre. León de Dios. Creaban otra personalidad que también está en mí y me transportaban a los días de mi primera infancia, cuando mi querido abuelo Lázaro me llamaba así.

Nadie puede ser mejor que sus palabras. Nadie puede ir más allá de sus silencios. La vida y la muerte son un tren nocturno que no se detiene. El número de veces que dirás una palabra de cariño a otro ser humano ha sido cuidadosamente pesado, medido. No podrás superar el límite. ¿Cuántas veces volverás a decirlas? ¿Veinte, cincuenta quizá...? ¿Cuántas veces alguien te hará sentir amado, deseado? Antes de entrar en la larga noche.

Pero fue Ingrid Bergman quien, al ser escandinava -esa equilibrada mezcla de lava y hielo-, escribió la carta de amor perfecta en términos de economía de medios y eficacia en el resultado. Siendo una mujer casada le escribió lo siguiente a un hombre casado al que no conocía personalmente, en los conservadores 50 del siglo pasado. La actriz sueca vio la obra de Roberto Rossellini y le envió las siguientes líneas:

"Querido Sr. Rossellini: He visto sus cintas 'Roma, ciudad abierta' y 'Paisá' y las he disfrutado mucho. Si usted necesita una actriz sueca que habla muy bien inglés, que no ha olvidado su alemán, que no entiende mucho de francés y que en italiano sólo puede decir 'ti amo', estoy lista para viajar y hacer un filme con usted".

Lo demás es historia. Os deseo la mayor de las intensidades.

sábado, 2 de mayo de 2020

Vuelta al tren

A la altura de Alcalá se monta una pareja. Se sientan a escasos metros de donde estoy, con la guitarra y la bolsa de los pertrechos de guerra. Regreso a casa después de cantar en Madrid. Contento de haber visto los rostros iluminados de gente muy querida. Canté a escasos metros de donde Manuel triunfó, cerca de la línea del frente. No pasarán!

El pasaje está medio somnoliento. Comienza octubre. Domingo norte. Oigo hablar a los recién llegados. Colombianos. Ese castellano tan redondo, tan sabroso. ¿Paisas...?

—Usted hace que mis días no tengan final, que quiera aprender a volar —dice él.

Ella lo mira y lo besa.

No deben tener más de treinta años y sin embargo ambos muestran marcas indelebles de haber sufrido desde que comenzó su tiempo.

Observo los hombros de él. Lleva la cárcel tatuada: un cierto peso, una leve inclinación de los omóplatos, la presión de noches sin sueño. Eso no se va nunca. Se queda ahí.

El rostro de ella tiene mucha calle. Las cicatrices están por dentro. Son más sutiles, más profundas.

—La sonrisa de usted, sus manos me dan ganas de vivir. No quiero otra cosa. Lo pienso a todas horas —dice ella y vuelve a besarlo como si el sol fuera a enfriarse.

En el vagón se ha hecho un silencio de templo. Todas las miradas, los rostros de los pasajeros confluyen en los que viajan suspendidos.

Están solos. Nunca tuvieron nada suyo. Tampoco les hace falta. Conocen el secreto mejor guardado desde que el mundo es mundo. El gesto, la palabra precisa.

Nos contemplamos todos, asombrados de estar vivos. El aire es más dulce y el tren quiere ir al mar. Las palabras le regalan densidad al tiempo.

Ella pondrá dos piedras de futura mirada. Sí. Ella tiene vida en su interior. Está cargada de vida.

miércoles, 29 de abril de 2020

Gurú en Tánger

Comparto con vosotros este pequeño relato que me han publicado en la excelente revista literaria Letralia. Con cariño.

Gurú en Tánger por Martín Rasskin

martes, 28 de abril de 2020

Óleo de mujer con sombrero

El mundo ha cambiado un poco desde la última vez que escribí.

Aquí va esta versión que grabé de un tema de Silvio Rodríguez. Más lenta que el original, me gusta cantarla así. Doy las gracias a mi amiga Ava por la sesión de fotos. Es deliciosa.

Va por todos vosotros/ustedes. Con cariño inmenso y los mejores deseos.

lunes, 3 de febrero de 2020

Filosofía

¡Por fin! La filosofía, el pensamiento, la capacidad lógica de argumentar, la duda como elemento fundacional de la crítica... fundamentales en un tiempo de tecnócratas, de analfabetos funcionales y de gente que desconoce las raíces de su propia cultura. Los griegos se educaban con Hesíodo y Homero. Y los valores de La Ilíada y La Odisea eran los valores heroicos de esa sociedad.

Contra te, super te!

Mira, estoy tan contento que me lío a hablar yo solo en griego... BE D'AKÉON PARA ZINA POLIFLÓISBOIO ZÁLASSES... ole.

Que yo te vi a ti morena mía
caminando solita por la vereda
te leí unas frases de Epicuro
y dijiste que te den dos duros...

que no, hombre, que por ahí no son los tanguillos, tío Lila. Que no te enteras de ná.

¡Alabado sea Platón!! Me voy a tomar un vodka con limones del Caribe a la salud del Congreso. Empezamos bien. Ole.

Que viva la República de Esp.... que no. Eso todavía no toca. Tranqui, hombre. Por algo se empieza. Ahora los niños van a aprender a pensar. Verán que los griegos dieron el salto del mito al logos, que crearon la democracia y que luego vino la República romana -qué bien suena esa palabra, a jacaranda sevillana en flor-, hablarán de los universales, del nombre de la rosa, de la navaja de Ockham, del despertar del Renacimiento, Lucrecio y De rerum natura los encandilarán, llegarán a la Ilustración, saborearán recónditas palabras en otros idiomas... Alétheia, Ápeiron, Kairós, Weltanschauung, Verbindung, Heimat, Enlightenment, hombres que abolieron la esclavitud, se darán la mano con generaciones, libros sagrados, discutirán con los dioses de tú a tú, sangres que se entremezclan, culturas que vienen del otro lado del mundo, en un viaje eterno como la luz y el aire, comprenderán que somos todos uno y lo mismo, que no hay diferencias que nos separen, que esta es la casa de todos.

Y descubrirán cómo las ciencias se fueron desgajando del tronco madre pero que en sus niveles superiores conservan el aliento filosófico: la necesidad de una visión integradora, una explicación holística que concilie contrarios. Newton, la teoría electromagnética, relatividad, mecánica cuántica, entenderán de dónde vienen los ordenadores. De la búsqueda de un lenguaje perfecto, de la conceptografía, de Frege, de los lógicos y los matemáticos del siglo XIX. Y conocerán a Alan Türing que, con su genio descifró Enigma y acortó la Segunda Guerra Mundial en dos años o más. Y darán el salto al mañana, a la Inteligencia Artificial, al aprendizaje de máquina mediante iteraciones, se perderán en el mar de posibilidades para crear un mundo mejor, más justo. Repetirán los mismos diálogos que han tenido lugar desde que el mundo es mundo: qué debemos hacer, cómo librar del hambre a los miserables, cómo repartir la riqueza de una manera equilibrada y justa. Y se enamorarán entre sí, descubriendo que vuelven a transitar los mismos caminos que ha recorrido el ser humano desde que salió de África hace 70.000 años. Serán otra vez el primer hombre y la primera mujer.

Cuando uno empieza a pensar, todo es posible... no hay empresa inabarcable, ni desmedida. Todo empeño humano se vuelve santo. Y el hombre -no me vais a pillar- y la mujer son la medida de todas las cosas. Que nada que le suceda a otro ser humano me es ajeno.

Hasta la más lejana de las utopías. Un mundo de hermanos. De seres humanos libres para siempre.

Todo comienza con una mirada. Así en el amor como en el pensamiento. Todo comienza cuando alguien dice "no, creo que eso no es así. Tiene que haber otra forma".

¡Aprenderán a amar la tinta de los sabios por encima de la sangre de los mártires!