martes, 26 de febrero de 2019

Cuadernos para Pablo I

Inicio hoy un proyecto que venía acariciando hace tiempo. De forma asistemática y sin pretender tener respuestas -soy pródigo en preguntas- voy a publicar textos que me han sugerido cosas a lo largo de mi vida. La idea de Cuadernos para Pablo nació hace unos diez años, cuando recorrí el continente americano desde el Río Grande hasta Chile intentando crear comunidades educativas. Con muchos de mis alumnos de aquellos tiempos sigo en contacto. La arquitecta Tania Matus, con quien hablamos hace años de este proyecto y que trabaja en Managua, me invitó este curso a dar clases de filosofía en una universidad nacional, pero por temas de tiempo no me resulta posible. A cambio, este humilde intento de tender la mano a todos los que soñamos y amamos en español y portugués. El futuro de nuestra comunidad depende exclusivamente de nosotros. De todos nosotros.

Para arrancar, un texto de Frazer. La rama dorada. Un texto clásico de la antropología. Un estudio fascinante sobre magia y religión, escrito con una fineza y una profundidad fascinantes. Sobre aquello que nos hace diferentes, radicalmente diferentes. Máquinas que se piensan. Que se sueñan.

Este texto, que leí por primera vez cuando tenía 20 años y me dejó mirando las estrellas durante muchas noches, es una parábola fantástica sobre el sentido de la vida, la fuerza indomable de la juventud, la vigilia y la soledad del poder, y la realidad de la decadencia y la extinción. A cambio de la sabiduría. El árbol del conocimiento en sentido bíblico.

Si podéis visitar esa zona de Italia volveréis transformados. Quién sabe si os encontraréis a Sir Lancelot...

*
¿Quién no conoce La rama dorada, el cuadro de Turner? La escena, bañada en el dorado resplandor con que la divina imaginación del artista envolvía y transfiguraba hasta el más bello paisaje, es una visión de ensueño del pequeño lago del bosque de Nemi, llamado por los antiguos "el espejo de Diana" [Lacus Nemorensis, de 5 y medio kilómetros de diámetro, 30 metros de profundidad y 90 de farallones sobre el nivel de las aguas, es un cráter extinto y subsidiario del cráter Albano, al este del lago de este nombre.]

Quien haya contemplado las quietas aguas encunadas en uno de los verdes repliegues de las colinas albanas, no podrá olvidarlo. Las dos aldeas italianas típicas, que dormitan en sus laderas, y el palacio, cuyos jardines en terraplén descienden hasta el lago, apenas rompen la quietud y soledad de la escena. Diana misma podría frecuentar aún la solitaria orilla; aún podría aparecer entre el boscaje.

En la Antigüedad este paisaje selvático fue el escenario de una tragedia extraña y repetida. En la orilla norteña del lago, inmediatamente debajo del precipicio sobre el que cuelga el moderno villorrio de Nemi, estaba situado el bosquecillo sagrado y el santuario de Diana Nemorensis o Diana del Bosque. Lago y bosque fueron denominados, en ocasiones, lago y bosque de Aricia, aunque el pueblo de este nombre (modernamente La Riccia) estaba situado unos cinco kilómetros al pie del monte Albano y separado por una pendiente del lago, que yace en una concavidad, a modo de cráter, en la falda de la montaña.

Alrededor de cierto árbol de este bosque sagrado rondaba una figura siniestra todo el día y probablemente hasta altas horas de la noche: en la mano blandía una espada desnuda y vigilaba cautelosamente en torno, cual si esperase a cada instante ser atacado por un enemigo. El vigilante era sacerdote y homicida a la vez; tarde o temprano habría de llegar quien le matara, para reemplazarle en el puesto sacerdotal. Tal era la regla del santuario: el puesto sólo podía ocuparse matando al sacerdote y substituyéndole en su lugar hasta ser a su vez muerto por otro más fuerte o más hábil. El oficio mantenido de este modo tan precario le confería el título de rey, pero seguramente ningún monarca descansó peor que éste, ni fue visitado por pesadillas más atroces. Año tras año, en verano o en invierno, con buen o mal tiempo, había de mantener su guardia solitaria, y siempre que se rindiera con inquietud al sueño, lo haría con riesgo de su vida. La menor relajación de su vigilancia, el más pequeño abatimiento de sus fuerzas o de su destreza le ponían en peligro; las primeras canas sellarían su sentencia de muerte...

The Golden Bough: A Study in Magic and Religion, James George Frazer

jueves, 14 de febrero de 2019

Vuelos

Llevo una semana sin salir de casa. Me enfrié el día que fui al fútbol. Comportarte como un chico no te transforma en un chico, Martín. Te hace un viejo que hace boludeces. Ya sé, no me digás...

Ayer desde mi ventana pude seguir las evoluciones de un halcón. Su forma de volar, la manera de aprovechar las térmicas, quedándose suspendido en el aire, la manera majestuosa de planear. Una enciclopedia de la historia de la aviación. Los Wright, Blériot cruzando el Canal, Lindbergh en solitario... Qué maravilla.

Ese halcón que vino a visitarme me sacó de mi cárcel durante unos instantes. Cuando quise darme cuenta ya estaba lejos, muy lejos. Más allá de las onduladas colinas. Aún había café en mi taza cuando desapareció en el horizonte.

Me recordaste el mar.

martes, 12 de febrero de 2019

Insomnios

El insomnio es una metáfora de la muerte. Cada hora trae un recuerdo nuevo, alguien que ya no está se sienta a conversar contigo. Un amigo que ceba unos mates y te convida uno.
-Amargo y bien caliente. Gracias, viejo... ¿cómo andás, qué tal todo por ahí?
-Está medio jodido encontrar yerba.
-¿Pero qué clase de paraíso es ese...?
-Además... no hay milongas nocturnas y San Pedro no mira con buenos ojos los abrazos cerrados. Dice que una cosa lleva a otra y después hay legiones de almas desencarnadas que quieren volver a la Tierra. No hay sexos, el cielo es unisexual: los espíritus tienen el aspecto propio de unos cefalópodos tornasolados. Bailar con otro pulpo asexuado, ya me dirás... En las cortinillas suena "Por una cabeza" y surge el problema de cabecear, porque es fácil pifiarla y darle a otro cefalópodo. Entonces se arma la de Dios es Cristo y aparece la Policía Militar del cielo repartiendo hostias como panes. Algunos escapan a los férreos controles angélicos y toman posesión del alma de ciertos milongueros. Pero todo paga peaje... se vuelven malos, oscuros.
-Qué cosa, che...
-Los milongueros con cara de malo, los que van dando lecciones de "cómo se hace", como si alguien tuviera la útima palabra en una danza que se ha ido haciendo en el camino y de la que existen tantas versiones como bailarines, en lugar de dejar vivir a la gente en paz, los que de puro macho no saludan a nadie. Ojito. Esos son los ángeles caídos. Arriba los buscan. Si caen fulminados por un rayo invisible en la tanda de Caló es que los han localizado y vienen a cobrar...
-Mirá vos. Pasame otro matecito... dale.
Esta semana han subido tres amigos a verme, vivos, no vayan a creer... Como resido en Laponia, que también existe, tomarse la molestia de venir un rato a conversar es prueba de amor incondicional.
¿Qué te llevo? me preguntan. ¿Necesitas algo de la ciudad? Traeme unos bolígrafos, si quieres. Folios tengo, tranqui. Cada día que pasa necesito menos cosas materiales. Con clientes como yo Amazon se hunde.
Descubro que como soy medio ermitaño los amigos esperan algún tipo de consejo o iluminación por mi parte. Siento decepcionarlos: la soledad no produce sabiduría. La soledad, el insomnio, el suicidio. No son metáforas, son avanzadillas de la muerte, columnas de ingenieros militares que exploran, que preparan el avance de las tropas de infantería: los que cartografían el terreno.
La vida, la alegría, dependen de gestos mínimos. La inesperada amabilidad de los extraños.
La mayor parte del tiempo realizamos labores mecánicas, propias de un autómata. Porque eso es hacerse adulto, que las cosas no te hieran, que la vida no te toque. Unos lo logran. Otros se quiebran antes de tiempo.
Hoy he visto imágenes de un pibe que paseaba por las calles de Kuala Lumpur de la mano de su padre. No tendría mucho más de 9 o 10 años. De repente, el chico se suelta de la mano porque ve a un niño más pequeño pidiendo limosna con su madre, sentados ambos en el suelo. Son seres invisibles.
El chiquito está descalzo, con la mirada ida. No conoce otra cosa. El niño mayor se quita los zapatos y los calcetines y se los pone al más pequeño. No piensa en lo que hace, no teoriza, no da lecciones morales ni echa la bronca a nadie. Se limita a sostener el equilibrio del mundo.
La capacidad de conmoverse ante las desgracias o las debilidades de los demás es una de las cualidades propias de la edad de la inocencia.
La distancia entre el niño que fuimos, el que da el cariño porque sí, y esto que somos, con nuestras cicatrices, nuestro temor al dolor y nuestro egoísmo ilimitado, determina si aún estamos vivos o somos muertos que continúan pagando facturas.