viernes, 20 de julio de 2018

El estado de las cosas

Más vale naufragar y morir en el mar que regresar a las playas de Libia.

miércoles, 11 de julio de 2018

Mineros

El reciente rescate de los niños encerrados en una cueva de Tailandia, una noticia maravillosa, me recordó la imagen de los mineros -gente de trabajo, de sacrificio, la mejor gente que hay- rescatando a sus compañeros.

Hay que ver a esos hombres recios, con espaldas como troncos, cubiertos de hollín hasta el alma, quebrarse y echar a llorar cuando logran sacar a uno de los suyos sepultado entre los escombros.

¿Acaso hay gente que ha nacido para sufrir? ¿Gente destinada a los peores trabajos, los que nadie quiere hacer? ¿Se puede ser feliz si una enorme parte de la humanidad es infeliz? ¿Cómo es posible que hayamos llegado al extremo de insensibilidad total?

Ni siquiera tener dinero garantiza la felicidad. Nada. Todo rencillas, hermanos repartiéndose la herencia en vida de los padres, padres chantajeando a unos y otros, impidiéndoles hacer su propia vida, heridas que no cerrarán nunca. Por amor al comercio. Gente incapacitada para hacer nada por sí misma, especulando con lo que va a recibir o dejar de recibir.

El famoso comienzo de Anna Karenina: "Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada".

Los socialistas utópicos del siglo XIX, los anarquistas, revolucionarios de toda clase y condición intentaron crear el concepto de hombre nuevo. El propio Dostoievsky, que llegó a convertirse en la conciencia moral de Rusia, se escandalizaba por las terribles condiciones existenciales de los siervos rusos en pleno siglo XIX. Y terminó en Siberia.

De momento, el capitalismo salvaje ha ganado la partida. Nos dice textualmente: la naturaleza humana es lo que ves, nada puede cambiarla. La solidaridad no está en nuestro ADN. El poder de la ambición es tal que nadie parará quieto hasta maximizar su beneficio. ¿Y una vez que lo ha logrado, si es que lo logra? Se dedicará a hacer cualquier barbaridad, por la simple razón de que puede hacerlo. Como ciertos personajes que prefiero no nombrar.

¿Y dónde queda entonces la gente como el buzo que se ofreció voluntario para rescatar a los niños de la cueva y pagó con su vida?

Gente así puede llamarse ser humano con todas las letras.

¿Debemos llegar al límite, a una situación totalmente desesperada como la que se dio en Tailandia, 12 niños que ni siquiera sabían nadar y se meten en la boca del lobo (mención especial para quien los metió allí) para reaccionar?

Entonces el ser humano regresa. La enorme fuerza solidaria se pone en marcha, como sucedió en el caso del Prestige y de tantos otros.

El ser humano no es Trump. Es otra cosa. Está ahí, sepultado bajo toneladas de insensibilidad aprendida. Años de pensar solo en sí mismo.

Menos la gente minera, claro.

Ya lo dijo Bertold Brecht: hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.






domingo, 1 de julio de 2018

Entrevista a Cortázar

Joaquín Soler Serrano era un periodista de la vieja escuela, es decir, alguien culto, respetuoso, incisivo, con formación filosófica, capaz de hacer que hasta Borges cayera bien en las distancias cortas. Un personaje que hoy no tendría cabida en ningún medio de comunicación.

En esta entrevista con Julio Cortázar, brillante conversador, descubrimos ángulos muy sabrosos de la vida del autor de "Todos los fuegos, el fuego". Una concepción del mundo que merece la pena conocer. Próximo viaje a Buenos Aires -tango mediante- prometo hacerme fuerte en Plaza Cortázar. Y que me vengan a buscar.

Cuando pasa el ruido, la furia, las promesas rotas, las soledades infinitas, queda la literatura. La gran literatura.

miércoles, 20 de junio de 2018

Quosque tandem

Las imágenes que llegan de niños separados de sus padres como consecuencia de la nueva política migratoria de los Estados Unidos superan todo lo conocido hasta la fecha. Jaulas, prohibición a los carceleros -TAMBIÉN DE ORIGEN LATINOAMERICANO- de tocar a los niños, despropósitos sin cuento.

Más allá de la conocida táctica del presidente estadounidense de tensar la cuerda al máximo para negociar a la baja y agitar los medios de comunicación como si de un avispero se tratara, lo que están haciendo con los hijos de los emigrantes latinoamericanos indica que no hay límites para esta gente y podemos esperar cualquier cosa.

¿Qué está sucediendo con el pueblo norteamericano? ¿Qué manera es esta de solucionar los problemas? ¿Cómo puede permitirse en una democracia que una persona histriónica gobierne a golpe de ocurrencia saltándose todas las normas de convivencia universal, incluso aquellas no escritas?

Siento vergüenza de ser blanco y de pertenecer a la raza humana.

Esto tiene que acabar.

domingo, 17 de junio de 2018

Operación Bikini

Hoy, de madrugada y con viento de poniente, arriban los primeros refugiados del Aquarius al puerto de Valencia. El recuerdo de otras tragedias. La sierra de Aitana vista desde el mar como último fulgor de España. Los republicanos españoles rumbo al exilio.

Los cisnes negros... la imposibilidad de predecir los acontecimientos futuros. Hombres que combatieron a los sublevados franquistas, que se incorporaron a las tropas aliadas en la Segunda Guerra Mundial y que liberaron París con la esperanza de que, una vez acabados Hitler y Mussolini, le llegaría el turno a Franco. Pero la historia raramente tiene un comportamiento lógico o previsible.

Vivir lejos de España. ¿Cómo?

Nuestra Europa de hemorroides crónicas en el alma se queja de los inmigrantes, de las "hordas". Nadie se detiene a pensar en otros conflictos, en países como Líbano, Turquía, Pakistán, Irán o Uganda que, según cifras de ACNUR, acogen un número de refugiados infinitamente mayor que cualquier país de los 28 o 27 o nada. Turquía (2,9 millones), Pakistán (1,4 millones), Líbano (1 millón)...

Es muy interesante el mecanismo por el cual un ser humano se transforma en una masa informe, egoísta y pagada de sí misma. La gente de derechas al menos es sincera: odia al diferente, está muerta de miedo y lo expresa sin ambages. Vive en sus urbanizaciones con seguridad privada y el resto de la humanidad se la suda. Suelen ir mucho a la iglesia, incluso cuando veranean en su segunda o tercera residencia. Dios también les prepara un destino similar tras el cruce de la Estigia. Hasta podrán elegir nube en primera línea. Según el cerebro reptiliano del individuo de derechas ellos merecen todo lo que tienen y disfrutan y, por fuerza, eso debe tener un reflejo en el mundo del más allá. Por alguna razón se han reencarnado en elegidos, ergo lo Inefable los ama.

El fenómeno de los burgueses de izquierda, la "gauche divine" o los pijos progres es realmente fascinante. Se suelen dedicar a oficios relacionados con la "cultura" y reproducen el modo de vida de la derecha tradicional, con sus pisos en barrios de postín y su servicio doméstico (no vas a estar todo el día rodando documentales culturales o dirigiendo fundaciones y luego a lavar platos, qué cosas se te ocurren). Para limpiar su conciencia contribuyen con una mísera cuota a alguna ONG o se les llena la boca hablando de Podemos. Me gustaría ver lo que opinarían estos mismos pijo-progres en un gobierno de Podemos y teniendo que pagar el 80 por ciento de su sueldo en impuestos. Como Máxim (¿es con acento?). Ahí puede que menguara ostensiblemente su cacareado fervor revolucionario. Formentera y Menorca los esperan con los brazos abiertos.

Lógico. ¿Para qué vivir en el extrarradio pudiendo tener un casoplón y un Tesla aparcado en la puerta? Dónde va a parar...

En el fondo es un problema de modos de vida. La izquierda no ha generado un modo alternativo. Salvo excepciones contadas con los dedos de una mano como es el caso del ex-presidente Mujica (de la también única República Oriental del Uruguay), es muy raro que la izquierda predique con el ejemplo.

El caso de la reciente compra del chalet de capricho por parte de Pablo e Irene es de manual. ¿Cuáles son los valores alternativos? Cero. En cuanto puedo vivo como los burgueses a los que pretendo desacreditar. "Un proyecto familiar", dicen. Qué salaos. Como los proyectos familiares de Orcasitas, el Pozo del Tío Raimundo, Vallecas o Carabanchel. ¿Construiremos pues un país en el que los 47 millones de personas que habitan la piel de toro tengan un chalet en las afueras alicatado hasta el techo? Reactivaríamos definitivamente el sector, sin duda. Plan quinquenal.

Los refugiados no salen de su país a la desesperada porque sí. Hay que tener mucho coraje para hacer lo que ellos hacen, hay que ser de una pasta especial. En muchos casos, son la única esperanza de mejora social de toda su familia y sus padres les escupen a la cara: "si no logras cruzar, si no envías dinero como sea, no vuelvas, no regreses". Otros ni siquiera tienen familia, vienen solos, viajan solos y no tienen esperanza alguna. Se dejan arrastrar simplemente. Se arrullan cantando en voz muy baja, casi imperceptible.

Ninguno trae consigo la más mínima formación para incorporarse a un mundo que no entienden. Un mundo de viejos prematuros que se miran el ombligo y morirán definitivamente solos. Un mundo de viejos paseando perros, de esfinges con gato.

¿Imagen y semejanza? ¿De quién? ¿Acaso Dios es así? ¿Hay también en el cielo. como si de arquetipos de Platón se tratara, seres humanos de primera, de segunda y seres humanos con menos derechos que un animal de compañía?

Hace aproximadamente 50.000 años nuestros antepasados comenzaron un largo viaje que los llevó desde África hasta los confines del mundo. Ahora los neandertales somos nosotros, parapetados tras los muros invisibles de la Fortaleza Europa. Conocido es su destino: su rastro se estudia en los laboratorios.

Hoy, 17 de junio de 2018, llegan más desesperados a esta nave sin rumbo que es el mundo pretendidamente desarrollado. No es noticia siquiera.

Mañana habrá más. Muchos más.














jueves, 14 de junio de 2018

Error de bulto

Sánchez ha cometido un error de bulto al nombrar a José Guirao ministro de Cultura. Se trata de una persona culta, prudente, educada y que ha demostrado a lo largo de muchos años de duro trabajo, tanto al frente del Reina Sofía como de La casa encendida, su capacidad para capitanear proyectos de gestión cultural de largo alcance.

No dice cosas como "me encanta la cultura", expresiones más propias de una reina de la belleza de Wisconsin, y no participa en programas de televisión con el nivel de una ameba escasamente despierta incluso para ser un organismo unicelular.

Mal, Sánchez. Qué mal. Has desconectado del Zeitgeist. No estás en la onda, titi. Jibarizas mi ilusión y la de tantos españoles y españolas.

Cosas veredes, amigo Sánchez, que farán fablar las piedras. ¡Galopa caballo cuatralbo, jinete del pueblo, que la tierra es tuya...!

miércoles, 13 de junio de 2018

lunes, 11 de junio de 2018

Ole

El barco que nadie quiere navega hacia puerto español. Esto es un país.

Ole Sánchez y ole el Gobierno de España. A la altura de este pueblo, solidario como pocos. Demostrado con creces en miles de ocasiones, desde la donación de órganos hasta la limpieza de las costas en desastres como el caso del Prestige o los incontables nacionales que se dejan la piel como cooperantes en las cuatro esquinas del globo. Los he visto trabajar personalmente, con los mapuches o los miskitos. Gente única.

Sánchez ha hecho lo que había que hacer y empieza recuperando los valores tradicionales de la izquierda. Entre la apuesta por un gobierno con mayoría de mujeres (una amiga muy querida me envió ayer un comentario en tono jocoso sobre los ministros hombres en el gobierno Sánchez preguntándose si están ahí por "méritos propios" o simplemente por cumplir con "la cuota masculina", la clase de estupideces que se suelen decir en el caso contrario) y este gesto hacia el barco de inmigrantes está marcando la diferencia. Si sigue por ahí logrará reflotar el PSOE.

La siguiente pregunta es ¿hasta cuándo la inhibición de la Unión Europea sobre la inmigración a la desesperada? ¿Qué clase de solidaridad interna es esta?

Aunque solo sea por interés propio ante la marea de populismos de ultraizquierda y ultraderecha, la Unión Europea debe encontrar el rumbo en un escenario que cambia a la velocidad del rayo o simplemente desaparecerá.

domingo, 10 de junio de 2018

Sin destino

Europa empieza a recordar viejos fantasmas. El Brexit, los ultras en los antiguos países del Pacto de Varsovia y ahora, Italia.

De la mano de los neofascistas de la Liga Norte y de los no se sabe qué Cinco Estrellas, Italia rememora el espíritu genuinamente mussoliniano.

El primer ministro Matteo Salvini no ha tardado en cumplir su amenaza: ha cerrado las fronteras de Italia a un barco de rescate con 629 inmigrantes a bordo, 123 de ellos niños.
El recuerdo de otros barcos, de otros inmigrantes a los que cerraron el paso. Gente que venía con lo puesto, sin dinero, sin nada. Italia también tuvo hambre en su momento y las riadas de italianos desesperados inundaron el Nuevo Mundo. 
Debería existir un infierno particular para toda la gente sin alma de este mundo. Un barco flotando junto a alguna de las numerosas islas de plástico y basura con que estamos destruyendo el planeta cargado hasta los topes con los hijos de todos los políticos y los pijos de escuela de pago que alientan este tipo de indiferencia. Ellos tranquilos en sus cómodos casoplones. 
Todos los europeos, por acción u omisión contribuimos a este estado de cosas.
Las vacaciones ya están aquí. La más metafísica de las preocupaciones actuales.

sábado, 9 de junio de 2018

Johnny Guitar

Interesante articulo publicado por Juan José Millás en El País de hoy. Trajo hasta mí el inmortal diálogo de Johnny Guitar, una de las películas míticas de mi juventud que aún me sigue conmoviendo. No es Cesare Pavese reflexionando sobre el oficio del escritor: el diálogo se establece en este caso de forma más directa, más a pie de obra, acerca de qué buscamos en la literatura y cómo podemos expresar lo que anida en los corazones. La diferencia entre lo natural y el Deus ex machina.

¿Buscamos en el arte cosas que nos tranquilicen, que nos den la razón? ¿Y en las personas...? Los toreros dicen: el halago debilita. Olé. No se puede expresar mejor y de forma más concisa.

Me considero un experto en esta materia. Viví ambos extremos. De las relaciones más largas de mi vida una mujer me adoraba y me daba la razón en todo. Y el caso es que nunca aprendí nada oyéndome a mí mismo. La otra me adoraba igualmente y me llevaba la contraria por definición. Vacaciones en el sillón del dentista. ¿Qué significa todo esto? ¿Y yo qué sé...? ¿Se supone que la vida tiene sentido? ¿Desde cuándo?

¿Acaso el propio lenguaje supone un corsé para nuestra imaginación? Llevada esta idea al mundo de la creación musical, ¿el lenguaje armónico y contrapuntístico del periodo denominado "de la práctica común" supuso una rémora para la evolución en el sentido de que los límites parecían infranqueables y hubo que dinamitarlos, léase Schönberg, Webern, Berg y todo lo que sucedió en el siglo XX? Recuerdo haber leído textos del propio Schönberg en su ocaso californiano donde afirmaba sobre sí mismo que "había ido demasiado lejos". Qué grandeza insondable hay que tener para alcanzar esos niveles de sinceridad.

En fin, doctores tiene la Iglesia. En esta etapa de mi vida solo tengo preguntas. Y a veces ni eso...

El hijo del joyero, por Juan José Millás (El País, 9 de junio de 2018)

En una clase de escritura creativa, después de que una alumna hubiera leído un texto de encargo, pregunté a uno de sus compañeros qué le había parecido.

—Me ha gustado mucho porque lo he entendido y a mí me gustan las cosas que entiendo —dijo.

Su afirmación acerca de las virtudes de lo inteligible fue tan categórica, tan agresiva incluso, que no me atreví a replicar. Esperé a la siguiente clase para decir algo.

—¿Te gusta alguna cosa que no entiendas? —le pregunté con cautela.

—No —repitió tajante—, lo que no entiendo no me gusta. Desconecto, me voy.

Estuve por hurgar un poco en el asunto. Pero juzgué que no era el momento. Además, no quería poner en aprietos al chico, que me caía bien; era un buen tipo. Había acudido al taller para aprender a escribir como se habla porque pretendía hacer diálogos para el cine y la televisión.

—Si quieres escribir como se habla —le dije al principio—, no me necesitas a mí. Basta con que grabes a la gente y transcribas a continuación la cinta.

—Sospecho que hay un truco —respondió él.

—El truco —le dije— consiste en otorgar a la escritura una apariencia de oralidad.

—¿Una apariencia? —dijo él.

—Una apariencia —dije yo.

—¿Significa que parezca oral, pero que no lo sea? —dijo él.

—Exactamente —dije yo.

—¿Y eso cómo se logra? —preguntó él.

—Buscándose uno la vida —respondí yo.

Por alguna misteriosa razón, pensaba mucho en este chico. Había en él una suerte de opacidad que me resultaba conmovedora. Un día leí en el taller la primera frase de La Regenta, la novela de Clarín.

—Escuchad esto —pronuncié abriendo el libro—: “La heroica ciudad dormía la siesta”.

Me dirigí luego al chico al que solo le gustaba lo que entendía y al que en el futuro llamaremos Pedro:

—Pedro, ¿te gusta este comienzo?

—¿Te importaría volver a leerlo? —dijo él.

—“La heroica ciudad dormía la siesta” —repetí yo.

—Está bien —dijo él.

—¿Pero es una obra maestra? —dije yo.

—Hombre, tanto como obra maestra… —dudó él.

—A lo mejor no lo has entendido —­aventuré yo.

—Sí que lo he entendido —se ofendió él—. Dice que la heroica ciudad dormía la siesta. No tiene más misterio.

—¿Y tú te imaginas a un héroe durmiendo la siesta? —pregunté yo.

—Perfectamente —dijo él.

—Ponme un ejemplo —dije yo.

—Mi padre —dijo él—. Mi padre se levanta a las tres de la madrugada, va al mercado central, compra la carne del día, la transporta hasta su puesto en el mercado del barrio, la coloca, abre la tienda, atiende a los clientes. Mi padre pesa 120 kilos. Es un gigante, no le tiene miedo a nada. Y después de comer da una cabezada en el sofá.

¿Qué responder a eso? El heroico padre de Pedro dormía la siesta.

Un día que fuimos a tomar una cerveza al terminar la clase le pregunté:

—Pedro, ¿tú me entiendes?

—No —dijo.

—¿Y te gusto como profesor?

—No —respondió sin vacilar.

—¿Por qué vienes entonces a mis clases?

—Porque sabes algo sobre la construcción de los diálogos que yo no sé.

Al día siguiente, leí en clase el comienzo de un cuento de Raymond Chandler que dice así: “Era uno de esos hermosos días de finales de abril, si a uno le importan esas cosas”. Pregunté a Pedro si le parecía genial.

—Creo que sí —dijo—, creo que es muy bueno.

—¿Por qué? —pregunté yo.

—Porque da, en muy poco espacio, mucha información sobre el que habla. Nos dice que es un tipo cansado.

—¿Y crees que las personas se expresan de ese modo?

Dudó. Me dirigí a la clase y pregunté si la gente, en la vida real, habla como los personajes en las novelas y en el cine. Los alumnos se miraron unos a otros. No era un grupo muy participativo. Saqué de mi cartera un papel donde llevaba impreso el famoso diálogo entre los dos protagonistas de Johnny Guitar:

Él: ¿A cuántos hombres has olvidado?

Ella: A tantos como mujeres tú recuerdas.

Él: No te vayas.

Ella: No me he movido.

Él: Dime algo agradable.

Ella: Claro, qué quieres que te diga.

Él: Miénteme, dime que me has esperado todos estos años. Dímelo.

Ella: Te he esperado todos estos años.

Él: Dime que habrías muerto si yo no hubiese vuelto.

Ella: Habría muerto si no hubieses vuelto.

Él: Dime que aún me quieres como yo te quiero.

Ella: Aún te quiero como tú me quieres.

Él: Gracias, muchas gracias.

Me volví de nuevo a la clase. Volví a preguntar si la gente hablaba así en la vida.

Tuvieron que aceptar que no. Les dije que el día anterior, preparando la clase, había tropezado en Internet con una curiosa demanda. Alguien solicitaba una especie de catálogo de frases típicas de telenovela. La respuesta con más puntos citaba las siguientes:

—No soy más que una simple criada.

—¿Por qué tuve que nacer ciega?

—Hay que impedirlo a toda costa.

—Estoy esperando un hijo tuyo.

Los alumnos rieron al reconocer el lenguaje del melodrama, muy parecido al lenguaje de la vida. La vida les hacía gracia.

Pedro, en cambio, se había quedado pensativo. Me pidió que desmontara la frase con la que había comenzado todo: “Era uno de esos hermosos días de finales de abril, si a uno le importan esas cosas”. Se trataba de un ejercicio, el de desmontar frases, que hacíamos a veces, y que les gustaba.

Les solicité que pensaran en avenidas y en callejones. Dije que a veces uno camina por la avenida principal de una ciudad cuando le sale al paso un callejón más atractivo, en el que se introduce con la intuición de que romperá así la monotonía grandiosa, aunque previsible, de la avenida.

—Lo curioso —añadí— es que todo el mundo sabe lo que es un callejón, pero no todo el mundo sabe lo que es una oración subordinada.

La que nos habíamos propuesto desmontar era una oración compuesta por una principal (era uno de esos hermosos días de finales de abril) y una subordinada (si a uno le importan esas cosas). La principal, les expliqué, era principal porque podría sobrevivir sin la subordinada, y la subordinada era subordinada porque carecía de sentido por sí sola.

Ahora bien, añadí, la principal, pese a su capacidad de supervivencia, parecía idiota. “Era uno de esos hermosos días de finales de abril” se le ocurre a cualquiera. De hecho la inteligencia de la frase residía en la subordinada (“si a uno le importan esas cosas”). Observad, les pedí, la capacidad irónica de ese callejón gramatical. Repetimos: si a uno le importan esas cosas. De súbito, y gracias a su subordinada, la frase principal, que por sí misma no valía un céntimo, adquiere una fuerza asombrosa.

Bueno, estaba intentando explicarles (y explicar a Pedro en particular) lo que diferencia a la escritura creativa de la prosa común, del habla. Una frase pretenciosa, manoseada, mala (era uno de esos hermosos días de finales de abril) se convierte en buena si haces salir de ella, a modo de apéndice, un callejón inesperado (si a uno le importan esas cosas).

El lenguaje literario era en cierto modo un intruso que intentaba pasar inadvertido entre el lenguaje común. Parte de su interés, si no todo, residía en esa capacidad no ya de ser tolerado por el sistema siendo tan diferente a él, sino de confundirse con él hasta el punto de que mucha gente, como Pedro, suponía que aprender a escribir diálogos consistía en aprender a escribir como se habla. Confundía la literatura con la vida. Quería llevar su vida (su habla) a la escritura, quizá quería convertir su vida en una película.

¿Qué distingue a las frases magnéticas de las comunes? Que en su interior sucede un drama de carácter semántico. “La heroica ciudad dormía la siesta”. “Era uno de esos hermosos días de finales de abril si a uno le importan esas cosas”. Por cierto, que Pedro, mi alumno del taller de escritura, era un tipo magnético, aunque de un magnetismo turbio, oscuro, un magnetismo con lagunas de opacidad.

En una ocasión leí en el taller un verso de Anne Sexton que dice así: “Cuando fuiste mía llevabas un audífono”. Se rieron todos, menos Pedro.

—¿Por qué os reís? —pregunté.

Las explicaciones fueron al principio confusas, pero poco a poco fuimos aproximándonos a la cuestión. “Cuando fuiste mía”, la oración subordinada, en este caso, carecía de interés. La sorpresa salta al leer la principal, “llevabas un audífono”. ¡Dios mío!, a quién, si no a un genio, se le ocurriría completarla de este modo. Llevabas un audífono. Cuando fuiste mía llevabas un audífono. Si ustedes escriben en Google el sintagma “cuando fuiste mía”, les salen 3.480.000 resultados. Es el primer verso de miles canciones. Pero ninguno, de entre esos millones de “cuando fuiste mía”, se completa con un “llevabas un audífono”. En este caso, la frase principal es la intrusa. ¿Qué rayos hace ahí el “llevabas un audífono”? Se enfrenta al tópico, lo destroza, lo vuelve a su favor. Engaña a la lengua, al monstruo, le hace creer que va a escribir un poema romántico, un poema idiota, un texto de todo a cien, y al dar la vuelta a la frase le da esquinazo, le cuela el “llevabas un audífono”. En resumen, “llevabas un audífono” hace antiliteratura, que es la única forma posible de hacer literatura.

Un día leí en el periódico la reseña de una novela a la que el crítico calificaba de “rara”. Imaginé el caso contrario, una crítica sobre una novela cualquiera de la que se dijera que era normal. Tienen ante ustedes una novela normal. ¿Hay novelas normales? Quizá sí. Y quizá sean las que definan el gusto dominante. Las novelas normales poseen una facultad que no tiene precio: que se entienden. Se entienden, digámoslo todo, al modo en que Pedro había entendido el ejercicio de la alumna al que aludíamos al principio de estas líneas. Y no solo se entienden, sino que te entienden. Saben que estás agotado, que tienes en la cabeza mil cosas que resolver. Hay que llamar al servicio técnico del gas para que vengan a hacer la revisión anual, has de llevar el coche a la ITV y el gato al veterinario. La vida diaria está repleta de pequeñas ansiedades que dificultan la concentración. Si aún te queda un hueco para leer una novela, le pides entenderla y que te entienda, es decir, que te dé la razón. ¿Quién quiere una novela que no le dé la razón? ¿Quién quiere un poema de amor que diga que cuando fuiste mía llevabas un audífono? Cuando fuiste mía, no sé, la tormenta arreciaba, o se escuchó el canto de una alondra.

Pasaron los años y un día tropecé

—Claro —dijo él.

Nos metimos en un bar y continuamos intercambiando banalidades. Casi a punto de despedirnos, Pedro me apuntó con el dedo y me dijo con una sonrisa rara, una sonrisa que podía ser la imitación de una sonrisa:

—De modo que la heroica ciudad dormía la siesta.

—Sí —dije yo—, y cuando fuiste mía llevabas un audífono.

—Verás —dijo él—, entendí perfectamente, a la primera, la heroica ciudad dormía la siesta. La entendí tanto que me asustó y por eso intenté devaluarla. Mi padre no tenía una carnicería ni se levantaba a las tres de la madrugada para ir al mercado central ni pesaba 120 kilos. Mi padre no era un héroe. Mi padre tenía cinco joyerías, cinco; ahora tenemos diez porque me he incorporado yo al negocio. Y me gusta. Entonces, no. Estaba en la época de la rebeldía. No quería parecerme a mi padre. Ignoraba que escribir como se habla era un modo de parecerme a él por otra vía. Tú, sin darte cuenta, me hiciste ver que en el fondo quería ser como él. Un día dijiste en clase que se escribe desde el conflicto, que si no hay conflicto se puede escribir el código penal pero no Crimen y castigo. Yo creía que quería escribir Crimen y castigo, pero no era cierto. Me interesa más el código penal, lo entiendo mejor que Crimen y castigo. Gracias de todo corazón por abrirme los ojos.

Me quedé perplejo. Pedro no había acu­dido al taller para aprender a escribir, sino para aprender a escribirse. Cada vez que abría una joyería, añadía un capítulo a su existencia. Un capítulo de un libro que entendía a la perfección, un capítulo de una novela “normal”, perfectamente inteligible. Y de esto era de lo que pretendíamos hablar desde el principio de estas líneas, de las fronteras entre lo inteligible y lo ininteligible; de los problemas de lo que entendemos y las virtudes de lo que no entendemos; de la diferencia entre hablar y ser hablado o escribir y ser escrito.

Juan Benet decía que con los libros nos pasa a los seres humanos lo mismo que les pasa a los hombres con las mujeres y a las mujeres con los hombres. Desde el punto de vista del hombre, hay mujeres que nos gustan, pero que no nos interesan, y mujeres que nos interesan, pero que no nos gustan. Nos casamos cuando coinciden el interés y el gusto. Quizá sea así. En todo caso, es verdad que hay libros que nos gustan y libros que nos interesan. No podemos entregarnos solo a los que nos gustan por el mero hecho de que los entendamos. Son los que nos dan la razón, cuando lo que hay que buscar en los libros, y en los cónyuges, es que nos la quiten.

miércoles, 6 de junio de 2018

Vendrán suaves lluvias

A medida que los años se van uno se levanta más temprano, recorre la casa en silencio, echa de menos el viento.

Al concierto del día 30, en el que Mauricio Vuoto al piano y el que suscribe cantando (juntos somos Profesor Neurus) tejimos tango para que los habituales de La Romántica -la elegante milonga de la exquisita Carmen de la Rosa- bailasen a compás, acudió gente muy querida. Otros no pudieron venir: las milongas tienen horarios algo "incompatibles" con una vida normal.

Dos presencias me emocionaron especialmente: Doña Angelina, apasionada, progenitora de mi amigo Juan Enís, compañero de farras que recala en Miami, y el impecable coronel De la Pascua, del Quinto de Lanceros de Su Majestad. Ambos alcanzaron a vivir en primera persona un mundo en el que el tango estaba vivo y brillaba con luz propia. Verlos con los ojos encendidos y llenos de entusiasmo fue algo inenarrable para este humilde cantor. Me sentí por momentos protagonista de un cuento de Borges, de Cortázar, buscando un amor perdido entre el humo y la penumbra de la milonga. El camino de vuelta a casa, de improbable urdimbre.

Arrancamos con una versión muy nuestra de Volver, sotto voce. Y comenzó el baile. Una tanda troileana, en homenaje a El Gordo, Aníbal Troilo, grande entre los grandes (esa iba por vos, Joseba). Después, cuatro de  Caló, pa que ustedes lo bailen, con el eje de la dupla inmortal Caló-Berón y terminamos con tangos de Mariano Mores y Pascual Contursi. Los milongueros dibujando como locos, pasajeros de una nave de solo ida, mantos de olvido para no pensar más en vos.

La materia que conforma los sueños.

A los bises se unió José Luis Yanguas, milonguero de toda la vida. José Luis resultó ser pariente de mi amigo Rodrigo Muñoz Avia, excelente escritor y, a la sazón, participante en la ceremonia. Momento especialmente alegre. El tango era una fiesta. En tiempos, la mitad de los habitantes de Buenos Aires salía a milonguear. Mientras se baila abrazado a un amor que no será la arena deja de caer, en esos tres minutos todo puede ser. Hasta lo nuestro, linda.

Y hoy que vivo enloquecido
porque no te olvidé,
ni te acuerdas de mí.

Mi compañero, Mauricio Vuoto, apasionado rosarino canalla, un capo absoluto del piano de tango, estuvo particularmente brillante esa noche. Es un privilegio ponerle voz a esas teclas y a esos arreglos tuyos, che pibe. Compendio de sabiduría tanguera.

Y vinieron compañeros de los quince años. Un nudo en la garganta verlos juntos. Raúl, Fernando, Carmen, Fausto, Humberto. Sin palabras. Hace quince minutos...

Gracias con el cuore a todos.

Después se apagan las luces y hay que partir.

Sobre tus mesas
que nunca preguntan
lloré una tarde
el primer desengaño.

Nací a las penas,
bebí mis años
y me entregué
sin luchar.

Cuando canto tangos vuelvo a verlos a todos, a mi abuelo Lázaro, a mi tío Santiago, al poeta y cantor Manuel Picón. Al queridísimo Luis Luchi, cuyo cancionero de tangos es mi libro de cabecera. Desfilan entonces sonidos, voces, humo de asados, rumores de patios porteños. Desfilan entonces vidas que no viví. Pugliese, Goyeneche, El Zorzal, el corazón mirando al sur.

Siempre.

viernes, 1 de junio de 2018

Reunión trascendental



lunes, 28 de mayo de 2018

Héroes de verdad




domingo, 27 de mayo de 2018

Contamíname

En un artículo publicado recientemente, Heidar Gudjonsson, presidente de Vodafone Islandia, afirma que la huella de carbono que dejan las descargas de la canción Despacito equivale a la de las emisiones de gases anuales de 100.000 taxis.

sábado, 12 de mayo de 2018

Lázaro

Ayer tuve un sueño dulce. Creo que nació cerca del amanecer, pero no podría asegurarlo. Mi abuelo vino a visitarme. Estaba recién afeitado y de muy buen humor. Olía a Old Spice rojo, el frasco blanco del barquito de vela.

Bebimos vodka y hablamos de la vida. A medida que bajábamos la botella nos reíamos cada vez más y terminamos cantando.

Me habló entonces de que se encontró con Gardel en 1933, recién llegado a la Argentina. El Zorzal cambió unas palabras con él porque la mina que iba de su brazo se lo quedó mirando.

¡Mirá qué churro bárbaro, Carlitos! le dijo.

No contabas con la insuperable prestancia de un oficial de la caballería polaca, pibe... El mundo de ayer.

En mi sueño mi abuelo era más joven que yo, tenía el pelo muy corto, al cero en los lados y un aspecto magnífico, de conde Vronsky ataviado con sus mejores galas. Anna, guarda!

Brillaba como una moneda nueva.

Me levanté con una sonrisa que se prologó toda la mañana. "La muerte de un ser querido es también la muerte de toda una cultura privada, personal y única que nunca volverá a existir", afirma David Grossman.

Sí. Así es. Mi abuelo es una de las personas que más he querido y respetado en este mundo. Las manos limpias, el alma buena. Sin dobleces, de una profundidad insondable en su sencillez. No tuve la oportunidad de despedirme como es debido, ni decirle cuánto lo quería.

Pero esta noche primaveral de 2018 cantamos tangos juntos. Y nos dimos un gran abrazo, real, sin medias tintas.

Sucedió así. El próximo día 30 canto tangos en La Romántica. Va por vos, abuelo del alma.

sábado, 5 de mayo de 2018

El amor en La Habana


miércoles, 2 de mayo de 2018

Decidme cómo es un árbol

Decidme cómo es un árbol,
contadme el canto de un río
cuando se cubre de pájaros,
habladme del mar,
habladme del olor ancho del campo
de las estrellas, del aire
recítame un horizonte
sin cerradura y sin llave
como la choza de un pobre
decidme como es el beso de una mujer
dadme el nombre del amor
no lo recuerdo
Aún las noches se perfuman de enamorados
que tiemblan de pasión bajo la luna
o solo queda esta fosa?
la luz de una cerradura
y la canción de mi rosa
22 años, ya olvido
la dimensión de las cosas
su olor, su aroma
escribo a tientas el mar,
el campo, el bosque,
digo bosque
y he perdido la geometría del árbol.
Hablo por hablar asuntos
que los años me olvidaron,
no puedo seguir
escucho los pasos del funcionario.

Marcos Ana

domingo, 29 de abril de 2018

David Mamet

Muchos de quienes sueñan con una carrera artística, quizá casi todos, se retirarán no por los muy previsibles y muy encomiados inconvenientes -la crítica, la inseguridad en el empleo, los rigores del oficio, la volubilidad del público, la posible falta de talento-, sino porque no están capacitados para una vida de autodirección. La pregunta terrorífica, para ellos, no es “¿Cómo puedo servir a mi oficio?”, ni siquiera “¿Cómo me voy a ganar la vida”, sino “¿Qué se supone que voy a hacer hoy?”.

Linda, Linda Fiorentino

Paul Newman y Linda Fiorentino. Él es un ladrón de bancos añoso -pero es Paul- que se hace pasar por víctima de una embolia para escapar de la cárcel y ella es enfermera.

Ella lo peina, lo lava, le da conversación... y es un poco bicho. No, en realidad es un prodigio de sensualidad.

Linda está con la mosca detrás de la oreja: no se cree la embolia de Paul. Se sienta encima suyo y mueve las caderas cadenciosamente, le acaricia los labios, le habla con dulzura. Lo que sea con tal de despertarlo.

Pero Paul es un profesional y en prisión ha hecho los deberes. Un buen día, Linda y su novio sacan a Paul de paseo. El joven galán siente celos ante la obsesión de la enfermera y termina por decirle:

"Pero es que no se puede ni tener una embolia sin que alguna tía se lo tome a pecho..."

La escena del baile entre Paul (él conserva esa mirada que causó estragos) y Linda en un bar de carretera, impagable.

Tengo que trabajar y ponen una con Linda Fiorentino. Así no se puede.

sábado, 28 de abril de 2018

Lledó

Emilio Lledó pertenece a una generación en la que la Universidad gozaba de prestigio. Allí se cocían las grandes cosas. Lledó, Carlos París, Aranguren, Julián Marías, García Calvo... Gente que enlazaba directamente con Unamuno y las glorias patrias del 98.

Otros tiempos. Hoy tenemos el caso Cifuentes. En general todo es un poco así: Hesíodo tenía toda la razón. A la edad de oro sigue una de plata, luego de bronce y finalmente, de caca.

Ya nadie lee, no hay debate, no hay nada. Hay Facebook e Instagram.

Gaudeamus igitur!

viernes, 27 de abril de 2018

Tango

Nací cuando ella me besó, morí el día que me abandonó.

Y viví el tiempo que me amó.

martes, 24 de abril de 2018

Dios afirma que Bach existe



Erbarme dich, mein Gott...

lunes, 23 de abril de 2018

Cantando al sol

María quería saber, aunque doliera. Oficialmente no le dijeron nada. Su hermano había sido destinado a Malvinas.

Llamó a todos los compañeros de la clase 62 y trató de localizar a alguien que supiera qué había sido de él.

"No tengo un cinco, hermana querida. No sé si vamos a volver...", decía en una carta que guardaba como un tesoro. La letra irregular, con borrones. No le gustaba el colegio: prefería montar a caballo y nadar en el mar. Y siempre estaba sonriendo. Carajo, cómo te extraño, corriendo por los médanos, remontando un barrilete rojo.

A finales de 1985 alguien le escribió. Anónimo. Habían pasado tres años largos del final de la guerra.

"Tu hermano ardió junto a otros dos compañeros en una caseta que recibió el impacto de un proyectil disparado desde el mar. Lo enterramos en un lugar que se llama Playa Bonita, un lugar hermoso. No sé si eso te sirve de algo".

El mar. La playa. Algo de todo lo que te quitaron.

María lloró sonriendo.

domingo, 15 de abril de 2018

María Celeste

Galileo Galilei, además de ser un científico extraordinario, tuvo la fortuna de mantener una relación maravillosa con una de sus hijas, conocida con el nombre de María Celeste.

Resulta admirable comprobar el grado de afecto que se profesaban mutuamente. María vivió recluida en un convento de clausura pero nunca dejó de preocuparse por su padre. Una relación exquisita. Modos y usos fenecidos, sustituidos por el vacío.
La modernidad ha dinamitado cualquier vestigio de respeto, mérito o ideales. De vivir hoy, alguien como Garcilaso de la Vega saltaría desde la fortaleza motu proprio. 
El egoísmo más estéril se ha instalado en los corazones. "Mi proyecto", "mis urgencias", "mis problemas".
A partir de una cierta edad, los síntomas se repiten: la gente empieza a tener dificultades para conciliar el sueño, se encuentra sola (aunque esté en pareja o precisamente por ello), tiene delirios con aventuras imposibles y se vuelve una carga para todo el mundo. Importuna a los amigos hablando de sí misma hasta la saciedad. Cuando el signo distintivo de la época es uno y el mismo: a nadie le ha sucedido nada digno de ser contado.
Por eso reconforta conocer relaciones de genuino afecto, donde ambas partes se interesan igualitariamente por la suerte del otro. Existen. Las hay.
Tal vez nos haga falta un telescopio con lentes pulidas por el mismísimo Galileo, martillo de imbéciles.

* Dava Sobel escribió un interesante libro sobre María Celeste titulado precisamente "La hija de Galileo".

Necrológica colectiva

Se nos van los amigos.

Su obra de escritor quedó olvidada y perdida en las mesas de los cafés, en las tertulias literarias, en los sueños de gloria y en gozar con lo que publicábamos sus amigos.

Llegó a ser multado, caso insólito, por un libro inédito de poemas, que la policía secuestró en su casa y que nunca llegó a recuperar.

Valle, Julián Marcos, Manuel Picón, Pepe Medrano. Todos ellos.

Existe una España luminosa.

Ciorán

Aquel que teme al ridículo no irá nunca muy lejos ni para bien ni para mal, permanecerá más acá de sus talentos y, aunque tenga genio, estará condenado a la mediocridad.

No merece la pena matarse: siempre lo hace uno demasiado tarde.

miércoles, 11 de abril de 2018

Siesta

En la litera de arriba descansa mi hermano. Contemplo cómo cuelga su mano. La tarde es muy espesa, húmeda. Respira pesadamente sobre el viscoso aire del Plata.

Iremos juntos al otro lado del mar. Seremos soldados de fortuna en Sicilia, besaremos las arenas rosadas de Creta. Los dos. Compartiremos amores y trenes de carga.

Doy vueltas en mi cama. No puedo dormir la siesta, nunca he podido. Algo se agita en mí más allá de las palabras, porque las palabras tienen peso propio, color, claridad.

Mi hermano retira la mano, intenta acomodarse. Hace calor.

Aún no sabe que su extraña vida llegará a su fin antes de que cumpla los treinta.

sábado, 7 de abril de 2018

Franz

Fue en Praga, una tarde gris de cuya luz ya tenía el recuerdo. Un mundo estaba a punto de desaparecer. Maestro de sí mismo, se sentó a descansar.

El Mesías llegará cuando ya no lo necesitemos.

Fue el día de la muerte de Cortázar.

sábado, 31 de marzo de 2018

El discurso

Todo arte es una forma de literatura. Álvaro de Campos, que nunca sintió el dolor de cargar con las cadenas de la existencia, estaba en lo cierto.

Nunca amó en Lisboa, porque era Lisboa.

Las palabras, los sonidos, la memoria del viento.

Todos nuestros barcos.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Astor

El verano de 1981 fue maravilloso. Un verano de libertad y de experimentación, en compañía de amigos gloriosos e innolvidables.

Ya en Buenos Aires había escuchado Adiós, Nonino. En casa estaba el disco "fundacional". Pero fue en aquel verano cuando la música de Piazzolla me impactó profundamente.

No recuerdo cómo fue la cosa, pero un matrimonio amigo aterrizó en casa de mis padres. Se acababan de conocer, pero ya se habían hecho íntimos. Esa facilidad que da el exilio y los códigos compartidos. Se trataba de Teófilo Larriera y su compañera.

Con nombre de personaje de tango, Don Teófilo, que era bastante mayor que mi padre y había vivido toda clase de aventuras, me prestó un disco de Piazzolla.

Escuchate esto, pibe.

Y no pude parar de oírlo. Hasta hoy. Piazzolla es tango, es Buenos Aires, pero también es Béla Bartók, París, Nueva York, el mundo.

Alguien que universalizó una música que quería volar más allá, de la mano de un instrumento mágico y evocador. Bandoneón, hoy es noche de fandango.

Bandoneón,
¿Para qué nombrarla tanto?
¿No ves que está de olvido el corazón
y ella vuelve noche a noche como un canto
en las notas de tu llanto,
che, bandoneón...?

Actualmente, Piazzolla resulta incontestable, pero no siempre fue así.

He aquí una entrevista, tierna y sabrosa, realizada a Oscar López Ruiz, guitarrista del quinteto Nuevo Tango que compartió años de vida y trabajo con el músico.

Fue publicada en "Página 12" y la firma Cristian Vitale.

“Astor Piazzolla era un tipo único en todo sentido”

El guitarrista, que acompañó al autor de “Adiós, Nonino” durante veinticinco años, repasa en su libro cientos de anécdotas desopilantes con el bandoneonista como protagonistas, además de reafirmar su admiración por su música “cincuenta años adelantada”.

Por Cristian Vitale

Primer acto: Astor Piazzolla se levanta a las siete de la mañana, sale a caminar por Río Hondo (Santiago del Estero) y le alquila un mono bravito a un vendedor ambulante, luego va hacia el hotel y, sin dudar, lo arroja dentro de la habitación del pobre Elvino Vardaro. El violinista se despierta cuando el mono empieza a chillar hasta que ambos, el mono y Vardaro, se largan a correr por los pasillos. Tienen que venir los bomberos para llevarse al primate, porque nadie puede parar.

Segundo acto: Astor le pide a su guitarrista, Oscar López Ruiz, que le tenga el volante del auto mientras maneja por las rutas de Córdoba; saca un rifle de caza, asoma medio cuerpo por la ventanilla y le apunta a un ciclista que, del tremendo susto, va a parar a un zanjón en medio de la banquina.

Tercer acto: Astor opinaba que el director de orquesta Francisco Lauro era un farsante. Durante un baile de carnaval, ve un gato al lado suyo, lo agarra, lo mete en el estuche del bandoneón del tipo y cuando éste lo abre para guardar su instrumento, el gato le salta en la cara. Y casi lo desfigura...

¿Cómo se llama la obra? “Yo le quería poner algo así como ‘!Este tipo es un marciano!’”, confiesa López Ruiz, quien recrea tal cantera de anécdotas bizarras “y muchas más”, protagonizadas por uno de los genios que ha dado la música argentina, en un libro que finalmente no cumplió su deseo. Terminó saliendo bajo el nombre de Loco, loco, loco.

Justo tres locos. Uno, se intuye, porque había que estarlo para hacer semejante música. Otro loco, obvio, por la última frase de la balada y el tercero, va justo con la seguidilla de hechos desopilantes que López Ruiz cuenta en varias de las casi trescientas páginas del trabajo, cuya tercera edición acaba de publicar Gourmet Musical. “Le quité algunas cosas de la original y le agregué otras, pero en general el libro es el mismo. Podría contar millones de anécdotas más con Astor, pero no voy a hacerlo porque vamos todos presos”, se ríe. “Era un tipo bravo, un atorrante, con el que he tenido el enorme placer de tocar gran parte de mi vida. La primera vez que lo escuché fue tocando ‘Tres minutos con la realidad’, en radio El Mundo y, mamita, ¡me morí! Por eso digo que era un marciano”, se explaya López Ruiz, que reeditó el volumen tras veinte años de ausencia en las librerías. “Era un marciano porque es verdad que Piazzolla estaba cincuenta años adelantado al resto de los músicos. Tocando a su lado, me di cuenta de que, modestamente, estaba contribuyendo a una historia cultural nueva”, evoca el guitarrista, que –proveniente del universo de jazz de los ‘50– se incorporó al quinteto Nuevo Tango, que completaban el citado Vardaro en violín, Kicho Díaz en contrabajo y Jaime Gosis al piano. Y persistió junto al maestro, con ciertas idas y vueltas, durante veinticinco años, y en diferentes formaciones.

–Mucho tiempo estuvieron juntos. Es raro que no lo tuteara a Piazzolla. Al menos, cuando reproduce los diálogos en el libro lo trata de usted.

–Es que yo tenía 22, 23 años cuando arranqué con él, y en esa época los pibes no tuteábamos a nuestros mayores. Y él me llevaba diecisiete. Incluso Astor solía preguntarme por qué no lo tuteaba y le respondía que no tenía importancia. La cosa daba porque al principio éramos muy amigos, pero no me salía tutearlo, la verdad.

–¿Pese al tenor y la complicidad de las travesuras que cuenta?

–(Risas.) Qué loco Astor... era una dínamo. No podía quedarse quieto un segundo. Componía y tocaba todo el tiempo, pero además hacía todas esas bromas pesadas. Por suerte no se metía conmigo porque yo no me enojaba. ¿Cuál es la gracia de meterse con alguien que no se enoja? Pero tampoco se metía con los que le paraban el carro. No era zonzo. Con Antonio Agri, por ejemplo. Recuerdo que cuando el violinista entró al grupo, su padre, que era zapatero, le había hecho unos zapatos color tomate que eran un espanto. Entonces Astor me dijo “vamos a quemarle los zapatos a Antonio”... y por supuesto me prendí. Nos hicimos una capucha como los del Ku Klux Klan, nos metimos en su habitación, y cuando nos vio, le dijo a Astor “a mí no me haga ninguna de esas joditas que suele hacer usted, porque me vuelvo de inmediato a Rosario”. Se terminaron las jodas (risas).

–Vardaro también fue violinista de Piazzolla pero, por lo que narra usted, no tuvo ni la misma suerte ni la misma actitud que Agri.

–Pobre Vardarito, no, no tuvo la misma suerte que Agri, porque tenía otro carácter. Cuando yo entré, él ya estaba viejo y enfermo, y casi no tenía ganas de tocar. Yo, por mi juventud, era un pedante jodido, y él me tenía que bancar. Cuando Piazzolla le metió el monito en habitación casi me muero de risa en serio... ¡nadie podía sacarlo! Tuvieron que llamar a los bomberos, y la pinta de Vardaro, que era delgado, bajito y medio pelado, cuando salió corriendo de la habitación en calzoncillos y se paró en el pasillo sin entender nada, fue algo indescriptible. Igual que cuando le apuntaba con el arma a los ciclistas, en la ruta. Si lo hiciera hoy, iría en cana cincuenta años, seguro.

Y así, miles de bardos. De ahí que el subtítulo del libro sea 25 años de laburo y jodas conviviendo con un genio. De laburo, porque el guitarrista también memora sobre la admiración que surgía espontánea cada vez que Astor pisaba cualquier escenario del mundo, sobre todo por parte de grandes músicos como Stan Getz, Vinicius de Moraes o Milton Nascimento. “Los músicos se morían por él en todo el mundo. Yo lo vi y lo viví”, refrenda López Ruiz. También lo vio componer gemas universales y hasta alguna vez se encontró con la sorpresa de que el marplatense criado en Nueva York le pidiera consejos. “Una vez me llamó porque estaba escribiendo un arreglo para un concurso en Venezuela y todos los temas tenían que estar compuestos con el número 3... No sé, en 3 x 8, y así. Teníamos que grabarlo, entonces llegué a la casa, y me hizo revisar la partitura para ver si estaba bien. La verdad fue que me dio una vergüenza terrible... ¡cómo le iba a revisar yo un arreglo a Piazzolla! Pero como era para instrumentos de metal, para brass, lo hice, y por supuesto me pareció precioso el arreglo”, evoca.

Sobre los veinticinco años de joda también hay mucho más. Por caso, la que sigue en boca del testigo ideal: “Una vez, estando de gira, Astor me despertó bien temprano para ir a cazar. Fuimos. Llegamos. Le pegó un tiro a un lagarto en el medio de la frente, lo subió al baúl del auto lleno de sangre, lo limpió cuando llegamos a los bungalows donde parábamos en Villa Allende, y se lo puso al lado de la cama a Héctor de Rosas, cantante del quinteto. Eso fue de antología. De Rosas, que era bastante ingenuo, se encontró con ese animal frío al lado, en su cama, y escapó gritando como un loco”, se desternilla López Ruiz, ante otra de las secuencias inolvidables. “Esa fue Córdoba, donde pasó otra también de novela: estábamos buscando la casa que tenía Vardaro en un pueblo que se llamaba Las Rosas y, como ninguno de los dos tenía ni la más mínima idea de dónde quedaba, Astor sacó una carabina a las dos de la mañana y empezó a gritar “¡Varadarooo, Vardarooooo!”, mientras tiraba tiros al aire. Empezaron a sonar las sirenas, vino la cana... Bueno, fue un infierno eso”.

–Menos gracioso tal vez fue cuando Piazzolla se peleó con Troilo, porque éste había dicho en un reportaje que lo que hacía Astor no era tango.

–Fue terrible, sí. En el libro cuento que días antes el Gordo nos había ido a ver a Tucumán 676, y no solo nos pidió que tocáramos dos veces “Adiós Nonino” sino que había llorado de emoción con la versión que habíamos hecho de “Responso”. Astor no solo lo llamó al Gordo para putearlo sino que después, en un reportaje, le preguntaron si podía tocar como Troilo y él, que era terrible, respondió que sí. Que si le enyesaban un brazo y le rompían tres dedos, podía tocar igual que Pichuco. Bravo el tipo, tanto que por eso yo le digo Luzbelito en el libro. Igual, hay que decir que se querían y se respetaban mucho. El Gordo era impresionante y Astor solía decirme que había aprendido un montón con él.

–Otra instancia picante del libro es cuando habla de la cocaína que tomaban varios tangueros, entre ellos el mismo Troilo o el pianista Osvaldo Manzi.

–Es que Pichuco lo dijo en vivo y ante todo el mundo. Eso fue en 676, sí. Recuerdo patente cuando le dijo a Astor “Gato, no sabés lo que me pasó en el biorsi... Me estaba pegando un saque, entro un punto y me vio, y le entramos a dar juntos”. Lo dijo gritando, delante de todo el mundo. Cuando lo revelé, muchos tangueros se me vinieron encima para putearme, pero eso lo sabía hasta mi nieta. ¿Quién no sabía que el Gordo se daba con un fierro y que tomaba mucho? Vamos che, era vox populi.

López Ruiz roza los 80 años. Hace cincuenta que convive con la cantante Donna Caroll, su mujer, que está sentada y callada al lado suyo. “Yo no estoy. ¿eh?”, dice y repite. Pero está y de vez en cuando le recuerda algún dato a su compañero. Por ejemplo, haber conocido a la enfermera que atendió a Evita hasta el día de su muerte y cosas por el estilo. “A Astor le importaba un carajo la política”, asocia libremente el músico. “A él lo único que le interesaba era su obra, por ella se rompía el alma, se inmolaba. No hay nada más importante que eso. Los genios tienen una cosa mesiánica con su obra, es una misión que tienen que cumplir contra viento y marea. Y en el caso de Astor era terrible, cuando me integré al quinteto era una locura, porque la mayoría de los músicos de tango se le tiraban en contra, diciendo las cosas más absurdas sobre su música. Pero a él le encantaba”.

–¿Le gustaba que lo putearan?

–Sí, porque decía que esos giles lo estaban haciendo famoso en todo el mundo (risas). Nos pasaban cosas surrealistas, en este sentido. Una vez aparecimos tocando “Contrabajeando” en la plaza de Río Hondo, para el festival de cine, y yo dije “acá nos matan”. Sin embargo, la gente humilde, esto es algo que hay que resaltar, sabe cuando alguien es auténtico y eso lo respeta. No le gustará, pero lo respeta. A Astor, la gente de las clases bajas tal vez no lo entendía pero lo respetaban. Y lo de no entenderlo, tal vez tenga que ver en cierto sentido con que los genios ven una realidad que muchos no ven, ¿no? O la ven de otra forma. Retomando su pregunta, si, le encantaba tener tantos detractores y de vez en cuando tenía un poco de nafta para agrandar el lío.

–Como el gato en el estuche del Tano Lauro.

–¡¡¡Cuando el tipo lo abrió!!! El gato se le clavó en la cara y no se lo podía sacar. Increíble. Astor fue único en todo sentido.




El galeón de Manila

Un amanecer resuelto. Mar en calma tras semanas de tormentas y travesías. La primavera quiere llegar.

Camino a los trópicos. De tu mano.

viernes, 16 de marzo de 2018

Hawking

Quitando el mundo real -el de la gente que tiene que trabajar muy duro para salir adelante-, el signo distintivo de nuestro tiempo es la tolerancia cero a la frustración.

Eso ha generado gente que no podría haber soportado las guerras mundiales, la Guerra Civil española o la posguerra. La queja está a la orden del día. No puedo esto, no me dan aquello. Una temporadita en África o en Siria y ¡como nuevos!.

A Stephen Hawking le diagnosticaron ELA con 21 años. Los médicos apenas le daban esperanzas, pero Hawking vivió hasta hace unos días y se convirtió en un científico de primera clase. Soportando una enfermedad extremadamente cruel.

Además de ser un genio en lo suyo y un gran divulgador científico, el físico británico tenía un agudísimo sentido del humor, lo que engrandece aún más su figura.

Así, por ejemplo, cuando trataba del efecto relativista de la dilatación temporal, Hawking explicaba que un pasajero que diese la vuelta al mundo en un avión envejecería unas fracciones de segundo menos que sus amigos que se hubieran quedado en tierra. “Naturalmente”, añadía, "este efecto rejuvenecedor quedaría anulado con creces por la comida que sirven en los aviones”.

Thank you very much indeed, Mr. Hawking!

martes, 13 de marzo de 2018

Barney Kessel

Barney Kessel es uno de mis músicos de jazz favoritos. Hizo sus primeras armas en la época dorada del be-bop y se convirtió en el guitarrista de sesión que todo el mundo quería contratar.

Como solista es extremadamente fino y sensible. El dominio que tiene de la guitarra es absoluto: no en vano llegaba a estudiar hasta 16 horas diarias. Su forma de improvisar es magistral, alternando líneas melódicas frescas e imaginativas con armonizaciones por sextas, terceras, progresiones de acordes, cuartas, blue notes que quitan el sentío, un manejo fascinante de la disonancia... todo ello con un nivel de contención de la destreza técnica propio de los caballeros de antaño y una naturalidad apabullante.

Como pedagogo es claro e infinitamente didáctico.

Here's that Rainy Day... para un tiempo de lluvias que no cesan. Con ustedes, Mr. Kessel!

jueves, 8 de marzo de 2018

Norte

Estoy tomando un café en el Aeroparque, mirando el río. El día es extraño, cambiante. Aunque retiren el puente y también la pasarela me verás cruzar el Ebro, mi amor, en un barquito de vela.

La chica que me atiende quiere entablar conversación. Sabe que vengo del extranjero y en la mirada tiene ese brillo, esas ganas de escapar al otro lado del mundo, de vagar por el planeta.

Salir para extrañar lo de uno, el dulce de leche, el mate, las voces, el río. Para regresar algún día siendo un completo desconocido.

Me sonríe desde la barra y baja los ojos. Debe tener unos veinte años y su mirada está limpia. Contame quién sos, cómo hiciste para sobrevivir al otro lado del mar, llevame lejos de aquí.

Si me mirás otra vez, me voy con vos.

Tranquila, hermosa. No voy a hacerte eso. Vivo rodeado de fantasmas.

Cuando volvió a mirar en dirección a mi mesa yo ya no estaba.

Voy con dirección norte, a encontrarme conmigo.