lunes, 13 de marzo de 2017

Rua da Saudade

En Lisboa existe una calle única. Una calle importante en mi vida. La Rua da Saudade, que dormita en lo alto del barrio de Castelo, junto al antiguo teatro romano de la ciudad.

Allí se alza un edificio anterior al terremoto en el que han vivido poetas de abril, voces claras del pueblo portugués, y se han escrito fados inmortales que han formado parte del repertorio de la mismísima Amália Rodrigues. El fado... tan cerca de la milonga y el tango. Tan extrañamente familiar.

Desde Saudade se ve el Tejo y el puente 25 de abril. Se observa el trasiego constante de cacilheiros que unen las dos orillas y el tráfico peatonal de la Praça do Comercio, al tiempo que se oyen las campanas de la Seo de Lisboa.

Los pájaros danzan todas las tardes a la misma hora. Les gusta especialmente la ópera de Puccini. Aves ilustradas.

Es la patria del tranvía 28, que tantos sueños alumbró. Hasta feitorias...

El centro del mundo, donde dejar pasar las horas completamente hipnotizado, hasta quedar sin habla. Lisboa, la capital ideal de Felipe II, el puerto siempre abierto al oeste, al Nuevo Mundo, a la renovación. Empezar de cero al otro lado, donde da la vuelta el aire.

Sonidos de guitarras. La cantante de fados de la Praia de Angola a la que acompañé una noche mágica y me hizo sentir que estaba tocando milongas de mi patria sonora, el bailarín de ébano, los amigos, las risas. Laura Espejo, Senhora de Olisipo. Dona Lina, que conocía a Carlos Gardel pero lo llamaba "Mardel", como una rua cercana a Almirante Reis, destino de mis andanzas de universitario: la larga cuaresma de los estudios.

Rostros. Personas que se convertirán en otras personas, que terminarán por olvidar, que dejarán de soñar. Sombras impresas en los muros de más de un pie que resisten todos los vientos atlánticos.

Así que pasen mil años, los escafandristas encontrarán pistas, pequeños objetos y conocerán la cuenta de los instantes, los susurros, los anhelos.

Cierro los ojos y regreso una y otra vez a Lisboa, a Saudade. Al Braço de Prata, el vértigo del primer viaje y las caminatas por calles imposibles, calzadas. A la noche en Casa da Índia, completamente ebrio de belleza y distancia de mí mismo. ¡Proa a altamar! Siempre a altamar.

Oigo el sutil eco del silencio portugués na minha alma. Inesquecível.

1 comentario:

Unknown dijo...

Última noche en la Rua da Saudade. Desasosiego es saber que nunca recordaré Lisboa como la veo ahora.Marcelo fue en esta calle Pereira, Ary do Santos rodaba entre versos botellas vacías hasta el teatro romano, O'Neill contemplaba a las gaivotas dibujando en el cielo de Lisboa, Tordo, Noémia, Benvindo... subir por las escadas del centro del mundo y leer Luar en el rellano. Los amigos, las líneas, las palabras, los abrazos. Tantas escapadas, tantos sueños... y el Tejo, sí, o Tejo, que con o sin Saudade, siempre estará ahí.