Las privaciones voluntarias: he ahí el marco de la puerta, el umbral del sueño. Odiseo junto al espectro de Aquiles como si fuese el mar en otoño.
El cuerpo privado de lastre penetrando un mundo sutil para el cual no ha sido concebido. Un mundo de sombras.
En el placer del sueño hablamos con los muertos. El prisionero liberado.
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domingo, 23 de agosto de 2020
viernes, 14 de agosto de 2020
Ítaca
En su célebre poema "Ítaca", el poeta griego Kavafis canta la fascinación y la importancia suprema del viaje. El viaje como meta en sí. Al arribar a las costas de Ítaca, el viejo Odiseo, tras veinte años de aventuras y penurias sin cuento -bien es cierto que en compañía de Calíope y sus ninfas no lo pasó tan pero tan mal..., pero no nos desviemos de la recta moral que ahora no estoy en modo cantor de tangos- encuentra que su isla es pobre, desértica, casi estéril. Pero sin ella no se habría puesto en marcha, no habría soportado la pérdida de su barco y la muerte de sus compañeros de lucha.
Ítaca no es Ítaca. Es el viaje a Ítaca para decir que al final de nuestras vidas hemos hecho algo más que consumir oxígeno.
¿Y la idea de Dios? ¿Acaso la idea de Dios no impulsa a ángeles como el Padre Vicente Ferrer o la Madre Teresa de Calcuta? Solo dos almas luminosas en dos cuerpos frágiles como un segundo cambian el destino de miles y miles de miserables. ¿Qué vientos impulsan sus cóncavas naves?
Entonces la idea de Dios, del Supremo Bien, sería Ítaca. La llama que enciende los corazones, lo que nos eleva por encima de nuestra pura condición animal. Al malo solo el cariño lo vuelve puro y sincero, que decía Violeta.
Si no se cree en Dios habrá que inventarlo como San Manuel Bueno Mártir. Dios es Ítaca. Es el final de nuestro viaje.
Ítaca no es Ítaca. Es el viaje a Ítaca para decir que al final de nuestras vidas hemos hecho algo más que consumir oxígeno.
¿Y la idea de Dios? ¿Acaso la idea de Dios no impulsa a ángeles como el Padre Vicente Ferrer o la Madre Teresa de Calcuta? Solo dos almas luminosas en dos cuerpos frágiles como un segundo cambian el destino de miles y miles de miserables. ¿Qué vientos impulsan sus cóncavas naves?
Entonces la idea de Dios, del Supremo Bien, sería Ítaca. La llama que enciende los corazones, lo que nos eleva por encima de nuestra pura condición animal. Al malo solo el cariño lo vuelve puro y sincero, que decía Violeta.
Si no se cree en Dios habrá que inventarlo como San Manuel Bueno Mártir. Dios es Ítaca. Es el final de nuestro viaje.
sábado, 19 de febrero de 2011
La misma lluvia
Cae agua con fuerza en las ruas de Lisboa. No es sitio para suicidas. Los inviernos de Olisipo requieren una considerable reserva de luz interior. Hasta las putas de Almirante Reis parecen más tristes. Hace años que han dejado de peinar muñecas con los ojos fijos en ninguna parte, la ciudad dormida se viste de arrabal y en cada verso pone su corazón. Livro do desassossego.
Hoy, después de un año atroz, te vi pasar... Me mordí pa no llamarte.
Adoquines cubiertos de una capa de verde furioso que amenaza trepar por las despintadas paredes. Como si el cielo se hubiera abierto de par en par, todos los dioses llorando al unísono. Sobre los chopos medio deshojados, sobre los campos talados, sobre el camposanto en el que yace inconsolable Michael Furey, llueve y llueve.
El sonido de las gotas como puños contra el cristal en esta madrugada lisboeta me ha traído el recuerdo de otras lluvias, de tierras lejanas. Mapas de tiempo. Bialet Massé, Finisterre, Buenos Aires, Barcelona, cuando otros muertos desconocían que el número de atardeceres estaba minuciosamente contado. Lo está para mí. Valiente Shylock es el Destino, ni un segundo más del tiempo acordado.
El inmortal Bertrand Russell coleccionaba ríos. Me quedo con la lluvia que se lleva la ira y el ruido que conforman el meollo de este fenómeno que damos en llamar "vida", que seguramente comenzó con una tormenta como esta.
Al principio fue el Caos. Después, también.
Una estación de autobuses. Despido a mis hijos tras el fin de semana. Aún viven con su madre. Alcanzo a ver la mano del más pequeño confundida en el cristal, la ñata contra el vidrio en un azul de frío. Llueve. Vuelvo andando a casa. Intento no llorar. Pienso en los jóvenes que iban a morir en la defensa de Madrid desfilando por estas mismas calles, brillando como monedas nuevas. Al encuentro del gallo oscuro, generosos. Camino durante horas. Fundido a negro.
El día que me fui, el pequeño me despidió desde la puerta verde del jardín que plantamos juntos preguntándome con una mirada agridulce "¿Adónde vas?" Me sonreía. Sus seis años pudieron con mis cuarenta y tres. No contesté. Me limité a no mirar atrás para no convertirme en estatua de sal yo también. Aún no lo sé, querido. Perdida la línea de costa, muchos más de cien días, continúo navegando. Ninguna señal de la tierra prometida.
No llovía. Los manzanos estaban en flor. Zeus había dejado de fumar, no le quedaban más narices.
En un mundo mínimamente ordenado, Odiseo debió quedarse con Calipso en la lujuriosa isla, pero como varón que era no sólo estaba marcado en la ingle con un fruto, sino que tenía una capacidad virtualmente infinita para ir al encuentro de problemas.
¿Cómo es posible que mi guitarra viva en el mismo mundo que uno que yo me sé y que conozco de oídas, que cree que se va a llevar al otro lado todas sus propiedades inmobiliarias y a mí me entra la risa, y que es la quintaesencia de la España más negra, vive en un casoplón repleto de aire y así que se conjuren todos los astros del Universo nunca llegará a ser nada mío? Un animal en vías de extinción. Una especie de eslabón perdido y vuelto a encontrar por error. Un jumento carpetovetónico de vuelo gallináceo, ni peludo, ni redondo, ni suave. Con el entrenamiento adecuado, es posible que alcance a articular alguna clase de sonido, presuntamente inteligible, de faringe parece que dispone y quizá podría dejar de engullir sus propias heces. Qué sabe nadie. Cosas más raras se han visto. La ciencia avanza que es una barbaridad.
Vivo atado al palo mayor, menos tu vientre, todo es confuso.
Años de lluvia y faros. De navegaciones. Sirenas, las justas.
Hoy, después de un año atroz, te vi pasar... Me mordí pa no llamarte.
Adoquines cubiertos de una capa de verde furioso que amenaza trepar por las despintadas paredes. Como si el cielo se hubiera abierto de par en par, todos los dioses llorando al unísono. Sobre los chopos medio deshojados, sobre los campos talados, sobre el camposanto en el que yace inconsolable Michael Furey, llueve y llueve.
El sonido de las gotas como puños contra el cristal en esta madrugada lisboeta me ha traído el recuerdo de otras lluvias, de tierras lejanas. Mapas de tiempo. Bialet Massé, Finisterre, Buenos Aires, Barcelona, cuando otros muertos desconocían que el número de atardeceres estaba minuciosamente contado. Lo está para mí. Valiente Shylock es el Destino, ni un segundo más del tiempo acordado.
El inmortal Bertrand Russell coleccionaba ríos. Me quedo con la lluvia que se lleva la ira y el ruido que conforman el meollo de este fenómeno que damos en llamar "vida", que seguramente comenzó con una tormenta como esta.
Al principio fue el Caos. Después, también.
Una estación de autobuses. Despido a mis hijos tras el fin de semana. Aún viven con su madre. Alcanzo a ver la mano del más pequeño confundida en el cristal, la ñata contra el vidrio en un azul de frío. Llueve. Vuelvo andando a casa. Intento no llorar. Pienso en los jóvenes que iban a morir en la defensa de Madrid desfilando por estas mismas calles, brillando como monedas nuevas. Al encuentro del gallo oscuro, generosos. Camino durante horas. Fundido a negro.
El día que me fui, el pequeño me despidió desde la puerta verde del jardín que plantamos juntos preguntándome con una mirada agridulce "¿Adónde vas?" Me sonreía. Sus seis años pudieron con mis cuarenta y tres. No contesté. Me limité a no mirar atrás para no convertirme en estatua de sal yo también. Aún no lo sé, querido. Perdida la línea de costa, muchos más de cien días, continúo navegando. Ninguna señal de la tierra prometida.
No llovía. Los manzanos estaban en flor. Zeus había dejado de fumar, no le quedaban más narices.
En un mundo mínimamente ordenado, Odiseo debió quedarse con Calipso en la lujuriosa isla, pero como varón que era no sólo estaba marcado en la ingle con un fruto, sino que tenía una capacidad virtualmente infinita para ir al encuentro de problemas.
¿Cómo es posible que mi guitarra viva en el mismo mundo que uno que yo me sé y que conozco de oídas, que cree que se va a llevar al otro lado todas sus propiedades inmobiliarias y a mí me entra la risa, y que es la quintaesencia de la España más negra, vive en un casoplón repleto de aire y así que se conjuren todos los astros del Universo nunca llegará a ser nada mío? Un animal en vías de extinción. Una especie de eslabón perdido y vuelto a encontrar por error. Un jumento carpetovetónico de vuelo gallináceo, ni peludo, ni redondo, ni suave. Con el entrenamiento adecuado, es posible que alcance a articular alguna clase de sonido, presuntamente inteligible, de faringe parece que dispone y quizá podría dejar de engullir sus propias heces. Qué sabe nadie. Cosas más raras se han visto. La ciencia avanza que es una barbaridad.
Vivo atado al palo mayor, menos tu vientre, todo es confuso.
Años de lluvia y faros. De navegaciones. Sirenas, las justas.
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