miércoles, 5 de julio de 2017

Seguridades

Acaso el peor consejo que se pueda dar a un artista en ciernes es "ten algo seguro a lo que agarrarte. Un plan B en caso de que fracases".

Si existe un plan B se acabará utilizando. Por gravedad. Ante el más mínimo contratiempo volverás llorando a casa de tus padres. Y créeme, la vida en general es una sucesión de contratiempos. La del artista es lo mismo pero a nivel exponencial.

Salvo en estos tiempos donde se eleva la estupidez a los altares (por un interés puramente mercantil, no vaya usted a creer otra cosa) lo habitual es que genios de la talla de Gustav Mahler se consuelen diciendo cosas como "mi tiempo llegará" o que Vincent Van Gogh coma a diario gracias a su hermano Theo.

Vivir una vida de artista no está al alcance de cualquier aprendiz de burgués. Al burgués le gusta comer bien, que alguien le atienda a sus hijos, una casa confortable, vacaciones un año sí y otro también. Solo podrá permitirse veleidades artísticas si alguien de la familia se ocupó de ganar un dinero. El "dizqueartista burgués" ha venido a gastarlo, pero como vive una vida sin sentido del sacrificio (léase la correspondencia entre Kandinsky y Shoenberg, dos genios absolutos que intercalan lo más elevado con la imposibidad de pagar las facturas del médico para sus hijos) su "arte" suele quedar bien en las galerías de la calle Jorge Juan.

Ahora bien, las musas son tan simpáticamente hijas de puta que el hecho de quedarte calvo a los 18, vivir en un húmedo sótano "de capricho", que no tengas ni perro que te quiera y tu cuenta corriente sea un colador perenne no asegura que las generaciones venideras encuentren la inspiración en el geométrico misterio sonoro de tu nombre. Esas circunstancias solo garantizan que seas un calvo arruinado, solo y con pretensiones. Un Lex Luthor expatriado del cómic, con la única opción de reírse de sí mismo.

En cualquier caso, para decir algo que merezca ser escuchado en un mundo repleto de lugares comunes y comentaristas de los logros de otros, es preciso que las naves ardan hasta la hez, medio millar de hombres y por delante todo México hasta la mismísima Tenochtitlán. Y unos huevos de toro.

Solo los absolutamente radicales -por inconsciencia pura- consiguen algo.

Hay que estar medio o loco entero para creer en el cuento de la Tierra Prometida. Y sin embargo, allí a lo lejos, sí... más allá del Neguev...

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