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domingo, 5 de junio de 2022

Garufera y vibradora

En la mugrienta pensión en que vivo, con manchas de humedad en las paredes que van cambiando de forma según corren las estaciones, no hay gran cosa que hacer. Ya he perdido la cuenta de los días que navego solo. A partir de los cuarenta y cinco dejó de interesarme el amor. O el amor dejó de interesarse en mí. Con esta persona que soy… 

¿Cómo me gano la vida? Soy sicario. Bueno… sicario de primera clase si se quiere. Nunca he matado a nadie que no se lo haya ganado con creces. Gente especialmente jodida. Turros integrales. Escoria moral.

Laburo por libre. Nunca pregunto cómo, ni por qué. Solo dónde y cuánto, sobre todo cuánto. Mi vida es bien simple. Simple como un cubo.

¿Minas? Sí. Claro que hay minas. Pero nunca más de uno o dos días seguidos. Sigo bailando gotán y no he perdido las mañas. Pero bailo bien sencillo, caminado y al piso. Nada de florituras ni estupideces de academia. Las odio. A veces cuando algún pelotudo se hace el vivo en la pista de baile y se pone a exhibirse haciendo que su compañera tire boleos a diestro y siniestro, interrumpiendo la normal circulación de la milonga y repartiendo patadas a todo el mundo me quedo mirando al pobre sujeto… «Ah, salame atómico, infeliz de cuarta... si supieras a qué me dedico te lo ibas a pensar un poco antes de andar pelotudeando con las gambas». Pero a pesar de que ganas no me han faltado siempre he evitado las peleas con otros milongueros y muchísimo menos se me ha pasado por la cabeza pegarles un tiro con mi 38 Smith & Wesson. Sí. Prefiero los revólveres a las pistolas. Mi viejo me educó así. Cosas de familia.

El viejo fue guardaespaldas de Perón –y amigo personal– y lo salvó de varios atentados que no tuvieron publicidad. Vivió cosas intensas porque lo acompañó en el exilio en Paraguay, Panamá y luego España. Mi viejo era un crack total. No tuve mucho contacto con él. Saltaba de cama en cama y no andaba sobrado de tiempo libre. Una bala llevaba escrita su nombre desde mucho antes de nacer. Él lo sabía y no le importaba gran cosa.

¿Fusilar a otro milonguero? ¿Qué negocio hay en ello? Cero. Soy un profesional. Un artista del ajuste de cuentas. Está bien… confieso que he fantaseado muchas veces con que algún encargo de «retirar» a alguien coincidiera con alguno de los pescados que tenía entre ceja y ceja, pero nunca se dio. Y ya se sabe, la fantasía es necesaria para poder lidiar con la realidad. Te hace descargar tensiones, te libera. Eso no quiere decir que vayas a dar rienda suelta a todo lo que imaginás. Eso solo lo hace un rayado total y yo aún estoy en buen uso. Sobre todo si me comparo con mis compañeros de profesión. No bebo, no me drogo, no estoy en poliamor ni pelotudeces. Me levanto temprano… para mí el sicariato es un laburo de 9 a 5. Pura rutina.

El encargo llegó de madrugada por los cauces habituales. Había que eliminar  a una persona. No supe más. Una mujer. Silvia Garrido, 35 años, de complexión fuerte, estatura media y abundante pelo castaño.

Me habían pasado por Deep Internet el paquete habitual: sus mails filtrados, sus whatsapps interceptados y clasificados, el resultado en Big Data de todos sus itinerarios del último año y medio y las predicciones de dónde podía encontrarse en las próximas 36 horas, datos de allegados, etc. No parecía un trabajo difícil.

Con la cansada costumbre a cuestas me vestí y elegí el equipo. La iba a esperar en el centro a la salida de un teatro. Mejor usar silenciador, nada de 38. Una Nagant 7,62 y listo. Limpio y expeditivo. Con un poco de suerte, hasta me daba tiempo a ir a bailar a lo del armenio manco. Los jueves solía caer La Morocha. Esa mina me conocía de arriba abajo. Me jode profundamente tener que andar explicando las cosas. Ya no explico nada.

Estuve esperando un par de horas en la zona donde sabía que iba a aparecer. La SIM de su teléfono estaba clonada y la seguíamos por GPS. El margen de error era cero.

A veces me acuerdo de Dios cuando estoy esperando a que aparezca un objetivo, pero esta vez no fue así. Empezaba a llover y refrescó rápidamente. El avance advertía de una sudestada en las próximas horas. A ver si zafo…

Ahí está. Dale, tengo la artillería a punto. Salió sola, llevaba un abrigo y tenía la cabeza cubierta pero era ella. No había duda. Me puse a seguirla a una distancia prudencial.

A la altura del pasaje Duarte la encaré. Entonces pude ver su rostro a contraluz.

─Qué hacés, Marcelo. Esta no te la esperabas…

─Pero vos… ¡Adriana! ─dudé un instante. ─¿Cómo es posible? Hace más de diez años que no sé nada de tu vida y estás irreconocible…

─…y me tenés que matar esta noche, ya lo sé…

─Sí. Vos siempre supiste de más. Supongo que eso no te sirvió de mucho. La inteligencia, digo…

─Tranquilo. Te libero. Desde que lo dejamos he tenido una vida de mierda que no se la deseo a nadie. Me importa poco y nada partir esta misma noche.

─No hables así…

─Seguís siendo el mismo Salvador de la Humanidad de siempre. Tiene gracia que me digas eso y vos mismo debas ejecutarme. El cerdo de mi marido debe haberte pagado muy bien…

─No, Adriana, yo nunca contacto directamente con los clientes. No sé quién hizo el encargo. Es la Agencia la que se ocupa de los detalles. A mí solo me señalan el objetivo.

─Y esta vez tenés que matar al amor de tu vida. Pobre. Te acompaño en el sentimiento…

Nos quedamos en silencio. Nos besamos. Nos abrazamos. Diez años, diez segundos.

─¿Sabés…? No fue fácil olvidarte. Cuando te fuiste a España creí morir. Anduve rodando por ahí, empecé a beber más de la cuenta, pasé de mano en mano. Siempre a peor. No lo digo para reprocharte nada… además… vos estás armado hasta los dientes y tenés fama de no fallar jamás. Da igual lo que te diga o deje de decir.

Volví a besarla con más fuerza aún. Buscamos un Telo. Nos acostamos y nos arrancamos la ropa. Nos penetramos.

─Matame, loquito… ¡partime al diome!

─Sí. Que se abran las puertas del cielo de una puta vez.

Hacia las seis de la mañana me dijo que fuéramos a bailar. Que antes de morir quería volver a sentir mi abrazo en la pista. Una vez más.

─Dale, loco. Dame dos tandas de Di Sarli y una de Pugliese. Después hacé lo que tengas que hacer. Yo no voy a oponer resistencia. Me siento sucia por dentro. El tipo este me ha hecho todo el daño que un ser humano puede hacerle a otro. No quiero seguir viviendo. Prefiero que seas vos quien apriete el gatillo. A vos te quise mucho, varón. Y me regalaste esta última noche… ya está. Ya fue la vida. 

Nos levantamos como poseídos y fuimos a la milonga de Almagro, una de las cuatro que duraban hasta la hora del desayuno en Baires. Estaba tocando la orquesta de Gabriel Santos.

─Cantate una, dale, como en los viejos tiempos ─me suplicó Adriana.

Supe que no iba a escapar. Ni siquiera lo iba a intentar. Llevo demasiado tiempo en esto y conozco a la gente. Me subí al escenario. Le dije a Gabriel que me diera un hueco antes del descanso y me dejara un viola. Me trajeron una bien garufera. Garufera y vibradora. Así que la cacé y canté Confesión mirándola directamente a los ojos. Con toda el alma.

Hoy después de un año atroz
Te vi pasar
Me mordí pa no llamarte
Ibas tan linda como un sol
¡... se paraban pa mirarte!
Yo no sé si el que te tiene así se lo merece
Solo sé que la miseria cruel que te ofrecí
Hoy me compensa el verte hecha una Reina
Sé que vivirás mejor lejos de mí!

Bailamos como nunca: fue nuestra mejor noche. Cada marca mía era leída con precisión y poesía. Ella estaba hecha para bailar conmigo. La gente se apartaba y dejaba de bailar para mirarnos. A la salida de la milonga nos fuimos al Alvear Art Hotel, uno que me gustaba especialmente y donde había acribillado a un par de capos de la droga. Un par de flor de hijos de puta. Lo que ocurrió en esa habitación cambió nuestras vidas. Hicimos pareja. Sus problemas pasaron a ser los míos. Pusimos las almenas en fuego, los muros construidos año tras año se resquebrajaron. Hartos de andar por el mundo sin amor ni quietud… de rodar sin morir. Sin pasado. Noche a noche.

─Negra, oíme bien. Te voy a llevar a Ezeiza y salís para España en el primer vuelo. Mientras volás yo arreglo todo. Te van a venir a buscar al aeropuerto. Te envío los datos al teléfono. Usá este que te doy. El tuyo me lo das. Vos no te preocupés por nada. Yo llego a Madrid en cinco días. Tengo que cerrar cosas…

─Vos estás completamente loco… Nos encontrará y clavará nuestras cabezas en una lanza. Pero antes nos meterá en una máquina de picar carne. No tenés ni idea de la clase de hijo de puta que es mi marido. Un puto psicópata. Y tiene todo el poder del mundo. Gente metida en política, jueces, policías. Toda la cadena.

─Yo también estoy harto de esta vida, Adriana. Tu aparición es la señal que estaba esperando. Tengo guita como para tirar varios años y, en caso de que resulte necesario, mis habilidades siempre tienen demanda. Además… lo mismo volvemos a bailar y dejo de matar por encargo…

─De ahora en más concentrate en matarme a mí todas las noches, canalla irrecuperable. Como vuelvas a dejarme por otra te corto los huevos con una Gillette oxidada… y hablo muy en serio.

─Tranquila, nena. Se acabaron mis hazañas, un chamuyo misterioso me trajo hasta vos… yo quiero morir contigo, sin confesión y sin Dios, acurrucao en mis penas…

─Pero abrazao a mí, capisci?

─Escuchame… largo todo y me pianto con vos. ¿Qué más prueba querés? Una última cosa antes de irte…

─Dispará, varonazo.

─La dirección de tu marido.

─Anotá. Dale para que tenga.

─Pero antes toco tu boca.

─¿Solo mi boca...?

─En tu boca cabe el mundo, pebeta. La materia que conforma los sueños...

─¡Sicario y poeta! ¿Cómo puedo tener tanta suerte...?




viernes, 19 de marzo de 2010

Valdez. Seis

Hacia el mediodía empezó a llover, al principio tímidamente, pero luego se largó con todo. Así que ante la falta de guita y la presencia del agua, decidieron refugiarse en la pensión de Valdez, en donde a la hora de llevar minas no le hinchaban mucho las pelotas.

Se cebaron unos mates y se pusieron a charlar. Tardaron unos diez minutos en meterse en la cama. El sonido de la lluvia contra el vidrio de la ventana invitaba a hacer el amor furiosamente, era la llamada de la selva, el recuerdo de cuando éramos un puñado de monos asustados que vivían en los árboles. Contentos de estar vivos. Las lluvias torrenciales daban la oportunidad a nuestros lejanos antepasados de disfrutar del sexo sin el temor constante de caer en manos de un depredador.

Valdez trató de concentrarse pero aquello no levantaba temperatura. Problemas con el condensador de fluzo. Había inducción en chacrita. Sería el estrés previo al golpe. Qué se yo… Se acordó de una mina única -como salida de un cómic manga: inspiraba a cualquiera- con la que se enganchó durante las celebraciones del Día Nacional del Boludo, en junio del año pasado. El país se paraliza durante esta festividad de profunda significación rioplantense y la gente se vuelve más amable, más cariñosa. En los colegios de toda la nación se realizan actos deportivos, mesas redondas y toda clase de celebraciones presididas por la Enseña Nacional portada con singular elegancia por el Abanderado y sus Escoltas. Alumnos, en pie.


Probó de todo, visualizando todo tipo de imágenes como le había recomendado el psicólogo de la barra, Gratosky. Che… un boxeador, qué papelón.

Hasta que le vino a la mente la imagen del General San Martín avanzando al frente de sus tropas:

-¡A la carga, mis valientes! ¡Vencer o morir!–gritaba el bravo general, padre de la patria, padre de todos nos, padre de todos los padres.

San Martín marchaba al encuentro con la muerte con la espada desenvainada, a por las tropas realistas, a pecho descubierto. La virilidad en estado puro, sin mezcla. Así, como Dios lo trajo al mundo. Pero la imagen era un poco rara. El ínclito prócer galopaba hacia atrás y las encendidas arengas a las tropas ¡Adelante mis valienteeeeees! ¡Vencer o moriiiiiir! estaban muy distorsionadas, como en un sueño medio raro. Como si San Martín y las tropas realistas estuvieran en pedo. Eso sí, el Libertador iba montando su famoso caballo, el mismo que le acompaña por toda la eternidad en las plazas de la República.


-¡¿De qué color era el caballo blanco de San Mart…?!- gritó de repente Valdez, acordándose del boludo de Giménez, que se sentaba dos pupitres más a la izquierda. Nora lo miró azorada.

Y eso fue el bálsamo de Fierabrás. Gracias a la imagen del héroe de Yapeyú, Valdez tuvo una erección simpar, entre los grandes padres del aula, Sarmiento inmortal, con gloria y loor incluidas.

-Campeón, vení para acá…- susurró Nora, tomando el mando de la situación.

Entonces empezó el gran quilombo. La cama comenzó a moverse como la de la niña de El Exorcista, volaron las sábanas y crujieron los muelles. Vos arriba, ahora correte un cachito, no, más a la izquierda, pará loco, así no… no tan rápido, un poco más suave… qué ansiedad… ahora, dale nomás, así, mmmmmmm. Estuvieron rompiendo las paredes durante horas.

-Un poco más despacio, negra, que nos van a oír en toda la cuadra…

A pesar de su dilatada experiencia, Valdez creía que alcanzar el orgasmo al unísono con una compañera de cama era una especie de leyenda urbana, algo que contaban los muchachos del bar como para darse importancia. Le bastaron cuarenta minutos para comprobar que eso no era así. Era como el cuento de las multiorgásmicas, que solía referir el gallego Soto a quien prestase oídos. Haberlas, haylas. Y cuidadito.

"Esta mina es algo que no tiene nombre", pensó el púgil mientras se acordaba de Belgrano, de la Primera Junta, de Martín Güemes, del Negro Falucho -sobre todo del Negro Falucho. Había que preservar el efecto Libertador, no fuera que la gesta acabara naufragando frente a las costas de Boulogne sûr Mer. Otra que Gi Monte.

Los ojos de Nora brillaban en la oscuridad. No paraba de susurrarle cosas al oído. Cosas irreproducibles. Cosas que sólo se pueden decir en medio de encuentros en la tercera fase. Barcos que se cruzan en la noche. Valdez estaba hecho un toro.

De repente, se oyó la voz ronca del turco que regentaba la pensión.

-Che, déjense de cojer de esa forma desesperada que hay más días. Hay más tiempo que vida. Vengan a ver esto...

ALERTA METEOROLÓGICO

El Gobierno Porteño recomienda a los vecinos:

• ABSTENERSE DE SACAR LOS RESIDUOS DOMICILIARIOS.
• No circular por calles anegadas.
• Retirar los vehículos estacionados en zonas anegables.
• No colocar macetas ni sillas de plástico y retirar las colocadas en ventanas o balcones que, por acción del viento, puedan ser arrastradas al vacío provocando en su caída consecuencias lamentables.
• Tener sumo cuidado con tendederos y todo elemento que pueda provocar riesgos a terceros.
• Asegurar los elementos que se encuentren en obras de construcción, tales como chapas, ladrillos, tirantes, etc.
• Poner especial atención al cruzar la calle. Hacerlo por las esquinas asegurando el cruce antes de realizarlo.
• No tocar columnas del alumbrado, cajas de luz, o cualquier tipo de cables que hubiere en la vía pública.

En caso de detectar cualquier irregularidad que implique un riesgo, comuníquese de inmediato, por la línea gratuita 103 de Emergencias en la Vía Pública y Edilicias.
Asimismo se informa a la población que personal de la Subsecretaría de Emergencias del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se encuentra recorriendo las distintas zonas a efectos de evaluar la situación reinante y ante la detección de anomalías, dar intervención a los distintos organismos que integran su centro de operaciones de emergencias.


“Abstenerse de sacar los residuos domiciliarios”, dice el bando. Pero eso es lo que hacen justamente los porteños en cuanto empieza a llover: sacar toda la merda afuera.

-Che, decile al pibe que saque la basura que está empezando a llover.

-¡Decíselo vos, pelotudo!

Los habitantes de Buenos Aires ya no se sorprenden ante esta clase de sucesos. Las bocas de desagüe quedan tapadas con bolsas de desperdicios en menos de lo que canta un gallo y el nivel de las aguas sube y sube, como la espumita de aquella publicidad de cerveza Quilmes. Es el Diluvio.

Existe un servicio municipal de honda raigambre en la ciudadanía. Data de los tiempos de la colonia. A diferencia de la vendedora de empanadas, el aguatero o el vendedor de velas, el soretero de Buenos Aires sobrevivió a los embates del tiempo.



Cuando la ciudad se convierte en una Venecia improvisada es necesario eliminar las aguas negras a la antigua usanza. Aquí es donde juega un papel fundamental el soretero que, como su nombre indica, va recuperando bolsas repletas de soretes y otras inmundicias para alivio de la sufrida urbe. Este empleado municipal se desplaza en botes especialmente acondicionados para la recogida y, posteriormente, lleva la preciada carga hasta una estación de reciclaje que suele estar colapsada, taponada, en obras o clausurada.

La población local adora a sus soreteros. Es muy habitual que cuando uno de estos funcionarios entra en un restaurante el resto de los comensales se ponga de pie y comiencen a aplaudir. Andando el tiempo, muchos de ellos se han dedicado a la política de ámbito nacional con excelentes resultados. Incluso llegó a hablarse de un Frente Unido de Soreteros pilotando la nave de los Libres del Sur. Están tan acostumbrados a flotar… son incombustibles.

Valdez. Uno
Valdez. Dos
Valdez. Tres
Valdez. Cuatro
Valdez. Cinco

martes, 9 de febrero de 2010

Valdez. Cinco

Por la mañana tampoco se acordaba dónde había conocido a Nora o de si la había conocido siquiera. Era lo de menos: ella le gustaba. Y había caído como del cielo, sin los aburridos preludios de salir y conocerse. Directo al grano.►♫ Derecho viejo.

Fueron a desayunar a un bar del barrio. Ella pidió café solo con tostadas y él un submarino con medias lunas. El mozo se lo quedó mirando...


-Ya sé que no queda muy macho esto del submarino... pero ¿qué querés...? Me gusta desde que era purrete.

Valdez no se daba cuenta, pero hablaba con un lenguaje en desuso, mezclando palabras del lunfardo cotidiano con cosas que oía en los tangos y expresiones de su propia invención. Se encontraba bien escuchando tangos: el tango era real. Era lo único real. El resto se lo llevó la marea.

Buenos Aires por la matina es una ciudad húmeda. La gente va de un lado al otro, muy industriosa. Todos tienen mucha, mucha prisa. El tráfico es infernal y se presta a toda clase de insultos, peleas, encontronazos. Probablemente, la ciudad ocupa un puesto muy importante en el ranking de conductores desagradables. Cuando ven a un tipo atravesar un paso de cebra consideran que se trata de un blanco en el que hacer diana. Si el pobre peatón logra sobrevivir, no es extraño que desde el bólido asesino le griten hijodeunagranputa mientras sus ocupantes se cagan de risa. En cualquier caso, las peleas suelen quedarse en enfrentamientos verbales y no pasan a mayores. Con la mitad de la mitad, en el DF o en cualquier ciudad de los Estados Unidos aquello acabaría a tiro limpio.


Sin querer, los dos se encaminaron hacia Palermo Viejo. Los cafés, las calles más tranquilas, el ritmo diverso. Entraron en un boliche de la Plaza Cortázar y se quedaron un buen rato. Ella pidió un Fernet Branca y le contó que había estado dando tumbos de aquí para allá. Vivió un tiempo con un médico sádico, después anduvo de ciudad en ciudad y regresó a Buenos Aires donde vivió en una comuna de ocupas y, finalmente, se dedicó a vagabundear. Los vagabundos rioplatenses están jodidos. En cualquier ciudad es complicado vivir en la calle. En Buenos Aires, y más siendo una mina, te jugás el cuello todos los días. Tus propios compañeros de infierno se encargarán de reventarte a patadas. El porteño es cruel con la gente que no tiene un mango. El porteño es cruel y ya está.


Al caer la noche fueron a cenar a un boliche de Almagro. Se sentían bien juntos. Nora era morocha, con la piel canela y los muy labios sensuales. El rostro era aún firme y su dentadura se había convertido en un escudo.

Cuando llevaban una media hora en el restaurante entraron tres tipos armados a cara descubierta. En el local había unas treinta personas.

-A ver hijos de una gran puta, quédense donde están y pongan las manos donde pueda verlas- gritó el que parecía estar al mando. Debía tener poco más de veinte años. Los otros dos eran aún más jóvenes. Puede que por debajo de los dieciocho. Iban drogados hasta las cejas y daban la impresión de utilizar sustancias para dopar caballos. Kilos de paco como mínimo.

Valdez agarró instintivamente la mano de Nora y se quedó en el molde valorando las posibilidades de la situación. Los pibes parecían de esos a los que todo les importa tres carajos. La cárcel no era peor que sus vidas. Morir joven era una necesidad. Además, conocían perfectamente el código penal.

Uno de los empleados se acercó al “jefe” con la intención de parlamentar.

-Señor, este es un restaurante familiar. Hay niños cenando y…

Antes de que pudiera terminar la frase uno de los escoltas le apuntó con su revólver y le disparó a bocajarro en pleno rostro, no una sino dos veces. El cuerpo cayó pesadamente a un costado y la sangre manchó varias mesas. Se hizo un silencio sepulcral.

-¡Manga de pelotudos…! Les dije que se queden donde están. Saquen las carteras y vayan poniendo encima de la mesa todos los chiches: relojes, teléfonos, encendedores, ¡todo! Y no se hagan los vivos que acá hay mucha guita.

Para que tomaran en serio lo que acababa de decir, el tipo agarró a un individuo con pinta de funcionario que estaba sentado en una mesa cercana, lo levantó en peso como poseído por una fuerza diabólica y le pegó un culatazo que lo tiró al suelo. La mina que estaba con él entró en barrena y se puso a gritar.

-¡Callate boluda!- le gritó uno de los pendejos armados. –¡Te callás ahora mismo o te reviento!

La amenaza surtió efecto. Los más jóvenes empezaron a recorrer las mesas y fueron juntando las billeteras de los comensales. Todo se hacía compulsivamente, utilizando una violencia innecesaria. En el local no había gente de guita, más bien eran clase media, matrimonios muy jóvenes, alguna que otra pareja en franco adulterio sin demasiada esperanza, laburantes…

En cinco minutos ya estaba todo el pescado vendido.

-A ver, vos y vos, vengan para acá. Sí vos, pelotuda, ¿no me oís…?- dijo el líder señalando a dos minas jóvenes que acababan de dejar sus escasas joyas sobre la mesa.

-Vengan que nos vamos a dar un paseo- sentenció uno de sus acólitos.

Salieron con las dos pibas, se metieron en un coche y salieron quemando ruedas como alma que lleva el diablo.

La gente empezó a recomponerse. Valdez le preguntó a Nora cómo estaba.

-Bien, estoy bien… no te preocupés- le dijo. Nora era dura.

La policía llegó a los veinte minutos y tomó declaración a los testigos.

Al día siguiente se enteraron por la televisión de que las dos pibas que se habían llevado como rehenes aparecieron en una zanja de Villa Justicia y Libertad. Estaban desnudas de cintura para abajo, las habían violado y les habían pegado sendos tiros en la nuca. De los ladrones no había ni rastro. Lleva el caso la Fiscalía de Instrucción Treinta y Tres. Investiga la Comisaría Seis.

Valdez. Uno
Valdez. Dos
Valdez. Tres
Valdez. Cuatro

jueves, 12 de noviembre de 2009

Valdez. Cuatro

Era de noche en Buenos Aires. Corrientes estaba iluminada con tutti y la gente atiborraba las veredas. Una brisa fresca venía del río y hacía más soportable los calores primaverales. La ciudad era un hervidero de grillos, llena de locos y heridos solitarios que corrían de un lado para otro. El suelo parecía estar electrificado. Nadie miraba a nadie directamente a los ojos, no sea que se vaya a armar quilombo.

De repente, un tango surgió de una disquería y detuvo el tiempo. La voz del polaco Goyeneche cantaba a todo pulmón y paralizó el cuerpo de Valdez. Cómo cantaba el hijo de puta... Mirá bien cuando entran los bandoneones a marcar el ritmo. Sí, boludo. En la segunda estrofa, cuando dice "traías en tus ojos, en tus labios, tu voz". Escuchá el latido de Buenos Aires. Agarrate bien de ese tango que lo demás es pagar impuestos y hacerse pelota. Cuando un bandoneón marca el compás sale el sol. Fijate bien otario que andás penando, prestale mucha atención. Haceme caso.

Tú, con la magia de tu amor y tu bondad
Tú, me enseñaste a sonreír y a perdonar.
Yo era un grito de rencor
En la desesperación de mi trágico final
Ya ves.... todo eso terminó
Como brumas en el mar
Al llegar la luz del sol


Valdez se puso a cantar a voz en grito en plena Corrientes. Su alma de bohemio tomó el mando y pensó que la suerte aún no estaba echada, que podía cambiar el rumbo de las cosas, que aún quedaba tiempo. Tiempo para empezar de cero, lejos, para abrazar a un amor hasta hacerse sangre, tiempo, para soñar en otra aurora, para mirar el cielo infinito hasta quedarse sin aliento, para tocarse los huevos incluso, tiempo. Sólo eso.

La respuesta estaba ahí: el viejo gotán. “Este golpe y me pianto”, se dijo. Al carajo con todo...

Cuando llegó a la pensión ya era de madrugada. Abrió la puerta con cuidado para no despertar al resto de inquilinos y atravesó el pasillo con su paso alcohólico. Buscó a tientas el pomo de su puerta y entró. Se desvistió en dos patadas con la idea de meterse derecho en la cama. Se sentó y pegó un respingo. Había alguien más.

-Shhhh... tranquilo, Val. Soy yo. ¿No te acordás de mí?-

"Una mina en mi cama... ¿cómo habrá llegado hasta aquí?", pensó Valdez. "Bueno, qué importa. Pero ¿quién era esta loca?"

-¿No me conocés?- dijo la nami acariciándole el rostro. –Soy Nora... Hace siglos que no nos vemos, pero yo nunca me olvidé de vos.

Nora. ¿Qué Nora...? Mientras los combates se sucedían había tantas. Lo asaltaban en los sitios más inverosímiles, en los taxis, en los baños, en los ascensores de los hoteles, en los pasillos de los gimnasios, en los probadores de ropa. Siempre aparecían deseosas de unir sus destinos al de la gran promesa del boxeo rioplatense. O siquiera pasar unas horas en su compañía, decir que habían estado con él, salir en los medios de comunicación en programas de cuarta... lo que fuera. Muchas estaban desesperadas, querían escapar de sus destinos previsibles, de sus vidas sin brillo, sin salida. De tipos repugnantes que las sometían a toda clase de humillaciones cotidianas.


Eso de encontrar una mujer en su cama ya le había pasado en más de una ocasión, pero hacía tanto que no sucedía... Cuando los combates empezaron a escasear y las bolsas eran cada vez más pequeñas, ellas desaparecieron como por encanto. Incluso lo miraban con desdén: vos que fuiste, vos que pudiste... todo en tiempo pasado. Qué breve y qué intranquilo es el sueño de un campeón. Siempre pensando, temiendo que venga otro más joven y fuerte y le quite la corona, con la valentía ciega y el aguante de un toro. Pibes con pinta de moneda nueva. Relucientes. Valdez no se engañaba: sabía perfectamente que las primeras canas sellarían su sentencia de muerte.

Y ahora aquella sorpresa, aquel día justamente en que había delirado en compañía de Roberto Goyeneche en la avenida Corrientes. Una señal. No preguntó. No dijo nada. Se limitó a abrazarla en la oscuridad de aquel tugurio y le hizo el amor como Lancelot en sueños a la reina Ginebra, cuando aún era de Arturo. Desesperadamente, los dos.

La habitación se convirtió en un velero. Y toda la tierra echó a rodar.

Valdez. Uno
Valdez. Dos
Valdez. Tres

jueves, 24 de septiembre de 2009

Valdez. Tres

De regreso a la pensión pasó por lo de Lito y se bajó dos platos de tallarines al pesto. Como en los viejos tiempos. Claro que entonces entrenaba siete horas al día y quemaba kilos que daba gusto. Ahora corría el riesgo de que todo lo que había sido músculo se convirtiera en tejido grasiento, vamos, que si seguía comiendo de esa manera no tardaría en ser un gordo más, en un circo lleno de gordos.

"Las minas te pueden perdonar que seas gordo, pero no que seas gordo y no tengas guita. Eso nunca. ¿Y qué tal gordo, pelado, impotente, sin un mango, de izquierdas y con habilidades sociales nulas? Como Bermúdez, el fiador. Ahí no hay nada que hacer... Knock out...", pensó Valdez.


Súbitamente se acordó de su abuelo. El viejo había sido un inmigrante de los millones que levantaron el país laburando de sol a sol para que unos cuantos pasearan por Europa y se llevaran la guita a Suiza. No había podido estudiar porque en su tierra natal había una importante cantidad de hijos de puta por metro cuadrado y llegar a la universidad si pertenecías a la clase obrera y no estabas bautizado por la Iglesia Católica era una empresa casi imposible. Pasó tanta hambre en su juventud que cuando veía a un gordo deleitándose en pleno aquelarre solía preguntar con aire de incredulidad: “¿Y todavía come..?”


Cuando Valdez estaba nervioso o angustiado se refugiaba en la comida. Desde la época en que solía aparecer por lo de Lito a cualquier hora de la noche la calidad de sus platos había descendido en picado. A decir verdad, la calidad se había esfumado. Los dos primeros platos de tallarines se los zampó en un abrir y cerrar de ojos, pero cuando pidió el tercero, Valdez reparó en que más que tallarines parecían sopa. Además, los fideos estaban muy lejos de estar al dente: estaban simplemente blandos, pasados y bien pasados. Decidió quejarse.

-Mozo- dijo haciendo un gesto hacia los susodichos fideos –Estos tallarines están pasados.

-¿Y...? ¿Ahora me lo dice? Si ya va por el tercer plato...

Valdez levantó la cabeza lentamente para medir al posible rival. Luego lo miró fijamente entrecerrando los ojos a lo Clint Eastwood y especuló con la posibilidad de empezar a los tortazos. Pero pensó que teniendo un trabajito en vistas acabar en comisaría por una boludez no era lo más aconsejable.

-Mirá, pibe, voy a pasar por alto lo que me decís y cómo me lo decís. No quiero lío. Me parece que si yo me siento en una mesa, te pido de comer y después te voy a pagar por el servicio tengo una serie de derechos que me amparan, así que dejate de joder y cambiame el plato- dijo Valdez gratamente sorprendido por su autocontrol.

-Usted ya empezó a comer. Esto es muy irregular. Tengo que ir a la cocina a pedir instrucciones...- dijo con una mueca desagradable.


Volvió a los veinte minutos con otro plato de tallarines exactamente igual de pasados que los anteriores. Se lo depositó en la mesa como quien descarga una pesada mochila, haciendo sonar el plato y logrando que los cubiertos danzaran. Vamos, le tiró el plato a la cara. Pero entonces, Valdez se dio cuenta de que en la pared del fondo había una foto de Independiente Campeón 1970 y se olvidó de los tallarines, del pelotudo del mozo y de sí mismo. Entró en barrena.

-Ché..., traeme otro plato, haceme el favor- dijo al mozo sin mirar y se sirvió un vaso de vino y bebió y volvió a beber, y dejó de pensar para poder sentir. No supo más quién era. Como cuando se escucha una zamba en un fogón.



Avellaneda, las tardes de fútbol con su viejo y los amigotes del barrio. Independiente. Dale rojo. Las primeras palabras que se grabaron en su espíritu para siempre. A sangre y fuego. ¡Dale rojo!

Las minas del barrio. Valdez sentía que les pertenecía, siempre, durante toda su carrera. Las pibas de buena familia lo asaltaban a la salida del gimnasio, en los camerinos, en cualquier lado. Se lo peleaban en las fiestas de sociedad, pero esas tipas estiradas nunca llegaron a rozar su alma. Independiente. Valdez siempre fue de Independiente. El viejo Bochini. La gloria de los diablos rojos, el alma del equipo. 1977, junto a Bertoni. Tipos que sentían los colores del club, que no concebían la traición. El mundial del 78. Aún era un pibe. Esos tiempos turbulentos, gente que desaparecía, que nadie sabía. Y el fútbol seguía andando. "Los argentinos somos derechos y humanos". Hay que ser turro... Hay que ser.

El rojo, el equipo de la gente humilde, de los poetas, de los laburantes. En medio de toda esa merda fascista. Valdez se quedó en el barrio, junto a Independiente. Pa qué más...

lunes, 7 de septiembre de 2009

Valdez. Dos

El ruso tenía su cuartel general en un garaje del centro de la ciudad.►♫ En la parte delantera había un depósito de mercadería para ferreterías. Piezas de bronce y cobre, tornillería, cajas de barras de estaño, sanitarios... todo muy bien clasificado en gavetas metálicas. Hacía falta algún negocio que oliera a legal para cubrir todo aquello. La estancia era muy amplia, parecía no acabar nunca. Allí se respiraba una extraña calma: un silencio como de muerte.


En el centro del garaje, el ruso tenía sus coches estacionados. Le gustaban los coches clásicos, los Aston Martin y los Corvette de los años cincuenta. Después, tenía una obsesión por los Ford Fairline de los setenta, sobre todo le gustaba que estuvieran desvencijados. Algo inexplicable, dado los capitales que manejaba.

-Tienen un baúl con mucho espacio...- solía decir con un destello de malicia.
No se sorprendió en absoluto de verlo allí.

-Vos... – dijo en cuanto Valdez franqueó la puerta.

-¿Qué hacés, ruso?-

-¡Venga un abrazo, sonado...!-

El ruso era un tipo bajito, pelado, compacto. Verlos a los dos fundidos en un abrazo era todo un espectáculo. Parecían una pareja de circo.

Se pusieron a hablar encendidamente de los viejos tiempos, de cuando Valdez derrotó al chaqueño Bonanno por KO en el quinto round. ¡Qué combate, viejo...! ¿Te acordás, Valdez? Nadie daba un peso por vos. Las apuestas estaban totalmente a favor del chaqueño. Llegaron a estar 12 a 1. ¿Vos sabés la guita que me hiciste ganar...? Los dos estaban tan exaltados que se olvidaron por completo de la presencia de Scordamaglia.


El laburo era relativamente fácil. Habían recibido el soplo de que en una casa de las afueras se ocultaba el botín del golpe al Banco Río en el microcentro. Un trabajito que resultó muy sonado. Limpio, sin víctimas, los tipos actuaron como verdaderos profesionales. Se hablaba de varios cientos de miles de pesos en billetes y el contenido de las cajas de seguridad, que siempre eran una incógnita, pero seguro que había un verdadero tesoro.


-Mirá... yo le calculo que habrá entre unas cosas y otras unos 8 palos... Yo me ocuparía de colocar toda la mercancía. Vos nos venís al pelo...-

El equipo iba a estar formado por cuatro personas, pero tenía dudas sobre uno, no lo consideraba de fiar. Tenía que "tranquilizarse".

-El flaco Garcés no me gusta nada- dijo el ruso. –Siempre que está por medio pasan cosas raras. Es medio mufa.

-¿Pero ya está enterado de todo?- preguntó Valdez.

-No conoce los detalles. Y si sabe lo que es bueno va a estar calladito, no lo dudes. Un tipo como ese sabe que si canta va derecho al hoyo. La provincia de Buenos Aires es muy grande, viejo... hay mucho terreno. Vos no te calentés. ¿Por qué no te venís a comer un asado el domingo y seguimos hablando del tema? ¿Andás con alguna mina? Qué pregunta, vos siempre fuiste un ganador.

"Si supieras...", pensó el grandote.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Valdez. Uno

En las sombras de su pieza ella no volvía. Ya no regresaría más.►♫

-Mejor es que me levante, un día de estos...- se dijo Valdez. Los ruidos de la pensión se iban haciendo cada vez más claros y, al mismo tiempo, sordos. Ahí estaban, recordándole que el mundo sigue andando.

Pegó un salto de la cama y se puso en pie pesadamente. El panorama no era demasiado halagüeño. Valdez llevaba demasiados meses dando con sus huesos en cuartos de mala muerte. En la pared de enfrente había un póster de una pareja bailando: el tiempo y la humedad se habían quedado a vivir en el pliego.


Por la avenida que corría junto a la ventana de la mugrienta pensión en que vivía, Valdez vio su propio futuro. Se miró en el espejo del lavamanos, se miró y no le gustó un carajo lo que vio. Un tipo gigantesco, de unos treinta y cinco a cuarenta años, acostumbrado a mirar la vida de frente. Con un físico de boxeador cuyos movimientos eran torpes, pesados. Un fajador que nunca supo medir las distancias. Alguien que era incapaz de controlar su cuerpo: quería demostrar cariño y le salía un gancho de izquierda, intentaba ser amable y terminaba quedándose solo. Siempre la misma milonga.


Triste y resentido, como todos los porteños, Valdez salió. La lluvia había limpiado las destartaladas calles del barrio camuflando las irregularidades de la vereda. En uno de esos buracos metió la gamba hasta el fondo y terminó de despertarse.

-La reputísimamadrequelorrecontrarremil...►♫- exclamó, limpiándose el pantalón. Justo entonces levantó la cabeza y alcanzó a ver a Scordamaglia, el tipo que le debía guita, caminando tranquilamente por la otra vereda. Iba lo más tranquilo, haciendo pinta.

Cruzó la calle como un rayo y agarró al tano por las solapas.

-Me devolvés lo que me debés o te reviento...- le dijo Valdez, desplegando toda su diplomacia.

-Pará... ¡pará, loco! Dejame que te explique...-

-Qué pará ni qué ocho cuartos. Me venís esquivando hace meses, ¿dónde carajo te metiste? ¿vos pensabas que me iba a olvidar? Me vas a garpar ahora mismo- dijo retorciéndole un brazo.

-Viejo... tomá todo lo que tengo... llevátelo, es tuyo... te doy el resto en cuanto me recupere, te lo juro, Valdez...- suplicó Scordamaglia.
Valdez le sacó la cartera y agarrándolo por el cuello se dispuso a contar cuánto había. Los escasos transeúntes que pasaban por allí iban a lo suyo. Nadie hizo un solo ademán de acercarse.

-Trescientos pesos... Me debés cincuenta lucas y me querés arreglar con trescientos mangos... ¿vos creés que soy pelotudo, que nací ayer? ¡Me das las cincuenta lucas o te achuro acá mismo, hijo de una gran puta!

-Escuchame, campeón...-balbuceó el tano temiéndose lo peor- Ahora mismo no tengo esa guita. Ando mal... estuve jugando a los burros y perdí mucha plata... estoy jodido hasta las cejas... ¿por qué no te venís conmigo a lo del ruso? Me habló de un trabajo para dentro de un mes. Algo grosso... creo que hay buena guita y anda buscando gente. El ruso siempre confió en vos, desde los tiempos que te ganabas la vida a las trompadas. Le hiciste ganar un buen fangote con las apuestas. Te cobrás lo que te debo de mi parte... Dale, vos sabés que el ruso es de ley...


El ruso. Sí, un viejo conocido de otros tiempos. Cuando las minas y el champán corrían a lo grande después de cada pelea. El ruso siempre estaba por ahí, si no era amañando un combate, se ocupaba de distribuir drogas entre el personal. Siempre estaba con las antenas bien desplegadas: el ruso conocía todo lo que sucedía en la ciudad antes que la propia policía, antes que el resto de las mafias que campaban a sus anchas por la reina del Plata. Todos le debían algo al ruso. No se le escapaba una.

A lo mejor era el golpe de suerte que estaba esperando, pensó Valdez. Qué raro cómo suceden las cosas...